Los personajes no son míos son de la maravillosa S.M la historia es una AD

-Advertencias:Hay escenas explicitas y lenguaje muy fuerte, creo que a muchas nos gusta, pero en avisar no hay engaño.

-Qué tienes con la rutina de John Henry, de todos modos? —preguntó Edward, sintiendo alzarse la ira con la bilis en el fondo de su garganta.

—Bree está fascinada con las películas antiguas —dijo bella.

—¿Qué diablos son películas?

—Representaciones que fueron grabadas en formatos bidimensionales. Ella tiene algo con John Wayne.

Edward movió la cabeza. Esto era demasiado. Había estado discutiendo con un ordenador como si fuera una persona, como si esto tuviera inteligencia real y las emociones realmente contaran.

Bree estaba actuando simplemente según su programación, por muy cuestionable que fuera el programa.

—¡Ella no es más que una maldita computadora! —rugió.

—Yo no soy sólo una computadora, joven —dijo Bree con palabras entrecortadas y airadas—. Para que lo sepas, soy un AlphaMax II. Puedo dirigir una ciudad con una décima parte de mi capacidad.

—Si tú eres de tan alta tecnología, ¿qué coño haces dirigiendo una casa para una princesa mimada?

Edward supo que había ido demasiado lejos cuando un pequeño puño huesudo se estrelló contra su vientre. Atrapó el siguiente golpe, envolviendo su mano alrededor del puño cerrado de Bella. Dio un paso entre sus piernas y le presionó la espalda contra la puerta del baño. El ceño de ella estaba tan caliente que podría soldar el acero.

Él no había querido decir esa última parte en voz alta, y por lo general no era tan rápido de palabras cuando estaba enfadado. Pero este había sido una especie de día confuso e irritante. Abrió la boca para pedir disculpas, pero el ceño fruncido de Bella le recordó que «la Princesa Bells» no había sido una víctima inocente. Su ayudante había servido aquel plato de veneno para beneficio de su jefa.

Miró hacia abajo, a Bella, preguntándose cuanto tiempo podría mantenerla clavada contra la puerta. La toalla húmeda que separa sus pieles no era suficiente para ocultar las pruebas del despertar de su deseo.

Los ojos de ella se abrieron de par en par y sus piernas temblaron a lo largo de sus muslos.

—Bree fue un regalo de mis padres. Querían que estuviera cuidada. —Su cara estaba pálida y demacrada. Levantó la barbilla, sus labios se apretaban en una línea recta.

—Y ésta tiene éxito más allá de los sueños de ellos, ¿verdad? —Edward deseó haberse mordido la lengua. No sabía por qué una única mirada vulnerable y todavía desafiante de ella, incitaba en él una necesidad de asestar un golpe emocional.

La mirada de ella contenía todo un mundo de dolor.

—¿Por qué me envió Plaything un bastardo, Bree?

Edward se sintió más rastrero que la baba de un caracol. Suspiró y dio un paso hacia atrás. Ahora era el momento de confesarse con la muchacha.

—Tú me entregaste a ella, ¿no, Bree? Yo fui tu elección. Cuéntaselo.

—¿Qué? —La mano de Bella agarró tan firmemente la parte superior de su toalla que sus nudillos se pusieron blancos—. ¿No fuiste generado por algún programa de emparejamiento de la personalidad?

Edward negó con la cabeza. La mujer tenía un modo de lo más extraño de decir las cosas.

—Para mí vergüenza —dijo Bree, su voz sonaba cansada—, es verdad.

Edward esperó, seguro que las puertas se abrirían de golpe de un momento a otro con los Agentes de Aduanas listos para arrastrarlo fuera. Él había roto el acuerdo. Se sintió más ligero, no se había dado cuenta de que el juego había comenzado a pesar sobre su conciencia.

—Bree, ¿él no es un resultado de mi perfil? —preguntó Bella en tono afilado.

—No jefa. Pensé que necesitabas espabilar un poco.

—¡Gracias a Dios! —Bells dio un exagerado suspiro de alivio—. Pensé que yo tenía alguna psicosis profundamente arraigada que los de Plaything estaban intentando entretener. —Fulminó con la mirada a Edward—. Sabía que no podías estar hecho para mí.

—Parece que cometiste un error, Bree—dijo ella, moviendo la cabeza—. No puedo recordar que tú alguna vez cometieras un error. Me has sacado de quicio a veces, pero nunca has cometido un error.

—Jefa, sencillamente estaba condenadamente desesperada.

¿Condenadamente desesperada? Edward puso los ojos en blanco. Se preguntó de qué película había robado ella aquellas líneas. Bree todavía estaba jugando al juego y acababa de cambiar el guión.

—No he tenido una aventura en cinco años. Pensé que si podía sacarte de tu rutina, tú podrías decidirte a dar un paso fuera de esta casa y llevarme contigo.

La mandíbula de Bella cayó.

—¿Me estás diciendo que necesitas unas vacaciones?

—No soy sólo cables y plástico, sabes. Soy células vivas, también —contestó. Era la reina del drama, él casi podía verla llevarse una palma de la mano a la frente—. Necesito un cambio de paisaje de vez en cuando para mantener mis sensores estimulados.

—¿Qué pasa? —preguntó Edward con voz burlona—. ¿Bells no es suficiente desafío?

—Be, cariño —dijo Bree—, eres una buena tía, pero afróntalo, tu vida es aburrida. Aparte del ocasional malfuncionamiento de algún aparato, estoy mano sobre mano.

—Nunca me di cuenta —dijo Bella con consternación en su voz—. ¿Por qué no dijiste algo?

Edward miró las expresiones de Bella, fascinado. Bree había girado la culpa de esta farsa sobre Isabella. Y su jefa se lo estaba tragando por completo.

—Este no es mi lugar —dijo Bree con tono sufrido.

La barbilla de Bella descendió y dejó caer los hombros.

Él ya había tenido bastante de las maquinaciones de Bree.

—Excediste un poco las limitaciones de tu empleo al suministrarme para ella, ¿no, Bree?

—Era un riesgo calculado.

—Pero tus unos y ceros no están calculando ahora, ¿verdad?

—El programa no se ha compilado aún —aspiró con suficiencia Bree—. Estoy esperando a ver el resultado de la ejecución del programa antes de tirar la toalla.

Computadora o no, ella era un adversario digno de respeto. Él entrecerró los ojos.

—Un poco susceptible para una computadora, ¿no?

—Un poco torpe para un Juguete, ¿no?

—¡Bésame el culo! —Él sonrió con satisfacción cuando ella falló al responder—. ¡Ah!

—Logré engañarte, ¿eh?

—¡Bruja!

—Bien, esto es interesante —murmuró Bella.

Él se contuvo antes de pronunciar otra palabra idiota. Bree y su demencial sistema de circuitos habían logrado embaucarlo a él, ¡Edward Cullen! Sólo estaba contento de que ninguno de los de su tripulación estuviera por allí para ser testigo de su humillación. Ya era suficiente que la boca de la Castaña se torciese en una sonrisa.

Edward alcanzó la parte superior de la toalla de Bella y se la quitó de un tirón. Haciendo caso omiso a su jadeo, se frotó la toalla sobre el pecho y bajó por su estómago hasta su ingle.

La mirada femenina la siguió, y luego sus labios se apretaron. Ella se dio vuelta para agarrar otra toalla de la repisa, dándole una vista deliciosa de su trasero desnudo, y luego se envolvió con ella el cuerpo.

Él le dio la espalda y rápidamente se secó el pelo con la toalla.

—Cuanto antes esté fuera de este manicomio, mejor —refunfuñó, dejando caer la toalla al suelo.

—¿Qué dices tú, jefa? ¿Quieres devolverlo? —preguntó Bree.

—Tú no me vas a enviar a ninguna parte —gruñó Edward—. Me voy yo.

—No tan rápido, contrabandista. ¿Recuerdas tu tripulación y tu nave?

Edward levantó la cabeza. ¿Estaba Bree confesando? Echó un vistazo a Bella.

Ella se encogió de hombros con expresión indiferente.

—Si él quiere irse, déjalo.

Edward fingió que su indiferencia no lo molestó ni siquiera un poco. ¡Y no lo hizo! Se inclinó hacia el espejo y examinó su cara recién pelada. Él era un tipo muy guapo. Muchas mujeres estarían dichosas de tener a un hombre como él a su disposición durante un fin de semana.

—¿Y qué piensas que le pasará entonces? —preguntó Bree.

Las cejas de Bella se unieron.

—Que se irá hacia el siguiente cliente. Sólo unas cuantas horas antes.

—¿Tal como está?

—Oh. No, supongo que no. —Ella se mordió el borde de su labio—. ¿Tú crees que él lo sabe? —susurró.

Los instintos de Edward le dijeron que de nuevo había un trasfondo en la conversación que él no entendía.

—¿Saber qué?

Bella se encogió de hombros, pero esta vez la preocupación desfiguró su frente.

—Lo que pasa después de que… te vayas de regreso.

Edward clavó su mirada. Algo le dijo que ella sospechaba que su destino no sería agradable. ¿Estaba ella también metida en la trama del chantaje?

—¿Bree? Teníamos un trato.

—Sí, lo teníamos. Pero tú lo has roto.

—¿Qué pasa con mi tripulación?

—Después de que te marches de aquí, la suerte estará echada. Mejor que salgas pitando, o te unirás a ellos.

—Bree, estoy confusa —dijo Bella—. ¿Estamos hablando de lo mismo?

—Por supuesto no. Él está en su papel. —susurró Bree al final.

—¡Ah! —Sus ojos se abrieron de par en par—. Entonces, ¿qué pasa con su tripulación y su nave?

—Ya que tienes que saberlo, si él te complace este fin de semana, ellos quedaran libres, están en la cárcel.

Bree era diabólica. Él no tenía dudas de que le había colado de alguna manera a Bella un cuento chino alternativo. ¡Les estaba manipulando a ambos!

—Entonces, ¿Él está siendo chantajeado para… que me entretenga?

—Sí.

—No sé si debo sentirme alagada u horrorizada. —La expresión de Bella se volvió astuta—. ¿Significa esto que él tiene que hacer lo que yo le diga?

Edward gruñó.

—Qué va, pastelito. Él tiene que hacer lo que yo le digo.

—¿Acaso hay alguna diferencia? Tú estás a mi servicio.

—Cuido de tus intereses, cariño. Sé lo que necesitas. Recuerda, conozco íntimamente tu perfil.

Bella dio un suspiro frustrado.

—Me está entrando dolor de cabeza.

—Ahora sabes cómo me siento —refunfuñó Edward en voz baja.

—Apuesto a que él conoce una cura —dijo Bree taimadamente.

—¡BB-reeee! Soy una adulta y creo que mis deseos deberían ser obedecidos. Soy yo quien pago la factura de la luz por aquí.

—Pero yo sé lo que es lo mejor para ti.

Bella agitó una mano señalando a Edward.

—Pensaste que él era lo mejor para mí.

—No oí más que un gemido de ti cuando él llevaba a cabo mi mandato en la ducha. En realidad, oí más que un gemido. Hubo un buen número de suspiros y abiertamente, un grito también.

Edward asintió con la cabeza, su polla se crispó al recordar.

—¡Y el joven amante no estaba exactamente sosegado, tampoco!

—Esto es muy bajo. —Bella frunció el ceño y metió la punta de su toalla entre sus pechos, asegurándola.

Edward siguió la maniobra. Él la prefería con mucho sin el escudo. Aunque las cumbres de sus pechos se marcaban deliciosamente.

—Permíteme que lo tenga claro, Bree. ¿Estás diciendo que todavía tenemos un trato, si me quedo?

—Lo tenemos.

—Yuuujuuu —interrumpió Bella—. ¿Y yo? Yo digo que se va.

—Esto no es lo que realmente quieres, cielo.

Edward se decidió en el momento en que los ojos de Bella se entrecerraron con determinación.

—Estás en escena, Bree. Ahora, ¡saca tu culo de aquí!

—No te estarás poniendo en plan macho conmigo, ¿verdad contrabandista? —pregunto Bree.

—Sólo sigo el guión. —Él avanzó hacia Bella—. Deshazte de la toalla, corazón.

—¿Bree? —Un toque de inquietud hizo que su voz sonara débil, pero sus ojos dejaron traslucir una dilatación excitada.

—Es por tu propio bien. Ve con eso, nena.

Isabella se apoyó contra la puerta, su mirada no se apartó en ningún momento de Edward.

—No estaba bromeando sobre desenchufarte, Bree.

—Bree —dijo Edward con voz suave—. No funcionó bien con público.

—¡Lo has comprendido! Diego está llamándome. Todavía tenemos que examinar las utilidades de compresión de su disco duro. Me puede llevar un rato.

—¿Bree? No te atrevas a abandonarme —dijo Bella con la alarma rondando en sus ojos.

El silencio consiguiente fue profundamente gratificante. Ahora, tenía a Isabella para él, y cada centímetro rosado y cremoso suyo para hacer lo que le diera la gana. La sangre emergió de todos los puntos directamente hacia su polla. Que se levantó hacia arriba, señalando en dirección a Bella. Por una vez, estaba más que feliz de ser dirigido.

Edward le concedió una sonrisa rapaz y caminó hacia ella.

—¡Upsss! —Bella se abalanzó sobre la puerta y la abrió de un empujón, dejándola estrellarse contra la pared—. ¡Aléjate de mí! —gritó por encima del hombro mientras entraba corriendo en el dormitorio.

Él la siguió a través de la puerta. Agarrando el borde de su toalla, dio un tirón con el brazo hacia atrás, quitándola. Entonces se lanzó hacia la puerta que daba al pasillo para atajar su única ruta de escape.

Temerosa, como una cierva atrapada en un redil, Bella retrocedió ante él, hasta el fondo del dormitorio, más cerca de la cama.

Una vez que él estuvo seguro de que ella no tenía salida, tranquilamente se cruzó de brazos.

—Ya oíste a Bree. No tengo elección en el asunto. Estoy para conducirme de manera perversa contigo, para lo que me plazca.

—Eso no es lo que ella dijo. —Su voz tembló, pero alzó mucho la barbilla.

—Pero eso es lo que yo oí. —Su mirada penetrante la recorrió de la cabeza a los pies, demorándose sobre los sitios que tenía intención de saquear.

El pecho de él se elevaba y descendía más rápidamente ahora.

—No puedes capturarme —dijo ella sin aliento.

—¿Crees que no? —Él bajó la voz hasta un murmullo—. Pruébame, amor.

Ella parpadeó, luego giró sobre sus talones y escapó al lado opuesto del cuarto, con sus nalgas moviéndose seductoramente mientras se alejaba escabulléndose rápidamente.

Edward caminó asechándola, manteniendo su expresión amenazadora.

—Bells espinosa. —Parecía dispuesta a un tipo más oscuro de juego.

Ella gimió y dio un paso detrás de un aparato extraño, manteniéndolo entre ellos.

Él apenas le dedicó un vistazo mientras caminaba con firmeza hacia ella, entonces su mirada volvió al aparato.

—¿Qué coño es eso? —Llevó su mano a la silla de cuero encaramada sobre el extremo de un poste a la altura de la cintura. Los dos peldaños en la base y los estribos que colgaban a los lados de la silla indicaban que era para ser montada. Deslizando su mano a lo largo del cuero pulido, sus dedos encontraron una redondeada protuberancia en el centro.

—Tsk, tsk. ¡Isabella! —Él sonrió pecaminosamente—. ¿Es esto lo qué creo que es?

Las mejillas de Bella se ruborizaron hasta el escarlata.

—Es una máquina de ejercicio. Trabajo en ella.

—Me apuesto a que mantienes tu coñito bien lubricado con tus entrenamientos. —El gesto de ella se ensombreció con ultraje y él se rió—. No creo que vayas a necesitar esto, amor. No este fin de semana, en cualquier caso. Aunque, estaré encantado de observar como montas.

—¡Gilipollas! —Ella empujó el aparato hacia él y lo lanzó lejos.

Él se sujetó con una mano para evitar caerse, y luego salió en su persecución. Ella estaba casi en la puerta cuando la agarró del brazo y la hizo girar en redondo.

Ella jadeó y le aporreó el pecho.

Ignorando sus insignificantes golpes, él la levantó en vilo y le rodeó con sus brazos los muslos justo por debajo de las nalgas.

Bella curvó sus manos alrededor del cráneo de él y le tiró con fuerza del pelo, mientras le pateaba las rodillas.

La cara de él se estrelló contra el vientre de Bella y su polla se alojó entre las rodillas de ésta. Sus contorsiones sólo estaban aumentando la excitación masculina. Despacio, él la dejó deslizarse a lo largo de su cuerpo, haciendo una pausa cuando sus pechos estuvieron a la altura de su boca para darle a cada uno un pellizquito.

—¡Oooh! —Ella lo golpeó en los hombros, pero sus caderas se retorcieron y abrazó sus muslos alrededor de su asta.

Si realmente no quisiera esto, ella podría hacerle daño. En cambio, permitió que su polla se deslizara a lo largo de la cara interna de su muslo mientras él la bajaba aún más, hasta que estuvo encajado longitudinalmente entre los labios de su sexo. Labios calientes, húmedos.

Cara a cara, la boca de ella tembló.

—Por favor, libérame.

Edward bajó una mano hasta su trasero y empujó sus caderas con más fuerza contra las suyas. Su sexo se deslizó a lo largo del surco de su sexo. Con su boca a unos centímetros de la suya, él dijo:

—¿Es esto lo qué realmente quieres, amor? —Retiró sus caderas y las restregó hacia delante de nuevo. ¡Por favor di que no!

Los párpados de ella revolotearon y gimió. Sus manos se aferraban y empujaban como si todavía luchara contra su deseo.

—Por favor…

—Pretendo hacerte justo eso. Pero primero, tienes que decírmelo. Ser específica. —Se restregaba dentro y fuera, culebreando sus caderas para aumentar la fricción.

Bella se aferró a sus hombros, y se inclinó hacia atrás de modo que sólo las puntas de sus senos tocaran su pecho.

—¡Por favor! Necesito…

Pero no trataba de escaparse.

Ella se deslizó de un lado a otro, rozando los turgentes puntos a través la piel de él y enredándolos en el vello del pecho masculino. Su rostro se tensó y sus labios se alzaron mientras ella siseaba:

—Quuuéé bueno.

—Dímelo —le ordenó, luchando contra la necesidad de darles un rodillazo a sus piernas para separarlas y hundirse dentro de su coño goteante. Deslizó su polla entre sus piernas, dando un golpecito otra vez, las piernas le temblaban mientras luchaba consigo mismo por mantener el control.

La cara de ella se transfiguró en un gesto de intenso placer.

—Por favor Edward... jódeme.

Con un gruñido, él capturó sus labios, sorbiendo el inferior entre sus dientes para mordisquearlo mientras se deslizaba dentro y fuera entre sus piernas, rozando contra su coño. Quería más. La necesitaba rogándole, que ella reconociera que necesitaba esto tanto como él lo hacía.

Entonces cerró sus labios sobre los suyos y empujó la lengua entre sus dientes, confinando su boca, resbalando a lo largo de su lengua. Cuando por fin necesitó aire, levantó la cabeza.

—¡Por favor, por favor, por favor! —canto ella con las manos aferradas a su pelo y deslizando la boca a lo largo de su mandíbula.

Él presionó un beso en su hombro.

—Esta vez, voy a tener una cama bajo tu espalda para la paliza que tengo intención de darte.

Bella inclinó la cabeza hacia atrás y se lamió los labios.

—Suena… violento. —Ella estaba sin aliento y su corazón martilleaba contra su pecho. Estaba preparada.

—Lo será —ronroneó él—. Finalmente.

Caminó hasta la cama y gateó sobre el colchón, llevando consigo el cuerpo de ella hasta el centro. Habría deseado un saqueo lento, pero la urgencia en su ingle lo tenía próximo a empujar abriéndole las piernas, hasta que hubiera espacio para él entre ellas. Entonces enganchó sus brazos por debajo de las rodillas de Bella, las dobló y separó, exponiendo su carne húmeda y rosada totalmente a su mirada penetrante. Ella era encantadora.

Los labios superiores desnudos enmarcaban un coño tan rosado y fragante que él sabía que se consumiría a sí mismo en un segundo si se hundía en su interior.

Ella murmuró una protesta y alzó sus caderas del colchón. Una invitación que él encontró difícil de resistir. Ella estaba tan impaciente.

Demasiado impaciente.

Bella estaba acostumbrada a conseguir lo que quería, al instante. Un chasquido de sus dedos y podía pedir juguetes sexuales o un compañero pagado para su inmediata satisfacción. Ella no tenía que preocuparse por sutilezas, como las formas o las necesidades del otro compañero. Era malcriada. Demasiado mimada para otorgar una sonrisa o una palabra amable. No es que él necesitara aquellas cosas, pero podía imaginarse a los pobres patanes con el corazón partido que ella había abandonado a su paso.

Se habría condenado si le hubiera permitido que su pequeño cuerpo exuberante y las órdenes veladas lo condujeran a una rendición fácil. Ella necesitaba una pequeña lección inicial… que se trabajara lo que quería... con paciencia.

Isabella suspiró como si estuviera soñando. Ahora iba a conseguir el saqueo por el que había pagado, ¡y por un contrabandista! Era casi como tener un pirata. Había tenido esa cosa con los piratas desde que era una adolescente.

Avivada con historias de las aventuras audaces del mítico Jack Sparrow y su tripulación Bella tenía fantasías secretas, como ser una muchacha capturada y amordazada por el apuesto pirata.

Edward era de principio a fin tan siniestro como el Capitán Sparrow daba a entender que era. Completamente tan fornido como él. Quizás, ella debería simplemente considerar todo este fiasco como la realización de su fantasía final.

Él liberó sus rodillas y se estiró todo lo largo que era sobre su cuerpo. Las piernas de ella quedaron atrapadas bajo su peso, y él deslizó las manos a lo largo de sus brazos, luego rodeó sus muñecas y las puso por encima de su cabeza. Estaba estirada, deliciosamente vulnerable a sus caprichos perversos.

—¿Qué haces? —preguntó ella, moviéndose bajo él, excitada de que él hubiera elegido este papel dominante y participara en su fantasía. Su cuerpo cantó con entusiasmo.

—Me estoy tomando mi tiempo. ¿No prefieres una lenta seducción? La mayor parte de las mujeres lo prefieren.

—¿Lenta? —se rió, encantada y excitándose más por momentos—. Ya estoy bien servida. Pongámonos a lo bueno del asunto ya.

—¿No sabes que… —dijo él con su boca cerniéndose sobre la suya, tan cerca que el aliento caliente llenó su boca—, si das a las niñas lo que ellas quieren, éstas se vuelven mimadas? —Su boca se mantuvo sobre la de ella. Pero en lugar del beso profundo que ella deseaba, él rozó y se movió en la más tierna caricia y luego se apartó.

Ella se lamió los labios, preparándose para el beso apasionado que estaba segura vendría después. Entonces se percató de lo que él acababa de decir.

—Quieres decir que no vas a… —Sin duda, le estaba tomando el pelo.

—Dijiste la palabra antes. No seas tímida ahora.

Ella se sonrojó. La palabra era grosera. La había dicho en el calor de la pasión.

—Bien, ¿no estás supuestamente para complacerme?

—Esa no es la palabra que quiero que uses, amor.

El calor se rizó dentro de su vientre, floreciendo con la humedad que inundó su vagina.

—Vale, no voy a decirla. Antes estaba… derrotada. No estoy de humor en estos momentos. —Ella también podía jugar a este juego. Le daría un poco de oposición para tenerlo preguntándose si ella se rendiría.

—Creo que lo estás. —Él se inclinó hacia abajo y acarició el pezón con sus labios—. Pero quiero que te esfuerces más para conseguir lo que quieres.

El juego estaba perdiendo encanto. Él quería la rendición total. Algo que nunca le había dado a un hombre. Su coño palpitó con la necesidad de abrazar su polla profundamente dentro.

—¿Qué se supone que significa eso? —Ella esperó a que él levantara la cabeza.

La expresión de él se mantuvo hermética. Su mirada alerta. ¿De verdad esperaba que ella capitulara? ¿Rogara?

Próxima al punto dónde podría ceder ante él, ella dijo:

—¿Me quieres para complacerte tú primero?

—No lo pillas. No eres dada a sutilezas, ¿verdad?

Ella elevó impaciente su pecho, frotando su pezón en la parte inferior de la barbilla masculina para tentarlo. Pero él no captó la indirecta y lo sorbió en su boca.

—¡Que se jodan las sutilezas! —Ella raspó la punta devorada a lo largo de su mandíbula, lamentando la pérdida de su barba. Necesitaba la fricción, el movimiento, y el estímulo del clítoris, su polla dentro de su cuerpo. ¡Ahora!—. Voy a por lo que quiero.

—Esa palabra otra vez, pero no como quería que la usaras.

—¡Bravucón! —Le dolía el cuerpo de desear liberación, y él quería jugar con la semántica. ¡Si no iba a darle lo que necesitaba, iba a jugar con Tom La Montura Golfa! Él nunca hacía demandas disparatadas—. Mira, si vas a limitarte a jugar juegos mentales conmigo ahora, puedes llevarte tu pequeño lapsus de poder contigo cuando la puerta te golpee en el culo. —Sus caderas se tensaron hacia arriba en un intento de quitárselo de encima.

En cambio, sus contoneos sólo consiguieron beneficiar a su polla. El eje estaba centrado ahora entre los pliegues de su coño. Ella jadeó, sintiendo como su cara se contorsionaba con consternación y frustración. Aborrecía que él pudiera ver su tormento.

La cabeza de Edward descendió hasta su hombro y por un momento, descansó su frente allí. ¿Se estaba aprestando él para apartar la tentación? ¿O para ser barrido por la tormenta? Su cuerpo tembló con la necesidad.

Por favor, que fuera esto último.