Capítulo 5

Bella realmente necesitaba sentarse. La mirada de Edward era dura, incluso enfadada, y completamente firme. Pero no era un demonio, no había nada demoníaco en él. No podía haber cometido un crimen de placer.

— ¿Qué pasó? —dijo de alguna forma, viéndole no como si estuviera de pie allí, sino con una mujer bajo él, en la agonía de la pasión.

— ¡Te lo dije! —dijo ásperamente.

Bella finalmente se sentó en el borde de la cama.

—La gente realmente muere durante el sexo, quiero decir, el sexo normal. Incluso si no es un crimen por placer, algunas veces el corazón de un hombre se para. O de una mujer. Es por la excitación. Si el corazón de la mujer estaba débil, si ha estado enferma, si es mayor, débil...

Él la corto.

—No era mayor. Era una mujer joven como tú. Su corazón era fuerte.

Esto no podía estar pasando. No quería que Edward fuera un loco demoníaco, pero las semejanzas eran evidentes. Extraños seduciendo al joven y al Inocente. Edward era un extraño y sabía hipnotizar.

¿Había sido hipnotizada en el bosque?

— ¿Cómo de bien la conocías? —preguntó cuidadosamente, el miedo desenroscándose en su interior.

—No conocía a la muchacha.

Su mirada gris brilló.

—Erais extraños.

—Aye

No podía respirar.

Un desafío parecía estar en sus ojos, pero no estaba segura de que pudiera encontrarlo. El sudor corrió por su cuerpo a chorros y no podía por menos que estar asustada y enferma. Pero en algún lugar profundamente dentro de ella, se negaba a creer lo que le estaba diciendo.

— ¿La mataste por diversión?

Sus ojos se ampliaron.

—No me divierto con la muerte, Bella. No me dio poder. Necesitaba a la criada, muchísimo. No deseaba hacerle daño o verla muerta —dijo con gran cuidado.

En aquel instante, vio el dolor ardiendo en sus ojos. Estaba consumido por la culpa. Se sintió aliviada, y creció la compasión.

—Edward, probablemente fuese el corazón.

Él se giró y levanto su jarra de vino, vaciándola.

—No paré cuando era el momento de parar. No podía pensar. —Giró sus ojos de plata caliente hacia ella—. Como en el bosque. Por un momento, no pude pensar en nada, excepto en el placer que estaba obteniendo de ti.

Ella tembló, volviendo bruscamente al recuerdo vivido del asombroso orgasmo. Había parado de pensar en el bosque, también. Había sido imposible ser racional mientras se convulsionaba con tal deseo. Pero ahora, estaba insegura. Como él, claramente atormentado por la culpa. Pero hablaba como si hubiera matado a la mujer de forma brutal. Y sonaba como una violación.

Su mirada fue directa.

—No la violé, ni a ninguna otra mujer. Me deseaba.

Bella le creyó. ¿Qué mujer no desearía al semental frente a ella? Y eso sólo le hizo más duro entender lo que había pasado. Tenía que haber sido el corazón de la mujer, pensó. No podía haber sido nada más. Un loco no sentía culpa.

—Ahora entiendes por qué no iré a la cama contigo —dijo firmemente.

Ella tembló. Estaban teniendo una conversación terrible sobre un espantoso crimen sexual y tenía grandes reservas sobre este hombre, pero aun así no podía escapar a su sexualidad. Esta bullía en la habitación y sus palabras conjuraban la imagen de ella en sus brazos, apasionadamente entrelazados.

—Está bien —dijo a través de los labios secos.

—No quiero compartir tu cama. Ni ahora, ni nunca.

Le envió una mirada de incredulidad.

Bella enrojeció. Su cuerpo no había obedecido demasiado su voluntad, pero tenía voluntad.

—Cuando me acuesto con un hombre, es porque tiene mi corazón —dijo lentamente, y sintió su color intensificarse.

Sus ojos se ampliaron.

—Seguramente, estás de broma.

Bella estaba muda. Lamentaba haberse revelado de esa forma.

Él se ahogó, pero ella se dio cuenta de que quería reírse. Su cara imperturbable, dijo:

— ¿Y has tenido amantes, muchacha, aye?

Ella se sintió afrentada y buscó refugio allí.

— ¡Si quieres saber con cuántos hombres he hecho el amor, no te lo voy a decir!

—Empiezo a entenderte, aye, lo hago. —Sonrió de manera encantadora—. Está bien, muchacha, realmente. Creo que es una vergüenza, tener solo una docena o así de hombres en tu vida.

— ¡Fueron dos! —gritó.

Él sonrió.

Bella no podía creer que aquel semental medieval tuviera el ingenio para atraparla en una mentira. Le miró fijamente, indignada e incluso insultada. Al menos nunca conocería los detalles de su vida amorosa. Su amante del instituto había sido guapísimo y encantador, incluso si la había engañado. Su segundo amante, Mike, había sido genial en las tormentas de ideas y con el debate, pero más bien escaso en el departamento de actuación. Este hombre, por supuesto, aun no conocía la definición de la palabra fidelidad, pero no tenía ningunos problemas de actuación, tampoco. Y nunca, nunca revelaría que habían pasado tres años desde la última vez que había tenido sexo.

Él estaba sonriendo mientras se giraba para rellenar su jarra. A Bella no le gustaba la sonrisa conocedora tampoco, excepto que le hizo terriblemente atractivo. Tal vez la batalla real no fuese con él, sino consigo misma.

Y Bella pensó en la terrible batalla en el bosque.

—Necesitamos hablar, pero no de compartir la cama.

Él dejó la jarra, enfrentándola. Su expresión fue asombrosamente seria.

—Aye. Me defendiste de un terrible crimen y me defendiste en el bosque. Somos extraños, Bella, ni siquiera somos parientes. ¿Por qué?

Ella se mordió el labio.

—No lo sé.

El silencio cayó. Su mirada resbaló hasta su garganta y se dio cuenta de que estaba mirando el colgante que llevaba.

—Mi padre tenía una piedra como esa, muchacha. La llevó hasta el día en que murió.

Bella estuvo inmediatamente interesada. Por supuesto, su padre estaba muerto, de otra forma Edward no sería el laird. Quería toda la información que pudiera obtener ahora. Deseaba conocer todo sobre el hombre de pie delante de ella. Se dijo a sí misma que la ayudaría a sobrevivir a esta traumática experiencia.

— ¿Cómo murió?

—Murió en Red Harlaw, muchacha, una enorme y sangrienta batalla.

Bella permaneció quieta.

—Tu padre fue Brogan Mor.

Su mirada se estrechó.

—No te he dicho su nombre.

Su corazón atronaba en su pecho. ¿Qué tipo de coincidencia era esta?

— ¿Quieres escuchar algo irónico? —se mojó los labios, sin esperar respuesta. No tuvo que hacerlo, porque su mirada era tan intensa, fascinada por ella ahora—. Estaba de camino a Escocia cuando viniste a mi tienda. Iba a salir la siguiente noche. Y mientras llegaba a Edimburgo, mi plan era conducir directamente a Mull y quedarme en el cabo de Edward, así podría visitar Masen.

Sus sienes latieron. Él no dijo una palabra, pero por su expresión, no parecía demasiado sorprendido.

—Tu padre está en los libros de historia. Leí que murió en 1411 en Red Harlaw, pero por supuesto, no tenía ni idea, de que iba a conocer a su hijo tan pronto a partir de entonces. —Se sentó, temblando. Tal vez, considerando las fechas, debería haber comprendido que Edward era el hijo de Brogan Mor—. No hay nada en tu línea, Edward, después de la muerte de tu padre.

Él avanzó.

—Era un gran hombre, muchacha, un gran guerrero, un gran laird. ¿Dicen vuestros libros eso?

—Lo siento. Solo mencionan la fecha de su muerte y que condujo a los Masen en la batalla.

—No a todos ellos —dijo Edward—. Los Masen del norte de Mull, Tiree y Whitlock se situaron en Duart.

— ¿Jasper el Negro no es el laird de su clan?

—No. Sus tierras fueron concedidas por una carta real hace mucho. Es conde de Whitlock, pero es mi vasallo. Es un Masen del sur, muchacha.

Bella no podía imaginar a Jasper siendo un subordinado de Edward. No habían actuado así, pensó.

— ¿Quién se convirtió en laird de tu clan cuando Brogan murió, Edward? Tú eras demasiado joven para hacerlo.

—Tenía nueve años cuando Brogan murió y me convertí en laird. Jasper me ayudó, pasando mucho tiempo en Masen hasta que cumplí los quince. Ese día no necesité a nadie a mi lado para gobernar.

Antes de que Bella pudiera asimilar que se había convertido en el jefe de su clan a los nueve años, y en el líder actual a los quince, su mirada se movió de vuelta a la piedra que llevaba.

—Cuéntame acerca de la piedra.

Seguía volviendo al colgante.

—Era de mi madre. ¿Por qué?

—Brogan perdió su piedra en Harlaw —dijo Edward, mirando su colgante—. Era negra, no blanca como la tuya, pero era la misma. Estaba encantada con poderes de curación. Hay otros lairds e incluso clérigos que llevan una piedra hechizada. Pero ya lo sabes.

—Es un trozo de meteorito bañado en oro —gritó Bella nerviosamente—. ¡No es mágica!

— ¿Cómo la consiguió tu madre? Pertenecía a un highlander, muchacha.

Bella permaneció quieta.

—No lo sé. Nunca pensé en preguntar. Era una cría cuando murió. Pero nunca se lo quitaba. La verdad es que siempre pensé, no; siempre sentí, que tenía algo que ver con mi padre.

Sus ojos se ampliaron.

—Si tu padre se lo dio a tu madre... —empezó.

— ¡Podría haberlo comprado en una tienda de empeños! O mi padre podría haberlo comprado allí, si hubiera sido suyo.

De una forma extraña sintió pánico. ¿Era su padre de Escocia?

—Estas apenada. ¿Por qué? No pareces una muchacha de las Highlands, pero creo que estás conectada a mí de alguna manera.

Ella farfullo:

— ¡Estoy conectada a ti porque me arrancaste de mi mundo y me trajiste atrás en el tiempo contigo!

Él sonrió a regañadientes.

—Aye

— ¿Cómo? ¿Cómo viajas a través del tiempo?

—Esa es la pregunta sencilla más importante de todas, si vas a regresar alguna vez al siglo XXI.

—Lo haré. —Bella le miró fijamente y él le devolvió la mirada—. Algún mago o monje, algún chamán, debe haber encontrado un agujero negro e imaginar accidentalmente como se usaba —dijo finalmente. Y el conocimiento fue cuidadosamente hecho pasar. Le pasó por la mente que si un hombre medieval podía viajar a través del tiempo, seguramente un par de los suyos estaban, secretamente, haciendo la misma cosa.

—No. Es un regalo de los Antiguos.

No podía mirar lejos.

— ¿Los antiguos chamanes? ¿Me estás diciendo que el viaje en el tiempo databa de los tiempos precristianos?

—Los antiguos dioses, Bella —dijo suavemente—. Los dioses que la mayor parte de Alba han abandonado.

Ella sintió escalofríos. Su teoría había sido correcta. Alguien, quizá en los tiempos medievales, quizá mucho antes, había tropezado con el viaje en el tiempo. Tal conocimiento sería cuidadosamente guardado y cuidadosamente traspasado. Por supuesto, creía que esa habilidad era dada por los dioses. Su cultura era primitiva. A lo largo del tiempo, la humanidad buscó explicación para los acontecimientos y los fenómenos que no entendían en la religión.

Pero pisaba aguas peligrosas con tales creencias.

— ¿Qué antiguos dioses? —preguntó, el miedo surgiendo.

Él solo la miró.

—Si crees que tienes los poderes de un dios, cualquier dios, incluso Jesús, es una herejía.

Su boca se endureció.

—Soy católico, Bella.

Ella se estremeció. Ningún católico creía como él lo hacía. Su mente corrió. La herejía era un crimen serio en la Edad Media. En Europa, la Iglesia había procesado activamente y agresivamente los movimientos heréticos, usando al conocido tribunal de la Inquisición para hacerlo. Los herejes eran excomulgados y proscritos, no ejecutados. Por otro lado, un miembro del movimiento de Lollard1 había sido quemado por herejía por la Iglesia, justo allí en Escocia. La fecha era inolvidable, porque la gran ola de persecuciones había venido un siglo más tarde.

— ¿Has oído acerca de John Resby?

Sus ojos se ensancharon.

—Aye.

Bella se tensó.

—Fue quemado en la hoguera por sus creencias en 1409.

—Yo era pequeño.

Bella tomo aire.

—Entonces sabes que no deberías hablar tan abiertamente acerca de antiguos dioses y tener poderes que un hombre no debería tener.

—Esto es una discusión privada —dijo oscuramente—. Estoy confiando en ti, muchacha. No tienes creencias fanáticas.

— ¿Cómo sabes eso? Pero tienes razón. Ni siquiera soy católica, Edward. Soy episcopaliana. —Y eso la hacía una hereje en su tiempo, también—. Tu secreto está seguro conmigo.

Él asintió.

—Si no hubiera confiado en ti, nunca te habría dicho la verdad.

No podía imaginarse porque confiaría en ella, una extraña absoluta. Él añadió:

—Pero vendrás a misa conmigo, Bella.

—Por supuesto, lo haré. No soy idiota, no tengo problemas en cooperar con la ortodoxia hasta que vaya a casa.

Su mirada brilló de una forma rara y se alejó de ella.

— ¿Cuántos de vosotros hay? —preguntó sombríamente. Las ramificaciones de sus creencias seguían creciendo. Un hombre que tuviera sus extraordinarios poderes podía ser acusado de hechicería, brujería, asociación con el demonio. Gracias a Dios, las grandes cazas de brujas eran en el próximo siglo, no en este—. ¿Puede viajar en el tiempo Jasper el Negro? ¿Es uno de los vuestros? ¿Cree también que sus poderes vienen de los Antiguos? ¿Y cómo os habéis mantenido en secreto?

Una fría sonrisa se mostró.

— ¿Por qué te preocupas de los poderes de Jasper?

—Él es diferente, como tú —dijo Bella firmemente.

—No. —Se giró lejos de ella, su postura rígida y apuntó—: Jasper es el conde de Whitlock, nada más.

Bella vaciló, muy consciente de que Edward estaba cerca de discutir ahora. Pero pisaban terreno peligroso y probablemente prohibido. Sus creencias, y su habilidad de viajar en el tiempo, indudablemente era un asunto muy secreto. Pero estaba segura que Jasper tenía las habilidades de Edward, y probablemente sus creencias, también. Lentamente se acercó a él. Cuando se giró, fue consciente de que solo unos centímetros los separaban, y que no debería usar ninguna treta femenina para conseguir las respuestas que quería. Lentamente, puso la mano en su pecho.

Una enorme sacudida de deseo la apuñaló mientras su mano alisaba la llana camisa de lino contra sus duros músculos.

—Dime. Acaba. Ya me has contado un secreto terrible, uno que amenaza tu vida; cuéntame el resto.

Su sonrisa fue torcida.

—No juegues conmigo, Bella. —Pero sus ojos ardieron y no solamente con cólera. Bella reconoció la lujuria.

— ¿Por qué no? —tocarlo le hacía sentir débil y mareada—. Tú has estado jugando conmigo desde el principio.

—Entonces juegas con tu vida.

A pesar de que su pulso palpitaba ahora contra su tanga, sintió más escalofríos.

—No. Confío en ti también. —De una forma extraña, se dio cuenta de que lo hacía—. ¿Cuántos de vosotros podéis viajar en el tiempo? ¿Y por qué lo haces? ¿Perteneces a algún tipo de orden religiosa, una sociedad secreta?

Ella sabía la respuesta.

Su mirada se endureció y su mano cubrió las de ella, presionando su palma más firmemente contra su pecho.

—Haces demasiadas preguntas. No necesitas tantas respuestas.

— ¡No es justo! Me trajiste aquí. Necesito saber —gritó. E hizo algo que hubiera sido impensable en Nueva York, deslizó la mano a través del cuello de su camisa, sus dedos acariciaron la pesada cruz y la cadena y luego la colocó contra su caliente piel.

Su sonrisa fue tensa.

—Fuego, muchacha —advirtió.

Algo golpeó su cadera. Bella trató de respirar.

—Dijiste que confiabas en mí. Me trajiste aquí. Soy historiadora, Edward, una estudiante. Eso es por lo que sé tanto sobre tu tiempo. Por favor. Tengo que saber. —Le miró implorante.

Él respiró con fuerza.

—Los Maestros han jurado defender a Dios y a los Antiguos, mantener la fe y guardar los libros.

Ella jadeó, temblando con la excitación del descubrimiento.

—Hemos jurado protegeros, Bella, y a otros como tú. Proteger al Inocente. Ese es el más sagrado de los votos, después de los votos que hacemos a Dios.

No podía retirar la mirada.

—Lo sé. No eres el primer caballero en pertenecer a una orden secreta con creencias heréticas. ¿Me dirás el nombre de la orden?

Su risa se pareció a un gruñido.

—No hay un nombre —se alejó de ella, su camisa hinchándose sobre su rígida virilidad.

Ella no podía retirarse ahora.

— ¿De qué estás defendiendo a Dios? ¿De qué defiendes a los Antiguos? ¿De qué estás defendiendo los libros y a la gente como yo?

Él se giró.

—Del demonio.

Los escalofríos rompieron a través del cuerpo de Bella.

— ¿Qué está mal, Bella? Pareces asustada. ¿O has hecho demasiadas preguntas para tu pequeña y linda cabecita? —fue frío, burlón y furioso.

Ella tragó.

—No me preocupa lo condescendiente que seas. Sí, me has asustado. Ambos sabemos que hay mal en el mundo. Sólo que lo haces parecer... organizado.

Su mirada se intensificó, haciéndola querer retorcerse.

— ¿No crees en el demonio, muchacha?

Y Bella pensó en su madre. Miraba detrás del raído sofá de paño mientras se escondía, temblando de miedo, deseando que su madre volviera a casa. Una sombra fue a la deriva en la habitación...

—No, no lo hago —jadeó, sudando profusamente ahora—. ¿Quieres asustarme?

Su expresión perdió ferocidad.

—Me empujaste, muchacha. Y me sedujiste con un solo toque. Quiero protegerte, pero tal vez esto sea lo mejor. Tal vez necesites conocer el modo de vida aquí.

Ella aprovechó la ocasión.

— ¿Cuántos Maestros hay aquí?

Él hizo un sonido áspero, acercándose a la mesa para servir más vino. Bella se dio cuenta de que no iba a entregar a sus compañeros caballeros.

Cambió de táctica.

— ¿Por qué nos atacaron? ¿Quiénes eran esos hombres y que querían?

—Eran los hombres de Aro. Aro quiere la página, Bella. También me quiere muerto.

Ella se tensó, de repente enferma en el alma.

—Aro es tu enemigo.

—El conde de Aro es el enemigo de Dios, Bella. Mandó a Angela a tu tienda para encontrar la página. No debe encontrar ni la página ni el libro —añadió con intensidad—. También es tu enemigo.

No podía sacudirse el sentimiento enfermizo.

—Lo sé. Los libros son reliquias sagradas, realmente. Tus tipos luchan por ellos y matarás por descubrirlos y para evitar que tus enemigos los consigan.

—El Cathach está a salvo en su santuario —dijo Edward—. He jurado guardar los libros sagrados, Bella. Si el Cladich está cerca, debo usar todos mis poderes para encontrarlo y devolverlo a Iona.

—Sigues diciendo libros. ¿Cuantos hay?

—Tres.

—Conozco el Cathach, es el libro de la sabiduría; el Cladich es el libro de la curación. ¿Qué ofrece el tercer libro?

—Contiene todo el poder conocido por los Antiguos.

El interior de Bella dio una sacudida. De alguna forma, sabía que no era bueno.

—No entiendo.

—El Duaisean contiene el poder para saltar el tiempo, el poder de quitar la vida, el poder de darla. En él está el poder de las mentes, de la esclavitud, de los sueños. Hay muchos más poderes, también. —Estaba sombrío—. Ese libro, da a cualquiera tales poderes.

Eso sonó terrorífico. Por supuesto, ningún libro podía dar a nadie tales poderes. Y mientras ella no creía en esos poderes, él si lo hacía, y también cualquiera que fuera parte de su orden. Conocía el poder de la mente. A estos Maestros probablemente les habían otorgado los poderes sus creencias. ¿No había visto a Edward en acción durante la batalla? Tenía poderes sobrehumanos, o eso era lo que había parecido.

Bella buscó calma y falló.

— ¿Dónde está el tercer libro?

Él simplemente la miró.

Oh, mi Dios, pensó Bella. Trató de recordarse que ese libro no tenía poder, pero susurró:

—Lo tienen tus enemigos.

—Aye. Esta con Aro y ha estado con él por mucho tiempo —añadió en advertencia—. Tiene grandes poderes, Bella, y ningún Maestro ha sido capaz de derrotarlo.

Y Aro quería a Edward muerto. No quería preocuparse, ese no era su asunto, en absoluto, pero si Edward creía que Aro era invencible, nunca lo derrotaría. Repentinamente, no estaba excitada, en absoluto.

En cambio, estaba asustada, no por ella, sino por Edward

Cuando Edward se marchó, Bella hizo caso omiso de sus palabras antes de partir para descansar. Su cabeza daba vueltas, dormir sería imposible.

Se giró y lentamente paseó por la pequeña habitación, tratando de revisar todo lo que había aprendido. Edward era un caballero motivado religiosamente. No había duda de que se tomaba los votos muy en serio y probablemente daría su vida para llevarlos a cabo. Los Maestro había formado una sociedad secreta, de otra forma serían procesados por sus creencias heréticas. De todos modos, no importaba la fe, parecían servir a la humanidad. Eso era admirable y ahora lo admiraba, incluso si no estaba segura de sí debería.

Y estaba empezando a comprender totalmente. No había ninguna duda de que los tres libros eran artefactos históricos increíbles. Pero estos hombres creían que los libros tenían grandes poderes, dados por los antiguos dioses. Eran poderosos y otorgaban poderes a reliquias sagradas. Por supuesto, las facciones se formarían para luchar por esas reliquias y matarían por adquirirlos, o para prevenir que cayesen en manos equivocadas.

Este juego de poder no tenía nada que ver con ella, excepto que poseía su propia tienda llena de libros antiguos y raros y Edward la había traído atrás en el tiempo con él. Y los hombres de Aro habían tratado de matarla, también. Cambió de opinión. Esta guerra, ahora lo tenía todo que ver con ella. De algún modo, estaba justo en el medio de todo.

¿De qué estás defendiendo a Dios? ¿De qué estás defendiendo a los Antiguos? ¿De qué estás defendiendo a los libros y a la gente como yo?

Del demonio.

Bella no quería teorizar acerca del demonio en la Edad Media. Su plato estaba lleno. Aro era probablemente un noble ambicioso, despiadado e inteligente, y nada más. Tenía el Duaisean, pero no tenía poderes extraordinarios, no importaba que Edward lo declarara. Y no era su enemigo, ¿o lo era?

Se puso seria. Si estaba bajo el techo de Edward y bajo su protección, entonces probablemente era la enemiga de Aro. No le gustó ese pensamiento.

Incómoda, Bella caminó hasta la estrecha ventana y al instante, desvió su atención.

Las Highlands se desplegaban hasta la eternidad, una mezcla de aguas azul brillante abajo y colinas verde esmeralda arriba. El sol se había alzado, alto y brillante, en un cielo vívidamente azul, sin nubes.

Se agarró al alféizar. La pasada noche había estado en Nueva York, haciendo las maletas para su viaje a Escocia. Su destino era Masen y había anhelado encontrarse con el laird de Masen. Y él había aparecido en su tienda, llevándola atrás en el tiempo. ¿Cómo podía ser una coincidencia?

Bella tocó el colgante de piedra. Edward sentía que ella tenía alguna conexión en su mundo, además de la obvia. Estaba empezando a preguntarse si tenía razón. Y cada vez que estaba cerca de él, había un tirón psíquico intenso, mayoritariamente deseo, pero era más que eso.

No quería más debates internos. Le faltaban cientos de respuestas, pero no iba a averiguarlo todo ahora. Esta escena era exactamente lo que necesitaba, un breve respiro, un momento de belleza vivificante y paz. Abandonó la habitación, determinada a disfrutar de la vista desde un punto más ventajoso. Realmente necesitaba relajarse, un largo tiempo.

Las murallas estaban un piso por encima de su habitación. No vaciló, encontrando una escalera pequeña y tortuosa al final de un corto pasillo. Se apresuró. En el momento que caminó sobre la pasarela, no lejos de una atalaya, inhaló profundamente, sonriendo finalmente.

Caminó hasta el borde almenado de las murallas, sobrecogida por la belleza de la tierra. ¿En qué lugar de Masen estaban, exactamente?

—Hola, Bella.

La voz era terriblemente familiar. Bella se dio la vuelta para enfrentarse a Angela. Su corazón palpitó cuando encontró los ojos negros e insondables de la otra mujer.

Angela estaba sonriendo. No estaba vestida como un ladrón moderno, y Bella reconoció el estilo de su vestido. El estilo era popular en Francia entre la nobleza más alta y mucho más indecente que sus homólogos ingleses, el corte bajo, el corpiño y las mangas entallados. Pero ahora, Bella veía el brillo de los ojos de Angela. Su expresión era de lujuria afilada.

Angela había viajado en el tiempo, también.

— ¿Cómo has entrado aquí? — ¿Había sido alguien lo suficientemente estúpido como para haber bajado el puente levadizo para ella? ¿O había saltado desde el futuro al pasado, justo allí en el castillo de Whitlock?—. Edward está dentro.

La sonrisa de Angela se tensó.

—No quiero a Edward, te quiero a ti. No tienes que estar tan asustada, Bella. No quiero herirte. Te dejé viva, ¿verdad?

— ¿Qué quieres? —gritó Bella, nada tranquila.

—Quiero la página —dijo Angela duramente, de repente enfurecida—. La tienes, estoy segura. Volví y miré en cada maldito libro. ¡No estaba allí!

Bella jadeó.

— ¡Nunca había oído hablar de esa maldita página hasta anoche! ¿Por qué piensas que está en mi tienda, o que la tengo? ¡No la tengo! —miró sobre su hombro hacia la torre. ¿Dónde estaba el guardia?

Angela rió.

—Están muertos. Y tengo que cambiar de idea. No me dices lo que deseo saber, así que tendré que herirte, ¿verdad? —sonrió—. El placer es mío, Bella.

Se dio la vuelta para escapar cuando fue agarrada por detrás. Angela golpeó su espalda con una fuerza asombrosa. Antes de que Bella pudiera reaccionar, la tenía presionada contra la pared almenada, con tanta fuerza que pensó que su espalda podría romperse por la mitad. Y entonces puso una de sus poderosas manos en su cara, incrementando la terrible presión en la espalda de Bella.

Sus ojos brillaron con sed de sangre.

—He esperado mucho tiempo por esto, Bella. —Y se inclinó más cerca y lentamente, lamió la pulsante yugular de Bella.

No podía respirar ahora. Estaba asustada de romperse en dos si luchaba. Trató de permanecer quieta, mientras Angela pasaba la lengua arriba y abajo por su garganta, pero no pudo soportarlo y gritó.

— ¡Por favor, para!

—Dime donde está la página o te mataré —murmuró, su boca cerca de la de Bella—. Después de que te haga llorar de placer.

Bella sintió las lágrimas derramarse, porque el dolor en su espalda era insoportable. Justo cuando el enorme muro gris empezó a descender sobre ella, Angela la liberó.

Se enderezó, jadeando de miedo, y entonces cayó sobre las rodillas, alcanzando la piedra de su garganta. Las sombras grises retrocedieron, remplazadas por los cielos vívidamente azules y los ojos terriblemente oscuros y vacíos de Angela.

—Te diré todo —mintió, la espalda contra la pared de piedra. Lentamente se empujó para levantarse.

Angela sonrió.

—Tómate tu tiempo. Nadie nos buscara aquí y no me importa si te resistes. —Sus ojos brillaron.

Bella cerró los ojos, sudando por el miedo, su espalda palpitaba. Tenía que engañar a Angela y necesitaba ayuda. La mujer tenía una fuerza sobrehumana y si no necesitaba a Bella, probablemente la mataría de la forma más inimaginable.

La piedra escaldaba su mano. Repentinamente, supo que podía hacer. Podía decirle a Angela que la página estaba escondida en su tienda, y la mujer tendría que llevarla allí para encontrarla.

Estaría en casa, en su mundo relativamente seguro, pero nunca volvería a ver a Edward de nuevo.

Se dio cuenta de que no había ninguna decisión que tomar.

—Está en mi habitación justo debajo de nosotras.

—Si estás mintiendo, voy a torturarte antes de matarte. Habrá mucho dolor, Bella. Me suplicaras que tome tu vida, pero no lo haré rápidamente.

A pesar de la amenaza de Angela, su pánico había retrocedido completamente. Ahora podía pensar claramente, sin esfuerzo.

—No había nadie en el pasillo cuando subí aquí. Edward cree que estoy durmiendo. Dudo que nadie nos vea si vamos dentro.

—Irás delante de mí —ordenó Angela y agarró el hombro de Bella, sus uñas desgarrando la piel a través de su ropa—. Si nos ven, mueres.

—Bien. —Caminó lentamente delante, todavía sujetando la piedra, que estaba más fría ahora. Cuando se dio cuenta de que había estado agarrándola como la manta de seguridad de un niño, la dejó caer. Empezó a bajar por la estrecha escalera circular cuidadosamente. La adrenalina fluyó.

Angela estaba a sólo un escalón detrás de ella.

Bella giró y agarró su tobillo, tirándola hacia atrás tan fuerte como pudo. Mientras Angela caía, precipitándose por los escalones por encima de ella, gritó tan alto como le fue posible pidiendo ayuda. Angela empezó a levantarse, con expresión asesina. Pero cuando se enderezó, Bella la estaba esperando. Le dio una patada en la cara, una patada frontal de la que su entrenador personal habría estado orgulloso.

Pero Angela solo vaciló ligeramente hacia atrás y entonces siguió acercándose.

Bella se giró y corrió, buscando su Taser, pensando, ¡mierda! La mujer era un Terminator femenino y estaba dos pasos detrás de ella. Cabrear a aquella mujer no era buena idea. Y entonces escuchó pasos que corrían y subían por el pasillo, justo debajo de ellas y a Edward gritando.

¡Por supuesto, salvaría el día! Bella apareció sobre las murallas, entonces se dio cuenta que Angela se había ido.

Se giró, en estado de shock, respirando dificultosamente, mientras Edward, Jasper y seis hombres salieron a través de la puerta abierta, las espadas sonando mientras eran desenvainadas.

— ¡Se ha marchado! —Bella estaba incrédula. Angela no la había pasado y no podía haberse dado la vuelta para escapar sin correr directamente hacia los hombres. Se había desvanecido en el aire.

Edward envainó la espada, extendiendo los brazos hacia ella. Bella no se lo pensó dos veces.

—Era Angela.

Él le levanto la barbilla, sus ojos ardían, mientras Jasper ladraba órdenes a sus hombres.

—Te hizo daño.

—Estoy bien. —Empezó a temblar—. Esa mujer tiene la fuerza de una docena de hombres.

Las ventanas de su nariz se ensancharon.

—Estas sangrando en el hombro. —Pero estaba mirando su garganta, como si supiera lo que Angela había hecho.

—Estoy bien —gritó cuando Jasper dio una zancada, pareciendo incluso más enfadado que Edward.

—Angela lo pagará —dijo—. Nadie entra en Whitlock sin mi consentimiento. —Se giró hacia Edward—. Dos hombres están muertos.

Aquella mujer había asesinado con indiferencia a dos hombres, pensó Bella, temblando. Pero Angela era el mal puro. Había visto la oscuridad en sus ojos desalmados y rezó para nunca verlos de nuevo.

Pero era peor que eso. Como Edward, podía viajar en el tiempo.

Jasper se giró hacia Bella.

—Si os hubiera querido muerta, estaríais muerta, también.

Bella se mojó los labios.

—Piensa que tengo la página.

Ambos hombres la miraron fijamente, los ojos dilatados. Edward se giró hacia Jasper.

—Angela no la tiene, pero yo sé quien la tiene.

Jasper pareció infeliz entonces.

—Edward.

—No, no trates de detenerme ahora.

Bella no tenía ni idea de lo que aquel cambio significaba. Pero ahora que la adrenalina se había ido, se dio cuenta de que estaba temblando y exhausta. Se sentía violada por lo que había hecho Angela y por lo que quería hacer.

De repente, como si lo supiera, Edward se giró, puso sus manos alrededor de ella y la mantuvo derecha.

—Venga, muchacha. Hablaremos dentro.

Bella asintió y volvieron por las escaleras. Las imágenes destellaron y vio su breve lucha con Angela, la cara pálida y furiosa de la mujer, sus ojos negros y espantosos.

— ¿Cómo hice tal enemigo?

Edward la guió a la habitación y directamente a la cama. El interior de Bella se tensó al instante y le miró. Su mirada encontró la de él.

—Esta vez, Bella, obedéceme. —Apartó el cobertor de piel y tomo su brazo, guiándola al colchón.

Bella tiró de sus botas de cowboy y se deslizó bajo las mantas. Él arregló la almohada detrás de su cabeza, su expresión mortalmente seria, su mente claramente ajena a sus acciones. Pero la estaba mimando excesivamente y algo se derritió en su corazón. ¿Cómo podía aquel hombre poderoso, arrogante y presuntuoso rebajarse a colocar sus almohadas? Tal vez no debería haber sido tan rápida en estereotiparle, pensó.

Ella tocó su mano. Las chispas saltaron, nunca se habían extinguido realmente, no cuando estaba cerca.

— ¿Qué es?

Él encontró su mirada, vaciló, entonces se sentó a la altura de su cadera.

—Había jurado protegerte y casi mueres hoy. No una, sino dos veces.

Ella no quería pensar en todo lo que había pasado en las murallas con Angela.

— ¿Por qué piensa que tengo la página? ¿Porque soy propietaria de una librería especializada?

—Porque no la encontró en tu tienda. —De repente, le levantó la manga—. Esto es un arañazo.

Angela no se preocupaba sobre los arañazos.

— ¿Y qué? ¿Por qué todo el mundo piensa que está allí, de todas formas?

—No lo sé, Bella. Si Aro mandó a Angela a tu tienda, creo que la página está allí o lo estuvo alguna vez.

Absorbió eso.

— ¿Cómo entró en Whitlock? Saltó en el tiempo, ¿verdad? Para escapar.

—Aro distribuye los poderes del Duaisean con gran cuidado. La hizo fuerte para que pudiera matar a sus enemigos y puede saltar en el tiempo para servirle mejor. Aye, probablemente desapareció en el futuro cercano.

Bella se tensó. No le gustaba el hecho de que los chicos malos pudieran viajar a través del tiempo, también. Empezó a comprender que la mujer nunca podría ser capturada si simplemente podía saltar a otro tiempo. Sin embargo, ese era el menor de sus problemas. Impulsivamente, tocó el brazo de Edward.

— ¿Puede repartir poderes?

—Aye. ¿Por qué crees que sus ejércitos son tan poderosos? No son hombres normales, muchacha.

Ella empezó a respirar rápida y superficialmente.

—Sé que crees en los libros, pero yo no. Sus ejércitos son humanos normales. Ella es normal, incluso si su poder es sorprendente. —Se dio cuenta de que estaba cerca de las lágrimas, pero que estuviese cerca de la histeria era por la sobrecarga y el agotamiento.

Él permaneció sombrío.

—Entiendo que no deseas escuchar la verdad, pero es peligroso para ti ahora, Bella. Necesitas entender la verdad del mundo.

Entendió que podía perderlo si decía otra palabra.

—No te atrevas —gritó.

Su mirada estuvo buscando, entonces se suavizó.

—Muchacha, mañana nos iremos a casa y discutiremos estos asuntos. Estarás a salvo allí. —Sonrió de forma tranquilizadora—. Las paredes de Masen son gruesas y seguras. Tengo asuntos que atender, pero no me iré por mucho.

A Bella le tomó un momento entenderlo. Se incorporó.

— ¿Intentas abandonarme en Masen? ¡Absolutamente no! ¡Voy contigo! —gritó. Y se dio cuenta que no deseaba estar separada de Edward. Era una cuestión de seguridad.

—No puedes venir conmigo, muchacha. No me iré por mucho. Unos pocos días, una semana, no más.

—Una semana —jadeó, horrorizada—. ¿Dónde vas? ¡Has jurado protegerme! ¡Angela puede decidir hacer una hamburguesa de mí mientras estás fuera! ¿Y qué hay de Emmett y Aro? ¿Piensa Aro que tengo la página, también?

—Tengo que hablar con Carlisle. Voy a Iona, y luego, a Awe.

Ella apenas se preocupó. Le agarró ambas manos.

—Llévame contigo. No me dejes atrás.

Su mirada se centró en la de ella. Su boca bajó y sus ojos se llenaron de un tormento que ella no entendió. De repente, tocó su garganta.

—Seré el que la mate —dijo rotundamente.

Y sus yemas acariciaron el lugar exacto en el que Angela la había lamido. Sus yemas gruesas y callosas hicieron que un estremecimiento delicioso surgiera.

—No me hizo daño. Soy una cobarde. Estoy cansada. Y lo admitiré, un poco fuera de mí.

—Estas asustada. Moriré antes de permitir que seas herida, Bella.

Bella permaneció quieta, y maldita fuese, sintió un estremecimiento.

—Por tus votos —susurró de alguna forma.

—No. Por ti, muchacha. Por ti.

El corazón explotó en su pecho.

Cuidadosamente, él miró de sus ojos a su boca.

Tanto deseo la hacía sentir débil. Bella sintió la enorme tensión que palpitaba entre ellos.

Su mirada lentamente subió. Y entonces se inclinó hacia ella y besó su garganta.

Ella jadeaba mientras su boca acariciaba la piel donde había sido violada. Y cuando el pulso en su sexo explotó con urgencia, sujetó su mandíbula fuerte y barbuda. La promesa de tanto sexo crudo recorrió el cuarto. ¿Importaba algo que él no la amase y ella no le amase? Nada había importado menos.

Él se enderezó y la miró.

—Está bien. —Bella respiró, deseando animarlo.

Él estaba en silencio.

—Jugamos con fuego, muchacha —dijo silenciosamente.

— ¡No me importa!

Su mirada fue otra vez a la deriva hasta su boca y supo que finalmente iba a besarla. Y no podía pensar ni una sola razón por la que no debiera.

—Fuego —dijo severamente—. Y el mal.

Merece un review?

Que les parecio?

1 Movimiento religioso medieval.