Bella había pasado la mañana en shock. Los fuertes vientos del sudoeste habían significado un rápido viaje por mar por el estuario de Lorn, pero Bella apenas había prestado atención al increíble paisaje —el mar color zafiro y los bosques color rubí, las blancas playas, las austeras montañas contra los cielos color turquesa. Habían desembarcado cerca del Oban actual, habían transportado sus caballos con ellos, y los montaron allí. El sol estaba en lo alto, indicando que era mediodía, momento en el que Bella se enfrentó con el hecho de que el medio hermano de Edward era hijo de uno de los hombres más malvados de Escocia. Recordó la asombrosa hermosura de Emmett y el pícaro brillo en sus ojos cuando le había sonreído. Si era tan retorcido como su padre, ella no lo había notado. Rezó porque hubiese escapado de alguna forma a su genético destino.
Bella azuzó a su caballo hacia delante, trotando hacia Edward mientras la sección continuaba, dejando la bahía detrás, un centelleante lago debajo a su derecha. En cada dirección excepto detrás de ella, había montañas cubiertas de árboles. Llegó hasta Edward.
— ¿Dónde estamos?
Él sonrió.
—Delante está el paso que nos ayudará a cruzar las montañas y nos llevará hasta Awe. Ya no está lejos. Otro medio día.
Llevaba puesta la cota de malla, al igual que todos sus hombres.
Bella consiguió contestarle con una sonrisa, pero su mirada era inquisitiva.
La cara de él cambió.
—No necesitas preocuparte por mí como si fuese un niño.
—Pues claro que me preocupo. Edward, ¿qué estás planeando? En mis tiempos tenemos un dicho: Se atraen más moscas con miel, que con hiel.
Él le la miró fijamente mientras subía por el estrecho sendero.
—No voy suplicar por la página.
—No te he sugerido que suplicaras. Creo que podrías pedirla amablemente.
La cara de él se endureció tanto que Bella pensó que podría resquebrajarse.
—Si quisiera tu opinión, te la pediría.
Edward espoleó a su semental hacia delante, estableciendo un paso más rápido y dejándola detrás.
Bella entendía su susceptibilidad, pero su rudo rechazo dolía. Su preocupación aumentó. ¿Iba a interrumpir en el castillo de Emmett con la espada desenvainada, exigiendo la página? ¿Era por eso que todo el mundo llevaba cota de malla y armaduras? Aquello iba a suscitar otra terrible pelea de espadas. Y no importaba lo diestro y poderoso que fuese Edward, si Emmett era hijo de Aro, entonces su poder era muchísimo mayor que el de Edward. Bella hizo su montura a un lado para poder ponerse a la altura de Jasper.
— ¿Puedo montar contigo? Mi defensor está de malísimo humor.
Jasper sonrió, un destello en sus ojos.
—No puedo imaginar por qué. Espero que perdonéis a mi sobrino por ser tan insensato.
Bella sabía exactamente lo que quería decir. Había recibido suficientes miradas astutas aquel día para presuponer que todos se habían dado cuenta de que ahora compartía el lecho de Edward.
—Es mi culpa, no la suya. Sé lo de Emmett, Jasper.
— ¿Os ha hablado de sus asuntos privados? —pareció anonadado.
Bella asintió.
Jasper la miró, sin sonreír.
— ¿Y qué más os dijo mientras compartíais su cama?
Bella se puso tensa. ¿Se había vuelto Jasper hostil?
—Percibí que estaba muy disgustado, y supuse que era por Awe. Al final, tenía razón. Quiero ayudar, Jasper.
Jasper asintió finalmente.
—Por supuesto. Es un destino horrible para ambos hermanos.
Bella seguía de alguna manera sorprendida por la hostilidad inicial de Jasper. Hasta aquella mañana, no había sido otra cosa que amable, y a veces coqueto.
— ¿Por qué es terrible para Emmett? Parece odiar a Edward tanto como Edward lo odia a él. Quiso matar a Edward en mi tienda.
—Emmett no tiene deseos de ver muerto a Edward. No penséis otra cosa, estaréis equivocada. No creo que Emmett fuese tan odioso si Edward lo aceptase —dijo Jasper francamente—. Emmett no eligió esa vida. No tiene otra familia que no sea Aro. Nunca ha hecho más que divisar fugazmente a su madre. Ella no quiso tener nada que ver con él una vez que nació. Sin embargo, elige el bien, no el mal. Emmett necesita a su hermano y Edward lo necesita a él.
Bella estaba sorprendida de que Jasper defendiese a Emmett. Considerando que no estaban emparentados, significaba mucho. Ella no estaba segura de que debiese sentir ninguna simpatía por Emmett, pero así era.
— ¿Le has dicho todo eso a Edward?
—Miles de veces.
Bella lo consideró.
—Es el hombre más obstinado y cabezón que nunca he conocido —dijo en voz baja, pero tuvo que sonreír.
—Su voluntad lo hace un hombre poderoso —dijo Jasper firmemente—. Y un día lo convertirá en un gran señor.
Bella lo miró y sus miradas se encontraron. La voluntad de hierro de Edward podía ser exasperante, pero estaba terriblemente orgulloso de él. Era un héroe en todo el sentido de la palabra.
Voy a enamorarme de él si no le pongo freno a esto, pensó. Y quizás ya era demasiado tarde. Entonces se dio cuenta de que Jasper la estaba mirando fijamente.
— ¿También puedes leer mentes?
Su agradable expresión se había desvanecido.
—Sí, pero no leeré la vuestra. No tengo que hacerlo. Os estáis enamorando de mi sobrino.
Bella palideció. ¿De pronto Jasper lo desaprobaba?
— Edward y yo somos increíblemente diferentes. Él no me entiende y estoy totalmente segura de que nunca lo hará. Obviamente sabes que pasamos la última noche juntos. Eso no significa que me esté enamorando de él. —Bien, si le estaba leyendo la mente en ese momento, sabría que sí que lo estaba. Añadió—: No tengo intenciones de enamorarme de un caballero del siglo XV.
—Todas las mujeres se enamoran de él después de compartir su cama.
Bella se tensó.
—No deseo ser rudo. Pero él es el Masen, es agradable a la vista, y puede complacer a una mujer bastante bien. Nunca devolverá el amor y nunca se casará.
Si Bella alguna vez había oído una advertencia, aquello lo era, y estaba enfadada.
— ¿Así que tú eres su guardián?
—Es mi sobrino —dijo Jasper rotundamente—. Me aseguraré de que no repita los errores de mi hermano.
Y Bella pensó en Mairead, quien había sido violada por el enemigo de su marido cuando aún era una novia y luego había tenido el hijo de Aro. Pensó en Brogan, que había perseguido a su enemigo pero había fallado en destruirlo. En lugar de eso, había muerto en una batalla muy humana. Y Mairead se había retirado del mundo para vivir como una monja cuando su legítimo hijo tenía sólo nueve años. También había rechazado a Emmett, el hijo de su violación. Apenas podía empezar a imaginar el sufrimiento del esposo y la esposa.
—Bella, no malinterpretéis lo que quiero deciros. Sois una buena mujer y sois fuerte. Y si Edward fuese sólo un laird, incluso aunque vos no aportaseis una dote, daría mi bendición a la unión.
— ¡Te estás adelantando! —gritó Bella, pero estaba bastante segura de que estaba captando el mensaje.
Él alargó la mano hacia el otro lado de la silla de montar y le agarró la muñeca.
—Los Maestros que se casan, o aman, siempre se arrepienten. —dijo Jasper. Su grisácea mirada se había vuelto tan oscura como los nubarrones—. Mirad el destino de mi hermano y su esposa. Hay una razón por la que un Maestro vive solo, lucha solo, y muere solo.
Bella tiró enérgicamente de la mano.
—Qué triste —susurró, aún enfadada, pero menos. Porque Jasper tenía razón. Un Maestro, por su propia naturaleza, tenía los enemigos más malvados y poderosos de la tierra. Una esposa y una familia eran una invitación a la tragedia. Pensó en el hijo bastardo de Edward —. ¿Qué pasa con los niños?
Su dura expresión continuó.
—Necesitamos hijos. Serán la próxima generación de Maestros, si son elegidos.
—Un niño hace a un hombre muy vulnerable, más vulnerable, que una mujer.
—Sí, pero no tenemos elección. Edward tiene a Brogan protegido día y noche. Si lo hubiese deseado, habría enviado a Brogan a Iona. Los niños son criados allí.
Ella asimiló aquello.
— ¿Es por eso que estás tan solo? ¿Porque tú fría cabeza rige sobre tu corazón?
Él se volvió peligrosamente frío.
—Estuve casado una vez, hace tiempo, antes de ser elegido. Mi esposa está muerta.
Bella vio que había metido el dedo en la llaga.
—Lo siento, Jasper. Mira, lo que yo siento no importa, porque voy a irme a casa después de que encontremos la página y así será más seguro para mí. Nunca se me ocurriría quedarme aquí.
—Quizás nunca sea seguro para vos volver.
Bella se lo quedó mirando fijamente, desconcertada.
— ¡Espero que estés equivocado!
¿Por qué pensaría él algo así?
—La mayoría de las mujeres no tienen la fuerza para dejarle —dijo escéptico.
—Yo no soy como la mayoría de mujeres. Los dos venimos de mundos diferentes, en caso de que no lo hayas notado. Y debo volver para vengar a mi madre. También tengo una familia allí. Me preocupo por ellos.
—Deberíais. —La grisácea mirada de Jasper bajó hasta su garganta—. La piedra me preocupa.
—Parece preocupar, o fascinar, a todos.
—Lleváis un amuleto de aquí. Puedo sentir su poder, lo sentí la primera vez que nos encontramos. ¿Por qué se os dio a vos, una muchacha de la ciudad de York en el futuro, una piedra así? ¿Estabais destinada a ser enviada aquí? ¿Desean los Antiguos saber si Edward cometerá los mismos errores que su padre? Porque debe haber alguna razón para que vos estéis aquí, Bella. Puedo sentirlo. Os habéis vuelto demasiado íntima de Edward, demasiado pronto y demasiado fácilmente.
Bella estaba desconcertada. Hacía días que la idea de que su destino era Masen y Edward, le había estado rondando por la cabeza. Maldición, se había preguntado secretamente si sería el amor de su vida. Pero aquello había sido la romántica en ella, la que había visto cada versión de Orgullo y Prejuicio, y quien, de vez en cuando, se encerraba en su habitación para leer una picante novela de amor. Pero Jasper tenía razón. Había habido una conexión desde el momento en que la había secuestrado en la tienda. Y desde aquel momento, todo había pasado condenadamente rápido.
Carlisle había dicho que los Antiguos no habían notado su presencia en Iona. ¡Quizás los Antiguos ni siquiera tenían noticias de ella!
Edward la consideraba una prueba para su alma. Jasper la veía como una prueba para su lealtad a la Hermandad y su determinación de mantener los votos. ¿Pero no era todo lo mismo? Fuese como fuese, no quería ser ningún tipo de prueba.
Jasper interrumpió sus pensamientos.
—Pero la verdadera pregunta sería, ¿cómo llegó la página a tu tienda?
Bella se tensó. Si la página no hubiese estado en su tienda, ella no habría sido secuestrada por Angela, no hubiese conocido a Edward, y no estaría ahora en las Highlands del siglo XV.
Y la verdad era que ni siquiera sabían si la página había estado alguna vez en su tienda, excepto que Edward estaba seguro de que Emmett la tenía, y de que la había encontrado allí.
— ¿Tienes alguna idea de quién empezó el rumor de que la página estaba en mi tienda? —preguntó Bella con inquietud. Aunque tenía un mal presentimiento.
—Esperemos que no fuese el señor de la oscuridad —dijo Jasper—. Usó a Mairead para torturar a Brogan... y para atrapar a Edward.
Bella se sintió asqueada.
—A mí no puede usarme de esa manera. Edward y yo acabamos de conocernos.
—Vos lo amáis. Él declaró protegeros. Si llega a amaros, podréis ser usada, igual que Mairead. —Bella comenzó a temblar—. Al final, no podéis ayudar a Edward, sólo podéis debilitarlo. Si empieza a preocuparse por vos, no debéis permitirlo. Él es un Maestro, Bella, y debe vivir y luchar solo.
Bella estaba consternada. Quería que Edward se preocupara por ella. Después de la última noche, lo quería con desesperación.
—Como tú —susurró.
—Si de verdad lo amáis —dijo secamente él, ignorando aquello— os iréis llegado el momento.
Jasper espoleó su caballo, dejándola sola entre las tropas.
Horas más tarde, con el sol bajo en el cielo y amenazando con desvanecerse tras las cumbres al oeste, Edward condujo a su caballo de batalla hasta Bella.
—El castillo de Awe está más abajo —dijo mientras detenía a la enorme bestia gris—. Debes estar cansada. Si Emmett lo permite, pasaremos la noche fuera de sus murallas.
Él había olvidado el momento en el que ella le ofreció consejo, pensó Bella, aliviada.
—Estoy dolorida —admitió, bajando de su montura. Habían pasado horas cabalgando a través del paso. Para Bella, habían sido como días. Y no sólo estaba dolorida de sujetarse al caballo con las piernas; su vigorosa forma de hacer el amor también le estaba pasando factura. También estaba agotada. Después de todo, no habían dormido para nada la última noche. Pero sabía que su fatiga era más que física. Cada día parecía traerle un montón de nuevos retos. El consejo de Jasper había parecido una advertencia. No quería que se enemistara con ella en aquellos momentos. Necesitaban mantenerse unidos.
—No te agarres de esa forma con las piernas, muchacha —dijo Edward suavemente.
Bella tuvo la evidente sensación de que él estaba pensando en lo largas que era sus piernas.
—Es un reflejo. Afortunadamente, este viejo amigo parece no preocuparse por lo que yo haga. —No podía dejar de pensar en lo que le había dicho Jasper hacía unos minutos.
Edward sonrió.
—Brogan aprendió a montar con San.
— ¿Es así como lo llamas? —Bella palmeó el cuello castaño del caballo.
—Sí, San Will, puesto que siempre cuida de su jinete.
Bella miró el cuello del caballo, pensando en cada momento en que Edward se había preocupado por ella desde que se habían conocido. Su destino estaba claro. Era un Maestro, destinado a proteger a las personas como ella y batallar contra los malvados como Aro.
Por supuesto que una relación real le haría más débil y vulnerable a sus enemigos. Jasper tenía razón en aquello.
Bella alzó lentamente la mirada.
—No quiero volver a pelarme contigo. —Se mordió el labio cuando los ojos de él se abrieron como platos—. Especialmente después de la última noche. Sé que me has leído la mente. Sabes que no me tomo lo que hicimos a la ligera. No importa lo que diga, lo que haga, puedes confiar en mí. Soy tu aliada y tu amiga, Edward. Quiero lo que sea mejor para ti.
—Una amiga —repitió—. ¿Una aliada? ¿Qué tonterías te ha susurrado Jasper, Bella?
Se sonrojó.
—No quiero debilitarte.
Los ojos de él se abrieron más.
—Tú me haces fuerte, Bella. Eres mi mujer.
Ella no iba a pelear por su uso de las palabras y ciertamente no iba a cambiar su posesividad. No estaba segura de querer hacerlo, no importaba lo que dijese Jasper.
—Si soy tu mujer, ¿no esperas de mí que te sea fiel?
—Puedes apostar que sí. Y eres fiel. Sí, te acecho en todo momento.
Ella no pudo enfadarse.
—Siento haberte dicho lo que debías hacer respecto a Emmett —dijo—. No quiero que te hieran. Y en mi tiempo, las mujeres le dan órdenes a los hombres todo el rato. De hecho, normalmente son las mujeres las que llevan la batuta.
Él sonrió de mala gana.
—Tienes razón —dijo de manera inexpresiva. El último de los hombres los adelantó por el camino.
— ¿Las mujeres de las Highlands dominan a sus hombres?
—No. Yo quería cargar contra Awe con la espada alzada. Pero le pediré amablemente la página a Emmett.
Bella sonrió abiertamente, llena de alivio y felicidad. Él había cambiado de opinión por ella.
—Quizás te sorprenda y te la entregue sin vacilar.
La cara de Edward se endureció.
—Él quiere la página para sí mismo. Y quizás para Aro.
Todo el placer se desintegró.
—Jasper no estaría de acuerdo. Dice que Emmett es bueno.
Edward alzó una ceja.
— ¿Bueno? Hace el bien cuando le interesa. No de forma desinteresada. Te lo digo, Bella, y esta vez me obedecerás. No confíes en él, nunca.
Bella no iba a discutir con él en ese momento. Además, ésa era una promesa que podía hacer con facilidad.
—Si es tan importante para ti, entonces, te doy mi palabra. Nunca confiaré en él. No obstante —añadió cuando él comenzó a mover su caballo para descender por el camino— espero que te equivoques sobre tu medio hermano.
Su cara se ensombreció.
—No me recuerdes la miserable realidad de su vida. ¡Puede que compartamos la misma sangre, pero no es mi hermano, ni medio, ni de ninguna otra forma!
Bella lo siguió sendero abajo, preguntándose cómo podía haber abandonado Mairead a Edward a tan tierna edad, y cómo había podido darle la espalda a Emmett, justo después de nacer. No quería juzgar a la mujer, puesto que había sufrido un crimen atroz. Pero tanto Emmett como Edward era las víctimas más inocentes de la tragedia organizada por Aro. Era una maldita pena que no pudiesen ser amigos.
El paso serpenteaba entre las altas cumbres, la mayoría se elevaba justo sobre el nivel del mar. De pronto, los bosques se abrieron a la brillante extensión verde de una marisma, hierba y arbustos salpicados con espesos pinos y floreciente con el amarillo y el rosa de las flores silvestres. Los arbolados prados finalizaban en las centellantes aguas celestes del lago Awe.
Y alzándose desde el lago estaba el castillo de Awe, un enorme castillo amurallado hecho de piedras marrones rojizas con numerosas torres, altas murallas y una edificación central de cuatro o cinco pisos de alto. Dos veces el tamaño de Masen, Awe estaba rodeado por agua. Blancos cisnes flotaban cerca de las murallas. Había otra isla, también rodeada de murallas, conectada por un puente a la tierra, donde pudo ver construcciones de piedra y chozas de campesinos, y donde pastaba un escuálido ganado. La escena era perfecta para una postal.
El puente levadizo estaba bajo.
—Nos espera —dijo Edward en tono grave.
— ¿Cómo podía saber que estamos aquí?
—Emmett tiene fuertes poderes mentales. Mantente detrás en medio de los hombres —le dijo. Galopó hacia delante, acompañado por Jasper e Ironheart.
Y fue entonces cuando comenzó el ruido de cascos de caballos.
Fue un déjà vu. Aquel terrible y ominoso sonido, una invitación a la muerte, era algo que Bella nunca iba a olvidar. Había esperado no volver a oírlo nunca. El sonido de un ejército de guerreros highlanders acercándose con la intención de luchar y la muerte, una pesadilla que se hacía realidad. Se giró, sobrecogida por el miedo, y vio cientos de hombres a caballo galopando hacia ellos.
Edward, Jasper e Ironheart hicieron un alto a la cabeza de los hombres de Edward. Instantemente, fueron rodeados por guerreros. Bella se dio cuenta de que no había ni una sola espada desenvainada, ni siquiera la de Edward.
Uno de los enemigos se acercó cabalgando y se colocó frente a Edward. Llevaba armadura completa, pero la visera estaba alzada. Bella se esforzó para oír, pero el intercambio fue en gaélico. Instantáneamente, el gigante les hizo una seña a todos para que fuesen al bajo puente levadizo.
Bella sintió que su miedo aumentaba. ¿Los estaba Emmett tomando como prisioneros?
Bella aguijoneó a San para ponerlo al trote y seguir a los hombres mientras eran conducidos por el puente y cruzaban el alzado rastrillo. Aquel puente parecía formar una muralla exterior, puesto que pudo ver edificios para la guarnición allí. En ese momento sólo veía la espalda de Edward y, aunque era consciente de su tensión, no pudo discernir nada más. Fueron urgidos a atravesar otra torre de entrada, un pabellón mediano, y luego una enorme torre de entrada con cuatro altas torres defensivas. En el momento en que el último hombre de Edward hubo entrado en la última muralla, el rastrillo se cerró de golpe tras ellos.
Bella se estremeció. Sin duda alguna, ahora eran prisioneros. Miró cautelosamente a lo que los rodeaban. El castillo en el interior de la muralla era enorme, con casi media docena de edificios construidos en su interior. Su mirada voló al torreón frente a ellos.
La oscura puerta de madera de entrada se abrió y salió un hombre, de pie a dos niveles sobre ellos.
Era Emmett.
—Hallo a Chaluim.
Edward pasó cabalgando con su gris caballo junto al gigante y hacia las escaleras de piedra que conducían hasta donde estaba Emmett. Bella esperaba que se detuviese pero no lo hizo. Dirigió al rucio escaleras arriba hasta que el corcel se detuvo junto a Emmett, provocando que Edward, quien aún estaba subido al caballo, se cerniese sobre él.
—Hemos venido en son de paz. Me gustaría tener unas palabras contigo —dijo Edward secamente en francés.
Emmett se carcajeó, en absoluto perturbado por las acciones de Edward.
—Puedo adivinar por qué has venido, Edward. Por favor, mi casa es tu casa... hermano. —Su mirada se movió más allá de Edward, quién estaba colorado con un creciente acceso de furia, y se posó directamente en Bella, sin importar que media docena de hombres de las Highlands la rodearan, todos más altos que ella.
Sonrió.
—Yo no dejaría a la mujer sola con mis hombres, Edward —dijo Emmett suavemente en inglés—. Es demasiado hermosa. —Con eso, le envió una cortés reverencia y se giró para entrar en el vestíbulo—. Dejad los caballos en los establos. —Se dirigió al interior con grandes zancadas.
Edward hizo girar al rucio, con apariencia de estar peligrosamente furioso, y bajó a galope las escaleras. Bella no lo culpó. Emmett era un provocador, por no decir otra cosa. Edward se movió entre los hombres de Emmett. Deteniendo su jadeante corcel ante ella, le ofreció la mano. Bella lo entendió y saltó de su rocín hasta su caballo de guerra. Quiso susurrarle que respirara hondo un par de veces, pero decidió que aquel no era el mejor momento para intentar decirle cómo proceder. En cambio, colocó la mano en su hombro, esperando que recobrase algo de calma antes de entrar en el vestíbulo de Emmett.
Él la miró.
Bella deseó que aquella vez le estuviese leyendo la mente. Todo va bien, pensó. En realidad no había hecho nada excepto ser tan irritante como un mocoso consentido.
Edward profirió un sonido y dio la vuelta, cabalgando entre los hombres de Emmett. La urgió a desmontar al pie de las escaleras, y luego él también saltó al suelo. Uno de sus hombres se apresuró a coger su caballo y comenzaron a subir las escaleras.
Bella bajó la mirada al patio, hacia las tropas reunidas y se estremeció. Entonces echó un vistazo a la puerta principal, que había sido dejada abierta por Emmett. El sol se estaba poniendo tras el vestíbulo, así que no pudo ver el interior, el cual se abría ante ella como un negro vacío.
Edward tenía razón. No podían confiar en Emmett. Bella no sabía lo que quería o qué haría si Edward decidía ponerse beligerante. Estaba asustada sobre lo que había significado aquel comentario sobre su apariencia. El hombre era tan peligroso como un tigre acorralado.
En ese momento, aunque demasiado tarde, deseó no haber venido.
Bella siguió a Edward al interior de un enorme vestíbulo y parpadeó sorprendida. Frente a ella tenía un montón de hermosos muebles que no procedían del siglo XV o de ningún siglo cercano. Entonces vio un Picasso colgado en la pared. Abrió los ojos como platos cuando reconoció un Renoir, un Constable, y un Pollock. Volvió a observar la habitación. El hogar de Emmett podría haber estado amueblado como cualquier casa del siglo XX con las antigüedades y los mobiliarios europeos más elegantes, excepto por el hecho de que no había lámparas.
Emmett estaba junto a un imponente aparador de oscuro nogal con patas en forma de garras y doradas hojas trepando por sus costados. Estaba vertiendo vino de una licorera de cristal en una copa de cristal. Bella vio un sacacorchos moderno.
Sintió que se mareaba. Estaba ataviado con botas, las piernas desnudas, con un leine y un brat1 verde esmeralda, azul y blanco, y su atuendo ofrecía un patente contraste con la habitación. Habiendo llenado varias copas, se colocó frente a ella con aquella seductora y francamente divertida mirada que ella recordaba demasiado bien. Él sabía que era irresistible para el sexo puesto, pensó.
— ¿Una copa de vino, lady Bella? —murmuró, acercándose a ella justo en el momento en que Jasper e Ironheart entraron.
—No, gracias —dijo Bella, nerviosa. Los ojos de él eran grises como los de Edward, y llenos del mismo ardor apreciativo. Peor aún, deslizó su mirada sobre ella desde la cabeza hasta los pies. Bella estuvo segura de que le estaba quitando cada prenda que llevaba y disfrutando mentalmente de su visión privada.
Su sonrisa se hizo más ancha.
—Es de Burdeos —dijo suavemente.
Ella se encontró con su mirada, consciente del calor en sus mejillas. El tono de él fue suave y estuvo segura que lo usaba con las mujeres para meterlas en su cama. De alguna manera supo que él estaba pensando en cómo sería tenerla en su cama, y también que sus pensamientos eran terriblemente gráficos.
—Estoy segura de que es maravilloso —dijo con voz ronca, apartándose, incómodamente perturbada. La belleza y la masculinidad de él no ayudaban.
Edward dio un paso para colocarse entre ambos.
—Vuelve a mirar a mi mujer de esa forma y te arrancaré la cabeza y la haré caer al suelo para luego colocarla en una pica. —Sus ojos brillaban de rabia. Llevaba el casco en la mano en ese momento, aunque su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de su montante.
Bella ni siquiera pensó en calmar a Edward en ese instante. Emmett la había dejado claramente desconcertada, y había sabido lo que hacía. Había disfrutado haciéndola sentir incómoda y avergonzándola.
— ¿Cómo puedo no mirar una mujer hermosa? —dijo Emmett suavemente y Bella supo que su mirada había vuelto a vagar hasta ella—. Tengo ojos en la cara, Edward.
Una copa se rompió.
Bella se giró con rapidez y se dio cuenta de que Edward había golpeado la copa que sostenía Emmett.
—Muestra respeto —dijo secamente.
La sonrisa de Emmett permaneció, pero sus ojos se habían tornado fríos.
—Te he invitado a mi casa. He elegido no arrojarte a la torre. No me gusta que se derrame vino rojo sobre mi fina alfombra.
—Yo lo limpiaré —gritó Bella, pero no saltó para colocarse entre ambos hombres. Edward tenía la mano sobre la empuñadora de su espada y temió que fuese a desenvainarla. Si lo hacía, sabía que Emmett le daría la bienvenida a la lucha.
Ironheart se asentó en una silla para observar el drama, aparentemente perplejo. Jasper se acercó a zancadas y colocó una mano sobre el hombro de Emmett, dando un paso justo entre ambos hombres.
— ¡Suficiente! —estaba enfadado—. Has provocado a Edward. Te merecéis una colleja como si fueses un muchacho de diez años, no un hombre de tu edad.
Emmett miró a Jasper sin hostilidad y se alejó de ambos. Hizo una pausa para detenerse delante del hogar, mirando fijamente las llamas. Terriblemente aliviada, Bella se acercó a Edward y le cogió la mano.
—Deberías tratar de ignorarlo —comenzó.
Él le dirigió una incrédula mirada.
Bella se alejó de un salto, dándose cuenta de su error. En el mundo de aquel hombre, una mujer debía mantener la boca cerrada hasta que fuese el momento adecuado. Más tarde, cuando estuviesen a solas en la habitación que compartirían, podría intentar conseguir que viese las cosas a su manera. Era tan difícil controlar el impulso de decirle algo cuando sabía exactamente lo que debía hacer. ¿No podía ver Edward que estaba siendo manipulado por Emmett? Siempre tenía que coger el camino más difícil.
Emmett había vuelto al aparador, se sirvió más vino, sus manos se balancearon sin temblar. Le tendió una copa a Jasper, quien la aceptó, y luego miró a Ironheart. El conde de Lachlan negó con la cabeza, por lo demás, no movió ningún otro músculo.
— ¿Os conocéis, Lachlan? —dijo Jasper.
—No formalmente —dijo Emmett, sin coger vino para sí mismo—. Su reputación es grande.
—Entonces ahora es el momento. Él será un buen aliado, cuando decidas que eres demasiado grande para hacer travesuras y decidas obedecer a la Hermandad más a menudo de lo que la desobedeces.
Emmett observó a Jasper sin hostilidad y Jasper le devolvió la mirada. Bella se dio cuenta de que se conocían el uno al otro más allá de lo superficial, y que Emmett aceptaría la crítica proveniente del tío de Edward, aunque no tuviesen ningún tipo de relación familiar. Se sintió segura de que Jasper había cultivado la relación por el amor que sentía por su sobrino. La tensión en la habitación se alivió y ella respiró.
—De hecho, me encantaría una copa de vino —mintió. Le sonrió a Emmett y Jasper y se acercó al aparador para servirse, esperando que un acto de normalidad ayudara a relajar aún más el ambiente. Una vez se sirvió, se giró de cara a la habitación—. Tienes una casa preciosa —le dijo a Emmett. No estaba segura de cómo dirigirse a él.
La sonrisa de Emmett comenzó a aparecer. Estaba complacido, y de alguna forma divertido.
—Es más hermosa gracias a tu presencia —le devolvió.
Bella lanzó un vistazo a Edward, quién simplemente sacudió la cabeza con disgusto. Bella sintió ganas de decirle a Emmett que en su tiempo, las mujeres habrían reído ante tales líneas. Pero quizás no; era realmente seductor, ninguna mujer querría desperdiciar una oportunidad con él.
Edward le dirigió una oscura mirada y le dijo a su medio hermano.
—Sabes por qué estamos aquí.
Emmett se enfrentó a él.
—Sí. —Dejó su copa y metió la mano en el brat, sacando una página de pergamino enrollada y atada.
Bella jadeó.
— ¿Es lo que creo que es?
Emmett le tendió la página a Edward.
—Sí, lady Bella, y veo que estás encantada. Pero la página no tiene valor.
Edward desató la cinta y desenrolló la página. Bella dejó su copa y se apresuró a su lado. Tenía en frente una página con una escritura preciosa aunque muy estilizada y densamente decorada. Las letras estaban más distorsionadas que las de Cathach.
—No sé leer en latín. ¿Muchacha?
¿Estaba escrita en latín, no en gaélico?
—Sí —dijo Bella en voz baja, quitándole la página. El corazón le latía con estruendo y se sintió débil—. ¡Gracias! —le besó la mejilla y corrió hasta el fuego, sentándose allí en un banco de terciopelo. Miró las palabras, cayendo en la cuenta de que sólo un párrafo estaba escrito en latín. El resto estaba escrito en gaélico irlandés. Era difícil de leer debido a la estilizada escritura y la falta de espacio entre palabras. Y entonces lo entendió. Era un ruego, pero no como ninguno que ella hubiese oído. Una diosa gaélica de la curación cuyo nombre nunca había oído —Ceanna —parecía ser el tema.
—Me pregunto por qué hay una intercalación en latín en un viejo manuscrito céltico —dijo, sin alzar la vista. La pregunta era retórica, y nadie le contestó—. ¿Hay inserciones latinas en el Cathach?
—Hay dos —dijo Edward —. Cuando los escribas pusieron en las páginas la sabiduría de los Antiguos, un escriba prefirió el latín. Se dice que era romano.
Los romanos habían conquistado Inglaterra, pero no Irlanda. Por otra parte, un romano podría haber cruzado fácilmente el mar irlandés.
—Éste es un descubrimiento extraordinario, con toda clase de implicaciones —dijo Bella en voz baja.
Alzó la vista hacia Edward.
— ¿Puedes traducirme el gaélico?
Él dudó.
—No soy tan erudito como los monjes o los sacerdotes. Puedo intentarlo. No será fácil.
—Lo haremos juntos. —Bella le sonrió alegremente—. No hay prisa. Esta página tiene que ser traducida. Tenemos toda la noche, ¿no? Vamos a quedarnos esta noche, ¿verdad?
La mirada de él sostuvo la suya. Pasó un momento antes de que hablase.
—Sí. —Se giró hacia Emmett—. Lady Bella desea traducir la página. Necesitará luz, pergamino, una pluma y tinta. —Habló en el tono de alguien dando órdenes.
Emmett sólo lo miró, claramente sin estar dispuesto a obedecer.
Bella había traducido por fin la primera línea en latín. Levantó la vista, consciente de que le temblaban las manos por la excitación.
— ¿Cómo puedes decir que no tiene valor? —exclamó—. Es algún tipo de plegaria para sanar. ¿Por qué crees que no tiene valor? ¿Dónde encontraste esto, Emmett? Es inestimable.
Él se acercó tranquilamente.
—La encontré en tu tienda, Bella —murmuró.
Bella deseó que dejase de intentar recordarle que era sexy.
— ¿En qué lugar de mi tienda? —exigió ella.
Emmett comenzó a reír.
—En una Biblia del Rey Jacobo.
Bella se puso en pie, pasmada. Había una Biblia del Rey Jacobo en su inventario, y había sido publicada en 1728. Había adquirido la Biblia sólo un mes antes en una hacienda en Londres.
—Había un escondrijo en el lomo —dijo Emmett—. No puedo adivinar cómo lo encontré. Angela había mirado primero en la Biblia. Sentí sus huellas en ella. Estaba siguiendo su rastro.
Bella miró al medio hermano de Edward. ¿Podía sentir las huellas dactilares? Se concentró.
—Este es un descubrimiento astronómico —acentuó. Se giró hacia Edward —. Cuanto antes traduzcamos esta página, mejor. ¿Pero cómo llegó esta página a mi tienda? ¿Estuvo oculta en la Biblia todo el tiempo? —en esa ocasión no miró a Jasper.
—Podía llevar en esa Biblia siglos, Bella —dijo suavemente Edward.
— ¿Y el destino trajo la Biblia, y la página a mi tienda? —por fin miró a Jasper.
La mirada de él se deslizó con rapidez a un lado.
—Puedo llevarte de regreso si deseas llevar a cabo una búsqueda —dijo Emmett, sonriendo burlón.
Antes de que Bella pudiese rechazarlo cortésmente, Edward vociferó:
—No te llevarás a Bella a ningún sitio, Emmett. A ningún sitio.
Emmett se encogió de hombros, los ojos le relucían.
—Era sólo una sugerencia. —Entonces se puso serio—. La página no tiene poder, lady Bella. Puedo leer bastante bien. Es una plegaria y una bendición para evitar morir debido a heridas mortales, si las heridas son infringidas por una espada o un arma de corte similar. Mi escudero se ensartó a sí mismo. Intenté protegerlo de morir, y fallé. No hay poder en esa página.
A Bella le llevó un momento entender lo que le estaba diciendo.
Pero Edward miró a Emmett y dijo:
—Tú eres medio deamhan. Los deamhan son destructores. No pueden curar. ¿Aun así intentaste sanar? —lo estaba atacando duramente.
Emmett no deseaba hablar, pero dijo con frialdad:
—Puede que sea medio deamhan, pero también soy el nieto de Faola. Y he curado, Edward, con estas dos manos y una gran luz blanca. —Alzó las manos, las cuáles temblaban de furia.
Jasper se acercó para colocarse entre ambos.
—Me siento complacido porque puedas curar un poco, Emmett. —Fulminó a Edward con la mirada—. Necesitáis hacer a un lado vuestras batallas en este momento. Hay asuntos más importantes que atender.
Bella se volvió a sentar en el banco. Emmett tenía un poco de habilidad para curar y Edward no. Aquello era bastante interesante. ¿Significaba eso que los distintos Maestros heredaban los rasgos de la misma forma que lo hacían las personas?
El rictus de Emmett se endureció.
—El poder fue nuevo para mí. Curé a una muchacha verdaderamente enferma una vez. No sabía hacerlo bien y me debilitó. —Se sonrojó, mirando a Jasper—. No puedo volver a usar tal poder debilitador otra vez.
Bella estaba fascinada. ¿Había curado a una mujer, y al hacerlo había perdido algo de su fuerza?
—Quizás con el tiempo, el poder crecerá y será más fácil de usar. —Jasper le apretó el hombro—. Me alegro de que hayas salvado una vida.
Bella se puso en pie.
— Edward. —Caminó hacia él y sonrió con fervor—. No importa que esta página tenga o no el poder de sanar. Lo que importa es que puede ser del Cladich. Esta página es increíblemente valiosa si es verdadera. Necesita ser encerrada o devuelta a mi tiempo con el resto del recobrado manuscrito, para que pueda ser preservada.
Edward negó con la cabeza.
—Sí que importa si no tiene poderes, Bella. Importa mucho. Si es genuina, curará.
Él no lo entendía, pensó Bella. Los estudiosos del siglo XXI suplicarían por tener la oportunidad de estudiar aquella página.
Y ella tampoco entendía el valor que tenía para él.
—Puedes usar vida para curar. ¿Por qué es el Cladich tan importante?
Edward emitió un sonido.
—Porque no necesitaríamos usar vida para tener los poderes del Cladich, Bella. El libro puede sanar por sí solo.
Bella respiró con dificultad.
— ¿Entonces el libro puede sanar a los moribundos?
Un Maestro nunca tendría que usar vida si se estaba muriendo para sobrevivir. Bien, ahora lo entendía. El valor del libro era inestimable.
Y no le extrañaba que Aro lo quisiese. Podría curar a sus hordas demoníacas con él. Mierda.
—Sí. Y has leído las páginas adecuadas. Cada una tiene su propia causa.
Y Bella se estremeció de pronto, debido a un helado frío que se instaló en el vestíbulo. Alguien debía haber dejado abierta la puerta principal.
Pero cuando la temperatura descendió, igual que había hecho en el claro cuando había llegado por primera vez al siglo XV, Bella comenzó a darse cuenta de lo que ocurría.
Edward se puso a su lado, lleno de una alarma y urgencia que Bella pudo sentir. Siguió su intensa mirada con pavor hasta la puerta abierta. Una sombra negra la llenaba.
La muerte, pensó Bella, incapaz de respirar.
Pero la oscura sombra se separó para revelar a un hombre rubio con traje carmesí. Y el conde de Aro le sonrió.
—Hola, Bella.
1 Manto exterior que cruza el leine, llamado brat en irlandés.
