Capítulo 7

La mujer tenía el cabello rubio oscuro, era de mediana estatura y bastante bonita. Aún peor, su figura era lujuriosa y destacaba. Hablaba francés como si hubiera sido criada en Francia, pero estaba vestida al estilo inglés, con un vestido y una capa color rojo oscuro. Usaba pendientes de oro, un collar de oro y anillos con piedras que a Bella le parecieron semipreciosas. En definitiva, era una mujer noble de buen ver y claramente involucrada con Edward.

La expresión oscura de Edward no se suavizó.

—Glenna, dale la bienvenida a lady Swan de Masen. Bella, está es mi prima, lady Glenna NicPharlain del castillo de Cean.

Bella se puso rígida. No estaba casado pero tenía una amante. No le cabía la menor duda. Su sonrisa se volvió irritada. Odió a la mujer.

—Habla en inglés en honor a nuestra invitada —le dijo Edward a su amante, que miraba sorprendida a Bella—. Glenna te enseñará tus aposentos. Espero que sean de tu agrado.

No tenía idea si seguía enfadado con ella por sus tácticas. De alguna manera se las ingenió para dedicarle una breve y tensa sonrisa.

—Gracias.

—Por favor acompañadme, lady Swan.

Bella la miró mientras Edward se daba la vuelta. Casi deseaba no haber venido a Masen, pero eso era infantil.

— Edward desea que subáis. —Glenna hizo señas hacia el pasillo que se abría más allá del vestíbulo.

Mientras subían las escaleras, Bella volvió su atención hacia la mujer rubia. Odiaba ser mala y mezquina, pero no entendía que veía Edward en Glenna. Para los estándares medievales, la mujer ya no era una polluela. Probablemente fuera de la misma edad de Bella, pero con su piel fina y sin los beneficios modernos de los humectantes, exfoliantes y nutrientes, tenía patas de gallo en los ojos y suaves arrugas en la frente. Siendo bonita en la forma en que lo es la-chica-de-al-lado, se veía deslucida y fatigada. Bella se imaginaba a Edward con una belleza despampanante... del estilo de Catherine Zeta-Jones o Angelina Jolie. Pero por supuesto, eso también la dejaba fuera a ella.

—Así que —dijo Bella cuando estuvieron en el último piso—, ¿cuánto hace que conocéis a Edward?

Glenna la miró mientras abría una puerta de un empujón.

—La mayor parte de mi vida.

Genial, pensó Bella. Glenna y Edward se conocían el uno al otro desde siempre; ella lo conocía desde hacía tres días. Probablemente, además de amantes fueran los mejores amigos, posiblemente él la amara profundamente. Era jodidamente clásico. Pero era preferible enterarse ahora, mejor antes que después.

— ¿Y vos sois de las Lowlands? —preguntó Glenna. Sonaba curiosa, y no muy brillante.

—He vivido fuera del país la mayor parte de mi vida —dijo Claire concisamente, evitando la pregunta.

Glenna hizo una pausa, con la mano en la puerta.

— ¿Cómo conocisteis a Edward?

Bella vaciló.

—También somos primos lejanos. Muy lejanos —añadió.

Glenna abrió mucho los ojos.

—Pero nunca he oído hablar de vuestra familia.

Bella se rindió. Se vio forzada a admitir que estaba realmente molesta, lo que solo servía para probar que este giro de los acontecimientos era una bendición disfrazada. Ahora lo que deseaba era estar sola para poder superar su breve implicación con un machista medieval. Entró pasando al lado de Glenna... y se enamoró.

Desde la ventana del primer piso, el brillante gris del océano Atlántico se extendía hasta la eternidad. Pero si miraba un poco hacia el oeste, podía ver las densamente arboladas costas de Argyll y las montañas oscuras más allá de los jirones de niebla. Trató de imaginarse la vista en un día soleado e instantáneamente supo que el agua sería del color de los zafiros, y los bosques del color de las esmeraldas.

—Swan es un nombre extraño. Nunca lo había oído. ¿Es un nombre inglés? —Preguntó Glenna—. ¿Estáis emparentadas con la madre de Edward?

La mente de Bella se disparó. ¿Era inglesa la madre de Edward? Muchas de las familias importantes de las Lowlands lo eran. ¿Qué parentesco podría reivindicar?

—Mi esposo, que en paz descanse, era su primo.

Glenna se puso pálida.

—Pero seguramente os habéis vuelto a casar.

Bella le siguió la corriente.

—En realidad no, no lo he hecho. Estoy sola. —Sabía que era verdaderamente mezquino sentirse triunfante en ese momento, pero también sabía que no sería la última en reír.

— Edward os ha traído aquí para reemplazarme, ¿no es así? —Glenna temblaba y tenía los ojos anegados en lágrimas—. ¿Tiene pensado casarse con vos?

Bella se puso tensa. Demonios, sentía lástima por Glenna.

—No vamos a casarnos. Ni siquiera nos conocemos —dijo suavemente. Luego se dio cuenta de cuán ridícula era semejante afirmación en el siglo XV, cuando los matrimonios se hacían por conveniencia y no por amor.

Glenna se atragantó.

—Me voy a casar con él. Soy su prometida.

Bella se puso rígida.

—Oh. No lo sabía.

—No dejaré que me lo robéis —advirtió Glenna—. He estado aquí durante seis meses. Todo el mundo sabe que nos vamos a casar.

— ¿Es oficial?

— ¿Qué?

— ¿En qué fecha será?

—Pronto —gritó—. ¡Pronto fijaremos la fecha!

Era extraño que no se hubiera fijado la fecha y se sintió aliviada, aunque sabía que no debería. Probablemente Edward se casaría con su prima. Y si no se casaba con Glenna, habría alguien más. Era la forma en que se hacían las cosas en su mundo.

Y Glenna pertenecía a ese lugar. Ella sí, Bella no. Debía superar ese hecho... y a él. No tenía sentido odiar a Glenna; no eran rivales. La naturaleza gentil de Bella ganó la batalla.

—Escucha. No tienes que preocuparte por mí. No me quedaré mucho tiempo colgada en este lugar.

Glenna parpadeó para retener las lágrimas.

— ¿Quién os colgará? ¿Qué habéis hecho?

—No me voy a casar con Edward —dijo seriamente. Dudó. Y aunque probablemente Edward discrepara, lo que habían hecho no era correcto—. Pronto me iré a casa. No tienes nada de qué preocuparte. Al menos, no debes preocuparte por mí.

— ¿Y dónde está vuestra casa? —Demandó Glenna, enjugándose los ojos—. ¿Y cuándo regresareis?

—Soy inglesa —dijo Bella—. Regresaré a Inglaterra. En lo que respecta a cuando, no lo sé, no exactamente.

Ambas mujeres se quedaron mirándose fijamente. Finalmente Glenna dijo:

— ¿Y cuando vaya a vos esta noche? No lo neguéis... sé que lo hará. Le conozco muy bien.

El corazón de Bella comenzó a aporrearle el pecho.

—Cerraré la puerta con cerrojo —dijo. Y lo decía en serio.

Bella se había dado a sí misma una excursión por el torreón, teniendo cuidado de evitar los baluartes y las murallas. Luego, había tomado un baño y se había vestido, y para cuando Brogan apareció en su puerta, con una sonrisa a la que le faltaba un diente de leche, para decirle en un altisonante inglés que Edward la estaba esperando en la planta baja, había vuelto a sus cabales. Ahora estaba vestida como una mujer de las Highlands, con un atavío largo hasta los pies y toda la ropa interior, y mientras bajaba hacia el vestíbulo, se recordó a si misma que había superado lo de Edward. De hecho, en verdad se alegraba por él y Glenna. Se sentía aliviada. Era un machista medieval y no tenía sentido tener ningún tipo de relación con él. Esto era lo mejor. Ahora podía concentrarse en aprender todo lo que pudiera acerca del santuario, los libros y la sociedad secreta de los Maestros. Podía enfocarse en evitar a Angela y a su "raza". Estaba ansiosa por que llegara el día siguiente y su excursión a Iona... Es más, apenas podía esperar.

Sonrió convencida, acarició el increíblemente suave vestido de lino, asegurándose que la tela no se amontonaba sobre el cinto —en definitiva tenía una cintura muy pequeña—, ajustó las tiras de su sostén y sus pechos, y comenzó a bajar la angosta escalera de piedra. En el momento en que se acercaba al vestíbulo, oyó la voz de Glenna, ahogada por los sollozos.

Bella vaciló y titubeó. Luego, en vez de ir al vestíbulo, se precipitó contra la pared, cerca de la entrada. Y miró hacia dentro.

— ¿Cómo puedes hacerme esto? —Lloraba Glenna—. ¿Y todo porque tienes una amante nueva?

—Ya he tomado una decisión —dijo Edward con calma.

— ¡Te odio! —gritó Glenna.

—Si te calmas, eres más que bienvenida a cenar con nosotros. Pero no toleraré esas lágrimas en mi mesa. —Su tono tenía una nota peligrosa.

Bella no podía creerlo. ¿Qué había hecho Edward? Casi sonaba como si hubiera roto con Glenna... y estaba segura de que sabía el por qué. Sintiéndose instantáneamente ultrajada, se acercó más a la puerta pero no entró. Ahora podía ver a Glenna llorando patéticamente, casi teatralmente, y a Edward aparentemente impasible, aunque se veía bastante fastidiado.

— ¡Por todos los dioses! —Dijo bruscamente Edward al final—. ¡Actúas como una esposa que ha sido enviada a un convento francés! El matrimonio está arreglado, Glenna. Deja de llorar. Es hora de que te vayas a tu casa y te cases con Rob Macleod.

Glenna sacudió la cabeza, llorando demasiado vehementemente como para poder hablar. Luego se levantó las faldas y salió corriendo del vestíbulo.

¡Esto era increíble! ¿Así la trataría a ella si tuvieran una aventura? ¿La dejaría de lado como un tirano medieval? ¿La usaría y la tiraría, entregándosela a otro hombre? ¡Pobre Glenna! ¡Que jodido machista!

Edward comenzó a esbozar una sonrisa, luego su expresión se volvió cautelosa.

— ¿Por qué me miras de esa forma acusadora?

— ¿La vas a obligar a casarse con otro hombre? —dijo Bella, atragantándose.

Él se puso rígido.

—Sí, y será una buena unión para Glenna.

Bella avanzó caminando a zancadas.

—Pero es tu prometida. ¿Simplemente te deshaces de ella y la mandas con otro hombre?

Él abrió desmesuradamente los ojos con sorpresa y luego se volvió duro y oscuro.

Bella se tensó. ¿Por qué estaba atacándolo? Esta era la forma medieval de hacer las cosas y no era asunto suyo. Ni siquiera le gustaba Glenna.

—No es que tenga que darte explicaciones, pero pasé tres meses negociando la unión de Glenna. Le di mucha importancia al futuro de la mujer —dijo tenso—. Y no pude conseguir nada mejor.

—Ella dijo que se iba a casar contigo —dijo Bella. Pero si Edward había estado negociando la unión de Glenna por tres meses, Glenna debía haberle mentido.

—Nunca tuve intención de casarme con Glenna. —Ahora estaba enfadado con ella—. No me gusta ser juzgado, Bella.

Acababa de cometer un terrible error.

—Lo siento.

—Deberías. Pensó que pasar un par de noches en su cama me haría cambiar de opinión. Nunca me casaré. Se lo dije. Eso no cambiará nunca, por nadie. —Su rostro era todo frialdad.

Bella se quedó espantada.

— ¿Qué significa eso exactamente?

Le dio la espalda, haciéndole señas para que se acercara a la mesa, que estaba tendida con humeantes fuentes de comida.

Bella no se movió. ¿ Edward no tenía intención de casarse? ¿Por qué sería eso? Todos los nobles se casaban.

Lentamente Edward se giró para enfrentarla.

—Tú tampoco intentes hacerme cambiar de opinión, muchacha.

— ¿Perdón?

—Ni siquiera tú me atraerás al altar —dijo—. Sin importar cuanto disfrute contigo en la cama.

Ella se quedó boquiabierta.

— ¡Eres tan arrogante! —estuvo a punto de llamarlo imbécil.

Entrecerró los ojos y volvió a pararse directamente frente a ella.

— ¿No deseas casarte conmigo? —preguntó quedamente.

Bella sabía que debía mentir para apaciguarlo. En las Highlands del siglo XV era todo un partido. Tenía los ojos brillantes.

—No, no lo deseo. Planeo casarme con alguien de mi época, alguien brillante y exitoso... ¡alguien con una mente abierta e intelectual!

Se la quedó mirando fijo, y sobrevino un largo intervalo en el cual Bella supo que estaba considerando su respuesta.

— ¿Me estás llamando débil y tonto, Bella?

Ante su tono de voz Bella inhaló profundamente. ¿Es que había perdido el juicio?

—No, por supuesto que no —gritó, decidida a deshacer cualquiera daño que hubiera hecho a su orgullo—. Eres fuerte, inteligente y rico, todo el mundo puede ver eso.

—Estás mintiendo —respondió.

—No te atrevas a leerme el pensamiento —gritó.

—Crees que soy un imbécil arrogante —añadió muy quedamente.

Estaba casi segura que no sabía lo que era un imbécil.

—No realmente —comenzó a decir nerviosa.

—Yo no soy el arrogante en este vestíbulo —dijo—. Permaneces ahí, juzgándome todo el tiempo. ¿Crees que no lo sé? ¿Piensas que no puedo escucharte llamándome machista y medieval? No sé lo que es machista y no necesito saberlo. Tú eres la arrogante, Bella, pensando que eres más inteligente que yo, mirándonos a todos por encima del hombro.

Apenas podía respirar.

—No pienso que sea más inteligente —se las arregló para decir—. En serio. En mi época, las mujeres son educadas y son independientes de los hombres. En mi época, algunas mujeres son hasta más inteligentes y ricas que los hombres. Pensamos por nosotras mismas, cuidamos de nosotras mismas. No respondemos ante nadie.

—Aye, lo has dicho suficientes veces. En tu época, las mujeres son reinas sin reyes. ¡Tú necesitas un rey! —abruptamente, salió a zancadas hacia el vestíbulo, afuera a la noche, golpeando la pesada puerta detrás de él con un fuerte estruendo.

Bella comenzó a temblar. ¿Cómo había sucedido esa terrible batalla? Y tenía razón. Lo había subestimado desde el primer momento que se conocieron. Tal vez, solo tal vez, pensaba que era más inteligente que él. Pero también lo respetaba y lo admiraba, porque su valor y su honor eran asombrosos. Odiaba la pelea que acababan de tener.

¡Ve y díselo!

Bella vaciló. Seguramente tendría que ir tras él y disculparse. Debía admitir que estaba parcialmente equivocada. Quizás completamente equivocada. Glenna era una mujer mayor para los estándares medievales, y Bella estaba segura que tenía tierras, dado la riqueza que indicaba su vestimenta. En el siglo XV, una mujer necesitaba un marido para que la dominara y sencillamente no había forma de evitarlo.

Maldito fuera Edward por usar su solapado don todo el tiempo. Pero obviamente había herido sus sentimientos y sería mejor que cuidara sus pensamientos.

Bella salió. Era la hora del crepúsculo y dudó, recordando el asalto de Angela en toda su grotesca totalidad. No deseaba estar sola, no en el exterior, después del anochecer. Permaneció a unos pocos pies de la puerta que daba al vestíbulo y miró a su alrededor. Edward estaba por encima de ella en los baluartes que estaban sobre la cercana caseta del guarda. Por su postura adivinó que tenía la espalda tensa.

Bella se apresuró a subir los escalones de piedra y se detuvo a su lado. El la miró brevemente.

—Estoy orgulloso de ser el Masen —dijo despacio—, y si eso me hace arrogante, que así sea.

—Debes sentirte orgulloso —dijo Bella suavemente, sintiendo lo que decía. Su corazón dio un vuelco a una velocidad peligrosa, como si realmente sintiera cariño por ese hombre. Le tocó el antebrazo desnudo y sintió que sus músculos se tensaban—. Eres el hombre más valiente que he conocido en mi vida, y eres un Maestro. No sé mucho de ese mundo, pero los votos que has tomado son más que admirables. Los hombres como tú no existen en mi época —añadió—. Y a veces me siento confundida... no sé qué debo hacer.

Se miraron a los ojos.

—Debes confiar en mí —dijo finalmente, categóricamente.

Bella se estremeció.

—Cuando se trata de mi vida, confío en ti.

Le sonrió.

—Entonces eso es un comienzo para nosotros.

¿Qué quería decir con eso?

—Eres una mujer arrogante, muchacha, pero no me importa demasiado —añadió aún más suavemente.

Bella se mordió el labio, su pulso dio un salto. No era arrogante, y no iba a haber un comienzo ni un "nosotros". Pero en ese momento no estaba dispuesta a iniciar otra discusión.

—Glenna ha enviudado dos veces —dijo, y Bella se quedó anonadada ante el hecho de que fuera a darle explicaciones—. Tiene tierras, Bella, y necesita un marido para que las proteja. Macleod es un viudo con dos hijos. Necesita su riqueza y una madre para sus hijos.

Bella se sintió llena de remordimientos.

—Lo siento. Me apresuré a sacar una conclusión equivocada.

Él asintió, manteniendo la expresión solemne.

—Te apresuras a juzgar antes de considerarlo, Bella, y un día de estos puedes resultar seriamente herida.

Tenía tendencia a actuar apresuradamente, sin pensar detenidamente las cosas.

—También lamento haberte insultado. No tenía intención de hacerlo, es solo que a veces me enfureces.

—Sí lo sentías. Y no es que estuvieras furiosa. Te asusto —dijo francamente.

Sintiéndose aturdida, encontró su mirada. Tenía razón. Sí lo sentía cuando le llamó imbécil, pero obviamente estaba lo suficientemente seguro de sí mismo como para que no le importara. Y sí la asustaba, mucho. La asustaba porque era tan sexy y tan poderoso y no sabía que debía hacer consigo misma —y con su corazón— mientras estaba con él.

Entonces sonrió. La sonrisa era cálida, pero no contenía complicidad ni promesas. No era seductora. Pero no importaba; ya era demasiado tarde. De alguna forma habían empezado a compartir una clase distinta de intimidad... y no la deseaba. Habían compartido una batalla y la cama, pero no necesitaban ningún tipo de conexión emocional. Eso era peligroso. Imposible, incluso. Admirarlo estaba bien. Que le gustara no estaba bien.

—Piensas demasiado. —Tomó su mano, tirando de ella para que lo enfrentara.

Bella no podía respirar.

—Es lo q-que hago —tartamudeó, porque el deseo estaba inundándola como la miel. Este era el problema, la atracción que sentía, y no iba a complicarlo con ningún sentimiento, ni siquiera con amistad—. Es mejor que me vaya —comenzó a decir nerviosa. Salvo que apartarse de él era lo último que quería hacer.

—Nunca había conocido a una mujer como tú, Bella —dijo suavemente.

Pasó un momento muy intenso, antes de que pudiera hablar.

— ¡No! —Se las arregló para esbozar una rápida y tensa sonrisa—. No compliques las cosas. ¡Odio las palabras! —Se sonrojó cuando lo dijo, porque las palabras eran su vida—. Y si quieres seducirme, no tienes que hacerlo con declaraciones de sentimientos. Ambos sabemos que una simple mirada encantadora funcionaría. —Vaciló—. Hacer el am... quiero decir, compartir la cama es una cosa, la amistad es otra. No creo que debamos combinarlas, jamás.

—Pero eras amiga de los hombres que amabas —dijo Edward, pareciendo escéptico.

—Maldición —gritó—. ¡Debes dejarme tener mis secretos!

—Quiero entenderte, muchacha. Y ambos sabemos que es solo cuestión de tiempo antes de que nos convirtamos en amantes.

Inspiró profundamente.

—No es justo. Recuerda, me voy a casa, con suerte pronto. Lo juraste.

Él sonrió.

— ¿Qué tiene que ver que regreses a tu época con que seamos amantes? Me deseas, y no lo niegues. Te deseo. En este momento existen complicaciones, pero tengo esperanzas de que pronto no las haya. Y tal vez ya no estés tan ansiosa por irte cuando hayas pasado una noche entera en mi cama. —Su sonrisa se hizo arrogante.

—Te lo dije —respondió, absolutamente excitada—. No puedo entregarte mi cuerpo sin entregarte mi amor.

Bajó las pestañas, luego levantó lentamente la vista.

— ¿No harías el esfuerzo?

— ¡No! —dijo bruscamente, temblando.

— ¿Y si te dijera que no me importa que me ames?

Abrió los ojos desmesuradamente. ¿Cómo podría haberse olvidado, por un minuto, que era un imbécil y arrogante hombre medieval?

— ¡No seré tirada a un lado como Glenna por un tiránico capricho tuyo!

— ¿Acaso he dicho que te haría a un lado?

Se quedó congelada.

Sus ojos eran grandes y atentos.

—Te di mi palabra de que te llevaría a tu casa cuando fuera seguro, y la mantendré.

Bella ni siquiera podía respirar.

— ¿Pero?

Sus ojos aletearon, pero no los apartó.

—Pero no es necesario que te vayas si no lo deseas —murmuró.

— ¿Qué quiere decir eso? ¿Es una invitación? ¿O estás sugiriendo que estaré tan prendada de tu actuación en la cama —o tan profundamente enamorada de un hombre que nunca podré comprender— que decidiré permanecer en el siglo XV? ¡De ninguna manera, Edward, de ninguna maldita manera!

Su rostro era duro, su mirada terriblemente intencionada.

—Te gusta estar aquí —dijo suavemente—. Te gusto yo. A mí no me molesta... a mí también me gustas tú. Quieres pelear conmigo, pero yo no pelearé contigo, muchacha.

Bella sacudió la cabeza, desanimada.

—Solo vine aquí para disculparme. Fue una pésima idea. ¿Por qué estás haciendo esto?

—Porque cuando llegue el momento, puede suceder que no quieras dejar Masen... o a mí.

Ambos cenaron en silencio. Edward comió con apetito voraz, aparentemente imperturbable por la conversación mantenida, mientras que Bella estaba decidida a alimentarse sin mirarlo a los ojos. Estaba conmocionada, pero estaba contenta de que esa conversación hubiera tenido lugar. Había estado equivocada al pensar, siquiera por un momento, que podrían llegar a tener cualquier tipo de entendimiento o una relación física, y mucho menos una conexión emocional. Su arrogancia era increíble. ¡Por supuesto que se iría a casa! Dejaría su época en el instante que fuera seguro hacerlo. Y mientras tanto, no habría más sexo, ni siquiera besos, maldito fuera, ¡nada! Y tampoco mantendría más conversaciones íntimas con ese hombre. La amistad era tan mala idea como cualquier otra cosa y de todas formas tampoco creía que fuera posible. No cuando él estaba tan seguro que la follaría hasta sorberle los sesos y que ella moriría por que le diera más. No cuando estaba tan seguro de que querría quedarse con él en su malhadada época.

Finalmente, Edward apartó su plato, pero volvió a llenar su vaso y el propio. Había estado llenándole el vaso toda la noche. No le importaba —podía tolerar el vino— y se negaba a alzar la vista para agradecérselo. No confiaba en sí misma para mirarlo a los ojos... probablemente la hechizaría en el momento en que lo hiciera.

Súbitamente, después de veinte minutos de silencio, habló:

—Comprendo que debes estar cansada y que ya es tarde. Pero hay asuntos que debemos discutir.

No teniendo otra opción, Bella lo miró cautamente. Sabía lo que él quería, oh, sí.

—La otra noche fue un error. —E incluso mientras hablaba, sintió que sus mejillas ardían y que se le agitaba la piel. Entonces, esto era todo. El momento que le había estado preocupando... y esperando. El momento en que él la mirara, la hipnotizara y se la llevara a su cama.

Pero no reaccionó como ella esperaba. Pareció divertido.

—No deseo hablar de la otra noche.

Se sintió confundida.

— ¿No?

Cruzó los brazos sobre el pecho de forma autoritaria.

—Después de esa noche confío en mi menos que nunca —dijo con firmeza.

Bella se dio cuenta de que su cerebro trabajaba algo lento. Después de todo estaba un poquito achispada.

Sus ojos grises se volvieron plateados.

—No me mires con tanta hambre, muchacha. Te complacería —añadió suavemente—, si fuera de día. Pero la luna brilla y deseo entrar en ti. Quiero algo más que tu cuerpo.

Bella estaba lista para desmayarse de deseo haciéndose un charco debajo de su atuendo y su falda. Desmayarse, o correrse.

—Maldición —dijo en voz baja, habiendo perdido toda la fuerza de voluntad.

—Es fácil complacerte, muchacha. —Sus ojos brillaron y sonrió—. Y jugaré contigo otra vez cuando llegue el momento oportuno.

Era tan difícil pensar. Se llevó las manos a las mejillas ardientes. Sabía que había decidido evitarlo en un sentido sexual —y en todo sentido—, pero nada de eso parecía importar. Lo que importaba era el deseo abrasador que sentía en el cuerpo, la humedad que goteaba por sus muslos, la urgente hinchazón de su carne distendida. Lo que importaba era Edward.

— ¿Adivina qué? —Dijo roncamente—, cambié de opinión... Es prerrogativa de la mujer.

Le estaba leyendo los pensamientos, porque se ensombreció.

—No trates de seducirme, muchacha, no lo toleraré.

— ¿Realmente no quieres subir? —estaba agitada.

—Has tomado demasiado vino —dijo mirándola fijamente.

Finalmente lo entendió. Tenía miedo de que cayera muerta en sus brazos.

—Tan poderoso como crees que eres —dijo con sequedad—. No voy a morirme en tu cama.

Él abrió mucho los ojos.

— ¿Piensas que creo que maté a la criada con mi verga?

Se sonrojó.

— ¡Creo que murió porque le falló el corazón, pero pienso que ciertamente crees que estás inusualmente dotado!

Repentinamente se echó a reír, y el sonido fue cálido, rico y hermoso.

—Muchacha, de eso estoy completamente seguro, pero la criada murió de otra forma. —Su sonrisa se desvaneció.

A Bella no le gustó la expresión seria que le cruzó el rostro.

—Daría una fortuna por un café expreso —dijo ceñuda.

—No entiendo.

—No, no podrías. ¿Por qué me miras como si hubiera una escuadrilla de bomberos detrás de mí?

Extendió la mano. Bella se sorprendió cuando tomó la suya en la de él.

—No deseas comprender la verdad.

Bella trató de recuperar la mano.

— ¿Sabes qué? Tomé demasiado vino y estoy endemoniadamente cansada. Me voy a la cama. Sola... supongo. —Trató de levantarse, pero él no la soltó, y terminó sentada en el banco otra vez.

—En tu corazón —dijo quedamente—, ya comprendiste la verdad.

—Y un infierno lo hice. —Entonces tiró con más fuerza, y él la soltó—. Lo que sea que quieras decirme, puede esperar. —Sentía pánico, y eso la estaba poniendo demasiado sobria.

—No existe un lugar seguro donde esconderse, muchacha, ni siquiera en la ignorancia.

La recorrió un escalofrío de temor.

—Maldito seas.

— ¿Me deseas el infierno? —preguntó incrédulo.

Ella tomó aliento.

—No.

—No quieres comprender la forma en que funciona el mundo —dijo suavemente, volviendo a poner su mano grande sobre la de ella—. Lo sé porque te oigo pensar todo el tiempo, y escoges pensamientos que te complacen. Debes enfrentar la verdad, Bella, acerca de Angela y su raza.

Bella no podía respirar bien. Sabía que no deseaba escuchar sus siguientes palabras.

—Angela es inusualmente fuerte, eso es todo.

Apretó los labios.

—Lamió tu piel. Tu garganta.

Bella gritó, poniéndose de pie de un salto.

— ¡Es una perturbada!

—Los crímenes por placer son historia antigua, Bella —dijo Edward cautamente, poniéndose de pie. Sin soltarla en ningún momento—. El Deamhanain es la fuente.

Bella estaba temblando. ¡No! ¡ Edward no sabía nada acerca de los crímenes por placer... debía haber estado leyéndole la mente! La muerte por placer era el resultado de la ruptura de la sociedad moderna. De ninguna forma era parte de la Edad Media.

—El Deamhanain ha estado matando a Inocentes por placer durante cientos de años, mucho antes de Cristo —dijo.

Sabía lo que la palabra gaélica Deamhanain significaba sin que nadie se lo dijera.

—No creo en el diablo y no creo en los demonios —gritó desesperada.

—Pero tu madre y tu prima fueron asesinadas por el Deamhanain... para su placer.

— ¡Para! ¡Por favor! ¡Fueron muertas por locos, locos humanos!

—El verdadero Deamhanain puede quitarle la vida a cualquiera. Pueden succionar la vida de un humano hasta que no tiene más fuerza vital. Pero la fornicación incrementa el placer. —Las aletas de su nariz se inflamaron—. El éxtasis se llama Le Puissance1.

— ¡Detente!

Finalmente liberó su mano.

—Tienes miedo de la noche, y deberías temer, porque el mal camina abiertamente en la noche mientras que de día se esconde. Debes enfrentar la verdad, Bella. Nunca habrá un lugar suficientemente seguro para esconderse.

Lo abofeteó, fuerte, cruzándole el rostro.

Él se sacudió pero permaneció rígido.

—Tu mundo no es diferente de este. El Deamhanain está en todas partes, en todas las épocas, en cada lugar y quieren tu muerte... y la mía.

Bella no podía hablar. Se sentía enferma. El suelo se sentía fuera de lugar y giraba. Esto no puede estar pasando. El mundo no podía ser de la forma en que Edward lo estaba describiendo.

Su tono se hizo amable y eso la tranquilizó.

—Angela puede ser humana, como tú. Pero sus poderes no lo son. Aro la ha poseído. Es por eso que es tan fuerte, tan malvada.

Bella sacudió la cabeza. Le caían las lágrimas.

— ¿Entonces Angela es una humana poseída? ¿Lo siguiente que me dirás es que Aro es el diablo?

—Hace mucho tiempo —dijo suavemente—, una diosa que era una gran guerrera llegó a Alba y yació con los reyes. Aro es uno de sus hijos. Se convirtió en un gran Maestro... hasta que Satán le robó el alma.

Ella encontró su mirada. Veía sus facciones como un borrón.

—Tú lo crees —jadeó—, pero yo no... Y no lo haré.

—En Alba, Aro sería el señor de la oscuridad, Bella. Sus engendros serían los Deamhanain.

Bella retrocedió y se golpeó con la mesa. El diablo. Demonios descendientes de antiguas deidades. Humanos poseídos. Crímenes por placer desde los inicios del tiempo... en algún nivel visceral, tenía absoluto sentido.

Aro, un demonio que una vez había sido un Maestro...

Y Edward, un Maestro que había matado a una criada...

Bella sintió que la habitación se tambaleaba. Estaba dentro de una pesadilla. Y lo supo; por primera vez en su vida, estaba a punto de desmayarse.

Se tambaleó. Edward la atrapó. Ella susurró:

— ¿Entonces eso en que te convierte?

Justo cuando su mundo se volvía todo negro, Edward la levantó en brazos.

Bella recobró la conciencia, sofocándose con un olor repugnante. Estaba en la cama de la habitación que le habían asignado. Edward estaba sentado junto a ella, con el rostro adusto.

Le palpitaba la cabeza, le dolía como el infierno. Edward estaba equivocado. Tenía que estarlo, aunque Angela tuviera la fuerza de diez hombres.

El vaciló.

—Muchacha, lo siento.

—Vete —dijo entrecortadamente. Podía aceptar que algunos hombres estaban genéticamente programados para el mal y que el mal era tan antiguo como la Biblia. Y podía y aceptaría que los crímenes por placer existían en la Edad Media, al igual que lo hacían los crímenes pasionales. Lo que no aceptaría, ni por un instante, era que esos crímenes estaban siendo cometidos por seres con poderes sobrenaturales, seres que no eran realmente humanos.

Edward se fue.

Bella se recostó contra las almohadas, sintiéndose enferma en su misma alma. La maldad era humana. Esto era un mito medieval. El diablo no existía, e iba a repetir esa letanía hasta que volviera a casa. Aro probablemente fuera un hombre extraordinariamente cruel, ambicioso e inteligente, que propagaba el mito de que era el Maestro del mal. ¡Esta era una época primitiva y los hombres como Edward apelaban a la superstición y a la religión para explicar cosas que no podían entender!

Bella sintió que las lágrimas le caían por el rostro.

Pero los perpetradores de los crímenes por placer nunca eran capturados. Su habilidad para seducir a sus víctimas nunca había sido explicada. Las víctimas morían porque se les detenía el corazón. Y era una epidemia...

Los postigos de la ventana se abrieron de golpe.

Bella saltó de la cama, temblando de miedo, pero Angela no apareció, ni tampoco ningún supuesto demonio. Se recordó a si misma que la apertura de la ventana era demasiado pequeña para permitir que entrara siquiera un niño... y Angela no necesitaba una ventana para entrar.

Bella maldijo, aterrorizada. Corrió hacia la ventana y cerró los postigos de un golpe. Mientras lo hacía sombras negras danzaron en los terraplenes que tenía sobre la cabeza.

Bella se recordó a si misma que era la guardia nocturna. Un leño cayó en el fuego, siseando. El corazón de Bella explotó y salió corriendo de la habitación, yendo instintivamente directo hacia el final del corredor. La puerta estaba abierta de par en par y captó una vista de Edward dentro. Se dirigió a la puerta, respirando ásperamente.

Él se volvió. Se había sacado la ropa, todas y cada una de las prendas, y su cuerpo entero lucía con músculos ondulantes. Estaba enormemente dotado. Sus ojos se ensancharon, pero ella simplemente permaneció allí.

Ahora sus intentos por respirar fallaron por completo, pero no era por el deseo. Las lágrimas manaban de sus ojos. Bella se las enjugó, pensando en la sangre y los demonios y los Maestros y Edward, todo a la vez. La doncella murió mientras obtenía su placer de mí.

Bella se tragó el impulso de vomitar. No. Edward era humano y bueno y no había cometido un crimen por placer. Esa mujer había muerto porque había tenido demasiado sexo ardiente. De acuerdo a Edward, eran los demonios infrahumanos con súper poderes los que succionaban la vida de sus víctimas.

—Muchacha.

Lentamente levantó la vista, consciente que había alcanzado su límite emocional.

—Los postigos se abrieron —susurró.

—Fue el viento. No hay mal aquí. Las paredes fueron consagradas con agua bendita antes de que tomáramos nuestra cena. —Se había envuelto un grueso lienzo alrededor de la cintura como si fuera una toalla, pero igual se abultaba.

Bella se estremeció.

—Los Deamhanain no entran en lugares sagrados, muchacha —añadió suavemente, pero no deslizó las manos a su alrededor. Ella deseaba estar en su gran, fuerte y muy seguro abrazo.

Se abrazó a sí misma.

— ¿Cómo puedes estar excitado en un momento como éste? —susurró.

—Tú siempre me excitas —murmuró—. Ven aquí. —Y tiró de ella para envolverla con sus brazos.

Bella se encontró con el rostro presionado contra el fuerte hueco que se formaba entre su cálido cuello y su hombro, las manos apoyadas sobre el amplio pecho, sobre su fuerte y retumbante corazón. Ignoró el poderoso órgano que palpitaba entre ellos.

—No lo creo —insistió desesperadamente—. Nada de ello. Pero lo que sí sé es que eres bueno.

Su abrazo se hizo más fuerte y le acarició el cabello que fluía por su espalda.

—Tú recamara es segura, Bella. Pero entiendo que no quieras dormir sola. Puedes quedarte en mi cama. Te cuidaré durante esta noche.

Bella se rió histéricamente. ¿Eso venía de un machista medieval?

—Gracias.

— ¿Por qué no duermes ahora? —sonrió—. Me sentaré junto al fuego.

— ¡No puedo dormir! —gritó, mirándolo. Y odió la mirada de preocupación teñida de lástima que vio en sus ojos. Le golpeó con el puño la dureza de sus músculos pectorales—. Aro no es el hijo de Satán. No puede serlo.

Sus brazos la apretaron y la acercó más. Bella creyó sentir la boca de él contra su cabello.

—Discutiremos esos asuntos mañana.

—No pueden existir los demonios, Edward —susurró contra su pecho, sintiéndolo profundamente—. Existe la maldad... pero es humana.

Le volvió a acariciar el cabello, permaneciendo callado.

Entonces Bella comenzó a llorar realmente. Había trabajado tan duro para racionalizar la aterradora epidemia de crímenes por placer... como lo había hecho cada persona inteligente que conocía. Todo el mundo sabía que la vida en la ciudad era peligrosa, pero era explicable. El crimen era el resultado de la pobreza, de los hogares destrozados, de las drogas y de una cultura de violencia, y mientras que algunos lunáticos estaban libres por ahí, cometiendo asesinatos y sembrando el caos, saboreando cada acto sexual violento, acaecía en una base casual. Aunque la sociedad era mala, decadente y caótica, los locos eran una pequeña minoría, y eran humanos. Por lo que siempre había esperanzas.

Ahora Bella no sabía que pensar.

1 En francés en el original.