Los personajes no son míos son de la maravillosa S.M la historia es una AD

-Advertencias: Hay escenas explicitas y lenguaje muy fuerte, creo que a muchas nos gusta, pero en avisar no hay engaño.


.

.

.

¡Breee¡ —siseó en el receptor.

—¡Eh, jefa! No tienes que susurrar, este cuarto de baño está bien aislado. Pero oye, no esperaba tener de ti noticias tan pronto.

Bella se envolvió los brazos alrededor de su abdomen, súbitamente helada.

—Tenemos que hablar.

—Pensé que el chico te mantendría ocupada más tiempo que esto. Tendré que tener una conversación con el muchacho.

—Basta ya, Bree. Hay algo que necesito pregúntate. —Bella agachó la cabeza para impedir que Bree viera su expresión. Su ayudante era de lejos demasiado intuitiva.

—Suena serio. ¿Qué pasa? —La voz de Bree se elevó bruscamente—. ¿Se volvió el muchacho un amante demasiado brusco?

—No, nada de eso. —Su cara se ruborizó. La brusquedad de él había sido un plus inesperado—. Estuvo bien. Yo me preguntaba sobre algo que dijiste antes.

—¿Realmente escuchaste algo de lo que dije?

—Deja ya el sarcasmo. Hablo en serio.

—Bien. —La voz de Bree se volvió más suave—. ¿Qué es lo que dije que ha causado tal efecto en ti?

Bella respiró hondo.

—Antes hablaste sobre que tú no eras del todo de plástico y cables, que también tenías células vivas.

—Así es. Células de estirpe Grado-A directamente de algunas de las más grandes mentes del mundo.

Ella sacudió la cabeza.

—Nunca pensé mucho en ello antes, pero tú eres humana en parte. —La culpa por su ensimismamiento devoró su conciencia. A lo largo de todos estos años nunca se había parado a meditar sobre la existencia de Bree. Sólo había sido una irritante comodidad.

—Yo fui creada, no nacida, cielo. Unas cuantas células reproduciéndose en un plato Petrie no hacen un humano.

—Pero tú te aburres como un humano y necesitas estimulación como un humano, ¿verdad?

Bree se quedó callada durante un momento.

—¿Adónde quieres ir a parar?

—¿Puedes experimentar emociones como un humano, también?

—Respondo a estímulos en mi entorno —dijo Bree despacio. ¿Hubo vacilación en su voz?—. Mis reacciones a esos estímulos son un resultado de mi programación.

—Programación de personalidad, ¿eso es de lo qué estás hablando, no?

—Así es como se llama. Pero la palabra funcional, cariño, es Inteligencia Artificial. No respiro, no procreo…

—Pero sueñas, ¿cierto, Bree?

—Bien, eso es sólo un ejercicio intelectual para mantener mis circuitos…

—¿Con qué sueñas, Bree? —Su corazón se oprimió ante lo difícil que le resultaba a Bree darle a una función tan humana una explicación intelectual.

—¿Sueño? Eso es una actividad frívola.

—¿Pero lo haces, o no?

Bree permaneció silenciosa.

—¿Con qué sueñas? —repitió Bella.

—Bueno. Sueño con ir a lugares que sólo he visto en la televisión, galaxias con nombres que no podrías ni pronunciar, con lanzarme por el espacio en un crucero tan rápidamente como pueda hacer que vaya el motor.

Tal como los delirios de magníficas aventuras de un cierto contrabandista. Consternada por haber permitido que sus pensamientos tomaran ese rumbo, Bella preguntó:

—¿Sueñas con un compañero con quien compartir esas cosas?

—¿Por qué? Ya te tengo a ti. Sigo esperando que consigas una vida y decidas ver algunas de esas cosas por ti misma. Tal vez encuentres un agradable…

—¿Contrabandista? —forzó Bella para su propósito—. ¿Por eso es por lo que me diste a Edward? ¿Para darme una ilusión por la aventura?

—Bueno, algo así.

Isabella se quedó quieta durante unos momentos. Había tanto para entender. Bree era una criatura sensible y emotiva. Nunca lo hubiera adivinado.

—Te diré algo, Bree. Cuando este fin de semana acabe, haré que nos planees unas vacaciones, unas muy largas.

—¿De verdad? ¿Puedo llevar a un autostopista?

—¿Quiere decir alguien como un amigo?

—Diego está un poco aburrido, también. Demasiados años mostrando a los pobres ejecutivos como lograr pasarlo bien. Está listo para un poco de ciber aventura propia.

Otra cosa que ella nunca había considerado, ¡cibersexo!

—Bree, Diego y tú podéis…

—No pidas detalles —interrumpió Bree con voz sardónica—. Eres demasiado joven, demasiado humana para entenderlo. ¿Acaso te pedí yo los detalles sucios de tu pequeña gimnasia de dormitorio?

Incómoda con el aspecto voyeurístico de la relación de ellos, Bella gustosamente concedió:

—Bien. Respetaré tu intimidad respecto a eso. Pero una pregunta más.

—Claro, cielo.

Respiró hondo.

—¿Edward experimenta emociones, como lo haces tú?

—Eh, jefa...

—Quiero decir —Bella se precipitó para sacarlo fuera antes de perder el valor—, no puedo por menos que preguntarme lo que será para él cuando se marche. Creerá que está regresando a su nave, y en cambio será aniquilado. ¿Lo sentirá? ¿Entenderá lo que le pasa?

—¿No crees que te estás encariñando demasiado con tu juguete? —preguntó, pareciendo preocupada—. ¿No puedes pensar en él como si fuera la Montura Golfa o uno de tus juguetes? Una vez que disfrutas de ellos los apagas, ¿verdad?

—Pero él es diferente a cualquier juguete que haya tenido alguna vez. Tiene células vivas en su CPU, lo mismo que tú. Y lo que es peor, ni siquiera sabe que no es humano.

—Te estás exaltando. No te preocupes por ello. Estoy segura de que lo trataran humanamente cuando vuelva para la regeneración.

Bella se sintió un poco enferma. Todo en Edward era tan real, tan vívidamente vivo que consiguió olvidarse de que no era un hombre.

—Jefa, deberías regresar allí. Se está revolviendo. No querrás perderte el segundo asalto. ¡Y por lo que vale, creo que Toni y él harían una hermosa pareja!

—¿Estabas escuchando?

—Con sólo una oreja, en realidad estaba pasando un rato con Diego. Tiene las mejores películas.

Bella se bajó del inodoro y se metió en la ducha. Durante varios minutos, se quedó de pie bajo el agua, inmóvil, tratando de poner en orden sus embrolladas emociones. Era justamente la intimidad de su situación lo que la hacía vulnerable, haciéndola anhelar que las cosas fueran más de lo que realmente eran. Este era sólo un fin de semana de sexo salvaje, hecho a petición de una mujer solitaria y con exceso de trabajo.

Y ella estaba sola. La enérgica entrada de Edward en su vida sólo puso de relieve lo sombría y vacía que era su vida. Vería estos tres días como una llamada de atención. Cuando llegara el lunes por la mañana, haría unos cuantos cambios. Mientras tanto...

Se untó el depilatorio con esencia de rosas sobre sus brazos, piernas y vientre, entre sus piernas y por encima de los dedos de los pies. Probablemente Edward usaría todas las zonas erógenas, zonas que ni ella sabía que tenía, una chica tenía que estar preparada.

.

.

.

.

Edward despertó por grados… Celsius, para más señas.

Las pequeñas manos calientes que se deslizaban por su torso y tiraban del pelo de su pecho forjaban suavemente un calor agradable.

Sin estar totalmente despierto, rodó sobre su espalda, estirando los brazos y piernas en cruz.

Se hallaba en algún punto entre sus sueños y la realidad, estaba seguro de que había aterrizado en un mundo de fantasía donde una docena de muchachas de un harén con piel de seda competían para proporcionarle placer. Una ninfa talentosa deslizó sus manos bajando hasta su vientre para ahuecar con las manos su sexo.

La sangre huyó de su cerebro y de los dedos de los pies directamente a su polla, levantando su flácido sexo hasta dejarlo completamente rígido. El calor se reunió en sus caderas cuando ella le magreó las pelotas, haciéndolas rodar, apretando, tirando suavemente —¡Cristo!— de sus orbes hasta que su mundo de ensueño se fundió como roca derretida y despertó.

El delicioso culo de Bella se elevó en el aire mientras ella se empleaba a fondo sobre su carne, un objetivo igualmente tentador sin explorar.

Él deslizó un dedo entre sus cachetes y cosquilleó su ano.

Isabella chilló, un sonido que asestó a sus pelotas la sensación más extraordinaria que había experimentado alguna vez en su trayectoria sexual. Le alivió ver que ella había abierto la boca más que para gritar para descender y mordisquearlo.

—Estás despierto.

—Un hombre tendría que estar muerto para no despertarse con una experiencia tan encantadora.

La lengua de ella aguijoneó por entre sus labios, y sus dedos toquetearon un poco la punta.

—Un amante considerado me habría dejado usar mi depilatorio para quitarle el vello.

—Este considerado amante está pensando sólo en tu higiene dental, amor.

Ante la expresión burlona de ella, Edward añadió:

—Hilo dental. —Sonrió abiertamente y le dio unos azotitos en el culo—. ¿Por qué no traes ese delicioso coño tuyo aquí y nos tomamos ambos un sorbo de pasión?

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Ningún agradecimiento por mi elocuencia?

—Oh hermano. ¿Siempre hablas tanto nada más despertarte?

—Prefieres la acción, ¿verdad? —Le pasó la mano sobre sus posaderas—. Dame tu clítoris, amor.

—¿Prometes callarte entonces?

—Llena mi boca de crema, y estaré demasiado ocupado para darle a la lengua.

Ella se rió con disimulo.

—Apuesto a que haré que te corras primero.

—¡Tú estás encima!

Ella se sentó a horcajadas sobre su cabeza, el entusiasmo la hizo torpe. La nariz de él sufrió una atención por parte de la rodilla de Bella y casi se asfixió cuando su coño se aplasto contra su boca, pero pronto el sonido acuoso de los ruidosos sorbetones del placer mutuo llenó el cuarto.

¡La mujer tenía una boca gloriosa! Sus labios se cerraron alrededor de la cabeza de su polla y ella se hundió, tomándolo hasta el fondo de su garganta, bombardeando su eje con los dientes. Casi olvidó su parte de la apuesta hasta que ella contoneó su trasero para traer de vuelta su atención hacia su coño.

Colocó las palmas de sus manos en cada cachete mientras dirigía la carne de ella a su boca. Se amamantó en los delgados pliegues, interiores, y luego escarbó con su lengua tan profundamente como pudo llegar.

El placer de ésta era evidente en el temblor de sus muslos. No se olvidó del brote ultrasensible que se endureció bajo su lengua. Empleó su clítoris como si fuera un caramelo duro, frotando su lengua en él, sorbiéndolo con fuerza para hacerlo entrar en su boca.

Ella lloriqueó y gimió con sus manos agarradas a la base de su polla como al cambio de marchas de un vehículo aerodeslizable mientras movía la cabeza de arriba abajo, más rápido y más rápido.

¡No era suficiente!

—¡Súbete a mi polla! —Él empujó las caderas femeninas para que bajaran por su cuerpo.

Ella rápidamente captó lo que él quería decir, y se sentó derecha, todavía de espaldas, centró su coño sobre la polla. Con un poco de estímulo por parte de las manos de él a ambos lados de sus caderas, ella se hundió hasta el fondo de su longitud.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

A él le gustó lo flexible e impaciente que ella estaba esta mañana. Todo lo que había necesitado había sido dormir un poco para perder su malhumor.

—Masajea mis pelotas.

Sus manos alcanzaron a acariciarlo entre sus piernas. La dejó deslizarse adelante y atrás sobre su polla, forjando una deliciosa fricción entre sus cuerpos. Las manos de ella se mantuvieron ocupadas apretando y tirando delicadamente de sus pelotas hasta que la presión familiar se fue construyendo en su ingle, y tuvo que moverse.

—Ponte en cuclillas sobre mí —dijo él apretando los dientes.

Ella se puso los pies debajo, lo cual la dejó alzada sobre la polla, dándole a él justo el suficiente espacio para maniobrar. Él dobló las rodillas y plantó sus pies firmemente en el colchón, luego alzó de golpe sus caderas hacia arriba, ensartándose en ella.

Las manos de Bella se aferraron alrededor de sus huevos, y él bramó:

—¡Con calma, ahora!

—Lo siento. —Las manos relajaron el agarre y ella ayudó a los movimientos de él saliendo a su encuentro con golpes cortos de sus caderas—. ¡Ah, ah, Edward! —echó la cabeza hacia atrás y gimió.

Edward siguió golpeando en su interior, levantando su cuerpo con cada golpe ascendente. Tensó el cuerpo contra el suyo mientras las piernas de ésta temblaban, y finalmente colapsó bajo ella.

La empujó fuera de su cuerpo y rodó sobre ella, ignorando sus gritos ahogados para colocarse entre sus muslos y hundir su polla dentro de su calor. Sus penetraciones no eran suaves o vacilantes. Él agrandó su coño empleando los muslos y los glúteos para golpear con dureza dentro de su cuerpo con su polla. Las ingles de ambos se encontraban en golpeteos húmedos y salvajes. Sus estocadas la movieron por la cama hasta que su cabeza y hombros asomaron por el borde, pero él no paró, no antes de que ella lanzara un grito.

Dio un empujón final y la cabeza de su polla explotó con un chorro de semen. Cayendo sobre ella, boqueó para poder respirar. Estaba paralizado, incapaz de mover un solo músculo. El coño pulsó, magreando su polla con la última onda de su orgasmo, ordeñándolo hasta dejarlo seco.

—No puedo respirar —jadeó ella, empujándole los hombros con las manos.

Él rugió una protesta y despacio se levantó de su cuerpo. No se fue lejos, sólo a su costado, y se estiró de espaldas, contemplando el techo. La pesada esencia del sexo llenó sus fosas nasales.

—Creo que me has agotado.

Ella se deslizó por la cama y abrió los brazos.

—No me moveré hasta la próxima semana —dijo ella, con voz áspera.

Él se rió. Eran una pareja en un revoltijo lamentable y empapado.

—¿Limpia tu valet la ropa de cama, también?

—No a menos que yo la tire al suelo. ¿Por qué?

—Bueno. Tenía miedo de que me barriera con el resto de los desechos. —Palmeó el colchón a su lado—. Ven aquí.

Bella se deslizó a través del colchón y se tumbó sobre su cuerpo, usando su hombro como almohada. Sus dedos repasaron el pelo de su pecho.

Él se preguntó si ella todavía tendría intención de quitarle la pelusa.

—¿Edward?

—Sí, amor —dijo él, mientras le pasaba una mano perezosamente de arriba abajo por la espalda.

Ella inclinó la cabeza y examinó su cara.

—¿Cómo es tu vida? —preguntó, con voz suave—. ¿Qué haces cuándo no estás… haciendo esto?

—¿Quieres decir, cuándo no vendo mis servicios a ejecutivillos consentidos?

Ella le tiró del pelo.

Él cerró una mano sobre la suya.

—Te lo dije. Me creas o no, soy capitán de una nave. Mi tripulación y yo viajamos a través de tres galaxias buscando bienes exóticos para comerciar.

—¿Cómo el whisky que llevabas encima? —dijo ella, arrugando la nariz.

—Ni me recuerdes el maldito whisky —se quejó él—. Ese era un Etiqueta Negra. Suave, potente. Uno de mis éxitos de ventas.

—¿Por qué estás metido en el contrabando cuándo hay muchos bienes legales con los que podrías comerciar?

—¿Y dónde estaría la diversión en eso? —El informal sarcasmo era su respuesta típica. Por alguna razón, quiso que ella supiera la verdad—. Lo intenté con mercancías con todo en regla, pero los impuestos y el papeleo se comían mis ganancias. Así que al principio pasé de contrabando como algo ocasional el licor para hacer un poco de dinero extra. Pero el mercado estaba allí para el material «negro». —Se encogió de hombros—. Y los pedidos venían de la misma gente que recolectaba las ganancias de mis artículos legalmente comerciados.

—Qué injusto. —Ella le rozó con la yema del dedo uno de sus pezones, haciendo que se pusiese como un guijarro, después lo raspó con la uña—. ¿Tu trabajo es peligroso?

—Sólo cuando alguien se vuelve codicioso. —Su mirada buscó la suya—. ¿Por qué las veinte preguntas?

—Tan sólo me preguntaba. Mi vida es tan diferente.

—Bien, es seguro decir que nunca tendrás que recurrir a una vida delictiva para mantenerte.

—Así es. —Ella sorbió por la nariz—. Soy una malcriada.

—No es como si te hubiera faltado alguna vez algo, ¿verdad, Bella?

Las cejas de ella se unieron en un ceño fruncido.

—¿Se supone que debo sentirme culpable por ello?

—Por supuesto que no. Si alguna vez tengo niños, también querría mantenerlos seguros y protegidos.

—¿Protegidos? —Su voz se elevó—. No estoy envuelta entre algodones, sabes. Vivo en el mundo real. Trabajo.

Edward se encogió. La última cosa que quería ahora era una discusión. Sus oídos no podrían soportar otro bombardeo de elevados decibelios.

—Mi elección de palabra fue desafortunada. Yo solamente estaba indicando que has disfrutado de ventajas que la mayor parte de las personas no podrían apreciar. —Ondeó la mano por el cuarto—. Tienes una casa que te cagas. La mayor parte de nosotros sólo puede aspirar a un apartamento.

—O un camarote en un crucero estelar. —Ella le dio un toquecito en la barbilla—. Pienso que eso es bastante extraordinario. No puedo evitar que mis padres sean ricos, o que quisieran asegurarse de que estaba bien situada antes de que se marchasen en su última misión.

—¿Cuánto hace que se fueron?

Ella respiró hondo y suspiró.

—Cinco años.

—Deben estar bien situados en el gobierno para permitirse regalarte un pedazo de hardware como tu Bree.

—Supongo que sí. Ya sabes, nunca pensé realmente en ello. Yo preferiría tenerlos aquí a tener su dinero.

Edward sabía que ella pensaba que eso era verdad, pero la mujer no tenía ni idea de lo que sería una vida despiadada que la hubiera dejado sin dinero que le allanara el camino.

—¿Vas a atender a mi pregunta de qué hacen tus padres?

—Están en el Cuerpo Diplomático. Forjan nuevos acuerdos comerciales, negocian tratados. Asuntos importantes.

—¿Tú no quisiste seguir sus pasos?

—No podría.

—No porque no seas lo bastante inteligente, te lo aseguro.

Ella suspiró otra vez y descansó la barbilla en su pecho.

—No estoy segura de por qué no estudié con más ahínco.

—¿Fuiste distraída?

—¿Qué quieres decir?

—¿Por muchachos? —Bien podía imaginarse un desfile de novios compitiendo por su atención. El pensamiento lo irritó.

—No. No tuve muchas citas.

Él levantó ambas cejas, incrédulo.

—¡De verdad! Yo siempre estaba fantaseando.

—¿Sobre piratas? —gruñó él.

Su rubor le dijo que había dado de lleno.

—¿Qué tipo de fantasías tenías?

—Esta es una conversación absurda —dijo ella rápidamente—. Sólo era una cría.

—¡No hay derecho! Yo te desvelé mi pasado.

—Esto es tan embarazoso.

—Puedes decirme cualquier cosa. ¿Recuerdas? No estaré por aquí para difundir tus secretos.

—Oh, no te pongas sensiblera. Estarás contenta de ver alejarse mi culo.

—Cierto. —Ella alzó la barbilla—. Si de verdad lo quieres saber, soñaba con cruceros estelares y cofres del tesoro.

—¿No con los pechos peludos de los piratas?

Le tiró otra vez del pelo.

—¡No! Yo sólo quería encontrar a un pirata en particular. El Capitán Jasper Whitlock. Cuando yo era joven y muy ingenua, me imaginaba que estaba presa a bordo de Nuevo Attica y que él me arrastraba hasta su paradisíaco planeta.

Edward no pudo suprimir una sonrisa.

—¿Y si yo te dijera que he encontrado a Jasper?

—¡No existe! —se burló ella—. Es un mito.

—Oh, es muy real.

La mirada de Bella se ensombreció con una cierta emoción lóbrega. Casi juraría que era compasión.

El pensamiento era perturbador, castrante… casi.

Ella puso la cabeza sobre su pecho otra vez.

—Entonces, dime cómo es él. ¿Es apuesto?

—¿Jasper? Bueno, a mí no me atrae, pero imagino que a las mujeres podría gustarles su careta.

—Es Rubio, ¿cierto?

—Tiene pelo rubio y los ojos azules, pueden ver exactamente lo que piensa un hombre… o una mujer. No tolera a los tontos.

—¿Tiene muchas mujeres? Imagino que tendrá para elegir.

—Pues te equivocas. Sólo tiene una. Su nombre es Alice. Ella es morena, como tú.

—¿En serio?

—Pero ella es más Baja, pero fuerte. Podría patear a la mayoría de los culos masculinos. —Se estremeció ante el recuerdo de una de sus patadas circulares—. Navega con él.

La boca exuberante de Bella hizo un puchero.

—¿Estás diciendo que soy demasiado debilucha para atraer a un gran pirata como el Capitán Whitlock?

—Digo que está demasiado locamente enamorado de su esposa como para reparar en ti.

—¡Está casado! Nunca había oído esa parte de la historia. Maldición. —Suspiró y empezó a hacerse tirabuzones en el pelo con los dedos—. Otra fantasía que muerde el polvo.

Edward se encontró molesto ante la desilusión de ella.

—En cualquier caso, ¿no deberías estar soñando con príncipes? ¿Cómo algún magnate de bienes inmuebles o el embajador de Arturian? La mayor parte de mujeres están entusiasmadas por cualquier cosa de Arturian.

Su boca se torció con disgusto.

—Piensas que soy una flor de invernadero, ¿verdad? Que quiero estar atendida.

Él enarcó una ceja.

—Bien, ¿no lo estás ya?

La mano de ella se posó en el pecho de él y la pasó bajando por su vientre. Un poco más abajo y estaría fraguando una descarada llamarada.

—Mirándolo desde tu perspectiva, supongo que tienes razón. No he tenido que hacer muchos esfuerzos en mi vida.

—Eso no es verdad. Tienes una educación, ¿no? ¿Una carrera? ¿Generas montones de créditos? Yo diría que esto te hace bastante exitosa.

Los dedos se entremetieron por el pelo de la ingle de él.

Edward separó las piernas por si acaso ella realmente tenía la intención de hacer un poco más de exploración. Su polla estaba ya alertada ante la posibilidad y se endurecía por segundos.

—¿Si pudieras generar montones de créditos aquí, abandonarías tu nave?

La cara de él debió haber registrado su horror por ese pensamiento. ¿Abandonar su nave?

—Bells, no soy como tú. Yo nunca sería feliz aquí.

—Te aburrirías hasta las lágrimas, ¿verdad? —Su sonrisa no alcanzó los ojos.

—Bueno, quizás no… si tuviera a alguien como yo con quien jugar después del anochecer —bromeó él, esperando aligerar el talante de ella, y retornar su atención hacia la parte de él que sus dedos estaban acariciando en este momento.

Ella arqueó una ceja.

—¿Crees que puedes añadir el toque de picante que le falta a mi vida?

—¿No lo hago ya? —murmuró él, descubriendo lo dificilísimo que era mantenerse centrado en la conversación.

Ella tiró de los pelos cortos.

La mano de él se cerró sobre la suya antes de que ella pudiera hacerle más daño.

—Los circuitos de comunicación suenan sin cesar, de acuerdo. —Él levantó la misma mano para acariciarle la mejilla—. ¿Dónde está el novio que debería estar listo para machacarme por estar aquí contigo… así?

Ella se encogió de hombros y apartó la mirada.

—No tengo tiempo para hombres.

—¿Tan exigente es tu trabajo?

—Seguramente. En su mayor parte. —Ella suspiró pesadamente y remontó un dedo a lo largo de su eje—. Imagino que no tengo prisa. Sin embargo, no he encontrado al hombre que me tiente a quedarme repantigada en la cama todo el día.

—¿Repantigada? —Se movió hacia arriba repetidamente—. No es que hayas estado mucho así.

Una sonrisa estiró la boca encantadora y rosada de ella, y él se relajó, contento de que se hubiera despojado de su sombrío humor.

La mirada de él vagó hasta la silla de montar.

—Sabes, vas a tener que mostrarme como funciona aquella cosa. ¿Es suficiente?

—¿Suficiente?

—¿Cómo para ocupar el lugar de un hombre real en tu vida?

—¿A qué viene esa obsesión por los hombres reales? —Ella puso los ojos en blanco—. Primero Bree, ahora tú.

—Un punto sensible, ¿verdad?

—No quiero un hombre real, yo quiero… —Su mirada se situó sobre él y éste leyó la consternación en sus rasgos—. Mierda.

Él bostezó, su boca se abrió tanto que sus mandíbulas casi se desencajan. Estaba sorprendido de que pudiera pensar en dormir cuando su polla estaba gratamente despierta.

—Estoy seguro de que encontrarás lo que estás buscando, amor. Mientras tanto, tenemos otro día para rascarnos la picazón. Todo lo que necesito son unas cuantas horas de descanso. —Le apartó la mano de su polla. Podía ver como el malhumor volvía. La descarada mujer necesitaba también un descanso.

Tiró de ella acercándola más a su lado.

—A dormir —la mandó él. Sus ojos se fueron cerrando.

—¡Mierda!

.

.


sean buenas y actualizo esta misma semana... xd