Los personajes no son míos son de la maravillosa S.M
-Advertencias:Hay escenas explicitas y lenguaje muy fuerte, creo que a muchas nos gusta, pero en avisar no hay engaño
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Edward Cullen giró abruptamente y corrió a grandes zancadas hacia un callejón estrecho. Agazapándose en una arcada con poca luz, aplastó su espalda contra la deslustrada puerta de una tienda. Un segundo más tarde su compañero, Emmett McCarty, se deslizó junto a él, jadeando. El pesado sonido de muchos pies calzados con botas atravesó el callejón y se volvió más débil cuando la patrulla siguió bajando la calle.
Los dos hombres compartieron una mirada, y luego sonrieron abiertamente.
—¡Joder! Estuvo cerca. —Emmett se limpió el sudor de la frente con la manga de su chaqueta—. Aquel maldito último disparo casi me chamusca las pelotas. ¿De dónde demonios proceden los de la Aduana?
—¡De esos bastardos Italianos! —Gruñó Edward—. Vulturis ya nos advirtió que nos fuéramos de su territorio. Deberíamos habernos dado media vuelta. Probablemente llegó a enterarse de nuestra carga especial y no pudo aceptar la competencia.
—¿Y qué pasa con la nave?
—Sin duda confiscada, junto con la carga.
—¡Mierda! Cinco meses de trabajo se han ido por el retrete. —Los labios de Emmett se volvieron una línea—. ¿Crees que el resto del equipo logró salir?
—Sí, alejé a los agentes de la escotilla delantera mientras todos los demás se escaqueaban por la parte de atrás.
—¡Cristo! ¿Te has bañado en whisky?
Edward frunció el ceño y se giró alejándose para echar una ojeada a la vuelta de la esquina.
—Estaba acarreando un cajón cuando cayeron sobre mí —dijo por encima del hombro—. Su primer disparo rompió las botellas.
Edward gimió.
—Dime que no era el de Samureen Etiqueta Negra.
—¿Qué sino?
—Casi estoy tentado de lamerte, pero sé cuánto tiempo ha pasado desde que tomaste un baño.
—¡Exactamente tanto tiempo como tú! —Edward dio un empujón a su amigo.
La sonrisa de Emmett se desvaneció y le lanzó una mirada preocupada.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Emmett se asomó de nuevo en torno de la arcada.
—Creo que los perdimos. Pero tendremos que separarnos. Están buscando a dos de nosotros.
—Bien, no podemos dirigirnos de vuelta a los muelles. Estará hasta la bandera de agentes.
—Tampoco podemos tantear los bares, o tropezarnos en cualquier otro lugar público con un sensor de ADN. —Edward dio un puñetazo al arco—. Tenemos que meternos en una zona privada y escondernos durante un par de días. Necesito tiempo para resolver como vamos a liberar a La Tua cantante.
—La comunidad privada más cercana es El Barrio Forks. Tal vez podemos encontrar una casa de invitados o dos y meternos de ocupas hasta que esta cosa se calme.
—Bien. Mantén el parloteo a través del transmisor al mínimo. No podemos arriesgarnos a ser rastreados. Independientemente de lo que hagas, aléjate de las casas de putas. Esas mujeres te entregaran por un crédito.
—Sí, Capitán. Parece que nuestro permiso en tierra no va a ser del todo tan agradable como habíamos planeado. —Emmett echó un vistazo a la vuelta de la esquina—. Te veo el domingo. —Se levantó el cuello de su guardapolvo y se encaminó de vuelta por el camino por el que acababan de venir.
—¡Vigila tu culo! —gritó Edward detrás de él y echó a andar en la dirección opuesta.
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—Mueve un músculo, y te dejaré seco en el sitio, compañero.
Edward se congeló. La voz del hombre surgió de repente, profunda y con un distintivo tono nasal del sur. Por la altura desde la que llegaba la voz, se trataba de un hombre muy alto.
Edward había abierto con una ganzúa una ventana de la parte trasera de una casa, en la exclusiva subdivisión de El Barrio Forks que parecía vacía. Había hecho un estudio de la casa de piedra caliza blanca, encontró los sensores de seguridad y desmontó cada uno de ellos antes de forzar la entrada. ¿Cómo es que había pasado por alto a alguien cuando había hecho la ronda por las habitaciones lujosamente decoradas?
Con un encogimiento mental de hombros, examinó sus opciones. Si el hombre estaba armado, podría no ser capaz de dominarlo. Tendría que usar su ingenio. Estaba jodido.
Él se enderezó separándose de la puerta de la despensa y despacio levantó sus manos.
—Eres Edward Cullen, ¿verdad? El contrabandista.
—Soy un hombre de negocios —dijo él, lanzando un anzuelo para alargar la conversación. Necesitaba hacerse una idea de dónde estaba situado el hombre, así que giró la cabeza despacio.
—Dije, que no te movieras. —La profunda voz del hombre sonó áspera y malévola.
La frustración curvó las manos de Edward en puños.
—Mira, yo no estoy aquí para robarte o hacerte daño. —Inyectó calma en su voz—. Yo sólo me estoy…
—¿Escondiendo? ¿Dándote a la fuga?
Él frunció el ceño. El tejano parecía disfrutar de su aprieto.
—Sí, y me encontré en un lugar de mal agüero.
—Eso diría. Mientras hablamos, tu nave está siendo transportada por aire al depósito de incautados.
—Tus problemas no se terminan ahí, amigo.
Él apretó los dientes, resistiendo el impulso de correr el riesgo y comenzar a balancearse.
—Pareces saber un montón sobre mí.
—Tengo mis contactos. Un minuto después de tu entrada en la casa, yo ya tenía tu expediente completo.
—Ya que sabes tanto, entonces también sabes que no soy un criminal violento.
—Correcto, tú sólo eres un hombre de negocios que casualmente pasa contrabando por los puertos de Port Ángeles.
—Hay cosas peores —contestó Edward con su mente yendo a toda velocidad. ¿Podría trabajar desde esta perspectiva?—. La mayoría de mis mejores clientes son funcionarios de Port Ángeles. Les traigo existencias de calidad y ellos hacen la vista gorda. ¿De eso va esto? ¿Quieres una rebaja en un trato?
—Tienes pinta de tenerlo un poco difícil para el negocio hoy, sin mencionar el allanamiento de morada
—Entonces, ¿por qué no has llamado ya a las autoridades?
—Me pondré a eso. Aunque primero, necesito echarte un vistazo. Bájate los calzoncillos.
Edward se puso rígido y esperó fervientemente que el tejano sólo quisiera comprobar que no llevaba armas escondidas.
—¿Es realmente necesario? Puedo asegurarte, que no llevo ningún arma encima.
—Sólo haz lo que te digo, o haré esa llamada a las autoridades.
Los labios de Edward pusieron un rictus de irritación, pero lentamente descendió sus manos hasta su cinturón. Soltó sus pantalones y los empujó hasta medio muslo.
—¿Satisfecho?
—Deja caer el guardapolvo.
Edward se quitó el abrigo con un movimiento de hombros y lo dejó en un charco en el suelo.
—Levanta las manos y da una vuelta.
Jurando por lo bajo, se giró para quedar cara a cara con su adversario. Sólo que allí no había nadie.
—Qué co…
—¿Se hace algo más grande que eso?
Edward dio un respingo mientras sus manos de manera refleja se desplazaban hacia su entrepierna.
—¿Qué has dicho?
—Eso va a ser difícil de superar.
Después de un rápido examen del cuarto, Edward se dio cuenta de que la voz venía del techo.
—¿De qué coño estás hablando? —Su mirada penetrante indagó en busca de cámaras ocultas, probable el tipo estaba observando desde algún tipo de sala de vigilancia—. ¿Puedo subirme los pantalones?
—Sí, supongo que sí —masculló el hombre.
—¿Estás satisfecho de que no lleve nada?
—Sin duda. —El hombre suspiró de manera audible—. En todo caso, el realismo estaba garantizado. Y tu culo lo hará muy bien. Quítate la camisa. Quiero verte el pecho.
Edward frunció el ceño y despachó rápidamente la camisa, sacándosela con fuerza por la cabeza y preguntándose si el hombre lo estaba inspeccionando en busca de una pistolera.
Un silbido apreciativo sonó desde los altavoces.
—No sé de qué va todo esto, pero si tú piensas…
—Estás libre de cualquier enfermedad de transmisión sexual exótica, te escaneé cuando entraste en la cocina. ¿Puedes funcionar?
—¿Funcionar? —Los músculos en sus hombros y brazos se contrajeron en rechazo de la sospecha formulada.
—Ya sabes… el paquete. ¿Puedes levantarla?
—Mira, no doy por el culo a hombres, y no dejo que me den a mí. —La alarma y la cólera daban aspereza a su voz—. Si vas a usar tu arma, deberías hacerlo ahora, porque me largo de aquí. Llama a la policía, si te apetece. —Él se inclinó para pillar su ropa del suelo.
—Ahora, para el carro. Si quieres una oportunidad de liberar a tu equipo y tu nave, deberías quedarte exactamente dónde estás.
—Algunas cosas no entran en la negociación
—Eddy, encanto. No estoy detrás de tu virginidad. —Esta vez la voz era femenina, de unos cuarenta años, y sonaba divertida.
¿Es que había dos?
—Entonces ¿detrás de qué vas?
—Quiero llegar a un acuerdo.
—¿Qué tipo de acuerdo?
—Mi jefa entrará por la puerta en cualquier momento. Ella espera un compañero de juegos para el fin de semana, pero el compañero no ha podido ser entregado. Se va a poner de muy mal humor.
—No es problema mío que tu amiga no pudiera conseguirlo.
—Oh, pero es que precisamente él ha sido entregado.
A Edward no le hizo mucha gracia la nota astuta en la voz de la mujer y entrecerró los ojos.
—Déjame ver si he entendido bien. ¿Quieres que yo sustituya a ese amigo? ¿Y hacer qué? ¿Pasar el fin de semana con tu jefa… tirándomela hasta que reviente?
—Eso lo describe perfectamente.
—¿Y después?
—Ya te lo dije. Puedo hacer los arreglos para la liberación de tu tripulación y tu nave.
—¿Tú puedes hacer eso? ¿Cómo sé que tienes esa clase de poder?
—Tengo conexiones, ¿sabes? Puedo decirte hasta quién informó a los polis.
—Demuéstralo. Dame un nombre.
—¿Te suena Aro Vulturis?
—¡Lo sabía! ¡Ese bastardo Italiano!
—Ahora, si tan solo te calmas, tenemos algo de trabajo que hacer antes de que la jefa llegue a casa. Necesitas un baño y un afeitado. Después tenemos que hacer algo respecto a esa ropa, ella no indicó vaqueros. Y ese guardapolvo y ese tufo a alcohol.
Todavía intentando orientarse y calcular si tenía una posibilidad para darse a la fuga, Edward dijo para entretener:
—¿Quiénes demonios sois, y cómo sabéis tanto?
—No importa. Empieza a desnudarte.
—¿No estará ella sólo un poquito molesta de que yo no sea la persona que está esperando?
—No lo sabrá nunca.
Edward levantó una ceja.
—¿Este amigo es un acompañante de pago, entonces?
—Eres rápido.
—¿Y qué es exactamente lo que tengo que hacer este fin de semana?
—Cumplir sus fantasías, el único problema es, que ella no puede decirte cuales son. El servicio se quedó con su perfil y se daba por sentado que lo proporcionaría el compañero que le daría lo que ella necesita, no lo que ella piensa que quiere. Puedo decírtelo desde ya, si haces lo que ella te dice, se va a aburrir.
—¿Tan repulsiva es?
—¿Repulsiva? ¿Por qué piensas eso?
—Porque ella no puede encontrar su propia pareja.
—Ella es una ejecutiva. Un palo tieso. Sencillamente no tiene tiempo para encontrar su propio hombre.
La última clase de mujer que Edward quería montar, tiesa, poco imaginativa e inflexible. ¿Cómo diablos se suponía que se iba a excitar como para ponerse duro?
—¿Tienes algo bueno?
—¿Eh?
—¡En el paquete! No hay tiempo para ser tímido. Tengo que saber con qué tengo que trabajar.
—Nunca he tenido ninguna queja.
—Esto no dice mucho.
—A caballo regalado no se ven los dientes —contestó él groseramente, harto de sus despectivas observaciones acerca de su virilidad.
—¡Breeeeee! —Una voz estridente llegó desde más allá de la puerta de cocina.
Edward pegó un brinco.
—Ahora es cuando la mierda nos salpica —murmuró su captora.
—¿Entiendo que esa es tu ama? —susurró él.
—Sí. Mi jefa, la señora del dragón, mi bola y cadena. Estará aquí en un minuto. Independientemente de las cosas raras que ella diga, sigue el rollo. Recuerda, se supone que este es un fin de semana de fantasía.
—No he consentido en hacer nada aún.
—¡Acuérdate de tu tripulación y de tu nave!
—¿Mi carga, también?
—¡De acuerdo! —siseó ella—. ¿Tenemos un trato?
—¿Cómo sé que mantendrás tu palabra?
—No lo sabes. Pero soy la única oportunidad que tienes. Soy yo o Sing Sing1. ¿Tenemos un trato?
¿Qué demonios era Sing-Sing? Edward maldijo otra vez.
—Trato hecho. Mejor será que no me dejes colgado, o le contaré nuestro pequeño arreglo a la jefa…
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. —¡Breeee! —gritó Bella de nuevo, y luego hizo una pausa para dar un taconazo antes de continuar hasta su dormitorio—. ¿Qué te pasa? ¿Todavía estás enfurruñada porque amenacé con desenchufarte?
—Por supuesto que no —contestó Bree con voz monótona—. Sólo soy un pedazo de baterías, sin inteligencia real, ni sentimientos que dañar.
Bella puso los ojos en blanco y llevó su mano hacia el primer botón de la parte superior de su blusa blanca.
—Así que ¿cuándo llega eso?
—¿Eso?
—Mi Robot del Placer.
—Oh, sobre tu nuevo juguete…
—¿Breeeeeeee? —Sus manos se congelaron en el botón número tres—. No me digas que no me lo pueden enviar.
—No, no.
—¡Fiu! Ya me habías preocupado. —Siguió desabotonando su blusa dejando que su mente vagara hacia las próximas horas. Su cuerpo ya se estaba licuando con los pensamientos de las cosas pecaminosas que quería probar con su realista, y mejor que los de tamaño natural, robot.
—Bueno, sólo quería recordarte unas cuantas cosas antes.
—¿Cómo qué? —Ella esperaba que Bree no fuera a darle la lista de avisos legales del fabricante.
—Te prometieron uno realista.
—Sí, sí. Hasta el último detalle con la lengua húmeda y tacto de piel natural, estoy segura. —Terminó con el último botón y se quitó la camisa.
—Para que lo sepas, también está programado para creer que es una persona real, para realzar la experiencia.
La palabra «realzar» fue lo único que registró su mente. Todo el día, el pensamiento de todo lo que tenía como objetivo «realzar» el hardware, para suministrarle el último placer le había puesto rubor en las mejillas y le había hecho dar brincos. Su falda se unió al montón en el suelo.
—Bien. ¿Algo más?
—Um… eso está en la cocina.
El cuerpo de Bella salió derrapando y se dirigió fuera de su dormitorio.
—¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Eso come?
—Probablemente hace muchas cosas aún más asquerosas en nombre del realismo.
—¡Guau! Pinnacle va a hacer una fortuna. Me pregunto si necesitan a un hombre anuncio.
Estiró la mano para empujar la puerta de la cocina, pero ésta se balanceó hacia ella haciéndola retroceder con un grito ahogado. Un hombre alto, despeinado y sin camisa la atravesó.
Su mirada escrutadora paso sobre él conmocionada.
—¡Bree! Exactamente ¿qué pusiste en mi perfil?
—¿Por qué, jefa?
Pasó su mano sobre el hombro de él y un músculo se onduló bajo su palma. Ella apartó de golpe la mano.
—Es… fornido. Los prefiero delgados. —Retrocedió y alzó la vista—. ¿Pelo Cobrizo? Me gustan morenos. Y es peludo. —Olfateó—. ¡Ah, y apesta! ¿Les dijiste que quería un maloliente hombre Cobrizo?
La penetrante y entornada mirada esmeralda del robot la siguió mientras ella se paseaba por delante de él. Su cara se estaba volviendo de un rojo tempestuoso.
—Tienen unas cuantas imperfecciones para arreglar en este modelo. —Ondeó una mano abarcándole—. ¿Esto entiende el inglés, Bree?
—Seguro que lo hace.
Los ojos de él se entrecerraron aún más.
—Bien, al menos consiguieron que fuera un tanto exacto. —Bella observó su amplio y peludo pecho. El músculo bajo la piel tenía un excelente aspecto desarrollado… duro. Podría ser capaz de pasar por alto todo ese pelo Cobrizo, el cuerpo era sumamente perturbador—. Déjame ver que ha comprado mi dinero. Quítate el resto de la ropa.
Cuando vio que eso no se movía, resopló y estiró la mano hacia el cinturón del robot. Una mano grande y fuerte se cerró sobre la suya y la apartó. Ella alzó la vista alarmada. La mirada en la cara del robot podría haberla matado.
—¿Bree? Esto parece enfadado.
Por entre los dientes apretados, el robot dijo:
—Esto prefiere que le llamen él.
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Que les parece…. Al fin ya se conocieron…. El siguiente capi es a más tardar el lunes…. Y esta bastante hot a si que preparen la ducha helada porque lo van a necesitar
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