Capítulo 4

Cuando se sintió satisfecho de que pudiera controlar algo el caballo, Edward dejó a Bella con dos de los hombres de Jasper y montó hasta el lado de la columna donde podría estar a solas. El bosque era espeso y oscuro alrededor de ellos, pero podía oler el mar mientras se aproximaban al lago Linnhe. No hay olor en el mundo comparable al del bosque mezclado con el mar de las Highlands, pensó, excepto, por supuesto, el olor de ella.

Pero ahora no podía tocarla. No debía tocarla. Con ella, no tenía control.

Jasper se acercó.

— ¿Qué te preocupa, Edward? —le preguntó suavemente, hablando en gaélico.

Edward vaciló, consciente de sus mejillas ardientes. Afortunadamente, los Maestros se respetaban el uno al otro y no se acechaban el uno al otro. Habló en su lengua materna, sombrío:

—Angela tiene el poder de saltar en el tiempo, Jasper. Aro se lo dio cuando no era más que un deamhan modesto.

Los ojos de Jasper se ensancharon; estaba claramente consternado.

Y debía estarlo, pensó Edward. El poderoso y demoníaco conde de Volterra era el jefe supremo del mal en Alba. Se decía, que hacía mucho, al principio, Aro había sido un Maestro, hasta que el demonio le había corrompido, robándole el alma. No había duda de que su línea venía de los Antiguos, ya que su poder era tan grande que ningún Maestro había sido capaz de vencerlo, no en mil años. Su búsqueda era el poder y el control, sus medios, destrucción, anarquía y muerte. Tenía un gran título, grandes tierras, ejércitos enormes tanto Deamhanain como de humanos y los enviaba fácilmente a las mandíbulas de la muerte. Y era tan encantador, tan apuesto, tan inteligente que era favorecido por la realeza, especialmente por la actual reina, Juana.

Muchos de los Deamhanain eran simples humanos poseídos, como los caballeros que los acababan de atacar, gigantes entre hombres, sus poderes realzados por la posesión demoníaca. Angela era humana, pero Aro la había hecho su amante, tomando su alma, y teniendo hijos con ella. Y ahora, le había dado uno de los poderes más codiciado, el poder de saltar a través del tiempo.

Jasper le miró.

—No creo que estés rumiando sobre un deamhan, incluso si fuese Angela, cuyo tiempo ha llegado.

—Aye, debe morir. Si puede saltar como un Maestro, tiene mucho más poder ahora.

El más poderoso Deamhanain debía ser cazado y vencido siempre. Era demasiado peligroso permitirles vivir.

—Pero puede tener la página. La seguí hasta la ciudad de Nueva York —dijo sobriamente—. La seguí hasta la librería de lady Bella. Fue primero allí. La tienda fue registrada. Lady Bella no sabía que había sido robado y que no.

—Si allí había una página del Cladich, debe ser devuelta a la Hermandad —dijo firmemente Jasper—. Aro tiene suficientes poderes ya, y no puede tener el poder de curar para su prole.

Edward no podía imaginar un mundo donde los Deamhanain pudieran curarse uno al otro. El primer Deamhanain, aquel que había sido seducido por el demonio y robado de la Hermandad, era lo suficientemente duro de derrotar sin tales poderes.

—Si Angela dejó a lady Bella viva, tenía un uso para ella —añadió Jasper—. Si Angela no tiene la página, debe pensar que tu dama la tiene.

Desafortunadamente, Edward tenía el mismo pensamiento. Su corazón se tambaleó con temor.

Como la esposa de John Frasier, un conde de las Lowlands traicionero y poderoso, Angela era incluso más peligrosa que su marido, ya que él era simplemente un noble ambicioso, mientras que ella estaba poseída y aliada con Aro. Era casi tan mala y tenía tanta sangre fría como su jefe. Su reputación era enorme. Adoraba torturar lentamente a sus víctimas, tanto mujeres como hombres, y después disfrutaba con sus muertes. Casi esperaba que tuviese la página. De otra manera, Angela debía creer que Bella sabía dónde estaba la página, y cazaría a Bella. Se puso enfermo, porque sabía lo que le haría a Bella si alguna vez la cogía.

—Creo que necesitas asegurarte de que Angela comprende que lady Bella es ignorante sobre nuestros asuntos.

—Es ignorante.

Pero no era tan ignorante como había sido, pensó Edward sombríamente. Había traído de vuelta a Bella para protegerla de Angela y Emmett. Ahora no estaba seguro que lo que había hecho fuese en el mejor beneficio de ella.

—No es seguro enviarla de vuelta, sola —dijo Jasper de repente—. No todavía.

Edward le miró.

— ¿Estas al acecho?

—No tengo que merodear en tu cabeza para entender tus miedos por ella.

Vaciló, preguntándose que había dejado Jasper sin decir. Esperaba que su lujuria no fuera evidente.

—Emmett estaba también allí.

Su sangre hirvió con ese pensamiento.

Las cejas leonadas de Jasper se alzaron.

—Así que también va detrás de la página.

—Va detrás de cualquier cosa que le de placer —exclamó Edward, lleno de furia—. ¡No sigue órdenes! El bastardo estuvo en su cama. Le sentí allí.

—Emmett es un granuja —dijo Jasper con calma—, pero no es malo. Seguramente la Hermandad le envió al futuro, como hicieron contigo. Y lady Bella es hermosa. Si la hubiera tenido primero, podrías odiarle, pero no puedes cambiar el pasado. No está permitido —le advirtió.

El Código no era simple. Había muchas reglas, algunas sujetas a debate, así como a interpretación, pero nunca volver en el tiempo para cambiar el pasado era una de las más importantes. Ningún Maestro tenía permitido cambiar la historia. Pero si Emmett la hubiera tocado, hubiera estado tentado a volver en el tiempo y hacer lo prohibido.

—No se acostó con ella. Le sentí en su cama. Pero si la hubiera tocado, aye, un solo toque, le mataría.

Jasper le miró.

—Eres muy posesivo, muchacho.

Edward miró hacia delante entre las orejas del semental.

—No empieces.

—No entiendes a la muchacha.

—Aye, no la entiendo. Pronto, cuando sea seguro, cuando crea que Angela no va detrás de ella, entonces podrá volver.

Y de esa forma estaría a salvo de él, pensó sombríamente. Trató de imaginarla en Masen, aunque no en su cama. Fue imposible.

Podía mandarla a Whitlock con su tío. Al instante, deshecho el pensamiento. Su tío era el hombre menos romántico que conocía, pero como todos los Maestros, podía poner en trance a una mujer para su deseo y siempre tenía una mujer hermosa en su cama.

Había sido la forma en que Jasper la había mirado, la forma en que se había acicalado antes de presentarse.

Y por los dioses, empezaba a ser consciente de unos celos ardientes, porque Bella le había dado a su tío un buen vistazo, a cambio. No, ella iba a ir a Masen, y trataría con su dilema con una voluntad de hierro cuando llegara el momento.

En cuanto a Emmett, mejor mantenía las distancias, también. Emmett era un guerrero granuja, haciendo lo que deseaba, cuando lo deseaba. El mundo sabía que era un hedonista. Ya tenía legiones de amantes. La belleza era su debilidad. ¿Ardía Emmett de lujuria por ella, también? Edward no confiaba en él. ¿Pensaba en darle placer a ella y quitarle la vida mientras lo hacía? Edward sintió la certeza de que Emmett había cometido crímenes por placer porque Emmett solo tenía media alma, y la otra mitad era oscura.

—Emmett te invitó a Awe una vez —dijo finalmente Jasper, como si sintiese sus pensamientos.

Edward se sacudió.

—Aye, hace tres años. —Emmett le había enviado una invitación por mensajero un poco después de la iniciación de Edward en la Hermandad. Rompió la misiva en pedazos.

Jasper ignoraba eso.

—Deberías ir hasta Awe y hablar con él. Haz una tregua, Edward.

Edward le miró, y dijo suavemente:

—Si voy a Awe, voy por una causa y por una causa solo. Voy a matar al bastardo.

La expresión de Jasper se volvió dura.

—Mejor cesar tal conversación. Un Maestro no puede matar a otro Maestro y lo sabes.

Edward sonrió fríamente.

— ¿De verdad? Esa es una regla que no me preocupa.

—Quiero ver paz entre tú y Emmett antes de morir —dijo Jasper bruscamente.

Edward se puso tenso.

— ¿Qué tipo de conversación es esta?

En verdad, no sabía cómo de mayor era su tío.

—No somos inmortales —dijo Jasper, su sonrisa de repente cansada—. He estado cazando al diablo por cientos de años, Edward. Mi hora llegará.

Edward estaba aterrorizado.

— ¿Tienes deseos de morir? Eres una gran Maestro. La Hermandad te necesita, Jasper. El Inocente te necesita.

Te necesito, añadió silenciosamente, pero su tío tenía que saberlo. Brogan había muerto cuando Edward tenía nueve años, y Jasper había sido más un padre que un tío desde entonces, así como un amigo leal.

Jasper le sonrió entonces.

—Eres tan joven, Edward. Envidio tu inocencia, y rezo porque nunca estés sin esperanza.

Edward se preocupó.

—Nunca hablas de esta forma. ¿Hay algo que no me estés contando? ¿Algo está mal?

—Después de doscientos años, tenemos constancia de que una de las páginas del Cladich está cerca. El Deamhanain lo quiere, y una vez más debemos guardar tal poder para nosotros y Alba. Recuerdo la primera vez que el libro fue robado, y la caza para encontrarlo y traerlo de vuelta al santuario. Recuerdo cuando el Cladich fue robado por segunda vez y no lo hemos visto desde entonces. Recuerdo cuando Aro robó el Duaisean. El ciclo de la vida nunca cambia, como el sol sale y se pone, día tras día, año tras año. Es el ciclo de lo bueno y lo malo, y nunca acabará. Nada cambia, es todo lo mismo. Si un Maestro finalmente vence a Aro, habrá otro, el más grande deamhan, que tome su lugar.

Edward estaba muy alarmado.

—Un día, Aro será vencido. Nadie tomará su lugar.

— ¡Permanece lejos de Aro! He tratado de matarlo cientos de veces. Tú también lo intentaste una vez, y mira lo que conseguiste.

Edward se tensó. Le había tenido en Urquhart, donde había estado cerca de perder su alma.

Y entonces Jasper sonrió, revelando dos hoyuelos. Era la sonrisa por la Edward había visto a mujeres pelear entre ellas por recibirla.

—No escuches las incoherencias de un viejo Maestro como yo. Protege a la mujer. Es tu Inocente ahora. Estaréis a salvo en Whitlock por la noche. Mañana contendré a los hombres de Aro si atacan otra vez cuando vayas a Masen. Carlisle querrá un informe —añadió.

—Y tendrá uno —respondió Edward, aliviado de que el humor raro y sombrío de Jasper hubiera vuelto—. Iré a Iona inmediatamente.

Jasper se puso severo.

—Edward, Angela obedece a Aro. Si dejó a lady Bella viva, hay otra posibilidad. No te preocupes por eso.

Edward se tensó.

—Quizás el señor oscuro desee a lady Bella viva.

Edward giró en su montura.

— ¡No empieces a pensar que Aro tiene alguna idea de que la muchacha existe!

—Si Angela tiene la página, ¿porque la dejaría viva?

Incluso en una cabalgata con hombres armados, Bella estaba asustada. No le gustaba el bosque oscuro que estaban atravesando. No necesitaba imaginación para saber que todo tipo de peligros acechaba en esas profundidades impenetrables. Y no estaba pensando en lobos y leones de montaña. ¿Y si había una emboscada? ¿Y si los hombres de los que habían escapado regresaban para terminar con ellos? Habían querido matar a Edward y habían querido matarla ella. ¡Y pensar que había estado asustada del crimen en la ciudad!

Apenas podía creer todo lo que había pasado. Había regresado en el tiempo, lo que era suficientemente sorprendente, y allí había estado en una batalla enorme. Esperaba nunca presenciar o participar en semejante batalla de nuevo. Sin embargo, si permanecía en el siglo XV por mucho tiempo, las probabilidades eran que se encontrase a si misma en graves apuros otra vez. Su materia era la historia medieval europea, no la historia de las Highlands, pero estaba ciertamente interesada en esta. Estaba llena de intriga, conspiración, derramamiento de sangre, asesinato y guerra. La lectura sobre ella, en clase, le había encantado. La vida en ella era un asunto diferente.

Bella sabía que tenía que dejar el miedo a un lado y encontrar la calma para ordenar sus pensamientos. Pero su compostura estaba hecha pedazos. Dos escoceses grandes y silenciosos, al parecer asignados para escoltarla, cabalgaban a cada lado. Bella se concentró en respirar profundamente tratando de tener pensamientos felices. Pensó en Acción de Gracias en la granja y entonces se dio por vencida. Empezó a reír, sintiéndose histérica, imágenes de la sangrienta batalla y cabezas cortadas con imágenes de la cara devastada por la lujuria de Edward en su mente. No estaba tranquila, no podía pensar que alguna vez estaría en calma de nuevo.

Recordó su loco comportamiento durante la batalla, cuando, en vez de esconderse como Edward le había ordenado que hiciera, trató de luchar. Nunca iba a entender que la había motivado. Bella Swan no era valiente. Estaba asustada de su propia sombra y de todo el mundo, que era por lo que había creado una pequeña fortaleza en su tienda. Excepto que la fortaleza había sido violada esa noche. Y ella no era un Schwarzenegger femenino unida a un Taser, incluso si había actuado como uno. ¡No quería ser una versión de Edward!

¿Y si no podía volver?

Su tensión aumentó. Ese era su gran temor. El corazón de Bella se sacudió. Si empezaba a pensar en estar atrapada en el pasado para siempre, no sería capaz de pensar, y su mente era su única defensa. Incluso en este mundo violento y machista, la sabiduría seguramente debía prevalecer, incluso si venía de una mujer.

Sus ojos se habían dilatado acostumbrándose a la oscuridad. La noche estaba alumbrada por tantas estrellas asombrosas y una media luna brillante, que realmente no se hacía tan duro ver. Por un momento, mientras exploraba los alrededores, se permitió una aceptación de mala gana de la belleza del cielo nocturno. Solo en el siglo XV uno podía tener tan magnífica vista.

Unos pocos guerreros también sujetaban antorchas, que ayudaban a iluminar la noche. Su mirada se movió por un par de hombres altísimos que conducían a los jinetes, entonces se posó en Edward. Él y Jasper el Negro estaban en silencio ahora, pero habían estado conversando por algún tiempo, claramente sobre asuntos graves. Bella hizo una mueca. Sabía que habían estado discutiendo sobre ella.

Miró la espalda de Edward. Parecía ser un guerrero superior. De hecho, si pensaba en ello, su destreza había sido extraordinaria. Estaba probablemente tan a salvo como una mujer en este tiempo y lugar podía estar, considerando que parecía sentirse obligado a defenderla. Pero por Dios, se sentiría mucho mejor una vez que estuvieran en Whitlock detrás de paredes sólidas.

¿Y entonces qué?

Tenía cien preguntas y necesitaba ciento y una respuestas. Tenía que saber que podría volver y cuando sería. Tenía que saber porque habían sido atacados. ¿Había sido un simple caso de dos clanes feudales? No creía eso. Y no le gustó la referencia de Edward al demonio.

Aquellos guerreros habían sido extraños y diferentes.

Bella se estremeció. No quería pensar más, pero no podía parar.

Algunas veces, mientras bajaba por las calles de la ciudad, más frecuentemente por la noche que durante el día, Bella pasaba al lado de alguien y se sintió sentía completamente helada. La primera vez que había pasado, había estado tan sorprendida que se había girado y mirado al transeúnte. Había examinado sus ojos vacíos.

De algún modo había sido aterrador, horrible. Había tenido quince años entonces, pero había sido antes de la asombrosa revelación de tía Bet sobre la muerte de su madre. Nunca había vuelto a mirar a otra persona así otra vez. En cambio, había agachado la cabeza, evitando todo contacto visual y continuo.

Fingió que era una cosa que se hacía en Nueva York. Todo el mundo sabía que los neoyorquinos eran fríos y extraños, no eran amigables y no hacían contacto visual. Así era como uno controlaba en la gran ciudad entre millones de personas.

La noche que su madre había sido asesinada, hacía mucho frío en la casa aunque había sido una tarde del veranillo de San Martín. Era uno de los hechos que recordaba con claridad vivida y táctil.

Bella se puso rígida y su montura danzó en protesta. Uno de los highlander se estiró para alcanzar sus riendas y Edward se giró para ver que estaba pasando. Bella no quería pensar en el pasado. Tratar con el presente era suficientemente malo.

Pero Bella respiro profundamente, el caballo resoplaba ahora. Maldita sea. Un terrible frío había enfriado el claro justo antes de que los guerreros lo hubieran invadido, el mismo tipo de frío que había llenado el apartamento.

Bella había pasado su vida entera evitando pensar demasiado en el lado oscuro de la ciudad. Había trabajado mucho para hacer un pequeño mundo seguro y exitoso para sí misma. Cuando cosas malas les pasaron a sus amigos, vecinos y colegas, empezó a apoyar a candidatos políticos exigentes. El crimen estaba fuera de control y la sociedad se descomponía, por eso trabajó más duro. El trabajo era un refugio. Deseaba estar trabajando ahora.

Pero ese mundo parecía como si se hubiera esfumado. Y maldita sea, la vida parecía igual de oscura y caótica en la Escocia medieval. No sabía que pensar, y desde luego no sabía qué hacer.

Eres mi Inocente, ahora

Ella tembló. ¿Qué significaba eso?

El tono de Edward había estado lleno de posesión en su apartamento cuando por primera vez hizo aquella declaración, y había sido igual de posesivo cuando le había dicho a Jasper que no compartía. Sintió sus mejillas calientes. De forma significativa le había dicho a Jasper que la había "tomado". Ese era el punto. Había tomado y usado su cuerpo, justo así, en un instante asombroso, cuando había estado recuperándose de la tortura del viaje en el tiempo. No hubo palabras calientes, promesas, declaraciones de afecto. El amor no estaba envuelto. Era puro sexo, carnal y crudo.

Nunca iba a creer que había dado la bienvenida a sus atenciones de la forma en que lo hizo. Aun no podía creer que realmente desease desesperadamente su invasión. Viajar atrás en el tiempo debía haber alterado sus sentidos o sensibilidades, o ambos. Tal vez había cambiado su psicología, también. Siempre había sido difícil de complacer y encontrar la liberación normalmente había sido una tarea, pero había sido sorprendentemente fácil con Edward.

Estaba pasada de moda y orgullosa de ello. No iba a negar que era atractivo, pero ¿y qué? Conocía hombres atractivos en Nueva York todo el tiempo, e incluso si no eran tan masculinos como Edward, había algunos jugadores verdaderamente poderosos allí fuera. El poder siempre la había atraído más que los tontos con buen aspecto, pero había descartado a los hombres que habían tratado de perseguirla brevemente. Muchos de los hombres que conoció eran altamente disfuncionales. Había sido célibe tres años porque insistía en el afecto, si no amor, antes de intimar. Los jugadores poderosos no estaban por el afecto o el amor, estaban por las conquistas.

Sonaba terriblemente familiar.

Bella no quiso seguir pensando en ese acto de penetración y clímax breves y combustibles. Si lo hiciera, su boca seca se volvería más seca y su corazón acelerado correría incluso más salvaje. Sin embargo, mejor pensaba en ello y se preparaba a sí misma para sus avances. Todavía la deseaba. Era más que obvio. Lo sintió cada vez que la miró. Su sexualidad y deseo emanaban de él en olas calientes y tangibles. Y era posesivo. Había estado advirtiendo a Jasper. Ella no iba a comprometer su moral o sus normas, o sus sueños, solo porque estuviese perdida en la época medieval con el tío más bueno de todos los tiempos. Nunca tenía sexo casual o sin significado. Nunca. Había tenido dos relaciones. Había estado enamorada de un estudiante de segundo año en Barnard, pero su otro asunto había sido más tibio. Había deseado estar enamorada, pero había sido difícil fingir, y al final se había rendido.

Y tal vez es era la mitad del problema. Él había notado que había estado privando a su cuerpo sexualmente. Crudo y grosero como era, lo había comentado abiertamente. ¿Qué había dicho? La había llamado "hambrienta". Aparentemente, había dado justo en el clavo.

La próxima vez que hablasen, tenía que poner algunos límites y poner algunas reglas. Estaba muy sola y este era el mundo de él. Si era el jefe de su clan, estaba acostumbrado a hacer lo que quería, cuando quería, todo el tiempo. Bella sabía lo suficiente sobre la estructura y la cultura de los clanes de las Highlands para saber que el laird era Dios y el rey, juez y jurado, policía y líder militar. Su espada era ley y ese era el final.

Su corazón se alzó en un latido alarmado. No tenía que ser racional para recordar haberlo golpeado y maldecido. No se reconocía, pero ella no conocía esto. Podría haberlo merecido, pero no importaba. No le conocía, no importaba que quisiera protegerla. Era el señor aquí, absolutamente, y tenía que aplacarlo si podía. A parte de eso, o tal vez por todo eso, estaba hundida en la mierda.

De repente, Edward apareció a su lado. Bella estaba tan inmersa en sus pensamientos que su aparición fue tan asombrosa como la de un fantasma. Ella se estremeció, su caballo hizo cabriolas. Pero él sonrió, estirándose a por sus riendas, enderezando al caballo.

—No quería asustarte. ¿Estás bien, muchacha?

Bella trató de ignorar su poderosa presencia, su masculinidad y lo que podría pasar más tarde si no encontraba la forma de mantenerlo a raya.

—Necesitamos hablar.

Esa era una descripción insuficiente de su vida, pensó.

—Aye.

Él gesticuló hacia delante.

—Whitlock.

Bella siguió su mirada y sus ojos se ampliaron. El claro castillo estaba ubicado sobre unos pálidos acantilados. Su corazón martilleo salvajemente, pero no de miedo.

La última vez que había estado en Escocia, casi había tomado el giro en la señal que señalaba el castillo de Whitlock. Su guía decía que el paisaje era impresionante, y que un viaje por los terrenos y el castillo no debía ser omitido. Pero al final había seguido en un intento por llegar a Iona antes de la caída de la noche.

Tal vez ser empujada atrás en el pasado no estaba del todo mal, pensó Bella, la excitación barriendo sobre ella mientras miraba los impresionantes muros de piedra pálidos, las torres y la guardia. Si Edward mantenía su distancia y ella evitaba más batallas, si mantenía su cabeza derecha y su valentía, esta podría ser una experiencia educativa que sucedía una vez en la vida. Podría incluso escribir sobre ello, aunque nadie la creería. Estaba a punto de entrar en una fortaleza del siglo XV. Estaba a punto de ver cosas que ningún historiador había relatado alguna vez. Y aunque seguía con miedo, quería entrar dentro del castillo.

Si pudiera volver a casa de una pieza, más pronto que tarde, podría ser capaz de manejar este asombroso giro del destino. Se giró a mirarlo.

— ¿Cuánto tiempo llevará llegar allí?

—Menos de una hora —dijo—, y discutiremos tus asuntos cuando lleguemos.

Cabalgaron por la empinada colina a doble fila, pero tuvieron que ir uno cada vez a través de la estrecha entrada de la barbacana amurallada. Whitlock estaba ubicado en la cima de una colina, teniendo vistas a acantilados escarpados por todos sus lados, y el sitio había sido escogido claramente porque la colina estaba separada del camino por un barranco empinado e infranqueable. Sin el puente levadizo, escaleras o máquinas de asedio, nadie entraba o salía.

Bella tembló mientras cabalgaba a través del puente levadizo, Edward todavía a su lado. Un patio exterior lleno cabañas y ganado estaban detrás de ellos, y miró al puente levadizo. Cientos de pies por debajo, estaba lleno de rocas escarpadas y afiladas. Los atacantes que fueran frustrados en el puente o tratando de escalar las paredes en cortina caerían hacia la muerte en el suelo de abajo.

Como si leyese su mente, Edward dijo:

—Nadie ha asediado Whitlock.

Bella le dirigió una sonrisa débil. Un castillo construido únicamente para resistir un asalto y un ataque era, de alguna manera, tan desconcertante como la batalla a la que acababan de sobrevivir. El sol sobrepasaba las torres y los terraplenes, y el cielo era gris pálido, teñido con dedos de carmesí y rosa. La vista habría sido impresionante, justo como su folleto había prometido, si no supiera que todas y cada una de las rocas había sido puesta en aquel barranco por manos humanas, para infligir el dolor y la muerte.

Ahora cabalgaban en fila de a uno a través del pasillo oscuro y estrecho de la caseta del guarda y sus cuatro torres. Bella miró hacia arriba. Había troneras sobre ella desde los que los atacantes serían empapados con aceite caliente y flechas si llegaban tan lejos. Miró hacia abajo. Su caballo estaba cruzando una plancha de madera sobre el suelo de piedra. Sabía que era una trampilla.

Bella miró sobriamente a Edward.

— ¿Qué hay debajo de nosotros?

Independientemente de lo que hubiera allí, sabía que alguien desafortunado que cabalgase o caminase cuando estuviera abierta no sobreviviría.

—No sé —dijo—. Tal vez estacas afiladas o camas de cuchillos. —Su mirada estaba interesada—. Entiendes la forma de nuestra guerra.

Bella tenía la boca seca.

—Lo he estudiado un poco.

Cabalgaron por delante de un par de puertas abiertas, gruesas y tachonadas y un patio interior.

Ella respiró. Aunque era temprano, los hombres y mujeres se apresuraban en el patio, dedicados claramente a sus tareas de la mañana. El humo se elevaba de dos edificios que estaban justo delante, construidos contra la pared norte. Olió el pan recién hecho y vio a varias sirvientas que iban de un lado a otro desde donde estaba segura que era el pequeño edificio que contenía las cocinas.

A su lado estaba el gran salón impresionante de cuatro pisos. Jasper el Negro estaba desmontando allí, un chico pequeño se había materializado para coger su caballo. Acarició la cabeza del muchacho y se dirigió hacia la escalera de madera, que desaparecía más allá de una pesada puerta de madera.

Miró alrededor otra vez, tratando de absorberlo todo. Un hombre con hábito sacerdotal estaba en frente de lo tenía que ser la capilla, una casa de dos pisos construido contra el muro este. El resto de los hombres de Jasper el Negro estaban desmontando en el edificio que asumió que era su sala, la que estaba encima de los establos. Las mujeres y los niños habían aparecido para saludarlos, las mujeres vestían largas camisas, los niños cortas. Algunos de las mujeres de los soldados llevaban capas. La risa y la conversación corrían desenfrenados, así como los abrazos y los besos.

Bella respiró profundamente, abrumada por las vistas y los sonidos, el bullicio y el ajetreo, y la emoción, de aquella gente del siglo XV. Hasta ahora, todo era como se había imaginado, pero no se estaba imaginando nada ahora. Estaba en el castillo de Whitlock, y era 1427. Los escalofríos la recorrieron. Esta era realmente una oportunidad asombrosa. Entonces se dio cuenta de que Edward la miraba fijamente.

Sin pensar, le sonrió.

El empezó y lentamente se la devolvió.

—Estás contenta.

Ella inhaló, porque estaba muy emocionada.

—Estoy en una fortaleza del siglo XV. Soy muy aficionada a la historia. —No iba a explicarle su grado—. He leído sobre cómo era la vida en este tiempo, pero lo estoy viendo por mí misma de primera mano.

Él fue irónico.

—No es nada especial.

Se deslizó del caballo, sujetando las riendas, esperando al chico para extender las manos hacia ella.

Bella volvió a sus sentidos. Estaba tomando lo mejor de una mala situación, pero coger su mano no era una buena idea. Fingió no notarla y se deslizó del caballo.

Edward se lo agradeció al chico, tocó su espalda y le indicó que le precedería en subir las escaleras. Bella no entendió. Estaba segura de que los hombres en este tiempo no les permitían a las mujeres ir primero, no importaba que aquella caballerosidad fuera una enorme parte de la cultura medieval.

Él gesticuló impacientemente. Ella hizo un asentimiento de mala gana y se apresuró a subir las escaleras. Traspasó una enorme puerta de paneles de madera, entró en una gran sala y parpadeó, sorprendida.

Había estado esperando el escaso mobiliario del periodo. Había estado equivocada. Las paredes y los suelos eran de madera, por supuesto, y vigas de madera soportaban el alto techo. Pero había varias alfombras finas en el suelo, obviamente de Francia, Italia o Bélgica, en vez de juncos. Aunque había una mesa de caballete ordinaria con dos bancos delante del enorme hogar en el rugía un fuego, también había varias distribuciones de sillas tapizadas, cada una fina e intrincadamente tallada por los mejores artesanos medievales. Una magnífica colección de espadas estaba expuesta sobre el hogar. Varios troncos bellamente tallados servían como mesas. Óleos sobre las paredes, los retratos sumamente estilizados como era la pauta del periodo, y un tapiz asombroso en una pared. Bella había esperado unas condiciones más primitivas. Había esperado perros, ratones, bichos y juncos en los suelos. La casa del Jasper el Negro estaba muy bien amueblada para el siglo XV de las Highlands y tan habitable como una casa de campo moderna. De todas formas, algo faltaba, un toque personal. Bella apostaría que no estaba casado.

Jasper se había quitado la armadura y estaba sentado en la silla más grande del cuarto, la tapizada en terciopelo borgoña. Una mujer joven le tendía una jarra de lo que Bella asumió que era ale. Ahora se dio cuenta de que otra mujer joven había cogido su capa y su cota y se los estaba llevando. Ambas mujeres parecían no tener más de veinte años, si acaso, y eran rubias y guapas. Cuando Bella llegó a la conclusión de que no era la única mujer joven y atractiva en las Highlands, una tercera mujer apareció. Le ofreció a Edward una jarra, sonriendo y ruborizándose mientras lo hacía.

Tapadh leat1—dijo sonriéndole.

Era muy bella, con el pelo rubio rojizo, la mitad del tamaño de Bella y sin acercarse a los veintiuno. A Bella siempre le había gustado ser alto, pero de repente, se sintió desgarbada y más como una gigante que como una mujer.

¿De tha sibh ag larraidh?2—murmuró la rubia.

El corazón de Bella se sacudió con temor. ¿Era esta mujer su amor? ¿Y por qué se preocupaba ella?

Edward sacudió la cabeza, contestando suavemente. Su sonrisa era terriblemente seductora.

El color de la chica se incrementó. Miró a Bella y se apresuró por el salón.

Bella comprendió que se abrazaba a sí misma. Si él quería acostarse con alguien tan joven, no era asunto suyo. Y por supuesto querría. Era un macho, obsesionado con el sexo. Era un señor medieval. Pensaba que era su derecho y la rubia tonta pensaba que era un honor saltar a su cama.

Bella estaba celosa. Y eso era incluso peor.

Él cogió su brazo pero habló con Jasper.

—Le enseñaré a Bella su habitación.

Jasper había estirado sus largas piernas calzadas con botas y parecía completamente indiferente. Les envió una sonrisa perezosa y conocedora.

Bella enrojeció. Si pensaba que era la amante de Edward, estaba equivocado. Bella cuidadosamente se encogió lejos del agarre de Edward. Le siguió por una estrecha escalera tratando de mantener la distancia mientras también trataba de no mirar la parte de atrás de sus piernas desnudas.

Él abrió una puerta de madera y permaneció a un lado.

—Puedes dormir aquí. Mañana iremos a Masen.

Bella se preguntó sombríamente si esto le permitiría un retozo más relajado en el heno con la rubia rojiza. Caminó pasándolo a la habitación.

La estancia era muy pequeña, pero había un hogar de buen tamaño en una de las paredes y la cama tenía cuatro postes tallados y una colcha de piel. Había una sola ventana, una hendidura sin cristal, los postigos abiertos. Como no se había encendido fuego, hacía frío en la habitación.

Sabía que nunca dormiría. Su mente correría en círculos.

La rubia rojiza apareció, mandándole una sonrisa a Edward antes de arrodillarse para encender el fuego.

Bella se enfadó.

—Consíguete una habitación.

Le sonrió suavemente a él, desdiciendo su tono cáustico.

Él sonrió ampliamente.

— ¿Estás celosa de la criada?

Bella no podía creer que hubiera sido tan transparente.

—Apenas. Oh, a propósito, gracias por el préstamo.

Hurgó en el broche para devolverle su plaid. No lo quería. Apestaba a su masculinidad.

Él extendió la mano y le agarró la mano, deteniéndola.

Bella se puso rígida, segura de que se disponía a propasarse. Aquella seguridad se incrementó cuando la rubia les miró y silenciosamente abandonó la habitación, cerrando la puerta tras ella.

Bella sabía que debería apartarse. En cambio, el sexo del hombre y el calor la atraían, animándola a acercarse.

—Hace frío y no tienes ropas.

Liberó su mano, moviéndose hasta la única mesa de la habitación. Solo había una silla toscamente tallada allí, con una jarra, un frasco y dos vasos. Vertió el líquido del frasco en la jarra y se lo acercó a ella. Bella olió el vino rojo e inmediatamente se desvió su atención. Estaba, comprendió, sedienta y hambrienta.

—Es un clarete fino, de Francia —dijo suavemente.

Bella vio el brillo en su mirada, y sintió aumentar su propio pulso. Tomó un trago, preguntándose si esperaba que se soltase, y luego lo otro.

—Es bueno. Gracias.

Él sonrió, claramente no tenía ninguna intención de abandonar la habitación.

— ¿Por qué te preocupa si me acuesto con la muchacha?

Su tono era casual pero Bella casi salto de su piel.

— ¡No lo hago!

—No quiero a la muchacha, muchacha —murmuró.

Su significado estaba bastante claro. Tenía la habilidad de hablar en tal tono sugestivo que todo lo que podía pensar era en sexo. Tenía que hacer algo antes de que pusiera sus manos sobre ella.

Él se giró lejos, asombrándola. Le vio verter vino en otro vaso, su mano estaba muy estable. Cuando se enfrentó a ella, apoyó una cadera contra la mesa.

—Tenemos asuntos que discutir —dijo sin rodeos, claramente consciente de su desconcierto.

Bella inhaló. Ese era un territorio más seguro, efectivamente. Pero antes de que pudiera preguntar una sola cuestión, su expresión se endureció.

—No se las formas de vuestro mundo, Bella, pero en mi mundo, nadie, hombre o mujer, niño, bestia salvaje o perro, nadie, me desobedece.

Ella se cuadró ahora.

—Lo siento

—No lo sientes. ¡Tramas tus propias causas! —exclamó.

Había sido cogida.

— ¡Algunas veces, siento que puedes leer mi mente! —dijo furiosa.

—Puedo sentir tus fuertes pensamientos como si los dijeses en alto —le soltó, enderezándose.

Dejó el vaso con fuerza, con fuerza suficiente que la mesa saltó.

—En la batalla, te protegeré. Pero eso significa que te escondes si digo que te escondas y corras si te digo que corras; y no pienses, nunca.

Sus ojos relampaguearon.

Bella sabía que no debería permitirse discutir con él. Luchó contra su temperamento y perdió.

—Mi señor —dijo, queriendo hablar con recato y fallando. En cambio, su tono fue innegablemente sarcástico—. ¡En mi mundo, las mujeres son líderes, guerreros, reinas sin reyes!

— ¿Ahora discutes? —preguntó incrédulo.

Ella enrojeció. ¡Apacígualo!, pensó frenéticamente.

—Lo siento. No sé por qué no me oculté. Soy una completa cobarde. Y no intentaba desobedecerte. Solo pasó.

Su expresión se alivió ligeramente.

—No eres una cobarde, muchacha. Eres fuerte y valiente.

Su mirada se deslizó sobre la capa como si pudiera ver a través de ella.

—Nunca he visto un cuerpo así en toda mi vida.

La miró fijamente, sus ojos grises brillando fieramente con intención.

Este era el momento para poner algunas normas, pensó Bella, si podía. Su cuerpo rugía igual que en el bosque, respiró larga y profundamente.

—En mi mundo —dijo cuidadosamente—, un hombre no toca a una mujer sin su permiso.

Su expresión no cambió.

— ¡No finjas que no entiendes! —gritó desesperadamente.

Su tono fue peligroso.

—Oh, entiendo, muchacha. Entiendo.

— ¿Qué significa eso?

—Tomé lo que me ofreciste y te di lo que deseabas —dijo muy suavemente.

Jadeó, ultrajada. Pero también recordó haberle desearle desesperadamente y tener el maldito mejor orgasmo de su vida. Sintió sus mejillas arder.

— ¡No soy una... una... ligera de cascos! Nunca... nunca... he saltado a la cama con un extraño! ¿Me has hipnotizado?

—No te entiendo.

Sus pestañas bajaron, abanicaron sus altos y bellos pómulos.

Ella tragó, su boca insoportablemente seca, mientras un dolor bramaba entre sus muslos. ¿Por qué no podía controlar su atracción? Esto no ayudaba a resolver los problemas, ¡los complicaba!

—No me lanzo sobre hombres desconocidos. Necesitas mantener la distancia.

Su mirada se deslizó sobre ella de forma sugestiva.

—Creo —dijo suavemente—, que no te lanzas sobre ningún hombre, excepto sobre mí.

Tenía razón. Estaba boquiabierta.

Parecía satisfecho.

— ¿Me hipnotizaste en el bosque? —Gritó con voz ronca—. ¡Porque la única explicación para mi comportamiento es que me haya vuelto loca, o estuviese alterada por lo que había pasado!

—Explica la palabra hipnotizar —dijo.

Trató de hablar más calmadamente.

— ¡Quiere decir subyugar, poner en trance, encantar! ¡Cuando me miras algunas veces, es muy difícil pensar!

—Ese es un pequeño regalo —dijo con aire de suficiencia—. Uno muy útil.

— ¿De quién, de Merlín el mago?

—Estás tan angustiada y enfadada, muchacha, ¿y por qué? Lo deseabas y fuiste satisfecha. Eso no es importante ahora. ¿O estás volviéndote loca porque he decidido no ofrecerte tal tentación de nuevo?

Le llevó un momento largo descifrar sus palabras.

— ¿Qué?

—Te deseo, Bella. No lo dudes. Pero he jurado protegerte.

—Estas diciéndome que no vas a... —se detuvo. Había estado a punto de decir hacer el amor, pero si lo hacía, se reiría de ella, estaba segura.

Sus pestañas bajaron de nuevo.

— ¿Follar?

Ella tomó aire. Si un hombre actual hubiese hablado de esa forma, probablemente sería ofensivo. Viniendo de Edward, solo conjuró imágenes gráficas y ardientes de él conduciendo su extraordinaria longitud dentro ella repetidamente, con sorprendente poder y asombroso efecto. Si hacia eso ahora, justo ahora, estallaría.

Ella tragó. Había estado segura que iba a tener que resistírsele. Ahora estaba diciéndole que no estaba interesado, excepto que lo estaba, porque incluso ahora le sentía vibrando en la habitación. Su lujuria era tan tangible como el vino que podía oler en la jarra. ¿Era lo suficientemente inteligente para estar manipulándola? Estaba confusa, y maldita fuese, incluso estaba consternada.

— ¿Qué te haría decidir ser un caballero? —logró decir.

Él levantó la vista con una breve sonrisa de burla a sí mismo.

—No soy gentil, muchacha, y ambos lo sabemos.

Su voz se desvaneció. Sus ojos grises se volvieron negros.

—No deseo verte yacer muerta bajo mí.

Bella habría huido si tuviera algún lugar al que ir.

—No entiendo.

Pero el miedo que se había desvanecido durante su conversación volvió.

Su mirada lentamente se movió sobre ella, deliberadamente, y entonces se levantó hasta su cara.

—Te deseo mucho, pero no confío en mí mismo.

— ¿Qué significa eso? —jadeó.

Él fue brusco.

—Maté a una criada. No lo haré de nuevo.

— ¿Mataste a una mujer? —gritó Bella, apoyándose en la cama.

La palabra demonio pasó por su mente.

—Estás aterrorizada —dijo suavemente.

¡No! Su corazón chilló. Edward no era un demonio. Apostaría su vida en ello. No acababa de decir lo que ella pensaba que había hecho.

—Dices que querías protegerme —dijo susurrando.

—Aye.

Bella se dio cuenta de que estaba jadeando.

— ¡Por favor, no me digas...!

Su cara estaba rígida.

—Murió en mis brazos, Bella. Murió tomando su placer de mí.

Uffff que revelación!

Que les pareció? Se merece un review?

1 Gracias. En gaélico en el original.

2 ¿Qué quiere usted? En gaélico en el original.