Capítulo 13

Bella despertó con una palpitante migraña, nunca antes había tenido alguna igual. El dolor la consumía, se tambaleó desde la cama hasta el orinal, donde vomitó sin poder contenerse.

Se sentó en el suelo, intentando orientarse y rogando por encontrarse mejor. El terrible dolor se estaba marchando, sustituido por una jaqueca menos severa, pero ahora sentía náuseas. De hecho, se sentía como si hubiera bebido una enorme cantidad de vino la noche pasada.

Pero no hubo allí ningún vino la noche pasada.

La noche anterior había estado Edward.

Horrorizada, Bella miró hacia las dos ventanas de la cámara. Fuera, hacía una mañana nublada, el sol era apenas visible. Empezó a temblar, sintiéndose enferma, no en su cuerpo sino en su corazón y en su alma.

Estaba en Awe y la última noche, Aro había asestado a Edward un golpe casi mortal... por segunda vez. Pero no estaba muerto. Estaba muy vivo.

Oh, Dios. ¿Qué había hecho ella? ¿Qué había hecho él?

Edward había estado casi muerto. Había sido encarcelado como una bestia salvaje y ella había perdido el juicio, pensó, levantándose lentamente. Ahora recordó la terrible desesperación, la espantosa necesidad de encontrarlo, de estar con él. La noche anterior, había estado segura de que la estaba llamando, llevándola hacia él. Parecía como si sus mentes se hubieran estado comunicando. No había vacilado en obedecer. De hecho, todo lo contrario, nada ni nadie podrían haberle impedido ir con él.

No había tenido control sobre su cuerpo o su mente. Edward la había estado controlando. Pero él tampoco había estado cuerdo.

Sus salvajes rugidos llenaban su mente. Había tomado su vida la noche anterior.

Bella tropezó con una silla y se sentó, horrorizada. Placer en la muerte. Qué era la moderación de la eternidad. La noche anterior había querido morir por él. La última noche había deseado morir en la agonía de un éxtasis inhumano.

¿Cómo de cerca había estado de la muerte? Vagamente, recordaba a Carlisle y a Emmett cerniéndose sobre ella. Los dientes de Bella empezaron a castañetear. ¿ Edward había parado... o había estado drenándola como un animal rabioso? No podía recordar los detalles.

Bella no podía creer que no hubiera tenido voluntad propia. Aquello era aterrador.

Pero Edward no había tenido voluntad tampoco. Estando casi muerto, se había convertido en algo insaciable, determinado a vivir sin importar el precio.

Aro estaba en la propia alma de Edward. ¿O era demasiado tarde?

Una lágrima se deslizó por su mejilla, seguida por otra y otra. Y Bella se acordó de sus cálidas miradas y afectuosas sonrisas mientras yacía en sus brazos después de hacer el amor, aquella única y sencilla noche, cuando la había asombrado al decirle que deseaba hacerle un juramento de fidelidad.

Su corazón gritó en protesta, exigiéndole que escuchara. Edward podía no haberse vuelto diabólico la noche anterior. Edward no la había herido en realidad, porque ella estaba muy viva hoy. Era bueno, y lo sabía en su corazón y su alma. Era Aro quien era diabólico, Aro y todos los de su clase. Era Aro quien había dejado morir a Edward, esperando que Edward matara a Bella para salvarse, esperando coger a Edward en una trampa que le llevara a ser un deamhan completamente transformado como había intentado antes. Pero Edward había recobrado la cordura antes de que fuera demasiado tarde.

Bella no estaba tranquila. Aro casi había conseguido organizar su muerte y la caída de Edward. Su mente iba a toda velocidad, señalando que Edward ahora había infringido sus votos dos veces, incluso si ella estaba viva. ¿Estaría al borde de volverse diabólico?

¿Qué haría ella si iba a Edward y encontraba algo más en su lugar?

Bella estaba lista para admitir finalmente la verdad. Estaba muy enamorada de un hombre medieval descendiente de una diosa. Y la última noche, él casi había enloquecido con una lujuria aplastante.

Fue a la ventana y dándose cuenta, empujó hacia fuera para abrirla, arreglándoselas para hacerlo. Mientras el fresco y húmedo aire llegaba desde el lago, respiró profundamente, el corazón corriéndole violentamente. Y escuchó espadas chocando.

Bella se tensó. En el patio de abajo, Edward y Jasper estaban asestando una serie de golpes uno contra el otro. Por un momento, miró fijamente mientras los hombres trababan las espadas furiosamente. Estaban tan concentrados que habría jurado que querían herirse uno al otro. Edward fue tras Jasper con un avance tan agresivo que, por un instante, pensó que Jasper estaba condenado. Pero él bloqueó el golpe y se agarraron allí, salvajemente.

Bella volvió dentro, temblando de nuevo.

Su corazón estaba latiendo fuerte y rápido. Nunca podría olvidar lo que había ocurrido la noche anterior, pero no estaba asustada de Edward. Estaba asustada por él.

Mientras Bella cruzaba la habitación para abandonarla, vislumbró su reflejo en el pequeño espejo que estaba sobre la única cómoda de la habitación. Vestida con sus ropas de ciudad, vaciló. Su cara estaba muy pálida, manchada con dos enormes y oscuros círculos bajo los ojos. Parecía enferma, tan gravemente. Y era porque casi había muerto la noche anterior.

Bella se apartó del espejo. Se calzó sus botas de cowboy y bajó las escaleras. El vestíbulo estaba vacío y fuera la mañana de las Highlands era fresca y húmeda por la lluvia de la noche previa. El olor de lluvia de verano, flores frescas y hierba mojada era fuerte e intenso, pero no lo suficiente para debilitar la profunda sensación de enfermedad dentro de ella.

Claire se detuvo. Edward y Royce estaban tan furiosamente ocupados que ella tenía graves dudas sobre la naturaleza de su práctica. Entonces, tuvo una buena vista de Edward y después de Royce, se dio cuenta que ambos hombres estaban muy enfadados. Si esto era una práctica, no sabía que sería una batalla de verdad. Cada uno estaba claramente intentando derrotar al otro. Podía suponer por qué Royce estaba tan enfadado, pero Edward parecía como loco. Su corazón se sacudió y ella empezó a adelantarse.

Golpe desviado por golpe. El leine de Edward estaba mojado y se pegaba a su poderoso cuerpo, revelando cada ondulante músculo. Su cabello hasta los hombros estaba goteando humedad y el sudor cruzaba su rostro. Royce lo igualaba con precisión.

Claire estaba segura de que los hechos de la noche anterior eran la razón de tan terrible animosidad. Edward necesitaba retroceder. Royce había sido un padre para él desde que Edward tenía nueve años. Entendía la ira de Royce. Venía del miedo por su sobrino.

Edward miró hacia ella y Royce golpeó la espada desde su agarre y entonces colocó su filo contra la yugular de Malcolm. Malcolm echó la cabeza hacia atrás, reconociendo su derrota pero viéndose furioso y enfadado por esto.

—¡Royce! —gritó Claire. ¿Había escuchado Edward sus pensamientos? ¡Con seguridad Royce no iba a herirlo!

Royce gruñó y después lanzó su espada golpeando primero en el suelo, donde se quedó vibrando. Dio unas zancadas pasando a Claire, apartándose el dorado y mojado pelo de la cara, rociándola con su sudor.

Ella respiró con fuerza mientras Malcolm se inclinaba para recuperar su espada. Estaba lista para abalanzarse en sus brazos. En lugar de eso, fue lentamente hacia él.

—¿Estás bien? —Royce había dejado una fina línea roja en su garganta.

Él se irguió, envainando su espada. Después empujó su mojado cabello liso atrás sobre su frente y tras las orejas. Claire tembló, notando que no la estaba mirando.

—¿ Edward?

Finalmente él encontró su mirada, los ojos ardiendo brillantes.

—¿Qué es exactamente lo que estás preguntando? Yo debería ser el único en preguntar si estás bien.

Ella se tensó.

—Estoy bien... molesta... un poquito asustada... pero bien. —Se rodeó con los brazos—. Royce está enfadado por lo de anoche, ¿no es verdad? No entiende qué ocurrió en realidad.

Él se estremeció, apartando la mirada, con una terrible expresión de repugnancia en la cara.

—No deseo discutir nada sobre anoche. Y no intentaré defenderme ahora.

—¡Por supuesto, siempre te defenderé, porque eres el hombre más honorable que nunca he conocido! El honor ganó anoche.

La enfrentó furioso, pero parecía afligido cuando finalmente la miró a la cara.

—Es hora de cenar —dijo con aspereza. Comenzó a pasarla.

—¡Tenemos que hablar sobre anoche! —agarró su mojado antebrazo, pero él se dio la vuelta y saltó lejos—. ¡Malcolm, no podemos ignorar lo que ocurrió! ¡Casi te perdí anoche... y casi muero!

—¿No puedes dejarlo? —gritó—. Estoy aquí, ¿no? Tú estás viva, ¿no?

—¿Cómo puedo dejarlo? Moray casi te volvió diabólico. ¡Anoche estaba dispuesta a morir en tus brazos, de placer... con gusto! —gritó como loca, temblando.

Él tomó aire, y por un momento Claire pensó que iba a empujarla. En lugar de eso, muy suavemente, apartó la mano de su brazo.

—Aye, anoche casi mueres. Tomé de ti todo lo que pude. —Sus ojos centellearon.

Cuando no dijo otra palabra, ella suspiró.

—Ibas a morir. Estás programado para vivir, no importa el precio. Y no tomaste todo de mí. —Luego, porque quería estar segura, dijo—: Te detuviste, ¿no es verdad?. De alguna manera, te detuviste.

Su cara parecía estar a punto de romperse. Ella no estaba segura de que pudiera hablar, mientras estaba respirando tan fuerte. Finalmente dijo:

—Aye, te sentí dejando este mundo. Frené a la bestia que vive en mí. Esta única vez.

—Elegiste el bien, no al diablo —se las arregló para decir—. ¡Hay tanta esperanza!

—No he dejado nada que no quisiera.

Ella se encogió.

—No lo hagas.

—¿No dices que la verdad te gusta?

La compasión la dominó.

—Entiendo tu ira —susurró—. Y entiendo lo de anoche. Sabes que lo hago. Sentí cada candente momento que estabas pasando y me hizo querer más y más también. Me hizo querer morir por ti. En serio, ¿quién no querría más de esa clase de sexo loco, esa clase de placer increíble, y después intentarlo una vez más? Lo quiero. Incluso sabiendo los riesgos, ¡me tentaría intentarlo otra vez! Pero no eres un hombre mediocre. Estabas destinado al bien, no al mal. Derrotaste a Moray en el último momento posible. Malcolm, ganaste.

Él se puso violento.

—Deberías estar asustada. ¡No derroté a nadie! ¿Deseas reafirmar mis recuerdos? Cuando te miro, te veo como estabas anoche... casi muerta, tu cara llena de placer... y te siento fluyendo por mis venas. ¡Ahora te siento todo el tiempo!

Ella retrocedió, dándose cuenta de que la noche anterior había cambiado las cosas. El control de él era muy frágil, y ella había hablado con demasiada libertad y demasiado detalle. Vaciló, insegura de qué decir.

—Aye, todavía te saboreo, Claire. Pero tú quieres "hablar" sobre esto. Bien. Hablaremos. Estoy cerca de ser un deamhan. Quizás estoy empezando a ser uno. ¿Aún quieres hablar?

Él se alejó a grandes zancadas, hacia la entrada.

Había esperado, tontamente, que a luz del día el viejo Malcolm volviera. Su ira le decía que él se preocupaba por su destino. Mientras lo hiciera, podrían superar este terrible hecho. Pero estaba asustado ahora. Nunca habría creído que pudiera asustarse de algo, pero estaba asustado de sí mismo.

Escuchándola, él volvió, los ojos muy abiertos.

—Estoy muy enfadado, Claire. Aye, y estoy asustado. Necesitas estar lejos de mí. Y no habrá nosotros. Lucharé con Moray, solo.

Claire sabía que no podía abandonarlo en este momento de crisis. No se escondería más en ningún armario.

—¡Entonces estás loca! —gritó, leyendo sus pensamientos—. ¿Piensas creer en mí ahora, después de lo que hice?

—Siempre creeré en ti. Eres el hijo de Brogan Mor —susurró.

—¿Por cuánto tiempo más? —exigió él, las miradas chocando

—Para siempre —declaró ella.

—Eres la mujer más tonta y testaruda que nunca conocí —dijo, incrédulo—. ¿Crees confiar en mí? Royce tiene razón. Eres una tentación que no necesito, y no estás segura conmigo. Él te llevará a Iona, mañana.

Los ojos de Claire se abrieron de par en par. Habían planeado ir a Iona juntos, llevar la página a la Hermandad. Sin embargo, aquellos planes habían sido hechos antes de la noche anterior.

—¿Qué estás diciendo?

—Jamás, ningún deamhan conocido ha entrado en la casa de Dios. Estarás a salvo de Moray y sus Deamhanain allí. —Su tono era frío y cruel—. Si me vuelvo un deamhan, estarás a salvo de mí.

Claire siguió a Malcolm dentro. Giró, se acercó a los sillones y se sentó con fuerza. Era difícil pensar, mucho más ser racional ahora.

Malcolm estaba luchando contra los deseos terribles, oscuros. Quería luchar con él. Pero si el mal le tentaba ahora, si ella le tentaba, tal vez fuera mejor que pusieran alguna distancia entre ellos por un tiempo. Aparentemente, la abadía sería un lugar seguro para ella. Pero ésta era una solución temporal en el mejor de los casos. No podría quedarse en la abadía para siempre.

Echó una mirada hacia el castillo. ¿Cómo podía dejar a Malcolm oponerse al mal solo?

Anoche, Moray había ganado terreno, pero Malcolm había sido el vencedor en esa singular batalla. Tuvo que triunfar sobre los deseos oscuros que ahora le consumían. ¿Cómo podía esconderse y dejarle hacer eso solo? Su futuro estaba en juego, y también su alma.

Pensó en el vívido recuerdo de esa noche en Brooklyn. El recuerdo había sido tan real, podía haber estado ocurriendo en ese momento. Pero mientras que ella sabía que había visto la cara de un demonio, no había podido imaginarle.

Había dicho que regresaría a por ella.

El miedo reptó sobre ella. Veinte años habían pasado, pero para un demonio que había vivido centenares o miles de años, eso era sólo un segundo.

¿Qué quería el demonio de ella? ¿Y era el mismo demonio qué había asesinado a su madre?

Alguien salió de la puerta principal del castillo y paró arriba de las escaleras.

—¿Claire?

Claire se giró sobre sus pies, de cara a Ironheart.

–Os perderéis el banquete. Necesitáis comer —dijo, sin inflexión.

Estaba en lo cierto. Cruzó el muro exterior del castillo, entrando en el vestíbulo detrás de él. Luego vaciló. Todo el mundo estaba en la mesa del comedor, el cuarto grande. Una mujer se sentó al lado de Aidan, cogiendo por sorpresa a Claire.

Ironheart gesticuló hacia una silla vacía mientras se sentaba. Ella sonrió agradecidamente al caballero mayor, consciente de que los otros tres hombres la ignoraban. Claire tomó la silla vacía al lado de Royce, frente a la mujer rubia. Una mirada rápida le mostró a la siguiente supermodelo sueca, si la mujer alguna vez tuviera el deseo de hacer el viaje. Era bella y muy joven. Claire dudó que tuviera ni siquiera veinte años. Como la esposa de Aidan había fallecido, asumió que esta mujer era su amante. Claire no pudo evitar echar una mirada furtiva a Malcolm para ver si revisaba a la mujer, pero no lo hizo. Ella fue relevada.

Aidan levantó la vista.

—Isabel, ésta es lady Claire —dijo Aidan en francés—. Es mi invitada. Cherie, lady Claire es del extranjero.

La rubia le sonrió calurosamente.

—Estoy muy complacida de conocerla, lady Claire. He estado aquí sola sin la presencia de otras damas.

Claire dibujó una sonrisa leve, pensó que por las noches no debía estar sola. La joven pareció atontada. Su francés era afectado y había cometido un error gramatical. Aunque llevaba puesto un collar de oro abrumador, parecía como si estuviera hecho con zafiros, su leine era de calidad común y un broche simple cerraba su collar. Claire decidió que debía ser de la nobleza inferior.

Enchantée —respondió Claire. Recorrió con la mirada a Malcolm. Continuó ignorándola pero su plato estaba casi vacío.

Necesitamos terminar nuestra conversación, le dijo silenciosamente.

Sus hombros se pusieron rígidos pero continuó comiendo.

Claire supo que la había oído. Decidió que la cosa de poder adivinar el pensamiento no era un trato tan malo después de todo. Lo digo en serio, agregó con énfasis. Luego ella cedió a su corazón. ¡Quiero ayudar! Sé que puedo. No voy a ir a Iona.

Malcolm tiró sus cubiertos en el plato, echándole una mirada enojada pero incrédula. Claire pensó que iba a desatar la tormenta en la mesa pero no lo hizo.

—¿Estaréis en Awe mucho tiempo? —preguntó Isabel agradablemente, a través de la mesa, advirtiendo a Claire de dar una respuesta.

Claire en cierta forma enfocó la atención en ella.

—Creo que no —contestó Claire. Recorrió con la mirada a Malcolm, quien apartó con fuerza su plato. Su cara era dura, su mirada peligrosamente oscura.

—¿Regresareis a Dunroch? —sonrió Isabel, haciendo su belleza aún más deslumbrante.

—Ese es el plan —dijo Claire agradablemente, consciente de que Royce ahora la miraba fijamente. Tal vez un ataque frontal no era la mejor idea. Ella acercó su plato y comenzó rápidamente a comer.

—Realmente —dijo Royce misteriosamente—, lady Claire entiende mal. Le pondré escolta para ir a Iona por la mañana.

Como el demonio, pensó Claire furiosamente. ¿Era este el nuevo plan de Malcolm?

—Iona es una bella isla—dijo Isabel—. ¿Os uniréis a mí en el solar después de que comamos? Casi acabé con mi encaje. Tengo un tapiz que deseo empezar, pero vos lo podéis empezar si deseáis.

Claire la miró, inexpresivamente. No iba a ir a Iona con Royce; iba a ir a Dunroch con Malcolm.

—Realmente, no coso.

Isabel la miró como si tuviera la plaga.

—¿Vos no podéis coser?

—No, lo siento —dijo Claire. Regresó a su comida, comiendo tan rápido como podía. Las sillas fueron empujadas hacia atrás. Royce se servía vino, pero Malcolm estaba saliendo del vestíbulo. Ella tomó un mordisco más, disponiéndose a correr tras él.

Royce agarró su muñeca.

—Seréis su muerte —la avisó en inglés.

—Pensé que éramos amigos —lloriqueó Claire.

—Me gustáis bastante. Pero tenéis el poder para volverle hacia el mal, Claire, y no lo permitiré.

Sus ojos grises resplandecieron.

En ese momento, Bella sintió su autoridad. Este hombre era un Maestro que podía saltar en el tiempo, tomando las vidas si así lo escogía, y tenía otros poderes que ella aún tenía que comprender. Había cruzado la línea y él no era su aliado ahora. Pero al menos tenía la intención de proteger a Edward de la oscuridad.

Aun así, a Bella no le gustó su actitud.

—Quítame la mano de encima —advirtió ella—. Y quiero decir eso.

Sus ojos se ampliaron.

Bella pensó en tomar su Taser y darle una maldita buena sacudida.

La expresión de Jasper tensó y la soltó.

—Estaréis lista para salir al amanecer. Iréis a Iona, lo deseéis o no.

Bella reconocía una amenaza cuando la oía.

—Sospecho que tendrás que golpearme como Emmett hizo anoche. También sugiero que me ates. No sigo tus órdenes.

Ella se puso en pie, furiosa ahora, mientras Jasper parecía aún más enojado y sorprendido. Si estaba esperando una joven medieval mansa y dócil, tendría que volver a pensarlo.

Bella caminó a grandes pasos a través del vestíbulo en la dirección que Edward había tomado. Su cólera realmente se sentía bien. Enojada, se percató, estaba envalentonada; no había miedo ni duda. Iba a aprovecharlo.

Edward se dirigía a los establos. Por un momento observó su espalda, toda cólera desapareciendo. Tuvo miedo de que estuviera marchándose, en seguida. Él desapareció en los establos. Bella levantó su vestido y echó a correr.

Ensillaba su garañón gris mientras ella entraba dentro del granero de piedra y madera.

—No puedes marcharte.

Él vaciló, sus manos firmes en la cincha de cuero del animal. Su espalda rígida con tensión, no miró sobre su hombro hacia ella.

—No te quiero aquí. No hay más que decir.

—Hay mucho más que decir —lloró Bella, y casi gritó, te amo.

Inspiró, esperando que no la hubiera oído.

Él lentamente la confrontó, tan desconcertado como ella.

Roncamente, dijo:

— ¿Por qué no quieres ir? Estarás a salvo en la abadía.

La había oído.

—Entiendo que quieras protegerme. Pero, ¿quién te protegerá a ti? —preguntó.

Él estaba consternado.

— ¡Tú no puedes protegerme!

Bella extendió la mano y tocó su cara. Él se apartó, dando tumbos.

—Iona es una solución temporal pero no es la solución del todo. Eres importante para mí. No te puedo dejar confrontar a Aro solo, Edward. Tengo que ayudar. Tu alma está en peligro.

Él negó con la cabeza.

—Tú serás mi caída, la Eva de mi Adán. No puedes ayudar, sólo hacer daño. Si yo no te hago daño, Aro lo hará.

Ese era un punto irrefutable, pensó, pero estaba dispuesta a tomar la oportunidad.

—No mentiré —logró decir espesamente—, no es que eso sea ni aun remotamente posible, contigo oyendo a escondidas mis pensamientos. Tengo miedo, pero no de ti. Si bien ese animal sexual de anoche asustaba como el infierno, es una parte de ti y yo confío en ti, Edward.

Trató de sonreírle. Él le sonrió cruelmente en respuesta.

— ¿Y confiarás en mí cuando el sol se ponga? ¿Me creerás si te digo que no estoy pensando en tus palabras sino en tu cuerpo caliente y húmedo, en tu poderosa vida? Quise decir lo que antes dije, Bella. Todavía puedo sentirte en mis venas, y el poder que me dio y la lujuria.

Ella se sobresaltó, pero su corazón adquirió una pulsación diferente. Su piel comenzó a zumbar. Un dolor empezó, puramente físico, puramente sexual.

—Tratas de asustarme. ¿Tratas de ponerme en trance?

— ¡Quiero asustarte! No quiero encantarte, pero la bestia se saldrá con la suya.

Clavó atrevidamente los ojos en ella, sus ojos plateados y calientes.

En ese segundo, Bella supo que estaba saboreando cada parte suya otra vez mientras pensaba en estar dentro de ella, duro, fuerte y suave. En ese momento, sintió su tensión palpitante y supo que si se ofreciese, entonces él aceptaría. Ella estaba jadeando ahora. ¿Era el lado oscuro de él fascinándola?

— ¿Todavía confías en mí? —preguntó suavemente, inclinándose hacia ella, con amenaza inconfundible.

Ella vaciló. Quería entrar en sus brazos y apoyarse contra su dureza. Pero no estaba sin discernimiento o en trance. No quería morirse por él. Quería hacer el amor.

—Sí, confío.

—Entonces, estás en peligro muchacha —dijo suavemente.

Oh, conocía ese tono. Erizó su espalda y lamió su carne. La vigilaba con la misma intensidad depredadora que tenía anoche. Ella encontró su voz.

—Anoche te estabas muriendo. No te estás muriendo ahora. El animal se ha ido. Confío en ti. Y tú deberías confiar en ti mismo.

—El animal —dijo—, está rugiendo por ser liberado.

Ella no quería tentarle o probarle, pero en cierta forma estaba haciendo justamente eso.

—No. Estoy mirando a Edward de Masen, un Maestro del Tiempo, y lo que quieras, no tengo miedo de dártelo.

—No conoces mis necesidades, Bella.

Ella respiró fuerte, la tensión aumentando más caliente, bullendo entre ellos.

—Quieres sexo, no muerte —intentó ella.

—Quiero sentir exactamente lo que sentí anoche —dijo furiosamente—. ¡Pero no deseo dañarte, de ningún modo! Así es que me obedecerás esta única vez.

Él estaba en una terrible batalla, pensó. Estaba peor de lo que se había pensado.

—Bien. ¿Así que saldrás para Masen mientras Aro te caza? —preguntó amargada, mordaz—. Y luego, ¿qué? ¿Languidecer en la abadía como Mairead? ¿Esconderse en un armario nuevo? ¿Por cuánto tiempo?

—Sí —dijo él peligrosamente—. ¡Te esconderás allí durante años, tanto como me lleve olvidar tu sabor, como te sientes y como eres!

Ella avanzó dando tumbos, estupefacta.

Él se puso rojo.

—Te quedarás hasta que Aro olvide que tienes algún uso para él —enmendó severamente—. Y ese será el día en que vayas a casa con tu primo y tus libros.

—Eso no fue lo que dijiste —dijo, su corazón palpitando salvajemente—. Y no es lo que quieres decir.

Él estaba sombrío, incluso salvaje.

— ¡Tú ves lo que pienso! ¿Quieres que lo admita? ¿Necesitas que admita la verdad?

Bella vaciló. Sabía que no iba a agradarle.

—Vas a hacerme daño.

— ¡Sí, mejor lastimarte ahora que verte morir! —señaló, su mano estremeciéndose—. Eres una obsesión, Bella. No una pasión, una obsesión. No te amo ahora ni nunca lo haré. ¡No quiero tu amor! Quiero tu cuerpo y tu vida. —Él empujó su cara cerca—. Quiero empujar dentro ti ahora mismo, probar el sabor de tu vida hasta que no tengas nada para dar. Hasta tu muerte. Ahora, vete.

Ella empezó a negar con la cabeza, rehusándose a marcharse, y las lágrimas comenzaron. Él no podía querer decir eso. No esperaba su amor, pero esperaba, buscaba y necesitaba su afecto.

—No lo creo. No lo haré. Puedo creer que soy una obsesión, pero no quieres mi muerte. Me quieres viva y en tu cama. Pienso que también me quieres en tu vida, porque te importo más de lo que nunca podrás admitir.

Él palideció.

—Así que quieres aterrorizarme y horrorizarme, pues bien, estoy aterrada y horrorizada y no estoy a punto de olvidar anoche. Nunca olvidaré la pasada noche. ¡Estoy asustada, Edward, pero no estoy muerta! Porque te detuviste a ti mismo de quitarme la vida. ¿Y por qué? —estaba gritando, llorando—. Porque hay bien dentro de ti. ¡No estoy mirando y hablando a un hombre perverso! Aro te hizo caer en una trampa. No tengo la maldita fisiología de curarme con la vida de otra persona, nunca entenderé por qué Dios hizo un plan tan estúpido, eso mata a personas inocentes para salvar a grandes héroes. Pero la vida trata de decisiones morales, Edward. ¡A lo largo de toda la historia, los hombres hacen elecciones, los hombres pelean por el bien contra de mal, e incluso pelean contra el mal que hay en ellos mismos! Hiciste tu elección anoche. Tú golpea a Aro —añadió más quedamente, enjugándose las lágrimas—. Y yo intentaré que le derrotemos una y otra vez y otra vez, no importa cuánto tiempo nos lleve, juntos.

—No vivirás para verlo —dijo rotundamente, cambiando de dirección y montando al caballo pardo.

Bella estaba totalmente desalentada. Había hablado con su corazón, y había puesto pasión en cada palabra. Pero Edward no iba a cambiar de idea. Su decisión estaba grabada en piedra. No iba a considerar que podían oponerse a Aro juntos. Bella tomó las riendas.

— ¡Sé que hay riesgo! —lloró furiosamente—. Pero estoy dispuesta a arriesgarme, porque es cuanto tu alma significa para mí. Ésta es mi elección, Edward.

—No. No es tu elección. Juré protegerte, Bella, y es lo que haré. Eres la mujer más terca, testaruda que alguna vez encontré. —Sus ojos resplandecieron—. Irás a Iona como ordené. Suelta mis riendas.

Ella inspiró, soltando la brida.

—Sé que eres el rey aquí, pero en mi mundo, una mujer es libre y no obedece a nadie, ni a su marido. ¡Sólo se obedece a sí misma!

Su risa fue ruda.

—Estamos en mi mundo, Bella, y en este mundo, soy tu señor y me obedecerás.

Bella apenas podía pensar. Éste no era el mejor momento para discutir, no con sus pasiones corriendo libres, pero si no le convencía para que confiara en sí mismo, se marcharía sin ella. Tal vez él estuviera en lo cierto y luchar por él fuera un error enorme y fatal. Pero, tal vez, estaba equivocado.

Bella resolvió apostar su vida.

Y él debió haber sentido sus intenciones, porque se puso pálido. El mismo horror que ella había visto anoche cubrió su cara.

Ella se colocó ante la puerta, bloqueando la visión del camino del establo.

— Edward, tenemos que confiar el uno en el otro. Y tienes que creer en ti mismo. Por favor —agregó desesperadamente.

— ¿Cómo, en el nombre de Dios, puedes hacer eso ahora? —rugió él, encendiéndose por la rabia.

El corazón de Bella golpeaba tan fuerte que se sintió mareada.

—Haz el amor conmigo.