Los personajes no son míos son de la maravillosa S.M la historia es una AD
-Advertencias: Hay escenas explicitas y lenguaje muy fuerte, creo que a muchas nos gusta, pero en avisar no hay engaño.
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Edward gimió. El temblor que atormentaba el cuerpo femenino era tan poderoso que su cuerpo se tensó ante la necesidad de contestar con un empujón. Cómo le habría encantado guiarse directamente dentro de ella, tomar su placer, y acabar con esto. Pero la mujer tenía que aprender que no podía llevar a un hombre por las pelotas.
Bien, si tan sólo pudiera convencer a sus pelotas…
Su polla se presionó contra el costado de su suave cadera, y respiró hondo para calmar el pálpito de su corazón. Entonces tomó las manos de ella y las sujetó con una de las suyas. Inclinándose hacia un lado, mantuvo sus piernas atrapadas, de modo que el torso de ella quedara libre de su peso. Con la mano desocupada, ahora podía explorar la carne a su antojo.
Elevándose sobre el codo, miró hacia su rostro enfadado.
—Dame tu boca —le ordenó.
Los labios de ella se apretaron en una rebelde línea delgada mientras su mirada le lanzaba dagas.
Él suspiró. Ella era una chica obstinada.
—¿Quieres hacerlo del modo difícil? —Su mano resbaló por su hombro y descendió hasta un pecho estremecido. Trazó círculos en el globo flexible y rollizo, sin acercarse a la enrojecida aureola.
La piel era suave como la seda bajo las yemas de sus dedos, blanca y cremosa con una tracería de delgadas líneas azules justo debajo de la superficie. Las pecas salpicadas a través de su pecho parecían manchas de oro esparcidas sin orden ni concierto por un artista absorto en tentar a un hombre para ver si éste podía o no recoger las manchas con su lengua. Su pezón estaba hinchado, un protuberante brote rosado, moldeado para que la boca de un hombre lo mamara.
Se rindió a la tentación y administró varios pellizcos suaves a los montículos cremosos, y luego se inclinó para revolotear su lengua sobre la punta del pezón, mojándolo.
La respiración de ella se quedó atrapada en un jadeo entrecortado pero, de nuevo, afianzó su boca cerrándola.
La mirada de él buscó la suya mientras se inclinaba hacia abajo y soplaba la punta.
—¡Bastardo! —gimió ella moviendo las caderas de un lado a otro—. Tómalo en tu boca.
—Cuando yo esté preparado.
Ella se retorció, empujando levemente sus caderas contra su polla.
—Parece que estás más que preparado.
Él apretó los dientes cuando ella le dio un golpecito de nuevo.
—Di la maldita palabra.
—Que te jodan.
Él sacudió la cabeza y forzó una sonrisa.
—Has debido ser toda una prueba para tus profesores.
Él deslizó la mano más abajo, siguiendo la hondonada suave y turgente de su vientre, demorándose para raspar las pocas pecas que allí decoran su piel. Extendió los dedos y descubrió que su mano casi abarcaba la anchura entre los hoyuelos redondeados en la parte superior de sus caderas, recordándole lo menuda que ella era. Lentamente, bordeó su plano ombligo.
El estómago de Bella tembló y se sacudió hacia arriba. Agitó la cabeza en la cama.
—¡Por favor!
Él no atendió a su ruego y continuó su itinerario descendente, pasó rozando su bajo vientre hasta alcanzar la carne suave y depilada de su monte de Venus. Se preguntó si su vello sería tan rojo como el cabello de su cabeza si ella se lo dejara crecer.
Los pálidos pétalos lo conminaban a deslizarse en su camino de descenso por el centro de la carne húmeda y rosada, pero él se resistió durante un momento y pellizcó los llenos labios mayores.
Ella lanzó un grito mientras sus muslos forcejeaban por abrirse bajo los de él.
—¿Así, amor? —Él deslizó un dedo a lo largo de la veta de sus labios y capturó la humedad que allí se acumulaba—. Ah, creo que tú sí lo estás.
—¡Bastardo! —gimió ella.
Él se llevó el dedo a la boca y se pintó los labios con su crema.
—¿Quieres una muestra?
—Ya no —gritó ella, su voz era ligeramente irregular—. Entra dentro de mí.
¡Cómo él quería!
—No estás en posición de mandarme —contestó él con voz brusca por la necesidad.
El temperamento fogoso coloreó las mejillas y los pechos de ella, y levantó la cabeza para fulminarle con la mirada.
—¡Oooh! Cuando esto termine, me encargaré de que seas enviado al desguace.
—¿Estás haciendo amenazas, ahora? Difícilmente estás en posición de llevarlas a cabo.
—Amenazas no —dijo ella, luchando de nuevo para liberar sus manos y piernas—. ¡Promesas!
Bien, él era suficientemente hombre para responder a su desafío. Pero primero, ella necesitaba un poco de restricción para mantenerla abierta y vulnerable al asalto de sus sentidos por parte de él. No iba a permitirle escapar, no iba a darle respiro para que reafirmara sus defensas. Él estaba estableciendo el asedio.
Con su mano libre, él llevó la almohada hasta la cabecera de la cama y con torpeza la quitó la funda, y luego la usó para atarle juntas las muñecas. Una vez que ella se dio cuenta de cuál era su intención gritó furiosa, arqueando la espalda y corcoveando para quitarse de encima su cuerpo.
Él sonrió abiertamente.
—¿Piensas que eres lo bastante fuerte como para detenerme? —preguntó, y luego enlazó el final de la tela de seda alrededor del poste de una de las esquinas de la cama y la ató. Ahora, al menos la parte superior del cuerpo de ella estaba controlada.
—Hijo de puta. ¡Desátame ya mismo! —ella arqueó la parte inferior de su cuerpo otra vez.
Él se elevó por encima de ella, sosteniéndose con los brazos.
—¡Qué lengua! Tu boca necesita alguna otra cosa para mantenerla ocupada.
Los ojos de Bella se entornaron y le ofreció una sonrisa malvada.
—Acércame tu polla y verás lo que hago con mi boca.
Los labios de éste se cerraron sobre los suyos, desafiándola a que atacara.
En cambio, ella le devolvió el beso, acariciándole la lengua en el interior de su boca.
Levantó la cabeza y sonrió burlón.
—No estoy preparado para que me conviertan en eunuco. Vamos a ahorrarnos el placer de tu boca alrededor de mi polla hasta después de que seas domada.
—¡Nunca! —gritó ella—. Nunca verás ese día.
—Yo no hablaría tan precipitadamente, amor. Odiaría que te diera una indigestión cuando te tengas que comer tus palabras. —Se deslizó hacia abajo por su cuerpo y les dio a cada pecho un beso—. Qué fruta tan dulce para colgar de un árbol tan espinoso.
—¡Brr-eeee!
—No está aquí, amor. Y no responderá en ningún momento a corto plazo. Está echando chispas con Diego. Además, ella quiere que tomes tu medicina. —Él tiró de un seno con sus dedos y abrió sus labios encima de su pezón.
—¡Ah no, ni se te ocurra! ¡Nada de fruta para ti, bicho raro!
Él se enganchó a su pezón y lo sorbió entre los dientes, tirando con fuerza y arremolinó su lengua alrededor del tenso brote.
Ella se retorció, contorsionando la parte superior de su torso en un intento por desencajarse de su boca.
De tal modo mordía que la hizo detenerse repentinamente y sin aliento.
—Ya no más. —Ella se estremeció y sus piernas se tensaron bajo las suyas—. No más... más.
Mordisqueó delicadamente, dejando que sus dientes rasparan la carne sensible, disfrutando de los profundos gemidos que producto de su tortura se arrancaban de la garganta de ella. Retiró la cabeza, hasta que el pezón quedó libre del tirón de sus dientes, y luego administró besos suaves y húmedos alrededor de su pecho, exceptuando la succión más profunda de su aureola abombada.
Isabella lloriqueó como un gatito y elevó los hombros de la cama, presionando su pecho más profundamente en su boca.
—El otro. Me duele. Por favor.
Él abandonó su pecho, pero siguió sobando su pezón con la barbilla mientras la miraba fijamente.
—Dime lo que quieres. Hazlo de manera obscena. —Rozó sus labios ligeramente sobre la punta.
La respiración de ella se estremeció.
—Muérdeme. Muérdeme la teta. Por favor.
—¿Por favor qué? —Los labios tiraron de la endurecida punta y la soltó.
—Por favor. No sé lo que quieres —dijo ella, retorciendo sus caderas—. Dime lo que tengo que decir.
La boca de Edward se curvó. Incluso cuando ella suplicaba había en su voz un borde de orden.
—¿Por favor, amo?
—¡No! —Frunció el ceño ella—. Por favor, pirata.
—¿Pirata? ¿Crees que estoy metido en violación y saqueo?
—Violación no… pero puedes saquearme, pirata.
¡Así que esa era su fantasía! Guarrilla.
—¿Sabe Bree que eres así de pervertida?
—Bree no lo sabe todo. ¡Muérdeme! —gritó ella.
Él retorció el pezón todavía mojado por su boca.
—¡No! El otro. Me duele.
Él se movió al otro lado y revoloteó su lengua sobre el brote desatendido.
—No me vaciles. —Ella presionó su pecho hacia arriba, ofreciendo su pecho pletórico.
Él no se molestó en alzar la vista para ver su expresión, la flor madura del árbol frutal lo fascinó.
—No me digas lo que tengo que hacer.
—Por favor, pirata. Ten misericordia.
—Mmm. Me gusta el sonido de esto. ¿Suplicarás tan dulcemente cuándo te muerda el clítoris?
—Gritaré —dijo ella con voz enronquecida por la tensión—. ¿Te gustaría eso mejor?
—Mientras no grites a Bree —contestó él irónicamente.
Ella bombeó sus caderas, un recordatorio nada sutil.
—Te estás tomando demasiado tiempo.
—Y tú exiges demasiado. Se supone que debes suplicar.
—Yo no suplico.
—Entonces ¿qué te complacería? ¿Un rescate? ¿De verdad quieres que te deje de esta manera? —Él mordió la otra teta, bruscamente, provocando que un chillido estrangulado brotara de ella. Esperó para comprobar si había rebasado la tolerancia de ésta al dolor-placer.
—Por favor, no me hagas daño —gimió ella, pero sus caderas se elevaron, golpeando repetidamente contra el abdomen de él.
—Encantadora y preciosa Bells —gimió y mordisqueó la punta.
Edward nunca había tenido el afán de jugar a saqueo y pillaje. Pero el placer de Isabella encendió un fuego oscuro en su vientre, una clase violenta de lujuria contra la que se esforzaba por controlar. Gruñó y tiró de su pezón de un lado a otro antes de liberarlo y deslizarse rápidamente más abajo.
Mordisqueó su vientre, y luego succionó la carne suave, dejando oscuras señales de amor en la pálida piel. Cierto orgullo poderoso y totalmente masculino recibió la satisfacción de dejar pruebas de su viaje sobre la piel de ella.
Edward le mantuvo las piernas inmovilizadas, y colocó los codos a cada lado de sus muslos mientras probaba la carne hinchada. Los labios eran rosados y llenos, y sintió el latido de su centro bajo la lengua cuando tanteó entre sus muslos.
Bella arqueó el cuerpo sobre la cama. Sus gritos se volvieron incoherentes.
¡Pronto! Él tendría que tomarla pronto o se volvería loco. Pero primero quería oírla suplicar dulcemente.
Bella estaba más allá de la razón. Más allá del orgullo. Su mundo entero se centraba en el perverso remolino de su lengua mientras él lamía sus labios mayores, provocando los bordes de los plegados labios menores. Luchó contra la restricción para abrir las piernas. Pero todos sus contoneos y corcoveos no le valieron de nada. Él no iba a cambiar de opinión respecto a torturarla lentamente. Le dolían los pezones por el duro tratamiento y su coño manaba una descarada estela de excitación. Sintió un orgullo primitivo por el hecho de que él lamiera cada gota.
¿Será que le gusta el sabor de mi flujo?
Ella levantó las caderas otra vez, tratando de instar a su lengua, para que se metiera entre sus labios hasta su dolorido e hinchado clítoris, todavía escondido bajo su capucha de carne.
—Dime lo que quieres, nena. Dame las palabras. —Su orden se abrió paso a través de la bruma de pasión.
—Déjame abrir más las piernas —gimió ella. Entonces se acordó—. Pirata.
Edward gimió y deslizó la lengua entre sus labios y hacia arriba, recorriendo con la mirada su clítoris.
—Por favor Edward, déjame abrir las piernas —suplicó, su voz era un sonido aflautado y elevado, tan ajeno a sí misma que pensó que era otra mujer la que debía haber hablado.
Él besó su monte de Venus.
—Me gusta la manera en que me suplicas, y has sido una muchacha tan buena. —El peso de él se quitó de encima de sus piernas.
Su mirada buscó su cara. Los rasgos de él estaban muy tensos y serios. Su mirada penetrante y oscura estaba alerta.
Una emoción primitiva la recorrió. Ella había encendido la pasión que ardía en los ojos de Edward. Rápidamente sacó las piernas de entre las de él, colocándolas a ambos lados de sus rodillas. Dobló las suyas para afirmar los talones en el colchón. Una vez más, ella estaba abierta, vulnerable con su coño chorreando y brillando completamente abierto para que él lo tomara.
—Entra en mí —dijo ella, levantando las caderas de la cama.
Él gruñó.
—Todavía no has aprendido, princesa.
Al darse cuenta de su error, ella gimió.
—Por favor, entra en mí.
Edward sacudió la cabeza, entonces su mirada cayó sobre la «V» abierta de sus muslos.
—Ábrete más —gruñó.
Las piernas de ésta temblaron, pero movió los pies separándolos más. Las manos de Edward ahuecaron sus rodillas y las presionó hacia afuera, estirándola al abrirla al máximo. Contuvo la respiración cuando él se inclinó hacia abajo, llevando su cara más cerca de su coño. El temblor creció y ella se esforzó por quedarse quieta. El orgullo exigía que lo intentara.
De nuevo la lengua pasó mojando su coño. Largas pinceladas pintaron su carne sensible con la crema que ella rezumaba. Pinceladas que construyeron una espiral de tensión en lo profundo de su matriz. Los dedos separaron más sus labios menores, y la acarició con la nariz. Entonces él arponeó su interior con la lengua, haciendo remolinos en la abertura para después retirarse.
—Más profundo… pirata… —Las rodillas de ella se sacudieron y se cerraron, tratando de atraerle más cerca.
Con los brazos estirados sobre su cabeza, la visión de ella en estos momentos estaba limitada a la coronilla de la cabeza que se inclinaba sobre su coño. Sintió la raspadura de su lengua, y luego la dureza de sus dedos profundizando dentro de ella, estirando sus paredes internas. Dentro y fuera, él presionó más profundo cada vez, hasta que las caderas de ésta captaron el ritmo de sus movimientos.
De repente, él retiró los dedos y separó la cara. Alarmada de que él pudiera abandonarla ahora, cuando su cuerpo zumbaba con un orgasmo a punto de llegar, contuvo el aliento.
Edward se sentó sobre sus talones con sus manos sujetándose con fuerza los muslos. Sabía lo que él esperaba. Ella ya no tenía voluntad para resistir.
—Por favor fóllame, pirata. Fóllame.
Se inclinó sobre ella y ésta gimió, segura de que ahora él guiaría su polla profundamente dentro de su cuerpo. En cambio, Edward se estiró por encima de la cabeza de ella y desató la funda de almohada, liberando las manos. Ella las dejó caer en la almohada, con miedo a tocarlo sin ser invitada no fuera a ser que él decidiera que ella había roto «una regla». Su propia conformidad la irritó, pero su necesidad era demasiado fuerte.
—Date la vuelta. —La voz era ronca, áspera, pero él se trasladó a un lado y la ayudó a darse la vuelta asiéndola con las manos sus caderas.
—Te prometí violencia. Me temo que eso es lo que vas a conseguir.
Ella guardó silencio, esperando que él quisiera decir lo que dijo. Cerró sus manos en puños agarrando la ropa de la cama mientras el peso de él cambiaba sobre el colchón. Y después estaba detrás de ella y sus manos presionaban sus nalgas para separarlas. Ella tembló con la anticipación.
Finalmente, la cabeza roma y gruesa de su polla tentó su coño. Incapaz de controlarse, ella empujó sus caderas hacia atrás, tratando de forzarlo a entrar.
Las manos de él apretaron y la empujó hacia adelante.
—Ya te di las palabras —dijo ella con queja y desafío en su voz.
—No te estoy rechazando, corazón —explicó—. No quiero hacerte daño. Esperé demasiado tiempo.
El alivio la hizo sollozar.
—No puedes hacerme daño. Estoy tan preparada que voy a explotar si no me tomas ahora. ¡Con fuerza!
Él rugió desde dentro, invadiendo sin dificultad su coño bien lubricado.
—¡Jesús! —se deslizó hacia fuera despacio, la corona de su polla se restregaba contra sus paredes internas, luego arremetió de vuelta al interior. Sus manos se aferraron a las nalgas para mantenerla en el sitio. Y golpeó más rápido.
Bella sintió la espiral dar vueltas tensamente en su vientre y distendió su postura, elevando más sus caderas dándole rienda suelta para golpear duramente su coño. Una y otra vez aguantó el dulce golpeteo. Su polla dejó sin aire sus pulmones. El vientre de Edward daba contra su culo con un sonido audible y agudo. Sus pelotas golpeaban contra su clítoris.
Más rápido, más duro, hasta que la respiración de ella jadeó con cada envite.
El orgasmo explotó sobre Bella en una onda. Un grito se desgarró de su garganta mientras sus brazos se desplomaban bajo ella. Si no hubiera sido por el feroz agarre de Edward, se habría caído de la cama.
Aún así él golpeó duramente dentro de ella, ahora con más fuerza, los golpes eran más cortos pero tan rápidos que la fricción a lo largo de las paredes de su vagina gestó un calor que disparó otro orgasmo.
Isabella gritó esta vez, tomada por sorpresa por el destello de sensaciones que barrió sobre ella.
—¡Dulce, dulce, Bella! —gimió Edward y el calor líquido surgió dentro de la mujer, bañando sus paredes interiores con el fuego.
Cuando por fin él detuvo el movimiento de sus caderas y muslos, Bella descansó la cabeza en el colchón, atrayendo aire hacia sus pulmones. Sus caderas todavía estaban suspendidas sobre la polla de Edward.
Él se dobló sobre la espalda de ella con un gemido y le besó el cuello y hombro. Sus brazos se abrazaron alrededor de su cintura y apretó.
—¿Crees que estarás lista para una lección de monta después de que hayamos tenido una siesta?
—Siento mi silla de montar un poco magullada en este momento.
Edward colocó a ambos sobre la cama sin romper la unión entre sus cuerpos.
Por alguna razón, su acción complació a Bella muchísimo.
—Quizás te presente a Tom —dijo ella, sofocando una risa.
—¿Quién es Tom? —gruñó en su oído un Edward adormilado.
—No importa —murmuró ella.
Edward no contestó. Al cabo de un momento, él roncaba suavemente en su oreja, un sonido natural y tranquilizador que casi la arrulló para dormir.
Su polla se deslizó fuera de su cuerpo, y ella se giró para contemplarlo. Realmente era perfecto, desde su barbilla, hasta la punta de sus largos pies. Y ahora que ya no atufaba a whisky, el olor que ellos le habían aportado a su piel la estaba volviendo loca. Cerró los ojos e inhaló. Él olía a alguna especia exótica, ligeramente como a canela y a sexo.
Pinnacle realmente había pensado en todo. Iba a tener que comprar existencias, ellos iban a ganar millones.
Toda mujer en la galaxia querría ser propietaria de un Robot del Placer. Se preguntó cuán larga sería la lista de espera para los primeros modelos que salieran de la cadena de montaje. Un día se la haría interminable ahora que sabía lo sumamente placentero que podría ser tener uno alrededor.
Sintió una punzada en el pecho ante el pensamiento de que su nuevo robot no sería lo mismo que Edward. ¿Por qué esto no es una cosa mala?
Si Pinnacle empleara el emparejamiento de personalidad en realidad podría contar con un robot al que no tuviera ganas de gritar. Uno que no haría todo lo que pudiera para conseguir llevarla hasta el punto en que ella quisiera gritar. Y éste no sería tan lindo, o peludo, o fornido, y él podría dejarla, por una vez, ser la que estuviera al mando.
Pero entonces, probablemente no se sentiría tan viva como se sentía ahora. Le dolía el cuerpo, pero su mente estaba ocupada, bullendo con los recuerdos de su toque y su sarcasmo.
Además, su cara había empezado a gustarle. Trazó el borde de su mandíbula ancha y fuerte. Qué sorpresa tan agradable, qué pocos defectos había tenido.
No serían capaces de reproducir a Edward, incluso si ella documentara cada rasgo que él poseía. El robot no podría ser el mismo debido a la experiencia de la Inteligencia Artificial única de Edward. Juntos, ambos habían aprendido y se habían cambiado el uno al otro.
Isabella esperó varios minutos antes de deslizarse silenciosamente fuera de la cama. A solas en el cuarto de baño, encendió la ducha y, a continuación, se puso de pie sobre la baza. Y ahuecando las manos alrededor de su boca, le susurró al receptor en el techo:
—¡Bree, trae aquí inmediatamente tu culo celular!
