Minific. Historia situada entre Eclipse y Amanecer, luego de anunciado el compromiso entre Bella y Edward.

Tiempo prestado

Febrero, 2009

1.

Cogí unas ramitas de lavanda camino a ver a mi madre, para ver si con esto podía disimular un poco aquel ya característico y cotidiano aroma mezcla de plástico quemado y desinfectante, que rodeaba su vida desde hace ya un par de años.

Cuando llegué, Romy, una de las enfermeras de turno que se había encariñado muchísimo con mi madre, salía del cuarto con la bandeja del desayuno casi intacta.

Al volverse, se encontró con mi preocupada mirada, la cual respondió con un gesto negativo de su cabeza y una ligera sonrisa. No se detuvo a conversar pues esta situación se estaba convirtiendo en la tónica ya de cada día. Pasó a mi lado con un suave contoneo, para seguir con su ronda en las siguientes habitaciones.

Lo primero que hice al entrar al cuarto fue abrir las cortinas y dejar con esto, que la luz del sol penetrara e inundara la habitación con su suave brillo primaveral.

—Déjalas cerradas—pidió mi madre con voz pastosa.

No le hice caso y seguí ordenando su habitación, buscando que se sintiera un poco más cómoda en un lugar tan hostil como éste, que enmarcaba y relucía con enfadosa intensidad que no se encontraba nada bien y que por esto, debía pasar sus días en una fría y apagada habitación de hospital.

Cogí uno de los vasos sin utilizar del baño, lo llené de agua y dejé posar sobre ella las ramitas de lavanda que había recogido en el camino. El olor, tímido al principio, comenzó a inundar la pequeña habitación.

—Lavanda—reconoció, arrugando la nariz.

Dejé el vaso junto a su mesita de luz y me senté frente a ella. Lucía pálida, ojerosa y cansada. Muy, muy cansada. En las últimas semanas había perdido, con una rapidez abismal, casi la mitad de su peso. Los huesos del rostro, de la espalda y las caderas sobresalían irregulares, estirando la piel y haciéndola lucir cada vez más delgada y frágil.

Sonrió apenas me tuvo frente a ella. Ambas nos hacíamos las fuertes, pero debía admitir que por primera vez era ella mucho más fuerte e inquebrantarle que yo. Solo con observar, a través de los años, como había luchado contra su enfermedad, con que entereza había aceptado todo lo ocurrido sin desalentarse en ningún momento, me di cuenta que había estado equivocada toda mi vida. Que, a pesar de que siempre se mostraba infantil, ligera y descuidada; guardaba en su interior una fortaleza que se iba formando poco a poco, para prepararla, quizás, para este momento.

Sus ojos, unos ojos que no eran los suyos, buscaron en mi expresión un grito de ayuda y consuelo, pero me mantuve impávida a su lento estudio para hacerle saber que no necesitaba estar tan pendiente de mí.

— ¿Qué noticias tienes desde ayer? —preguntó entonces.

Achiqué los ojos, a modo de broma, pensando y repensando y finalmente negué con la cabeza, con gesto distraído.

— ¿Te fuiste directo de aquí a casa? —preguntó con decepción y algo de aburrimiento.

Asentí, reprimiendo una sonrisa.

—Bella—se detuvo con reprobación— ¿cuántos años tienes?

—Veintidós. —fruncí los labios con disgusto.

— ¿Y qué haces siguiendo la rutina de una cincuentona aburrida?

—Mamá…-comenzaba a intentar defenderme, pero ella me interrumpió con un enérgico chitón.

—Bella, yo ya no voy a estar mucho más por aquí y si hay algo que quiero dejarte es el gusto por disfrutar la vida, disfrutar lo que tienes y no tener miedo a cometer errores, quiero, con todas mis fuerzas, que dejes de ser la niña grave que eres, y que comiences a ser feliz.

Abrí los ojos, sus palabras me habían llegado como una bofetada, aunque tenía toda la razón del mundo.

—Lo intentaré—prometí con la voz quebrada.

De vuelta en mi casa, la luz parpadeante del contestador me avisó que habían nuevos mensajes. Me dejé caer en un silloncito y los escuché: eran dos. Uno era solo publicidad engañosa y el otro era de Phil, el ex marido de mi madre. Preguntaba por ella y volvía a insistir en que deseaba compartir lo que pudiera, deseaba volver a verla.

Renée había terminado la relación hace unos años, llevada por el miedo y la vanidad. Miedo a que el amor que una vez se habían tenido y que había regresado a la vida a la infantil de mi madre acabara por culpa de su enfermedad, miedo a que él se cansara y miedo a que la enfermedad la cambiara, llevándose consigo su buen ánimo y su amor constante; vanidad, porque esta misma enfermedad, dejándola en los huesos, la hiciera irreconocible ante el hombre que la había amado y seguía amándola con tanto cariño.

Hablaba con él casi todos los días, ya que mi madre había pedido expresamente que no le pasara ninguna llamada y le iba contando sobre la evolución de su estado: nunca le tenía buenas noticias.

Intentar convencer a mi madre para que aceptara de vuelta a Phil a su lado me hubiera sonado pura hipocresía. Aunque había hecho el intento en el pasado, había caído en mi propia trampa y no había podido evitar preguntarme si todo lo que le decía podía también aplicarse a mí.

Mi madre había enfermado en las vacaciones que le siguieron a mi graduación. Me encontraba de regreso en Forks, lugar donde nací y del cual me fui junto a Renée cuando era un bebé. Vivía con mi padre y por fin había conocido el amor, bajo el nombre de Edward Cullen. Pronuncié su nombre en voz alta soltando un suspiro, todavía podía sentir su invisible presencia cuando lo pensaba, como si jamás se hubiera apartado de mi lado, pero en la realidad, él no estaba. Y él no se había apartado por voluntad propia, yo le había echado. Tal vez, por la misma razón que mi madre echó a Phil de su vida: para que tuvieran la oportunidad de ser nuevamente felices, en algún otro lugar, sin tener que preocuparse de levantar los restos de nuestras acabadas vidas.

No pude dormir aquella noche, presentía que el tiempo se le estaba agotando a mi madre. Estuve con la vista pegada al teléfono, aterrada ante la idea de que de un momento a otro este comenzara a sonar para anunciarme su muerte.

Afortunadamente, pasó una semana y mi madre parecía estar recobrando peso. Al menos los colores volvían a verse naturales en su rostro y ya no escapaba de su visión en el espejo.

Alguna de aquellas tardes en que, con el ánimo recuperado y una sonrisa pegada en los labios, me contaba una de sus historias de adolescencia, de la época en que había intentado ser pacifista; decidí interrumpirle e intentarlo nuevamente.

— ¿Ha llamado? —preguntó abriendo los ojos cuando le conté que Phil seguía en contacto y que lo único que deseaba era volver.

—Cada noche.

Mi madre sonrió, escondiendo la mirada. Cuando la turbación le permitió mirarme nuevamente un extraño brillo hacía relucir su mirada.

—Está bien—aceptó esperanzada. —Por favor, dile que venga.

Por la tarde, me juntaría con mi padre. Charlie se había instalado hace un par de meses cerca de mi apartamento para que yo no estuviera sola. Al menos, eso era lo que me había dicho al llegar, pero no podía evitar pensar que era mi madre la única razón de su visita, que él deseaba, al igual que Phil, poder verla por última vez.

Nos encontramos en el café que unía nuestras calles, el café Tulipán. Más cano, más delgado y sin su uniforme pero seguía teniendo esa sonrisa mezcla de su tímida y circunspecta forma de ser. Me recibió con un afectuoso abrazo, como si no nos hubiéramos visto en años.

— ¿Cómo has estado? —partió con su habitual ronda de preguntas, las mismas que hacía cada jueves, el día en que solíamos juntarnos.

—Bien—respondí.

— ¿Cómo está tu madre? —cogió el azucarero para disimular su creciente ansiedad.

—Mejor—no quería ser imprudente y formarle falsas expectativas. Yo tampoco debía formarlas.

— ¿Se está recuperando? —inquirió y vi en los ojos de mi padre el mismo brillo inusual que había visto en Renée aquella tarde. — ¿Eso quiere decir que la enfermedad se está yendo?

—No lo sé.

Tomó un sorbo de café y junto las cejas.

—Debe ser eso—agregó.

Le dí una mordida al pastel de fresas que había pedido para evitar responderle. Había visto en variadas ocasiones y no solo en mi madre, una aparente y milagrosa recuperación. Personas que habían vuelto a ganar peso, a tener hambre, personas cuyos dolores habían menguado; solo para morir repentinamente en los siguientes días. Los médicos ya conocían esta estación en la enfermedad y por eso evitaban las preguntas de los familiares, evitaban a toda costa entregar cualquier tipo de información que pudiera crear una falsa ilusión. Cuando los familiares del enfermo, alegres y aliviados al ver estas recuperaciones comenzaban a hacer planes, a exponer sus proyectos frente a los médicos, estos les miraban imperturbables, incluso con cierta indiferencia; era una mirada típica que indicaba que cualquier cosa que pudieras estar diciendo no era así, que todo lo que estabas pensando era justamente lo opuesto. Por eso mismo yo no había preguntado nada ni supuesto cosas, temía obtener aquella mirada, la que desestimaría y echaría por tierra todas mis esperanzas.

— ¿Volverás a estudiar? —preguntó mi padre.

Había cursado un semestre de licenciatura en letras al llegar a Phoenix. Luego lo había cambiado por un curso de cuidados especiales en la cruz roja para ayudar a mi madre.

—No lo creo, todo el dinero que gano es para comprar las drogas que requiere mamá.

—Yo tengo unos ahorros. El día que naciste abrí una cuenta para tu futuro estudiantil.

—Padre—lo detuve—dejaste tu trabajo para venir hasta aquí, no puedo aceptarlos cuanto tú los necesitas más que yo.