2.

Phil llegó puntual a la mañana siguiente, con un ramo de girasoles en una mano y una jovial sonrisa en el rostro. Lo noté nervioso pero eso no le impidió contarme todo lo referente a su nuevo trabajo. Cuando decidí irme a Forks él comenzaba su carrera como jugador de beisball en las ligas menores, unos años después se vio obligado a retirarse de las canchas debido a una lesión y ahora tenía la oportunidad de volver a ellas como entrenador de un equipo universitario. Enmudeció cuando llegamos al ascensor y no soltó palabra hasta que cruzó el umbral de la habitación de mi madre.

—Renée—soltó conteniendo la emoción y aún así, evidenciando con una sola palabra todo el cariño que le tenía.

La reacción de mi madre al verle fue toda la señal que necesité para abandonar el cuarto.

Al atardecer, densas nubes cruzaron el cielo amenazando con lluvia y días fríos. El viento removió sin piedad las nuevas hojas que habían crecido en los árboles, señal de que la primavera se estaba tomando un descanso. Crucé mis brazos a la altura del pecho y me detuve a esperar el cambio de luz en un cruce peatonal. Lamenté no haber llevado una chaqueta, el frío se hacía cada vez más intenso. Como si hubiera pronunciado mi deseo en voz alta, sentí caer sobre mis hombros una fría cazadora. Tragué saliva al sentir la falta de calidez en aquella tela, cuyo aroma llegó para invadir mis sentidos. Me volví lentamente y con torpeza para encontrarme frente a frente con el hombre que más había amado en mi corta vida. Negué con la cabeza, con el único hombre que había amado en mi vida.

Sus finos labios dibujaron una afectuosa sonrisa. Se la respondí con menos gracia y me detuve a observarlo, casi embobada. Estaba ahí, frente a mí y era real. Seguía sonriendo, con una emoción parecida a la mía.

—Hola—mascullé con la voz apagada.

—Hola, Bella—dijo con su voz profunda.

Cerré los ojos un momento, intentando contener el efluvio de emociones que parecían querer embargarme.

— ¿Cómo estás?-preguntó con su tono educado.

—Bien, ¿cómo estás tú? — ¡vaya, qué pregunta!

—Voy tirando—respondió, a modo de broma.

—Espero que tu familia esté muy bien.

—Lo están, gracias por preguntar.

— ¿Están todos aquí?

—No.

— ¿Cómo están tus padres? —me preguntó, tomando una actitud más seria.

Pensé en mentirle y decirle que todo estaba de las mil maravillas, que ambos estaban perfectamente, ¡cómo hubiera deseado poder hacerlo y que fuera verdad! Pero él se enteraría de una u otra forma, quizás ya sabía y estaba tanteando el terreno. Además, debía admitir que jamás había deseado tanto su presencia, jamás le había necesitado como lo hacía ahora, no quería echarlo a perder.

No pude esconder la tristeza ni rehuir su mirada. Sin decirme nada, tomó una de mis manos y estrechó mi cuerpo junto al suyo. Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras él acariciaba mi espalda.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al comprender, de pronto, su repentina llegada.

— ¿Va a ocurrir, no? —pregunté con miedo a saber la respuesta.

No respondió, pero una corriente fría en mi interior me indicó que esa era la razón por la que él había vuelto, después de tantos años volvía para consolarme.

—Comenzará a llover de un momento a otro, ¿quieres volver a tu casa? —preguntó.

Pero en verdad no era una pregunta. Comenzó a caminar, guiando mis pasos y me sorprendió comprobar que sabía exacto a dónde teníamos que ir.

Caminé a su lado sin saber qué decir y le invité a subir cuando llegamos a la puerta de mi apartamento. No observó el interior como si fuera la primera vez que se encontraba allí, me extrañé.

— ¿Desde cuándo vienes? —le pregunté, aunque sin recriminación en mi voz.

Me dirigió una tímida mirada y una leve sonrisa ensombreció su rostro.

—Jamás me fui—admitió.

Asentí lentamente mientras digería lo que acababa de decirme, supongo que siempre lo había sabido. Si hubiera tenido el valor de pronunciar su nombre en voz alta, él se hubiera quedado a mi lado.

Se sentó en el borde del ventanal, la pálida y gris luz que entraba se partía al roce de su piel en débiles y diminutos destellos que bañaban su rostro y su cuello.

Lo observé embobada nuevamente, no podía dejar de hacerlo pues su llegada no calzaba de modo alguno con lo que estaba siendo mi vida en los últimos meses. Su figura en aquél departamento frío y ajado desencajaba tanto como un bosque en medio del desierto.

Me senté frente a él, en un silloncito marrón que no miraba nada en particular.

—Tienes que decirme cuándo ocurrirá—le pedí con la voz quebrada.

Volvió lentamente el rostro para mirarme con las cejas apretadas y los ojos oscuros.

—La madrugada del miércoles.

Perdí el equilibrio aún estando sentada. Estábamos a viernes.

Se acercó a donde me encontraba y se arrodilló frente a mí.

—Bella, no tienes que seguir haciéndote la fuerte, no conmigo.

—Edward, he usado toda mi ración de lágrimas. ¡Es mi mejor amiga la que se está yendo!

Alcé las manos para aferrarme a su cuello, lo escuché contener la respiración cuando mis labios rozaron por casualidad su fría piel. Nos quedamos en esa estática posición hasta que las luces del exterior desaparecieron y el ruido de la lluvia ocupó mis pensamientos.

Estaba acostumbrada a la sensación de cansancio acumulado y de sentir los parpados pesados y congelados aún cuando durmiera todas mis horas de sueño. Esa molesta sensación había vuelto a caer sobre mí esa noche.

Crucé el umbral de mi cuarto deseando a gritos apoyar mi dolorido cuerpo sobre el cálido colchón. Noté que Edward me había seguido pero le resté importancia al pseudo pudor que pudiera sentir en su presencia, pues había sido siempre consciente de ella, aunque no le pudiera ver.

—Jamás he querido plantearme que voy a hacer cuando ella no esté—le conté ya recostada y cubierta por las gruesas mantas. El se había recostado a mi lado y me miraba con dulzura. —Está en la gran mayoría de mis recuerdos como mi confidente, mi aliada, mi apoyo. Cuando me ocurra algo realmente emocionante, ¿a quién querré contárselo?

Me observó con detenimiento, dándome a entender que él siempre estaría.

—No sé como voy a enfrentarlo-murmuré antes de que los párpados me ganaran y el sueño se llevara mi conciencia.

El fue lo primero que vi al abrir los ojos, miraba el techo con el ceño fruncido. La pálida luz proveniente de la ventana caía sobre nosotros y formaba un suave descenso en sus facciones. Se volvió inmediatamente cuando escuchó el batir de mis pestañas.

— ¿Qué sucede? —pregunté con miedo.

—Yo no entiendo la muerte, no puedo imaginar qué estás sintiendo y el no tener las palabras adecuadas para que puedas descansar en mí tu pena, me aniquila.

Saqué una de mis manos del cobijo de las mantas y acaricié su rostro. Sin pensarlo siquiera las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos frente a él. Era tan natural sentirme libre a su lado. A Edward no tenía que esconderle nada, ni engañarle cada día con una sonrisa forzada, no sentía ese peso sobre mis espaldas, algo parecido a la responsabilidad que aparecía cada vez que estaba junto a mi madre, para que no notara que me estaba derrumbando, para que no tuviera más preocupaciones. Junto a él era fácil volver a ser la quinceañera que se había enamorado más allá de toda cordura y con una intensidad desmesurada. Subí a sus ojos oscuros mientras él secaba mis lágrimas.

La pálida luz que entraba por la ventana pronto se volvió de un amarillo tímido, el haz de luz quebró en el cuerpo de Edward y tuve que apartarme para poder observar el efecto completo.

El sonido del despertador interrumpió mi agradable estudio y al abrir los ojos nuevamente observé con dificultad mi oscura y vacía habitación. Me incorporé apoyando mi cuerpo en uno de mis codos, las cortinas estaban cerradas, ni un ápice de luz entraba y me encontraba completamente sola.

Posé mis pies descalzos sobre el frío suelo, concluí que la sensación era bastante real. Vi mi escuálido reflejo en el espejo que había frente a la cama, las ojeras extendiéndose bajo mis ojos, y éstos deslucidos por el cansancio. Todo bastante normal. Solté un profundo suspiro y mi cuerpo se convulsionó en un escalofrío.

—Qué crueldad—musité, ya sin ánimos de pelear con el aire.

Me asomé por la ventana, las calles comenzaban a despertar, los primeros buses ya recorrían la ciudad de punta a punta, los trabajadores caminaban en dirección a sus trabajos haciendo bailar un cigarrillo en sus bocas partidas.

No importaba cuánto pudiera necesitarle, mi subconsciente no solía concederme un minuto de su presencia, jamás en los años que llevaba sin verlo había soñado con él, y eso que cada noche rehacía su rostro en mi cabeza, intentando hilar mi dispersa memoria, intentando forzar la visita, pero no solía aparecer. Este despertar era distinto y tendría que estar agradecida pero debía soportar el dolor que causaba su presencia marchita luego, al despertar, y eso dolía mucho más que añorarlo.