Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Se que no tendría que darme la cara para pasar después de tanto tiempo, pero definitivamente lo hago, porque ésta historia es parte de mi vida y se amolda a como soy. El tiempo no me da y mi manera de ser tampoco, soy muy colgada y no es algo que los sorprenda; pero bueno, soy así y me cuesta más ser constante cuando se suman tantas cosas a mi vida. Trabajo seis horas y curso otras cuantas, tengo amigas, un novio que me necesita y una familia. Ahora estoy de vacaciones en el estudio y trato de escribir en la mañana y en la noche si el ritmo que llevo me deja. NADA de lo que les digo es válido para pasar tanto tiempo sin publicar y de eso soy plenamente conciente. Simplemente trato de que puedan saber qué es lo que me pasa, porque es lo mínimo que se merecen. Una autora no puede hacer lo que hice y les pido disculpas. Después de ausentarme tanto tiempo no se si alguien realmente querrá leer la historia, pero la voy a terminar y ahora. No el año que viene, ni a mitad de este. Lo voy a terminar en FEBRERO si todo marcha y continúo con el ritmo que llevo. Ya estoy trabajando en el capítulo que sigue y aunque nadie deje r&r (que no los merezco) lo publicaré igual.

Los quiero y perdón.

La Espía

by

Mel

32_ Lecciones para Granger…

En otro castillo, disfrazado por ruinas, una habitación escondida, modificó una de sus tantas caras. Una hebra gorda, fuerte y dorada, brilló en la oscuridad de su secreto y entretejió dos imágenes claras y felices: Hermione Granger y Draco Malfoy.

1.

Viernes 22 de Diciembre

Alguien abrió la puerta de la cabaña con sigilo, mas Draco lo sintió. Tomó la varita con rapidez y saltó de la cama desnudo. Le echó una mirada a Hermione y salió al encuentro con el intruso.

Procurando ser lo más silencioso posible, caminó por el pasillo hasta llegar al living.

- Quiero creer que Granger no está durmiendo en tu cama, y si lo está haciendo, por favor no me lo digas – comentó la visitante.

Draco puso los ojos en blanco.

- Es tu culpa, hubieras golpeado la puerta.

Pansy se cruzó de brazos e intentó no mirar su desnudez.

- ¡Oh, que pecadora he sido! La próxima vez sería bueno que me escucharas, te avisé que vendría por la mañana – se apresuró a hablar antes de que Draco le respondiera – Realmente me siento incómoda, solo vine a avisarte que el idiota de Peter dejó a Olivia. Te agradecería poder dejar de seguirlo, ya no tengo excusas de porqué siempre aparezco donde él está, y hasta cree que me agrada – hizo un mohín, como si la simple idea le desagradara.

Draco se atragantó con su propia saliva de la impresión. ¿Peter y Olivia… separados?

- ¿Estás segura? – le preguntó.

Pansy asintió solemnemente.

- Por esas cosas de la vida terminé en los baños del primer piso y me escuché todo el culebrón. Bastante duro, Peter, digo, decirle que la deja por ser impura; creo que ni tú, Señor Sin Tacto, le dirías eso a alguien, pero bueno…

La morena revoloteó con los ojos por la estancia, aburrida. Draco apretó los nudillos, hasta dejarlos blancos. Como un castillo de naipes se destruye con un simple viento, toda su felicidad se cayó al piso, haciéndose añicos. Una ola de desagradable desesperación inundó su cuerpo y tuvo que contenerse para no tomar a Hermione y salir pitando al fin del mundo, donde nunca nadie pudiera encontrarla.

Todo en su mente era caos, miles de ideas, una más irracional que la otra. Los sentimientos inundaban su cerebro calculador, mientras que sus ojos veían todo rojo. El amor, el estúpido amor le estaba impidiendo pensar objetivamente, como debía. Con anhelo intentó remover la ira y por sobre todo el miedo, el terror de que alguien más descubriera su más preciado tesoro e intentara arrebatárselo; golpeó una y otra vez esa capa incoherente que le insistía en desaparecer del mundo. No obstante, ante cada embiste, ésta parecía tomar más fuerza. Dentro suyo, un monstruo ubicado entre sus pulmones y el estómago, despertó de su letargo y se removió intranquilo, rugiendo a todo pulmón. Su cola, llena de puas filosas, rasgó su pecho de un golpe, mientras con furiosas garras arañaba su alma.

Lejos de su caos interno, del terror en su más puro estado, una voz irritante zumbaba sin pausa.

- ¿Puedo irme? – preguntó la muchacha al ver que Draco seguía en pose de piedra – entre los ronquidos de Granger y tu poca vergüenza me estoy armando una escena que quisiera eliminar de mi cerebro, antes de que los daños sean irreparables.

- Por amor a Blaise, Pansy, deja ya de hablar – soltó el mortífago.

Necesitaba pensar, tener paz, poder ver con claridad el asunto. Peter y Olivia ya no estaban juntos, pero él seguía con Hermione. Eso solo le dejaba un camino…

Maldita sea la puta vida.

2.

Luna podía ver dentro de todos, era como un censor recibiendo por diferentes canales los sentimientos. Había aprendido a mantenerse más allá de cualquier estado anímico con el fin de no sentirse afectada por ellos; cuando era pequeña, solían creer que sufría de una enfermedad mental.

- Es algo simple – le había dicho un medimago a su padre – su hija es bipolar, lamentablemente aún no contamos con una cura precisa. Solo podemos adormecer los sentimientos.

Así, mediante pociones la habían mantenido relajada, percibiendo los sentimientos, pero siendo incapaz de reaccionar a ellos. Vivía sedada, sin capacidad de expresión. Xenophilius Lovegood había intentado revivir el interés de su hija por lo mágico de mil maneras, hasta le había rebelado los secretos más profundos de ese otro plano temporal en el que existían otros animales. Pero el resultado había sido nulo. Simplemente no podía efectuar reacción alguna a cualquier tipo de incentivo. Era como estar encerrada en un cuarto oscuro, gritando a todo pulmón mas sin ser oída.

Una tarde de agosto, Albus Dumbledore se presentó en su casa queriendo instruir al alocado Xenophilius sobre los beneficios de enviarla al colegio Hogwarts de magia y hechicería.

- Amigo mío, tu hija es tan especial como esos animales que solo tú puedes ver. No hay nada malo en ella, solo una mayor predisposición a los sentimientos, no podemos juzgarla ni privarla de su libertad de expresión por ser tan maravillosa. Por el contrario, deberíamos aprender un poco de su sabiduría. Creo no equivocarme cuando digo que lo mejor sería dejarla ir a Hogwarts. – dijo Dumbledore – Y por supuesto, dar por terminadas las pociones.

Xenophilius comenzó a negar con la cabeza y rostro preocupado; temía ahogar a su hija en un mar de sentimientos encontrados por enviarla al instituto, la expondría, la dejaría sin armas para defenderse.

- Solo un mes – continuó Albus con voz serena – si no funciona, me encargaré personalmente de traerla a casa.

Los recuerdos se perdían fácilmente, pero Luna podía revivir esa conversación con precisión, podía sumergirse hasta creerse presente otra vez.

Esa era toda la explicación que muchos necesitaban y que nadie obtenía para poder aceptarla como era. Quizás estaba algo loca, sin embargo, la locura no era sinónimo de maldad. Muchas veces, debía evitar compañías potencialmente sentimentales para poder controlarse; de tal modo sufría de períodos sin ver sus amistades más cercanas, le molestaba tener que hacerlo, no obstante, era eso o suspirar por los novios o novias de otros.

Todo resultaba más difícil cuando ella atravesaba algún estado anímico fuerte como lo hacía ahora. Su amor por Theodore la volvía más vulnerable a los cambios de humor, por esa razón vagaba tanto por la sala multipropósito; aquella habitación de las reuniones de los viernes era más interesante para ella que para el resto, porque la ponía alerta sobre quines debía evitar. Ahora, Luna ya sabía de quienes se distanciaría por tiempo indeterminado, era fácil por una parte y difícil por otra. Fácil, porque nunca había entablado ningún tipo de relación con Draco Malfoy, ni siquiera ahora, que fingía ser otro. Difícil, porque Hermione era una de sus más grandes amigas.

Luna levantó el puño y golpeó tres veces la puerta.

- Adelante – le indicó una voz serena desde el otro lado.

La muchacha se abrió paso hacia la gran habitación, con esa tranquilidad característica en ella.

- Buenos días, Lovegood – saludó la mujer - ¿Qué la trae por aquí?

Luna le sonrió inocentemente y se sentó en una silla frente al escritorio.

- Siento molestarla, directora McGonagall – titubeó – solo quería decirle que me siento bien.

La mujer alzó una ceja y su arrugada piel se amontonó en la frente.

- Me alegra saberlo – comentó con cierto dejo de ironía.

La muchacha volvió a sonreír.

- Creí que tal vez debería saberlo, el profesor Dumbledore quería que cada pocos meses le dijera como me sentía.

Minerva McGonagall sintió un pinchazo de dolor en medio del pecho y por algún momento le costó respirar. Ya había pasado mucho tiempo y aún así, sentía cada vez más fresca la perdida de su gran amigo.

- Ya… está bien, gracias por haber venido, señorita Lovegood.

- Algún día todos estaremos juntos – murmuró Luna. Se sentía mal, quería llorar, expulsar todo el dolor que su directora estaba sintiendo.

Sin decir más, se puso de pie y se marchó de la oficina.

3.

Abrió los ojos adormecida; tanteó la cama buscándolo, pero no encontró nada.

Se sentó sobre sus piernas, estaba absolutamente sola en la habitación y tenía frío.

- ¿Draco? – llamó tímidamente.

Completamente vestido de negro, el muchacho apareció en la habitación y se detuvo justo a los pies de la cama; sus ojos, de un color gris tormenta, la helaron con una sola mirada; sus labios se fruncieron en una mueca de desagrado e ira; mientras sus facciones, sutiles y delicadas, se endurecieron hasta parecer de piedra.

- Vístete. – le ordenó secamente – Y cuando termines, ponte esto.

Lanzó un objeto plateado que llevaba en la mano izquierda, haciéndolo caer sobre una pila de prendas negras.

- ¿Qué es lo que pasa? – preguntó Hermione anonadada.

Draco cubrió su rostro con un objeto idéntico al que segundo atrás le había dado, era una máscara de mortífago.

- No te incumbe, limítate a vestirte y hazlo rápido, no cuento con todo el tiempo del mundo.

La muchacha frunció el ceño irritada y preocupada.

- No. Quiero saber qué pasa y porqué me tratas así – exigió.

El mortífago soltó una risa vacía, carente de felicidad y le dio la espalda.

- Granger, el que me haya acostado contigo no significa que me importes – sintiendo dolor por sus propias palabras, cerró los ojos e intentó respirar con regularidad. No podría soportar ver su rostro desilusionado, herido.

Hermione no supo si él continuaba en la habitación, o si por el contrario, ya se había retirado; sus palabras filosas como cientos de cuchillos, atravesaron su pecho, ahogando sus ojos en pesadas lágrimas. ¿Qué era lo que acababa de decirle? No podía ser, meses atrás lo habría creído sin lugar a dudas, pero ahora, después de haberle proclamado que no quería tener sexo, sino hacerle el amor, nada de eso tenía sentido.

- Ayer… ayer tú me dijiste… que no querías sexo… - intentó replicar, pero su voz perdía fuerza mientras que aquellos cuchillos aniquilaban sus pulmones y lastimaban su estómago.

Draco no giró, no podría continuar con la farsa si enfrentaba sus ojos ámbar. Es lo mejor, es lo mejor – se repitió.

- Hacía mucho no saciaba esa parte de mi – comenzó, su voz sonaba helada –, la única manera de que cayeras era jugando a ser como Potter o el imbécil de Weasel. Fue tu culpa creerme, jamás me enamoraría de una sangre sucia, ya lo sabes.

Hermione digirió sus palabras como si fueran veneno puro y duro. Pero alguna vocecita dentro suyo replicó, porque aquello no tenía ni pies ni cabeza.

- Podrías haberlo hecho con Pansy, o cualquier otra, no me subestimes – dijo, sin embargo la lágrimas seguían acumulándose en sus ojos, procurando dejarla en evidencia.

Cuando Draco se volteó para mirarla, ella supo que había perdido; se había entregado al enemigo con una sonrisa y los bolsillos llenos de amor.

- Nunca en mi vida gocé tanto, Granger, como ayer cuando te tomé y robé tu dignidad. A Pansy, se la quité hace mucho, mucho tiempo. Vístete de una maldita vez.

4.

"...Del amor entre opuestos

nacerá el fin del señor de las tinieblas

conjunto con el terror..."

- ¿Tienen todo listo? – preguntó. Tomó un anillo con una esmeralda en forma de "M" y se lo puso en el dedo anular.

Harry y Ron la observaron y luego se miraron mutuamente, planteándose si todo aquello era lo correcto.

- Hermione ¿Estás completamente segura que él…? – comenzó Fred.

- Completamente – le interrumpió.

- Yo lo siento, está ansioso, debemos estar en lo cierto con todo esto de la expedición – comentó Luna.

Los veintitrés integrantes del grupo intercambiaron miradas recelosas; muchos de los que estaban allí no sabían de qué iba todo aquello. A principio de año, una lista de alumnos había sido escrita, luego, mediante cartas del ministerio firmadas por puño y letra de Percy Weasley, se les había comunicado su deber con el pueblo mágico y muggle:

"Veintitrés cartas han volado por toda Inglaterra. Su deber para con la comunidad tendrá que ser obedecido sin replicar. Quienes reciban esta encomienda tendrán permiso para abandonar el castillo cada vez que Harry Potter lo indique, como la obligación de cumplir con cualquier orden que él imparta. Nuestra deseada paz está en sus manos. Que Merlín los acompañe. Percival Ignatius Weasley"

Así, sus vidas y seguridad habían sido puestas en manos del destino, caprichoso e irrevocable. Lo peor de todo, era saberse ciegos, carentes de información. Ellos eran como perros, se les decía que debían hacer y cómo, pero nunca le daban las razones, jamás les explicaban de qué iba todo. Arriesgaban sus vidas y deseaban que no fuese en vano.

- ¿Es cierto que la bruja Morgana aún vive? – preguntó un muchacho bajito. Sus ojos negros relucieron cuando sus labios soltaron el nombre del único amor de Merlín.

Todas las miradas se clavaron en el anillo de esmeralda de Hermione, quien instintivamente escondió la mano en un bolsillo.

- Menos preguntas idiotas y más acción – soltó Ginny – volemos de una vez, antes de que amanezca.

Harry sonrió por un momento. Luego, entrando en su papel de jefe que tan poco le gustaba, se aclaró la garganta.

- Bien. El destino es el antiguo bosque de Albania, lo que buscamos es una snitch de oro. Quien la encuentre deberá modificar la información de las monedas con las coordenadas. Recuerden, no intenten tomar la snitch, una vez enviadas las coordenadas, desaparezcan a las colinas del norte. Nos reuniremos allí, luego, la mayoría podrá volver al castillo.

"...Del amor entre opuestos

nacerá el fin del señor de las tinieblas

conjunto con el terror..."

5.

Tres personas aparecieron en el claro del bosque de práctica, como era viernes, ningún mortífago aparecería por allí. Los encapuchados eran dos hombres y una mujer. Todos llevaban máscaras plateadas, idénticas.

De no ser porque ella estaba siendo parte de toda esa charada, Pansy no habría descubierto que los tres extraños eran, Draco, Theodore y Granger, por supuesto. Algo dentro suyo se removió, no entendía muy bien, ni tampoco le interesaba en demasía saber porqué le molestaba sentir el interés de Draco por esa impura. Sabía que por la mañana le había cagado su mundo de fantasía y que probablemente ahora su inocente castorcito estaba viviendo un infierno.

- Te espero en el claro de práctica – le había escupido poco después de su visita a la cabaña, entonces la furia había sido palpable en toda su presencia – ni se te ocurra preguntar para qué, simplemente ve.

Ella se había limitado a ladear el rostro y observarlo con ojos astutos.

- Como diga, señor.

La muchacha caminó hasta quedar a un paso de distancia de los recién llegados.

- Si les interesa saber, me parece una estupidez que disfracen a Granger de mortífago.

Draco tomó del brazo a Hermione y la hizo caminar hacia el centro del espacio.

- No nos interesa, gracias – comentó secamente.

Pansy soltó una risa adorable. Con un movimiento de la varita hizo desaparecer su máscara.

- Me encanta trabajar con él cuando está de mal humor, es de lo más encantador – ironizó a Theodore, quien la imitó y dejó su rostro a la vista.

- A mi también – contestó con voz serena.

Draco musitó algún insulto por lo bajo, mientras apuntaba con su varita a la máscara de Hermione y la cerraba por completo, dejándola sin olfato, ciega, sorda y muda. Luego, desapareció el objeto plateado de su propio rostro.

Pansy lo miró y se llevó una mano al corazón teatralmente.

- Creo que tu cara se ha convertido en hielo puro, cuánto que si le lanzo una maldición rebota – comentó mientras lo apuntaba con la varita y Theodore escondía una sonrisa.

- Cierra de una maldita vez tu puta boca, Pansy, a menos que quieras que te la cierre a la fuerza – rugió Draco. Estaba exasperado. Para la imbécil todo parecía un juego, porque claro, ella no tenía el culo a un metro de ser roto.

- ¡Bah! Sabes que todo esto es inútil, en menos de una semana ella va a terminar en tu cama y tú ahogado en ese estúpido sentimiento que te provoca verla. Lo siento, Draco, pero yo no me creo ese papel de chico rudo. Se te dio vuelta el mundo, reconócelo y punto, a todos les llega, no es para tanto. Aunque claro, el pequeño detalle, es impura…

- Cierto. – concedió Theodore – Aunque a mi no me molesta su condición sanguínea.

Draco Malfoy apretó con tanta fuerza la varita que se le escaparon chispas rojas. Estaba a un segundo de explotar, como Pansy volviera a reírse o acotar alguna otra idiotez, la mataría.

De pronto, sin ninguna explicación, la morena estallo en estruendosas carcajadas. Las sacudidas que sufría su cuerpo eran tan fuertes que debía rodearse el estómago con los brazos para controlarse.

- ¿Ahora que mierda te pasa, imbécil?

- ¡Ja, ja, ja! Es, solo… que me he imaginado… ja, ja, ja – comenzó. Theodore, sin entender nada, comenzó a reírse también, porque aquel sonido era demasiado gracioso – me he imaginado ¡la cara del Señor… si la viera a Granger vestida así!

Entonces, antes los ojos de Draco, los dos estallaron en estruendosas carcajadas. Les parecía gracioso, pero a él se le había helado la sangre. Sin ser plenamente conciente de lo que hacía, comenzó a buscar con sus ojos cualquier indicio de peligro.

- ¿Pero es que eres tarada de nacimiento o practicas? – Explotó - ¿No se dan cuenta? ¡La maldita profecía se refiere a Granger y a mí! Uno puro, el otro no, el odio y la locura – Pansy dejó de reírse al instante y su rostro pareció tocar el piso de la impresión. Claro, visto de esa manera no resultaba tan gracioso, no. – ¡No la estoy haciendo pasar por todo esto simplemente porque sea impura, eso no me importa, si le digo que no vale nada para mi es solo para protegerla, prefiero que me odie a que me ame! Esto es un maldito error y ahora debo corregirlo. Por lo tanto, si van a seguir riéndose a mi costa, pueden irse; pero si me van a ayudar, será mejor que dejen de jugar a los idiotas.

Curiosamente, Theodore siguió riendo.

- Draco, eso es una posibilidad, no te lo discuto, pero también está la opción de hacer recapacitar a Peter…

Pansy alzó una ceja.

- Y en caso de que eso no funcione, no hay nada que puedas hacer contra el destino. Por mucho que intentes alejarte, siempre vas a terminar volviendo, cayendo en la tentación.

El mortífago estaba a punto de replicar, cuando dos manos inseguras tomaron su brazo izquierdo. Hermione movía la cabeza de un lado a otro, sin ser capaz de distinguir nada. El calor que emanó su cuerpo lo golpeó con la guardia baja, por lo que no pudo evitar sentir el dolor desfigurarle el rostro. Aturdido le lanzó una mirada odiosa a Pansy, quien suspiró y alzó la varita.

- Será mejor que le destapes los oídos y la boca, así le explicas las reglas.

6.

Morgana supo que no faltaba mucho para ser libre cuando las flores vivas y rojas echaron raíces a través del cristal, metiéndose con fuerza en la madera del escritorio donde reposaban. Si bien mirar las rosas le provocaba dolor y sufrimiento, sabía que eso no significaba nada. Quienes debían abrir la puerta llegarían por ella, el reloj de arena ya estaba corriendo, y cada minuto se acercaba más al último.

Su sangre azul corría con fuerza por sus venas, haciéndola sentirse más viva que nunca.

7.

Las reglas eran simples:

No podía hablar.

No podía oír.

No podía oler.

Una vez dicho eso, ella debía encontrar a Draco.

- El fin de todo esto es lograr que tu mente esté en sintonía con la suya, que tu cuerpo pueda reconocer la presencia de él sin ningún otro guía que el sentimiento de su calor, o frío en este caso, porque el humor que tiene no da para más – le dijo Pansy. Luego, se acercó a su oído y Hermione estuvo segura que nadie más pudo oírla – Lo torturaremos hasta que seas capaz de alcanzarlo con tu mano, así que procura no tardar tanto, te liberé los oídos para que puedas apreciar su sufrimiento. - Después, se rió con maldad.

- ¿Listos? – preguntó Theodore y Hermione tuvo ganas de gritar un fuerte y claro "NO", pero esa maldita máscara estaba hechizada para que solo pudiera oír. No entendía porqué debía hacer todo eso. Draco solo le había dicho que la llevaría a una misión donde probablemente algún hechizo les bloquearía todos los sentidos y en caso de separarse, esa manera sería la única útil para encontrarse.

- Te llevaré a buscar algo gordo, Granger, pero deberás hacer todo lo que te diga - esas habían sido sus palabras – te he visto leyendo "Arturo, Morgana y Merlín", ¿Sabes algo de la hechicera Morgana? – Hermione, dolida como estaba por el trato que recibía de Draco, no había podido reprimir su entusiasmo. Lo sabía todo, absolutamente todo – Iremos a liberarla, sin ella, Potter jamás ganará.

- ¿Por qué?

Draco había sonreído sin alegría.

- Bueno, solo sus poderes podrán destruir los horocruxes. Y ahora, las condiciones – había dicho -: harás todo lo que te ordene, no le dirás ni una palabra de esto a nadie y pasarás las vacaciones de invierno conmigo. Dile lo que se te antoje a tu familia, pero mañana, cuando parta el tren, tú vendrás a vivir aquí.

Así, la vista de su futuro era agridulce. Estaría durante quince días con Draco, pero él la odiaría cada segundo.

El resto del día, Hermione gastó sus energías en intentar encontrar a Draco guiándose por puro instinto, y realmente le había ido muy mal. En una ocasión, cuando Pansy comenzó a torturarlo, ella corrió lo más cerca posible de los gritos, estiró la mano y tocó un grueso y áspero tronco.

- No serás tan idiota de creer que no voy a alterar tu oído ¿No, Granger? – se mofó – el sonido es para que te desesperes, castor, nada más.

Luego de varios intentos fallidos; en los cuales terminó cayendo a un pozo, metiendo la mano en un panal de abejas, y caminando en círculos, totalmente perdida; Theodore se acercó a ella, la tomó de los hombros y pegó la boca a su oído.

- Intenta buscar su calor, concéntrate en imaginar cómo debería sentirse su cuerpo. Quizás si recordases como lo sentiste ayer, eso te ayude.

Y no era que le gustara que Theo supiera que ella había tenido sexo con Draco Malfoy, pero agradeció el dato. La verdad era que escucharlo gritar de dolor le ponía los pelos de punta, y deseaba encontrar a Pansy para bajarle la sonrisa petulante de un golpe. De pronto, concentrada en su odio por la morena, estiró su brazo y la sintió retorcerse ante el contacto.

- ¡Bien, Hermione! – la felicitó Theodore – eso ya es un progreso, ¿En qué estabas pensando?

La muchacha sonrió levemente. Y habló, creyendo que aún estaba hechizada.

- En cuanto la odio – soltó. Alguien rió por lo bajo y otra persona caminó hasta acercarse.

- El sentimiento es mutuo, Granger. Pero, en lugar de pensar en mí, podrías concentrarte en Draco, ¿No?, Digo, lleva retorciéndose por horas y no has logrado acercarte ni seis metros a él.

Theodore rió.

- Te apuesto cinco Galleons a que esta vez se acerca más de dos metros.

Pansy se movió de su lado.

- Hecho.

Draco bufó molesto.

- A ver si dejan de jugar, ya está anocheciendo y Granger tiene muchos asuntos que resolver para mañana.

- Bueno – dijo Pansy -, a la cuenta de tres: uno… dos… tres. ¡Crucio!

Los gritos llenaron el claro de nuevo y Hermione se encontró sin poder hablar, otra vez.

Intentó concentrarse. Pensó con todas sus fuerzas en las manos blancas y grandes acariciando su espalda, en aquel par de piernas masculinas rozando las suyas, en los labios dulces mordiendo su mandíbula, en la lengua de Draco lamiendo la suya y en aquel paraíso donde él la amaba y ella era feliz.

De pronto, sus piernas se trabaron con algo y antes de que pudiera detenerse, el viento volaba sus pelos mientras caía de rostro al piso. Los gritos de Draco cesaron y sus manos la agarraron antes de que pudiera morder la tierra.

- Me debes cinco Galleons.

- Espéralos sentado, Theo.

Hermione no prestó mucha atención a la conversación. Estaba peleando en su interior contra el deseo de disfrutar del contacto, y la fuerza racional de insultarlo, de chillarle que la soltara y no volviera a tocarle un pelo, aunque eso significara caerse a un pozo ciego y morir en él. Sin embargo, Draco se encargó de soltarla en cuanto pudo, como si la sola idea de rozarle la piel le repugnara.

- Ya basta. Volvamos. Mañana te toca a ti, Granger. Tú te retuerces, yo busco.

Y su voz sonó terriblemente helada.

Una vez sola, en la frialdad de su habitación, Hermione se quebró. Ya no había ejercicios mentales que la mantuvieran ocupada, distante de pensamientos negativos o de certezas asesinas. Ahora, sin nada en mente, terminando de empacar sus cosas, el cielo se le cayó encima. La respiración se le cortó, y la desesperación se apoderó de su estómago. Sin pensarlo dos veces, corrió al inodoro, donde no hizo más que vomitar y llorar.

Lo había perdido. O más bien, había perdido lo que jamás había poseído.

8.

- ¿Ya tienen todo empacado? No, Ron, los zapatos debes limpiarlos antes de lanzarlos en el baúl, todo el resto de la ropa se llena de tierra sino. Déjalo, ya lo hago yo.

Ron la miró confundido. Era la tercera vez que lo alejaba de su equipaje para rehacerlo ella.

- Realmente, Hermione, ¿te sientes bien? – le preguntó – tienes un aspecto horrible y pareciera como si hubieses tomado alguna poción energizante…

La muchacha se encogió de hombros. No había bebido ningún energizante y se sentía como la mierda. Pero necesitaba ocuparse en algo; simplemente necesitaba no pensar, evitar cavilar en aquello que podría destruirla por completo.

- No, es que me gustan las cosas bien hechas – alzó la vista e intentó sonreír. Luego tendría tiempo de dejarse aplastar por la fuerza devastadora del dolor.

Harry apareció llevando dos medias diferentes en cada mano.

- ¿Alguien ha visto el resto de los pares? No consigo armar uno entero.

Ginny se rió con suavidad mientras acariciaba abstraída las orejas de Crookshanks.

- Fue Dobby, dice que es el último grito de la moda.

El pelo azabache se encogió de hombros. Anudó las medias entre sí y las escondió debajo de su colchón.

- Ya me compraré nuevas, espero que las disfrute cuando las encuentre.

Hermione oyó el resto de las conversaciones, donde Ron comentaba lo mucho que iba a comer en las vacaciones y sus vanos deseos de no recibir otro pulóver Weasley. Pensaba y pensaba, pero no se le ocurría qué excusa inventar para explicar el porqué no terminaría en la Madriguera aquellas navidades. A sus padres les había enviado una carta donde les detallaba que pasaría las navidades con la familia Weasley y que luego viajaría a algunos sitios a buscar información sobre cosas importantes para el colegio; sin embargo, aquella misma mentira no podía utilizarla con sus amigos, entonces, ¿Qué les diría?

- ¿Y tú, Hermione, vendrás a casa? – le preguntó Ginny. La miraba con una ceja alzada y la duda pintada en el rostro.

Meditó sobre cual sería la mejor respuesta; movió la varita y dobló todas las túnicas de Ron, para luego hacerlas levitar hasta el baúl, donde cayeron con un suave movimiento.

- Hum, no lo creo – contestó al final – tenía pensado ir a visitar a unas primas por parte de madre. No es un gran asunto, en quince días nos encontraríamos aquí.

La pelirroja observó su rostro con los ojos entrecerrados, como si pudiera adivinar lo que estaba pasando.

- Me parece muy bien, Hermione. – dijo Harry y le sonrió afectuosamente – te extrañaremos, será raro no vernos en tanto tiempo.

Ron no parecía muy contento con la idea, y bufaba para hacerse notar.

- ¿No puedes venir unos días al menos? – pidió, como si dudara de ella - ¿Ese Lawson no tiene nada que ver, no?

Ginny puso los ojos en blanco mientras Hermione se quedaba helada por el descubrimiento – parcial – de su mentira.

- Ron, siempre disfruté de viajar. Y, no, Paul no tiene nada que ver en esto.

- De acuerdo.

Sábado 23 de Diciembre

El tren se detuvo con una fuerte sacudida y los alumnos empezaron a bajar a empujones, queriendo ser los primeros en atravesar la pared de ladrillos hechizada.

Hermione tomó su baúl y lo arrastró por el pasillo del tren, hasta llegar a la puerta. Miró su reflejo en el vidrio, perfecto, los ojos permanecían hechizados, ocultando el llanto de la noche pasada. Harry la ayudó a poner el equipaje sobre el piso de la estación, bajo el escrutinio de un par de ojos azul marino.

- Creo que alguien te espera, Hermione – comentó Ginny.

Ron torció la boca cuando reparó en el muchacho, alto, morocho y blanco, que los miraba recostado contra un poste de ladrillo rojo. Sus ojos de un azul ceniza, los miraban con intensidad. Como si midieran cada movimiento que el grupo ejercía, sobre todo Hermione.

- Si, bueno, podría evitarse el acoso ¿Desde cuando te gustan tan controladores, eh? – soltó molesto.

Hermione puso los ojos en blanco. Se permitió mirar a Draco y se arrepintió en cuanto sus ojos se encontraron con su gesto declaradamente hosco. Una ola de dolor renovado se apoderó de ella y de pronto no quiso hacer nada más que vomitar y llorar, supurar todo el veneno que la estaba matando. NO PENSAR, NO PENSAR, NO PENSAR…

- No lo sé, solo quiere conocer a mis padres, debe ser eso – abrazó al pelirrojo y le besó la mejilla – nos veremos en quince días, por favor, intenta sonreír cuando Molly te regale el pulóver, ¿de acuerdo?

El muchacho no le contestó, simplemente se limitó a asentir, con la vista clavada en Paul.

- No me gusta nada, lo sabes.

Hermione se despidió de Harry y Ginny haciendo caso omiso a su amigo… haciendo caso omiso a la angustia.

- Los extrañaré, ¡Les mandaré cartas todos los días!

Paul cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna, irritado. Sabía que no era justo molestarse con Hermione por abrazar y besar a Weasel después del daño que él le había causado el día anterior, pero lo cierto era que sentía la sangre hervir de celos. Ella era suya, pero debía dejarla ir. No podía asustarla con la verdad. No podía darle la oportunidad de saber qué era lo que estaba pasando y aún así elegirlo a él en lugar de la salvación.

Cuando Hermione llegó frente a Draco, lo fulminó con la mirada. Bajo todo el malestar, él pudo descubrir los ojos rojos e hinchados y se odió. Ella estaba sufriendo.

- No era necesario que fueses tan grosero.

El muchacho revoleó los ojos y le quitó el baúl de las manos. Sonrió sin alegría alguna y le besó la frente, disfrutando del breve contacto con su piel. ¡Maldita sea!

- Estoy apurado, Granger. Bien podrían dejar de chusmear y largarse de una vez, así dejaría de jugar a ser tu novio – sugirió. Hermione alzó la vista furiosa y él seguía sonriendo. Pero sonaba descolocado ubicar aquella fila de dientes sonrientes en medio de ese rostro desprovisto de sentimiento alguno.

- Entonces no finjas – le espetó molesta –, no es necesario que me beses ni me sonrías; de ese modo nos ahorramos el sufrimiento.

Sonríe, Hermione, aunque el corazón te esté matando.

Permanecieron juntos, aparentando conversar, hasta que Harry, Ron y Ginny desaparecieron por la pared de ladrillos.

- Por fin – suspiró Draco – Vámonos.

Pasó uno de los brazos por su cintura, calzó las manijas de los baúles en aquella mano y con un movimiento de varita desaparecieron.

Hermione se quedó helada en cuanto el viento se detuvo y sus pies tocaron el suelo. Desde un principio, había estado segura que la vuelta al castillo sería tan imposible como aparecer comida de la nada. Estaba tan segura de ello, que verse parada frente a la puerta de la cabaña la descolocó por completo.

- ¿Tan fácil es? - preguntó, aturdida.

Draco se encogió de hombros.

- Da igual. Tú misma podrías haber entrado caminando – tomó los baúles con cada mano y los llevó dentro de la cabaña.

Hermione entró detrás de él, mientras le daba vueltas al asunto, ¿Cómo podía ser que cualquiera entrara?, ¿Dónde estaba la protección?

- Mira, Granger, no es importante. – adivinó el mortífago

No, realmente, como ella tampoco lo era para él. En su interior, finalmente, las esperanzas de que todo fuera una broma de muy mal gusto se pudrieron, dejando en su lugar desolación y vacío. Él no la amaba, no la deseaba, no la soportaba. Lo podía notar en toda su presencia. La miraba con ojos fieros, mantenía los puños cerrados y muy pegados a sus costados, mientras su boca parecía haberse trabado en esa mueca de desagrado que durante muchos años le regaló solo a ella.

Era como si estuviera clavado al piso, soportando en silencio el calvario de tener que mirarla.

Y eso terminó de partirle el corazón, porque ella no tenía la sangre fría, no podía fingir entereza cuando dentro suyo todo era desolación y vacío. Él se había convertido en su razón de ser, de mil maneras. Le gustase o no, Draco Malfoy la había distraído de todos sus pesares, obligándola a concentrarse solamente en él. Día y noche. Meses tras meses.

La ola de dolor cruzó su cuerpo de punta a punta, humedeciendo sus ojos, avergonzándola frente al enemigo.

Frente a su destrucción.

- Para tu tranquilidad, Granger…

- Como sea, no tengo ganas de hablarte, ni escucharte. – lo interrumpió. Con brusquedad tiró de su baúl. Evitando su mirada e intentando no contaminar su voz de ningún sentimiento, le preguntó:- ¿Dónde dormiré?

Draco movió la varita y volvió a ser él mismo. Nada de Paul Lawson, solo Draco Malfoy y su maldita frialdad.

- En mi habitación, Granger, conmigo.

La voz petulante y seca, como si respondiera que viven a base de oxigeno, llegó a los oído de Hermione y le erizó los pelos de la nuca.

- No, gracias, prefiero dormir en el sillón – espetó.

El muchacho rió sin ganas y le dio la espalda, dispuesto a salir de la cabaña.

- Ni lo sueñes, no está en consideración. Así que mejor ve a acomodar tus trapitos en el mueble.

9.

La noche ya había caído para cuando Hermione despertó; no se le había ocurrido mejor idea que dormir para evitar pensar y ver a Draco Malfoy.

- Ya era hora – le habló una voz desde el rincón de la habitación, sobresaltándola – será mejor que nos apuremos, vístete con las ropas que te he dejado, iremos a entrenar.

Perfecto, como si tuviera algún deseo de hacerlo. Sintiendo el rostro hinchado y enrojecido por el llanto, clavó los ojos en él.

- Como sea, pero vete, necesito privacidad. – le espetó mientras se levantaba.

Draco se encogió de hombros y salió de la habitación, no sin antes dirigirle una mirada devastadora.

Lo odiaba, podía sentirlo. Odiaba todo lo que tenía que ver con él. Su pelo, aroma y ojos. Sus modales y locura. Su pasado, presente y futuro. Su voz, casa y creencias. Lo odiaba, sea lo que sea que él quisiera, ella lo odiaría. Había caído, como una espectacular idiota. Había creído todo lo que él había dicho y actuado. Había comprado todo lo que él le había ofrecido y sin chistar. Había llegado tan lejos por él, que incluso perdida como estaba se odiaba a sí misma.

Todo ahora se resumía a la nada y la nada era tan abarcativa a que se había convertido en su capa de ozono, persiguiéndola y aplastándola con su fuerza donde quiera que ella estuviese. La miseria era ahora su mejor amiga, su camino y su futuro; porque se había enamorado del peor bicho y era tiempo de pagar por ello. También se podía decir que la desdicha era su sentimiento predilecto, perforando su pecho ante cada inspiración.

"Siendo sincera, en esos momentos me creía en el peor de todos. Si hubiera sabido lo que ocurriría más adelante, tal vez me lo habría tomado con más calma…"

Una vez lista se dejó llevar por sus pies. Absorbió la mirada distante de Draco y todo ella se desmoronó nuevamente.

Se sentía la mierda más grande de todas. Pero también le dolía. Porque ella no era la única que lo pasaba mal.

Draco sentía como el frío se extendía aún más por su cuerpo, preguntando por la piel que ya no lo tocaba, los labios que no rozaba o el cariño que no recibía. No le importaba que pensara el mundo entero. Él necesitaba a Hermione Granger. La necesitaba y la extrañaba. Punto.

Aparentando su frialdad usual, su íntegra perfección, la tomó del brazo y desaparecieron, para dejarse ver en el campo de entrenamiento.

Dos perfectos mortífagos se maldecían mutuamente. Ninguna palabra escapaba de sus labios, solo quejidos cuando alguna maldición lograba alcanzarlos.

Presumidos. Pensó Draco, mientras los miraba. Esperaba que Theodore dejara de avasallar a Pansy para ir a lo importante. Necesitaba entrenar a Granger, ella tenía que saber defenderse, porque solo quedaban unas semanas y Morgana estaría lista para ser liberada.

Tan metido estaba en sus pensamientos, que se sorprendió al escuchar el susurrar alterado de Hermione en su oído.

- ¡Por Merlín, Malfoy, vámonos de una maldita vez!

Un momento. Aquellos mortífagos blandían sus varitas chispeantes con demasiada agilidad; la maldad se podía leer en cada uno de sus pasos, y la experiencia en las anticipaciones a los movimientos de su contrincante.

Definitivamente su corazón se detuvo por unos instantes en los cuales el instinto le ganó, rodeando a Granger con sus brazos y pegándola con fuerza a su pecho.

Un grito de victoria resonó en el campo, al tiempo de McNair se quitaba su máscara de la cara, petulante.

Suéltala. Aquella voz fría y monótona sonó únicamente en la cabeza de Draco, como solía hacerlo en ocasiones de riesgo, y él obedeció. Atácala. Con un movimiento de varita le dio a entender que se batirían a duelo.

Sin pensarlo, Hermione se puso en pose, deseando que sea lo que sea el plan funcione.

- ¡Maldita sea! – se quejó el mortífago que segundos atrás había volado hasta dar de lleno contra un gran tronco de pino.

- ¡Ahora entiendo porqué Potter puede llegar tan lejos, eso se debe a mortífagos mediocres como tú!

- Ya cállate de una vez y vámonos, odio ver a niños recién iniciados practicar, me pone enfermo.

Abanicando la varita con fuerza y rapidez Draco Malfoy atacó a Hermione haciéndola caer y una vez en el piso la hizo chillar de dolor.

- Si, como sea – acotó burlón McNair – o te da miedo…

El mortífago rubio y de aspecto letal, blandió su varita y golpeó de lleno en la espalda a su contrincante, antes de que el último pudiese desaparecer, y con una risa maldita abandonó el campo.

- ¡Imbécil! – gritó McNair y salió aireado en busca del mortífago.

El hechizo de Draco finalizó al desaparecer el último de los seguidores de Voldemort y con ello Hermione dejó de sufrir dolor, del verdadero.

- ¿Qué crees que estás haciendo, Malfoy? ¡Maldita sea! ¡Pensé que solo fingirías, no que liberarías todo tu odio hacia mí en un hechizo!

Draco la miró con frialdad, ya protegido por su coraza de hielo y al momento se arrepintió. La muchacha lo miraba con los ojos llenos de lágrimas que intentaba contener, dolida por el trato que recibía de alguien que ella amaba. ¿Amaba? sonó en la mente de Draco, y su coraza se resquebrajó con facilidad.

- Ante un peligro letal, no sirven simples actuaciones Granger, no sirven…

Y no te odio, todo lo contrario.

El silencio se hizo presente en el campo de entrenamiento; Draco practicaba algunos maleficios contra los fuertes árboles encantados y Hermione lo miraba desde la punta más alejada del claro. Los hechizos iluminaban todo el alrededor del mortífago, haciendo relucir ese anillo esmeralda con la letra "M" del linaje Malfoy.

La mente de la castaña se perdió por algunos recuerdos felices, en los que al parecer, su vida no era tan miserable y descubrió que en ellos podía respirar, ser ella misma. Con ánimos de revivir los días del ED, se puso de pie, blandió la varita y un importante Patronus salió de ella. La nutria plateada corrió como una bala por el claro, cuando no encontró rastros de peligro volvió a su dueña y desapareció, dejando una bruma plateada.

- Buena idea, Hermione – apuntó Theodore, recién llegado. – A donde tienen que ir está totalmente plagado de Dementores, y aunque con Draco no tendrían que tener ningún problema, nunca está de más asegurarse.

- No creo que sea necesario – soltó de pronto Draco, con los ojos chispeantes. - ¿Y Pansy?

Theo lo miró con curiosidad y luego respondió.

- No pudo venir, está con una… situación, por decirlo. – Draco levantó una ceja – Spencer está fuera de sí otra vez, Pansy lo encontró reunido con otros integrantes, planeando hacer una visita al señor. De todos modos, en ese mismo instante ella los atacó, dejándolos con el culo para arriba y Blaise al oír los gritos entró en combate. De todos modos cuando Pansy se enfurece es difícil que alguien logre contenerla. Están todos retenidos en una de las habitaciones de la mansión Parkinson, con lo cual estamos protegidos.

Draco meditó aquellas palabras. Había faltado muy poco para que los imbéciles de la logia de las serpientes se reunieran con Voldemort con el fin de ponerlo al tanto del comportamiento ilícito del Il preferito, o sea él. De no haber llegado Pansy, aquella misión habría desatado una tormenta asesina, sin duda alguna.

- De acuerdo. Cuando terminemos aquí iré a ver cual es la situación – comentó, y de las palmas de sus manos se expandió una ola de calor que alcanzó a rozar los pies de Theo, quien reprimió un gesto de dolor – En cuanto a lo que nos confiere, es hora de entrenar; es mi turno de encontrar a Granger.

Por un momento, la mirada de Draco se cruzó con la de Hermione y esa fiera que dormitaba en su interior se removió, clavándole las garras en el pecho. Haciendo un esfuerzo por no perder la compostura se encantó a sí mismo.

Hermione suspiró, preparándose psicológicamente para afrontar una noche larga y penosa.

Las reglas eran las mismas, Draco:

No podía hablar.

No podía oír.

No podía oler.

Una vez dicho eso, él la debía encontrar, mientras ella se retorcía de dolor.

Más allá de todo lo que dije, espero les guste =)