6.

— ¡Es tan guapo! —exclamaba Lauren cuando entré en el local para empezar con mi turno. Daniel, que había vuelto de vacaciones, intentaba descifrar qué debía responder. Cuando estuve detrás del mesón Lauren me saltó encima con los ojos abiertos y una emoción incontenible.

— ¿Qué le sucede? —pregunté a Daniel.

—Vino un tipo y entonces ella quedó así—la apuntó con el dedo, alejándose precavidamente de nosotras.

— ¿Nueva conquista, Lauren? —me alejé yo también para ingresar mi turno en el sistema.

Soltó un rugido de ya quisiera y aún conmocionada intentó explicar lo que había pasado.

Un muchacho al cual ella no conocía de nada había entrado en el local, mirándola directamente a los ojos y sin titubear le había preguntado el nombre.

— ¿Te habrá visto en alguna fiesta? —aventuré.

— ¡Na-aa! —exclamó. —Si alguien como él hubiera estado en una de mis fiestas, no hubiera demorado en…

— ¿Saltarle encima? —se unió Daniel.

Lauren asintió, sin cohibirse.

— ¿No será del tipo psicópata, Lauren? —quise bromear.

Detuvo su entusiasmo un momento para considerarlo pero se mantuvo firme pensando que por fin la buena suerte le había sonreído.

—Bella, era guapísimo, si hubieras estado cuando él vino, estarías así, como yo.

Asentí lentamente, meramente por educación. Mis parámetros en cuanto a belleza ya estaban dictados hace años y desde la misma cantidad de años no había nadie que me hubiera llamado la atención tanto como él lo había hecho, dejando una marca imborrable tanto en mi cabeza como en mi corazón.

— ¿Y qué te preguntó? —escuché decir a Daniel. Mi concentración dispersa se encontraba ahora organizando un nuevo despacho.

—Preguntó el horario de mis turnos.

— ¿Para invitarte a salir?

—Bueno, no lo hizo—dudó. —Pero tal vez es tímido.

Daniel soltó un bufido escéptico.

—Tímido como cuando entró directamente para preguntar tus horarios. Empiezo a pensar como Bella ahora—musitó Daniel. — ¿No será sólo un psicópata que planea seguirte a tu casa de camino al trabajo?

—Daniel, no molestes—pidió Lauren visiblemente afectada al ver como se desmoronaba su cuento de hadas. —Como sea, ahora que Bella ha llegado ya me toca irme a mí.

Me subí las mangas de mi blusa y apilé un par de cajas. La discusión continuó mientras me dirigía hacia la bodega por más papel para la caja registradora. Me detuve antes de cerrar la puerta para comprobar qué más hacía falta.

— ¡Bella! —Me llamó Daniel—iré con Lauren para dejarla en su casa—rodó los ojos y soltó un suspiro. —Vive cerca de acá, ¿podrías cubrirme?

—Claro—acepté, era miércoles y los miércoles solían ser bastante flojos. —Espera que subo contigo. —Cargué una caja más y lo seguí de vuelta al mostrador.

Lauren ya se había quitado el uniforme y con sus manos peinaba su cabello. Me sonrió cuando nuestras miradas se cruzaron.

—Daniel es tan exagerado—murmuró en confidencia.

Era yo quien ahora ponía los ojos en blanco. Si Lauren todavía no se daba cuenta del porqué…

Finalmente, unos minutos después, se fueron, dejándome sola en la tienda.

Atendí el libro de anuncios y firmé la revisión fijando la fecha en la esquina superior. La campanilla de entrada sonó y por el umbral una mujer menuda de cabello rojizo se internó entre los pasillos.

Me volví para limpiar los discos en la sección de destacados. En el puesto dos se encontraba el de Edward. Lo tomé entre mis manos y leí, como tantas otras veces, la lista de canciones.

— ¿Por qué te llamas tiempo prestado? —murmuré con un nudo en la garganta pues no podía comprender.

— ¿Será por la vida, no? —escuché una vocecita decir. Alcé la vista, la muchacha que había entrado hacía un momento estaba frente a mí. Sus ojos pardo me sonrieron, afables.

Asentí con la cabeza, pero ella continuó.

—Después de todo, uno está aquí solo una vez, tiene solo una oportunidad para hacer las cosas, las lamentaciones no sirven, el tiempo vuela. La vida solo es una estación más, un implemento que se te da con la esperanza de que hagas algo bueno con ella.

Me detuve intranquila mientras ella seguía con su parloteo, a ratos con rápidos murmullos, otros con lánguidos gemidos histéricos.

— ¿Está usted bien? —me atreví a preguntar.

Levantó lentamente sus largas pestañas y me miró ausente.

— ¡Oh, si! —respondió, más tranquila. —Es solo que—se detuvo nuevamente.

— ¿Quiere un vaso de agua? —o tal vez un trago.

—No, muchacha, muy amable. —soltó un suspiro y se restregó las manos enguantadas con nerviosismo. Vio el disco que yo aún sostenía en las manos y sonrió.

— ¿A usted le gusta Edward Cullen? —preguntó.

Noté que sus ojos miraban directo dentro de mí y que su maquillaje estaba tenuemente acentuado allí donde no era necesario. Turbada ante la pregunta, perdí mi atención en los detalles de su figura. Su vestido era rojo y ocultaba de manera estratégica grandes porciones de piel. Divertida ante la noción de su extraña presencia y de su, aún más, extraño comportamiento, disimulé la emoción y pálida como ella, empecé a mentir. Conteniendo una risotada y también las lágrimas.

— ¿Este disco? —lo levanté para que pudiera verlo. Incliné la cabeza y respondí—No, jamás me ha gustado mucho el piano. Me da sueño.

Su reacción fue casi imperceptible pero pude notar como una de sus cejas se alzaba con lentitud, con enfado. Me mordí la lengua. Poco a poco todo comenzó a encajar. Sentí mi cuerpo retorcerse en un escalofrío de reconfortante entendimiento.

— ¿Con que no le gusta? —insistió.

Negué con la cabeza mientras formaba una mueca de asco con los labios.

—No sé cómo ha llegado a estar entre los primeros lugares. Debe ser solamente por la apariencia del concertista.

Me miró perpleja y aún así un poco incrédula.

— ¿A usted le gusta? —le pregunté, acerqué el disco a su cuerpo y con un rápido movimiento para mis torpes habilidades, lo dejé caer.

Abrió los ojos y al segundo siguiente cogía el cd del aire.

— ¡Qué buenos reflejos! —la felicité.

Dejó el compacto en el mesón y se cruzó de brazos. Nos sumergimos en una batalla de miradas que duró solo hasta que la risa, incontenible y emocionada, brotó de mi boca; y saliendo del mesón me acerqué a ella, para abrazarla. Alzó los brazos torpemente para intentar amoldarse.

— ¿Cómo lo supiste? —me preguntó un poco decepcionada.

—Fue tu pregunta—la imité— ¿A usted le gusta Edward Cullen? — y la manera en que esperaste mi respuesta. Impaciente, curiosa y levemente aburrida. Por supuesto que sabes la respuesta.

—Claro que la sé—repuso. —Pero, ¿es posible? —preguntó.

— ¿Qué cosa?

—Que tú aún lo ames.

Pestañeé un par de veces para aclararme la vista.

— ¡Oh, si! Yo aún amo a tu hermano.

Con lentitud y cuidado tomó mis manos.

— ¿El ha venido contigo? —pregunté con el corazón en la boca. Miré hacia la puerta para ver si podía descubrirlo entre la gente que caminaba por la calle, fuera de la tienda.

—No, —me hizo descender abruptamente—él no está aquí, en los Estados Unidos. Ha vuelto a irse.

—Le he vuelto a ver. Fui a uno de sus conciertos.

— ¡Lo sé! —exclamó exasperada. —Pero no te quedaste.

—No pude, Alice. Duele demasiado.

— ¿Y qué crees que sintió mi hermano? —le defendió un poco molesta.

Escondí el rostro mientras sentía mi corazón pesado.

—Lo sé, no debí ir. Lo lamento mucho.

—No estoy hablando de eso—me interrumpió. — Bella, ni siquiera le hablaste. Años sin verle, después de todo lo que vivieron juntos y no fuiste capaz de hablar con él.

— ¿Estás muy molesta conmigo, no?

—Lo estoy—aceptó con tono suave, para no herirme. Aunque me lo merecía.

En eso entró un cliente y se acercó al mesón para consultarme por un disco. Alice se lo quedó mirando, molesta por la interrupción.

—Déjeme revisar—le dije al cliente y me puse a buscar en la base de datos. El género de música que buscaba no se vendía mucho en la tienda por lo que tener artículos de ella era complicado. El computador me dio la referencia del artículo para poder encontrarla en la bodega. — ¡Nos queda una copia! —le dije alegre, pero no estaba contenta por asegurar una venta, me encontraba así por la presencia pacificadora, aunque no fuera su intención, de Alice. —Iré a buscarla—le anuncié al cliente. Miré a Alice y le pedí que se quedara. Ella movió la cabeza en señal afirmativa y se quedó observando al intruso que había interrumpido nuestra conversación. No temí por el pues confiaba en la abstinencia de Alice, pero su mirada era para aterrar a cualquiera.

Cuando regresé, luego de dar unos saltitos en la bodega y de respirar profundo, el cliente ya no se encontraba en el lugar, seguramente gracias a mi nueva visitante.

— ¡Alice! —protesté. —Este es mi sustento, no puedes ahuyentar a los clientes—dije en broma.

—Lo sé, Bella—dijo observando el lugar con desaprobación. —Es triste.

— ¡Hey! —reí, pero no se enteró de nada.

— ¡Bella, vamos! Necesitamos ponernos al día. —se dirigió hacia la puerta.

— ¡Alice! —la atajé. —Tengo que trabajar, ¿te parece a la salida de mi turno?

—No y no me hagas pucheros. Ya sé lo que haremos. Te compraré todos los artículos de la tienda, así tendrás la tarde libre. ¿Qué te parece?

—Trampa—respondí aunque el ofrecimiento era muy tentador. Me vendría de perillas vender toda la mercancía de la tienda ese mes. Con la salida de mi madre del hospital las cuentas de su estadía habían caído de una sola vez como una bomba atómica que se esparce por los rincones.

Alice enarcó las cejas, esperando. Me vi rendida y avergonzada.

—Está bien—murmuré mientras ella daba saltitos de alegría.

Al volver Daniel le conté lo sucedido. Luego de varios intentos infructuosos por hablar con Alice, a la cual encontró visiblemente atractiva, se fue pues tenía el día y tal vez toda la semana o el resto del mes, libre.