Capítulo 8

A la mañana siguiente, Bella esperaba para montar su yegua, temblando. Una docena de hombres también se estaban preparando para montar, las puertas de la guardia habían sido abiertas y el rastrillo levantado. A través de ellas, podía ver la sombra del puente levadizo cuando fue bajado. Volvió la vista e instantáneamente encontró a Edward.

Aún tenía que montar y estaba hablando con Seamus por la entrada del castillo interior, el corazón de Bella dio un vuelco, fuerte.

Había tenido una de las peores noches de su vida. Apenas durmió, volviéndose y revolviéndose, la mente volando, pero cada vez que habría los ojos, había visto a Edward sentado junto al fuego, despierto y vigilante. La había vigilado toda la noche.

Antes de la terrible declaración de Edward la noche anterior, había estado empeñada en ir a Iona donde podría ver el santuario y con suerte el Cathach, también. ¿Pero cómo podía estar entusiasta ahora, cuando su mundo se estaba desarmando a la velocidad de la luz?

Aro es el señor de la oscuridad

Su creación es el Deamhanain.

Bella había pasado toda la noche convenciéndose de que el mal era humano. De que los demonios y el diablo no existían. Pero había sido imposible convencerse de que estaba en lo correcto y Edward equivocado.

¿Y si todo en lo que Edward creía era verdad?

Bella no quería seguir ese camino, ni hoy, ni nunca. Pero eso era lo que los sabios se preguntaban, ¿y si? Miró fijamente a Edward. Lucía exactamente como un hombre dedicado a vencer el mal debía lucir. Tenía el carisma de un líder, el poder de un guerrero, y era tan malditamente hermoso. Se veía como si descendiera de los dioses.

Edward se volvió. La mirada era preocupada como había sido anoche, pero no quería su amabilidad o su preocupación. Estaba muy avergonzada por el histérico y cobarde comportamiento. No iba a suceder nuevamente, no importa lo que pasara. El pánico y el miedo no iban a resolver nada. Y ya sabía que cosas malas salían en la noche.

Bella pensó en Amy, quién estaría enferma de preocupación por ella. ¿Cuántas veces Amy hizo hincapié en cómo era los malvados criminales hoy en día? Dios. ¿Sabría algo? ¿Cómo podría no hacerlo, cuando su esposo estaba en el gobierno, aún si era en antiterrorismo? Debía tener información interna; todos los policías hablaban, incluyendo los federales.

Si el mundo era como Edward declaraba, entonces el mal estaba deliberadamente y decididamente asaltando a víctimas inocentes, buscando destrucción y muerte.

Si Edward estaba en lo correcto, el mal tenía una terrorífica nueva cara.

Edward se acercó, los hombres ahora montados. Le sonrió, pero la gris mirada estaba buscando.

—No dormiste bien.

No fue una pregunta.

—Tampoco tú. —Bella notó que no parecía cansado. No se sorprendería si podía estar días sin dormir y permanecer sin que le afectara.

—Es un corto viaje a Iona —dijo—. Puedes descansar allí.

Descansar no estaba en su mente.

—Siento lo de anoche —dijo Bella de modo cortante—. No volverá a pasar.

Se encogió de hombros.

—Eres mujer, muchacha. Necesitas un hombre que te proteja.

Bella sonrió torvamente. No quería pelear con él. La pelea la había dejado fuera de combate anoche.

Un momento después, estaba montada a su lado y cabalgaban a través del portón, el rastrillo cayendo detrás de ellos. Cruzaron el puente levadizo. Al momento en que el último jinete despejó el puente, Bella escuchó como era levantado. El camino para bajar a la playa era tan pronunciado como recordaba, bosques se encumbraban a la derecha, el acantilado a su izquierda. Y entonces la temperatura bajó.

Inmediatamente, debajo de los casco de los caballos, en un único latido del corazón, la tierra se puso blanca con escarcha.

Las hojas y el cardo a los lados del camino se habían vuelto blancos también, y su respiración se convertía en vapor en el aire.

Y Bella lo supo.

También Edward. Gritó una orden en gaélico. Miró fijamente a Bella.

— ¡Mantente atrás!

Antes de que Bella pudiera decir algo o protestar, iba a la carga, galopando por el camino con sus hombres, y un guerrero agarrando las riendas del caballo de ella. Trató de retomar las riendas, porque todo lo que comprendía era que el mal los estaba cazando y Edward no iba a enfrentarlo solo.

—Vamos —gritó.

El hombre era joven, enorme e irritado. Intentó cogerla y Bella le colocó el Taser en el brazo. Él colapsó.

Aferró las riendas y pateó al caballo tan fuerte como pudo, galopando apresurada por el camino, sujetando la silla de montar, determinada a no caerse. El grito de guerra de Edward se oyó con espeluznante intensidad. El corazón se le desbocó. Rodeó una curva y vio a los hombres de Edward batiendo furiosamente a sus atacantes. De inmediato, sangrientos cuerpos ensuciaban el camino. Lo vio volver a la carga, encontrando a un cruel asaltante con el escudo. Un momento después el atacante yacía en el suelo, la cabeza primero. Y tan pronto como había comenzado, la batalla terminó.

Tiró de las riendas. Cinco hombres con armadura yacían en el suelo. Un enorme alivio llegó.

La yegua se detuvo, levantando la cabeza en protesta. Bella no quería acercarse, no todavía. Quería ver qué iba a hacer Edward ahora, porque habían tomado tres prisioneros.

Edward desmontó y se quitó el escudo. Las espadas envainadas, se acercó a los tres prisioneros, quienes eran sostenidos por sus hombres. Bella se tensó, insegura. Tenía un muy mal presentimiento. La expresión de Edward nunca había sido tan cruel.

Edward se detuvo ante el trío. Lo vio mirar a uno de los hombres, desechándolo mentalmente, luego miro a otro y finalmente encaró al tercero. Una terrible luz titilaba en los ojos.

El tercer hombre, uno alto, un gigante de piel blanca con cabello rubio, pálido como si estuviese sufriendo.

Edward dijo algo en gaélico. Bela supo que estaba demandando respuestas.

El otro hombre le dio la más malvada sonrisa que Bella nunca había visto y se le revolvió el estómago con horror.

Edward habló de nuevo.

El gigante le devolvía fríamente la mirada. Edward no movió ni un músculo. Ancló al gigante con la mirada y el hombre cayó de rodillas, como si fuera empujado. Pero Edward no lo había tocado, y sus hombres estaban de pie detrás del prisionero para prevenir que escapase.

La piel de Bella se erizó. ¿Qué estaba pasando? Él parecía sufrir algún dolor. La mirada de Edward quemaba y el prisionero cayó abruptamente de espaldas, como si algo lo hubiese arrojado con gran fuerza.

Edward presionó la bota en la garganta del hombre.

Bella se tragó un grito.

Y ahora, a pesar de que Edward habló en gaélico, Bella entendió.

¿Aro neo Angela?

¿Aro o Angela? Quería saber quién los envió.

El gigante rió burlonamente.

Edward sonrió con tal amenaza que Bella se paralizó y entonces, silenciosamente, comenzó a rogar que parara, pero no lo hizo. Un horrible crujido sonó cuando pisó más fuerte la garganta del hombre. Bella gritó.

Pero el gigante, con el cuello ahora vuelto en un ángulo imposible, habló. En francés, dijo:

—Tú señor me envió y mandará a otros. No hay lugar donde esconderla —gruñó, muy parecido a un animal, salivando por la boca.

Bella no podía respirar. El corazón le latía con dolorosa velocidad.

Edward apartó la bota de la nuca del hombre. Una horrible expresión se le formó en la cara y la mirada nunca vaciló.

—Para, Edward —gritó Bella instintivamente, pero fue demasiado tarde. El gruñido del gigante se había detenido. La cara era una rígida mascara, los ojos abiertos y sin vida ahora.

Absolutamente estupefacta, Bella se deslizó de la yegua, caminó hacia los árboles y se arrodilló. Cuando trató de vomitar, oyó a Edward dando órdenes y a los hombres montando. ¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho? Entonces lo oyó pararse detrás de ella.

—Deberías quedarte atrás.

No podía vomitar, se dio cuenta. Se volvió. Le ofrecía la mano, la expresión ya no era absolutamente cruel, solo áspera y sombría. La rechazó, tambaleándose.

— ¿Qué hiciste?

La miró fijamente, los ojos resplandecían.

—Juré combatir el mal. Era un deamhan. No podemos permitir que un Deamhanain viva. Te hubiese matado en el momento en que me hubiese vuelto.

Ella jadeó.

—No murió por el cuello quebrado.

—No.

Oh, Dios, pensó.

— ¿Qué hiciste? ¿Absorberle la vida?

Edward se giró, luego volvió.

—Necesitamos cabalgar. —Ahora estaba enojado.

Bella lo había visto con sus propios ojos.

—Lo mataste usando algún tipo de poder hipnótico, ¿verdad?

No le respondió y eso fue respuesta suficiente.

— ¿Qué eres? —gritó.

Iona estaba a sólo una cuantas millas y era extenso, con suaves, lujuriosas colinas verdes salpicadas de ovejas y nacaradas playas. Mientras se aproximaban en la galera, Bella se acurrucó en su capa, helada hasta los huesos.

Edward había matado a esa criatura con la mirada.

Tenía poderes sobrehumanos, también.

¿Qué había hecho?

Echó una mirada donde estaba Edward de pie en el arco de la galera. Anoche había pasado toda el tiempo asegurándose de que estuviera a salvo. Había hecho mucho más que confortarla al protegerla de los seres malvados.

Pero el mal estaba ahí afuera. Esa criatura no había sido humana.

Bella cerró los ojos. No estaba lista para usar la palabra demonio, ni siquiera en sus propios pensamientos.

Y entonces lo sintió de pie ante ella. Levantó la mirada. La observaba con esa mirada de preocupación que se estaba volviendo tan familiar.

—Siento que presenciarais lo que visteis —dijo torvamente.

—Dímelo a mí —susurró.

—Está prohibido.

— ¡Me habías dicho todo lo demás!

Vaciló y se dio cuenta de que estaba realmente inseguro.

— ¿A quién se lo voy a decir? ¿Al Papa?

—No es divertido que bromees de esa manera. —Fue rudo.

Bella se recordó a si misma que en este tiempo, la herejía era la más seria ofensa en la cristiandad, más que la brujería. Cualquier sacerdote católico que hubiese sido testigo de lo que había visto podría creer que Edward era ambas cosas. Hereje y brujo. Sería enjuiciado sin compasión. Si era afortunado, el castigo podría ser la excomunión y el exilio.

—Estoy tratando —dijo, despacio— de tener amplitud de miras. Y quizás pueda mantenerme cuerda, sólo si me dices lo que necesito saber.

Se sentó junto a ella en el banco. Con voz baja, dijo ásperamente:

—El Deamhanain no es el único descendiente de la diosa Faola. Cada Maestro puede reclamar su sangre.

Le salió un sonido, casi una risa. Él también era descendiente de antiguos dioses. Bella que lo era. ¿Cómo pudo haber pensado lo contrario? Se tocó las mejillas, las cuales estaban calientes. ¡Una crisis nerviosa no iba a ayudarla ahora!

Mirando fijamente el arco, dijo ásperamente:

—El mal nació con Adán y Eva, como sabes. Hace tiempo, los Antiguos vieron la necesidad de una raza de guerreros que combatieran el mal, Bella. Faola fue enviada a muchos reyes.

Bella se sofocó de conmoción y miedo. La determinación de descartar las creencias se estaba volviendo terriblemente frágil.

Lo miró, tratando de pensar claramente. Edward tenía poderes que se estaban volviendo cada vez más difícil de racionalizar. Y era bueno.

—Entonces eres mitad dios y mitad humano.

—No. Hay tres generaciones entre Faola y yo, por lo menos. Sería su bisnieto.

Parecía creer que era el bisnieto de una diosa, se dijo Bella, pero eso no lo hacía verdad. Quizás había una explicación racional por ahí, en algún lugar.

— ¿Succionaste la vida de esa cosa de la manera en que el Deamhanain lo hizo?

Se puso de pie.

— ¿No puede un dios quitar vida y darla? Un Maestro puede tomar una vida, muchacha. Y algunos, unos pocos, pueden darla, también.

— ¡Genial¡ ¿Puedes dar vida, también? —gritó, tiritando completamente de nuevo.

—No. No puedo curar. Pero todos los Maestros tienen el poder de quitar la vida. De otro modo, no somos elegidos.

Desafortunadamente, finalmente tenía sentido. El poder de la vida y la muerte era el mayor poder de todos, un poder perteneciente a Dios o los dioses. Esta raza de guerreros, si eran elegidos por los dioses para pelear contra el mal, obviamente deberían tener también tal poder.

Una extraña calma llegó. ¿No era mejor que los Maestros tuviesen la misma sangre inmortal en sus venas que los demonios?

Respiró fuerte y se mordió el labio.

—Esa... cosa era un demonio. Le rompiste el cuello.

—Sí. El Deamhanain no siente dolor de la manera en que lo hacemos nosotros.

Bella le buscó la mirada.

—No sientes dolor de la misma manera que nosotros, tampoco, ¿verdad?

—Soy fuerte. —Le sostuvo la mirada, interrogándola.

Bella sabía qué estaba preguntando. Quería saber cómo se sentía respecto a él ahora. No tenía esa respuesta.

— ¿Por qué dejaste a los otros dos demonios con vida? ¿Por qué están en esta galera? —estaban de pie frente a la proa, atados.

—Son humanos, Bella, están poseídos. Los monjes tienen hechizos y quizás puedan liberarlos.

Lo miró fijamente.

— ¿Te refieres a que los monjes tratarán de exorcizarlos?

Asintió. Luego, vacilantemente, le sonrió.

—Necesito ayudar al hombre.

Bella vio que eran empujados hacia un par de maderos del muelle. No pudo sonreírle de vuelta.

Cuando Edward saltó de la galera al primer madero, otros dos highlanders saltaron, también. Cuerdas eran lanzadas a los pilotes, los otros cuatro hombres permanecieron en los remos. Bella finalmente prestó atención a Iona. Había venido en trasbordador la última vez, por lo que su posición de ventaja era la misma. Por otro lado, nada era lo mismo en absoluto.

Dos amurallados cercos eran visibles, y sabía que eran antiguos, un monasterio fortificado y la abadía medieval. Ambas eran ruinas en el presente, y una renovada catedral existía en su lugar. La famosa cruz céltica que estaba de pie en la actual catedral no estaba. La abadía no estaba lejos del muelle, claramente recién construida. El monasterio estaba avanzando por el camino y construido en piedra pálida.

La galera se sumergió cuando Edward saltó de nuevo dentro. Regresó con Bella y le sostuvo las manos.

—Muchacha.

Bella encontró su penetrante mirada, deseando poder mantener su mundo en su sitio.

—Pienso que te creo —dijo rudamente—. No quiero, pero creo que lo hago.

—Es mejor si lo haces.

Bella lo miró fijamente, él la contemplaba serenamente. Y se preguntó dónde los dejaba eso...

Bella se interesó en lo que la rodeaba cuando esperaban a que los portones de madera del monasterio se abrieran. Estaba por entrar en un intacto y operativo monasterio del siglo XV. Aquí, podría haber respuestas de un abate llamado Carlisle. Las guías había dicho que el monasterio había sido construido siglos antes que la abadía, también que los edificios originales, hechos de madera, pudieron haber sido construidos por Santa Columba en el siglo VI. Ningún edificio de madera quedaba ahora, vio, mirando sobre el muro del monasterio. Los muros eran demasiado bajos para ser reconfortantes. Podían ser fácilmente escalados.

Muchas casa religiosas habían sido fortificadas en este período, pero no está. No había muros altos y almenados, ni torres defensivas, sin caseta de guarda, sin foso o fortificación frente a los muros.

— Edward, esta es una puerta muy frágil.

—Ningún Deamhanain entra a un recinto sagrado, Claire —dijo.

— ¿Por qué no?

—Pierden sus poderes y podemos destruirlos fácilmente.

Gracias a Dios por sus pequeños favores, pensó. Bella oyó un cerrojo ser liberado y la pesada puerta se abrió.

Bella precedió a Edward al entrar, mirando con curiosidad alrededor. El monasterio era una pequeña villa, realmente, con un dormitorio y un refectorio donde los monjes dormían y comían, cocinas, cervecerías, una iglesia y muchos otros edificios, así como jardines y huertos.

Entonces miró al hombre que los había admitido y el corazón casi se le detuvo.

Era como estar mirando a Matthew McConaughey interpretando el papel de un guerrero highlander medieval. Estaba vestido casi idénticamente a Edward, excepto que la capa era verde y negra, apenas listada con blanco y dorado. Era alto y poderosamente constituido con cabello dorado oscuro, abultando bíceps y cuadriceps, y llevaba brazaletes de oro en ambos brazos. Rápidamente corrigió su opinión... se veía como una versión más grande, fuerte y sexy de Matthew McConaughey.

La muy verde, muy intensa mirada la recorrió desde la cabeza hasta los pies y entonces sonrió ligeramente a Edward. Fue todo lo que necesitaron sus hoyuelos para mostrarse.

—Has roto muchas reglas, Edward.

Edward no le sonrió de vuelta.

—Esta es lady Bella —dijo—. Sé que nos has visto en nuestro viaje.

Este no podía ser el abad, pensó Bella, tratando de no echarle un ojo a los muslos y brazos. Los abades eran bajitos, gordos y viejos. Los abades eran calvos.

—Os estaba esperando —dijo Matthew directamente. Su mirada se deslizó sensualmente por Bella nuevamente. Una ligera sonrisa comenzó—. Bienvenida, lady Swan.

Bella se tensó. Edward no le había dicho su apellido.

—Carlisle, muchacha —dijo Edward con sequedad—. ¿Carlisle? No me importa lo grandes que sean tus poderes, mantén los ojos donde pertenecen, en la cabeza sobre los hombros.

Carlisle sonrió, divertido.

—No persigo a tu Inocente, Edward. Tú sólo puedes hacerlo. Supe que veníais, y los Antiguos lo permitieron. —Le echó otra demasiado seductora, demasiado indolente sonrisa a Bella, e inmediatamente decidió que él disfrutaba mucho de su evidente sensualidad masculina.

— ¿Me esperas a mí, o a Edward? —preguntó, temblando.

—A ambos —dijo, haciendo un gesto para que comenzaran a caminar por la vereda.

A Bella no le gustaban los juegos, especialmente no ahora.

— ¿Quieres decir que a los Antiguos no le importa que este aquí? — ¿Qué querrían los antiguos dioses con ella? ¡Si eran dioses antiguos!

—Sí, muchacha. Extraño tal vez, a los Antiguos no les importa vuestra presencia en la Hermandad.

Antes de poder responder, se sobresaltó, mirando detrás de ambos hombres. Un par de tíos buenos, enormes y armados estaban saliendo del edificio de al lado.

El hombre pelirrojo estaba vestido como un highlander con capa y túnica, el otro, un hombre moreno de cabello oscuro, como un inglés con camisa negra, botas hasta las rodillas, enjoyadas espuelas, y un jubón con una chaqueta corta color borgoña, que apenas le cubría la parte superior de las caderas. Bella lo había leído todo acerca de las coquilleras1 pero nunca había visto una —y nunca esperó ver una envolviendo metro noventa de virilidad.

Miró fijamente la abultada bolsa de tela prendida a la parte delantera de sus calzas, y supo que se había ruborizado. Se volvió, pero no antes de que el inglés de enviara una incitante sonrisa. Esa vestimenta era chocante e indecente en un hombre constituido así. ¡Las mujeres de su tiempo se abrían vuelto locas por eso y por él, por todos ellos!

— ¿Ahora te gusta el inglés? —preguntó Edward peligrosamente.

¿Estaba celoso? Le lanzó una rápida mirada y vio que estaba irritado. Todavía estaba demasiado perturbada por lo sucedido esa mañana para estar incluso ligeramente complacida.

— ¿Esto es un monasterio? —estaba completamente incrédula.

Excepto que ahora, las campanas de la capilla estaban sonando y vio monjes reales dejando el comedor —hombres normales con túnicas, algunos delgados, algunos gordos— todos en completo silencio mientras cruzaban hacia la iglesia. Y luego otro precioso gigante, también vestido como un inglés, apareció de un pequeño edificio y cruzó hacia los jardines detrás de la iglesia. Y luego vio varios otros highlanders viniendo hacia ellos desde otro edificio, todos enormes, poderosos y malditamente hermosos. Había tanta testosterona en el aire que estaba mareada. Miró fijamente lejos del trío, con el corazón a toda velocidad. Edward le lanzó una oscura mirada.

Encontró su mirada, pensando que estaba indudablemente rodeada por los más hermosos, sexys, viriles hombres en la historia del mundo, pero ninguno de ellos se comparaba con Edward de Masen.

—Queda una pequeña capilla para monjes —dijo Carlisle, bajando las increíblemente pobladas pestañas— para mantener el suelo santo. El monasterio se convirtió en nuestro santuario hace mucho. La mayoría de los monjes se han ido a sus claustros. Este es un refugio seguro para nosotros, cuando decidimos venir. —Repentinamente sonrió, formando profundos hoyuelos, la miró directamente—. Y a veces están sometidos a las órdenes que les doy.

Tragó y miró a Edward, quien estaba realmente enojado con su amigo. Carlisle estaba luciéndose, dejando que supiera quien era el jefe realmente ahí.

—Necesito la verdad —dijo, consiente de la desesperación en su voz.

La mirada se volvió lentamente hacia su boca.

—Tenéis muchas preguntas —exclamo suavemente—. Edward os ha dicho la verdad. Eso da vueltas en vuestra cabeza, como un trompo.

— ¿Realmente es el tataranieto de una diosa? —gritó.

—Sí.

Bella miró fijamente al moreno highlander. Le sonreía. Luego dijo suavemente, nunca apartando la vista de ella,

— Edward, muchacho, quisiera unos minutos a solas con la muchacha.

Edward se volvió hacia Bella. Ella no vaciló.

—Por favor.

Asintió torvamente y se fue.

Se quedó a solas con el pseudo monje.

—Entonces todo esto es real. Este es un mundo del bien y el mal, demonios y Maestros. Los demonios tienen superpoderes, y también vosotros. Ambos sois descendientes de antiguos dioses. Edward es descendiente de esa diosa, Faola. Y esta es una Hermandad secreta.

—Sí.

Bella lo miró fijamente, finalmente aceptando la realidad —o la peor de las pesadillas. Él miró hacia otro lado, paciente pero atento. Era tan difícil predisponer la mente al hecho de que Edward era el tataranieto de una deidad. Finalmente dijo, con temor:

— ¿Es inmortal?

Carlisle sonrió.

—Ninguno de nosotros es inmortal, muchacha. Brogan Mor murió en batalla por heridas mortales. Tenía doscientos cincuenta y dos años.

Bella casi lo había olvidado.

— ¿Edward puede morir en batalla? ¿De la misma forma que su padre? —ese pensamiento la perturbó incluso más.

Bella tenía que saber.

— ¿Y si no es herido, cuanto tiempo vivirá? ¿Doscientos años? ¿Quinientos años?

—No lo sé.

— ¡Adivina! —gritó, temblando.

Carlisle se puso formal.

—Creo que pueden ser cientos de años. —La expresión era indagatoria ahora, como si quisiera entender la confusión en su corazón.

Bella volvió la mirada hacia Edward. Quería que tuviera una vida larga, pero esto era demasiado para soportar. Cuando ella muriera a los noventa o cerca, él no iba a enterarse —o incluso importarle.

Me importará

La voz de Edward sonó fuerte y clara en su mente, aunque estaba parado tan lejos que no podría oírle si hablara.

—Esto es realmente difícil —se escuchó decir. Forzó una sonrisa que le pareció fantasmal a Carlisle—. Me pregunto si despertaré mañana en mi cama en Nueva York, en un mundo cuerdo lleno de criminales que son sociópatas y pervertidos, nada más.

Bella pensó en Angela y el demonio en el camino a Masen. Tembló.

—Tengo una pregunta importante. ¿Por qué no han traído toda clase de invenciones modernas a este tiempo? ¿Por qué pelean con espadas y no pistolas? En todo caso ¿Por qué no sólo se chupan la vida el uno al otro?

Le brilló una sonrisa.

—Puedo tomar vuestra vida, pero no la de un poderoso deamhan; usaría su gran poder para combatir el mío. Pero si lo hiero bastante, puedo quitarle la vida fácilmente, porque estaría demasiado débil para detenerme.

Desafortunadamente, eso tuvo sentido.

—Requiere un gran esfuerzo tomar una vida, muchacha. A menudo es más fácil cortar la cabeza de un hombre con la espada. Además —agregó— somos highlanders. Aun cuando podemos viajar a tú tiempo, vivimos aquí.

— ¿Qué hay del resto?

Se volvió serio.

—Hay muchas reglas, Bella. Cuando hacemos nuestros votos, juramos obedecer el Código. Existe debate acerca de algunas cosas, pero ciertas reglas están claras. Un Maestro no debe cambiar la historia. Un Maestro no debe corromper a la gente del presente. Un Maestro no debe desafiar al destino. Trayendo tus armas aquí haríamos todo eso.

— ¿Y los demonios? Seguramente esos idiotas viajeros del tiempo han traído armas y gas.

—Los destruimos cuando llegan, tanto si traen el futuro con ellos, como si no. Cuando lo hacen, destruimos sus armas —agregó suavemente—. Los Deamhanain no obtienen placer usando veneno, gas o armas. Toman placer de la tortura y el dolor inflingido con sus propias manos, con violaciones o asesinatos de vida inocente.

—Entendido —suspiró Bella. Se volvió, sintiéndose mal del estómago. ¿Eso era lo que Angela quería para ella? ¿Tortura, violación y luego la muerte?

Se tocó la garganta y caminó hacia un par de abetos, deteniéndose en la sombra. Tragó aire. Su mente estaba lista para apagarse.

— ¿Qué otros poderes tienen los demonios? ¿Qué es lo peor que pueden hacer?

¿Qué es lo peor que Angela puede hacer?

La mirada de Carlisle se oscureció.

—Si hay un poder, hay un demonio, que de alguna manera lo tiene —la boca volvió a endurecérsele—. Pero hay un Maestro, que de alguna manera, también, lo tiene.

Fue barrida por desagradables escalofríos.

—Genial. Otra cosa, por la que preocuparse. Demonios invencibles. —Bella se sentó en una pequeña banqueta elegantemente tallada.

—Solo os digo, que hay un Maestro para vencerlo —continuó, revelando que le había leído la mente—. Angela le ha entregado grandes poderes al mal. Realmente disfruta con la tortura, tomando vida.

Lo miró desagradablemente.

—Suerte la mía.

—Tenéis a Edward para protegeros. No fallará, muchacha.

Ella comenzó a temblar.

— ¿Por qué? ¿Por qué estoy aquí, Carlisle? ¡Pequeña vieja humana, estudiosa, cobarde Bella!

—Habéis anhelado estar aquí durante años —contestó—. Habéis deseado conocer a Edward. ¿De qué os quejáis?

— ¡Esa no es una respuesta! —gritó—. ¿Y cómo sabes eso? ¿Por qué lo estaba esperando? Demonios, ¿qué quieren los Antiguos de mí? —y se dio cuenta de que consideraba el viaje en el tiempo su destino.

—Tengo el don de ver a través del tiempo, pero no sé qué quieren los Antiguos de vos. No me permiten verlo. —La miró fijamente—. Mi sugerencia es esta. No peleéis con el destino.

Lo miró fijamente.

— ¿Es Edward mi destino?

—No puedo responderos eso.

— ¡Sí claro! —gritó, con los puños apretados—. ¿No puedes o no quieres?

Se le endureció la cara, y en ese instante, no había nada agradable o reconfortante en él.

—No lo haré.

Bella retrocedió. Él podía ser amable, incluso coqueto, pero ahora, no había duda de que era un poderoso, autoritario hombre. Como Edward, era un laird de las Highlands y en Iona, era virtualmente un rey.

—Entiendo —dijo.

Se le relajó la cara ligeramente.

Bella se mordió el labio. Quería saber si podría regresar a casa y si Amy, John y sus hijos vivirían vidas largas, saludables.

—Volveréis, muchacha —dijo suavemente—. Se me permite deciros solo eso.

Bella esperaba estar emocionada. Pero en lugar de eso, estaba desanimada. La vista le vagó a través del jardín hacia Edward, cuya mirada estaba fija sobre ellos. El corazón le martilleó. Algún día, lo dejaría.

Ella tragó.

—Por favor ¿puedes decirme acerca de mi familia?

—Si os digo que vuestra prima no os necesita, ¿me creeréis?

Bella vaciló. ¿Podía realmente confiar en la interpretación de este hombre acerca del futuro cuando se trataba de Amy y los niños? Se percató entonces que Amy debió haberle dicho todo. Debía saber que el mal no era tan al azar como parecía, pero ella no podía saber acerca de demonios inhumanos, ¿verdad?

¿O podía?

Si la guerra entre el bien y el mal ha existido desde el principio de los tiempos, si cultos existían; como esta Hermandad para combatirla; si ella, Bella Swan, había descubierto la verdad; entonces demonios, otros tenía que saberlo, también.

— ¿Cuándo me preguntaréis lo que realmente queréis? —dijo Carlisle suavemente.

Bella se puso rígida y la mirada voló hacia la de él. Luego miró a Edward. De repente, sintió como si Edward estuviera escuchando cada palabra, pero eso era imposible. Sin embargo, estaba segura de que le escuchaba cada pensamiento.

Pero no podía evitar el tema que más miedo le daba. Era difícil decir las palabras porque temía la respuesta de Carlisle. Su voz fue ronca cuando habló:

—Supuestamente es un protector del Inocente, pero mató a una mujer inocente durante el sexo. ¿Fue un accidente?

—Sí.

—Entonces explícame —gritó suavemente—. ¡Porque suena como un crimen por placer!

—Fue seducido hacia el crimen por Aro.

Bella sintió como si toda la sangre se le fuera de la cara.

—El mal siempre caza a los jóvenes Maestros, esos quienes no conocen sus poderes muy bien. Aro quería que Edward sintiera placer con la muerte y luego quiso que sintiera ese placer de nuevo. Deseaba que Edward se volviera un demonio, Bella.

—Oh, por Dios —susurró Bella—. Quería el alma de Edward.

—Sí. Aro llevó por engaños a Edward a Urquhart, peleó con él y lo dejó muriendo. Luego le envió una hermosa doncella para tentarlo hacia el mal.

La mente de Bella estaba confundida.

—No entiendo.

Estaba serio de nuevo.

—Los Antiguos nos dieron el poder de tomar la vida de otros, no solo para destruir el mal si no para ensalzar nuestros poderes y salvarnos de la mortalidad. Se supone que debemos vivir, Bella, porque somos la salvación de la humanidad. Edward estaba muriendo. Tomó vida de la mujer para sanarse, como debía. Pero no se dio cuenta que tomaba todo lo que tenía hasta que fue demasiado tarde, y ella yacía muerta.

Bella se levantó, en parte horrorizada y en parte fascinada.

—Puedo entender eso, excepto que estaban teniendo sexo, Carlisle.

—Ah, muchachita, bueno, el poder es el placer máximo. El poder pone a los hombres calientes —dijo suavemente— y no hay mayor éxtasis que teniendo más poder bombeando en las venas.

Bella tuvo de inmediato una muy gráfica imagen dentro de la mente. ¿Tomar poder inspiraba sexualmente? ¿Tomar poder y la fuerza de la vida hacía a un hombre querer sexo? ¿Era orgásmico?

—Sí —murmuró, y sonrió.

El tono se le había vuelto tan seductor que instantáneamente supo que había tomado poder durante el sexo. Miró de esos ojos verde ahumados hacia Edward. Estaba ahora caminando con largas zancadas, aparentemente furioso.

Carlisle dijo, con la mirada centelleando:

—Cuando tenéis sexo con Le Puissance, hay incluso mayor éxtasis.

Cuando sonrió, pareciendo mucho a un niño travieso, Bella supo que había querido ponerla caliente. Y había funcionado. A consecuencia de la horrenda conversación que había tenido, cada pulgada de ella estaba inflamada.

Caminó lejos de él, demasiado aturdida para estar enojada con semejante broma. De alguna manera, esto también tenía sentido, porque desde el principio de los tiempos, el poder era tan afrodisíaco como bello, si no más.

Se dio la vuelta con una repentina certeza.

—Las mujeres, las víctimas, también lo sienten ¿verdad?

Carlisle asintió.

—Como vuestra telepatía, muchachita. Lo que siente el hombre, la mujer lo hace, y viceversa.

Edward le aferró el brazo.

—Ha tenido suficientes palabras contigo —le dijo a Carlisle furiosamente—. Pero tendré algunas palabras contigo yo mismo.

Carlisle se encogió de hombros.

—Eres muy afortunado Edward. Y soy un hombre tanto como un Maestro. No puedo ayudar pero sí puedo admirar tanta belleza y quererla para mí.

Edward estaba listo para explotar y Bella lo sabía. Pero antes de que pudiera calmarlo, Carlisle dijo:

—Nunca te traicionaría, muchacho. —Se encogió de hombros como si no hubiese hecho nada malo y se alejó.

Edward tiró de Bella, arrastrándola a un lado. Bella en cambio se volvió en sus brazos. Los ojos de él estaban dilatados, y entonces la agarró por los hombros. Bella se acercó, sabiendo que encontraría. Una enorme erección golpeándole la cadera.

— ¿Eso fue lo que pasó? —susurró.

—Sí —le sostuvo la mirada a tientas.

—Pero estabas herido... muriendo. Conmigo, estás bien. ¿Por qué piensas que perderás el control? —gritó, tocándole las mejillas.

—Porque conozco Le Puissance. Cualquier hombre que lo haya hecho querrá ese éxtasis de nuevo. Cuando esté contigo, muchacha, tendré la necesidad de tomar un bocado, un bocado, de tu poder.

Bella miró fijamente dentro de sus enfebrecidos ojos, consiente de su deseo, de que debería tener miedo, estaba teniendo el efecto contrario. El corazón le latía demasiado rápido ahora.

—Confío en ti —dijo, y por Dios, lo hacía.

En respuesta a lo que él estaba diciendo, se apretó más en su abrazo, descansando la mejilla en su pecho, escuchando su retumbante corazón. El cuerpo le palpitaba contra el de él. Las manos de Edward se movieron sobre su espalda.

—Maldito Carlisle por ponerte tan caliente.

—Tú me haces estar caliente —se las arregló para decir. Miró hacia arriba—. Confío en ti. Estoy segura de que podemos hacer el amor sin recurrir al... —dudó— Le Puissance.

Y en el momento en ella habló, sintió que el cuerpo de él se sacudió y se hinchó imposiblemente.

—No.

— ¡Edward!

— ¿No podéis entender? Aro quiere que tome placer de la muerte. Me quiere lujurioso por Le Puissance.

Bella miró más allá. El temor surgió, y con él, alarma.

—Lo quieres de nuevo —dijo con voz poco clara—. Lo quieres de mí.

—Sí —dijo quedamente—. Eres mi prueba, Bella.

1 En esa época los hombres se vestían con calzas muy ajustadas en las piernas y sueltas en la parte de la entrepierna, muchas veces dejando los genitales colgando al aire libre debajo de las chaquetas, cuando la moda cambió y las chaquetas se hicieron más cortas… se inventaron los codpieces estos para cubrir los genitales. Al principio confeccionados para conservar el pudor y luego para alardear.