Por un momento, Bella se quedó estática, y entonces captó la broma. ¡Amy! Su prima era también su mejor amiga. Amy sabía que estaba de camino a Mull, donde se quedaría en Edward's Arms, y también sabía que Bella había fantaseado sobre encontrarse con el laird de Masen. Su prima había decidido gastarle una broma mandándole a este aspirante a actor para hacerse pasar por un highlander medieval. Y Bella se rió.
Normalmente, no estaría tan divertida, pero estaba tan aliviada.
El hombre que pretendía ser Edward de Masen paró de sonreír. La miró, primero con suspicacia, y luego su expresión se endureció, volviéndose oscura.
— ¿Muchacha te estás riendo de mí? —preguntó con mucha suavidad.
— ¡Amy te envió! —Gritó Bella, soltando aún una risita ahogada—. ¡Dios, sí que es bueno! Me engañaste por un momento, pensé que eras un lunático. La verdad es, que casi creí, solo por un segundo, que eras un auténtico guerrero —sonrió ella.
Él frunció el ceño.
—Estás loca, muchacha. ¿Y me acusas a mí de estar loco?
Su rápida cólera casi pareció real.
—Sé que no estás loco —dijo Bella rápidamente, apaciguándolo instintivamente—. Sólo eres un buen comediante.
—No te entiendo, muchacha. —Su mirada fue punzante.
Su actuación ya no era divertida. Era un actor, no un loco, ni un ladrón. Su prima había alquilado al tío más magnífico que había visto como broma. Y no sólo era magnífico, se sentía claramente atraído por ella, también. Se puso rígida. No había estado con nadie en tres años, no desde que su última relación había terminado. Bella empezó a pensar seriamente en el hecho de que no era un ladrón loco y que hombres como él no los había a patadas. ¿Pero qué estaba haciendo ella, exactamente?
Él aún estaba inmóvil.
— ¿Muchacha?
Entonces entró en razón. Era un extraño. En una ciudad llena de asesinos criminales viciosos, sólo una mujer loca o desesperada se encontraría con un hombre sin la presentación de un amigo. No estaba loca y no estaba desesperada. No debería estar pensando en sexo.
Pero lo estaba.
Bella se mojó los labios, consciente de que su cuerpo estaba excitado, sin importar su sentido común.
—Deja ya de fingir. Te he pillado. —Se giró lejos de él y mientras hacía eso, se enfrentó con la devastación de su tienda.
Al instante su atención se desvió. Bella observó sus preciosos libros cubriendo el suelo. Su prima nunca consentiría tal destrucción.
Aquella mujer no había sido una broma. Él podía ser un actor, pero Angela había sido una ladrona. Había saqueado la tienda de Bella y la había asaltado, y Bella todavía no sabía qué se había llevado. De repente, la broma de Amy no era graciosa. Edwad la había asustado, considerando lo que había pasado antes de que apareciera. Y esto aún no tenía sentido. Angela también había preguntado por una página del Cladich. ¿Qué significaba eso?
Mientras trataba de entender los acontecimientos de esa noche, él caminó adelantándola y empezó a recuperar los libros.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó concisamente, víctima de la tensión una vez más. Eso no estaba bien, todo estaba mal.
Él se enfrentó a ella, con una docena de libros en los brazos. El leine de imitación tenía mangas cortas, y sus bíceps se abultaron.
—Te ayudaré, muchacha, pero a cambio necesito que me ayudes. —Le dedicó una sonrisa atractiva y encantadora.
Bella se protegió contra su magnetismo, apartando bruscamente la mirada. Casi demasiado tarde, por como subió el calor de su cuerpo. Se abrazó defensivamente.
— ¿Esto es improvisación, verdad? Te conté lo de Angela y la página del Cladich y sigues con ello. Eso es lo que los actores hacen. —Esa era la única explicación posible... excepto que estaba segura de que no había mencionado a Angela antes de que le preguntara por la página.
Él sacudió despacio la cabeza.
—No te entiendo. Pero si piensas que soy un actor, estás equivocada, muchacha. Soy el Black del sur de Mull y Coll.
Bella se enfadó. Cruzó los brazos sobre el pecho, luego lo lamentó, cuando su mirada se movió hacia sus pechos.
—Por favor detente —dijo severamente—. Ha sido una noche horrible. Sé que Amy te envió como una broma, pero Angela me asaltó y saqueó mi tienda.
—Y eso es la razón por la que deseo ayudarte. ¿Dónde quieres que ponga los libros?
Bella sacudió la cabeza.
—No. Aprecio la oferta, pero limpiaré sola. —Quería que se fuese. Necesitaba pensar y necesitaba llamar a la policía.
Pero él la ignoró, colocando los libros en una pila ordenada en el suelo, como si entendiese que no había razón de colocar todo de vuelta en las estanterías. La miró cuando se enderezó.
Claramente tenía la intención de quedarse y ayudar. ¿Le hacía eso decente, además de guapísimo? Suavemente, ella dijo:
—La broma está hecha. De verdad. Ahora puedes irte.
Él murmuró algo en gaélico y ella se congeló.
—En realidad eres escocés.
—Aye. —Sujetó otra brazada llena de libros.
Bella se negó a entrar en pánico. Podía ser un actor escocés, justo como Sean Connery, y algunos escoceses continuaban hablando gaélico.
—Amy te envió, ¿verdad?
Él no contestó. En cambio, apiló los libros al lado del primer montón.
Ella sacudió la cabeza, su inquietud sobre esto se convertía otra vez en lleno y completo pánico. Si Amy no le había enviado, ¿entonces qué o quién era?
Se inclinó para recuperar más libros, y Bella se enfrentó a la visión de su leine alzándose sobre el ligamento de la poderosa corva acordonada. El hecho de que fuera tan masculino no la ayudaba a aliviar su confusión. Su cuerpo continuaba vibrando con todos los tipos de tensión, pero no estaba tan asustada ahora como lo había estado al principio. Si él no iba a irse, ¿qué debía hacer?
Debería llamar a su prima y averiguar la verdad, pero maldita sea, estaba asustada de lo que Amy diría.
Él se enderezó y la pilló mirándolo.
—Estas demasiado hambrienta para ser una mujer tan bella —dijo suavemente—. ¿Dónde está tu hombre?
—No hay ninguno —enrojeció.
Él la miró inexpresivamente.
—Este mundo es incomprensible para mí —dijo finalmente, sacudiendo la cabeza—. ¿Resides aquí a solas?
Claire asintió.
—Sí, lo hago. —Estaban teniendo una conversación que era casi normal. Ella debatió como hacer aquella llamada telefónica inocentemente sin que se alarmase. No había forma de evitarlo.
Él permanecía incrédulo.
— ¿Y quién te protege del peligro?
—Me protejo a mí misma —rió débilmente.
Él hizo un sonido.
— ¿Con aquella arma? —cabeceó desdeñosamente hacia la pared, donde su Beretta yacía en el suelo.
—También tengo spray de pimienta y un Taser.
Sus ojos se estrecharon.
— ¿Más armas?
Seguramente sabía que, al menos, el spray de pimienta lo era.
—No soy la única mujer sola en la ciudad.
—Una mujer necesita a un hombre para mantenerla a salvo, muchacha. "Esa es la forma del mundo" o mejor dicho la "forma de los hombres". —Fue inflexible.
Bella se quedó brevemente muda. Este hombre hablaba como si fuera del siglo pasado.
—Esa no es la forma en mi mundo —dijo finalmente—. Y me estás asustando. Lo admito. Soy una cobarde y necesitas salir de tu personaje. —Sus mejillas estaban rojas.
—No deseo asustarte muchacha —murmuró—. ¿Pero qué hombre, en su sano juicio, dejaría que anduvieses sola?
No pudo evitar sentirse halagada. Y la forma en la que estaba mirándola ahora, desde debajo de esas gruesas pestañas negras, no le dejaban duda de que estaba excitado. Bella tragó. No sólo podía sentir la tensión sexual viniendo de él, en realidad podía tocarla. Era casi como una tercera presencia allí en la habitación con ellos. No había duda de que sería un amante fantástico.
—Necesitas un hombre, muchacha —dijo suavemente—. Es una pena que no pueda ser yo.
Ella se puso rígida. ¿Estaba leyendo su mente? ¿Era un rechazo? ¡Sólo podía pensar que era terriblemente obvia!
Ella le miró y él le devolvió la mirada.
— ¿Por qué no? —su tono era ronco. Apenas podía creerlo. Nunca había tenido una relación furtiva.
Y su mirada se intensificó.
— ¿Estás iniciando una seducción, muchacha? ¿Deseas seducirme?
Bella estaba mortificada.
—No. —No podía pensar, así que ¿cómo esperaba que supiera lo que pretendía?
Él sonrió, una sonrisa suave y desgarradora y entonces hablo con un gran pesar.
—En otra vida, momhaise, con mucho gusto aceptaría una invitación tan hermosa.
Sólo este hombre era capaz de hacer un rechazo algo tan del todo sexual. Sus palabras deberían haberle herido. En cambio, estaba allí necesitada.
Él se giró. Bella vislumbró la cresta muy evidente de su excitación bajo la túnica y casi esperó que la tienda se incendiase.
Ahora él habló bruscamente.
—Necesitó la página antes de que otro la coja. Pertenece a un santuario, con el Cathach. Esperó que vos me ayudéis y luego me iré.
Este sólo fue un momento antes de que Bella recuperara el sentido.
—Todo esto no es una broma, ¿verdad? Mi prima no te envió aquí. Eres de Escocia.
Su mirada gris estaba seria.
—Aye.
Ella comenzó a temblar.
—El Cathach está en la Real Academia Irlandesa. Cada investigador lo sabe, porque es el manuscrito iluminado irlandés más antiguo que nadie haya encontrado nunca.
Cuanto más emocionada se volvía ella, más estaba calmado él.
—El Cathach se conserva en Iona, muchacha.
Bella sacudió la cabeza. ¿Era un loco después de todo?
—No hay ningún santuario en Iona. ¡No hay nada más que ruinas!
Su cara se trasformó en planos duros y ángulos tensos.
—Tal vez en vuestro tiempo.
— ¿Qué demonios significa eso? —gritó.
—Significa que he estado en el santuario muchas veces. Lo he protegido con mis propias manos.
Ella tragó, apoyándose lejos.
—Creo que eres un verdadero escocés. Pero, ¿por qué el traje? ¿Por qué la historia absurda, las mentiras? ¿Y quién es la mujer que irrumpió en mi tienda?
Sus ojos centellearon.
—Me estás acusando de mentir, muchacha. Muchos hombres han muerto por menos. —Sacudió la cabeza—. No sé qué libro está en vuestra academia, pero no es un libro de sabiduría, el cual he visto con mis propios ojos.
— ¡Eso es imposible! —gritó Bella, terriblemente agitada ahora—. Aunque lo crees, ¿verdad?
—Digo la verdad. —Cruzó los macizos brazos sobre su pecho.
Su mente funcionaba ahora a una velocidad alarmante. No había forma de racionalizar su comportamiento o sus creencias. El Cathach genuino estaba en Dublín, expuesto. No era conservado en la isla de Iona. ¡No había un santuario en Iona! Había estado allí. El monasterio y la abadía estaban en ruinas. Si un santuario hubiera existido allí, lo habría visto. ¿Y qué había acerca del Cladich y la página que tanto él como Angela reclamaron antes? Ella era una investigadora, pero nunca había oído acerca de tal libro antes.
—Cuéntame sobre el Cladich —dijo ella.
Su mirada se estrechó, mostrándose cauteloso.
—Fergus MacErc compró el libro en Dunnad. Cuando Santa Columba estableció el monasterio en Iona, fue conservado allí con el Cathach. Fue robado por los benedictinos —señaló él.
Se humedeció los labios, su corazón corría. Estaba definitivamente loco, porque creía en cada palabra.
—Si quieres decir que el manuscrito es anterior a Cathach y al establecimiento del monasterio de Santa Columba en Iona, estás equivocado.
Sus ojos se oscurecieron.
— ¿Nuevamente me estás acusando de mentir?
— ¡No sé qué pensar! No hubo tradición escrita entre los celtas hasta el tiempo de Santa Columba. Ninguna —gritó—. Los druidas prohibían la escritura. Todo era oral.
Su sonrisa se mostró satisfecha.
—No. Los libros fueron escritos, porque los antiguos así lo desearon hacer.
— ¿Los antiguos?
Suavemente dijo:
—Los antiguos dioses.
Más que loco, pensó. Rezó por poder tener las fuerzas para disimular. Entonces lo miró directamente.
—Bien, lo reconozco. Sólo soy una librera, así que tal vez sea la que está equivocada. —Sonrió—. Tengo frío. Voy arriba a cambiarme, pero vuelvo en seguida. Continúa buscando la página. Te ayudaré cuando baje. —No se molestó en decirle qué la página, si era original, estaría en pedazos si es que no estaba cuidadosamente conservada.
Él sonrió, una sonrisa que no alcanzó a sus grises ojos.
Sabía que ella subía por algo. No importaba, tan pronto como le permitió abandonar la habitación, Bella caminó lentamente fuera de la tienda, cuando lo que quería hacer era correr. Su mirada quemó agujeros en su espalda. Entró corriendo en su oficina, haciendo una pausa en su pequeño escritorio, desenchufó y agarró rápidamente su portátil. Ningún sonido vino de la parte delantera. Sujetando su portátil contra el pecho, empezó a subir las escaleras, tropezando en su prisa.
En su habitación, saltó en la cama, levantando la tapa del ordenador. Temblando, sintiéndose enferma por el temor, fue a Internet e hizo una búsqueda del Cladich, entonces levantó el teléfono.
Pero antes de que pudiera marcar el 911, la información apareció en la pantalla. Claire olvidó todo sobre llamar a la policía.
El Cladich era un mito. No había casi ninguna prueba de que hubiera existido, excepto por la referencia de un manuscrito santo que había sido encontrado en la efigie de una tumba en el diminuto pueblo de Cladich, Escocia. Tres investigadores creyeron la declaración. Todos mantenían que había sido un libro de curación, perteneciente a una sociedad de guerreros paganos. Sin embargo, se dividían después de esto. Uno defendía que la Hermandad y la escritura databan de los Años Oscuros, otro, en el nacimiento de Cristo. La tercera opinión era que la Hermandad secreta había sobrevivido hasta la Edad Media, aunque era dudosa la existencia del libro.
Bella empezó a temblar por la excitación. Tenía que recordarse que el libro era una leyenda. Pero tanto Edward como Angela creían que una página estaba en su tienda. ¿Y si no fuera un mito?
Mientras exploraba de nuevo el artículo, le sintió.
Lentamente levantó la mirada, a través de su cama. Edward estaba quieto como una estatua en la entrada de su dormitorio. Su mirada gris se fijó en la de ella.
Ella no se podía mover. Le miraba fijamente, olvidando todo lo del Cladich y su página perdida. Su mirada se movió a través de su cara, de sus pechos, de sus piernas. Su piel se encendió y ardió. Lentamente, vagamente consciente de que no era ella misma, Bella se echó hacia atrás contra las almohadas. Le necesitaba.
Su voz cortó el trance como un latigazo.
—Levántate.
Bella saltó de la cama. Su cara estaba tan tensa que parecía como si pudiera romperse. De una zancada se dirigió hacia la cama.
— ¿Quién eres? —su corazón tronaba alocadamente.
Su mano barrió sobre su almohada favorita y se giró para mirarla con ojos furiosos y asombrados.
—Maldita sea —exclamó—. ¿Emmett ha dormido aquí? ¿En tu cama?
Ella no sabía de qué estaba hablando.
—Había un gato... uno callejero... pero no lo he visto en horas. —Estaba balbuceando. Su corazón se negaba a detenerse. Peor, su cuerpo continuaba dolorido por la necesidad.
Era ensordecedor.
—No hay tiempo que perder. —La miró de arriba abajo, duramente—. Cámbiate de ropa y baja inmediatamente. Vienes conmigo, muchacha. —Era una declaración, no una petición. Dio media vuelta y se fue.
Bella permaneció allí conmocionada. Todo su miedo regresó, y con él, una gran confusión. No hubo confusión en su urgencia. Había percibido alguna amenaza, real o imaginaria, pero era él la amenaza, ¿verdad? ¿Y quién demonios era Emmett?
Bella se sentía como si estuviera en el camino de un huracán que se acercaba y su vida estuviera a punto de irse al demonio. Corrió a la parte de arriba de las escaleras.
— ¡No voy a ninguna parte contigo! —incluso mientras insistía, tenía el terrible presentimiento de que iba a hacerlo a su manera. ¿Pero dónde pensaba llevarla? ¿Y por qué querría llevarla a alguna parte?
Él no contestó. Había caminado hacia la cocina pero no había encendido las luces.
Bella corrió de vuelta a la habitación. Cerró de golpe la puerta y corrió frenéticamente hacia el teléfono. Marcó el 911. El operador estaba tranquilo y sin ninguna prisa, lo que enfureció a Bella.
— ¡Hay un robo en progreso! —le gritó al hombre, y colgó de golpe el receptor. Al menos la policía debería estar allí en cinco o diez minutos.
Corrió hacia la maleta, quitándose los boxers y la camiseta mientras lo hacía. Bailoteó en tanga y se puso un sujetador. Sus manos estaban temblando y le llevó tres intentos engancharlo para cerrarlo. ¿Estaría subiendo ahora? Casi temía averiguarlo. Pero no iba a ir a ninguna parte con él. Tenía que entretenerlo hasta que la policía viniera y se lo llevaran y luego empezaría a investigar. Agarró las prendas ubicadas en la parte superior de la maleta abierta y rápidamente se puso una minifalda vaquera y una camiseta de manga corta. Tropezando con un par de verdaderas botas de cowboy se las puso, agarró una chaqueta de algodón y corrió hacia la cabecera. Agarró el mortal Taser, deslizándolo en su bolsillo y voló escaleras abajo.
La cocina permanecía a oscuras pero la nevera estaba abierta, arrojando luz, y él estaba mirando su interior. Bella encendió las luces y él se giró para afrontarla, su espada chirriaba mientras la desenvainaba.
Bella saltó hacia atrás tan rápido que chocó contra la cocina. Nunca antes había escuchado el sonido una verdadera espada, pero supo inmediatamente que su arma era real.
Él sostuvo en alto el arma, sus ojos negros brillaban con furia, como si ella fuera su enemigo mortal y él considerara por un instante fuera a cortarla en dos.
Bajó el arma.
—Por los dioses, muchacha —dijo con voz ronca—. ¡No te acerques a mí de esa manera!
Ella se mojó los labios resecos, incapaz de apartar la mirada, su corazón martilleaba tan fuerte que se sintió débil. Por un instante, había temido que fuera a matarla en el acto.
Un loco con una espada. Estaba en un gran y absoluto problema.
—Nunca te haría daño —dijo él, una expresión extraña distorsiono su cara. Su mirada resbaló por sus piernas de nuevo.
—Me asustaste —logró decir Bella, empezando a temblar. Era una descripción insuficiente. ¿Si esa espada era genuina, que haría el hombre?
— ¿Eres pobre? ¿No tienes ropa, sólo harapos? —su mirada se alzó hasta la de ella.
Bella no intentó contestar. Permaneció allí, abrumada con lo que su mente quería decirle.
—No tengas miedo, muchacha, veré muy pronto que se te vista adecuadamente. —Empezó a sonreírle de forma tranquilizadora, cuando posiblemente no podía ser tranquilizada, pero su mirada que la recorría vaciló y se amplió. Antes de que Bella pudiera registrar de verdad que algo o alguien estaba en el vestíbulo, la empujó detrás de él—. Quédate atrás —ordenó él.
Bella tropezó por la fuerza con qué la empujó mientras su espada sonaba, al ser desenvainada una vez más. El sonido era la respuesta al terrible eco de otro espada detrás de ellos. Con temor e incredulidad, se giró y gritó.
Otro hombre altísimo, vestido casi exactamente como Edward, le enfrentaba. Una espada enorme se levantaba amenazadoramente entre ambas manos. Tenía el pelo negro pero la piel clara, imposiblemente guapo, y sus ojos estaban llenos de placer malicioso.
—Hallo, a Chaluim1 —habló suavemente en gaélico, sus palabras claramente burlonas—. ¿De tha doi?2
Edward gruñó:
— ¡A Bhrogain!3 —el grito de guerra era antiguo, barbárico y ensordecedor. Era también aterrador. Bella se agachó mientras Edward asestaba un golpe que habría separado limpiamente la cabeza de cualquier hombre de su cuello si su adversario no hubiera demostrado la misma fuerza y habilidad. Las dos espadas chocaron y sonaron otra vez.
Y en ese momento, supo que todo era real. Estos hombres querían matarse el uno al otro y no era una actuación. El adversario de Edward, ya no sonreía, su expresión era primitiva y feroz. Cuando Edward continúo atacando, su enemigo detenía cada golpe, percibió que tenían el tipo de habilidad que sólo viene de años de práctica y años de auténticas batallas. No llevaban disfraces. Eran guerreros medievales concentrados en causar la muerte del otro.
Con tanta testosterona llenando la tienda, se sintió débil y enferma.
Escuchó golpe tras golpe.
Alguien iba a morir pronto. Edward podía morir.
Y Bella pensó en la Beretta.
La había dejado en el vestíbulo. Ambos hombres estaban en medio de su batalla en el centro de la cocina. Bella se dirigió furtivamente a la puerta, rodeando el fregadero mientras lo hacía, asegurándose de que permanecía lejos de los hombres que luchaban.
Y entonces corrió al pasillo mientras sus espadas sonaban una y otra vez, la violenta batalla alcanzaba claramente un crescendo salvaje. Vio la Beretta y la agarró. Quiso dar la vuelta y escapar, pero volvió corriendo a la cocina y apuntó con el arma al enemigo de Edward.
—Alto —intentó decir, pero sus dientes castañeaban.
Edward la había visto. Sus ojos rápidamente se agrandaron.
— ¡Nay, muchacha!
— ¡Le dispararé! —gritó—. ¡Edward, dile que lo mataré si no se detiene!
Edward y el otro hombre se prepararon el uno contra el otro, espada contra espada. Edward sonrió con frialdad.
—Ya has escuchado a mi muchacha, Emmett. Ríndete, antes de que te mate con su arma.
Bella rezó para que se rindiera. No sabía quién era, y no sabía por qué estaba defendiendo a Edward, pero pondría una bala en el intruso si tenía que hacerlo. Era muy buena disparando, pero nunca había disparado un arma en tales circunstancias, o con tal miedo. Sus manos estaban temblando, y mientras trataba de herir solo al hombre, no estaba segura de que no lo matase por error.
El hombre de pelo negro se relajó visiblemente, aunque por un momento él y Edward permanecieron enfrentados como dos venados con cuernos. Entonces, como uno, ambos hombres se desarmaron, apartándose.
Bella se movió sigilosamente alejándose de Emmett, quien se giró para sonreírle. Su corazón dio un vuelco a la vista de tanta belleza y fuerza masculina.
Emmett murmuró:
—Ah, hermosura, déjame vivir otro día. —Sonrió despreocupadamente, claramente divertido y ni en lo más mínimo afectado por la violenta lucha—. Rascal4como soy, esperaré con impaciencia nuestro próximo encuentro —añadió.
Bella se precipitó junto a Edward, apenas entendiéndolo. El caminó frente a ella protectoramente, y al hacerlo, bloqueó por un momento su visión de Emmett.
—No habrá otra vez —le gruñó a Emmett.
Entonces se volteó hacia Bella, su mirada era perspicaz.
— ¿Te hizo algún daño?
Bella temblaba como una hoja. Estaba a punto de decirle que estaba bien, una mentira monstruosa, cuando se dio cuenta de que Emmett se había ido.
— ¿A dónde se fue? —jadeó ella.
—Muchacha, entrégame el arma —dijo Edward suavemente, quitándole el arma. La dejó en el mostrador y puso sus brazos alrededor de ella, empujándola hacia su abrazo.
Y Dios querido, se sintió a salvo. Bella se aferró, sorprendida por la sensación abrumadora de seguridad que su gran cuerpo le otorgaba.
— ¿Quién era ese tipo? ¿A dónde se fue?
Su mirada fija pareció derretirse cuando la miró. Su gran mano acarició su pelo hasta la parte más estrecha de su espalda, y todo cambio. Su cuerpo era tan fuerte y masculino, su olor era tan embriagador y sensual que sus piernas se aflojaron. Sus muslos desnudos se encontraban amoldados a los suyos igualmente desnudos, pero sus botas de cuero resistente eran un contraste alarmante y desagradable contra sus espinillas. Con sus botas de cowboy, era aún más baja de lo que era él, y sus senos estaban aplastados contra el sólido muro de su pecho.
Y estaba muy excitado, su erección se levantaba dura y alta contra su cadera.
El interior de Bella se ahuecó. Deseaba a este hombre y no tenía nada que ver con ningún trance.
—No tengas miedo, muchacha. El bastardo se ha ido. —Su mano se movió más abajo, sobre la parte trasera de la prenda vaquera, sus dedos se extendieron firmemente allí—. Os deseo, muchacha.
Ella se mojó los labios.
—Lo sé. —Luego, se atrevió a decir—: Yo también te deseo.
Él le sonrió y sintió sus manos acariciando su trasero, cerca del dobladillo de su falda.
— ¿Puedes esperar una hora o algo así? —murmuró.
Bella estaba abrumada por el latiente deseo. Generalmente era difícil de complacer, pero sentía que si la tocaba, realmente la tocaba, justo ahora, entre las piernas, llegaría al clímax. Tal vez fuera la batalla que había presenciado.
—Llévame arriba —se oyó susurrar, estaba demasiado caliente para horrorizarse por su descarado comportamiento. Nunca antes se había sentido de esa forma.
Se preocuparía por quién o qué era en otro momento, más tarde, después de que se hubieran usado y dado placer el uno al otro, una y otra vez.
La mandíbula de él se tensó.
—No has escuchado bien, ¿verdad? No es seguro y no puedo protegerte aquí. Pero te protegeré, muchacha. Eres mi Inocente ahora.
—No lo entiendo —susurró Bella, acercándosele más. La única cosa que entendía era que estaba rechazando su ofrecimiento. Apoyó la cabeza contra su pecho, su deseo aumentó fuera de control. En sus brazos, tembló con intensa y apasionada hambre. Dirigió sus manos hacia su cintura, apenas capaz de reprimir un gemido. Su erección pareció alzarse más alto y más duro en respuesta.
Su apretón se tensó.
—Lo siento muchacha —dijo él.
Una vez más, Bella no pudo entenderlo. Era como si fueran de dos mundos diferentes, hablando idiomas distintos, excepto por el idioma que hablaban sus cuerpos inflamados.
Y luego fueron catapultados a través del cuarto, a través de las paredes, pasando estrellas.
Bella gritó.
1 Hola, guardián del santuario de Iona. En gaélico en el original.
2 ¿Dónde están los demás? En gaélico en el original.
3 Por Bhrogain. En gaélico en el original.
4 Granuja. En gaélico en el original.
