Los personajes no son míos son de la maravillosa S.M
-Advertencias:Hay escenas explicitas y lenguaje muy fuerte, creo que a muchas nos gusta, pero en avisar no hay engaño.
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Edward observó a la mujer medio vestida con irritación… y reacio interés. Ella no era en absoluto otra cosa que diminuta, la parte superior de su castaña cabeza apenas le llegaba al hombro. Salvo por toda la piel cremosa y pecosa que quedaba al descubierto entre las tiras de raso beige de su ropa interior que vestía un cuerpo con todas las curvas necesarias.
Entonces ella abrió la boca otra vez:
—¿Bree? Ahora no juegues a la mudita. ¿Qué demonios había en mi perfil?
Aunque con una entonación más baja que sus chillidos anteriores, la voz de ella todavía mantenía una nota imperiosa que a él le daba grima. No era de extrañar que la mujer no pudiera encontrar un hombre propio. Era una pequeña mandona criticona.
Tuvo el impulso aplastante de decirle a la mujer la verdad, sólo para conseguir que cerrara el pico, y darle a Bree probar de su propia medicina. Las dos mujeres no podían ser más merecedoras la una de la otra.
—Sólo los hechos, jefa —contestó Bree—. Estoy segura que ellos añadieron su propia estadística en cuanto a tu comportamiento adquisitivo a fin de ofrecer la combinación adecuada de propiedades masculinas para satisfacer tus necesidades.
—Sólo deberían haberme dado una hoja de pedido con una lista de mis preferencias. ¡Diego es más de mi gusto! —Ella frunció el ceño, y le miró de arriba abajo, fijándose en que era más un oso pesado que un hombre—. Estoy casi por mandar esto de vuelta.
Él gruñó su desaprobación.
La mujer le lanzó una mirada asustada.
—Digo, a él —corrigió la mujer—. Quiero decir, ¿quién en su sano juicio querría algo tan primitivo?
Un poco de oscura emoción primitiva se agitó en el vientre de él. Esta mujer necesitaba que la metieran en vereda.
—Nunca he tenido ninguna queja —contestó él, añadiendo una textura sedosa a su voz.
Los ojos chocolate de ella se abrieron de par en par. ¿Acaso estaba impresionada de que él pudiera hacer algo más que gruñir? Entonces vio un revelador rubor ascender
desde las cumbres de sus pechos hasta sus mejillas. Hubiera apostado una caja de Samureen Black a que la excitación le empapó las bragas.
—¿Es eso una recomendación? —Lo observó con la duda ensombreciendo su mirada—. Es demasiado tarde para conseguir un sustituto, ¿no, Bree?
—Demasiado tarde —refunfuñó Bree.
—Me imagino que me lo quedaré —dijo con su voz sonando menos que entusiasmada.
—Entonces, ¿a qué esperamos? —dijo él con exagerado deleite llevándose las manos al cinturón.
Ella abrió los ojos como platos.
—¡Espérate un minuto! —exclamó ella con la mano en alto.
Edward se la quedó mirando. No importaba que ella hubiera querido quitarle la ropa unos momentos antes.
—¿No deberíamos poner primero unas cuantas cosas en claro?
Él dio un paso hacia ella.
—¿Qué hay que poner, aparte del desnudo? —Él deslizó el cinturón fuera de las trabillas de sus pantalones y lo levantó en alto, su mirada penetrante se mantuvo en la de ella mientras dejaba caer éste al suelo.
Con una inclinación obstinada de su barbilla, ella dijo:
—Podríamos comenzar con cómo se supone que debo llamarte aparte de «eso».
Él entornó los ojos ante la marimandona. Conocía una evasiva cuando veía una.
—Tengo un nombre. Edward. ¿Cuál es el tuyo?
Su bonita boca rosada boqueó.
—¿Es que no sabes mi nombre? ¿Por qué no iban a decirte los de Playthings mi nombre? ¡Ellos saben absolutamente todo lo demás sobre mí!
—¿Para aumentar el realismo? —susurró Bree.
Él deseó fervientemente que la mujer más vieja se diera a conocer. Prefería calibrar el valor de sus adversarios mirando sus ojos.
—Sólo imagínate —siguió Bree—, que sois dos desconocidos que se encuentran por primera vez.
El ceño de la castaña podría haber chamuscado un horno.
—¡Las primeras veces son una mierda!
—Quizás has estado saliendo con los hombres equivocados —ronroneó él, y luego sonrió abiertamente ante la ácida mirada que ella echó en su dirección.
Roja como un tomate por el rubor de la cólera, ella dijo:
—No hay modo alguno de que este fuera programado pensando en mí. ¡Es imposible!
—¿Tan poco atractiva es su cara? —preguntó Bree.
—¿Y cómo voy a saberlo? No puedo ver su cara bajo toda esa barba incipiente. Podría estar escondiendo una barbilla débil.
Él levantó una ceja y se rascó la barba, fingiendo indiferencia. ¿Una barbilla débil?
Las nubes de tormenta no podían compararse con el feroz desagrado que enturbiaba los tempestuosos ojos chocolate.
La sonrisa sarcástica de Edward se amplió. Incitando ésta para que la ira fuera un juego. ¡No se había divertido tanto con una mujer teniendo la ropa puesta, nunca! Y se rascó las pelotas por si fuera poco.
—¡Puff! Sus modales son tan asquerosos como su olor.
—¿Tan poco atractivo es? —La voz de Bree sonó un poco forzada.
—Él es demasiado grande. —Su mirada le repasó, haciendo una pausa en su pecho, luego se rezagó en sus brazos—. Pero tiene unos bultos interesantes.
¿Bultos?
Ella estiró la mano para pasarla suavemente por el músculo de su antebrazo.
—Creo que nunca salí con un hombre con los brazos tan abultados.
Edward no se pudo resistir:
—Si me dejarás quitarme los pantalones, podrías tocarme las piernas. Los bultos son más grandes.
Los ojos de ella se entrecerraron.
—¿Por qué le otorgarían a esto sarcasmo? ¿No podían entender que tengo bastante contigo, Bree? —dijo, apuntando su grito al techo—. Dime otra vez que es demasiado tarde para cambiarlo por otro modelo.
—Es demasiado tarde, jefa.
—¿Y supongo que es demasiado esperar que esto tenga un botón para dejarlo mudo?
—¡Has dado en el clavo! —gruñó Edward.
La mujer suspiró.
—Yo tenía la esperanza de que ellos supieran lo que se hacían.
Él se plantó con las piernas separadas.
—Así que, ¿me deshago de los pantalones?
Ella sacudió su cabeza.
—Igualito que un hombre. Ni siquiera sabes todavía mi nombre.
Un diablillo travieso debía andar montando sobre su hombro.
—¿Qué importa eso?
—Cómo vas a llamarme cuando estemos…
Él levantó una única ceja, simulando no comprender.
—¡Ya sabes… haciéndolo! —Su ceño fruncido se hizo más profundo cuando su cara se inundó de nuevo de calor.
—¿Mujer?
La cara de ella se puso imposiblemente más roja, en guerra con el tono brillante de un tomate, pero él no se había perdido su temblor. ¿Estaría la exasperación de ella provocándola algo más que su mal humor?
Él dio un golpecito abriendo el botón de la parte superior de sus pantalones.
La mirada de ella voló hasta su cara.
—¡Isabella! ¡Mi nombre es Isabella! —gritó.
—¿Bella? Te pega. —Su mirada la barrió de la cabeza a los pies.
Su polla se meneó contra sus calzones, doliéndole necesitada de alivio. Con rapidez abrió con un chasquido el siguiente botón.
—Um… —Ella retrocedió un paso—. ¡Una ducha! De ninguna manera vas a acercarte a mí hasta que estés limpio. En cualquier caso ¿En qué demonios te bañaste?
—Whisky —respondió con una sonrisa.
—¿Whisky? ¿Pero cómo? Está prohibido.
—Él es un contrabandista —interrumpió Bree.
Edward conocía el juego de la mujer mayor. Ella trataba de quitarle su única arma, la verdad, haciendo de su ocupación parte de su «papel».
—¿Un contrabandista? ¿Acaso piensan que quiero un delincuente?
—Estoy segura de que ellos estaban pensando lo contrario y todo… —
Bree parecía un tanto desesperada.
—¡Bree! ¡A menos que te guste unirte a nosotros, no te metas! —gruñó él.
Bella se rió tontamente. Un sonido tintineante y femenino que lo sorprendió, y lo dejó boquiabierto.
—No es tan espabilado después de todo, ¿verdad?
Edward apenas oyó sus palabras, no le preocupaba no pillar el hilo. La sonrisa de ella le dejó sin aliento. Los llenos labios rosados distendidos sobre los dientes blancos y el atisbo de su lengua rosada conmovieron al depredador que holgazanea en su vientre.
Ella le miró de hito en hito con cautela, su sonrisa titubeó.
—Bien, vamos a ver ese baño.
Él sabía exactamente donde estaba la ducha, pero prefirió seguir a su anfitriona a través de la sala de estar hacia el vestíbulo embaldosado de mármol además de mirar la flexión y el estiramiento de su culo bajo el satén mientras le mostraba el camino. Los contornos rellenitos le recordaron de lo que iba el fin de semana, supervivencia y sexo, sin caer ante su sonrisa.
Los pliegues donde sus muslos se encontraban con sus nalgas estaban a la vista, y Edward tuvo el más extraño impulso de remontarlos con la lengua. Él, que nunca se demoraba en lo referente a hacer el amor, que creía que los preliminares eran un desperdicio de una erección perfectamente adecuada.
Su pelo era más corto que el de la mayoría de los hombres.
Pero el corte de pelo de muchacho estaba en desacuerdo con el trasero exuberante que coqueteaba bajo la bastilla de su ropa interior.
Puesto que se había metido en el papel de maleante, no se resistió al impulso de ahuecar un cachete en su mano.
Bella gritó y se giró hacia él, apoyándose contra la puerta de cuarto de baño.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Dándote el valor de tu dinero. —Él se movió, su cuerpo estaba tan cerca que sus senos restregarían su pecho desnudo si ella tomara una profunda respiración.
—Dije que después de que te hubieras bañado hablaríamos de lo que sigue.
—¡Ah! Una mujer de las mías —dijo él, entendiéndola mal de manera deliberada—. ¿Te frotaré la espalda primero?
—No me voy a unir a ti en la ducha. Es demasiado pequeña.
—Es considerablemente grande, en realidad. El habitáculo es lo suficientemente grande para Bree también, si a ella le apetece unirse a nosotros —dijo él, alzando la voz hacia el final para asegurarse de que la otra mujer oía su desafío.
—Vosotros dos id por delante —gorjeó Bree—. Voy a tener una pequeña charla con Diego.
—¡Hazlo! —dijo Bella—. ¡Y averigua dónde está el interruptor de desconexión!
—¿Crees que necesitas una palabra segura? —preguntó él, bajando la cabeza de modo que su boca pendió justamente encima de la de ella. Él estiró la mano bordeándola con su brazo rodeando su cintura para agarrar la manecilla de puerta, y tiró de ella hacia abajo.
La puerta se abrió detrás de Isabella y ésta entró marcha atrás en el cuarto de baño decorado en gris y cromo.
Sintió que la situación estaba horriblemente fuera de control. El bruto del robot se había vuelto loco, empujando los límites de su paciencia y bienestar. ¿Es que él no sabía que era ella la que estaba a cargo? Los ojos de él destellaron con oscuras y peligrosas insinuaciones de perversiones sensuales que ella no se atrevió ni a considerar. Si tan sólo pudiera descubrir donde estaba escondida su toma de energía… Necesitaba unos minutos de tranquilidad para estudiar detenidamente su difícil situación. Aunque…
Cuanto más de cerca se regodeaba mirando el cuerpo del robot, más aumentaban las fascinantes posibilidades. Nunca antes había tenido a un rufián. Si solamente pudiera encontrar un modo de borrarle aquella sonrisa satisfecha de su cara…
—Nada me gustaría más que hacer espuma contigo, amor.
Desconcertada por su sugerencia abiertamente sensual y el sutil acento Inglés que se envolvió alrededor de sus palabras, Bella dio otro paso hacia atrás.
Su penetrante mirada oscura la desafió, haciendo que su corazón saltarse y sus piernas temblaran. No estaba acostumbrada a ser la presa, dado que la mayoría de las veces jugaba a ser el cazador en el juego de las relaciones. Nunca había sido el objeto de tal cruda y basta invitación. Si al menos pudiera olvidarse de que el robot estaba actuando únicamente según su programación.
A pesar de todo, se consoló sabiendo que él no era un hombre real. Puesto que ella nunca habría permitido las libertades que ya le había otorgado a este robot. Nunca habría cedido ni un centímetro de terreno, sin importar el coste.
Se suponía que este fin de semana era una fantasía, y a pesar de que esto no se estaba desarrollando como ella había previsto, estaba gustosa de optar por el nuevo «guión» sólo para ver lo lejos que la llevaría esta experiencia.
—Estoy pagando por este fin de semana —dijo ella, destacando su barbilla—. Y yo digo que esperemos.
La penetrante mirada verde se abrió paso en su interior y ella se deslizó a un lado, poniendo espacio entre ellos. La mirada de él la siguió. Supuso que éste ya estaba almacenando datos —analizando las dimensiones de su cuerpo, sus gestos, sus respuestas— para determinar qué estrategia sensual cubriría mejor las necesidades de ella.
El pensar en tan especial atención analítica para su placer hizo que su piel se sintiera caliente y fría al mismo tiempo, y sus bragas se mojaran al instante.
Ella alcanzó el panel de control en la pared al lado de la ducha y seleccionó el ajuste apropiado de lavado. El agua salía a chorros de las paredes de la ducha y abrió la puerta.
—Las toallas están en el armario. —Señaló con un gesto detrás de él.
Entonces tuvo un pensamiento inquietante.
—Tú puedes ducharte, ¿no? —Una visión de cables cortocircuitados en arcos llameantes la llenó de consternación.
—¿Qué? —preguntó él—. ¿Piensas que no sé cómo? Sólo porque he pasado un mes dentro de un traje de reciclaje no significa que no disfrutaría de una. —Se sacó las botas con la punta del pie, su mirada penetrante de nuevo la dejó clavada en el sitio.
—No omitieron ni un detalle de tu guión, ¿verdad? —murmuró ella.
De nuevo, él se llevó la mano a los botones restantes de sus calzones.
—Toda tuya —dijo ella, hurgando en busca de la manecilla de la puerta a su espalda.
Las manos de él hicieron una pausa.
—¿Asustada, Bells?
Ella tragó saliva con su corazón aporreando, pero sacudió la cabeza.
Él se bajó los calzones y luego se enderezó.
La mirada de ella descendió.
—Ahora sé que la pifiaron. Jamás van a hacer diecisiete centímetros. —La desilusión se hizo evidente en su cara.
—¡Y una mierda! —Él se puso las manos en las caderas y dos manchas de color rojo en sus mejillas.
Bella se dio cuenta de que estaba avergonzado. ¡Qué intrigante! Él respondía a estímulos emocionales.
—Prometieron realismo —murmuró ella—. Yo sólo esperaba un poquito más que el… natural.
—¡Es proporcional con mi tamaño! —soltó él con los dientes apretados—. ¿Con qué clase de hombres has estado jodiendo?
—Si tú simplemente fueras un hombre cualquiera —dijo ella, esperando detener su consternación—, estaría aturdida de deleite, es sólo que yo tenía ciertas… expectativas.
—Él será más que adecuado —gruñó, se deshizo del resto de su ropa. Dio una patada a ésta para apartarla y caminó con paso decidido hacia ella.
Su corazón dio rápidos saltitos alarmado.
—Bien como dije, las toallas están detrás de ti. —Echó mano buscando la puerta detrás de sí.
Él movió la cabeza negando.
—Sí, están.
—No estoy hablando de las puñeteras toallas. Tú no te vas —dijo él con la determinación marcada en el porte de su barbilla barbuda.
—Ya hemos tratado esto, no voy a unirme a ti.
—Sí, tú sí. —Él caminó a zancadas directamente hacia ella y Bella se quedó plantada inmóvil, impresionada y con el deleite revoloteando en su pecho. ¿Por qué correr cuándo esto era exactamente lo que ella quería?
Sus manos se cerraron sobre su cintura y la levantó, metiéndola en la ducha con ropa interior y todo.
El agua corrió sobre su cabeza, y ella cerró los ojos mientras las manos grandes de él pasaron suaves sobre las copas de encaje de su sujetador, agradecida por tener una excusa para evitar su mirada penetrante. Odiaba el que él supiera lo mucho que ella deseaba esto.
Él moldeó sus pechos, apretando, amasando, y luego de un golpecito abrió el cierre frontal. La carne de ella se derramó con impaciencia en sus manos, y su aliento se quedó atrapado en un boqueo cuando las palmas de sus manos ásperas rozaron los pezones.
El agua golpeaba su cara e hizo que apartara la vista hacia donde las manos más blancas ahuecaban sus pechos. Entonces notó el golpecito de su polla contra su vientre.
Él era tan real que tuvo el raro impulso de tomarlo en su boca. ¿Qué haría su programación de Inteligencia Artificial ante eso?
No bien ese pensamiento había cruzado su mente cuando decidió ver cómo de eficaces eran los componentes interactivos que incorporaban estímulos físicos de su software.
—Déjame lavarte el pelo. —Esto era hasta donde sus nervios a flor de piel la permitían arriesgarse.
La mirada de él se elevó desde el pecho de ella y se oscureció. Su rostro estaba colorado y tenso. Sus fosas nasales se ensanchaban como un animal olfateando una comida.
—¿No quieres quitarte el resto de la ropa, primero?
Ella se había olvidado de sus medias altas hasta el muslo y las bragas. Tragó saliva y asintió con la cabeza.
Las manos de él abandonaron sus pechos y pasaron suavemente en torno a su espalda y descendieron, deslizándose bajo sus bragas hasta la curva de sus nalgas y apretarlas antes de empujar las bragas por las piernas abajo. Se arrodilló para deslizarlas fuera de sus pies, lo cual colocó su cara a la altura del vientre de ella.
—¡Bells, estás depilada aquí! —dijo, deslizando la punta de su dedo sobre su coño—. Estás llena de sorpresas, amor.
Bella se quedó sin aliento, y una anticipación temblorosa aceleró su corazón y su respiración hasta que sintió la hormigeante oscuridad de un cercano vahído.
La mano de él aplanada sobre su estremecido vientre ahuecaba la suave redondez, y por un momento su mirada penetrante se encontró con la suya. El desafío estaba mezclado con la liquida promesa en sus ojos.
Bella sólo pudo quedársele mirando, y entonces se lamió la boca nerviosa.
Él debió interpretar su acción como una aceptación ya que sacudió la cabeza como un perro bajo la rociada de agua y bajó su cara hasta meter la nariz entre los pliegues de su sexo. Sus manos se arrastraron bajando el frente de sus muslos haciendo rodar la parte superior de sus medias al bajarlas por sus piernas y sacarlas de sus pies, y aun así él continuó hociqueando su coño con la cara.
Y después ella estaba desnuda, su piel empapada por el agua, su vagina rezumando su propio refresco. Él gimió y lamió sus pétalos para capturar su excitación con la lengua.
Las manos de Bella revolotearon contra los azulejos, sus pechos, y finalmente los hombros de él, clavándole las uñas en la cadena de músculos. Él continuó lamiendo sus pliegues. Ella trató de dirigirlo hacia arriba, hacia su clítoris con la suave pulsación de sus caderas.
—Por favor —suspiró.
Él gruñó y le empujó la espalda contra la pared azulejada, y luego la instó a levantar una pierna y a apoyar el muslo sobre su hombro, abriéndola con más amplitud. Ella se ancló a sí misma con sus manos aferradas a su pelo mientras las caricias de su lengua se prolongaban, profundizado, y en ocasiones apuñalaban dentro de ella. Aún así él hizo caso omiso a su hinchado y dolorido clítoris.
Ella hundió las uñas en su cuero cabelludo y le tiró del pelo.
—¡Por favor! —Cuando él no accedió a su demanda, envolvió con sus dedos sus orejas y tiró—. ¡Más arriba!.
Los dedos de él separaron los pliegues en la parte superior de su coño y tiró de éstos hacia arriba, exponiendo su clítoris, por fin, al aire y al agua, y a su penetrante mirada oscura.
Bella contuvo el aliento cuando él se inclinó hacia adelante y sus labios se cerraron alrededor del rígido nudo de nervios que saltó y disparó pulsaciones de excitación hacia su centro, tensando su vientre, empujándola más cerca de su liberación.
—Por favor… Edward. —Recordó su nombre cuando todo resto de conciencia se había limitado al movimiento succionante de su boca mientras él obraba en su clítoris, haciendo oscilar su lengua contra éste, chupándolo con sus labios.
Se retorció y jadeó y gimió, su voz se elevó mientras los temblores comenzaban en su vientre y se difundían hacia el exterior, hasta que de pronto, fue lanzada más allá de sí misma.
Cuando la oscuridad retrocedió, abrió los ojos y bajó la mirada hacia él.
—Ahora puedes lavarme el pelo.
Ella estaba de burbujas de jabón hasta los codos antes de que se diera cuenta de que él la había mandado hacerlo. Debería estar indignada y reprenderlo para desalentar tal comportamiento, pero su cuerpo todavía hormigueaba deliciosamente.
Más tarde, le diría que debía ser más respetuoso con ella. Le recordaría que aquí la responsable era ella.
—Creo que mi pelo está limpio, amor —murmuró él—. ¿Qué te parece si me restriegas ahora la espalda?
Ella abrió los ojos de golpe, y se percató de que había arrastrado la cabeza de él hacia su abdomen y estaba frotándose contra ella.
Él se puso de pie y ella arrastro su mirada bajando por los amplios hombros y la cintura hasta los tersos músculos, redondeados de su culo. Le picaban los dedos por probar su firmeza y ver lo reales que se sentían.
Metió la mano en el dispensador de jabón y esperó el chorro de espuma, luego comenzó su recorrido por sus hombros.
—¿Soy demasiado alto para ti? —preguntó él, echando una mirada por encima de su hombro—. Me arrodillaré.
—N-no. —Él tenía exactamente la altura adecuada. Estiró los brazos y ahuecó sus hombros, midiendo su anchura.
Bella frotó la espuma en círculos de un lado a otro y descendió por sus marcadamente musculosos brazos. Entonces él los alzó y ella se estiró entorno a él para pasar sus dedos por los penachos de vello bajo sus brazos, un acto extraordinariamente íntimo que tensó sus pezones volviéndoles duros guijarros. No se arriesgó a demorarse o caería en la tentación de presionar las puntas contra su espalda y restregarse como una gata. Había más partes de la fisonomía para explorar primero.
En vez de eso, le lavó los costados, disfrutando de su piel satinada y las fibrosas crestas de músculo bajo la superficie. Descendió por el centro de su espalda, estrujó e hizo movimientos circulares, desplazándose más abajo notando la tensión que se construía en sus hombros y nalgas. Se preguntó cómo respondería a sus «estímulos» el aparato que tenía entre las piernas. Pero cada cosa a su tiempo…
Estiró la mano en busca de otro chorro de espuma y deslizó las manos sobre su culo. Bella magreó sus caderas, luego hizo círculos hacia el interior, disfrutando de la involuntaria flexión de sus nalgas.
Él gimió y sus manos apoyaron su peso contra los azulejos en el lado opuesto del habitáculo, sus piernas se movieron separándose.
Por primera vez desde que él había dado un paso fuera de su cocina, Bella sintió totalmente el control y se deleitó con ese sentimiento. Animada por el consentimiento de él, deslizó sus manos a lo largo de la veta entre sus nalgas y más abajo, estirándose entre sus piernas para ahuecar sus pelotas….
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no aguante y tuve que subir hoy el capy :)
Muchas gracias por sus comentarios, ellos me dan incentivos para actualizar más rápido. También agradezco los alertas y favoritos….
Cada vez sube más la temperatura….Lo sé, lo se me quieren matar por dejarla ahí no?... pues creo que se estaba haciendo muy largo el capy por eso no seguí pero el siguiente capy está listo a si que el domingo o el lunes lo subiere….
