Edward acarició con su boca la de ella.
Bella no se movió. Había deseado besar a este hombre por mucho tiempo, y la caricia, ligera como una pluma, de sus labios envió demasiado deseo a través de ella. Nunca había sido besada por un hombre tan poderoso y no había conocido un beso tan gentil, tampoco. Gimió suavemente, alzándose hasta sus anchos hombros. Dios bendito, deseaba que profundizase el beso.
Tenía una mano a cada lado de ella, presionado contra la cama, mientras jugaba con sus labios, lenta pero insistentemente, besándola una y otra vez. La presión aumentó constante, su lengua empezó a moverse rápidamente en la comisura de los labios. Bella no podía soportarlo. Gritó.
Permaneció quieto. No se preocupó. Agarró sus hombros, gimiendo descaradamente, empujando su lengua contra los labios, exigiendo mientras abría más los muslos. Por un instante, no se movió, ni siquiera para devolverle el beso, mientras ella, desesperadamente, empujaba su lengua a través de su fuerte boca cerrada. ¿Por qué estaba haciéndolo?
Y entonces él le cogió la cabeza con sus poderosas manos. Se quedó quieta y él la beso duro, invirtiendo los papeles al instante. Su beso era tan exigente que sintió la pared contra su cabeza a través de las almohadas.
Y Bella le devolvió el beso, sorprendida de que tanto placer se pudiera obtener de un beso. ¡Y maldita fuese, un beso no era suficiente!
Mientras él saqueaba su boca, su lengua se cerró fieramente sobre la de ella. Bella recorrió con sus manos su pecho duro, deseando que la maldita túnica desapareciera. Deseaba sentir cada pulgada de su piel, explorar sus músculos, probar cada pulgada. Encontró el cuello y deslizó la mano a través de él, apartando la cruz que llevaba, jadeando cuando sintió su piel desnuda y caliente bajo la palma. Era tan bueno...
Él gruñó. Trató de mover la mano más abajo, pero era imposible, el cuello no era tan profundo. Sacó la mano y desesperadamente, acarició su caja torácica y el duro y tenso abdomen sobre la túnica, hacia su ombligo. Gritó salvajemente cuando sintió su enorme erección caliente y tersa empujando contra ella.
Iba a morir si no la tomaba con aquella dureza...
Él apartó la mano de su pene, su apretón inflexible, rompiendo el beso mientras lo hacía.
—No, muchacha. —Respiró firmemente, sus ojos brillando salvajes.
—Maldito seas —lloró ella, retorciéndose con una urgencia que no podía soportar. Logró mirarlo a través de las lágrimas, jadeando con fuerza. Sorprendida, Bella se dio cuenta de que permanecía firme a alguna idea tonta que tenía sobre no acostarse con ella. Furiosa, desesperada, deseaba golpearlo, pero le sujetaba ambas muñecas y no había forma posible de hacerlo.
—Necesito dejarte —dijo severamente, y la liberó.
Bella se levantó, los puños volando, aporreando su pecho.
— ¡Claro que no!
Él usó el antebrazo para apartar los golpes de la forma que haría con una mosca. Entonces, colocó su mano bruscamente sobre su rodilla desnuda, presionando su pierna contra la cama.
Ella permaneció quieta, su corazón casi explota con la comprensión, anticipación, un fuego insano lamiendo entre sus muslos.
—Sí —susurró.
Su rostro, duro y tenso, sus ojos brillantes. Deslizó la mano hacia arriba por su pierna y bajo su falda, todo el camino hacia la húmeda hendidura.
Jadeó, hundiéndose contra las almohadas, arqueándose descaradamente para él.
—Deprisa —dijo con voz ronca.
Sus ojos llamearon, más brillantes y Bella se tragó las calientes lágrimas cuando sus nudillos acariciaron su palpitante sexo cubierto de seda. Movió sus largos dedos callosos bajo el tanga, y los mantuvo suspendidos sobre su carne. Sus nudillos se instalaron profundamente, donde estaba más sensible y dilatada.
—Oh Dios —jadeó Bella.
—Aye —dijo de forma densa, y subió la falda hasta su cintura, la mirada fascinada sobre ella.
—Vistes un hilo. Un hilo con encaje y cuentas.
—Por favor —susurró Bella.
Bordeó con el pulgar lentamente sobre uno de los labios dilatados, después bajó por el otro. Bella corcoveó mientras el pulgar trazaba la hinchada línea de su clítoris. Ella sucumbió y se corrió, estallando en cientos de pedazos, gritando su angustia, placer y éxtasis.
Y entonces sintió su lengua, probándola allí.
La presión, deliciosa y atormentadora, se renovó con fuerza impresionante, mientras su fuerte lengua la probaba, la acariciaba, le daba vueltas. ¡Había sido tan largo y nunca como éste! Se corrió otra vez, llorando, gimiendo, desollada por su boca, gritando en parte de placer, en parte de dolor. No paró, probando su umbral, presionando contra ella de nuevo, provocándole un orgasmo aun mayor y más violento. Sollozó y su lengua finalmente se detuvo. Jadeó, respiró y finalmente flotó de vuelta a la cama.
Bella se tumbó, incapaz de moverse. No estaba segura de cuánto tiempo le había hecho sexo oral, pero había tenido tantos orgasmos que había perdido la cuenta. Su cuerpo, en realidad dolía ahora. Y Edward no se había corrido.
¿Qué acababa de pasar? ¿Cómo había dejado que pasara? ¿Y en cuanto a su placer? De nuevo estaba cuerda. No se reconocía. ¿Era esta su idea de juegos preliminares?
¿Iba a tratar de montarla ahora, cuando finalmente estaba saciada, ella, que no había logrado saciarse, ni una sola vez en su vida, por nadie?
Se mordió el labio, sorprendida cuando una oleada de deseo se formó con el pensamiento de él moviéndose sobre ella, dentro de ella. Pero él estaba inmóvil. Su mejilla descansaba íntimamente sobre su muslo y era sumamente consciente de la enorme tensión del cuerpo duro y rígido.
—Edward. —No reconoció su propia voz.
Finalmente, se dio cuenta de que estaba en medio de algún tipo de batalla interna.
Respiró dura y severamente. Su mano se movió sobre su sexo, solo una vez, una caricia barredora.
Abandonó la cama, lanzando el cobertor sobre ella, y sus miradas se encontraron.
Instantáneamente se sentó, alarmada. Sus ojos brillaron con lujuria. El hambre que vio era francamente terrorífica. Su cara era dura y una enorme erección se levantaba contra el lino, haciendo que su boca se secase y su corazón corrió de nuevo. Bella levantó la mirada hacia sus ojos brillantes, empezando a temblar.
Murió tomando su placer de mí.
Tal vez esa mujer hubiera muerto porque era tan sexual y tan fuerte.
Era un pensamiento horroroso.
Él se giró y se fue.
Bella jadeó, con los ojos muy abiertos. Cada instinto era de correr detrás de él, pero, ¿por qué? No necesitaba consuelo, ¿verdad? Necesitaba sexo, pero había dado, no pedido, nada a cambio. Se inclinó contra las almohadas, asombrada. Tal vez fuera tiempo de reconsiderar su opinión sobre él.
Permaneció completamente quieto sobre las murallas, entre dos torres, el susurro de una brisa temprana de la mañana aplanaba la camisa contra sus hombros desnudos, su mano agarraba la empuñadura de la espada. La tensión vibraba dentro de él. Un frío glacial había cubierto Urquhart en el momento en que había pasado a través de la caseta del guarda. Aro estaba esperándole.
Su estómago se anudó. Había habido muchas advertencias y las había ignorado todas. Miró hacia arriba del hogar y hacia abajo, pero nadie más estaba presente. Miró hacia abajo, primero en el terreno fuera de las murallas a los campesinos allí, y después al vientre azul plateado del cabo Ness.
Una brisa pasó, susurrando su nombre:
—Edward
Y la voz no era el viento, sino Aro. El señor de la oscuridad, su enemigo mortal.
Tembló con rabia y odio, y abrió la puerta de madera de la torre de piedra.
La oscuridad fluyó sobre las murallas como una tormenta que se acercara, embotando la luz del sol naciente, y por un momento, no pudo ver.
Aro le sonrió.
Sus dientes eran sorprendentemente blancos. Su piel estaba bronceada por siglos de sol, pero parecía tener treinta y cinco, si acaso. Iba vestido a la manera de la corte inglesa, unos calzones escarlata, un bonete doble de lana negra, una capa roja y negra sujeta sobre el hombro por un broche de oro y rubíes. Aro era el Defensor del Reino y el consejero favorito del rey Jacobo.
—He estado esperándote, Edward —ronroneó Aro, sonriendo.
—Estoy cansado de esto.
Aro parecía disfrutar, su sonrisa se amplió.
—Entonces, ¿qué te ha tomado tanto tiempo? —alzó la espada y esta sonó mientras se deslizaba de la funda.
El pensamiento desapareció. La cordura se había ido. Sacó su espada y se lanzó.
— ¡A Bhrogain!
Aro encontró el golpe fácilmente, y cuando las dos enormes espadas se encontraron, supo que se estaba enfrentando al tipo de fuerza y poder que nunca se había imaginado. Nunca había perdido una batalla, pero en ese momento, dudó de su habilidad para vencerlo.
Desvió cada golpe como si fuera un niño en pañales.
La batalla se volvió absurda. Aro jugó con él mientras no hacía ningún esfuerzo para manejar su espada. Debería haber escuchado, debería haber esperado. Sus poderes eran demasiado nuevos, demasiado inmaduros. Y repentinamente Aro empujó, pasando sus defensas y su espada se hundió profundamente en el músculo y la carne, hasta el hueso.
Jadeó cuando una terrible compresión empezó, acompañada de un dolor ardiente y calor.
Aro sonrió, empujando la hoja más completamente en su cuerpo, a través de tendones y músculos, y estuvo totalmente ensartado contra la pared. Se retiró, la hoja goteaba su sangre.
Trató de luchar con la repentina y terrible ola de debilidad, pero fue imposible y se hundió en el suelo. La torre había permanecido sorprendentemente quieta. Se ahogó por el dolor, la furia, la sangre, dándose cuenta que Aro había desaparecido.
Cerró los ojos fuertemente, pero no contra el dolor ardiente en su pecho. Todo en lo que podía pensar eran los sagrados votos que recientemente había hecho. Había hecho voto sobre los libros antiguos y sagrados en el lugar santo, para defender a Dios y a la humanidad. Pero el demonio solo había dejado la torre, cazaría al Inocente de un lado al otro del reino, en todos los tiempos.
Y en ese sorprendente momento de claridad y comprensión, sabía que debía vivir para proteger al Inocente, como Brogan y sus antecesores hicieron.
Una terrible lujuria comenzó. Era la lujuria de vivir, y rugía.
De algún modo, se movió sobre sus pies, agarrándose el pecho sangrante. Su cuerpo gritaba por vida. Los impulsos empezaron de repente, al instante comprendió el impulso de tomar el poder para poder restablecerse. Pero estaba solo y su vida era drenada rápidamente. Mientras la muerte se arrastraba sobre él, rezó a los Antiguos que habían traído a los primeros Maestros a la tierra.
Una mujer se apresuró en la torre, gritando su nombre con alarma.
Estaba cerca de morir. Estaba desenfocada en el contorno, bailando delante de sus ojos, la torre nadaba en sombras grises. Y estaba sorprendido, porque sabía que había sido enviada para él.
Corrió hacia él. Antes de que incluso le hubiera tocado, se dio cuenta que era joven, sana, saludable y llena con tanta fuerza de vida que le ahogó. Se estiró hacia ella. Le ayudó a levantarse y sintió el poder, fluyendo por sus venas.
Gritó, aliviado.
Ella se tambaleó y él la sostuvo. Con cada momento de unión, su fuerza volvió, incrementándose e intensificándose. Era bueno... y se volvió triunfante.
Echó la cabeza hacia atrás contra la pared, gritando mientras el poder crecía dentro de sus venas. Y con el aumento de la fuerza, volvió la sensación de invencibilidad, la comprensión de que no moriría. La euforia rugió en él, nunca había conocido tanto poder. Nunca había conocido tal éxtasis. Sorprendido, se dio cuenta de que sus venas se habían dilatado, también. Incluso más éxtasis le llamaba.
La empujó más cerca de él para que pudiera sentir su lujuria, y sus ojos se ensancharon.
—Aye —dijo bruscamente—. Déjame darte placer, muchacha.
—Milord —susurró, rodeándole con los brazos.
Se volvió de espaldas a la pared, apartando su camisa y sus faldas. Y no pudo esperar. Apartó sus muslos y se empujó duro, directo y profundamente. Y mientras llegaba, tuvo que tomar incluso más de ella, se sentía demasiado bien.
Estaba cegado por la lujuria, el poder, el éxtasis de ella, el suyo. Su vida se movía desde ella en olas enormes, rabiosas y el poder aumento cien veces más. Ella lloraba y suplicaba. Él no se enteró. Había estado de juerga desde que tenía catorce y nunca había experimentado tanto éxtasis, ni supo que existía. Se corrió de nuevo, sus entrañas nunca se aflojaron. Tenía más virilidad de la que un hombre normal debería reclamar.
Este era un poder con el que no había soñado.
Y el poder lo cegó, manteniéndole grueso, permitiéndole una resistencia terrible. Aulló su placer a la salida del sol. Esta vez sería capaz de matar a Aro.
Y entonces se dio cuenta de que la mujer estaba finalmente quieta.
Miró su pecho. Su camisa estaba empapada de sangre, pero la herida estaba cerrada. Había sólo una cresta cicatrizada sobre el pezón izquierdo.
Le debía su vida a esta mujer. Acunándola, lleno de gratitud, con cuidado la dejó en el suelo. Se quitó la capa y la extendió sobre ella, entonces se levantó. Y se dio cuenta de que Aro estaba presente.
El demonio salió de las sombras, sus ojos encendidos y rojos.
Y se estaba riendo de él, Edward lo sabía.
El temor comenzó. La criada yacía, inmóvil.
No. Se arrodilló a su lado. Le giró la cabeza hacia él y encontró sus ojos azules abiertos y sin expresión.
—Bienvenido, hermano. Bienvenido a los placeres de la muerte.
Edward se puso de pie abruptamente, lanzando su taza de vino salvajemente al hogar. Era medianoche, y estaba solo en el gran salón, excepto por un par de perros lobos estimados. Los perros le miraron, impasibles.
No se había permitido pensar en Urquhart en meses. Había empleado tres años expiando sus pecados, luchando con la culpa. Había pensado que tenía el control firmemente.Había habido cientos de mujeres desde Urquhart, pero no había habido tentación. Pero eso era una mentira.
No tenía el control. Pensó en Urquhart ahora. Y luego pensó en la mujer que dormía en el piso de arriba, otra criada inocente, una mujer que era tan seductora, que deseaba probar su vida.
Tres años atrás, había pensado en sí mismo como el cazador, pero había estado equivocado. Aro le había cazado; había cazado su alma.
Y ahora, la mujer le tentaba de una forma inimaginable. Pensó que su alma estaba a salvo, pero estaba equivocado.
Bella fue convocada al alba siguiente. Sus ojos apenas abiertos, encontraron la mirada de un chico pequeño que la empujó, le sonrió y la invitó a vestirse y comer. Gesticuló rápidamente hacia la puerta y se marchó. Ella se sentó, arrimando una piel a su cuerpo, sintiendo como si tuviera una resaca enorme.
Pero no tenía resaca, no en el sentido convencional de la palabra. Y su pulso se aceleró cuando recordó que estaba en la Escocia medieval, y la noche pasada, Edward le había hecho el amor.
Sintió el puño del deseo golpeando su pecho y vientre. Miró su habitación, al pequeño fuego en el hogar, la mesa raquítica donde estaba un jarro de agua, y la estrecha ventana. El postigo había sido abierto y el cielo fuera estaba rojizo.
Aunque no había creído ser capaz de pegar ojo ayer, el agotamiento rápidamente la había reclamado después de que Edward se hubiera marchado. Había dormido como un tronco hasta el golpe en la puerta de la habitación.
El chico claramente deseaba que se diese prisa, y sabía por qué. Estaba muy despierta ahora. Iban a ir a Masen. Una excitación genuina comenzó.
Pero también había aprensión. Era la luz de un nuevo día. Estaba a punto de ver a Edward, y ayer, bueno, se había comportado como una mujer que no conocía. Y maldita fuese, no iba a olvidar nunca como le había dado placer, sin pedirle nada a cambio.
Bella se lavó, usando el agua helada, esperando que fuera lo suficientemente caballero para no comentar lo que había pasado entre ellos. ¿Y sobre Angela? ¿Cómo sería de seguro su viaje? Echó el plaid de Edward sobre sus hombros, su turbación aumentando, y bajó las escaleras. Sólo las criadas de servicio estaban en el gran salón y se sintió decepcionada, incluso si no quería estarlo. Tenía hambre, no estaba segura de cuando había comido por última vez. Se sentó ante una enorme bandeja de pan, queso y varios tipos de pescado ahumado, así como un tazón de gachas de avena. Comió rápidamente, usando un tenedor de dos puntas, un cuchillo ordinario y una cuchara, impaciente por dejar el salón. Mientras comía, mantuvo la mirada hacia la gran puerta, pero no se abrió.
Apartó la bandeja. Tendría que enfrentar a Edward más tarde o más temprano, y no sabía que decir, como actuar o que hacer. Pero tenía que hacer frente al hecho de que no tenía excusas. Sería hipócrita pretender tenerlas. Había necesitado una noche como esa.
Sintió las mejillas arder. Edward era un amante generoso. Iba a romper todos los estereotipos. Nunca volvería a pensar en él como en un macho medieval idiota de nuevo. Era definitivamente complicado, intrigante y muy, muy sexy. No le importaría compartir su cama.
El mero pensamiento la hizo sentirse débil y mareada.
No vayas allí, se advirtió, dirigiéndose hacia la puerta. Se conocía. Si alguna vez realmente dormía con él, se enamoraría. Y esa era una mala idea. No debía ser cariñosa con él. Sólo una tonta o una loca se preocuparía por Edward, considerando las circunstancias. Se advirtió de mantener su interés por él como algo puramente académico.
Abrió las puertas y se encontró con una ráfaga del viento helado de las Highlands; no importaba que fuera verano. Se detuvo en lo alto de las escaleras. Una docena de hombres estaban montando sus caballos en el otro vestíbulo. Justo debajo de ella, Edward estaba de pie al lado de dos caballos ensillados, hablando con Jasper. Como uno, ambos hombres se giraron para mirarla.
Su mirada encontró la de Edward y se ruborizó. Eso era, pensó, de lo más incómodo. Eran virtualmente extraños. Empezó a bajar las escaleras, evitando sus ojos.
Probablemente pensaba que era realmente rápida y de moral dudosa, aunque eso no podía estar más lejos de la verdad.
Edward caminó a zancadas hacia delante.
— ¿Dormiste bien? —preguntó. Su mirada era directa y observadora.
Si se refería a que físicamente había sido tan saciada que se había desmayado, no podía decírselo.
—Sí. ¿Y tú?
Quiso ser educada, pero en el momento en que habló, deseó no haberlo hecho. Probablemente se había sacudido y dado vueltas toda la noche.
Su mirada se intensificó. Entonces se encogió de hombros, su mirada bajando hacia su garganta. Empezó a desprender el broche con el que había cerrado torpemente su capa.
—Necesitas ropa —dijo—. Me ocuparé en Masen.
Barrió la capa larga y de forma curiosa de sus hombros, la sacudió, la dobló, no lo suficientemente uniforme y la cubrió con ella, sujetándola a un hombro. Ahora caía hasta sus rodillas, cubriendo firmemente los muslos y la falda.
Ella tragó.
—Gracias.
La mera caricia de sus manos causó un estremecimiento de placer. ¿Cómo iba a mantenerse centrada en los libros, el lugar sagrado, la sociedad secreta, todo menos en el hombre mismo?
Su mirada se centró en la de ella.
—No soy el único hombre con ojos —dijo con una sonrisa ligera. Cabeceó hacia Jasper, cuya expresión era irónica.
A Bella no le importaba si su tío había estado mirándole abiertamente las piernas o algo más. Era difícil pensar claramente con Edward cerniéndose sobre ella, siendo posesivo. Deseaba poder decirle lo que pensaba de la noche anterior. Probablemente, tenía una mujer diferente en sus brazos cada noche, lo que significaba que su pequeño interludio no era un gran trato para él. Y eso era lo mejor. Porque estaba lejos de ser un trato para ella, y necesitaba mantener una buena perspectiva, no importaba cuan fuerte pudiera ser.
Ayudó a Bella a montar y se dio la vuelta para subirse en su propia montura. Ella se dio cuenta de que le habían dado el caballo ms viejo y tranquilo, por lo que estaba agradecida. Lo movió hacia Jasper.
—Gracias por la habitación, la cama y el desayuno —dijo.
—Fue un placer, lady Bella. Buen viaje.
Su sonrisa fue completamente masculina y sólo un poco sabedora. Bella esperaba no haber sido tan ruidosa que anoche la hubiera oído gritar.
—Adieu.1 —Enrojeció y movió su caballo, pasándole.
Edward señaló la cabalgata y las tropas formaron una línea detrás de él y Bella. Él se giró hacia Jasper.
—Hablaré contigo antes de volver de lago Awe.
Jasper asintió pero agarró la brida de Edward.
—No hagas nada precipitado.
Edward rió tensamente. Entonces levantó la mano, echó un vistazo a Bella, y se movieron hacia el pasaje bajo la puerta del guarda. Después de pasar por el oscuro túnel de piedra, montado lado a lado sobre la trampilla a través de las sombras oscuras, la luz del sol fuera fue casi cegadora.
Una nueva tensión se apoderó de ella mientras abandonaban el húmedo y frío pasaje.
Era otra mañana medieval, su segundo día en el pasado. Había pasado tanto desde el salto que se sentía como si hubiera estado semanas en el siglo XV. Aunque no sabía si el viaje de Whitlock a Masen era seguro, había estado demasiado excitada para preocuparse. Masen había sido su meta desde el principio y para esa tarde, estarían allí. Pronto estaría en el santuario de Iona, porque iba a ir con Edward, no importaba lo dijera y lo que quisiera. No iba a ser dejada atrás.
Porque era un santuario, estaba guardado por los Maestros. Edward le había dicho indirectamente eso. Estaba descubriendo una sociedad secreta que ningún historiador había revelado.
Estaba viviendo la historia de las Highlands. Esta era una oportunidad increíble. Su miedo había disminuido hacia mucho. Había sobrevivido al viaje en el tiempo, una batalla brutal, un asalto violento y a la lujuria de Edward, y todo en el lapso de algo más de veinticuatro horas.
No sabía cuándo volvería a casa, aunque estaba determinada a hacerlo. Hasta que ese momento llegase, iba a aprovechar este giro del destino. Iba a centrar todo su interés en la sociedad secreta, los libros secretos y las guerras políticas engendradas por ellos, y evitar a Angela, también. E iba a olvidar lo que había pasado la noche anterior. Edward parecía indiferente. Sería indiferente, también. Era mejor estar separada de cada forma posible. Su atención sobre Edward sería como si fuera un artefacto de tipo histórico, porque era un laird y un Maestro del siglo XV.
Él la estaba mirando. Esperaba que no sintiera sus pensamientos.
—Es una mañana magnífica —dijo sonriendo.
Mientras hablaba, un águila se levantó sobre sus cabezas.
—Aye —dijo llanamente, su tono evasivo, su mirada aguda—. Aye.
Masen era tan oscuro como las altas rocas sobre las que se asentaba. Debajo había playas con rocas esparcidas y la vasta enormidad del océano Atlántico, gris metal. Más allá, cubierto por la niebla, estaba el pico de Ben More. Inhaló mientras conducía su caballo hacia la barbacana.
Solo había pasado una hora en Masen hacía dos años, y no había venido a caballo y luego en barco, remando a través del estrecho y del océano con seis hombres de las Highlands. Había llegado en un coche alquilado, conduciendo a través de carreteras descuidadas, dirigiéndose hacia el sur y al oeste a lo largo de la orilla para llegar a Masen antes de que cerrara. Había sido una tarde gris entonces, también. La isla a menudo era golpeada por las inclemencias del clima oceánico, pero había habido coches aparcados justo fuera de las paredes del castillo. No había estado la barbacana, sólo algunos grupos de piedras que indicaban que alguna vez estuvo presente.
Ahora, el foso que rodeaba por tres lados al castillo, estaba lleno. El lado oeste se asentaba sobre rocas escarpadas que caían sobre el océano. Ella y Edward esperaron sobre sus monturas, mientras el puente levadizo era lentamente bajado sobre el foso por lo que Bella sospechaba que era un sistema de poleas.
Ella tembló, la boca seca. Era tan diferente; era sorprendentemente lo mismo.
—Muchacha, las habitaciones públicas cierran en una hora. Puedes volver el jueves y no tiraras el dinero —le dijo un desdentado escocés con el pelo blanco, tratando de ser útil.
Bella estaba mareada y débil, probablemente por haber conducido a una velocidad suicida a través de la isla por el lado equivocado de la carretera.
—No estaré aquí el jueves, me voy a casa mañana. —Había comprado los tickets, apenas incapaz de concentrarse en el hombre que se los vendió, deseando que no se moviera con tal enfurecedora lentitud. Había temblado con excitación y tensión. Y mientras se había apresurado sobre el puente levadizo, había pensado: Este es.
Bella se dio cuenta de que el puente estaba bajado y Edward estaba esperándola para que se le uniese. El puente levadizo era mucho menos elaborado que el de Whitlock, y éste comprendía una torre amplia y circular. Solo llevó un momento pasar por debajo.
Había olvidado los sentimientos intensos que había tenido entonces, pero estaba teniendo los mismos sentimientos ahora. Dirigió su yegua hacia el alto, mirando a la parte frontal del castillo. Y las mismas palabras susurraron a través de su mente.
—Este es.
Se quedó rígida, mirando alrededor del patio interior y al patio exterior que estaba al norte, dentro de las paredes de las murallas. Sabía que Edward estaba mirando pero no podía mirarle, porque su mente estaba girando.
Sus vacaciones completas habían sido planeadas alrededor de este lugar, con la esperanza de encontrar al laird de Masen. Si pudiera aceptar que este era su destino, entonces había una pregunta monumental: ¿Por qué?
Seguro, seguro que no podía ser sobre Edward.
—Estas encantada, muchacha —dijo Edward—. ¿Te gusta mi casa?
Apartó la mirada de las cabras y las ovejas del patio más abajo, mojándose los labios. Su corazón revoloteó.
—Estuve aquí antes, hace dos años. ¿Por qué, Malcolm? ¿Por qué crees que estoy aquí ahora, en tu tiempo, no en el mío?
—Entiendo que quieres decir por qué te he traído de vuelta. —Estimuló su caballo hacia delante y Bella le siguió. Varios hombres se habían materializado desde el vestíbulo en el patio. Un escocés alto y con el pelo blanco se apresuró hacia ellos.
Él desmontó enfrente de la entrada principal del castillo, una puerta de madera panelada y tachonada cerraba otra torre. Le dio el caballo a otro hombre.
—Me hago las mismas preguntas, muchacha. Los Antiguos tienen caminos extraños e inexplicables.
¿Significaba esto que también creía en el destino? ¿En cuánto a Angela? ¿Creía que podía intentar encontrarme aquí? Habían estado esforzándose para no perder el control sobre el hecho de que otra mujer estaba siguiéndola alrededor de las Highlands, aparentemente con algo pendiente contra ella.
Su cara se oscureció.
—Sería un idiota para hacer esto. Estoy listo para ella y los de su clase ahora. —Le ofreció otra sonrisa, antes de estirarse para ayudarla a desmontar.
Antes de que Bella pudiera preguntar cómo estaban listos para ella y que, exactamente, quería decir "su clase", un chillido estridente sonó. Se giró y vio un pequeño chico volar a los brazos de Edward. Le tomó un segundo darse cuenta de que era su hijo, y su interior se tambaleó con una fuerza enfermiza.
Edward giró al pequeño chico moreno. Entonces hablo rápidamente, en francés.
— ¿Obedeces a Seamus, muchacho?
—Sí, padre, lo hago. Incluso he montado un semental —dijo orgullosamente—. Va a haber una gran cena esta noche.
Edward acarició el pelo del chico, sonriendo con aprobación.
El hombre con el pelo gris caminó hacia delante.
—Hay un excelente estante en la pared, Edward. Una docena de puntos.
Él sonrió y golpeó su hombro.
—Seamus, Brogan, me gustaría presentaros a nuestra invitada, lady Swan. Viene del sur —añadió. Sus ojos centellearon cuando su mirada encontró a Bella.
Ella no podía sonreír. Edward estaba casado.
Se sintió débil e incapaz de moverse. Permaneció sentada sobre su caballo. Por supuesto que estaba casado. El matrimonio era una herramienta importante en el equilibrio de poder siempre cambiante entre los grandes nobles y el rey. Probablemente se había casado por un beneficio político, geográfico o monetario.
Pero no dijo una palabra. Ni una maldita palabra.
Y ella era una idiota, porque debería haberlo sabido.
Trató de decirse a sí misma que esto era lo mejor, pero estaba afligida por la consternación. De todos modos, si se estaba enamorando de este hombre, entonces era un afortunado giro de los acontecimientos. Su matrimonio sería una barrera entre ellos que no se rompería.
Edward miró a Brogan.
—Ve al vestíbulo y ordena que habitación grande esté lista para nuestra invitada.
El chico asintió con impaciencia y salió corriendo. Edward le llamó.
—Con vino y refrescos, muchacho y fuego. Lady Swan se ha enfriado un poco. Seamus, hablaré contigo en un rato.
—Aye —Seamus se dio la vuelta y se fue a zancadas.
Edward tomó su mano.
—Brogan es mi bastardo, Bella. No estoy casado. Pero te ves como si alguien hubiera muerto.
Había tanto alivio.
—Baja —dijo suavemente.
Ella resbaló del caballo, empezando a pensar más claramente. Había estado tan devastada porque no estaba disponible, y ahora estaba débil de alivio. Oh, chico, si estaba genuinamente interesada en este hombre, tenía un gran problema.
Logró encontrar algo de su ingenio.
— ¿Cómo sabes lo que estaba pensando?
Él vaciló.
—Te lo dije antes, tus pensamientos gritan tan alto, que son fáciles de oír.
Bella cruzó los brazos sobre el pecho.
—Empiezo a pensar que tienes poderes telepáticos, también.
—No entiendo todas las palabras que dices, muchacha.
— ¿Puedes leer mi mente?
La miró.
—Oh, mi Dios —dijo Bella, sacudida—. Puedes leer mi mente, ¿verdad?
—Ese es otro de los pequeños regalos que tengo —dijo, pero enrojeció.
Analizaría las ramificaciones de este regalo en particular en otro momento. Justo ahora, estaba furiosa.
—Necesitas respetar la privacidad de mis pensamientos —dijo duramente—. Esto no es ninguna feria en la que escuches a hurtadillas lo que estoy pensando.
Sonrió, levantando la barbilla, girando su mirada potente sobre ella.
—Pero si no te había escuchado aun, alto y claro justo ahora, tenías lágrimas y pensabas o negabas lo que hay entre nosotros.
Sus ojos se ampliaron. Había estado actuando como si nada hubiera pasado todo el día.
— ¿Qué hay entre nosotros? Ni siquiera sabía que recordases ayer por la mañana —dijo tensamente—. ¡Y no me importa si estás casado!
—Mentirosa
Sintió que sus mejillas ardían.
—Bien, tal vez me importe un poco. Pero solo porque, en mi tiempo, está mal acostarse con un hombre casado. —Luego añadió—. Esta mal en tu tiempo, también, y lo sabes.
—Me alegro de no haber hecho tales votos, Bella —murmuró seductoramente. Sus pestañas gruesas y oscuras bajaron—. ¿Crees que no escuche tus gritos toda la noche? No dormí, Bella, por ti.
Su corazón dio un vuelco, duro.
—Bien —logró decir densamente. El deseo surgió—. Bien.
Su sonrisa era tan bella como el sol alzándose lo había estado más temprano esta mañana.
—No entiendo porque deseabas ir a Masen en tu tiempo. No entiendo porque te deseo como lo hago. Pero creo que hay respuestas que encontrar, tal vez en Iona.
—Iona —repitió, instantáneamente divertida.
—Carlisle es casi tan viejo como los Antiguos, muchacha —dijo—. Encontraré las respuestas allí. Y no pienses en Angela ahora. Estas a salvo conmigo. Ven. —Caminó bajo el arco, desapareciendo por la caseta del guarda.
La mente de Bella se tambaleó. ¿Estaban las respuestas de su presencia en el pasado en Iona? ¡Dios, lo esperaba! ¿Y eso significaba que Edward lo retomaría ahora donde lo habían dejado ayer?
Se apresuró tras él. Un pequeño patio estaba al otro lado de la puerta del guarda y Edward estaba subiendo las escaleras del gran vestíbulo. Ella aceleró el paso, entrando en la gran habitación.
La disposición de los elegantes asientos había desaparecido, como la colección de espadas. En cambio, había una larga mesa de caballete, bancos y sillas de varios periodos. Tapices cubrían la mayor parte de las paredes; sus colores eran brillantes y nuevos.
Estaba sirviendo ale de una jarra en la mesa. Bella se endureció a sí misma mientras se aproximaba.
—Encontraremos las respuestas en Iona juntos —dijo firmemente.
Él le echó una mirada divertida.
—No he dicho que vendrías a la isla conmigo, muchacha.
—Iré, contra viento y marea —espetó—. ¡Estuvimos de acuerdo ayer!
Apuró la taza y suspiró.
—Ya hablamos con demasiada audacia de asuntos que son privados.
—Sabes que puedes confiar en mí. —A Bella se le ocurrió que confiaba en ella porque podía leer la mente—. ¿Eso es por lo que confías en mí, verdad? ¡Husmeas en mis pensamientos!
Él enrojeció.
—Me interesas.
Estaba emocionada, pero ahora no era el momento.
— ¡Edward, esto es muy importante para mí!
—No estás permitida en la isla —espetó.
Bella se puso rígida.
—No me lo creo. Un monasterio siempre abre sus puertas a los viajeros.
Cruzó los brazos sobre el pecho y sus bíceps se abultaron. Parecía muy molesto, pero no había forma de que ganase.
—Si vuelves a Iona y muero, asesinada por Angela de forma inexplicable, nunca serás capaz de perdonarte. Primero la criada, en tus manos, y después yo, tu Inocente, por Angela.
Sus ojos se agrandaron.
En ese momento, Bella supo que había ganado esta guerra en particular, y lo lamentó. No había querido ser cruel o despiadada. No había querido utilizar su culpa contra él e infligirle más dolor.
Inclinó su cabeza, su boca se giró de esa forma que ahora conocía, una señal de su tormento interno.
—Nos vamos a la salida del sol —dijo sin inflexión.
Ella se mordió el labio, queriendo decir que lo sentía. Pero el grito alegre de una mujer sonó. A Bella no le gustó el giro de los acontecimientos.
Con temor, se giró.
La mujer se precipito hacia Edward, radiante.
— ¡Estas de vuelta! ¡Y a salvo, gracias a Dios!
QUIEN SERA ESA MUJER?
POBRE BELLA JAJAJAJAJAJAJAJA
MERECE UN REVIEW?
BESOS CHICAS
1 En francés en el original.
