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Capítulo 3Este era su cuarto salto, pero aún no estaba preparado para el dolor.
Sujetando a la mujer, sus gritos desgarrando la noche, luchó por soportar el insoportable tormento. Era como si su piel estuviera siendo despellejada de su cuerpo, como si su cuero cabelludo estuviera siendo arrancado de su cráneo, como si sus miembros estuvieran siendo dislocados de sus articulaciones. Sabía que aterrizaría entero. Eso no importaba. Nunca había sabido que tal agonía y tormento pudieran existir. Se ahogaba con sus propios sollozos, también.
Y entonces aterrizaron. Como si hubieran sido lanzados del acantilado más alto y hubieran aterrizado sobre una vertiente rocosa dentada. Edward gruñó, el dolor explotando en su espalda y cabeza, luces brillantes explotando. Pero no soltó a la mujer. Agradeció a los Antiguos que de algún modo la había mantenido con él y entonces rezó para seguir vivos.
La mujer lloró ahora, suavemente, contra su pecho.
Un Maestro no debería usar sus poderes en su propio beneficio.
Él se tensó. Aunque el tormento había disminuido, permanecía. Le habían dicho que el extraño limbo de estar débil y sin defensas duraba unos simples minutos, y si hubiera estado solo, habría tenido paciencia. Pero no estaba solo. La mujer estaba en sus brazos, y mientras el dolor se marchitaba, su cuerpo se endureció. Quería sexo.
Pero no la había traído de vuelta porque la desease. Había seguido a Angela al futuro, ambos buscándola a ella y a la página. La mujer era una Inocente, atrapada entre el bien y el mal. No podía abandonarla en su tiempo, sola y sin defensas, no cuando tanto Angela como Emmett estaban cerca. Había tomado los votos de proteger al Inocente a través del tiempo. Su vida ya no le pertenecía.
Hacía tres años que había sido escogido. Había sido convocado al monasterio de Iona, solo para comprender que el monasterio no existía. En cambio, una Hermandad secreta vivía tras aquellas paredes de piedra. Le habían dicho que descendía de una antigua línea de príncipes, descendientes de los dioses celtas antiguos, y que debía seguir los pasos de su padre, defendiendo a la humanidad. Había tomado los votos sagrados, votos que irrevocablemente habían cambiado su vida. Defender a Dios. Mantener la Fe. Proteger al Inocente. Su guerra no era con reyes, reinas o clanes, su guerra era con el demonio. Había sido sorprendente, pero de algún modo, hubo un alivio y una comprensión completa, como si supiera que un día, la llamada vendría.
En ese momento, su vida entera tuvo sentido. Su fuerza insólita, su aguda inteligencia, su compasión y resistencia siempre habían intimidado a otros, y siempre se había sentido diferente, incluso entre su propia gente. Era diferente. Había estado destinado desde el momento de su nacimiento.
Con la bendición del abad, había leído las páginas rituales, y consiguió la mayor parte de sus poderes. Eran poderes que ningún mero mortal podía poseer. Otros poderes maduraron más lentamente. Él no viviría más allá de una vida humana. Y mientras que los votos eran simples y sencillos, el Código era largo y sujeto a interpretación. Sin embargo, el principio más básico del Código mantenía que un Maestro no podía usar sus poderes excepto para mantener sus votos.
Y esto no excluía los poderes sexuales, que estaban enormemente realzados ahora.
No tenía que mirar hacia la mujer en sus brazos para saber que era hermosa, y de algún modo diferente de las otras que había tenido en su cama. El impulso de moverse sobre ella era acuciante. Podía tan fácilmente montarla, deslizándose largo y profundo, dándoles placer a ambos. Él era enormemente viril y raras veces se saciaba, era casi una maldición. Aparentemente, cada Maestro sufría tan extrema virilidad. El placer carnal no estaba prohibido, y ningún Maestro lo toleraría si lo estuviera. Finalmente la miró. Sus sollozos ahora eran suaves y subió su mirada hasta la de él.
Sus ojos eran sombras sorprendidas de verde.
La miró cuidadosamente. Su tormento se marchitaba y no vio razón para negarse. Aunque tenía paciencia en la política y diplomacia en la batalla, con las mujeres no tenía ninguna. ¿Y por qué debería? Era un Masen y un Maestro y nunca había encontrado a una mujer que no desease con impaciencia compartir su cama.
Aquellas que vacilaron fueron fácilmente encantadas.
Sintió el momento en que ella pensó en su abrazo, su cuerpo, su virilidad y lo que podía ofrecerle. La sintió acelerarse, y su sorpresa genuina por su propia respuesta. No estaba acostumbrada a desear pero lo deseaba a él. Eso le agradó.
Sus ojos se ampliaron.
Sonrió, acariciando su brazo desnudo para tranquilizarla, prometiendo grandes placeres. No tenía que centrarse en la noche oscura de las Highlands para saber que estaban solos y a salvo. El mal traía consigo un frío intenso, uno muy diferente del de una tarde de verano del norte. El peligro no estaba cerca, no todavía.
—Lo hiciste bien, muchacha. —Se inclinó sobre ella, consciente del temblor que pasó a través de él. La anticipación le hizo sentirse casi débil—. No hay más peligro y estamos mucho más solos.
Sus ojos se volvieron brillantes por el hambre.
Aunque ya estaba grueso con sangre, más calor se precipitó a su ingle. Nunca había visto una mujer tan alta, con piernas interminables, y la manera en que estaba esculpida con tales músculos tensos, lo enloqueció. Quería aquellas piernas rodeando su cintura, ahora.
—Muchacha —murmuró en su tono más encantador.
Había estado merodeando por su mente y sabía que se había mantenido célibe por tres años. Sabía la pasión que recibiría. Sexualmente la mujer estaba desesperada y no la culpaba.
Recorrió con su mano su brazo, echando una buena mirada a su pecho ligero de ropa, y luego al dobladillo del harapo que vestía, que estaba solo a un palmo del tesoro mojado que pronto saquearía y poseería. Ella le miró con ojos brillantes. Él deslizó la mano hacia su dobladillo y vaciló. Se sostuvieron las miradas, y su corazón dio un vuelco extraño.
—Me alegra —susurró—, que sobrevivieses a la caída.
Ella inhaló, temblando. Su mano subió entre ellos hasta su pecho. Otra lágrima manchó su mejilla y gimoteó suavemente, moviéndose incansablemente. Reconoció los matices en el sonido y se hinchó más, satisfecho.
Cambio de posición deliberadamente, la camisa se levantó más arriba, su pene se asomó pasándola, y deslizó la mano por su muslo, y aún más arriba, levantado el trapo. La presionó más cerca de modo que pudiera vibrar contra su sexo. Ella jadeó con placer, su mirada voló a la suya.
—Deseo darte placer, muchacha, y te estás negando. Déjame entrar en ti.
Acarició con su boca su oreja, respirando allí. Ella jadeó, se alzó contra su dureza, dilatándose para él, la respuesta que quería. Levantó su pierna sobre su cintura y mientras lo hacía, sintió un deseo que lo consumía. Sus venas corrían con sangre tan caliente y palpitante, que no podía soportarlo.
Mientras se movía sobre ella, levantando el trapo corto que vestía, ella arañó sus hombros, alzando el trasero para besarle. Pero los besos no eran de ningún interés ahora, no cuando estaba palpitando tan fieramente y tan duro. Se impulsó hacia delante y gritó. Su carne estaba insoportablemente mojada, ardía caliente y lo agarró ajustada, un tornillo perfecto. Jadeó por la fuerza de tal placer cegador.
Ella gritó con euforia, también.
Era tan bueno. Él apenas podía pensar racionalmente ahora. Deseaba verla llegar; se impulsó más profundamente, sin parar, luego hizo una pausa para acariciar su sexo dilatado. Ella gritó. Sonrió triunfante y se hundió dentro de su carne palpitante otra vez. Ella lo fue a su encuentro salvajemente, desesperadamente, y él sintió que su hambre acumulada por años de negación se convertía en un capullo de energía y pasión que se arremolinaba. Él sabía que sería como esto. La sujeto más ampliamente. Mírame, muchacha.
Ella lo hizo, gritando en un clímax estremecedor e infinito.
Su mente se quedó en blanco, negra. Necesitaba liberarse, también. Se corrió, derramando todo lo que tenía dentro de ella, retorciéndose en éxtasis mientras lo hacía, y gritaba con placer y triunfo, el impulso lo venció.
El deseo era oscuro. Demoníaco. Era el impulso de tomar mucho más que su cuerpo.
Porque su placer podría ser realzado tan fácilmente, con una prueba de su poder.
Su mente se congeló incluso mientras su cuerpo seguía ondeando.
Nada es comparado al éxtasis de tal poder.
Él la miró mientras ella gritaba en éxtasis, horrorizado con su deseo.
Pero estaba prohibido, era un Maestro no un deamhan. Había jurado proteger al Inocente, no destruirlo.
Edward se apartó de allí, tambaleándose. Se inclinó contra un árbol, mareado por el clímax prolongado y la comprensión de que le tentaba de una forma inexplicable y demoníaca.
— ¡No! —jadeó ella, extendiendo la mano hacia el desesperadamente. Y entonces cayó hacia atrás con los ojos cerrados.
Ella yacía quieta ahora, como si estuviera muerta.
Pero él no había hecho nada excepto darles placer a ambos. Rápidamente se arrodilló, levantándola en sus brazos. Todavía estaba excitado en el fondo, pero no importaba. Apenas podía creer lo que había deseado tomar de ella. Aun lo quería.
— ¡Muchacha!
Sus ojos se agitaron. Se había desmayado por la excitación de una liberación tan intensa. Puso la cara contra su pecho, donde su corazón latía, sujetándola allí, aliviado. La muchacha estaba bien. Pero él no estaba bien, no del todo. El horror permanecía.
Y apenas lo había hecho con la mujer. Aún la deseaba, en su cama, de cada manera sexual. ¿Pero cómo podría estar allí otra vez cuando no se atrevía a confiar en sí mismo?
Y entonces sintió el frío.
Como una brisa ártica salida de la montaña más alta, el frío se arrastró más cerca, haciendo bajar al instante la temperatura de la agradable tarde de verano. Las briznas de hierba, los cardos y las flores salvajes a su alrededor se congelaron. Edward se puso rígido, esforzándose no en ver sino en sentir.
El frío se colocó sobre la cañada.
Estaban cazándolo de nuevo.
Bella se dio cuenta de que estaba en los brazos de un hombre, siendo llevada rápidamente y luego depositada en el suelo. Estaba duro y frío. Ella estaba débil y aturdida, desorientada. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba?
—No hables y no te muevas —dijo el hombre—. Permanece con la espalda contra la roca, ¿entiendes?
Bella le escuchó. Comprendió que su espalda estaba presionada de forma desagradable contra la vertiente rocosa de alguna clase mientras sus uñas cavaban en la suciedad fría y mojada. Miró hacia el suelo, no viendo el piso de baldosas de la cocina sino hojas, ramas, mugre y hierba. Las imágenes y sensaciones se mezclaron juntas en su mente, estrellas y agonía, una fuerza terrible, Edward y éxtasis, su enorme poder. Y entonces escuchó aquel grito de guerra espeluznante.
— ¡A Bhrogain!
Ella gritó cuando escuchó varias espadas, siendo sacadas de sus vainas. Tropezó con sus pies, tan débil que se tambaleó. Con pánico, buscó su arma y una imagen la asaltó, de Edward en su cocina dejando a un lado su arma. No estaban en la cocina ahora. Maldita sea. ¡Estaba en el bosque, en algún lugar!
Inclinándose contra un árbol, agarró el colgante en su garganta, su corazón palpitaba salvajemente de miedo. Hacía frío fuera y la piedra estaba caliente. Y entonces vio a Edward, a unos pasos de ella, le daba la espalda, sujetando una rama en alto, su postura era defensiva y beligerante a la vez. Su mirada le pasó y ahogó un grito.
Una docena de caballeros lo enfrentaban. Los hombres eran gigantes, vestidos con camisa de cota de malla, perneras de acero, guanteletes y cascos. Las placas de los ojos estaban cerradas, haciéndolos parecer demoníacos. Estaban armados con lanzas, espadas y hachas. Sus enormes caballos de guerra resoplaban y hacían cabriolas, las miradas en blanco. Frenéticamente, Bella se dio cuenta de que estaban en un claro, rodeados de árboles oscuros. Más allá de los árboles vio las sombras negras de numerosas montañas. El cielo nocturno era el más brillante que había contemplado alguna vez.
Edward sin girarse, dijo:
—Vuelve a las rocas.
Bella no se movió. ¿Pensaba enfrentar a una docena de enormes hombres armados solo? ¡Y no tenía escudo! Antes de que incluso pudiera empezar a pensar que estaba pasando, los primeros caballeros atacaron, aullando terroríficos gritos de guerra en gaélico.
Bella se agachó y cogió la primera piedra a mano y corrió a colocarse al lado de Edward. Él maldijo en su lengua pero no la miró. Bella no se lo pensó dos veces. Cuando el primer jinete se encontró con ellos a galope, su lanza apresada bajo el brazo, le lanzó la piedra al hombre.
Edward empujo su asta improvisada mientras ella arrojaba la piedra. El jinete la eludió y la roca se perdió, pero Edward lo tiró del caballo, después uso su gran espada para separar la cabeza del hombre de su cuerpo como si el hombre fuera una muñeca de trapo. Bella volvió contra el árbol, buscando el Taser. Edward usó su bastón para defenderse de otra lanza, arrojando a un guerrero con cota de malla al suelo. En un movimiento violento, empujando su espada al hombre boca abajo, decapitándolo al instante, también. Bella se atraganto.
Él se giró para enfrentar a otro guerrero, esta vez dejando a un lado el palo. Bloqueó las espadas, gritando.
Pero ya había visto al tercer caballero guerrero directo hacia ella, como si simplemente la fuese atropellar. Su casco negro tenía unas siniestras hendiduras para los ojos. Seguro que estaba a punto de morir, Bella saltó hacia delante, debajo de la lanza que sujetaba, lanzando el Taser contra el hombro del caballo. El caballo se encabritó, relinchando, mientras el jinete balanceaba la lanza hacia ella. Bella le esquivó, había arruinado su objetivo. Y sintió su furia salvaje.
No había tiempo para correr. El caballo se encabritó de nuevo y Bella lo siguió. Estaba en el aire cuando le dio una descarga en el pecho. El hombre maldijo mientras el caballo caía de espaldas, aplastando a su jinete, y entonces el animal brincó y galopó.
El gigante de la cota de malla yacía quieto, su cuello en un ángulo grotesco, claramente roto.
Bella sabía que no estaba sola. Giró y sostuvo el Taser de modo amenazador, dos guerreros a caballo habían subido detrás de ella. Vacilaron, claramente inseguros de si atacarla o no. Más allá de ellos, Bella vio a Edward matando con ferocidad hombre tras hombre. A pesar de las circunstancias, definitivamente tenía el control de la situación.
—Muchacha —gruñó—, vuelve a mí.
Esa era una gran idea, pensó Bella, excepto que uno de los dos guerreros estaba entre ella y Edward. Él la estaba sonriendo ahora, con aire de suficiencia, anticipando claramente su muerte. Abandonó su lanza y tiro de una barra de acero con una bola con pinchos que colgaba de una cadena.
Bella estaba aterrorizada. Podría cortarle la cabeza fácilmente con ello. Esa bola, girando salvajemente, podría destrozar su cuerpo en pedazos. Tenía que atacar o moriría.
Bella se enfadó y dio un paso hacia delante. El demonio había matado a su prima y a su madre y si la mataban se llevaría con ella a tantos bastardos como pudiera. Conseguiría su caballo, también, o moriría intentándolo.
— ¡Maldita sea, muchacha! —estaba gritando Edward.
Demasiado tarde, se dio cuenta de que estaba poniendo una distancia aún mayor entre ellos, pero no se atrevía a desviar la mirada del guerrero. Estaba segura que sonreía, echando hacia atrás su montura fuera de su alcance.
—Cobarde —siseó Bella.
Él le dijo algo en gaélico, y Bella supo que era una pulla.
Su compinche había montado su caballo al lado, pensando claramente en ver su asesinato o ponerse detrás de ella, solo por si acaso. Bella sabía que no podía defenderse a sí misma contra los dos. Dejarle acercarse furtivamente por detrás no era una buena idea.
— ¡Que te jodan! —dijo Bella.
Corrió hacia el caballero con la bola y la cadena y golpeó al caballo en la cara.
Este relinchó, encabritándose, el jinete lo espoleó con crueldad para que bajara al suelo. Bella agarró su pierna, empujándolo. Estaba pegado a su silla. Bella había leído como las sillas de los caballeros había sido diseñada de forma que estuvieran tan seguros como si estuvieran atados. Ella se rindió. El caballo había bajado y el jinete balanceaba la bola brutalmente. Bella se agachó enteramente debajo del caballo, consciente de que podría ser pisoteada, y cuando salió por el otro lado, la bola estaba volando allí, hacia ella. Se tiró al suelo y la bola rasgo el cuarto trasero de su caballo. El caballo relinchó, encabritándose. Bella vislumbró su rodilla desnuda encima de las placas de su armadura. Se levantó y presionó el Taser allí. Él se puso rígido.
Bella no esperó. Lo pinchó de nuevo en el único lugar en el que podía, las rodillas. Cayó del caballo, estrellándose en el suelo a sus pies.
Pero antes de que pudiera sentir cualquier triunfo, se levantó de un salto cuando debería haber estado sin sentido, la bola y la cadena en su mano. Bella no se lo pensó dos veces. Le dio una patada tan fuerte como pudo en la cabeza, haciendo retroceder su cabeza y entonces metió a la fuerza el Taser en su cuello.
Esta vez, él cayó.
Y ella sintió a la bestia llegar. Bella giró para enfrentarse las patas blancas del caballo de guerra del otro guerrero que galopaba hacia ella. Bella se dejó caer y rodó mientras el caballo pasaba estruendosamente. Edward le gritó otra vez.
Y cuando se levantó, estaba golpeando a su atacante. Bella vio a Edward arrancarle el brazo del hombro. Su estómago protesto violentamente y entonces la cabeza del hombre salió volando por el aire. Su estómago se revolvió una vez más.
Cascos atronadores sonaron en la distancia.
Mas guerreros, pensó Bella desesperadamente.
— ¡Muchacha! —gruñó Edward, saltando a un corcel sin jinete. Galopó hacia ella y le ofreció su mano. Bella no vaciló. Más jinetes se estaban acercando y no tenía ningún deseo de quedarse a averiguar si eran amigos o enemigos. Le dio su mano y él tiro de ella hasta que estuvo detrás suyo, parando de repente la carrera. Sorprendida, Bella vio al resto de sus atacantes escapando al galope, mientras de una dirección diferente, un pequeño grupo de jinetes venían a medio galope hacia ellos.
Ella sintió que la tensión abandonaba el enorme cuerpo de Edward.
Estaba agarrada a su cintura, todavía sujetando el precioso Taser.
— ¿Amigos? —jadeó, empezando a temblar. Estaba a punto de vomitar.
— Aye. Jasper Whitlock, mi tío.
Bella se derrumbó contra su espalda, temblando incontrolablemente. Peor, las lágrimas vinieron. Estaba en tal estado de shock que no podía pensar. Pero nada se había sentido mejor que su capa de lana bajo su mejilla y nada podía ser más tranquilizador que su almizcleño olor masculino.
Él se deslizó del caballo, girando, la bajo, directamente a sus poderosos brazos.
—Eres valiente, muchacha. ¡Pero por los dioses, cuando de una orden, espero ser obedecido!
Sus ojos eran de plata, y ardían.
Ella no podía hablar. Ahora entendía las cicatrices en su cara. Solo sacudió la cabeza e inclinó la cara de nuevo contra su pecho, temblando como una hoja.
Pero su túnica estaba mojada y pegajosa contra su mejilla. Bella se alejó, repentinamente asustada de que estuviera herido y sangrando. Sus ojos se encontraron.
—No es mía —dijo suavemente, la misma suavidad llegó a sus ojos.
El alivio hizo que sus rodillas se doblaran. Él puso el brazo alrededor de ella, permitiéndole permanecer derecha contra su poderoso costado.
Y entonces vio los cuerpos, y las partes de los cuerpo, yaciendo dispersos a su alrededor. Realmente los vio. Y cada momento de aquella batalla horrible pasó por su mente. Bella se alejó, corriendo una corta distancia, dejándose caer al suelo y vomitó violentamente. En nombre de Dios, ¿qué estaba pasando?
Un hombre medieval, caballeros con espadas y hachas soldadas, un cielo nocturno como no había visto nunca antes.
Bella no podía respirar.
No había luz eléctrica en ninguna parte, ni postes telefónicos, ni coches, ningún sonido en absoluto excepto el de los árboles que susurran en la brisa y los resoplidos de los caballos, las campanas tintineando.
—Muchacha —la enorme mano de él estaba en su espalda—. Está superado. Tienes un arma allí y entiendo que puedes usarla. Jasper y sus hombres querrán vernos a salvo.
Bella cerró los ojos, queriendo vomitar de nuevo, pero no tenía nada en su cuerpo para arrojar. No estaban en su tienda. Recordó haber sido lanzada por una enorme fuerza a través de paredes, pasando estrellas, casi como ser lanzando desde un avión sin paracaídas. Hubo tanto dolor.
Lucho por aire, jadeando con fuerza ahora.
Él era real. Había una docena de cuerpo en el claro para probarlo. Oh, Dios.
Su brazo la rodeó.
—Entiendo que nunca has estado en una batalla antes. Pasará. Necesitas respirar profundamente.
Pasará.
Él había dicho esto antes. Lo había dicho de la misma forma, como si la tranquilizase, pero no la había tranquilizado. En cambio, hubo tanto deseo, y la siguiente cosa que supo, estaba de espaldas y estaba dentro de ella, imposiblemente duro, imposiblemente profundo y se estaba corriendo.
Bella estaba incrédula.
Algo terrible estaba pasando.
Él estaba hablando en francés ahora, sobre su hombro a su amigo. Bella lo dominaba, pero no escuchó lo que decía. No quería estar allí y no quería creer que habían tenido sexo. Se dio la vuelta y lo golpeó tan fuerte como pudo.
El golpe aterrizó en su mejilla y resonó. Él no se movió, pero sus ojos se ampliaron.
Bella se echó hacia atrás tan lejos de él como pudo. Golpeó una roca.
—No te acerques a mí —le advirtió—. ¡No quiero hacer nada, nada contigo!
Ella no había pedido nada de esto, ¡maldito fuese!
Su cara estaba inexpresiva, pero vio su pecho alzarse y caer más rápidamente ahora, signo de alguna agitación. Bien, déjale estar enfadado, pensó salvajemente. ¡Estaba enfadada!
—Muchacha, dime tu nombre.
—Vete al infierno —gritó—. ¿Dónde estoy?
Las ventanas de su nariz llamearon, su mandíbula se tensó. Un momento terrible pasó antes de que contestase, haciendo que Bella desease no haberlo maldecido.
—Alba, Escocia —se corrigió—. Morvern.
Trató de sonreír, pero fue frío. Estaba enfadado con ella.
—No lejos de mi casa.
La ironía la hizo reír estridentemente. ¡Habría estado en Masen el domingo, y ahora solo estaba a una pocas millas!
—Iremos al castillo de Carrick por la noche. Vamos, muchacha, estás cansada, lo entiendo —su tono era cauteloso ahora.
Ella sacudió la cabeza, temblando, aun cuando la noche era agradable una vez más. Sus dientes castañearon mientras hablaba:
—Estamos en tu tiempo.
No tenía duda.
Su cara permaneció inexpresiva.
—Aye.
Ella trago.
— ¿Qué tiempo es este?
Cuando no contesto al instante, gritó:
— ¿Qué año es este, maldita sea?
Él se puso rígido.
—1427.
Bella asintió.
—Ya veo.
Le dio la espalda, abrazándose a sí misma, consciente de que su cuerpo entero se estaba sacudiendo como con convulsiones. Siempre había querido creer en viajes en el tiempo. Había científicos que decían que era posible, y habían propuesto las teorías de física cuántica y agujeros negros para explicarlo. Bella nunca había tratado de entenderlo, ya que la ciencia no era un tema fácil para ella. Pero entendía lo básico; si uno viajaba más deprisa que la velocidad de la luz, podría ir al pasado.
Ninguna de las teorías o lo que ella había pensado o incluso lo que creía actualmente importaba. Sabía con cada fibra de su ser que Edward era un laird medieval de Masen. Ni Hollywood sería capaz alguna vez de replicar la batalla que había visto, y de la que había sido parte. Sus rodillas se debilitaron otra vez. Estaba enferma y exhausta. Quería estar tan lejos de este hombre como pudiera. Y también estaba asustada.
Él último lugar en el que deseaba estar era en la Escocia medieval. Quería estar en casa, en su apartamento seguro, con su sistema de seguridad último modelo. De hecho, justo ahora, habría dado cualquier cosa por estar en su cocina, bebiendo a sorbos una copa de vino y viendo la reposición de Amo a Lucy o Ese show de los 701. Lentamente se volvió y sus miradas se enfrentaron.
—Necesitamos irnos —dijo llanamente, sin compasión en los ojos—. El mal está allí, en la noche, muchacha. Necesitamos estar detrás de paredes sólidas.
Bella se puso en marcha. Desafortunadamente, no podía estar más de acuerdo. Se dijo a si misma que no pensase en su madre ahora, pero era imposible. Por otro lado, no quería ir a ninguna parte con él. Lo que quería era ir a casa.
—No te doy opción. Vienes conmigo.
Sus ojos eran duros ahora.
—Mándame a casa —dijo duramente.
—No puedo.
Se miraron con fijeza.
— ¿No puedes o no quieres? —dijo finalmente.
—No es seguro —dijo rotundamente.
Bella se empezó a reír histéricamente.
—Cómo, ¿la lucha de un grupo de guerreros medievales armados con espadas y hachas es seguro?
Su expresión se volvió tormentosa.
—He tratado de entender, muchacha —dijo con tono grave—. No tengo más paciencia. —Bella pensó en la forma en que la había mirado y usado sus poderosas piernas para extender las suyas, sin siquiera decir por favor. Pum pam, gracias mi dama. No importaba si estaba en el siglo XV, era una mujer moderna. Quería maldecirle otra vez. Se lo pensó mejor antes de atreverse.
Un hombre montado a caballo se adelantó.
—Tal vez pueda ser de ayuda. Jasper el Negro, de Whitlock, a vuestro servicio, señora.
Bella le miró y un escalofrío de sorpresa la recorrió. Jasper el Negro era en realidad rubio oscuro, con las facciones duras pero cerca de la perfección de un vikingo. Estaba en el principio de la treintena, y era tan alto como Edward, con hombros anchos y brazos abultados. Iba vestido como los caballeros que los habían atacado. Vestía una cota de malla que le llegaba hasta los altos muslos, con guanteletes, codales, grebas, rodilleras y un casco, la visera arriba. Llevaba una lanza de aspecto letal en un brazo, portaba dos espadas, una larga y una corta y sobre la cota de malla, vestía una capa. Era imposible no preguntarse, si, como Edward, iba desnudo bajo la túnica que seguramente llevaba debajo de la cota de malla.
Le sonrió lentamente, como si fuese consciente de su admiración y sus sospechas. Sus ojos brillaron cuando hablo.
— ¿Vuestro nombre, señora?
Sabía que Edward la estaba mirando. Ella le miró. Estaba furioso, lo que era bueno para ella, porque se lo tenía condenadamente merecido. No sabía que lo había hecho enfadar.
—Bella, Bella Swan —dijo.
Ella forzó a su mente obtusa a funcionar.
—Necesito volver a mi tiempo —dijo—. ¿Puedes ayudarme?
No pareció desconcertado por su pregunta.
—Con mucho gusto os llevaría a casa, pero ese deber no es mío.
—Me ha secuestrado —gritó Bella.
Pero enrojeció mientras hablaba, porque empezó a recordar unos cuantos hechos pertinentes, como ser golpeada en la cabeza por Angela y la intromisión de aquel guerrero Emmett, también.
Edward caminó hasta su lado, su expresión puramente negra.
—Ken, cuando quieras —dijo oscuramente.
Entonces miró fríamente a Jasper. Habló en francés. Bella no estaba sorprendida, mientras recordaba que la mayoría de los nobles en Inglaterra y en Escocia hablaban el idioma de la corte europea.
—Es mi Inocente. Esta bajo mi protección y permanecerá de esa forma hasta que decida lo contrario.
Bella fingió no entender.
—Entiendo —contestó Jasper suavemente en el mismo idioma—. Ha pasado por un trauma. Está muy enfadada. Si lo deseas, la escoltaré de vuelta a Whitlock. Estoy seguro que para entonces se habrá calmado.
Su sonrisa fue seca.
—Ya la he tomado, Jasper, y no la compartiré —dijo Edward.
Bella enrojeció, girándose para que ningún hombre pudiera adivinar que podía entenderlos. Estaba furiosa. ¡Cómo se atrevía a decirle al otro hombre lo que había hecho! Pero no había estado jactándose como un chico en un vestuario. ¿Estaban peleando por ella como dos perros por un hueso? Estaba pasmada, ¿pero que esperaba de dos machos medievales?
Jasper se encogió de hombros y se giró hacia Bella.
—Edward desea protegeros, lady Bella. Es fuerte, poderoso y el jefe del clan Masen. Estáis en buenas manos.
Un chiste sarcástico se formó. Permaneció de espaldas. Estaba sorprendida, enfadada y asustada, pero no estaba lo suficientemente loca para pensar que podría sobrevivir mucho tiempo en la Escocia del siglo XV sin nadie cuidando de ella. Lentamente se enfrentó a Edward mientras Jasper se adelantaba y sus hombres formaban dos líneas detrás de él.
— ¿Cuándo podré irme a casa?
—No lo sé.
—Fenomenal —replicó, temblando.
Él hizo un gesto. Bella le precedió hasta donde un hombre estaba sujetando dos de los corceles tomados de los muertos. Hizo una pausa, tomando las riendas de un caballo gris.
— ¿Puedes montar a caballo?
—Crecí en una granja —dijo Bella lacónicamente. No había estado sobre un caballo hacía años y los caballos que había montado entonces eran caballos de arar, no caballos de guerra. Pero después de los acontecimientos de aquella tarde, subirse a aquel animal enorme y musculoso parecía pan comido.
¿Cómo había llegado su vida a esto? ¿Y qué iba a hacer? La desesperación la consumió. ¿Y si no podía volver?
Una mano grande y callosa se posó en su hombro.
Bella lentamente se giró, una tensión familiar vibrando dentro de ella. Era poderoso, sexual y no quería ser consciente de él como hombre. Pero lo era, especialmente después del breve interludio que lamentablemente habían compartido.
¿Cómo podía haber hecho tal cosa?
Su mano la abandonó y se desabrochó la capa, envolviéndola hábilmente alrededor de ella. Su toque accidental le hizo difícil respirar. Le fijó el plaid cerrado justo debajo del hueco de su garganta, donde su pulso latía como loco, ocultando sus intenciones de ser indiferente a él y pretender que no le deseaba. Sus manos permanecieron allí y alzó su mirada hacia la de ella.
El corazón de Bella dio un vuelco ante la visión de tanto calor. Muy, muy vívidamente, recordó su anchura, su longitud, su fuerza y poder. El deseo la hizo sentir débil.
Sus manos cayeron y su sonrisa apareció, engreída y satisfecha. Él asintió hacia el caballo.
Bella montó, su capa escondiendo sus muslos de la vista.
¿Qué les pareció vale la pena que siga o la borro?
1 I Love Lucy or That '70s Show.
