31_ El veneno de la serpiente…

Y encima a aquella altura ya le empezaba a doler la sesera. "Cartón lleno" pensó.

1.

Finalmente la furia del invierno había llegado y con ella el fin de semana. Hermione sentía que durante esos días en lugar de descansar se tensaba el triple. Le daba la impresión de que dentro de poco terminaría festejando sus treinta años de irritación y obviamente culpaba a Draco Malfoy por ello.

Después de haber enfrentado la resaca, la tristeza, el llanto y la cruel realidad de sus sentimientos, había decidido hacer todo a un lado y concentrarse en lo que siempre la sacaba de su mundo. La lectura.

Por lo tanto, se había pasado todo el fin de semana encerrada en un lugar donde nadie, ni siquiera él con sus poderes especiales, pudiera encontrarla. La sala multipropósito resultó serle de gran ayuda, equipada para satisfacer cualquier necesidad, menos las vitales. Por lo tanto, no podía escapar del hecho de tener que alimentarse en el Gran salón, aunque procuraba ser lo más rápida posible. Durante las diferentes comidas intentaba evitar que su vista vagara por la mesa de Slytherin, razón por la cual comía de espaldas a ésta. Una vez atragantada, bajaba todo con agua y salía pitando a aquel que se había convertido en su refugio.

Harry y Ron se mostraban algo escépticos ante el comportamiento de Hermione, sin embargo Ginny no había necesitado más de dos dedos de frente para darse cuenta de por donde venía la mano, por lo que se había limitado a encogerse de hombros cuando los chicos preguntaban por su amiga.

- Saben que es algo obsesiva compulsiva, denle aire, está estudiando, se ve que la biblioteca ya no es tan perfectamente silenciosa para ella – acotaba irónicamente acompañando sus palabras con los ojos en blanco, como quien no quiere la cosa.

Lo cierto es que por mucho que Hermione intentara evitar a todo el mundo, le resultaba realmente imposible deshacerse de Ginny, más aún cuando ella quería hablar con la más pequeña de los Weasley. Así, la castaña no había tenido más remedio que dejarse secuestrar el domingo por la tarde para tener una conversación con su amiga.

- Con Ron no hay problema, le podes poner la situación frente a los ojos y no se va a enterar, pero Harry… él es poción de otro caldero, la verdad es que no encuentro manera de hacerle creer que de pronto seguiste el camino de Lockhart y te volviste maníaca por el estudio – dijo.

Hermione suspiró.

- No importa, todo está bien, simplemente dile que estoy averiguando sobre algo que no puedo decirte y se conformará – contestó, agradeciendo a los horcruxes por vez primera. Supuestamente Harry caería en la cuenta de que ella no le habría querido dar información a Ginny para no ponerla en peligro y la dejaría encerrarse tranquila si aquello podía regar de luz aquel tema peliagudo.

La menor de los Weasley sopesó aquella posibilidad y luego se encogió de hombros, por lo visto estaba bien para ella.

- ¿Y qué pasó con Malfoy esta vez? Se los veía tan bien…

Hermione puso los ojos en blanco. Aquel era uno de los tantos temas de los cuales definitivamente no quería hablar, pero que, en compañía de la pelirroja, sería irrevocable tratarlos.

- Lo de siempre, me insultó, parece ser que le molestó que mirara al primo, no lo sé…

Ginny se llevó una mano al pelo mientras lo alisaba y lo enredaba entre sus dedos, pensando.

- No creo que sea por algo tan estúpido como eso, debe haber algo más, tiene que haber algo más – dijo al fin.

Y no es que Hermione no hubiera sopesado aquella idea. Pero prefería evitar ir por aquel camino, no creía que fuese sano para su afectada cordura el ilusionarse con que todo tenía que ver con el hecho de que Draco Malfoy la quería para bien. Porque el maldito amor que ella sentía por él solo iba a lograr inflar un globo demasiado grande para ocupar su pecho y tan débil que con una simple corriente de aire podría reventarse. Y ella sabía que no podría soportar el dolor de explotar su corazón de aquella manera. Porque lo que sentía por Malfoy no era normal, tanto que debería ser ilegal. Después de días de meditar en una aparente tranquilidad, había caído en la cuenta de que en realidad no le interesaba qué era lo que hacía Draco, ni qué era lo que él quería para ella, solo le interesaba mantenerlo a su lado el mayor tiempo posible, porque ahora sabía que, sin darse cuenta, había depositado en quien creía su enemigo, la razón de su vida.

- No sé Ginny, yo realmente preferiría quedarme con la duda…

La pelirroja se encogió de hombros.

- No creo que sea lo mejor, pero si a vos te basta, está bien.

Durante el resto de la tarde Hermione se sintió aliviada, porque Ginny no había vuelto a tocar el tema Draco Malfoy y se había dedicado a ponerla al día en todo lo que ella había estado algo perdida, por no decir, desinteresada. Las reuniones de los viernes habían continuado y habían descubierto que Peter Tremaine y Olivia Artua había dejado de verse, al parecer a Peter no le gustaba jugar con fuego, razón por la cual la había dejado. Por otra parte Gryffindor iba bien posicionado a ganar la copa aunque daba la impresión de que Harry se distraía en los entrenamientos ocupando su mente en vaya-uno-a-saber-qué. Ginny había comentado con aparente indiferencia que el capitán había terminado con Grace Wibert tres días atrás y aseguraba que su encuentro nocturno no había tenido nada que ver porque él la había dejado ese mismo día por la tarde.

- Aunque claro, eso no evitó que se pusiera como una fiera cuando nos vio en el pasillo – había dicho fastidiada – maldita sea, como si yo no hubiera tenido que fumarme a la hipócrita besando a Harry por doquier.

Sin embargo, Hermione no había querido sugerir que quizás Harry debería haberse manejado de manera más cortés.

Así y todo, cuando la menor de los Weasley se había retirando alegando que tenía practica de Quidditch, la castaña no pudo relajarse, razón por la cual se había ido a bañar. No era nada bueno acostarse a dormir sin comer y nerviosa.

2.

"...Del amor entre opuestos

nacerá el fin del señor de las tinieblas

conjunto con el terror......"

Draco sentía como su cuerpo se movía, sin que él lo dirigiese, hacia un destino desconocido. También veía los rostros de los demás y encontraba en ellos en parte temor y en parte asco. Y eso le encantaba. Le temían, claro que si, era difícil controlarlo, salvo cuando Voldemort estaba con ellos. Pero lo que a él más le gustaba, era saber lo asqueados que estaban por imaginarlo con Hermione Granger. Por imaginarlo haciéndole el amor como un desquiciado. Y no es que lo imaginaran porque eran masoquistas, sino porque se había hecho conocer la profecía, lo que equivalía a decir que se conocía su futuro.

Que idiota había sido, había tenido la pareja que tanto buscaba en carne y hueso con él, había vivido por cuenta propia la historia de amor prohibido que había intentado proteger con su vida y no se había dado cuenta a tiempo. O al menos, no con el suficiente para evitar aquel desenlace.

Sin embargo, había podido hacer algo para salvar las papas, dada la ocasión, y solo esperaba que Hermione entendiera su mensaje y que Potter confiara en su resolución.

De lo contrario, todo se iría a la mierda y él ya no tendría porqué razón vivir…

"...Del amor entre opuestos

nacerá el fin del señor de las tinieblas

conjunto con el terror......"

3.

Ginny dio una última voltereta en el aire antes de descender en picada. Amaba volar, era tan natural como respirar. Lástima que no tenía a quien golpear sin querer, eso habría sido bastante relajante.

Practicar quidditch tratando de simular que realmente entre ella y Harry no pasaba nada más que una amistad, con los ojos de su hermano clavado en todos sus movimientos, sin duda no entraba en la lista de las cosas más fáciles de hacer. A demás se tenía que contener de pegarle unos cuentos gritos a Ron por meterse en el papel del hermano mayor que debe protegerla de los malvados hombres. Por Dios, ya bastante había tenido de esa porquería por su parte. Pero Harry así se lo había pedido y ella había prometido resistirse lo más que pudiese, aunque no había prometido prevalecer por sobre su genio.

De modo tal, simplemente intentaba evitar cualquier roce que llevara a alguna acotación por parte de Ron, a su parecer era la manera más fácil de evitar todo.

Cuando sus pies se apoyaron con seguridad sobre el césped de la cancha, desmontó la escoba y se dirigió a la salida con el fin de visitar la sala multipropósito antes de ducharse en su baño.

- Buen entrenamiento, si seguimos así, Slytherin no va a tener nada que hacer contra nosotros – los alentaba Harry – solo necesitamos concentración, por lo demás, contamos con el excelente brazo de Ginny, dos grandes bateadores y un gran guardián.

Todos soltaron exclamaciones de júbilo mientras el equipo se encaminaba en gran parte a comer y en otra a la sala común para bañarse.

Gracias a Merlín nadie se percató de que ella se adelantaba y se perdía por uno de los pasillos en dirección al séptimo piso. Caminó resuelta hasta llegar al lienzo de Barnabás el Chiflado y pasó tres veces frente al mago que intentaba darle clases de ballet a los trolls, mientras éstos últimos lanzaban garrotazos contra su profesor. Ginny no necesitó esforzarse mucho para que frente a ella apareciera aquella puerta secreta que daba a la habitación con más historias que el castillo entero.

Entró a la sala y vio que estaba en las mismas condiciones que el Viernes pasado. O tal vez no. Sobre uno de los sillones de puff se encontraba el último ejemplar de "El Quisquilloso". Al parecer, Luna seguía encontrando más fascinante que cualquier otro las habilidades de aquella habitación. Ginny no se molestó en acercarse a ninguna pared en especial o de salir del umbral de la puerta. Simplemente pensó en Hermione.

De pronto, todo se volvió claro.

La fotografía de Paul Lawson miraba apenado lo que fuera que estaba mirando. De ella salía una hebra, gorda y de color rojo, que delineaba juguetona un camino hasta unirse a otra foto: la de Draco Malfoy. Ginny notó que él tenía los ojos llenos de dolor y que miraba con preocupación una fotografía que estaba ubicada más abajo, entre la suya y la de su primo. La hebra roja que los unía volvió a marcar su camino para detenerse en medio de éste y dividirse en dos. La mitad de ella que volvió a la fotografía de Paul Lawson, rodeó débilmente el marco de la imagen y descendió moribunda para unirse a una Hermione Granger ceñuda, casi sin tocarla. Por otra parte, la mitad correspondiente a la imagen de Draco Malfoy, se volvió de color dorado, fuerte y brillante. Duplicó su grosor y apresó, en su bailotear, al mortífago y a Hermione Granger. La hebra palpitó llena de vida y aumentó aún más su fuerza y brillantez.

Ginny parpadeó asimilando aquella verdad y pensó que lo mejor sería que Hermione misma observara las cosas. Porque definitivamente la situación se le había ido de las manos.

No supo cuanto tiempo permaneció parada como una idiota, mirando embelezada las tres fotografías. Parecía como si Draco Malfoy sufriera una tortura inimaginable y que, aún así, tuviera algún lugar en su mente para preocuparse por Hermione. Mierda, mierda, mierda. Y no era solo eso lo que preocupaba a Ginny. Cada tanto, la imagen de aquella enojada e indiferente Hermione, cedía y su amiga se permitía mirar de reojo, llena de cariño, a nada más ni nada menos que Draco Malfoy.

Cuando la pelirroja decidió abandonar la sala, se percató que la hebra dorada había alcanzado el grosor una varita mágica, y que brillaba tanto como el sol.

"Nuestro lazo ya estaba establecido. Yo amaba a Draco Malfoy."

4.

Volvió a posar sus ojos negros en él. Y sintió aquella paz internar que Blaise le provocaba.

En su estado de maldita, todavía se daba el lujo de amar, sabiendo que se le estaba tremendamente prohibido. Todo por culpa de aquella resentida social que la había hechizado. Ya casi no existían las hadas y mucho menos las negras. Pero Pansy Parkinson recordaba bien a aquella que una tarde de otoño la había maldecido por el resto de su vida.

- Eres demasiado hermosa y pura para ser buena. Eres demasiado egoísta para merecerlo. – le había dicho – Tienes mucho más de lo que deberías, con tan solo años de edad. No te confundas, pequeña niña, jamás serás feliz. Tus ojos reflejarán el daño que los impuros y muggles sufren por gente de tu clase. Serás la viva imagen del dolor del mundo, pequeña. Aquello que podría salvarte, lo tendrás al alcance de la mano, pero jamás lo poseerás. Porque todo lo que toques, va a sufrir lo que tú tendrías que sufrir. La única persona capaz de romper con mi magia antigua, descansa por cien años, esperando por aquella que represente todo lo que odies. Sin embargo, serás demasiado egoísta como para ayudarla, pequeña.

Y una mierda.

- ¡Ya cállate, con un demonio, Spencer! – soltó exasperada. El enfermo de Jack llevaba una hora balbuceando incoherencias sobre Draco Malfoy y Hermione Granger. ¿Y qué mierda le importaba a ella? Realmente, si Draco conseguía alguna manera de tener paz en esa cabeza, aunque fuese con Granger, pues bien por él.

Spencer se removió en su lugar y frunció los labios.

- Te está engañando con una sangre sucia – aguijoneó.

Pansy se frotó la frente con una mano, intentando mitigar el dolor de cabeza que aquella voz insoportable le estaba causando, y cerró los ojos. Sabía que lo que él decía, bien podía ser cierto. Últimamente, Draco le dejaba los pelos de punta dándole las miles de indicaciones de cómo debían proteger a Granger y sus padres, pero sobre todo a ella. Se ponía furioso cuando alguien hacía una leve insinuación de que mejor sería matarla y no cuidarla. Se mantenía frío y distante con todos, sin embargo, en las comidas, no sacaba los ojos de Hermione.

Pansy había intentado hacerle entender que sus preocupaciones eran vanas. La sangre sucia sabía defenderse en combate y tenía a sus amigos que estaban tan locos como para ir a buscar a Voldemort por ellos mismos.

- Eso, es justamente lo que me preocupa. – le había dicho Draco – La muy estúpida está esperando su oportunidad para salir del castillo a salvar el mundo.

Y ella no había podido contradecirlo. Todos los Gryffindor tenían corazones de leones y mentes caritativas. "No importa morir si con ello salvamos a muchos más" ¡Blah, mentiras!

Demás estaba sumarle que hacía mucho tiempo no tenía sexo con Draco Malfoy. Si bien ella no lo amaba, y él tampoco, era lo más parecido a hacer el amor. Porque eran amigos. Él confiaba en ella y viceversa. Quizás, su amistad no era tan fuerte y sincera como la que Draco tenía con Theodore Nott, pero era casi igual.

- Sabes, Jack – le dijo Pansy - deberías escribir un libro fantástico y dejar de joderme a mi con tus mierdas de paranoias.

El muchacho se puso de pie, enarbolando la varita. Blaise Zabini, que no dejaba jamás a su señora sola, realizó un hechizo de desarme y lo ató de pies a cabeza con sogas verdes que salieron de su varita. Spencer cayó al piso y comenzó a gruñir lleno de ira.

- Realmente tu estupidez está yendo muy lejos. – musitó la líder de la "Logia de las Serpientes" con voz cansina – Blaise, ven, vamos a caminar, el día está lindo.

Zabini la amó con los ojos y sin decir nada, la siguió.

5.

El lunes comenzó como siempre. No hubo incidentes durante las horas de pociones, más que el caldero de Neville, empecinado en vomitar su contenido al primero que se le acercase a más de cinco metros a la redonda. Sin embargo, aquello no fue suficiente para que a Hermione le pasara desapercibido el hecho de que Paul Lawson – o sea, Draco - no había ido a clases, lo cual, burdamente, quería decir que estaba preocupada. Su corazón palpitó dolido durante las dos horas de cocción de su poción y no encontró paz ni aún cuando Slugorn la felicitó y le dio quince puntos a su casa. Algo similar pasó en las horas de herbología que compartía con los Hufflepuff. Ni hablar de Transformaciones. Theodore Nott la había mirado toda la clase, con esa tranquilidad que lo caracterizaba, y había pateado más de una vez a Jack Spencer, cuando intentaba asesinarla con el poder de sus ojos enfermos.

- Hermione. – la saludó Nott – Lamento si en algún momento Jack te hizo sentir incomoda.

Ella levantó la vista del suelo y le sonrió. A decir verdad, aún no se acostumbraba al trato educado que Theodore solía tener con ella. En algún momento, había llegado a creer que en una borrachera, Draco le había pedido que no la insultara, que le dejase ese placer solo para él. No obstante, el tiempo le había enseñado que, tanto Draco Malfoy como Theodore Nott, eran harina de otro costal. Uno mucho mejor al de Slytherin.

- No me di cuenta que quisiera molestarme. – mintió – De todo modos, gracias.

El Slytherin torció el gesto y le sonrió sin mucha convicción.

- Ya sabes, después de lo que pasó el otro día…

- ¡Oh, claro! Debí suponer que aquello no quedaría así. Tendré más cuidado de ahora en más – lo interrumpió.

- … Draco se puso hecho una fiera. No te preocupes, tendré a Spencer vigilado. En teoría no hay razón alguna para que cambies tus hábitos y costumbres.

Hermione se puso de piedra al escuchar su nombre vinculado con la frase "hecho una fiera". De pronto, tenía ganas de encontrarlo, besarlo, y quedarse con él toda la noche. De pronto, todo aquello le dio mariposas, dentro, muy dentro de ella.

Media idiota, y sintiéndose incapaz de hablar, asintió con la cabeza y deslizó su mirada a la pila de libros que esperaban ser recogidos por sus manos. De reflejo, le pareció ver a Theodore Nott sonreír mientras ella recogía la bibliografía.

- ¿Te ayudo? – le preguntó y le fue imposible borrar de la paz de su voz un tono divertido.

Hermione negó con la cabeza y sintió como se ruborizaba hasta el colon. Le era imposible acallar los ladridos de su corazón y estaba segura de que el Slytherin podía oírlo.

Si, con un demonio, Draco me provoca todo eso y más.

Ante los ojos de Nott, ella debía parecer algo introvertida, extravagante, e idiota. Una chica con el coeficiente suficiente como para vivir de los libros, de su enseñanza. Muy imbécil para enfrentar los hechos por su cuenta. Muy delicada para ser capaz de soportarlo.

¡Que equivocada estaba!

- Me contó Paul que el viernes pasado te conoció. – comentó Theodore. Por el todo de su voz y la frialdad repentina de su mirada, Hermione cayó en la cuenta de que lo que fuese que le iba a decir, no sería nada bueno.

Decidida a escucharlo, se calzó la mochila al hombro y comenzó a caminar. Como era de esperarse, él la siguió silenciosamente.

Decir que "si" había conocido al primo de Draco, era exagerar. Pero negarlo, era mentir. ¿Cómo podría clasificarse lo que ella tuvo con él? A decir verdad, había sido algo incómodo y patético. Paul Black, con tan solo horas de verla, había sido testigo de la única verdad que ella escondía de todos y que llevaba tiempo escondiéndola hasta de sí misma: sus sentimientos por Malfoy. Compartir aquella información había creado un vínculo de sinceridad entre ellos, aunque, claro, él no hubiese dicho ni "mu" acerca del tema. Del maldito, maldito, tema.

- Se podría decir que si – contestó finalmente.

Siguieron caminando a la par. Los pasillos ya estaban desiertos, algo obvio, teniendo en cuenta que ya estaba transcurriendo la hora del almuerzo. Ron y Harry habían salido corriendo del aula. Debían entrenar al menos media hora con el equipo, cambiarse y comer, para luego, poder asistir a clases. Algo imposible, en su opinión.

Theodore se tomó su tiempo para volver a hablar. Al parecer, estaba buscando la mejor manera de decir lo que quería decir.

- ¿Sabías que Draco salió esa misma noche? – preguntó y su calma la aplanó por completo.

Hermione puso los ojos en blanco. Claro que lo sabía. Como también Nott sabía que ella lo sabía.

- Mmm, lo escuché salir...

El Slytherin dejó de caminar y la miró a los ojos, con todos sus sentimientos abarrotados en aquellas orbes. Hermione se vio abrazada y consumida por la preocupación. ¿Qué carajo estaba pasando y por qué él daba tantos rodeos para decírselo?, ¿Acaso Draco se había rendido y la había abandonado?, ¿Acaso él no la quería ver nunca más? No. No podía ser. Imposible. No tenía razón alguna para hacerlo. Ella no era tan importante en su mundo. A decir verdad, no era importante en lo absoluto. ¿O no?

- Creo que deberías saber que, desde entonces, Draco no ha vuelto al castillo.

"Draco no ha vuelto". Esas cuatro palabras le habían dado de lleno en el pecho. Habían golpeado más fuerte que el garrotazo de un troll encolerizado. Habían rajado aún más que las garras de un hipogrifo. Porque ella temía lo peor. Que Draco Malfoy jamás regresase. Que la abandonara a su suerte.

Porque ella no era nada. Y en teoría, él tampoco.

No había razón alguna para sentirse de ese modo, cuando jamás había pasado nada entre ellos dos. Aunque, en este caso, el "nada" fuese "mucho".

Mierda de nuevo.

- ¿Cómo que "no ha vuelto"? – preguntó con el poco aire que le quedaba en los pulmones. Su voz tembló y poco faltó para que se le quebrase. - ¿Está bien? ¿Estará herido?

La paranoia se apoderó de ella y fue demasiado tarde para acallarla. Debía expresar sus miedos. Necesitaba que Theodore le dijese: "No, Hermione, simplemente no quiere verte y es una manera educada de evitarte".

- No lo sé. En realidad, estoy bastante preocupado. Pensé que quizás podías saber dónde encontrarlo, ya buscamos en los lugares donde podría llegar a estar, pero nada. No hay caso.

Los ojos se le empañaron en lágrimas y su mente trabajó con mayor rapidez. Ella podía salir del castillo. Tenía el permiso de la directora. No tenía que dar razones para abandonar el colegio. Saldría en su búsqueda. No sabía ni a dónde iría, pero estar en cualquier parte sería mejor que quedarse sin hacer nada.

El corazón latió dolido y las mariposas se volvieron púas de acero. Aleteaban impacientes y le arrancaban el aire. Cada golpe, era más lastimero que el anterior.

- Hey, Hermione. Tranquila.

Theodore la sujetó por los hombros y la zarandeó con delicadeza.

- Escúchame – le pidió – ahora mismo Paul se está transformando en mí. Voy a salir del castillo. Solo me queda visitar a una persona. Necesito que me ayudes, Hermione. Quédate en la cabaña. Si Draco vuelve, entonces díselo a Paul y él se comunicará conmigo. ¿Puedo contar con eso?

- ¿Cómo voy a saber si lo encontraste? – preguntó.

- Imagino que Paul encontrará la manera, con cartas, supongo.

Hermione respiró con fuerza y cerró lo ojos. No le gustaba la idea de quedarse sentada haciendo nada. Pero era lo más coherente. Tenía sentido, Theo sabría dónde buscar y con quiénes tratar.

Para las siete de la tarde, Hermione simuló estar algo descompuesta y se largó a la cabaña. Esperaba entrar y encontrar a Draco tirado en alguno de sus grandes y caros sillones negros, tomando algo en sus copas finas, y vestido de mortífago. Esperaba que cuando la viera le dijese "Paul no está, si haz venido por él". De esa manera ella se reiría y se arrojaría a sus brazos, importándole todo una putísima mierda. Porque aquella tarde había sido la peor de su vida. Había tenido que sostener conversaciones banales, sonrisas vacías y clases innecesarias. Había maquinado muchas cosas en su cabeza y ni siquiera el plan de Harry y Ron para copiarse en los futuros exámenes había logrado sacarla de su ensimismamiento.

Sin embargo, cuando abrió la puerta, el olor de Draco Malfoy le dio de lleno en la cara y la poca luz que emanaba de la chimenea le dejó a la vista una sala vacía. Nada de él, solo su perfume, ese maldito aroma que lo caracterizaba de pies a cabeza. Hermione ni se gastó en prender las luces. Pasó como una tormenta hasta la habitación del mortífago y aquello fue peor que su encuentro con la sala. Todo el mobiliario, todas las telas y el mismísimo aire, estaban contaminado de él. La cama deshecha. Su ropa regada por el piso o apoyada en algunos sillones. Las cortinas corridas. Todo.

Hermione fijó la vista en aquel revoltijo de sábanas que era la cama. Al parecer, Draco no tenía sueños tranquilos; parecía como si hubiera luchado contra algo mientras dormía. Se acercó unos pasos y olisqueó con satisfacción. Aquel mueble era la fuente que emanaba con tanta fuerza su aroma. Tan delicioso. Tan dulce. De pronto, lo único que quería hacer, era acostarse en la cama y dejarse morir en ella, hasta que él volviera. Sin pensarlo mucho, se quitó el calzado y se hizo un lugar en la cama. Apoyó la cabeza en la almohada y estuvo segura que aquella era la que él usaba para dormir. El corazón se le aceleró. Ella estaba por dormir donde él lo hacía.

Y como una adolescente estupidizada por el amor, abrazó la almohada y se entregó al placer con ojos cerrado.

Todo se volvió blanco. Sus músculos se relajaron, su respiración se tranquilizó, y ya no recordaba dónde estaba ni qué hacia. Un remolino de luces brillantes se apoderó de sus párpados cerrados y ella perdía la conciencia y la volvía a encontrar. Finalmente el subconsciente se apoderó de su mente: Draco con una varita. La bajaba y se acercaba a ella. La abrazaba y besaba. La había defendido de sus amigos y la besaba. Luna le preguntaba no se qué, no me acuerdo cuando. Parecía triste, pero ella podía ayudarla. Un caballo negro galopaba, una botella de vidrio se rompía. Draco aullaba de dolor. Un olor pestilente le quemaba las fosas nasales y le recordaba cuando había ido con Harry y Ron al nido de Dementores. ¡Puaj! Horrible, insoportable. Draco volvía a aullar ¿por qué nadie lo ayudaba?

Hermione abrió los ojos de golpe. Estaba agitada y casi no podía respirar. Ese maldito olor, la estaba matando. Alguien gritó con sufrimiento y la paralizó; aquello no era un sueño, y esa voz no era cualquiera, era la de él.

Draco…

Descalza, y con las capacidades motrices torpes por el sueño, Hermione se levantó de la cama y salió corriendo a la puerta. De un tirón se deshizo de la entrada. Tuvo que contener el aliento para no desmayarse. Draco gemía desde alguna parte de los alrededores de la cabaña. Estaba sufriendo, estaba herido. Cada gemido era una puñal en su corazón y mejor ni hablar de sus gritos.

¿Dónde estaba? Por Merlín que alguien la ayudara. Encima no veía nada.

- ¡Draco! – chilló. De pronto, entre toda la crisis mental que estaba enfrentando, se acordó que era una bruja – Maldición, ¡Lumus!

Un caballo relinchó y bufó. Éste parecía estar tan o más desesperado que Hermione. La luz de la varita iluminó a la bestia negra y en el suelo, retorciéndose de dolor y cubierto de sangre putrefacta, estaba Draco. Hermione soltó un grito de horror y se tapó la boca.

- ¡Draco! – volvió a chillar.

Los pies no le daban para correr lo tan rápido que ella quería. Se tropezó más de una vez y se cortó las rodillas, pero no le importó. Él estaba sangrando, sufriendo. Su rostro estaba más pálido de lo normal. Parecía como si algún maleficio oscuro le hubiera dado de lleno.

Hermione se dejó caer a su lado y no le importó que aquel olor ácido y repugnante le quemara las fozas nasales y le destrozara los pulmones. Tomó el rostro del mortífago entre las manos y lo obligó a fijarse en ella.

- Draco, Draco, soy yo, Hermione – le dijo - ¿Me ves? Draco, háblame, por favor…

Él intentó enfocarla, pero tenía los ojos dados vuelta. No podía ver nada, absolutamente nada. Sin embargo, en el calvario en el que estaba, la pudo escuchar, la pudo sentir. Era como volver a respirar. La muerte se estaba haciendo de él, le estaba arrancando el alma con garras furiosas. Era como si lo estuviesen quemando por dentro, mientras que alguien lo lastima y lo corta, cuando otro lo maldice con el Cruciatus, hasta la locura. Sin embargo, la piel que Hermione tocaba, parecía no sufrir. Era como si su tacto eliminar por completo su pesar.

No podía hablar, solo gemir de dolor. No podía ver, más que la negrura de la maldad. Pero podía moverse. Sintiendo que aquel esfuerzo terminaría de matarlo, alzó una mano y busco a ciegas el rostro de Hermione. Ella lo ayudó a encontrar su mejilla. Estaba dulcemente húmeda, porque ella estaba llorando.

Quiso decirle que no lo hiciera, que a fin de cuentas, él era un idiota y no merecía que ella sufriera por su cuenta. Pero no salió nada, más que un grito desgarrador. La mano cayó y él empezó a convulsionar. Ya no podía sentirla, ni olerla. Un nuevo zarpazo destrozó su alma y él perdió la poca conciencia que le quedaba.

Hermione lo vio retorcerse, incapaz de hablar, incapaz de abrir los ojos. La desesperación y la pena hicieron mella de su cuerpo y soltó más sollozos incontenibles. Debía avisarle a Theodore, tenía que curarlo.

Con un encantamiento lo alzó y lo llevó con delicadeza hasta el sillón más grande de la sala. El pulso le temblaba, al igual que la barbilla. No quería pensar que jamás volvería a verlo sano, no se lo permitía. Lo besó en los labios y le susurró una acongojado "Ya vuelvo".

Le dedicó una última mirada y salió corriendo rumbo al castillo. Como alguna vez lo había hecho, se lastimó con las plantas y ramas que formaban el Bosque Prohibido. Se tropezó hasta el cansancio y cuando divisó, entre la maleza, la puerta del castillo, casi lloró de felicidad. La noche había caído y la luna se había escondido entre las nubes. A Hermione le resultó imposible dejar de tropezar y lastimarse. La oscuridad era tal que no veía nada y las lágrimas opacando sus ojos, no ayudaban.

Finalmente se enredó con la raíz de un árbol en los lindes del bosque, se cayó y se puso de pie nuevamente. Corrió sintiendo una punzada de dolor en los pulmones y no paró hasta llegar al Gran Comedor. Una vez allí, se le presentó un dilema: ¿Cómo haría para encontrar a Paul? Mierda, no se esperaba que algo así pasara.

A su espalda, una lechuza ululó y voló hasta posarse en su hombro. En la pata llevaba atado un papel. Hermione le quitó el pergamino y lo leyó rápidamente.

"Por cualquier cosa, envía a Padme por mí.

Paul."

Hermione no se lo pensó dos veces. Con la varita escribió un mensaje corto y conciso.

"Necesito ayuda. Urgente."

La lechuza tomó el mensaje con el pico y salió volando.

Hermione Granger no esperó a ver desaparecer el ave. Con la misma desesperación con la que había llegado, se marchó.

Atravesó el bosque como una flecha, no sin caerse y terminar de cortarse las rodillas. Con las manos, manchadas de su propia sangre, abrió la puerta de la cabaña y se abalanzó hacia un lado de Draco.

Le tocó la frente y apartó la mano de golpe. Ardía en fiebre y sudaba frío.

Le pasara lo que le pasara, no era nada bueno. Su piel, de un tono verdoso, estaba cubierta por una sustancia abrasadora y pegajosa. Su respiración, casi imperceptible al oído, era rancia y acida. Tal como el hedor de los dementores. Su presencia ardiente le arrancaba las últimas esperanzas de volverlo a ver con vida. Como garrotazos, la muerte se iba haciendo de él. La muerte iba tomando su alma.

No había que ser una estudiosa para darse cuenta, que fuese lo que fuese, aquello era obra de un dementor.

Con la mano temblando, Hermione removió la rasgada túnica de Draco Malfoy, y lo que vio, terminó de espantarla. Un frío asesino recorrió su espina dorsal y su cuerpo se convulsionó en una arcada devastadora.

La sangre del rubio corría azulina sobre su desgarrado abdomen. Como si un tentáculo hubiera abierto un surco en su cuerpo, ella vio los órganos del mortífago, todos lastimados, putrefactos.

La puerta se abrió de un golpe y entraron por ella Paul Lawson y Severus Snape.

- ¡Apártate, Granger! – gruñó con fiereza quien alguna vez había sido su profesor.

De alguna manera, aquella presencia la puso furiosa. ¿Qué hacía él allí? Él, junto a su señor, eran dos asesinos. No merecían vivir. Por su culpa, Albus Dumbledore ya no vivía, más que en los corazones de quienes lo amaban.

Si bien Hermione se había visto obligada a "perdonar" a Draco Malfoy por lo que había hecho, eso no significaba que con Severus Snape ocurriese lo mismo. Principalmente, porque ella ya había perdido la cabeza por quien estaba al borde de la muerte. Y a fin de cuentas, daba igual. Severus Snape, siempre sería un asqueroso discriminador, asesino y desleal.

Sin pensárselo dos veces, desenvainó su varita mágica y la clavó en la espalda de su ex profesor. Le haría saldar todas sus cuentas ante la ley. Le daría paz a Albus Dumbledore. Le quitaría un peso demoledor de los hombros a Harry Potter, a quien ella le debía lealtad.

Y además, porque todo era una mierda y porque Draco Malfoy no estaría muriendo si no fuese por aquel sujeto grasoso, maloliente y asesino, que lo había ubicado en ese palco de "mago buscado" por la comunidad mágica; como si Draco Malfoy hubiese siquiera pensado en realmente acabar con la vida de su difunto director.

- Hermione, no…

Paul la rodeó por los brazos y la alejó de Snape

- Suéltame Paul, tu no entiendes – masticó entre dientes - ¿Cómo puedes traerlo para que ayude a Draco cuando no es una persona digna de confianza? ¿Qué te hace creer que intentará salvarlo? ¡Dímelo, con un demonio! – chilló e intentó soltarse.

Paul Lawson, sin embargo, aumentó la presión de su abrazo.

- Tranquilízate, Hermione, las cosas no son como tu crees.

Peleando contra la histeria, la alumno modelo de la casa Gryffindor perdió lo estribos, y como poseída por un demonio, comenzó a llorar y retorcerse. Podía oír a Severus Snape murmurar decenas de palabras, sin entender su significado, pero muy segura de sus propósitos.

Lo quería matar. Terminaría con el proceso y luego diría que "lo había intentado". Pero ella no podía permitirlo. Amaba a Draco Malfoy, no podía siquiera plantearse la idea de perderlo. Lo prefería vivo, rechazándola por no ser lo suficientemente pura para él; a tenerlo por siempre en el recuerdo. Simplemente una presencia que a ciencia cierta, nunca sería suya.

- ¡Suéltame, Paul!, ¡¡No puedes dejarlo morir!! No puedes dejar que lo asesine, ¿¡Es que no lo quieres!?, ¡¡Es tu primo, maldita sea!!

Logró liberar una de sus manos y comenzó a golpear el pecho de Paul, aunque su fin era el rostro. El muchacho arqueó el cuerpo y volvió a atrapar el brazo de Hermione.

- Calla a la estúpida, Paul, no puedo concentrarme – rezongó Snape. Y Hermione Granger tuvo ganas de arrancarle hasta el último cabello de su cabeza. Mal nacido del demonio. Seguramente había sido producto de una relación odiosa. Maldito sea él y maldito sea Draco Malfoy, por exponerse de aquella manera, por enamorarla como lo hacía, aún yaciendo en las sombras.

- ¡Ja,ja,ja! – rió enfermiza – Te molesta que hable porque tengo razón ¿No es cierto Snape? Asesino ¡Maldito asesino! – lo acusó. Paul intentaba llevársela al cuarto de Draco, pero ella peleaba con uñas y dientes para permanecer en la sala. Si él no haría nada para detener al mortífago que estaba asesinando a Draco, entonces ella tendría que hacerlo y por lo visto, su voz fastidiaba a Snape. Perfecto - ¿Qué más da otro cuerpo a la lista, no Severus? Ya contamos con James y Lily Potter, Albus Dumbledore y ahora con Draco ¿No es así, Snape? ¡Y cuántos más habrán que no conocemos!

Su ex profesor se puso de pié y la dio una bofetada de lleno en el rostro.

- La muerte de Lily no fue mi culpa, imbécil.

Paul lo empujó suavemente con un brazo.

- No, Severus. No está en sus cabales. Y tú, Hermione, ya cállate.

Hermione se retorció y el muchacho aprovechó el momento para quitarla de un tirón de la sala.

- ¡¡Nooo!!, ¡Maldita sea! – lloró – No puedo perderlo Paul, tu no lo entiendes, simplemente no puedo…

Con manos de garras, se aferró al pecho del primo de Draco y lloró con el alma. Todo estaba mal.

- Shh, Hermione, todo va a estar bien – le aseguró – suponíamos que algo así había pasado, solo debíamos encontrarlo. Por suerte Severus estaba al tanto de la situación, listo para ayudar.

- ¿De qué hablas, Paul? Snape es un asesino.

El muchacho la hizo pasar al cuarto del rubio y la ayudó a recostarse en la cama.

- No, Hermione. ¿Nunca pensaste que, tal vez, con Snape pasa lo mismo que con Draco?

Ella negó con la cabeza, y pensar en Draco, le valió una puñalada en el corazón.

- Harry lo vio lanzar la maldición. Acabar con la vida de Dumbledore.

Paul sonrió.

- Cierto. Pero jamás se detuvieron a pensar en que a veces es necesario sacrificar a la reina para conseguir el cuello del rey. Todo esto no es más que una puesta en escena, un movimiento más en la búsqueda de un mundo mejor.

Obstinada, Hermione rehusó la mirada azulina de Paul.

- No lo creo.

- Si no confías en mi, entonces, confía en Draco. Él ha tenido el privilegio de ver más allá de las palabras, de navegar por los recuerdos. No subestimes a Dumbledore tampoco, un gran hombre, sin duda alguna.

- Lo está ayudando ¿no es así?

- ¿Tu crees que yo estaría aquí contigo, si no creyera que realmente lo está haciendo?

Los muchachos permanecieron en silencio. Hermione sentía como si su cerebro se agrandara y achicara, una y otra, y otra vez. Sin descanso. Sin misericordia. Creía que, de un momento a otro, terminaría por estallarle la cabeza, volando en mil pedazos su dolor y su cordura.

Desde la sala donde yacía Draco, llegó el rumor de una puerta al cerrarse, y no tardó mucho en oírse la voz de Theodore… por primera vez, alterada, asustada.

- ¿Cómo está, Severus? ¿Realmente es tan idiota como para…? – murmuró.

- Si. – fue la única respuesta del mortífago.

Nott suspiró con fuerza.

- ¿Pero ahora está bien, no?

- Si decir que al menos no se va a convertir en medio dementor es algo bueno, entonces si, está bien. – dijo Severus – No entiendo en que cabeza cabe ir a asesinar aquellas bestias cuando no se está al ciento por ciento de sus habilidades.

Theodore soltó una risa amarga y corrió una silla.

- Ya te lo dije. Paul cree que se embriagó por cabeza dura que es. Si hubiese guardado algunos comentarios innecesarios para él mismo, nada de esto habría pasado. Como si ella lo mereciera, tampoco.

- ¿Así que lo que se comenta de Granger es cierto, no? Se puso hecha una fiera cuando me vio tocarle un pelo a Draco.

Hermione no supo cual fue la respuesta del Slytherin, por lo que imagino que el muchacho habría asentido o negado con la cabeza.

- Esto no es bueno… - comentó Snape al cabo de unos minutos.

- Ni lo digas – aseguró Nott – Por el momento no me atreví a sugerirle que quizás…

Se escuchó como si alguien golpeara algo con el puño.

- Lo sabía. Maldita sea. – se enfureció Snape.

- Lo sé. Lo sé

- Como si no fuese suficiente con mantener despejada la espalda de Potter.

- De todos modos, no deberíamos apresurarnos. Quizás solo es algo pasajero… - comentó Theodore y Hermione tuvo la sensación de que ni él mismo se lo creía.

Más allá de no entender de qué hablaban los otros dos, en la sala de entrada, Hermione Granger supo que aquello concernía tanto a ella, como a Draco.

En la habitación delantera, la silla volvió descorrerse.

- ¿Estás solo, Snape? – preguntó serenamente Theodore.

- No. Paul y Granger están en el cuarto de Draco. – contestó.

El silencio reinó nuevamente. Era incomodo sentir la mirada de Paul en su rostro. Era casi tan potente como la de Draco, pero más fácil de evadir.

Con el paso de los minutos, el tiempo comenzó a hacer mella en Hermione, quien ya no sabía ni como se llamaba.

Para ella, esperar, era como flotar al deseo de un "ya pasó todo", en medio de una desierto congelado. Era como pertenecer a un mundo paralelo en un cuerpo ajeno. Sentía como si hubieran pasado días desde que encontró a Draco ensangrentado. Ya no sabía bien como había parado a estar donde estaba, ni con quien estaba. Simplemente existía por el hecho de hacerlo. De la misma manera esperaba, por la razón de encontrar un "para qué" en su vida.

En algún momento, le había preguntado la hora a Paul, quien se había acostado a lo largo de un sillón.

- Ya son las dos de la madrugada. Deberías dormir – le había dicho.

- Lo mismo digo – había susurrado Hermione.

Cerca de lo que ella creyó las tres de la madrugada, se escuchó la voz de Snape susurrar:

- Ya está fuera de peligro.

Theodore suspiró con fuerza y rió por lo bajo.

- Ya me va a escuchar cuando despierte – comentó.

- Espero que si, este tipo de comportamiento no puede repetirse. Si el Señor de las Tinieblas se hubiese enterado…

Y silencio nuevamente.

- Pero no lo hizo – comentó dulcemente Theodore.

Los pasos de Snape comenzaron a oírse cada vez más lejos.

- No. Y hablando de él, será mejor que me vaya…

- Está bien, me quedaré por cualquier cosa.

La puerta de la entrada fue abierta con un suave correr.

- Manténganme al tanto y mándenle mis opiniones al respecto de semejante estupidez.

Theodore no contestó, y si lo hizo, Hermione no se enteró.

En cuanto la cabaña se sumió en silencio, ella se puso de pie con rapidez y se escapó del cuarto de Draco. Con celeridad corrió hasta el sillón de la habitación principal y se arrodilló junto al cuerpo del rubio.

Se lo veía más pálido de lo normal, pero con algo más de vida que la última vez que lo había visto. Estaba arropado con pesadas mantas hasta la altura del cuello y ya no sudaba. Por el contrario, cada tanto se sacudía en breves y suaves temblores. Su presencia aún olía ácida y rancia, aunque no llegaba al punto de ser casi insoportable. Más bien, era molesto.

Preguntándose qué vería, Hermione descubrió el cuerpo de Draco hasta la cintura. Ya no sangraba, ya no había herida alguna, aunque si grandes cicatrices y sangre seca.

Buscó a su alrededor y vio una palangana llena de una poción limpiadora.

- ¿Puedo…? – le preguntó a Nott, quien la observaba entre enternecido y resignado.

Theodore se encogió de hombros y se puso de pie.

- Si quieres puedo hacerlo yo, no es necesario que…

- No – lo interrumpió – yo quiero hacerlo.

El muchacho sonrió de lado, y con un gesto de la mano, le indicó que lo hiciera.

- Si no te molesta, Hermione, voy a descansar al menos unas horas.

Ella le sonrió y embebió un paño en poción.

- Cualquier cosa que ocurra – aclaró Nott – házmelo saber, por favor.

- No te preocupes.

Theodore tuvo ganas de responderle un "demasiado tarde". Pero reservó el comentario. Deseaba que Draco despertara y cuando antes, mejor.

Con mucho cuidado, Hermione rozó la piel de Draco con el paño mojado, una y otra, y otra vez. A lo largo y a lo ancho de su abdomen. Sobre su cuello. Debajo de los ojos y por la nariz. En su nuca y frente. Por sus mejillas sonrosadas y sus labios resecos.

Renovó la poción del cuenco y lavó con cuidado el paño. Esta vez, lo pasó por sus pálidos brazos. Acarició sus manos masculinas. Dibujo trazos en su pecho y acarició su cuello nuevamente.

Podría haberse pasado horas limpiándolo y no se habría aburrido. La capa de sudor pegajoso y ácido había desaparecido por completo. Ya no olía mal, en lo absoluto, y su piel hasta parecía haber retomado un poco su tono. Sin embargo, Draco había comenzado a temblar con mayor frecuencia, por lo que Hermione lo había cobijado nuevamente. Con el fin de darle más calor, apoyó su cabeza en el hueco entre el brazo de Draco y el lateral de su cuerpo.

Y sin darse cuenta, se quedó dormida.

OoO

- ¿No podrías acostarla en algún sillón?

- ¿Hace mucho duerme?

- No lo se. Me desperté hace una hora y no tengo ni fuerza como para levantar una varita – comentó una voz fastidiada.

- Bastante bien, en mi opinión, para hablar de que casi te convertís en mitad dementor.

- Si bueno, pero es algo antinatural la pose en la que está, no quiero que después ande por ahí diciendo que le duele el cuello.

Una risa hipócrita escapó de los labios de Theodore Nott.

- Sabes que eso no va a pasar. Pero si esa es tu manera de decirme que no querés que le pase nada. Está bien, la ayudo.

El Slytherin alzó su varita y recostó a Hermione en el sillón frente a Draco.

- ¿Mejor? – preguntó Nott.

- No abuses. En cuanto sea capaz de hacer magia de nuevo, me las vas a pagar.

Theodore se puso serio y se sentó en uno de los bancos individuales que continuaban al del rubio. Adoptó esa pose de solemnidad y profundidad que tomaba cuando hablaba de asesinatos, Voldemort, más muertes y futuras misiones. Cuando hablaba de cosas realmente importantes.

- Jamás pensé que harías algo tan estúpido como lo que hiciste.

- No me jodas, Nott. – cortó Draco. Ahora él también había adoptado su frialdad y seriedad, digna del Rey de las Serpientes. De la mano de Voldemort.

- Esto ha ido demasiado lejos, al menos para que yo lo deje pasar. Sabes que te respeto, pero esto ya fue mucho.

- No se de qué me hablas Theodore. Fui a atacar dementores y uno me tomó por sorpresa, estando de espalda. Me pegó con uno de sus tentáculos y heme aquí. No fue nada más – mintió Draco. Él sabía por donde iba a terminar la conversación y quería evitarlo a toda costa.

- No me mientas.

- Bastante patético es decirte que un solo dementor me hizo esto. Estaba escondido, no lo vi. No hay razón alguna para mentirte – excepto, claro, el admitir lo que me pasa con Granger.

Theodore Nott torció el gesto y miró a Hermione, quien dormía como si estuviese sedada.

- Estabas borracho, Draco. Habías discutido con Hermione. Paul me contó todo. No es necesario ser muy inteligente como para entender el instinto más simple y natural del hombre. Te pusiste celoso. Bebiste como un imbécil y saliste a cazar dementores. Casi te mueres, no se si te enteraste.

- Con este comentario me demostrás que estaba equivocado al creer que eras inteligente. ¿En qué cabeza puede caber que yo, Draco Malfoy, esté celoso de…? – intentó escapar.

- Ni te gastes, Draco. Conmigo los jueguitos de la sangre sucia no sirven. Te veo como la mirás, como la cuidás. Como te ponés cuando Weasley la toca…

- ¡Ya basta!

Sí, la miraba diferente.

Sí, la cuidaba.

Sí, se había puesto celoso de Paul.

Y, si, la quería. Pero no debía ser.

- ¿Ves? – triunfó Theodore y Draco no pudo hacer nada más que resignarse.

Clavó su mirada grisácea en Hermione y de ella a Nott. Mantuvo la vista fija, sabiéndose perdedor y respiró con fuerza. De pronto, todo lo que venía evitando y ocultando, le cayó como una montaña, sobre su cuerpo.

- ¿Qué mierda ganas con todo esto, Theo?, ¿Te hace más feliz?, ¿Te facilita más las cosas? Porque a mi no. A mi me manda todo a la mismísima mierda. Porque estoy hasta el cuello. Si en algún momento pierdo la calma con Voldemort, o siquiera me desconcentro, corro riesgos de perder contra su legeremancia. Y si eso ocurre…

Theodore negó con la cabeza y sonrió con amargura.

- ¿Nunca te detuviste a pensar en que, tal vez, tu y ella…?

La cara de Draco bien se podría haber caído al suelo. Jamás, en toda su puta existencia, se había detenido a mirar un poco lo que tenía enfrente. Se la había pasado buscando respuestas por todo el mundo. Recorriendo continentes, razas, creencias. Meses enteros conviviendo juntos y nunca se le había cruzado por la mente, que, quizás, después de todo, la respuesta la tenía inclusive dentro suyo.

Pero no. Él se tendría que haber dado cuanta ¿No? Si las cosas eran como las planteaba Nott, él se tendría que haber dado cuenta. No. Era imposible. Al menos por parte de ella. Porque Hermione quería a Paul Black, no a Draco Malfoy.

- No – musitó.

Theodore Nott se llevó los dedos a la cien y se masajeó suavemente.

- Son demasiadas coincidencias como para ignorarlo, Draco. Los dos se odiaban. Uno puro y el otro no. ¿Qué más hace falta?

- Theodore, es imposible.– zanjó Draco.

Pero su amigo no se iba a dar por vencido.

- "El único con poder para acabar con la segunda guerra mundial mágica se acerca... Del amor entre opuestos nacerá el fin del señor de las tinieblas junto con el terror... Sin embargo el mal actuará en el amor y lo convertirá en locura... El primogénito nacido de madre impura creará bajo las sombras del terror un ejército nunca antes visto y revolucionará las masas... Al comenzar el próximo año el producto de lo puro e impuro nacerá..." – recitó Nott. La profecía, completa. – Si iba dirigida a ustedes…

- ¡No lo está, Nott! "el mal actuará en el amor y lo convertirá en locura". Esta conversación en innecesaria. – dijo Draco. Y su mirada, bien podría haber derribado el castillo entero. Con las manos en puños y sus facciones delicadas irradiando fuego, cualquier persona habría salido de la cabaña, corriendo y chillando.

Sin embargo, Theodore golpeó el apoya-brazo con una mano y soltó una maldición. Después de todo, él también estaba furioso.

- ¡Snape también lo piensa! No soy el único Draco – expresó – Algún día, las cosas se van a aclarar y va a ser demasiado tarde para todos ¡No te ciegues!

Hermione, aún dormida, se estiró en el sillón y con una mano palmeo hacia un costado. Volvió a palmear y como si buscara algo, comenzó a moverla de un lado para el otro, sobre la superficie del almohadón.

Medio alterada, abrió los ojos y se sentó. Con el rostro aún hinchado por el sueño, buscó con la mirada en la habitación. Cuando su vista distinguió la cara de Draco y lo encontró, para lo que ella era, "adolorido", pegó un salto y en menos de lo que se tarda en abrir y cerrar los ojos, ya estaba con la palma de su mano sobre la frente del muchacho, tomando su temperatura.

- ¿Qué te duele? – preguntó alarmada.

Draco alzó la vista hacia Hermione y enfrentó sus ojos con los de ella. Aún podía sentir el calor de su palma en la frente y recordó cuando, entre las tinieblas, la había sentido y todo el dolor había pasado.

- Ahora, nada.

Si alguien, a demás de Theodore, hubiera observado cómo sus facciones se habían suavizado al ver a Hermione, habría descubierto lo tan profundo que estaba enterrado en sus propios sentimientos. Y lo muy condenados que estaban, los dos.

La alumna estrella de Gryffindor, retiró la mano con rapidez y se alejó de Draco.

- ¿Qué fue lo que te pasó? – preguntó, al cabo de unos minutos.

El recuerdo le revivió todos los dolores y el rostro del mortífago se contrajo.

- Dementores. – fue lo único que dijo y realmente esperó que con eso fuese suficiente.

Parecía que el venenoso silencio-incomodo estaba dispuesto a hacerse notar. Una y otra, y otra vez. Y es que cuando una persona se ve afectada por él, pierde un gran porcentaje de lo que a los filósofos les gusta llamar "espontaneidad" y "genuinidad". Como toda madre y hermana mayor debe siempre proclamar: "Para enamorar hay que ser uno mismo. La vergüenza es un bien colectivo, mientras que la personalidad se da en casos muy aislados". Sin embargo, nadie dijo nada. Draco se concentró en una cicatriz puntual de su brazo, como si hubiera descubierto Europa. Theodore, le prestó una atención repugnante a la misma. Y Hermione, se limitó a alisar su ropa y acomodar su desinteresado cabello.

Luego de unos lagos minutos, Nott movió con fuerza la cabeza de un lado hacia otro, como si negara algo invisible, y exclamó con enfado:

- Realmente, amigo, cúbrete de una vez antes de hacerme vomitar

Draco sonrió con amargura y acomodó la manga de su remera, de manera que la putrefacta marca del tentáculo dejara de estar a la vista.

- Gajes del oficio, tu sabes.

- No. Gajes de la estupidez, diría yo – comentó Hermione.

Malfoy clavó su mirada en ella y con un mohín de burla, acotó:

- Me pregunto, Granger, ¿Quién te pidió opinión?

Hermione sonrió complacida.

- Solo me estoy compadeciendo de tu cerebro semi-dementor, semi-indigente.

Draco tomó aire y se preparó para devolverle el golpe, cuando la puerta de la cabaña se abrió de par en par, dándole paso a Pansy Parkinson.

- ¡Por Melín, Draco! Vine en cuanto me pude escapar – comentó sorprendida. Con genuina elegancia, caminó hasta llegar al pie del sillón y suavemente se dejó caer sobre el alfombrado - ¿Cómo esto pudo ocurrir?

Acarició con su femenina blanca mano, la mejilla del convaleciente y creó una conexión visual-íntima con él. Y aquello, para Hermione, fue suficiente.

Incómoda se removió en el sillón y vagó con su mirada por el piso. Se cagaba en cada uno de ellos, pero sobre todo, en ella misma y en sus patéticos e irremplazables sentimientos.

Maldita mierda.

Sin decir nada, sabiendo que era incapaz de no insultar o soltar chillidos incoherentes y dolidos, se puso de pie y se dirigió con celeridad hacia la puerta abierta. Con un movimiento duro de mano, ya estando de espalda a todos, se despidió.

Y mejor así, pensó con ironía Theodore, a ver si en algún momento alguno se dignaba a reaccionar.

6.

Aquella noche del martes 19 de diciembre, un grupo de ocho personas se reunieron en la sala multipropósito. Harry Potter, quien estaba en total desacuerdo, miró a sus dos mejores amigos y negó con la cabeza.

- Esto es una locura, Hermione – masculló por lo bajo.

La aludida suspiró y se alejó del niño que vivió, para unirse a los restantes cinco muchachos que miraban un mapa animado.

- La idea es rastrear toda la zona. Comenzar de los diferentes puntos cardinales, hasta el mismo corazón del bosque – comentó Fred.

- Si, para luego encontrar la copa y tomar un poco de agua, vamos a estar muertos de sed – ironizó George.

Neville rió por lo bajo.

- Sigo sin entender cuál es la importancia de esa copa.

Hermione enrolló el mapa y desenvainó la varita.

- Simplemente limítense a buscarla. ¿Todos tienen la réplica?

Los muchachos asintieron con la cabeza.

- Vamos, entonces.

El grupo bajó hasta las puertas de robles que daban a los terrenos del castillo y, uno a uno, fueron perdiéndose en la noche. Para su fortuna, el cielo estaba despejado y esparcía por todo los alrededores una luz blanca mortecina.

- Recuerden: – murmuró Hermione – la moneda cuando encuentren la copa. Chispas del color que les salga si tienen problemas.

Los cinco muchachos se adentraron al bosque prohibido, mientras que el trío de oro permaneció en silencio, viéndolos perderse entre la maleza.

- ¿Estás seguro que era este mismo bosque el de tu sueño? – preguntó Ron.

Harry asintió con cansancio.

- Lo conozco bastante bien como para saber que era este mismo. Por eso me aterroriza saber que Voldemort puede entrar.

- ¿Estas segura Hermione de querer tomar la parte norte?

- Si, Ron, no te preocupes – "hay una cabaña por ahí"

Sin más que acotar. El trío se separó.

Tres horas y media después, las monedas de todos los chicos comenzaron a arder, mientras que su información cambiaba y daba puntos cardinales exactos. Hermione había encontrado la copa.

7.

Miércoles 20 de Diciembre.

El diario de Tom Riddle.

El anillo de Marvolo Gaunt.

El relicario de Salazar Slytherin.

La copa de Helga Hufflepuff.

Cuatro horcruxes encontrados. Dos destruidos. Tres por encontrar.

OoO

"Jueves 21 de Diciembre:

Hermione se levantó por la mañana. Como todos los días – salvando las excepciones – esperó a sus dos amigos, mientras leía un libro. Media hora después, cuando ellos se dignaron a bajar, finalmente fue a desayunar. Comió lo necesario para mantenerse despierta hasta el almuerzo. Concurrió a todas sus clases. Almorzó y Cenó. Estaba decidida a irse a dormir sin más. Durante el día, alguna que otra vez, Ron había marcado los puntos en los que se basaba para afirmar que, al menos por aquella vez, ella bien podía ser reemplazada por un zombie cascarrabias. Durante todo el día, Hermione había estado reprimiéndose a si misma, había intentado con todas sus fuerzas no comparecer ante Draco Malfoy. Pero le resultó imposible. Lo necesitaba. Quería, al menos, asegurarse de que él seguía bien.

Como todas las noches en las que se escapaba, fingió estar muy cansada. Tomó todas sus cosas y se retiró a dormir. Sin embargo, cuando estuvo lista, se escapó por la misma puerta por la que había entrado…"

Decir que se estaba muriendo de frío, era poco. Directamente se estaba revolcando en el mismísimo origen del congelamiento glaciar. Era como si aquella desesperante sensación se apoderara de sus huesos, con el fin de tomarle todo el pecho. En algún momento, había pensado en correr, pero recordó que sin la necesidad de la nieve, solía tropezarse con lo que fuese que se le cruzase en el bosque.

Y tampoco sabía si quería llegar en algún momento a la cabaña. Sería como una manera de decir: "Si acá estoy, en el medio de la noche, muriéndome de ganas de verte, desgraciado". Caminó frotándose los brazos y sintiendo la nariz y los labios congelados. Ya podía ver la fortaleza de ramas y flores congeladas que cubrían la cabaña, y como respuesta a aquella imagen, su corazón se aceleró, y el paso de sangre hirviendo por sus venas se engrosó.

Ya pronto estaría al suave resguardo de la cabaña y todo sería menos azul y más rojo.

Al llegar a la puerta golpeó sin mucha fuerza, sintiendo sus nudillos crujir dolorosamente. Se escuchó como un hechizo destrababa la puerta, y ésta se abría de par en par.

- Granger, ¡que raro! – soltó Pansy desde el sillón – ya me preguntaba yo donde andabas… - la reina de las serpientes miró a un costado donde, probablemente estaba Draco, suspiró y se puso de pie – Mejor me voy. Mañana vuelvo a verte, aunque no creo que vaya encontrarte ¿no?

Hermione entró en la estancia sin ser invitada y en realidad, ya tenía ganas de irse. Otra vez.

- Primero paso al cuarto a buscar mis cosas – comentó Pansy, de mala gana.

El muchacho apareció finalmente. Parado sobre sus dos piernas, más fuerte que un roble.

- No es necesario que te quedes parada ahí, Granger, puedes pasar – dijo y sonrió burlón.

Y ella no supo bien si fue su perfume, que la golpeó de lleno en el pecho, o sus ojos, brillantes y vivos. Pero se asustó. Como un ratón lo hace al verse rodeado por un gato, quien lo mira como si le avisara que está a segundos de comerlo. No, sin duda alguna, no había sido nada de eso, sino su voz, extrañamente divertida y nerviosa. Eso era.

- Es que… Pansy Parkinson, no se, creo que mejor me voy ¿no?

- No, Granger, ya arruinaste el momento de todos modos – dijo la morocha, apareciendo en la sala con su abrigo a los hombros y una cartera – no me extrañes, Draco.

Le guiñó un ojo y pasó sin siquiera mirarla, culminando el momento con un portazo.

- No le hagas caso, está de mal humor – dijo él - ¿Ya comiste? – preguntó casual.

- Si ya comí. La verdad, no se que hago acá. Me voy – soltó dolida y enojada.

¡Mierda, carajo! Seguro que estaban a punto de revolcarse juntos y ella había aparecido. Pansy había sido muy clara con sus palabras. Serpiente puta. Y ella como una estúpida pretendiendo que Draco solo era un chico común y corriente, cuando lógicamente no lo era. Creyéndose que podía llegar a quererla, cuando eso era imposible.

Si, todo se había vuelto rojo y Hermione se quería ir a la mierda. No solo eso. Quería salir y arrancarse el corazón y el alma, porque estaban a punto de matarla, de ahogarla en un mar viscoso de angustia.

Auto compadeciéndose de ella misma, no se percató de la pronta cercanía de Draco Malfoy, quién estaba a escasos centímetros de su cuerpo.

- No. No te vas – murmuró.

Y los nervios hicieron mella en ella.

- ¿Ah, no? ¿Y eso por qué? – preguntó con un vergonzoso hilo de voz.

El muchacho sonrió complacido y se acercó un poco más, logrando que su aliento chocase de lleno en su femenino rostro.

- Porque a algo viniste.

Nuevamente, cual ratón escurridizo, ella retrocedió hasta chocar la espalda contra la maldita, típica, pared que corta el paso. Su corazón se aceleró hiperactívamente y sus manos comenzaron a sudar. Comúnmente - en las películas muggles que la señora Granger miraba – cuando el galán ricachón finalmente acorralaba a su enamorada sirvienta, le plantaba un beso del que jamás se olvidaría, y con el que pasaría las siguiente cincuenta noches soñando. Sin embargo, en su masoquista/sádica película mágica/muggle, el galán – alias "Draco Malfoy" – permanecía mirándola con ojos divertidos, como si se preguntara "qué pasaría si…".

Con un movimiento de la garganta, él se aclaró la voz, y con ese dejo de petulancia vs. nerviosismo, suyo, preguntó:

- ¿Vas a contestar mi pregunta?

- No me preguntaste nada, solo afirmaste, erróneamente, algo – soltó Hermione. "Que pedazo de idiotez" reflexionó.

Draco ensanchó su sonrisa, conforme el rostro de su invitada reflejaba puro e inocente terror.

- ¿A qué viniste? – y sus manos se colocaron a ambos lados de su cuerpo, cortando cualquier salida. Otra vez, típico comportamiento.

- No lo se. Estoy cansada, ya me quiero ir. Dejame irme, por favor – pidió Hermione, no quería estar más en esa cabaña, solo quería correr, huir. Y de paso, arrancarse el corazón, y el alma, porque estaban a punto de…

- Dime, Granger ¿Por qué te comportas así? – preguntó alzando una ceja.

- No me pasa nada Malfoy, sólo quiero irme, seguro tenes otras Slytherins que vendrán a verte y no quiero interrumpir – dijo Hermione sin siquiera poder medir sus palabras – Además yo tengo una vida, no estoy a tus servicios.

- ¿Celosa? – Preguntó Draco, tragándose los nervios y aparentando confianza masculina.

Hermione hizo un gesto con el rostro que él no pudo identificar. Tenía que medir todo. Estaba hasta las bolas. Si llegaba a demostrar por completo su interés por ella, tenía que estar seguro. A demás, era primordial para la investigación. Tenía que sacarse la duda. Las palabras de Theodore aún viajaban, flotando, por su memoria. Debía averiguar que tan para la mierda estaba su situación…

- Por favor Malfoy, no digas idioteces – argumentó ácidamente Hermione, lo que a él le pareció un burdo intento de parecer ruda, segura.

- Mentir no es lo tuyo... definitivamente no lo es – y si ella respondía "Ya soltame y no jodas" entonces no iban a morir; pero él se iba a querer clavar cuarenta varitas mágicas en el corazón, que para el caso, era lo mismo. Porque Hermione Granger era una enviada del diablo, con la misión de condenarlo tanto en vida como en muerte.

- Yo no miento Malfoy, no soy como vos – en sus palabras había más reproche por amarlo sabiendo que él no sentía lo mismo por ella, que algún intento de insultarlo.

Draco la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.

con

- Intenta, por lo menos una vez en tu vida, no insultarme. –…– Solo una vez.

- ¿P- por qué? – tartamudeó.

El corazón de Hermione pidió socorro en diferentes idiomas y finalmente cayó ahogado, cuando la voz del mortífago pegó en su boca.

- "Porque no me gusta"

Y… ¡Bingo!

Draco absorbió con la mirada la boca de Hermione y sin miramientos, la besó. Las ganas de arrancarle el aliento y desayunarse sus labios le venían desde la punta de los pies hasta la coronilla.

La puta más grande de todas las desgraciadas suertes: la amaba.

Su corazón se aceleró cuando ella, al igual que él, se rindió a las mierdas de sentimientos que los embargaban. Sus femeninas manos, de una manera nerviosa, como si estuviesen actuando en contra de algo superior, se le clavaron en el cuero cabelludo y lo abrazaron con fuerza. Y ya que estaban juntos, sería mejor aprovechar. Él no dudo en acariciar sus labios con la lengua, para luego meterla extasiado entre ellos. Rozó la punta de sus dientes y saboreó la calidez de su interior.

Y Hermione supo que aquello era mejor que el cielo, porque contenía lo prohibido del infierno. Lo podía sentir de lleno a lo largo de su cuerpo; abrazándola con fuerza; mordiéndole los labios; respirando con fuerza.

En aquel momento, no podía creer que realmente era invierno, porque las llamas que hacían combustión en su bajo vientre, tomaban cada vez más fuerza, al reemplazar la nafta por caricias y las chispas por lenguas diciéndose todo lo que el cerebro reservaba.

Draco se planteó en qué universo paralelo estaba ocurriendo aquello: él colando una de sus manos por debajo de la blusa, para tocar la piel de su espalda, mientras que la otra sostenía una de sus ardientes mejillas. Si bien todo lo había comenzado como un simple experimento de investigación, las cosas se le habían ido de la mano. No podía detenerse, quería todo. Quería hacerle el amor contra la pared. Arrancarle el aliento de mil maneras. Tocarla tan impuramente que hasta a él mismo le diera vergüenza. Quería colarse entre sus piernas y olvidarse de todo. Menos de ella. Alimentarse de su cuerpo y calmar aquella sensación de ardor en la punta de su entrepierna. Sin embargo, le resultaba imposible siquiera intentar detenerse. Como si Hermione supiera lo que él se disponía a hacer, ella arremetía con deliciosa vergüenza su cadera, rozando su miembro con su cavidad y soltando suspiros cada tanto. Y aquello le era condenadamente excitante. Cada roce equivalía a una descarga eléctrica que recorría todo su cuerpo para almacenarse en sus bolas y endurecer su pene. Y por Merlín, que alguien lo ayudara, porque pronto acabaría penetrándola contra la pared. La deseaba, con un demonio, y de qué manera…

A la mierda con todo. En algún punto, quizás cuando el la tocó con su mano ardiente por debajo de la blusa, su cordura se pegó un tiro y dejó de vivir, dejándola a la deriva, intentando nadar con una pierna y una mano con tres dedos. Algo imposible.

Draco rozó con suavidad sus labios y luego se los mordió con tal anhelo que la cabeza le dio vueltas. Bajo su vientre aquella electricidad danzante chocó contra si misma, asegurándole una próxima colisión sin precedentes. Su entrepierna, obrando por necesidad propia, comenzó a moverse, rozándose – al principio – con suavidad contra la de Draco. Había entrado, claramente, en trance, chupaba con fuerza los labios de un Malfoy movedizo y excitante. En algún momento, él había soltado su boca y con su mano había atrapado uno de sus senos, suspirando incoherencias en su oído. Para aquel entonces, Hermione ya había presenciado el suicidio de su cordura y había gemido como nunca antes. Pronto, la erección del muchacho se hizo evidente. Ella se fascinó al sentirlo bien duro contra su entrepierna y sin premeditarlo gimió:

- ¡Más!

Draco la miró con los ojos desorbitados por la súbita pasión y se mordió el labio para acallar los gritos del placer, cuando, mirándola fijamente, la tomó de la cintura, y la embistió con fuerza y pasión contra la pared. En esos momentos, la sensibilidad en la piel de Hermione se agudizó al tiempo que perdió un gran porcentaje de la visión. Su entrepierna se humedeció y ella solo lo quiso aún más metido entre sus piernas. Totalmente desinhibida por la excitación, lo tomó del trasero y lo apretó con fuerza contra si misma.

Y aquello, esta vez, para Draco, fue demasiado. Decidió dejar que la suerte y el destino hicieran de ellos lo que quisieran. Si después debía lidiar contra Voldemort, lo haría con gusto, a cambio de ella. Con un gemido nacido desde su gruesa erección, soltó la boca de Hermione, y bajó con suaves mordiscos, hasta llega a sus senos. Casi con furia, tiró de su blusa, hasta romperle el cuello y jugó con su lengua en aquel valle que dividía el seno izquierdo del derecho.

- ¡Oh, Merlín! – gimió Hermione. Sintiendo su entrepierna cada vez más mojada y a Draco mordiéndole los senos como lo hacía; bajó su mano hasta llegar al pantalón, lo desabrochó, rompiendo uno de los botones, y lo dejó caer. Con movimientos fluidos, él lo liberó de sus piernas y continuó mordiendo su pecho, sin imaginarse que venía a continuación.

La castaña metió la mano dentro de su ropa interior y tomó con ganas la dura, rígida y palpitante erección.

De aquella mano, para todo el cuerpo de Draco, se desparramaron miles de descargas eléctricas, chocando contra sí mismas. Sin poder controlarse, él clavó los dientes en la clavícula de Hermione y soltó un gemido desgarrador.

La mano subía y bajaba, una y otra vez. Y todo parecía resumirse a aquello y a su propia mano masajeando un seno.

- Mhn… - ronroneó Hermione. Movió la mano con mayor ímpetu y gimió: - Te necesito.

Draco volvió a ocupar su boca en succionar uno de sus pechos, mientras que con las manos se deshizo de la falda simplona que ella vestía. Con deliciosa agilidad, corrió la tela de su ropa interior y acarició su intimidad.

- Yo también – susurró excitado. Coló uno de sus dedos en su cavidad y la sintió retorcerse contra él, mientras que la mano que lo masturbaba, lo apretaba con mayor fuerza.

Todo era rojo. Todo quemaba. Todo ardía. Y aplicando ese concepto, Hermione tiró el cuello hacia atrás para poder respirar. Empezó a pelear con los pies hasta que la falda dejó de molestarla.

- La blusa también sobra – comentó con intención Draco y con ambas manos, comenzó a retirarla. Lamió el contorno de su ombligo en cuando quedó al descubierto. Besó su abdomen cuando la tela yacía arrugada en sus pechos. Y rozó sus labios cuando retiró la prenda por completo. Con su lengua, jugó sobre los labios entre abiertos de Hermione – vamos a mi cuarto.

El corazón de Hermione latió con fuerza y nerviosismo cuando el mortífago la acostó en su cama y se quitó la camisa blanca. Draco la observó unos segundos y acarició su labio inferior con dos dedos.

Luego, sonrió complacido y excitado.

- Lindas piernas, Granger.

Automáticamente, las mejillas de Hermione se volvieron rojas. Si, estaba semi desnuda. Si, en la cama de Draco Malfoy. Y si, él estaba recostado sobre ella.

- No quiero tener sexo, Granger. – susurró él en su oído. Deslizó una de sus manos por la espalda, desabrochando su corpiño, mientras la otra acariciaba su mejilla. – Quiero hacerte el amor.

Draco clavó sus ojos de mercurio en los de ella y no apartó la mirada. Porque, maldita sea, se había enamorado de quien menos se lo esperaba y necesitaba saber si estaba solo en aquella locura. Esperaba que ella frunciera el ceño y lo apartara de su cuerpo. Que cayera en la cuenta de lo que estaba por hacer y de lo que aquello significaría para él. Esperaba que se excusara con lo imposible que sería la vida para ellos, con lo diferentes que eran y se marchara.

Porque él no era perfecto para ella. Hermione Granger se merecía alguien que cargara con menos culpas y que fuese más dulce. Necesitaba de una persona que no fuera tan obstinado y cruel, como él. ¿Qué podría ofrecerle que otro hombre no? Debía reconocerlo, hasta Weasel podría amarla como se debía.

Pero claro, nadie, jamás, podría competir con el amor que Draco Malfoy sentía por Hermione Granger. Él no podría permitir, ni soportar, que algo malo le ocurriese.

Por eso cuando una mano femenina y suave se alzó hasta su rostro y lo acarició, su corazón se aceleró y una calma desconocida se apoderó de su cuerpo. Hermione lo besó y le entregó todo de ella. Draco la tomó de la nuca y saboreó sus labios dulces. Porque ya estaba rendido, la necesitaba.

Intentando ser lo más interesado y educado posible al quitarle el sostén, dibujó con sus dedos, suaves y largos, figuras invisibles en sus hombros, para luego deslizarlos a lo largo de sus brazos, llevando con ellos los breteles satinados. Sus labios besaron y acariciaron las manos de Hermione, y entre besos y besos, se deshizo de la prenda. La miró a los ojos y descubrió una llama de cariño y vergüenza que lograron que se sintiera aún más bendecido.

Nada podía ser mejor que aquello. Si al final, como Slytherin pensaba: "solo los tontos se enamoran" entonces estaba seguro que era el más idiota de todos. Pero como valía la pena serlo.

La castaña acercó su boca al cuello cetrino de Draco Malfoy y lo besó. Bajó con sus manos por su pecho y a cada tramo, volvía a besarlo. Él era, irónicamente, lo más sincero que alguna vez había sentido por alguien. Tenía la necesidad de besarle cada una de sus cicatrices, como si le prometiera que ella se encargaría de borrarlas por siempre de su mente. Sus dedos seguían el camino venoso de sus brazos, de ida y de vuelta, mientras su boca se encargaba de rozar la mayor cantidad de piel posible. El tiempo ni el mundo le parecían suficientes como para demostrar cuánto lo necesitaba. Cuánto necesitaba estar de aquella manera con él. Y no era muy diferente para Draco. Con sus ojos cerrados y una suave sonrisa en su boca, se dejaba querer. Parecía que, finalmente, algún dios, superior a él y a todos, le estaba regalando otra mirada sobre el mundo. No todo era una mierda. No mientras alguien podía quererte de aquella manera. No siempre el sexo significaba rendirse ante las necesidades más básicas y primitivas. El sexo, en aislados casos, podía, simplemente, ser la personificación de la entrega total de alguien, hacia otro.

Hermione recorrió, con sus labios húmedos, la distancia desde su clavícula derecha, hasta su muñeca. Con un susurro limpio y los ojos clavados en los suyos, profirió lo que tantas veces Draco deseó oír:

- Eres mucho más que una marca negra y ardiente.

Luego alzó una de sus manos y le acarició la mejilla. El mortífago cerró los ojos y envolvió aquellos dedos deslizantes entre los suyos.

- ¿Lo soy?.

Ella le sonrió y lo besó en los labios. Su corazón palpitaba profundamente y con fuerza, como si quisiera dejar una marca en su pecho, para recordar por siempre aquel día. Podía sentir en su oído la respiración acelerada de Draco, mientras sus manos grandes y fuertes, obraban con delineada delicadeza y una dominante excitación. Sus dedos blancos, bajaron por su abdomen, siendo acompañados por los labios de Draco. Besando a lo largo y en zigzag, su cuerpo. Lamió el contorno de su ombligo y tomó con sus dientes el elástico de su última prenda interior. Hermione le acarició la cabeza, anonadada. La vergüenza aún hacía presencia en sus mejillas en su desbocado corazón. Parecía mentira, que tantas cosas le pasaran por la cabeza; desde que lindo era el perfil de la frente, nariz y labios, de Draco Malfoy; hasta lo mal que tendría que sentirse por lo que estaba por hacer. Pero, que el mundo entero la perdonara, porque ella estaba totalmente segura. Desde el momento en que Anne y su hijo habían muerto, ella estaba segura de lo que sentía.

Entre sus piernas, Hermione sintió caer su prenda y con los ojos abiertos, ella descubrió como muchas emociones podían encontrarse ante ciertas situaciones. Frente a ella, el mortífago se deshizo de su bóxer, y Hermione pensó que parecía mentira que algo tan simple como un humano pudiera deslumbrarla como él lo estaba haciendo en aquel momento. Su cuerpo, esbelto y lleno de una hermosura más allá de las barreras de lo físico, le golpearon el alma, dándole la certeza de que jamás podría olvidar algo tan único.

Él se acomodó entre sus piernas y las acarició a lo largo, intentando relajarla. Hundió su rostro en la curva de su cuello y aspiró su aroma único. Estaba a punto de probar la manzana prohibida, y Draco deseaba poder permanecer en el paraíso que ella le prometía. Interiormente, pedía, no sufrir el mismo destino de Adán.

Suspiró sobre su rostro angelical, sintiendo que no podría aguantar mucho tiempo más, y la miró a los ojos. Hermione acomodó su cadera más cerca de la de él y por las dudas, escondió su cara en su pecho.

Como una punzada desgarradora, la erección de Draco le robó su virginidad, y aunque el dolor que estaba experimentando, jamás lo había sentido, se llenó de felicidad y en lo único que pudo pensar, fue en que quería más. Una de sus manos masculinas se acomodó en su mejilla, apartando su rostro del refugio de su pecho, y la observó preocupado. Si bien Hermione solo había respirado con exagerada profundidad, él se quería asegurar de que ella quería seguir. Pero cuando pudo verle el rostro, se sorprendió de encontrarla con una sonrisa en los labios y los ojos cerrados con fuerza.

- Esperaba que fuese peor – bromeó.

Entonces Draco hizo algo parecido a reír y se dio cuenta de que contenía el aliento con más ganas que ella. Con delicadeza separó su cadera de la de Hermione, y volvió a arremeter, intentando controlarse a si mismo y sus fieros impulsos. El calor y la satisfacción que estaba sintiendo, eran ya experiencias extracorporales. La podía sentir debajo de su cuerpo soltarse suavemente y hasta incluso gemir levemente.

Todo era rojo, nuevamente, y ella solo quería más. Descubrió, que si alzaba las piernas, aquello era aún mejor. Así que, sin pensarlo dos veces, las levantó y las reposó sobre la cadera de Draco, quien a medida que pasaban los segundos, se movía con mayor agilidad y excitación.

Ella era una flor, placidamente abierta, recibiendo el aguijón de una hermosa abeja. Lo sentía por todas partes, a lo largo y a lo ancho, de ida y de vuelta. Besando, succionando, acariciando y mordiendo. Sus ojos intentaban no apartarse de los de ella, mientras le daba más placer del que nunca hubiera imaginado recibir. Su miembro se movía rápidamente, adentro y afuera. Y Hermione intentaba reprimir gemidos de puro gozo.

Entonces, Draco abandonó la tarea de besar y succionar sus senos, para lamer demencialmente el punto justo de la clavícula. Hermione suspiró con fuerza y acarició bruscamente los omóplatos del mortífago. Su pierna ejercía fuerza sobre las de él, obligándolo a moverse con mayor fuerza.

En un momento, mientras los labios y la lengua de Draco obraban maravillas en su cuello, ella lo sintió separar por completo sus caderas. El ex Slytherin la penetró solo lo necesario para que la punta de su erección pudiera entrar en Hermione y comenzó a moverla con rapidez, de adentro y hacia fuera, en la entrada de su cavidad. Sin embargo, aquello tomó por desprevenida a Hermione, quien, sin poder controlarse, clavó las unas sin piedad en su espalda y gimió con todo el poder del pulmón. La sensación fue maravillosa. Miles de llamas se concentraron el en bajo vientre de Hermione y ella se sintió reventar de deseo y placer.

Debería estar prohibido tanta suavidad y tan preciado cariño, pensó, porque no creía ser capaz de soportar todo aquello.

Le gustaba, como le gustaba hacer el amor. La punta de la erección de Draco golpeaba con fiereza su cavidad y le enviaba miles de descargas eléctricas para todo el cuerpo. Los dedos de los pies le cosquilleaban suavemente y su bajo vientre gemía de hambre.

Y si ella gemía de hambre, Draco gemía sed. Sentía como los músculos de la intimidad de Hermione presionaban su miembro, mientras que una deliciosa capa de humedad le permitía el paso. No podía contenerse, ni tampoco quería. Hermione lo provocaba a cada momento, con sus gemidos, sus besos y su piel. Sus senos temblaban ante cada nueva embestida, y él solamente quería morderlos y lamerlos hasta reducirlos a mera piel.

Ella le gimió incoherencias en el oído, y lo volvió más loco de lo que ya estaba. La tomó con ambas manos de la cadera y la penetró con fuerza. Hermione arqueó la espalda y le arañó el pecho, enviándolo al mismísimo infierno.

De pronto, Draco sintió como su cuerpo se endurecía y su alma se elevaba en los aires, sintiendo en su entrepierna aquel eterno placer latente. Los gemidos de Hermione, cada vez más fuerte, le afectaba terriblemente y sentía que de un momento a otro estallaría dentro de ella. Resistirse al orgasmo era como intentar no amar a alguien que ya se quiere.

Y la cosa no se le hacía más fácil, si ella, en un arrebato de placer, le tomaba el rostro con ambas manos y le gemía que lo quería, que no podía evitar hacerlo.

No, lógicamente.

Hermione lo sintió vibrar sobre ella y expulsar un líquido calido en su extasiada entrepierna. Exhausto, se dejó caer sobre su cuerpo y la abrazó, como si quisiera impedir que ella se fuera. Sin embargo, sus manos poco femeninas, acariciaron su espalda, a lo largo y ancho, mientras ella intentaba calmar su respiración. Aquello había sido algo que jamás olvidaría.

Los labios del muchacho se posaron en su cuello y subieron besando su mandíbula, hasta llegar a sus labios. La besó dulcemente y recostó la cabeza en su pecho.

Se acurrucó aún más pegado a Hermione y en un abrir y cerrar de ojos, se quedaron dormidos.

8.

En el ala más alta del castillo escondido y merodeado por dementores. Una flor marchita reposaba en su florero. La mujer que la observaba, respiraba sin perder el ritmo y pensaba con qué palabra comparar el "amor". Mientras buscaba algo de inspiración en la vegetación semi-muerta, Morgana descubrió como la flor revivía y sus pétalos tomaban un color rojo furioso.

Los ojos se le abrieron de la sorpresa y por primera vez, su corazón se aceleró, esperanzado.

"El amor", escribió, "es tan simple como ver una rosa florecer"

OoOoO

En otro castillo, disfrazado por ruinas, una habitación escondida, modificó una de sus tantas caras. Una hebra gorda, fuerte y dorada, brilló en la oscuridad de su secreto y entretejió dos imágenes claras y felices: Hermione Granger y Draco Malfoy.