—Mi Señor —dijo su mayordomo con cautela, pero sus ojos estaban llenos de miedo—, el conde de Aro está en la planta baja y ha requerido vuestra presencia
Emmett ya sabía que el señor de la oscuridad estaba en su castillo. Había sentido la oscura y escalofriante presencia mientras estaba profundamente enterrado dentro de la mujer que había sido su más reciente amante. La miró con pesar. Yacía bajo una colcha, largos y rubios rizos derramándose hasta sus desnudos hombros, más allá de cualquier duda la mujer más hermosa de toda Escocia. Su belleza era impresionante, y ahora era suya. Cuando se trataba de belleza, él nunca se negaba nada... Había estado preparado para pelear con el padre de ella por sus favores, sitiando su torreón si hubiese sido necesario hasta que el hombre hubiera cedido, pero no había sido necesario. El padre de Isabel había entendido las ventajas que él cedería por tenerla. No habían tenido sangrientas batallas, tan sólo una rápida negociación. Emmett vería a Isabel apropiadamente desposada cuando acabara con ella, proporcionándole una muy generosa dote. Mientras MacIver vivía en las tierras adyacentes a Awe, Emmett la casaría con uno de los señores menores que le servían. Al final, el padre de Isabel sería un nuevo lugarteniente al servicio de Emmett, y su hija sería la señora de su propio y pequeño torreón.
Emmett se inclinó sobre ella. Estaba apenas saciado pero ella estaba agotada.
—Duerme bien, mi hermosa, lo mereces. —Pasó el pulgar sobre su hinchada boca.
Sus ojos brillaron con adoración.
—Mi señor.
Su reputación como amante con infinito aguante y gran generosidad estaba bien establecida y merecida. Se apartó muy complacido. Quizás esta vez sería diferente. Quizás esta vez el hastío tardaría más en aparecer. Gracias a su maldito padre, su sangre siempre estaba caliente pero su interés siempre decaía, y rápidamente. Isabel había estado en Awe cinco días. Deseó poder disfrutarla durante muchos meses, o incluso más tiempo, pero sabía que sería sólo cuestión de semanas antes de cambiar.
Por supuesto, esa no era realmente la cuestión. Habría alguien nuevo para reemplazarla en su cama. Siempre lo había.
Evidentemente, no había heredado ni un simple rasgo de su madre, una aristócrata de gran carácter. Era una mujer capaz de un imperecedero amor y lealtad. Él no podía imaginar sujetándose a una esposa difunta como ella hizo. Pero ella había amado a su esposo, y prefería el claustro ahora que él se había ido. Hasta hacía poco, nunca había amado a nadie, ni a su madre, a quien no conocía, ni a sus padres adoptivos, quienes lo habían criado sólo porque no habían tenido ninguna elección. Aquello había cambiado, sin embargo, con el nacimiento de su hijo, al cual apreciaba y adoraba.
— ¿Le digo a su señoría que bajará pronto? —preguntó Rob con la cara colorada.
Emmett estaba inmóvil. Fugazmente se imaginó rechazando al más poderoso y peligroso hombre del reino. Le gustaría frustrar a Aro, pero apenas estaba lo bastante loco como para actuar de esta manera sobre tan insignificante asunto. Sonrió con frialdad.
—Nay. Hablaré con él yo mismo.
Sus tripas se retorcieron mientras iba escalera abajo. Nadie podía infundir tanta tensión en él como el conde de Aro. Odiaba el juego que jugaban, la guerra que hacían. No había otra opción. No obstante, había un pequeño consuelo. Aro todavía tenía que matarlo, y Emmett había empezado a pensar que nunca lo haría. Aro tenía la intención de triunfar sobre él, a toda costa. Era cuestión de la soberbia del diablo.
Emmett se acercó al gran vestíbulo, llegaba a ser el más glacial del castillo. Estaba acostumbrado a eso, pero temblaba de todas formas. El escalofrío estaba lleno de aversión y pavor.
Aro estaba solo en el gran salón, admirando una pintura al óleo de John Constable. Nadie conocía la verdadera edad del conde, pero aparentaba estar en mitad de los treinta. Era tan hermoso, rubio y ojos azules, que las mujeres se peleaban por compartir su cama, incluso aunque ellas raramente sobrevivían a la noche. Los hombres se peleaban por gozar de sus "favores" también.
Estaba vestido en un corriente estilo cortesano, con larga túnica roja y calzas carmesíes, y una corta y acampanada chaqueta negra. Y por supuesto, lucía el tartán rojo, negro y oro de Aro y muchas joyas. Aro había amueblado el salón durante centurias antes de cederle el castillo de Awe a Emmett, con la esperanza de comprar su lealtad, consciente de su preferencia por la verdadera belleza. Emmett había continuado el esfuerzo, y la vasta habitación estaba llena con tesoros de todo el mundo y muy diferentes siglos, incluyendo algunas del futuro.
—Creo que tienes algo para mí —dijo el señor de la oscuridad
Rehusando manifestar su tensión, Emmett protegió su mente para que Aro no pudiera leer sus pensamientos. Pero, por supuesto, el conde sabría de alguna manera que había encontrado la página desaparecida en la librería de Nueva York. Aro tenía espías por todas partes. Y probablemente espiaba los pensamientos de Emmett cuando no estaban protegidos, tan fácil como en sus sueños.
—Aye, he encontrado la página del Cladich. Pero, ¿qué gano si se la cedo?
—Te quedará mi favor —dijo Aro en voz baja, los pálidos ojos brillando—, no obtienes nada salvo desaprobación con tu conducta imprudente, desagradecida e independiente.
—Vos siempre podéis cortarme la cabeza y libraros de tal fastidio —dijo Emmett. Aro era imbatible en la batalla. Probablemente podía hacer alguna cosa antes de que Emmett pudiera siquiera desenvainar la espada. Emmett caminó a la mesa de caballete y sirvió clarete en un hermoso vaso de vino de cristal hecho por alguien llamado Baccarat. Lo ofreció a Aro, quien lo aceptó, luego sirvió otro vaso para sí mismo.
—Ambos sabemos que nunca fui derrotado. Al final, ganaré. Te darás cuenta de que has desperdiciado los primeros años de tu vida en la Hermandad. Estás destinado a ser uno de los más poderosos demonios de todos los tiempos. Estás destinado a servirme.
Emmett lo saludó y bebió. No era un buen hombre, pero no era tampoco un malvado. Había protegido al Inocente a pesar de su ambivalencia sobre sus votos, y continuaría haciéndolo, aunque le gustaría mucho más seducirla. Lo que no quería era hacerlo disfrutando de su muerte, incluso si a veces sus entrañas, gritaban por tal cumplimiento. Se mataría primero. Odiaba tanto a Aro.
—Ambos sabemos que disfrutarás de tu nueva amante, incluso más si saboreas su pura vida, si tomas su poder mientras estas jodiéndola —murmuró Aro.
Él se puso rígido.
—Aye, un momento.
Se giró, excitado y odiándolo, yendo al cerrado cofre en la parte más alejada de la habitación. Era de un lugar llamado India, y estaba hecho de oro sólido y plata. Se quitó la llave de la cadena de su cuello, lo abrió y le entregó a Aro lo que él quería... una página del sagrado Cladich. Quizás entonces el señor de la oscuridad lo dejara en paz.
Esta página en particular tenía grandes poderes, las órdenes de Emmett habían sido trasladarla. El tercer verso devolvería la vida a los moribundos, si las heridas eran inflingidas por espadas, o un arma similar que hirieran a un hombre de esa forma, por ejemplo, una daga o un cuchillo. Considerando la naturaleza de muchas batallas, podría no ser la página más importante en todo el libro de curación.
Aro cogió la página al instante, los ojos se volvieron rojos de furia.
— ¡Esto es inútil! Su poder se ha ido.
Emmett sonrió, complacido.
—Aye, es inútil. Lo intenté en uno de mis escuderos que tropezó con su espada, atravesándose en el acto. Pero murió por la herida.
Aro dejó caer el pergamino al suelo.
— ¿Piensas engañarme?
El corazón de Emmett se aceleró.
—Encontré esto en la librería. No es culpa mía que sea inútil. Creo que es una falsificación.
Aro sonrió, los ojos todavía brillando.
—Jugaste conmigo y disfrutaste.
Emmett se tensó, consciente del aumento de su miedo. Estaba asustado de Aro, pero no de morir, aunque prefería con mucho vivir.
—Vos no preguntasteis si era eficaz.
Se encogió de hombros.
Aro estiró la mano y acunó la mejilla de Emmett, quien se tensó. Se inclinó lo bastante cerca para que sus labios le rozaran la piel.
—Entonces tomaré a la mujer —añadió, su boca una caricia—. Esta vez.
Emmett se sacudió horrorizado, puesto que comprendió la amenaza. Aro tomaría a Isabel, la disfrutaría, la jodería y la mataría, gritando de placer mientras lo hacía. E Isabel moriría con placer, también.
Esta vez.
La próxima vez sería el niño de Emmett.
Emmett vio rojo. Apretó la empuñadura de su espada, preparándose para la batalla, su corazón tronaba ahora. Era su obligación proteger a su amante, pero moriría por su hijo. Aro era más poderoso que él y su victoria era segura, pero si los Antiguos le perdonaban sus muchos pecados, quizás descubriría un nuevo poder. Aro no debía salir ileso.
Seguramente Edward de Masen, un hombre noble, protegería a su hijo de la oscuridad.
Una criada que algunas veces se llevó a la cama, una preciosa muchacha de quince años, entró corriendo en la habitación. Sus ojos estaban vidriosos y Emmett supo inmediatamente que estaba hechizada.
—Mi señor —se arrodilló ante Aro.
Emmett sacó su espada.
— ¡Nay!
Aro bajó la mirada hacia ella y se desmoronó lentamente al suelo. Emmett no tuvo que arrodillarse a su lado para saber que estaba muerta. Su poder era tan grande que podía tomar una vida humana entera en el espacio de un simple latido de corazón.
Aro se giró, pero no parecía saciado. La lujuria quemaba sus rojos ojos.
—Un pequeño aviso, pierdo la paciencia con cada luna creciente.
Emmett tomó aliento con fuerza.
—Un día, alguien te enviará al infierno.
Aro se rió, y Emmett fue arrojado contra la lejana pared por su invisible fuerza. No había esperado el golpe de energía y no había tenido tiempo para usar su propio poder para reducirla. Su cabeza golpeó la piedra y vio las estrellas.
Cuando las estrellas se desvanecieron, Aro permanecía sobre él.
—La próxima vez, Isabel.
Emmett luchó por ponerse en pie.
—He terminado con ella —mintió, poniendo sus pensamientos en blanco cuidadosamente—. Hay alguien nuevo. Vos podéis tomarla ahora.
Aro lo miró fijamente, y Emmett supo que estaba intentando acecharlo. Emmett cambió sus pensamientos. Aro tenía poderes fuertes ahora, haciéndolo más fuerte que cuando había entrado por la puerta. Pero aquella era su forma. Él quitaba la vida de la forma en que un hombre se llevaba el pan. Y hasta que un gran Maestro se alzase, continuaría su reino del mal, quemando la tierra con sangre fresca por donde pasaba y convirtiendo a otros Inocentes en demonios para sus hordas.
—Sigues siendo el mismo loco testarudo —murmuró Aro—. Tu odio no te sirve bien. Sabes la verdad. Puedo darte el poder con que sueñas.
Emmett se tensó. Su única ambición era el poder, pero no para la razón de todos los pensamientos. El poder era un baluarte necesario contra Aro. El poder era protección para él mismo y su hijo.
—Pronto, Emmett, te inclinarás ante mí.
El rojo estaba desvaneciéndose de sus ojos. Sonrió y se esfumó en el aire.
Emmett se estremeció de furia y odio. Entonces giró y corrió escaleras arriba para asegurarse de que Isabel estaba donde la había dejado... y que estaba viva. Estaba acostada tan inmóvil como una perfecta estatua. Fue a su lado y tocó su pecho, solo para encontrarlo subiendo y bajando con el ritmo de la vida. Su alivio no conoció límites.
Se irguió.
Emmett nunca había odiado a nadie de la forma en que odiaba a su padre.
Bella no quería ser una prueba, de ninguna clase. No cuando la consecuencia era la posesión del alma de Edward. Edward tenía que estar equivocado. Si hacían el amor, él no iba a perder el control. Se apartó de Edward, mirando fijamente al océano, sobre los derruidos muros del monasterio.
Era casi increíble como de rápido se había introducido en este terrible y nuevo mundo. Estaba desalentada. Se preguntaba si nunca se sentiría alegre otra vez.
Él vino a situarse detrás de ella.
—No le des vueltas —pidió con tono ligero, pero con un esfuerzo. Ella sabía que quería ofrecerle algún consuelo—. Estamos en Iona, muchacha, y haré lo que quieres. Le preguntaré a Carlisle si puedes ver el Cathach.
Ella se giró.
—Me gustaría eso —titubeó—. Edward, es sobrecogedor. Es casi como si Aro estuviera cazándote ahora.
Los ojos de él relampaguearon, pero su expresión no cambió. Era imposible leerla.
—Eso fue hace tres años, Bella. No me está buscando ahora. Está persiguiendo otro juego.
Bella deseaba poder creerlo
— ¿Qué son tres años en la larga vida de un demonio como Aro?
Edward se puso rígido.
— ¿Cuántos años tiene, quinientos años, mil?
—No lo sé. Nadie lo sabe.
La ira de ella finalmente estalló.
— ¡Los odio! ¡Los odio a todos ellos! Asesinaron a mi madre, a Lorie y a cientos de otros! ¡Y te quieren, también! Excepto que quieren que vuelvas. ¿Es esta la palabra? ¿Volver? ¿Es esto lo que anuncian cuando un Maestro es seducido por un diablo?
Su rabia no conocía límites.
—No seré seducido por la cara oscura, Bella —dijo Edward, sus grises ojos brillando—. Moriré por mi propia mano antes.
—Esto no es tranquilizador —ella se envolvió con sus brazos—. Tengo recuerdos de la vida antes en casa. Sobre las indirectas que Amy siempre estaba dejando caer cada vez que las noticias presentaban otro crimen por placer. ¿Sabía algo? ¿O lo adivinó?
—No conocí a tu prima, Claire
—Carlisle dijo que volvería a casa. No dijo cuándo.
Edward apartó la mirada de ella, su cara endurecida con severas líneas.
Ella lo agarró del brazo
—Cuando lo haga, he de proteger a mi prima y a sus niños de alguna manera. Necesito decirle la verdad sobre el diablo.
Edward la agarró por el codo, sus ojos ardían.
—Debo preguntarte, ¿cómo los protegerás, Bella?
Bella vaciló. Aquella era una maldita buena pregunta.
— ¿Puedes enseñarme como combatir... no, matar... a los bastardos?
Él permaneció en pie allí, pareciendo muy infeliz con la petición.
—Lo pensaré.
Pero Bella apenas escuchaba. Ahora que conocía el mundo en que vivía, tenía que ser malditamente capaz de protegerse mejor a sí misma. Este era un mundo en guerra, y Edward tenía razón. No había un sitio seguro para esconderse. Estaba asustada, pero pelear sucio era mejor que esconderse. Seguramente, con alguna habilidad y un poco de ingenio, un humano podía derribar demonios.
Él estaba al acecho.
— ¡Nay! Eres una mujer, ¡y una mortal, además! ¡No tienes poderes!
Ella se dio cuenta de que no había otra elección. Era hacerlo o morir, literalmente.
—Ellos mataron a Lorie y a mi madre. Soy fuerte. Enséñame cómo matar demonios. Dijiste que Aro repartió poderes a los Duaisean. ¿Por qué no puedo tener poderes, también?
—Nosotros somos Maestros, no prestidigitadores. Nacemos con nuestros poderes, Bella. ¡Están en nuestra sangre! Y no hicimos a los Duaisean, Aro los hace. Incluso si lo hiciéramos, sus poderes serían para los Maestros, ¡y sólo los Maestros! —exclamó, sonrojándose—. Podrías ser capaz de matar al más bajo Deamhanain como hiciste el otro día. Serías capaz incluso de encontrar una forma de matar a Angela. ¡Pero un deamhan real como Aro leerá tus pensamientos! Si de alguna manera te las arreglas para atacarlo, tendrías que detener su mente, de otra manera te exprimirá la vida, riendo mientras lo hace.
Bella tembló, captando el mensaje sobrentendido, sería sexualmente seducida, también.
— ¿Cómo puedo detener la mente de un poderoso demonio?
—Bien, déjame ver —se burló él furiosamente—.Puedes empuñar una espada y decapitarlo, o apuñalarlo en el corazón.
Un demonio ha de ser asesinado instantáneamente, pensó ella.
— ¿Qué pasa si me las arreglo para dejarlo inconsciente? Entonces no podría hechizarme o tomar mi vida.
— ¡Nay! No te enseñaré cómo cazar demonios. Cazaré por ti.
¡Ni lo sueñes!, pensó ella.
—Enséñame a usar una espada
—Lleva años de práctica. Y aun así, no tienes la fuerza para cortar la cabeza de un hombre de su cuerpo.
—Mierda —dijo Bella—. Y un infierno, también.
Pero podía hacerlo. Las carótidas podían ser cortadas. El corazón podía ser perforado. Igual que los pulmones. Las muñecas podían ser cortadas. No había elección
—Voy a hacerlo, Edward, con o sin tu ayuda.
—No debería haberte dicho la verdad.
Era demasiado tarde, pensó Bella. Las imágenes estaban destellando ahora en su mente. El mundo medieval, el mundo moderno. Un mundo en guerra... demonios y Maestros...
Una idea terrible apareció. Con los ojos abiertos, miró a Edward.
— Edward.
Él la miró con consternación.
—Quiero encontrar al demonio que asesinó a mi madre.
Bella siguió a Carlisle bajo la muy pequeña nave de la capilla, que estaba situada detrás de la iglesia y apartada. No se había fijado en la capilla al entrar por primera vez en el monasterio. La piedra de la construcción tenía varios siglos, el techo bajo y redondo. Bella vio inmediatamente el sepulcro.
Un nicho estaba construido en la pared de piedra detrás de donde el altar había estado una vez y un antiguo relicario de hierro estaba allí, adornado con oro, al estilo celta. El pulso de Bella martilleó.
Mientras ellos se acercaban al sepulcro, sus pasos resonando, Bella fue consciente del poder y belleza que cubrían la capilla, pesado y tangible, saturando el aire.
Bella vaciló mientras Carlisle iba al relicario. Había algo tan silencioso y tan profundo en esta capilla, tan vasto, tan impresionante. Y si no era la presencia de Dios, ¿qué era?
Encontró la mirada de Carlisle y él sonrió, claramente consciente de lo que estaba sintiendo. Como el techo era tan bajo, permaneció parado.
—El Maestro hizo sus votos aquí, Bella. Vos estáis sintiendo más de ochocientos años de poder y gracia.
Bella nunca había sido religiosa, pero él estaba en lo cierto.
— ¿La Hermandad era parte de esto cuando Santa Columba fundó el monasterio aquí en el siglo VI? —preguntó.
Él sonrió, formándosele hoyuelos
—Nay. Ha habido Maestros desde el comienzo de los tiempos. Pero el santuario se movió a Iona con la gran santa.
Ella estaba frente al sepulcro mientras Carlisle tomaba una llave del anillo encadenado a su cinturón y abría el relicario, levantando las tapas para exponer el Cathach. Bella caminó más cerca y jadeó.
El Cathach en exposición en Dublín era un manuscrito. Ella estaba mirando a un libro encuadernado, sus tapas incrustadas con cientos de gemas brillantes... rubíes, zafiros, esmeraldas y citrinos. Un cerrojo de oro mantenía las páginas ocultas.
— ¡Es hermoso! —dijo en un bajo susurro.
—Aye.
Bella le dirigió una mirada, su mente corriendo.
—El Cathach de Dublín... es una copia que Santa Columba había escrito. Este es el verdadero, ¿verdad?
Carlisle sonrió
—Las páginas fueron escritas por nosotros en Dalriada, muchacha, antes de que Columba hubiera nacido aún.
Oh, Dios mío, pensó con pavor Bella.
—Y fue encuadernado recientemente.
Ella no estaba preguntando. Los libros encuadernados eran una invención de la Edad Media.
—Cien años atrás.
Carlisle abrió el candado y con ello el libro.
El corazón de Bella latía furioso. Inmediatamente vio que las páginas eran de pergamino, un cuero que estaba intrincadamente tratado para ser afinadas, suavizadas y preservadas.
Carlisle como si fuera un secreto dijo:
—Este es el cuero de los toros sagrados. Los Antiguos dijeron a los chamanes cómo curtirlo cuando nos dieron su sabiduría y poder.
Bella apretó los labios.
—El libro no durará para siempre. Necesita ser puesto en un ambiente estéril con el grado preciso de humedad
Carlisle le sonrió abiertamente.
—El libro ha sido bendecido por los dioses, muchacha. Es eterno.
Bella esperó fervientemente que tuviera razón. Se acercó. Como la copia en exposición en el siglo XXI, estaba escrito en gaélico irlandés antiguo. No había espacio entre las palabras y estaba decorado con trompetas, espirales y dibujos guilloche1, distorsionando las letras. No podía apartar la mirada. Estaba mirando fijamente la sagrada reliquia celta... una que sus iguales nunca supieron que existía
Bella quería leer el libro con desesperación, pero como no sabía gaélico, no podía. Un traductor sería lo mejor.
—Léemelo, Carlisle, sólo una página.
Sus ojos se abrieron.
—Está prohibido... pero vos ya habéis adivinado eso.
Lentamente encontró la intensa mirada verde de Carlisle.
—Los historiadores creen que el Cathach era utilizado antes de las batallas para dar poder a las armas. Si recuerdo correctamente, un escocés lo llevó en una batalla y después los clanes lucharon por él.
—Están equivocados. Un Maestro lo llevó en la batalla hace cientos de años. Un demonio peleó con él por eso.
—Por supuesto —murmuró Bella. La historia había sido malinterpretada.
—Vos sois sabia, Bella. No necesitáis la sabiduría del Cathach.
Ella lo miró fijamente de nuevo.
—Necesito poder. Necesito la clase de poder que tus amigos tienen, así podré cazar al demonio que mató a mi madre.
—Lo siento, muchacha, pero no puedo daros esos poderes. Sólo el diablo puede.
Bella se estremeció.
Dirigiéndole una mirada de reojo, cerró la enjoyada cubierta y la trabó. Después deslizó el libro dentro del cofre del relicario, el cual también cerró con llave.
La sabiduría era siempre más fuerte que el poder, pensó Bella. Deseaba deshacerse de Carlisle y de alguna manera abrir el cofre y el libro. Aunque no podría leerlo, tocaría las páginas y rogaría. Quizás le daría la sabiduría para encontrar a su enemigo. Quizás también le daría la sabiduría para derrotarlo
Pero no iba a intentar romper la cerradura de tan sagrada reliquia. Necesitaba la llave. Miró a Carlisle preguntándose si podría seducirlo y coger la llave mientras lo hacía.
Él sonrió ampliamente.
—Ah, muchacha, amo ser seducido, pero aun así fracasaríais en robar la llave. Estáis hechizada. Os sentiréis mejor cuando dejéis el sepulcro —extendió su gran palma en el hombro de ella—. Necesito hablar con Edward. Quedaos aquí si lo deseáis. Confiamos en vos, muchacha.
Ella asintió con la cabeza. Los verdes ojos de él eran cálidos y divertidos mientras dejaba caer la mano y la dejaba.
Ella tembló. Realmente había estado pensando en violar un sepulcro sagrado. No quería ser hechizada por el Cathach, pero era difícil pensar con claridad. El poder y la gracia de la capilla se sentían más fuerte que nunca antes.
Bella no vaciló. Se acercó y pasó sus manos sobre el cofre de hierro y filigrana de oro. Iba a encontrar y matar al demonio que había asesinado a su madre o moriría intentándolo... con o sin poder y sabiduría realzados.
Pero un poquito de ayuda sería bien recibido.
Bella no había rezado en años. Tiempo atrás, había decidido que Dios en realidad no se preocupaba por ella y sus problemas. Pero parecía como si Él pudiera preocuparse ahora.
Sus sienes latían. Mientras tenía la caja de hierro bajo su mano, y el colgante de su madre quemaba su pecho, Bella susurró:
— ¿Esto es por lo que estoy aquí? ¿Estoy aquí para ayudar al Maestro de alguna manera? Si es así, ¿supongo que debo utilizar mi mente... mi educación? ¿O supongo que debo coger las armas y combatir al enemigo, el camino que Edward sigue? —inhaló—. Necesito ayuda. Ayúdame con esto. Ayúdame a encontrar la fortaleza y el coraje para luchar con el diablo. Por favor, guarda a Amy, John y sus niños seguros. —Se mordió el labio, pensando en Edward con el corazón acelerándose—. Por favor, ayuda a Edward. Ayúdalo a luchar contra el diablo... ayúdalo a permanecer en Tu luz.
La capilla se sentía como si estuviera girando, como un carrusel.
—Faola, si estás escuchando, gracias por enviarme a Edward. —Titubeó. ¿Creía en la diosa?—. Ayúdanos a Edward y a mí. Ayúdanos a luchar contra el diablo, ayúdanos a luchar contra Aro. —Se estremeció. Aro era el hijo de Faola, si era como creía—. Y si no es mucho pedir, ayúdame a elegir bien. Quiero ayudar a Edward, no herirlo. —Tenía una petición más—. Un pequeño superpoder sería apreciado. —Hizo una mueca—. Amén.
Bella miró fijamente al relicario, el cual estaba tan borroso como el resto de la capilla. Luchó por respirar lenta y profundamente, mientras luchaba por calmarse. La pesadez en la capilla era sofocante.
Y entonces el aire se aligeró.
Bella se dio cuenta de que el relicario no quemaba apenas su mano y se sintió ligera. Sintió que Él había escuchado. Quizás la diosa también había oído.
— ¡Alto!
Bella se congeló por el sonido de la brusca orden, dicha en francés.
—Quita la mano del cofre.
Bella se giró lentamente.
Un altísimo highlander estaba frente a ella. Moreno y bien parecido, sus ojos resplandecían con la cólera de los dioses, exudaba autoridad y peligro. Su mano estaba en la empuñadura de una espada de dos filos. Bella sabía que no dudaría en utilizarla.
—Retrocede.
Bella obedeció.
—Carlisle dijo que podía pasar unos minutos a solas. Necesitaba rezar.
Los ojos de él se abrieron de par en par. Eran verde-primavera, más claros que los de Carlisle.
—Sois americana.
Bella estaba sorprendida. ¿Había viajado a su país en esta época?
Pero no estaba relajado. La sospecha llenaba sus fuertes rasgos.
—Identificaos.
Bella lo hizo.
—Estoy con Edward de Masen—dijo secamente.
Este hombre aparentaba estar en la cuarentena, lo que quería decir que era más viejo incluso que Carlisle, ¿verdad? Sus ojos eran duros, terriblemente duros. Parecía como si nunca hubiera sonreído, ni una sola vez en toda su larga vida. Hacía que Edward, Jasper y Carlisle parecieran encantadores playboys.
Sus ojos se entrecerraron, deslizándose sobre ella en una inspección superficial, y después oscilaron bruscamente a su cuello. Él le buscó la mirada.
—Si sois amiga de Edward, y si Carlisle realmente os dejó a solas aquí, entonces sólo os advertiré que nunca toquéis el relicario.
—No lo haré.
—Vos llegáis de una tierra extraña, pero lleváis un amuleto de las Highlands.
Claire frunció el ceño. Tocó el colgante, que estaba terriblemente caliente otra vez. Primero Malcolm había estado fascinado con la piedra, ahora este extraño.
—Sí. Era de mi madre. ¿Quién eres tú?
—Ironheart de Lachlan.
Cuando no dio más detalles, Bella dijo con inquietud:
—Debería irme. Apostaría que Edward me está buscando.
— ¿Cómo consiguió tu madre la piedra?
—No lo sé.
— ¿Puedo verla?
Claire se envaró. Raramente se quitaba el colgante, y sólo para limpiarlo y pulirlo. No quería a este extraño tocándolo.
—Señora. —Él sonreía ahora. Sus ojos se habían vuelto cálidos y amistosos—. Quizás una adecuada presentación sea adecuada. Soy el conde de Lachlan, y un viejo amigo de Edward.
Su tono se había suavizado y Bella no dudaba de que él lo usaba con frecuencia con las mujeres para atraerlas a su cama.
—Soy Bella... lady Bella Swan —corrigió, relajándose.
Él asintió con la cabeza, su mirada sosteniendo la de ella.
—Mi hermano tuvo una piedra parecida una vez. Fue robada. No puedo evitar preguntarme si vos lleváis su piedra.
Su mirada se volvió penetrante.
Bella estaba aturdida. Era imposible apartar la mirada.
—Me gustaría ver la piedra más de cerca —murmuró él, su fija mirada volviéndose humo, siguiendo aún directa y penetrante—. Sé que no os importará entregármela, Bella Swan.
¿Por qué iba a molestarle?, se preguntó ella. Cogió el cierre y lo abrió, entregando el collar.
Mientras él levantaba el collar hacia la luz, la confusión desapareció. Bella se dio cuenta de que había sido hechizada y sacudió la cabeza para aclararla. ¡Sencillamente había entregado el collar de su madre a un extraño medieval! El poder de Ironheart para hipnotizar era más potente que el de Edward. No había sido capaz de pensar siquiera sobre lo que le había pedido que hiciera hasta que se apartó.
Se mordió el labio agitada.
Él se lo devolvió, sonriendo tristemente, los ojos suaves.
—Este no es el de mi hermano, pero además, sería un milagro si lo fuera.
Su tono era displicente , pero su mirada estaba buscando.
Bella se colocó el collar, esquivando sus ojos.
— Edward me está buscando —dijo firmemente. Queriendo alejarse de este hombre.
Tenía demasiado poder. ¿No tenían también los demonios esta clase de poder? Ella nunca debía bajar la guardia de nuevo, no por los tiempos de los tiempos.
—Os llevaré con él —dijo Ironheart—. Será un placer.
—Si Emmett tiene la página del Cladich, estoy seguro de que la traerá aquí —dijo Carlisle.
Los dos hombres estaban paseando por el huerto, donde nadie, ni siquiera otro Maestro, podría oírlos.
—Y yo no estoy seguro —dijo Edward rotundamente—. Voy a Awe inmediatamente.
—Dale a Emmett una oportunidad de ceder la página —dijo Carlisle en voz baja, pero era una orden y ambos lo sabían.
— ¿Cuántas oportunidades le darás tu antes de que reconozcas que es tan malvado y retorcido como Aro?
— ¿Es eso lo que realmente crees?
Edward se envaró. La verdad era que no sabía que creer sobre el Lobo de Awe. Emmett había jurado defender el Código, pero la mitad de las veces había ignorado las órdenes, persiguiendo su propia ambición. Aunque su padre, Aro, le había dado el castillo de Awe, forjando claramente una alianza con su rebelde hijo, Emmett la había rechazado y casado con una gran heredera, expandiendo enormemente sus tierras y su poder. Era incierto si apoyaba a Aro o no. Su esposa había muerto pocos meses atrás en el parto, sobreviviendo su hijo. Edward sabía que Emmett encontraría otra heredera y pronto. Además, de alguna manera Emmett había convencido al rey de que le pasara el título de su esposa, cuando el título debería haber pasado directamente a su hijo. Él era ahora el conde de Lismore
Lo que Edward sabía era que Emmett no era de confianza.
—Emmett puede traerte la página, bajo mi protección con mi escolta, o puede dártela sobre mí. De una forma u otra, la tendrás —dijo Edward. Saboreaba la próxima confrontación.
—Veo que escondes resentimiento. ¿Cuándo hablarás de lo que realmente deseas hablar... la hermosa mujer? — Edward sonrió con sagaz diversión.
La sangre de Edward se hinchó en sus venas. No podía controlar su mente, su deseo o su creciente polla. En unas pocas horas, estaría oscuro...
—Sé lo que deseas preguntar, Edward —dijo Carlisle con una risa.
Enfrentó a Carlisle con ira.
— ¿Será divertido cuando lleve a la mujer a la cama y al amanecer esté yaciendo allí, muerta?
La sonrisa de Carlisle perdió intensidad.
—No te has extraviado ni una sola vez desde Urquhart. ¿Por qué piensas perderte en la oscuridad ahora? Has saboreado el tremendo placer una vez. Puedes dominar la urgencia de hacerlo otra vez.
Edward sabía que estaba rojo.
—Temo que mi lujuria sea impía —soltó rápidamente—. Porque la quiero más de lo que nunca he querido a cualquier mujer o cosa. Pienso cuando estoy entrando en ella que quiero más que su cuerpo
—Entonces deberás luchar contra la tentación —dijo Carlisle, con tono seco—. ¿No lo harás?
— ¡Estás disfrutando de mi incomodidad!
—Aye, lo hago. Ve a joder una criada. Eso te ayudará.
— ¡No quiero a otra! Y sé que tienes el poder de ayudarme, Carlisle —estaba enojado y lo bastante como para lanzarle un primitivo golpe, pero pudo refrenarse—. ¡Quizás estás pensando en rechazarme, como yo te he rechazado!
Los ojos de Carlisle se abrieron con burlona inocencia.
— ¿Alguna vez hemos luchado por una mujer?
Edward lo miró fijamente. Finalmente dijo, en advertencia:
—Nunca lucharé contigo. Pero ella es mía.
Carlisle suspiró, pero sus ojos brillaban.
—Eres joven y fogoso, y yo apenas recuerdo aquellos días. ¿Qué clase de poder piensas que tengo?
—El poder de tomar mis poderes, sólo por una noche y un día. Encuentra un hechizo.
Carlisle sonrió abiertamente.
— ¿No eres demasiado glotón, muchacho? —se rió—. ¿No puedes pedírmelo bien? ¿Y no puedes arreglarte con una hora?
Edward estaba incrédulo. ¿Carlisle sólo suspendería sus poderes de quitar la vida durante una simple hora? ¿Estaba loco? Esto era peor que no devolverlos del todo. Estaría mejor evitándola por completo que pasando una única hora con ella.
— ¿Deseas que me arrastre?
Carlisle se puso serio.
— Edward, puedo verte tan frustrado como un muchacho. Puedo suspender el poder. Pero, ¿por un día o una noche? ¿Estás loco? ¿Te ha robado ella la sensatez? Estarías indefenso contra los iguales a Angela, mucho más contra Aro, durante demasiado tiempo. Sentirá tu debilidad si estas demasiado tiempo sin poderes.
—Una hora no es suficiente. Y mi paciencia se agota.
Nunca había querido decir nada más Tenía que tenerla debajo de él. Quería saborear sus labios, su piel, su sexo, empujar profundo dentro de su caliente, apretada y ceñida carne, y envainarse allí toda la noche. La quería corriéndose un centenar de veces. Podía verlos juntos en el ojo de su mente. Ella lo igualaría en lujuria, aye, caricia por caricia, clímax por clímax. De alguna forma lo sabía.
— Necesito el hechizo ahora —dijo Edward, ruborizándose.
Después de que estuvieran saciados, iba a sujetarla en sus brazos hasta que el alba rompiera. Quizás ella le diría más acerca de su mundo. Quizás hablaran con ligereza sobre cosas sin importancia. Como si el mundo real y todas las cargas que él arrastraba no existieran. Quizás podría explicarle por qué la moda de su tiempo eran harapos e hilos. Sonrió.
—Si estas empezando a preocuparte por la muchacha, harías mejor en pensar cuidadosamente lo que eso quiere decir —dijo Carlisle en voz baja, cortando sus pensamientos.
Le estaba acechando. Edward no era un caballero. Su interés en la mujer era básico. Vigilaba por aquellas bajo su protección, y aquellas que codiciaba y seducía. Cálidos abrazos y conversaciones casuales no eran parte de relación alguna que hubiera tenido nunca.
—No te encariñares de la mujer. Será utilizada contra ti. Te hará débil.
—No estoy encariñado de ella. — Edward estaba incómodo—. ¿Le dijiste a Bella que volverá a su tiempo? —tenía la mente cerrada ahora, así Carlisle no podría acecharlo. No debería preocuparse, pero lo hacía.
—Aye —dijo Carlisle, mirándolo fijamente de cerca—. Quizás deberías evitar ese camino.
— ¿Y qué camino es ese? —dijo Edward, los puños cerrados. Carlisle tenía el poder de ver. A veces rehusaba venir a él, pero cuando venía, nunca se equivocaba. No importaba cómo la protegiera Edward, y no importaba cuanto disfrutara con ella en la cama, ella iba a dejarlo al final.
Apenas podía creerlo.
—Olvida lo que tienes entre las piernas. —Pero Carlisle se ahogó de risa, como si ningún Maestro fuera a olvidar sus necesidades.
Edward debatió el utilizar su puño para borrar toda la diversión de Carlisle.
— ¡Puedes intentarlo! —Exclamó Carlisle—. ¿Cómo puedo no estar divertido? Es sólo una mujer, Edward... bastante bonita, pero hay miles más.
— ¿Me darás el hechizo?
—Aye, lo haré, porque siento cuanto te estáis hiriendo.
Él sonrió otra vez.
Entonces se puso completamente serio. Puso las manos sobre Edward y murmuró en alguna antigua lengua que Edward no entendía. Cuando hubo acabado, lo liberó, sonriendo.
—Puedes empezar tu galanteo cuando salga la luna, pero el hechizo no acabará una vez que puedas ver el sol.
Edward asintió con la cabeza, una salvaje excitación empezando.
—Estaré en deuda contigo.
—Y la cobraré.
La mirada de Carlisle se movió detrás de él. Siguió la mirada y vio a Bella mientras entraba en el patio desde más allá del huerto. Su pulso saltó. En unas pocas horas, se permitiría hacerle el amor tan apasionadamente como deseaba.
Vio que estaba acompañada por Ironheart. Aunque Edward no conocía bien al enigmático hombre, su reputación le precedía y Edward lo respetaba mucho. Muy complacido, dejó el huerto con Carlisle, buscando los pensamientos de ella mientras lo hacía. Edward inmediatamente reconoció la inquietud de Bella.
—Es un amigo, muchacha —dijo cuándo se acercaron.
Bella le dirigió una pequeña sonrisa baja. Quiero hablar contigo, a solas.
Después, ¡vi el Cathach!
Leer sus pensamientos era bueno, no malo, y no entendía por qué eso siempre le molestaba a ella cuando lo hacía. La excitación de ella lo hacía suavizarse de alguna manera en su pecho. Afrontó a Ironheart.
—Hallo a Alasdair.
—Hallo a Chaluim —le respondió Ironheart.
Él volvió al inglés.
—Iremos a Awe tan pronto como mis asuntos aquí estén terminados.
Ironheart estaba claramente interesado.
— ¿Desde cuándo visitas al Lobo? No sabía que erais compañeros.
—No somos amigos —replicó Edward en voz baja, pensando en la página que Emmett seguramente tenía. Si Ironheart podía ser convencido para ir con ellos, sería un útil aliado si Emmett estaba poco dispuesto a partir con la página sagrada.
—Quizás vuelva a Lachlan de una manera más relajada.
Edward sonrió.
—Había esperado que dijeras algo.
Ironheart señaló con la cabeza a Bella, y él y Carlisle entraron en la sala capitular, dejándolos permanecer solos afuera.
Bella miró afligida hacia la pareja.
—Espero que eso no signifique lo que pienso que es.
—Aye, muchacha, vendrá con nosotros a Awe. —Viendo su expresión adusta, le acarició el hombro, bien consciente de que lo que él realmente quería era tirar de ella cerca—. Puedo utilizar su ayuda si debo luchar con Emmett.
La expresión de Bella palideció.
— ¿Emmett está en Awe?
Instantáneamente leyó sus pensamientos.
—No es un deamhan, muchacha. Es un Maestro.
Los ojos de ella se abrieron de golpe.
— ¡Pero intentasteis mataros el uno al otro!
—Es un delincuente. No obedeció el Código. No tiene ninguna conciencia, ningún corazón. No confío en él con la página. Puede dársela tan probablemente a Aro como a nosotros.
— ¡Estupendo! ¡Un Maestro que se está desviando! —gritó ella.
Ella se frotó las sienes. Edward podía sentirlas latiendo. Estaba asustada y preocupada por él, y no sólo porque debería enfrentarse con Emmett. Estaba asustada de Aro... lo que era como debía ser.
Pero la preocupación de ella lo complacía enormemente. Quizás Carlisle estaba equivocado sobre el futuro, por esta vez.
—Muchacha, estaré complacido cuando te preocupes por mí, incluso un poquito —dijo en voz baja, cediendo y arrastrándola cerca. Chocó contra su cadera y quiso gemir. No lo hizo.
Pero ella había sentido su excitación. Jadeó, su mirada buscando la de él.
Estaba orgulloso de su viril erección.
—Aye, te necesito, muchacha —murmuró, deslizando las manos con fuerza por su espalda.
Tiró de ella más cerca, palpitando con creciente urgencia contra su vientre, deseando que estuvieran de vuelta en Masen y que las horas hubieran pasado. Sabía que estaba lista para él... podía sentir su deseo expandiéndose con una incontrolable velocidad.
Y también sentía su mente girando en círculos, dudando si se rendiría a él y se le uniría en la cama o no y mientras su control era tan frágil aún, la liberó.
—No voy a herirte, Bella.
Ella estaba respirando con fuerza.
—No es eso.
Estaba vacilando, y la sentía pensando, no sobre el hecho de que había pasado muchas noches en la cama de una amante sin perder el control, sino acerca de su propia falta de habilidad para preservar su corazón de él si compartía su cama. Estaba asustada de amarlo. Pero se lo había dicho, a él no le importaba. A él le gustaría si ella lo hacía. Nunca iba a entender de verdad su miedo a amarlo, porque era un poderoso señor y otras mujeres se habían enamorado felizmente de él. A otras mujeres no les había importado tener sus favores sólo por un corto tiempo.
Y nunca entendería su absurda necesidad de amar a un hombre para tener sexo con él.
—No debes preocuparte —intentó, sonriéndole a los ojos. Reflejaron el conflicto de ella—. Intento agradarte. No obstante, tú eliges, muchacha.
Ella abrió los ojos sorprendida y él sintió su cuerpo inflamarse. Había tanto deseo en ella que no podía aguantarlo.
Se inclinó más cerca, tocándole la cara.
—Te gusta cuando hablo sobre esto, ¿no es cierto? No me rechaces, muchacha. Carlisle ha suspendido mis poderes durante esta noche. Podríamos no tener otras noches tan pronto. Necesito estar dentro de ti y tú necesitas tenerme allí. Necesito verte tomando tu placer, Bella, y también necesito escuchar cómo te sientes llegando.
Ella asintió y él sintió su enorme vacío, suficiente para que pudiera llenar el espacio, correcto entonces, correcto allí.
—Saldremos para Masen tan pronto como la galera regrese —murmuró.
Alargó la mano, envolviendo la de ella. Como un adolescente, no podía pensar con claridad más tiempo.
Ella jadeó y alcanzó sus hombros.
— Edward, de acuerdo.
Triunfante la besó profundamente
1 Dibujo que forma espirales siguiendo una pauta concreta.
