3.

— ¿Es este el nuevo pedido? —pregunté a Hernie, mi repartidor habitual.

—Si, esto fue todo lo que te mandaron—respondió distraído mientras leía el acta de entregas.

Con los brazos en jarra observé la pequeña caja sobre el mostrador. ¿Sólo con eso debía arreglármelas este mes?

—Hernie, esto no me va a alcanzar—protesté frustrada y a sabiendas de que él no tenía la culpa.

—Es una buena entrega, créeme Bella—se acercó a mí con tímida sonrisa—y fírmame esto que debo seguir mi viaje.

Cogí la caja luego de que él se fuera y la dejé olvidada en algún rinconcito de la bodega. Ya casi eran las diez. El sol cruzaba la vitrina e iluminaba los pasillos del local. Eché un último vistazo asegurándome que todo estuviera limpio y ordenado. Puse play al sistema de musicalización y giré el cartelito de entrada para empezar el nuevo día laboral. Las mañanas eran las más lentas pero esta mañana había más público que el usual. El reloj marcó las dos antes de que pudiera darme cuenta.

—Bella—me interrumpió una voz familiar.

Me volví, distraída y encontré a Lauren, una compañera de trabajo.

—Ya puedes ir a almorzar—me avisó con una sonrisa.

Atendí al último cliente que no podía decidirse entre Louis Armstrong y Dizzy Gillespie y que terminó llevándose la discografía del segundo y me fui directo al hospital.

Mi madre acababa con su almuerzo cuando crucé el umbral de su habitación.

—Te he guardado el postre. —Me entregó un pote con gelatina verde el cual acabé en unos pocos segundos.

— ¿Alguna novedad? —preguntó interesada.

Negué con la cabeza, como siempre.

Apuntó su mesita de luz mientras me decía:

—Puedes pasarme una revista que tengo allí, una con una portada celeste.

Cogí la revista que me pedía sin mirarla y me senté en un sillón blanco que, además de la mesa de luz y la que mi madre usaba para comer, era todo el mobiliario de la habitación.

Ojeó las páginas con atención y se detuvo con una sonrisa triunfal, casi al final. Me entregó la revista con la hoja marcada.

—Yo sí te tengo novedades—me contó.

Extrañada, eché un vistazo a la hoja señalada. Se me congeló la sangre al leer el enunciado. Disimulé la turbación y la curiosidad y leí de pasada:

El concertista Edward Cullen vuelve a casa, tras cinco años de ausencia para…

Tragué en grueso y sentí un ligero mareo. Volví a sentarme luego de descartar la revista a los pies de la cama de mi madre.

—Ahora te toca a ti—le escuché decir.

No encontraba las palabras, las manos comenzaron a sudarme a causa del nerviosismo. Entorné los ojos para concentrar la vista en Renée y no en las nubecitas grises que pasaban frente a mis ojos en ese momento.

—Yo ya lo hice—la observé sonreír.

— ¿Cómo te fue con Phil? —pregunté cuando pude relacionar lo que me estaba diciendo.

—Bien, volveremos a casa.

— ¿Cómo dices?

—Le pedí al médico que me diera el alta, ya no quiero estar más en este lugar. —dejó caer las manos sobre la sábana a modo de protesta.

— ¿Y te dijo que sí?

Asintió, entusiasmada. Volví a sentir ese oscuro presentimiento al verla tan animada. Esbocé una sonrisa.

Al salir de su cuarto, diez minutos después, fui en búsqueda de su médico tratante, pero sólo pude hallar a Romy.

—Deja que tu madre se vaya—me pidió.

— ¡No, Romy!—murmuré con desaliento.

— ¿Qué ocurre? —preguntó extrañada.

Me llevé una mano a la altura del pecho para contener el dolor. Romy me había mirado de la misma manera que yo había visto ocupar a muchos médicos en el pasado…me había dado esa mirada.

La dejé en medio del pasillo sin siquiera despedirme. Volví en tiempo record al trabajo. Mantenerme ocupada me serviría para no pensar, siempre resultaba. Había dos o tres personas cuando llegué al mostrador. Lauren atendía a una pareja y el otro miraba distraído las carátulas de unos cd's. Revisé el acta de ventas y decidí que lo mejor que podía hacer para matar el tiempo y no permitirme pensar era comenzar con el inventario. Se lo comenté a Lauren.

—Pero si estamos a mitad de mes.

Me encogí de hombros.

—Un estimativo—alegué en mi defensa.

Me echó una mirada de "como quieras" y me dejó partir. Me fui directo a la bodega luego de hacer notas sobre lo que se ofrecía en el local. Las ventas estaban repuntando, eso era bastante bueno. En la bodega había unas cuantas cajas con mercancía para reponer vitrinas y estantes. Las abrí con cuidado y anoté lo que había.

Era bueno que mi madre volviera a su hogar, a un lugar conocido, acogedor y cómodo. Ahora era incluso mejor pues había aceptado de vuelta a Phil. Un escalofrío recorrió mi espalda al pensar en lo que ambos ya debían suponer. Ese tiempo que compartieran juntos sería el final, una tregua entre el dolor de intuir la pérdida y vivirla concretamente. Una oportunidad para que Phil pudiera sobrellevarlo ya que mi madre no sentiría más.

Llegué a la pequeña caja que había recibido esa misma mañana. Se encontraba vacía. La apilé en un costado de la bodega y subí nuevamente a la tienda una vez hube terminado.

— ¿Cómo vamos? —preguntó Lauren cuando me vio.

—Estupendo —Caí en las repisas desordenadas y me acordé.

— ¿Qué venía en la caja pequeña que llegó esta mañana?

—Música clásica—respondió no muy segura de tener la respuesta. Se encogió de hombros—Se han vendido como pan caliente.

— ¿Si? —me extrañé, la música clásica no solía venderse con frecuencia.

Asintió.

—Dejé una copia de muestra para atraer más público, ¿quieres escucharlo?

—Claro—acepté.

Lauren cambió entonces el cd del reproductor y sacó de una cajita celeste el nuevo compacto.

En tan solo unos segundos la atmósfera que cubría la tienda pareció cambiar de sintonía. Una masa de aire cálido cubrió el ambiente al compás del piano que, melancólicamente, fue soltando una dulce melodía, casi hipnótica. No tenía oído musical, pero en mi pequeño catálogo pude calificar aquella melodía como muy buena, recomendable.

Mi corazón se agitó cuando esta melodía terminó y le dio paso a la siguiente, una nota aguda, luego otra y así, cayendo como gotas hasta que comenzó una tonada un tanto más alegre que la anterior.

— ¿Es bueno, no? —preguntó Lauren poniéndose a mi lado.

Asentí con la cabeza, aún concentrada en aquella música.

—El compositor ofrecerá un par de conciertos a final de mes. Creo que por eso las ventas de sus discos se han disparado en el último tiempo. —Se dio un golpecito en la cabeza—Había quedado de comunicarme con el distribuidor, necesitamos más copias.

Desapareció camino al teléfono y yo con un rápido movimiento y el presentimiento anidándose en el pecho me dirigí al mesón, donde se encontraba la carátula del disco.

La portada no era más que un cielo azul celeste con unas cuantas nubes blancas y brumosas. En la esquina inferior derecha y con letras blancas, fuertes y gruesas versaba: Borrowed time, by Edward Cullen. Tragué en grueso y le di la vuelta para leer el listado de canciones. Eran doce en total, unas dos horas de música.

Think of you—era la primera y a mis ojos resaltaron varios títulos que me dejaron la piel de gallina: If you can't sleep, If i Could see you again, First love, she's the one, the way you look tonight, borrowed time y my bella's lullaby.

Cada título, si no era muy pretencioso de mi parte el pensarlo, guardaba un recuerdo nuestro o ilustraba un anhelo que el paso del tiempo no había podido borrar. Le eché un vistazo al reloj de pared. Quedaba una hora para cerrar. Y se me hizo eterna. Cuando finalmente Lauren se fue y cerrando las cortinas, el local cerró; me fui directo a mi casa, con el compacto guardado en mi bolso.

Como si alguien pudiera descubrir lo que iba a hacer, cerré todas las ventanas y las cubrí con las cortinas hasta dejar mi casa completamente a oscuras. Así, no sé por qué, me sentí más cómoda, más segura y menos débil. Luego de eso, dejé que la música solo fluyera fuera del reproductor.