Capítulo 12

Bella sintió como le temblaban las rodillas. No tenía que ser presentada para saber que estaba mirando a Aro.

— ¿Cómo sabes mi nombre? —era vagamente consciente de que todo el mundo en la habitación había cerrado filas, colocándose detrás de Edward y de ella.

—Lo sé todo —dijo él, sus blancos dientes brillando intermitentemente. Ningún ser humano podría ser más hermoso. Tenía la cara de un dios griego, no, de un dios celta, pero entonces, qué es lo que era o casi era. Bella sabía que él era la perfección física, la belleza en la forma más reverente, pero también sabía que no tenía alma y que la muerte seguiría su estela mientras él lo disfrutara.

Y mientras estaba allí de pie, paralizada por el miedo, las últimas nubes en su mente se levantaron.

La puerta de la calle estaba abierta. Pero no era mamá. Una sombra oscura iba a la deriva.

Con terror, Bella entró corriendo en el armario, cerrando de golpe la puerta, pero no antes de mirar sobre el hombro. Un hombre estaba de pie en el centro de la sala de estar, mirándola fijamente a ella.

Bella sollozó de miedo.

La puerta de la calle estaba abierta.

Bella ocultó los ojos detrás de las manos, acobardándose bajo los suéteres y chaquetas que colgaban allí. Y él extendió la mano, tomando la suya. Bella fue sacada hacia la luz. Alzó la vista, hacia sus negros ojos sin fondo.

Vendré por ti pronto.

Bella se ahogó con el horroroso recuerdo.

—No tienes ningún asunto con Bella. —El tono áspero de Edward cortó sus pensamientos. Estaba directamente de pie delante de ella ahora—. Tu asunto es conmigo. Sólo conmigo.

—En realidad, te equivocas —dijo Aro suavemente con una hermosa sonrisa—. El destino de Bella está en mis manos. Como padre, como hijo —añadió él.

Bella se congeló.

Edward desenvainó la espada y Jasper lo agarró del brazo.

Aro se rió de todos ellos.

—Hay tanto miedo en esta habitación que mi poder crece. —Se mojó los labios, mirando a Bella, y ella sintió su excitación y se horrorizó.

—Disfrutaré de ti mucho más de lo que lo hice con Mairead.

Edward se echó hacia delante, enfurecido.

Emmett dio un paso frente a él, casi atravesándose él mismo con el filo de Edward en el proceso. Jasper e Ironheart lo agarraron, pero Edward intentó apartarlos rápidamente. Bella le habría gritado a Edward pero sus cuerdas vocales estaban congeladas. Ella sólo podía pensar en el hecho de que Aro lo había herido mortalmente una vez y que podría volverlo a hacerlo otra vez.

—Nunca la tocarás —rugió Edward.

— ¿Y quién me parará? —Ronroneó Aro—. ¿Un débil Maestro como tú? Tu propio padre se pasó once años cazándome o al menos entonces él lo pensaba. Lo conduje hacia una alegre persecución y todo ese tiempo Mairead estuvo afligida por su traición, deslealtad e infidelidad.

Edward se liberó de Jasper e Ironheart.

¡A Bhrogain!

Bella gritó.

Emmett se giró y le sujetó el brazo de la espada.

— ¡Esta no es la forma! —le gritó.

Edward lo apartó, tan sólo para tener a Jasper y a Ironheart sobre él, arrastrándolo hacia atrás, al otro lado de la habitación. De algún modo se los quitó de encima también. Aro se rió.

Bella gritó con horror mientras Edward se tambaleaba como si lo golpearan. Pero estaba solo, de pie y no había habido ningún golpe físico.

—Inténtalo —dijo Jasper con ferocidad y ella vio a Aro pálido y gruñendo como si justo lo hubieran golpeado también—. Aquí estamos nosotros cuatro —añadió con serenidad.

Bella miró a su alrededor. Muchísimo poder se arremolinaba en la habitación, masculino y caliente. Comprendió que estaba de pie en medio de una especie de tablas cinéticas. El sudor goteaba por las sienes de Jasper y le ardían los ojos. Y cada hombre de la habitación tenía una expresión idéntica, incluso Aro.

Emmett se enfrentó a Aro, las piernas apoyadas con firmeza, anchas y duras.

—Estoy cansado de vuestras visitas —gruñó él—. Estáis en mi casa ahora. Soy el señor aquí y no os doy permiso para entrar en mi sala. Salid.

Aro rió sin alegría.

—Hace tres años decidí dejar a Edward con vida cuando podría haber terminado con él. Probó el maravilloso placer que encontramos en la muerte, como era mi deseo y pronto, probará tal placer otra vez. Él será mío. —Aro tomó la cara de Emmett con una mano y le acarició la mejilla con sus largas uñas. Murmuró—: Y tú, mi muchacho, serás mío también. Esto tan sólo es cuestión de tiempo. —Lo liberó y se rió de Bella. Entonces, desapareció.

Bella quiso correr hacia Edward, pero no podía moverse. Que Aro los quisiera a todos era peor que la muerte. Él era Satán, después de todo.

Estaba lista para tener arcadas y cayó de rodillas.

Y entonces Edward estuvo de rodillas al lado de ella.

—Se acabó —dijo él severamente, tirándole de un brazo. La sostuvo con dureza.

— ¿Acabar? —Bella jadeó, apenas capaz de hablar—. Esto no se ha acabado, nada está terminado. ¡Esto sólo ha comenzado!

—Te protegeré —prometió, los brazos cerrándose, la mirada dura.

Ella tiró distanciándose y el miedo se convirtió en afrenta.

— ¿Cómo? ¿Cómo lo vas a hacer? ¿No lo oíste? Me violará y conseguirá al niño. ¡A ti, te convertirá en amo del mal! ¿Y Emmett? ¡Emmett está marcado, también! ¡A no ser que haya un modo de destruirlo, todos sufriremos destinos mucho peores que la muerte!

Edward respiraba con dificultad.

—Es normal que tengas miedo, Bella. Has visto al señor del mal por primera vez. Comprendo lo afligida que estás.

— ¿Afligida? —eso, pensó Bella, era la frase del siglo. Miró a Edward —. ¿Estás bien? ¿Qué es lo que ha pasado?

Edward vaciló.

—Me golpeó con su poder. Estaba preparado para ello, me golpeó para derribarme. Con todos nosotros juntos, usando nuestros poderes en su contra, no puede hacer demasiado daño.

Bella se estremeció.

—Entonces, ¿por qué los cuatro no combináis vuestros poderes y lo liquidáis matándolo?

Los ojos de Edward se endurecieron.

—Si pudiéramos vencerle de ese modo, ya lo habríamos hecho.

— ¡Bien! ¡Tiene el poder de resistirse a vosotros cuatro! —Bella intentó respirar profunda y uniformemente. Falló. No había comprendido hasta ese momento lo malo que realmente era. Era omnipotente, horrible, horrendo y tenía la intención de destrozarlos, aniquilando totalmente a todos. Más específicamente, el maligno quería usarla y quería usarla en contra de Edward. Quería el alma de Edward.

Las sospechas de Jasper eran correctas.

—Moriré antes de volverme maligno. Y te haré el mismo favor antes de permitirle tocarte —dijo Edward. Se puso de pie y le ofreció la mano.

Edward estaba prometiéndole terminar con su vida antes de permitir que Aro la usara. Ella intentaba pensar racionalmente ahora. Sus palabras no eran amables porque las pensara. Pero la muerte era mejor que sufrir el toque del hombre. Siguió temblando de modo incontrolable aunque estaba de pie.

—Dijiste lo mismo de ti mismo. Ningún Maestro ha sido capaz de vencerlo durante siglos.

—Sí, pero habrá una primera vez. Te pregunté si tenías fe. —Su cara fuerte y decidida, no mostraba ningún signo de miedo, Edward se giró y salió airadamente hacia la noche.

Bella lo miró fijamente por detrás, extremadamente frío. Quería tener fe en él, pero le parecía un suicidio. Valía más pecar hacia el lado de la precaución. Esta era una nueva realidad y desafiaba la imaginación.

Aro estaba cazando a Edward.

Su corazón daba bandazos con nauseabunda fuerza.

Emmet caminó hacia ella.

—Vendió su alma a Satán hace miles de años, puede que más, su poder está protegido por el diablo. Muchos Maestros combinados no pueden tomarlo. Lo hemos intentado. Algunos Maestros tienen más poder que otros. Aro ha tomado la vida de los menores. Debilita al Maestro con toques mortales y entonces obra el mal. Estoy seguro de que un toque mortal puede debilitar a Aro. —Los ojos de Emmett se encendieron—. Estoy seguro. Vive en un cuerpo medio mortal. Sangra.

Bella lo miró fijamente, comprendiendo que si Emmett tuviera razón, esto no era completamente desesperado. Por otra parte, Aro era tan poderoso, ¿cómo podría ser ejercido un toque tan mortífero?

Alguien le puso en la mano un vaso. Era Ironheart.

—Tomad algo de vino, Bella —dijo firmemente—. Limpiará vuestro miedo. Y vuestro mal, muchacha.

Bella se encontró con su mirada y no vio nada más que resolución. Su expresión era idéntica a la de Edward. No había ningún miedo, sólo coraje.

— Edward tiene un gran poder para ser un Maestro tan joven. Os protegerá. No lo juzguéis tan pobremente. Os protegerá también. Pero sobre todo, si hay un camino, Edward lo encontrará. Funciona con su ambición.

Bella tomó aliento.

—No quiero que funcione por ambición y termine muerto —dijo severamente. Miró las caras de los hombres. Para ellos, esto era sólo otro momento en la línea del deber de la Hermandad—. Como habéis dicho, es joven, demasiado joven para morir. ¡O peor! —tragó—. Aro tiene que ser detenido. ¿Estáis seguros de que no está el conocimiento que necesitamos para hacerlo en el Cathach?

Edward estaba de pie sobre las murallas, ya no furioso, sólo enfermo en el alma.

Había devuelto a Bella a su tiempo para protegerla, pero ahora, con retrospectiva, sabía que había cometido un terrible error. Habría estado más a salvo en su tienda, frente a personas como Angela y Emmett, que donde estaba ahora. Emmett no habría hecho nada peor que seducirla y estar armado con armas modernas. Bella era bastante fuerte para haber luchado contra Angela, quizás incluso habría triunfado sobre ella. Aro era un asunto completamente diferente.

Era completamente culpa suya que fuera ahora un objeto de deseo para Aro. Si se atrevía a inspeccionar estrechamente sus motivos para traerla de regreso junto a él, tendría que admitir que la poderosa atracción que sentía por ella había sido un gran factor tanto como su deseo de protegerla.

Las amenazas de Aro habían sido claras. Planeaba usar a Bella contra Edward, igual que Mairead había sido usada contra Brogan. Jasper y Carlisle, ambos le habían advertido de que no se encariñase de ella, pero era demasiado tarde. De repente, vio a Bella desnuda debajo de Aro, en las convulsiones del placer mientras el otro hombre la usaba y le quitaba la vida.

¿Qué había hecho?

¿Qué podría hacer ahora?

Necesitaba más poder y más sabiduría. Tres años atrás había perseguido a Aro, acorralándolo en la torre de Urquhart, y fácilmente había sido derrotado. No tuvo el suficiente poder para vencer a Aro, ningún Maestro lo tenía o el deamhan habría sido enviado al infierno hacía mucho. Aro había puesto una trampa, pero tal vez ahora él podría ser el tramposo.

Aro se rió, detrás de él.

Edward reforzó su poder contra el deamhan y se giró, tocando la espada mientras la desenvainaba. Lo sintió terriblemente familiar, como si aquel baile fatal en Urquhart fuera interpretado una vez más.

—Piensa más detenidamente, Edward, y la verás pedirme cada vez más placer, el cual con mucho gusto le daré. Me pedirá mi semilla con un frenesí de estúpida necesidad. Me correré dentro de ella cien veces cada noche. Y cuando te la envíe de regreso, con su vientre aumentado con mi niño, no querrá abandonarme. Te odiará por tomarla de regreso.

Toda razón despareció. Edward rugió.

—Por Bella.

Moray desenvainó su espada y fue al encuentro del cruel ataque, sonriendo con placer.

Edward se balanceó una y otra vez, era un déjà vu. En el fondo de su mente, sabía que Aro había querido esta batalla y sabía exactamente por qué. Hacía tres años Aro había elegido dejarlo vivo.

Sabía que era una trampa.

No le preocupaba.

La sed de sangre lo consumía.

Golpeó y el filo de Aro se encontró con la suya. Las espadas chillaron.

El vino tenía el efecto calmante que Ironheart había querido, pensó Bella. Había dejado de temblar y respiraba con normalidad. El miedo permanecía, pero estaba controlado. Aro era mitad humano. Aro podía sangrar.

Tomó otro sorbo y exhaló, cerrando los ojos. Era una mujer de intelecto. Tenía que haber un modo de reducir los poderes de Aro o de herirlo mortalmente. Edward había dicho que los demonios nunca entraban en los lugares sagrados, porque allí perdían sus poderes. Había una conclusión obvia para ser extraída, pero Aro probablemente sabría que era mejor no vagar por una iglesia o capilla. Si pudiera ser atraído a tal lugar, habría sido destruido hacía tiempo.

Su mente regresó a las espantosas palabras de Emmett. Había estado preparada para creer que Aro era el propio Satán, pero Emmett había dicho que tenía la protección de Satán, que era por lo que su poder no podía ser tomado por los Maestros. Bien, ella creía en todo lo demás y estaba lista para abrazar la visión global de Emmett ahora también.

Maldita sea. Si Aro no podía ser herido mortalmente y así debilitado, entonces los dioses eran su única esperanza.

Esto no era particularmente reconfortante. Se preguntó si cualquier Maestro recientemente había visto a uno de los Antiguos. Probablemente se mantenían en la versión Dalriada del Monte Olimpo, del modo en que los dioses griegos hicieron en la mitología griega.

¿Y dónde estaba Edward? ¿Estaba fuera, solo, en la oscuridad?

Bella tembló. Tenía miedo por Edward, estaba realmente asustada. Bella abrió los ojos, tomando largos y profundas respiraciones. Edward era un gran héroe, un campeón para todo lo que estaba bien en este mundo y Aro intentaba darle la vuelta. Tenía que ayudarlo de algún modo. No podía imaginarse el mundo sin Edward, un Maestro protegiendo al Inocente a través de los tiempos.

Tenía que haber una manera.

Miró fijamente a través del cuarto. Una hermosa mesa oval para doce personas, con las sillas tapizadas en terciopelo de color zafiro, con clavos incrustados, habían sido colocadas para cenar con la porcelana dorada y la cubertería. Ironheart y Jasper comían tan rápidamente y de manera tan eficiente como les era posible. Como el abastecimiento de combustible era probablemente crucial para su bien y su poder, no les envidiaba su concentración y su conducta antisocial. Emmett estaba sentado en la cabecera de la mesa, apartado de los otros hombres, bebiendo vino, su plato vacío.

Obviamente estaba pensando.

De repente, Bella sintió un terrible dolor abrasador en el costado. Jadeó, a punto de desmayarse, la mano sobre su cintura. Durante un momento, pensó que una espada le había atravesado el costado.

Emmett se puso de pie.

— ¿Bella?

Bella se miró la mano, esperando verla cubierta de sangre. No había nada. Edward.

Ella se tambaleó sobre sus pies.

— ¡Edward está herido!

Bella se movió primero, corriendo a través del pasillo y arrojándose hacia la puerta abierta. La noche era de un negro azulado, pero el cielo estaba lleno de estrellas de las Highlands y una luna creciente, que era dorada y brillante. Sus ojos fueron directamente hacia las murallas, justo a la izquierda y encima de donde estaba ella y vio allí a dos figuras.

Una figura se derrumbó mientras la otra permanecía erguida sobre ella. Incluso a la luz de las estrellas, Bella vio su perfecta cara bronceada, el destello de los blancos dientes y el cabello dorado por el sol. Él se reía de ella, sus ojos encontrándose. Y Aro desapareció.

Bella gritó y corrió escaleras arriba, Emmett sobre sus talones. Bella tropezó, dio un traspié y cayó de rodillas donde Edward estaba tendido. Durante un segundo, pareció en paz, como si durmiera. Miró su costado izquierdo y sólo vio el brat que llevaba sobre la correspondiente cota de malla. Entonces vio que la lana era excepcionalmente oscura, empapada con sangre.

Los ojos de Edward se abrieron, encontrando los de Bella. Ella retrocedió. Su mirada era plateada, locamente brillante y su mano la agarró de la muñeca. Durante un terrible instante, Bella pensó que iba a dañarla.

— ¡Márchate! —gritó Edward severamente, la cara devastada por el dolor.

Emmett se arrodilló al lado de ella, moviendo la cota de malla y apartándola. Desató el chaleco de cuero para revelar líneas excesivamente largas empapadas de sangre.

— ¡Márchate ahora, Bella! —dijo Emmett firmemente.

— ¡No voy a ninguna parte! —gritó Bella mientras Emmett abría el lino rasgándolo. Ella jadeó cuando vio la horrible herida. Había tanta sangre. Tanto si Edward tenía una hemorragia o si tenía algún órgano dañado o se infectara, moriría.

—Márcha... te —repitió Edward, agarrando su muñeca de manera chocantemente brutal, los ojos en llamas.

—Morirás si sigues moviéndote —dijo Emmett concisamente—. Quédate quieto guardando las fuerzas.

Mientras Edward le sujetaba la muñeca, Bella examinó sus ardientes ojos y reconoció la incontrolable lujuria. Ya había matado a una mujer para salvar su propia vida y ese momento, lo entendió. Él tenía que vivir. Necesitaba vida para vivir.

El miedo regresó, pero ella no se movió.

—No me voy —susurró. Su corazón tronó con fuerza—. Quiero que vivas. Toma mi vida. Toma... lo que necesites.

—Yo... no... Te tomaré —jadeó él. Sus ojos se cerraron, la cabeza se giró hacia un lado mientras perdía el sentido.

Emmett maldijo, mirando airadamente a Bella.

— ¡Está muriéndose! ¡Eres una interferencia ahora, una tentación!

— ¡Entonces cúralo! —gritó—. ¡Dijiste que tenías el poder, hazlo! —presionó sobre la herida para parar la hemorragia con las manos desnudas.

Pasos de botas sonaron mientras Bella se daba la vuelta.

— ¡Deprisa! —Gritó a Jasper—. ¡Consígueme vendas!

Jasper se arrodilló, dándole un pequeño trozo de tela para taponarlo. Inmediatamente Bella cubrió la herida, poniendo las manos de Jasper allí y trató de encontrar el pulso de Edward. No podía encontrarlo. Estaba al borde del pánico, pero de algún modo lo mantuvo a raya.

—No puedo encontrarle el pulso, Emmett —avisó ella—. ¡Si no lo curas, morirá!

Emmett tenía las manos sobre los hombros de Edward, tenía una expresión feroz en la cara. Bella comenzó a rezar, la cabeza de Edward sobre su regazo, su cara entre sus manos. Ironheart se arrodilló al lado de ellos.

Jasper dijo espesamente:

—Él está huyendo, Emmett.

Bella vio el miedo en sus ojos. Miró fijamente la cara de Edward, que ahora estaba terriblemente pálida. La piedra que llevaba puesta le quemaba la garganta y de una extraña manera recitaba la oración que acababa de leer, aquel breve párrafo a alguna diosa celta. Era como si lo hubiera memorizado. El latín tomando forma perfectamente en su lengua, dándole absoluto sentido y nada nunca había sido tan reconfortante. Cantó quedamente para sí misma. Era como si no estuviera en sí misma. Cerró los ojos, sudando profusamente, cantando quedamente en voz alta ahora. La letanía en latín era el único sonido en la noche.

Bella hizo una pausa y miró a Emmett, quien había liberado a Edward.

— ¿Qué estás haciendo? —gritó sofocadamente.

Su mirada se encontró con la suya.

—No puedo sentir nada de vida. Aro ha puesto un bloqueo sobre él. Jasper, ¿puedes parar el sangrado?

Jasper no contestó, casi tan pálido como Edward ahora.

Bella luchó contra el pánico. ¡Edward no podía morir! Se despojó de la piedra de su cuello y la sostuvo entre las manos, apartando de un empujón a Jasper y alejándolo de ella. La lana bajo sus manos estaba empapada. Cantó más rápido, terminando la oración a Ceanna una cuarta o quinta vez mientras Jasper rápidamente cambiaba la lana de debajo de sus manos. Su mente le gritaba que Edward no estaba muerto. Ella lo sentiría si lo estuviera.

Jasper tenía girada la cara hacia la de Edward.

—No respira, Emmett.

Emmett puso las manos sobre él otra vez, el sudor goteando por su cara.

—No puedo darle nada —dijo—. Si tuviera el poder, este bloqueo habría desaparecido.

Bella sollozó. Le agarró la mano a Jasper, le hizo restañar la herida y se inclinó hacia la cara de Edward. Le mantuvo la nariz cerrada, le abrió la boca y comenzó a hacerle la reanimación cardio-pulmonar. Él no respiraba.

Tenía el Taser en el bolsillo de su falda, la que llevaba debajo de su tartán.

Bella abrió el escote de su leine rasgándolo, arrancándolo hasta sus costillas, su fuerza impulsada por la adrenalina. Estaba a punto de poner el Taser allí y sacudir su corazón cuando vio el movimiento del pecho.

Se elevó... y cayó.

Bella sostuvo su cara y se inclinó sobre él. Sintió el aliento contra su piel y comenzó a derrumbarse, llorando.

—Bella —dijo Jasper bruscamente—. El sangrado ha parado. Respira. Es superficial y débil, pero respira.

Ella sintió sus pestañas moviéndose.

—No te muevas. Estás herido —logró decir, mirándolo.

Edward la miró fijamente, pareciendo algo aturdido. Bella no estaba segura de que la reconociera.

—Emmett, la herida está profundamente abierta —dijo Jasper—. Tienes que curarlo completamente. Pienso que no podrá sobrevivir si no.

—Te lo dije, no puedo curarlo del todo —dijo Emmett de manera densa—. Lo hará Bella.

Jasper miró hacia Emmett, quien miraba desde atrás. Entonces ambos miraron fijamente hacia ella.

Bella no podía concentrar su atención en los dos hombres. Edward estaba terriblemente pálido por la pérdida de sangre. Tenía miedo de que fuera a morir de todos modos. Bella le envió una sonrisa que estaba segura de que era lamentable.

—Jasper. Esto tiene que ser cauterizado. —La hemorragia podía haber parado pero, ¿cómo podría sobrevivir a esta clase de herida sin asistencia médica moderna?

—Voy a por Carlisle —dijo Ironheart y desapareció.

Bella comenzó a temblar. Al parecer, habían parado el sangrado y lo habían reanimado, pero la crisis aún no había terminado. Tenía mucho miedo, él iba a morir en cualquier momento.

— ¿Puede Carlisle salvarlo? ¿Puede curarlo?

—Tiene el poder, si llega aquí a tiempo. —Jasper saltó y se apresuró hacia las murallas.

Bella no podía comprender a dónde iba, cuando Edward dijo:

—Ven aquí, muchacha.

Ella se movió bruscamente ante su tono seductor. Le atravesó el cuerpo, causándole al instante cordialidad y calor. Atontada, encontró sus ojos brillantes. Su voz era ronca, ahogada por el dolor.

—Te necesito, Bella... me muero... —Y su intensa mirada sostuvo la de ella.

Ella no podía ver más allá. Bella estaba todavía sobresaltada, el deseo chocando y explotando en su interior. No había ninguna confusión en su significado. Quería tomar vida de ella, mientras estuviera enterrado dentro de su matriz, la fuente de vida.

En aquel momento, había completa comprensión y esto le daba absoluto sentido. La necesitaba desesperadamente, como desesperadamente, ella lo necesitaba. Su mirada pasó por delante de la profunda herida sangrante y vio su virilidad moverse y llenarse. Su mirada voló de regreso a sus ojos.

Ella debería haberse sobresaltado, pero no lo hizo. Sabía que podría curarlo. Le daría su cuerpo y todo su ser mientras él le daba un éxtasis imposible. Su corazón latía más desesperadamente ahora. De algún modo sabía que estaba en la tienda. Le Puissance. El Poder... Se mojó los labios, bajando la cara hacia la suya. Ella jadeó cuando sus bocas se encontraron. Estaba demasiado cerca del placer orgásmico con un simple beso. Y Bella lo sintió agarrarse a su vida.

Él jadeó y ella se tambaleó ante una ola de placer brillante, intenso, el éxtasis llamando...

De repente, unas manos fuertes la arrancaron de Edward. Bella luchó contra Emmett, todo su cuerpo palpitaba desesperadamente ahora.

— ¡No! ¡Idiota! ¡Él morirá!

—Y tú morirás porque él necesita tu vida y no comprende lo que está haciendo. Le das tu vida y Edward pertenecerá a Aro —gruñó Emmett.

Bella no podía entenderlo. Había demasiada desesperación y demasiada lujuria, como si fuera un animal acalorado. Miró fijamente a Edward, quien estaba echado sobre la piedra, respirando con dificultad, necesitándola desesperadamente, queriéndola urgentemente. Tenía que ir hacia él. Furiosa, intentó tirar apartándose de Emmett.

— ¡Puedo ayudarlo! —estaba enfurecida—. ¡Déjanos solos!

Ignorándola, con facilidad Emmett la llevó hacia las escaleras.

— ¿Qué estás haciendo? —gritó Bella, incrédula, pero con un poco de alivio de la espantosa lujuria. En el fondo de su mente, se dio cuenta de que salía de un trance—. ¡Edward morirá si no le ayudo! ¡Me necesita... déjame ir!

—Sal de su cabeza... y entonces él estará bien. Aro tiene atrapado a mi hermano otra vez. Lo ha convertido en un deamhan. —Puso su brazo alrededor de ella, apresándola como el acero.

Bella luchó y miró hacia atrás. Edward permanecía boca abajo, como un cazador en el bosque, su mirada brillante, rastreándola mientras Emmett la obligaba a marcharse.

Te necesito, Bella... no te vayas. No los escuches... regresa a mí...

Su boca nunca se movió pero ella le oyó como si hubiera hablado en voz alta.

La terrible urgencia comenzó una vez más.

Vendré, le prometió. Siempre vendré cuando me llames...

Jasper se dirigía escaleras arriba, pasando a Bella y Emmett, sosteniendo un hierro al rojo vivo que brillaba como los fuegos del infierno en la noche.

Y Bella combatía contra Emmett salvajemente.

—Él no necesita esto —gritó—. ¡Me necesita a mí!

Bella vio a Jasper darle a Edward una daga, dejó de luchar, jadeando por el miedo. Edward se puso la empuñadura en la boca, mordiendo la empuñadura de hueso, su mirada plateada estable sobre ella, firme.

Bella se agarró con fuerza a Emmett. Edward se ahogaba. El horroroso olor a carne quemada desgarraba la noche.

Bella tuvo arcadas, las rodillas doblándosele. Emmett la cogió, sosteniéndola con fuerza contra su pecho.

—Oh, Dios —jadeó, llorando. Tenía que ir con él ahora—. ¡Por favor, Emmett! —gritó—. ¡Por favor!

—Está inconsciente. No puedes ayudarle ahora.

—Puedo —sollozó—. Puedo.

Emmett volvió la mirada hacia Jasper. Jasper asintió con la cabeza.

—La torre de arriba —dijo Emmett—. Hay sólo un camino de entrada y un camino de salida. Tendré las cerraduras puestas en la puerta.

Iban a encerrarlo como a un animal, pensó Bella, horrorizada.

—Juro que estaré lejos de él —mintió—. Por favor, no lo encerréis.

—Lo siento, Bella. Es lo mejor para Edward —dijo Emmett—. Y es lo mejor para ti, también.

El golpe en la zona posterior de la cabeza la sorprendió. Estaba atontada por el dolor y la espantosa comprensión. Y luego sólo hubo oscuridad.

Edward se despertó. Estaba quemándose en los fuegos del infierno. Se ahogaba por el abrasador dolor, pero no podía moverse, el tormento era terrible, no podía abrir los ojos. Le tomó un momento luchar contra el dolor del fuego que le consumía la mayor parte del cuerpo y sólo entonces pudo encontrar algún pensamiento. Estaba mareado, listo para desmayarse.

Estaba cerca de la muerte. Finalmente jadeó, incapaz de contener el sonido, ahogándose en el dolor. Las lágrimas le quemaban los ojos y nadó en su mundo de tormento.

La lujuria comenzó, la lujuria para vivir.

Había votos. Era un Maestro. Esto no podría finalizar este camino.

Tenía que contener el dolor, tenía que pensar. Intentó orientarse. ¿Dónde estaba? Necesitaba vida ahora.

Su cuerpo sabía lo que hacer.

Edward se quedó quieto, intentando oler la vida.

Estaba en el suelo, una plataforma suave de paja debajo de su espalda, el frío de la piedra bajo su mano. Se oyó gemir otra vez y luego oyó la lluvia golpeando.

Giró la cabeza. Vio la hendidura de una flecha sobre el lado más alejado de la pequeña cámara redonda y la puerta de madera. ¿Lo habían encerrado? Miró fijamente la puerta y de repente, de manera chocante, pudo ver a través de ella. Había un candado colgado al otro lado. No importaba. Incluso si hubieran dejado la puerta abierta, no pensaba que pudiera estar de pie o incluso avanzar lentamente hacia la puerta, mucho menos abatirla.

Sólo había sentido tanta debilidad una vez en su vida, en Urquhart, cuando fue ensartado en la pared por la espada de Aro, dejado allí para morir así. Pero no había muerto, en cambio había tomado a la criada. Su vida lo había salvado...

Ardía por vida. Era en todo en lo que podía pensar. Intentó oler la vida otra vez. Y esta vez, al instante, lo hizo. Bella estaba debajo de él.

Ahora, no tuvo ningún otro pensamiento coherente. Estaba dormida, pero la necesitaba con él.

Despierta, Bella. Te necesito. Despierta...

La sintió removerse, sintió su conmoción. Edward inhaló con fuerza. La necesidad de atraerla y tomar el control sobre ella lo consumía. La rastreó con la mente mientras ella tropezaba contra la cama. Pero algo lo conmocionaba en algún lugar, en su pecho, su corazón. Un recuerdo...

Todo lo que era, lo ignoró.

Estoy herido. Me han encerrado. Cuando entre en tu cuerpo, me salvarás. Bella.

Él sintió que lo escuchaba ahora. Ella lo oía y esto era bueno. Estiró sus sentidos, sintió su desesperación y después sintió su calor. Sonrió. Se estaba preparando para él. Su miembro se puso rígido por la anticipación y su corazón comenzó de nuevo a latir más fuerte.

El recuerdo cosquilleaba en su mente ahora.

No quería recuerdos; sólo quería su cuerpo, su vida.

Encuéntrame, muchacha. Estoy esperando...

Ella no contestó pero sabía que se había enterado. Alargó la mano hacia abajo y se tocó de manera que estuviera listo para cuando llegara.

¿Dónde estás?

Edward sonrió, ferozmente satisfecho.

Bella. Sube las escaleras. Encima de ti.

Y ahora podía verla, dos plantas por debajo, tirando de la puerta cerrada de su cámara. Sólo llevaba aquella camiseta diminuta, el trapo y las botas. La lujuria lo consumía, como lo hacía la impaciencia. Latía con gula ahora. Literalmente podría probar su poder, como había querido desde hacía mucho tiempo. Y su corazón latía rápidamente, demasiado rápidamente.

No me importa si me amas, muchacha.

¡Eres tan arrogante!

Edward gimió. Si se permitiera ese lujo, lucharía contra su necesidad y moriría. Cerró los ojos, sudando, saboreando lo que sería, salivando, hasta que su corazón cesara toda protesta. Su miembro rabiaba.

Le Puissance. Habría tanta vida, poder y éxtasis, increíble éxtasis.

Deprisa, muchacha.

Subía las escaleras. Estaba cerca ahora, justo detrás de la puerta cerrada y su corazón gritó hacia él. Se preocupaba por ella.

Las imágenes bailaban en su mente. Bella discutiendo con él, una mujer que no necesitaba a su rey. Bella vestida sólo con un cordón perlado diminuto. Bella preparada para lanzarle una piedra a un deamhan.

Gimió otra vez. Los recuerdos deberían aliviar su lujuria, pero en cambio, el impulso de probar su poder lo consumía. No era la mujer de ningún otro. La distancia entre ellos era una barrera pero de algún modo él apenas se agarraba a su vida y arrancaba poder de ella.

Sus venas aumentaron con caliente fuerza y una ola de terrible placer comenzó a crecer. Respirando con fuerza, tan hinchado que lo hería, giró la cabeza y se concentró en como trabajaba para romper la cerradura.

Estaba frenética por su unión. Él sentía su lujuria goteando por sus muslos. Ella quería ir. Tiró de su vida otra vez. Poder. Fuerza. Virilidad. Iniciar el triunfo. Tenía que ir dentro de ella y tomar incluso más...

La puerta se abrió de golpe.

Él tiró de su poder, inundándose incluso más completamente mientras el torrente de vida entraba en sus venas, creciendo. La ola de placer amenazó con formar una cresta y romper. La miró fijamente, lentamente poniéndose derecho. Siempre, preocupado por ella, pero ahora era demasiado tarde.

Ya que estaba de pie allí, agitada y jadeando, hinchada y mojada.

—Ven, Bella.

Bella se tambaleó hacia delante. Él logró ponerse de pie. Ella lo cogió, colocando sus brazos a su alrededor y al instante él empujó entre sus muslos, su boca rasgando la suya, sintiendo la caída de lágrimas llenas de gratitud.

—Muchacha —jadeó, sosteniéndola como un tornillo apretado. Él echó la cabeza hacia atrás y comenzó a tomar urgentemente su vida, con tanta fuerza y rapidez como podía.

Le llegó mucho poder. Aumentó con ello. Y la ola se rompió. Aulló de placer, derribándola, empujando profundamente en la carne caliente y mojada. Ella sollozó de placer así como él, el éxtasis intensificado cien veces más. Esto lo cegaba.

—Sabes bien.

Ella montó su longitud y llegó una y otra vez, llorando, pero él también. Había querido probar su vida desde hacía mucho tiempo y había tenido razón. Nada podía ser tan potente, tan bueno. Quería que montara su virilidad de esa manera para siempre esa noche y agotarla, y llegar muchísimas veces, mientras ella giraba alejándose, perdida en su propio placer y en el de él. Consciente de que ella seguía queriendo incluso más, tan desesperadamente como lo hacía él, le dio orgasmo tras orgasmo, no permitiéndole ningún respiro.

Más.

Siempre.

El éxtasis los aplastó a ambos.

Y Edward se sintió invencible. La total comprensión llegó. Tenía más poder ahora que alguna vez antes y no había más para tomar. Esta mujer le había dado todo, esta hermosa mujer extranjera que le gustaba. Se corrió, rugiendo ferozmente en el momento final.

Se empujó distanciándose de ella.

Temblando por tanta pasión y poder, Edward se arrodilló sobre su cuerpo boca abajo e instantáneamente la sintió escabullirse. La salud volvía y comenzó el horror. Bella no tenía nada para dar.

Él lo había tomado todo.

Ellos se precipitaron hacia la habitación. Jasper lo agarró, arrojándolo lejos de Bella. Era mucho más fuerte que Jasper ahora pero le dejó que lo apartara. Se enderezó ante la ventana, respirando con dificultad, enfermo de miedo. Emmett arrojó una manta sobre Bella mientras Carlisle se inclinaba sobre ella.

¿Qué había hecho? ¿Y a Bella? ¡No podía perderla ahora!

— ¿Está viva? —exigió densamente.

— ¿Qué demonios le has hecho? —rugió Jasper hacia él.

— ¿Está viva? —gritó Edward.

Carlisle no lo miró.

—Sí, lo está, pero apenas. —Tenía las manos sobre ella, enviándole vida.

Y Edward sintió su regreso a este mundo. Sus ojos revolotearon y ella murmuró su nombre.

— ¿Edward?

Lo abrumó el alivio. Estaba viva. Mantuvieron sus miradas y ella le sonrió antes de que sus pestañas revolotearan y se cerraran.

Casi la había matado.

La bestia había rugido libremente, su intención cruel y malvada. La desalmada bestia...

Jasper golpeó con la mano el hombro de Edward, obligando a sus miradas a enfrentarse.

— ¿Qué hermano está engendrado por Aro? —dijo cruelmente.

Edward se estremeció, pero Jasper tenía todo el derecho a preguntar ahora.

Ella había abierto los ojos otra vez. Se veía débil, desorientada y confusa, pero le envió otra hermosa sonrisa. ¿No sabía lo que le había hecho él? ¿Cómo podía haberle hecho esto?

¡Debería tenerle miedo!

Él tenía miedo de sí mismo.

—No os mováis —le dijo Carlisle—. Tenéis vida, pero débil.

Su horror y odio a si mismo debieron verse porque Bella dijo suavemente:

— Edward, está todo bien. No estoy muerta.

No podía responder. Edward se giró y cruzó con largos pasos la habitación.

Edward se puso sobre los hombros una capa mientras bajaba. La imagen de Bella mientras estaba sobre el suelo desnuda, como estaba todavía, y tan blanca como un cadáver, estaba grabada en su mente. Había estado cerca de matarla. Había tomado su vida.

Se sintió violentamente enfermo en lo más profundo de su ser, en su corazón y en su alma. Cruzó a grandes pasos el pasillo, consciente de que Jasper le pisaba los talones. Fue hacia el aparador y bebió de una de las botellas, pero ninguna cantidad de vino podría cambiar lo pasado o borrar el sabor de la vida de Bella en su cuerpo y el éxtasis increíble que había experimentado con ello.

Edward sintió a Jasper mirarlo fijamente quemándole la espalda. Se giró despacio, haciendo rechinar la mandíbula. No había nadie que odiara más en aquel momento como se odiaba a sí mismo.

—Aun estás relamiéndote.

Edward se tensó.

—No lo niegas. Amaste saborearla hasta cerca de la muerte.

Quiso negarlo, pero ninguna palabra salió.

—Ahora lo combatirás —le advirtió Jasper, sus ojos plateados ardiendo—. Hiciste voto de proteger al Inocente, no de destruirlo.

Edward se giró apartándose. Había abandonado sus votos, había violado el Código. Había tomado el placer prohibido y había disfrutado de cada momento haciéndolo.

Jasper lo agarró por el hombro y lo movió rápidamente, girándolo.

—Si te desvías hacia el mal, te mataré.

Edward miró fijamente y Jasper el Negro le devolvió la mirada. Su tío pensaba cada palabra.

—Si me vuelvo hacia el mal, estaré expectante porque me destruyas.

También lo pensaba.

—Lo combatirás y lucharás contra Aro —gruñó Jasper. Liberó a Edward y salió airadamente por delante de él, viéndose como si estuviera listo para comenzar a lanzar objetos por los alrededores del pasillo.

—No soy malvado —dijo Edward despacio, pero se sentía inseguro—. Estoy enfermo de vergüenza.

—Bien. Deberías estar avergonzado. —Jasper se alejó y comenzó a verter el vino en una copa de cristal. La mano le temblaba. Edward nunca había visto a Jasper temblar, ni una vez en toda la vida desde que lo conocía.

—No puedes comprenderlo —dijo Edward —. Era una bestia, más que un hombre.

Jasper se giró despacio.

— ¿Por qué pensabas que deseaba verte encerrado como un animal enloquecido?

Edward lo miró fijamente. Nunca iba a olvidar lo que acababa de pasar.

—Casi asesiné a la mujer que había jurado proteger, Jasper.

— ¿La mujer que habías jurado proteger o la mujer que habías comenzado a amar? —Jasper estaba serio y sombrío, y la pregunta era una acusación.

Edward se estremeció. Jasper estaba equivocado.

—No amo a nadie —dijo finalmente. Rechazaba recordar los sentimientos que había tenido en el calor del éxtasis.

—Amas a la mujer americana. Está escrito en tu cara, puedo oírlo en tu corazón.

—Maldita sea —rugió Edward. Jasper sabía muy bien invadir su mente—. Le tengo cariño, eso es todo. Cariño, Jasper, cariño, como te tengo cariño a ti.

—No piensas en joderme noche y día. —Jasper se alejó.

Edward tuvo ganas de romper algo.

—No eres lo suficientemente hermoso.

Jasper se le enfrentó.

— Edward, recupera la sensatez. La has puesto en peligro mortal ahora. Te controlaste tomándola esta vez. ¿Qué pasará la próxima?

—No habrá ninguna próxima vez —gritó, rompiendo a sudar. Hasta ahora confiaba en sí mismo, pero su deber era proteger a Bella. Moriría haciéndolo de buen grado.

—Yo también estoy en esto. Pero su juventud y su sangre son demasiado malditamente calientes. Aro no cesará. Lo oíste, igual que yo. La tomará, la usará y la enviará de regreso con un niño. Y te atrapará una y otra vez, atrayéndote hacia el mal, usando a la mujer que amas hasta que realmente le tomes la vida.

Edward cerró los ojos, temblando. Ya sabía esto.

Jasper se suavizó. Fue hacia él y le apretó el hombro.

—Pienso que Bella no debería estar cerca de nosotros. Incluso si la casaras con algún otro hombre bajo engaño, la ha leído como a un libro y a ti también. No importa lo que pienses hacer, Aro la ha marcado como un arma contra ti. La muchacha tiene que irse.

Sabía esto también, instintivamente, aun cuando no quería saberlo.

—No. Debe de haber algún modo de mantenerla segura.

— ¡No hay ninguna manera de mantenerla a salvo de ti! —gritó Jasper.

—Encontraré la manera —dijo Edward, con los dientes apretados.

—No hay ninguna manera —dijo Jasper con ferocidad—. ¡Y ahora verás cómo tengo razón! Eres un idiota enamorado. Tu amor sólo la matará. Y su amor te matará.

Era casi como si no pudiera respirar. Había llegado a depender de Bella. Había llegado a esperar que estuviera a su lado, en su casa y después cada noche en su cama. Había llegado a tener ganas de sus conversaciones y esperar sus sonrisas, que lo complacían tanto que intentaba ser la causa de ellas. Su arrogancia podía ser molesta, pero era muy inteligente para ser mujer. Podía descartar sus insultos, pero sabía que estaba enamorada de él. Ella no lo pensaba cuando le llamó macho idiota. La única cosa que realmente le molestaba era su desobediencia, porque sabía que era el más simpático y el más fuerte. Pero soportaría cada orden si pudiera deshacer lo que estaba pasando ahora.

La necesitaba. Era asombroso. Le dolía pensar en enviarla lejos. Probablemente la echaría de menos cuando se hubiera ido.

—Pensaré en ello —dijo concisamente—. No me empujes ahora.

— ¡No hay nada que pensar! —Jasper estaba furioso—. Deseas encontrarla muerta un día o deseas que viva. Haz tu elección.

Edward lo miró fijamente, irritado. No había ninguna otra opción. Porque la bestia oscura estaba al acecho en su interior y porque Aro sabía cómo desencadenar a aquella bestia, Bella no podría quedarse con él. Se había hecho su Mairead. Y como Mairead, sólo había un lugar seguro al que pudiera ir, el claustro.

—Ningún deamhan, nunca entra en un lugar sagrado a propósito. La llevaré a Iona —dijo Edward y entonces cedió a su estallido de cólera, y lanzó el brazo, golpeando una hermosa silla a su lado y rompiendo los brazos. Su corazón no quería que se fuera.

—Estará a salvo allí —estuvo de acuerdo Jasper—. Pero la acompañaré. Es tarde ahora, la llevaré mañana. Nos marcharemos al amanecer.

Edward se giró, su corazón retumbando.

—Tu no das las órdenes aquí, Jasper —advirtió—. Soy tu señor feudal.

—Sí, cuando no estás cegado por la lujuria y el amor. —Jasper salió majestuosamente del vestíbulo.

Más cólera explotó. Se inclinó sobre otra silla, respirando con dificultad. El claustro sería seguro para Bella. Su madre estaba a salvo allí y de buen grado deseaba permanecer allí hasta su muerte. Ni siquiera Aro desafiaría entrar en un lugar sagrado. Pero Bella no querría quedarse en la abadía demasiado tiempo. De hecho, ciertamente sentía que no iba desear ir allí para nada.

Estaría furiosa, pensó. Pero él era su señor y no iba a darle opción. Se enderezó y pateó una silla de damasco roja y de marfil a través del cuarto.

Emmett cruzó a grandes pasos el vestíbulo.

— ¡Si deseas romper algo, entra en los bosques, pero deja mi excelente casa en paz!

Edward lo miró. Lamentablemente, este hombre era su hermanastro. Anoche había intentado curarlo.

— ¿Cómo está Bella?

—Está profundamente dormida. Me pregunto por qué.

Edward se tensó.

La expresión de Emmett era cerrada, no mostraba ninguna emoción en absoluto.

—No te curé. Aro puso algún hechizo sobre ti y estuve bloqueado. —Sus ojos se endurecieron—. Bella paró el sangrado con sus manos. Respiró dentro de ti y te devolvió el aliento. Rezó a los Antiguos por tu vida.

Edward sabía lo que venía después.

—Y luego intentaste tomar su vida —dijo Emmett, las sienes le palpitaban—. ¿Y tú me odias por ser el mismo diablo?

Edward se estremeció.

—Me odio a mí mismo más.

—Deberías. —Emmett hizo una pausa—. Bella puede quedarse aquí.

La furia empezó.

—No compartiré, Emmett. Se va a Iona.

—No tengo ningún deseo de ir a su cama —dijo Emmett firmemente—. Ella merece la posibilidad de vivir.

—La llevaré a Iona al amanecer —dijo Edward suavemente, enfurecido. Sabía que su hermano nunca sería capaz de resistirse al encanto de Bella—. Si la tocas, morirás.

—Eres un imbécil —dijo Emmett, pasándolo a grandes pasos. Recogió la silla rota—. Me debes una fina silla de Francia. La llaman Luis XIV.

Edward se giró, distanciándose. No podía encontrar tranquilidad y tenía que enfrentarse al por qué. En realidad, le dolía el corazón, le dolía dentro del pecho. Mañana llevaría a Bella a Iona. Y luego ¿qué? Aro no podía ser destruido. Bella tendría que pasar años allí, hasta que fuera olvidada. Estaría furiosa al principio y después se sentiría miserable. Él ya se sentía miserable.

Emmett dijo quedamente.

—Ella no es ninguna Mairead.

Edward se dio la vuelta.

— ¿Espías mis pensamientos?

—No tengo que espiarlos. Tu corazón roto grita alto y claro.

—Mi corazón no está roto. —Sonrió con énfasis.

Pero Emmett estaba mortalmente serio.

— Edward, deja de odiarme por un momento. Carlisle no está curando a Bella en la torre.

Edward lo miró fijamente.

— ¿Qué significa eso?

—Me dijo que cuando comenzó a curarla, ella ya se estaba curando.

Edward permaneció tranquilo.

— ¿La piedra?

—No lo comprendo. Tal vez la piedra es mágica, tal vez no. Sentí el poder de la piedra en las murallas. Debes haberlo sentido también.

—Sí, sentí el encanto de la piedra anoche y lo sentí la noche que fuimos atacados en Morvern. Pero no es lo que estás pensando. —Edward le miró y Emmett también le miró fijamente.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Pienso que puede ser una de nosotros.

POBRE BELLA PERO SI QUE LE VALIO LA PENA JAJAJAJA

ESPERO LES HAYA GUSTADO Y ME REGALEN UN REVIEW

LAS AMO 3