Capítulo 14

En su corazón, Bella creía que si podían tener una noche como la que habían tenido en Masen, sin ninguna palabra, Edward se daría cuenta de podía triunfar sobre la oscuridad. Pero el momento de las palabras había pasado, Bella deseaba no haberlas dicho. Porque lo que realmente le estaba preguntando era si la amaba.

La expresión de Edward cambio del horror al miedo.

—Estás loca —dijo densamente—. Piensas jugar con tu vida. No jugaré, Bella.

—No tocarás mi vida —susurró. Estaba aliviada. No había hecho la conexión. Él pensaba que le estaba pidiendo sólo sexo.

— ¿Por qué? ¿Por qué me estás haciendo esa oferta? ¿Perteneces ahora a Aro? ¿Es este su plan para atraerme a la oscuridad? —La sospecha lleno sus ojos—. ¿Está en tu mente ahora? —preguntó Edward suavemente, peligrosamente—. ¿Te ha esclavizado y no lo sabes?

Bella gritó, sorprendida.

— ¿Qué estás diciendo?

—Aye —dijo Edward —. Ese es su poder más grande, esclavizar mentes débiles. Así es como convierte a hombres buenos en soldados malos. Puede arrastrarse dentro de la mente humana y hacer su voluntad.

—No —dijo Bella con horror.

Él sacudió la cabeza, incapaz de continuar hablando, hincó los talones en el caballo gris y galopó pasándola. Bella se apartó de su camino. Polvo y paja volaron en su estela.

Bella se sentó en una bala de paja. ¿Aro podía controlar las mentes? Seguramente, seguramente, no estaría siendo controlada de esa forma. Su corazón la había conducido a hacer tal oferta y él tenía que aceptarlo, habría puesto en peligro su vida por el albedrío, fuerza y calor de Edward.

Bella no podía parar de temblar. Estaba segura de que su oferta había venido de su corazón, porque había estado motivada por tanto amor. Bella deseaba no haber admitido nunca sus sentimientos, porque maldita fuese, ahora deseaba que Edward le devolviera su amor.

¿No se había advertido que no se enredase con este hombre?

Edward no era capaz de amar. Era capaz de cariño, pasión, obligación. ¿Pero amor?

Le había prometido su fidelidad, pero eso no tenía nada ver con el amor. Y ambos sabían que iba a irse a casa, más tarde o más temprano, así que era una promesa difícil de hacer o incluso mantener.

Bella empezó a considerar el hecho de que podría pasar algún tiempo, años incluso, antes de que se fuera a casa. Todo habría cambiado porque ambos estaban en el radar de Aro.

¿Y ahora qué? Una cosa era desear ayudar a Edward a luchar por su alma, y otra anhelar que le devolviera su amor, cuando el futuro de su relación estaba condenado, no importaba cómo.

Tenía que controlar su corazón, pero no creía que fuese posible. Siempre se compadecía de las mujeres que se enamoraban sin esperanzas de hombres que no les correspondían en los sentimientos. Santa mierda, ahora era una de esas mujeres.

Pero no era débil. Bella se levantó, resuelta. Amaba a Edward a pesar de sus diferencias, a pesar de lo que el futuro deparase, así que no tenía elección. Pelearía por él, pelearía por él, y sería lo suficientemente fuerte para volver a casa cuando el tiempo llegase, sin excusas y sin dolor, con el orgullo intacto.

Y en cuanto a Iona, bien, ser una mujer metida en la Edad Media había reducido considerablemente sus poderes. Si insistían en ello, tendría que irse, pero no iba a permanecer allí por años y años. Jasper se había vuelto hostil, pero siempre estaba Carlisle. Y si no pudiera convencerle para que la ayudara, estaban todos esos excelentes Maestros viniendo y marchándose. Bella sonrió. Le gustaba tener un plan. Estaba apenas formulado, pero era mejor que nada.

— ¿Bella?

Ella se sacudió, dándose cuenta de que Ironheart se había parado en la puerta, llevando un tartán pequeño enrollado, que sabía contenía su ropa. Sus ojos se ampliaron.

— ¿Te marchas?

El sonrió brevemente, caminó pasándola y dirigiéndose al gran caballo zaino del establo.

—Aye.

Estaba consternada.

— ¿Cómo puedes irte ahora? ¡ Edward te necesita! —pensó, yo te necesito.

Ató al caballo y lanzo la manta y la silla sobre él.

—Tengo que volver a la Isla Negra. Me he marchado por casi un mes y tengo asuntos del clan que atender.

— ¿La Isla Negra? —repitió ella.

—Aye. Ese es mi hogar en Lachlan. —Terminó de ensillar su montura y la enfrento—. Veo que tenéis miedo por Edward.

Bella se abrazó a sí misma.

—Estoy muy preocupada por él.

—Aye, lo sé. Bella, es fuerte y bueno. Si puede sobrevivir, con el tiempo esta guerra pasara. Estas guerras siempre pasan.

La primera declaración era perturbadora, la segunda esperanzadora.

— ¿Cuánto tiempo le llevará a Aro decidir acechar a otro?

Él dudó.

—Unos cientos de años, quizás más, quizás menos.

Los ojos de Bella se agrandaron.

—Bien.

Ironheart hizo una pausa antes de sacar a zaino del establo.

—Sois bienvenida en el castillo de Lachlan en cualquier momento.

Bella estaba confusa. ¿Qué demonios era esto? Sabía que no era un vamos1.

—La Isla Negra sería segura para vos y seríais bienvenida por todo el tiempo que deseaseis. Si no queréis ir a Iona mañana, podéis venir conmigo ahora. —Su mirada verde se volvió suspicaz.

Bella estaba pasmada. ¿Podría abandonar Awe y a Edward ahora e ir con Ironheart?

— ¿Dónde está la Isla Negra?

—No está lejos, un poco al sur y al oeste.

Y Bella se dio cuenta de que deseaba demorar su separación de Edward tanto como fuera posible. Además, Iona estaba a pocas millas de Masen y el castillo de Lachlan no. Y aun no había sido despedida.

—Tal vez, un día, aceptaré tu generosa invitación. No estoy segura de porque la hiciste.

—Sois una Inocente, Bella. Hice los mismos votos que Edward. —Se balanceó encima de la silla.

Bella se dio cuenta de que no se sentía cómoda alrededor de el. Era un Maestro intenso y motivado, sin el encanto de Emmett y Jasper, pero se parecía un ancla muy segura.

—Ten cuidado.

Él asintió.

—Pensad antes de actuar, Bella, y estaréis bien. Pero si necesitáis ayuda, convocadme. Que Dios os proteja. —Troto pasándola.

Bella le siguió desde el granero, asombrada por sus palabras y su última directiva. ¿Cómo demonios le convocaría?

—Buena suerte —dijo. Le gustó la despedida y levanto la mano—. Y que Dios te bendiga.

Bella le vio desaparecer por la primera puerta del guardia. Eso había sido extraño, pero al parecer tenía un aliado con el que podía contar. Considerando que Jasper no la apoyaría por mucho más, y Emmett era un enigma, era afortunada. Pero Ironheart le había prometido enseñarla a luchar. Era evidente que ya no lo haría.

Necesitaba otra daga, pensó Bella, ya que la noche anterior había roto la hoja del arma que Edward le había dado. Todavía tenía su Taser, pero en este mundo, eso no era suficiente y la carga no iba a durar para siempre. Bella empezó a caminar hacia el vestíbulo. Emmett seguramente tenía un alijo de armas en Awe.

El vestíbulo estaba en silencio cuando se deslizó dentro. Estaba contenta de que Edward se hubiera ido a algún lugar, ya que habían tenido suficiente tensión esa mañana para el resto del día. Emmett no había salido, pero tal vez estuviera con las cuentas de Awe. El castillo era tres veces el tamaño de Masen, y no había ninguna razón para tratar de encontrarle. Además, probablemente, Isabel sabía dónde estaba. Los aposentos de las mujeres deberían estar en el siguiente piso, directamente sobre el vestíbulo.

Bella subió las escaleras.

Nunca se le ocurrió llamar, ya que la pesada puerta de madera estaba entornada. Bella entró y sintió su corazón caer hasta los pies.

Emmett estaba haciéndole el amor a Isabel, completamente desnudo, excepto por sus botas. Isabel jadeaba de placer y Bella vio todo lo que no debería. Era un hombre extremadamente magnifico y poderoso.

De repente levantó la vista, sus ojos grises ardiendo con lujuria.

Bella sabía que se había puesto roja.

— ¡Lo siento! —se giró y huyó. En el vestíbulo, se apoyó contra la pared, sin respiración, tratando de no imaginarse a Emmett con todos esos músculos ondulantes moviéndose sobre aquella mujer. Los gritos de Isabel se intensificaron y Bella huyó bajando las escaleras. Su cuerpo estaba encendido y no podía evitar desear estar en los brazos de Edward sin la amenaza del mal pesando sobre ellos.

Permanecía muy consciente de los amantes de arriba. Bien, no podía culparlos. Era una gran manera de pasar la tarde.

Bella fue a la mesa y vertió un gran vaso de vino tinto. Bebió algo para relajarse y decidió buscar el arsenal de Awe. Un armero estaría debajo del vestíbulo, ya que todos los almacenes se mantenían bajo el nivel del suelo. Bella bajó al sótano. Barriles, cestas y sacos estaban apilados. Pero en el lado este, había una puerta. Estaba cerrada.

Bella se entusiasmó. Apostaría algo a que acababa de encontrar la armería. Por supuesto estaba cerrada y debería esperar a que Emmett terminase su tarde de placer y pedirle lo que necesitaba. Miró la cadena y el candado y lo sacudió, no es que fuese una prueba de alguna clase. Por supuesto, la cadena permaneció firme.

La noche anterior había tenido una fuerza sorprendente, pero sabía que no tendría ese tipo de fuerza ahora. No tenía nada para forzar el candado y cortarlo podría ser grosero de todos modos, cuando Emmett había sido el perfecto anfitrión. Agito de nuevo el candado, pensando en los cuchillos que habían estado sobre la mesa del comedor. Probablemente podría forzar el candado, si realmente lo intentaba.

Entonces Bella comprendió que no estaba sola. Se tensó y giró.

Las cejas de Emmett se alzaron.

— ¿Quieres algo, lady Claire?

Una imagen suya en toda su gloria masculina relampagueó en su mente.

—Ah... —empezó.

Él sonrió como si lo supiese.

Ella tragó, desterrando la imagen de su mente y su memoria.

—Siento la intrusión —se sintió molesta—. La puerta no estaba cerrada.

Él se encogió de hombros.

—No importa. ¿Deseas un arma?

Tenía un tono astuto y una sonrisa insolente. Bella le sonrió tensamente. Si pensaba por un segundo que deseaba compartir su cama, estaba equivocado. Pensó en Edward y su corazón dolió.

—Sí. Rompí mi daga anoche en tu cerradura. Has sido un anfitrión cortés y generoso, y tengo la enorme audacia de pedirle otro favor. Pero no tengo ningún medio de defenderme. —Y el único hombre que le había prometido enseñarle a luchar se había marchado.

La mirada casi lasciva de Emmett se desvaneció. Quitó el cerrojo a la puerta y la abrió.

—Necesitas un arma —estuvo de acuerdo.

Bella jadeó. La pequeña habitación circular estaba llena de espadas, escudos, dagas y santa mierda, pistolas. Giró su sorprendida mirada hacia él.

—Tienes armas del futuro.

—Aye, las tengo. Me gusta el futuro y no puedo servirme por mi mismo.

Bella había identificado pistolas de mediados- finales del siglo XVIII. También vio un revolver que estaba bastante segura de que pertenecía al siglo XIX. No había revólveres modernos, rifles o ametralladoras, que eran tan malditamente malas.

— ¿No está esto prohibido?

Su sonrisa destelló.

—No me gustan las reglas, Bella, excepto cuando las rompo.

Caminó entre las filas de dagas cuidadosamente colgadas y eligió un cuchillo que era de doce pulgadas de largo con un exquisito mango de marfil.

Bella se mordió el labio.

—No tienes armas de mi tiempo.

—Estuve en tu tiempo por ese día sólo, y estaba buscando la página.

—Emmett, en mi tiempo, hay armas que disparan rápidamente, cien veces antes de que un hombre pueda parpadear una sola vez. ¿Podría un arma como esa matar a un demonio?

—Dependería del deamhan, Bella. Un gran demonio, como Aro, se hace aún mayor si tiene que tomar poder de otro antes de una batalla. E incluso si no realzase primero su poder, si una vida estuviera cerca, Aro la tomaría y sobreviviría aun si cientos de perdigones le golpearan. Pero un Deamhanain menor rápidamente moriría —añadió.

Bella pensó en atrapar de tal modo a Aro que no pudiera explotar la vida de alguien. ¿Pero cómo sería eso posible?

—No es posible, Bella. Si le atacases con una de tus armas, te tomaría a ti. Podría tomarte antes de que incluso pudieras atacarlo primero —le ofreció la daga—. ¿Cómo se siente?

Bella quería un revolver del siglo XIX, pero agarró la daga. La empuñadura era cómoda en su mano.

Emmett cogió la daga y la reemplazó por otra. La segunda empuñadura era más pequeña y se sentía perfecta en su agarre. Él sonrió.

—Está hecho.

— ¿Hay alguna manera de que Aro pueda ser atraído a tierra sagrada?

Emmett rió.

—Puede sentir a Dios en la forma que nosotros podemos sentir al diablo. Nay.

Bella lentamente levantó la mirada hacia la de Emmett.

—Él es el demonio, ¿verdad? No el propio diablo, pero el diablo. Es una de las caras de Satán.

Emmett vaciló.

Bella se giró.

—Oh, Señor —susurró, y era una súplica—. Pero el demonio no escogería esta tierra como su territorio, ¿verdad? ¿Por qué Escocia?

— ¿Por qué no? Hay grandes Deamhanain por todas partes, en cada tiempo, en tu tiempo, también —dijo Emmett.

Emmett posó su mano sobre su hombro, Bella se tensó.

—Tu entiendes, muchacha, hay una antigua creencia de que el diablo escogió Alba hace miles de años, para ser Lug2 primero y el hijo mayor. Deseaba el poder sobre todos los dioses que pertenecía a su padre y aquella búsqueda le condujo al mal.

—El ángel caído —murmuró Bella, moviéndose, para que no agarrase su hombro por más tiempo.

—Decían en la tierra llamada Grecia que el demonio era el hijo de su dios más grande, también.

—Genial —susurró Bella—. Hay dioses por todas partes, y más de un demonio.

Él rió sombríamente.

—Aye. Te enseñaré como defenderte con la espada —dijo tranquilamente—. Y puedes tener el arma que codicias.

Casi lo abraza.

—Gracias. Gracias.

—Córtame con la espada.

El sol ardía sobre ellos mientras estaban de pie en el centro del patio. Unos pocos de los hombres de Emmett habían hecho una pausa mientras pasaban para mirar el entrenamiento. Bella parpadeó.

—Quieres que te corte —dijo.

Su sonrisa fue arrogante.

—Deseo ver si tienes alguna habilidad, alguna rapidez —dijo—. No podrás cortarme, Bella.

Bella no estaba segura de que tuviera razón. Era excepcionalmente fuerte para una mujer y mucho más fuerte que la mujer media. El kickboxing la había hecho ligera y rápida de piernas; su equilibrio era excelente. Por supuesto, Emmett era un súper humano. Era un millón de veces más fuerte y más rápido que ella. Pero eso no significaba que no pudiera rasguñarle si lo intentaba.

Él estaba impaciente.

—Córtame, Bella.

Ella dudó.

—No quiero cortarte —dijo sinceramente.

Él sonrió.

—No sucederá. Pero inténtalo.

Ese era el problema y lo sabía. No era violenta y de alguna manera, él era un amigo.

— ¿Quizás no quieras cortarme porque estas pensando en mí e Isabel en la cama? —dijo suavemente.

Era consciente de que deseaba enfadarla, pero estaba más molesta que enfadada.

— ¡Siento haber visto eso, créeme! —dijo—. En mi tiempo, no vemos con buenos ojos la violencia.

—Tú sigue mirando, y estás muerta —dijo. Luego se encogió de hombros—. Pero morirías gritando de placer y te gustaría, ¿verdad? No importa quien fuese el deamhan.

Bella hizo una mueca.

—Entiendo por qué no quieres cortarme, muchacha. No lo había pensado. Edward no desea compartir, pero a veces lo hace.

Bella jadeó.

¿Qué?

—Te gustó lo que viste y te gusto mucho más ahora. Estas pensando en mí en tu cama ahora, no en Edward.

—Eres un idiota —gritó y empujó la hoja hacia su pecho.

Él agarró su muñeca, incapacitando la mano del cuchillo antes de que pudiera parpadear.

—Y tú estás muerta —dijo—. ¿Puedes moverte después de todo? ¿O eres demasiado alta y de constitución débil?

Bella se liberó, se colocó y le lanzó una patada lateral fuerte. Apuntaba a la barbilla pero se movió y un golpe inútil le golpeó el hombro. Pero sonreía, los ojos muy abiertos.

—Te dije que me cortaras —dijo—. No puedes matar a un deamhan con los pies. —Se extendió hacia ella.

Pero Bella lo estaba esperando y se apartó de su alcance. Estuvo contenta cuando vio el respeto parpadear en sus ojos. Ahora le iba a cortar, oh, sí.

—Córtame con la hoja, Bella —se burló.

Bella amagó. Se medio giró y le dio una patada hacia atrás, pero él se echó hacia un lado esta vez. Ahora que sabía que podía patearle estaba listo para ella. Ella jadeó, determinada a sobrepasarle.

—Aye —dijo—. Tu primera patada tenía que ser mejor para hacer caer a un deamhan al suelo.

— ¡Eres peor que tu hermano! —dijo airadamente—. Maldita sea, no tienes derecho a leer mi mente.

—Pero cualquier deamhan que sepa hacerlo lo hará —dijo, retrocediendo a una distancia en la que no pudiera alcanzarle con sus largas piernas—. Todavía tienes que cortarme, Bella.

Inclinó su cabeza hacia el vestíbulo.

—Te gustó vernos a mí y a Isabel, ¿verdad Bella? Vi la mirada en tus ojos. Te pusiste caliente y excitada, ¿verdad?

Bella estaba furiosa. La peor parte era que había algo de verdad en sus palabras.

Le sonrió conocedoramente.

— Te puse caliente.

— ¡Vete a la mierda!

Fue a darle una patada frontal en las costillas, pero falló cuando se echó hacia un lado. Sin pausa, se desplazó y le siguió con una patada lateral hacia la mandíbula. Bella se sorprendió cuando conectó sólidamente, pero él sólo se estremeció. Triunfante, saltó hacia él con el cuchillo.

Él cogió su mueca antes de que pudiera hundírselo en el corazón. Bella jadeó, luchó y se rindió. Él encontró su mirada, sus ojos calientes, y asintió con una sonrisa.

—Tienes alguna esperanza —dijo, liberándola.

Bella se echó hacia atrás, respirando dificultosamente.

—Quiero una disculpa.

Él estaba arrepentido.

—Aye, lo siento —dudó—. Eres una gran belleza y tengo ojos. Pero sé que amas a mi hermano y que nunca vendrías conmigo.

Emmett se sobresaltó, mirando más allá de ella.

Con temor, Bella se dio la vuelta.

La expresión de Edward era tormentosa.

Bella se armó de valor para la batalla. ¿Cuánto tiempo había estado allí? ¿Cuánto había oído? Pero su corazón latió salvajemente al verle.

—Luché a tu lado en el bosque y maté a un demonio —dijo lacónicamente, en su defensa.

Emmett dijo tranquilamente.

—Si estuviera sola, sin ti, mejor que fuera capaz de luchar.

—Aye, y seré el único que la enseñe —dijo Edward llanamente.

Emmett asintió

—Como deberías. —Se giró y se marchó.

Bella lentamente se encontró con los ojos de Edward.

— ¡Has cambiado de idea!

Edward sonrió pero fríamente.

—No soy tan cabezón como sigues diciendo.

Si Edward era capaz de cambiar de idea, había una esperanza para ellos, pensó Bella. Pero aun estaba distante y enfadado.

— ¿Qué te hizo pensar de forma diferente?

—No confío en ti —dijo sin rodeos.

Bella se estremeció.

— ¿Qué significa eso?

—Quiere decir que no tienes respeto por mis órdenes, por mí.

— ¡No respeto a nadie como a ti!

—Iba a dejarte en la abadía, pero no confío en que te quedes. No estaré contigo para protegerte. Tienes la necesidad de ser capaz de defenderte y matar al demonio, si puedes.

Eso era lo que Bella había querido, pero no de esta forma, con él tan enfadado.

—Gracias —vaciló—. Tal vez un día, entenderás que soy exactamente el tipo de mujer libre pensadora e independiente que debería ser —dijo seriamente—. Edward, tal como piensas que debes hacer lo mejor y lo correcto, yo también debo hacerlo.

Su cara se tensó extremadamente.

— ¿Y estar con Emmett es lo mejor para ti?

— ¿Cuánto has estado mirándonos?

Su boca se endureció.

—Lo suficiente.

Mierda y doble mierda, pensó, con pánico.

—Lo suficiente para saber que te gusta mi hermano bastardo.

— ¡Eso no es verdad! No de la manera que lo entiendes. Es un amigo.

—Pero te acuestas con tus amigos, ¿verdad, Bella? —preguntó—. ¿No te pone caliente?

— ¡Cómo puedes estar celoso de Emmett! —exclamó.

—No estoy celoso de ningún hombre.

—Estaba buscándole a él o a Isabel y fue un error. No me quedé, maldita sea. Tú me pones caliente.

Él sacudió la cabeza, una mirada terrible en sus ojos, y empezó a alejarse.

Bella le persiguió, agarrando su brazo.

—No hagas esto —gritó—. Sabes cómo me siento, escuchas disimuladamente mis pensamientos todo el tiempo.

Él se paró y ella chocó contra la pared de su pecho.

Edward —Aye y eres culpable ahora.

— ¡No! Les vi y te deseé.

Un terrible silencio cayó.

Y Bella esperó, porque esa era la verdad. Emmett era atractivo y tenía sus momentos de encanto, pero no era Edward y nunca lo sería.

Vio la ira abandonar sus ojos.

—Te hice una promesa. Anoche cambiaron muchas cosas, pero siempre mantengo mi palabra —dijo severamente.

Bella se dio cuenta de que se estaba refiriendo a su voto de fidelidad.

—Te hice la misma promesa, —era difícil respirar—. Soy una mujer de palabra.

Sus miradas finalmente se encontraron.

Bella le vio respirar dificultosamente, también, Nada más que una pulgada les separaba. Su masculinidad se volvió abrumadora. Bella lamentaba que no pudiera ir a sus brazos a por un abrazo caliente y fuerte.

Él lentamente sacudió la cabeza.

—Esa no es una buena idea.

— ¿Qué pasa ahora? —preguntó en voz baja—. Hemos hecho votos, pero no vendrás a mi cama. Si respeto tu necesidad de dormir solo.

—No. Te mantendré a salvo.

Aún la enviaría a Iona. Solamente habían capeado otro temporal y se sentía más cerca de él que nunca.

—Estás tranquilo —su susurro sonó urgente.

Su mirada era firme.

—Aye, estoy calmado. Pero no estás a salvo aquí. No estás a salvo de Aro. De mí —su mirada se movió hasta su boca, después subió hasta sus ojos—. Nos despediremos en la mañana.

Él cabeceo y se giró para irse.

Ella se apresuró para acomodarse a su zancada.

— ¿Dónde vas ahora? ¿Qué estás haciendo?

—El sol se pone en dos horas. Voy a la torre ahora.

Ella estaba incrédula.

— ¿Estas encerrándote?

—Aye —se detuvo antes de las escaleras dirigiéndose hacia la puerta delantera del castillo—. Tal vez en unos pocos años —dijo densamente— haya algún tiempo y algún lugar seguro para nosotros.

Bella gritó en protesta.

— ¿Unos cientos de años?

Le lanzó una larga mirada y subió las escaleras.

LO SIENTO PERO EL TRABAJO ME TIENE FULL OCUPADA

BESOS LINDAS

1 Ella sabía que no iba a venir.

2 Antiguo dios céltico.