Capitulo 3. El León de Damasco
El alba comenzaba a despuntar ya, iluminando la llanura de Famagusta, llena de humeantes escombros. El cañón no había permanecido silencioso durante toda la noche ni un instante y todavía arrojaba fuego, retumbando su estruendo en las viejas casas de la ciudad sitiada y en las angostas calles, la mayor parte de ellas obstruidas por las ruinas de los edificios. El grandioso campamento de las hordas turcas iba percibiéndose poco a poco. Miles de tiendas de campaña se extendían hasta el horizonte, culminadas por un asta con una media luna en su punto más alto y una cola de caballo sobre otra más pequeña.
En mitad de aquel desorden sobresalía la elevadísima y enorme tienda del gran visir, comandante supremo de aquel imponente ejército, toda de roja seda, con el estandarte verde del profeta flotando en la cúspide. Ese estandarte bastaba para excitar a los infieles y volverlos temibles y furiosos como los leones del desierto árabe. Miles de hombres de a pie y de a caballo se afanaban en el campamento, haciendo brillar armaduras y cimitarras a los primeros rayos del sol. Examinaban con odio a Famagusta, sorprendiéndose de que aquel reducto de cristianos no se hubiera entregado ante el tremendo cañoneo de la noche anterior.
El capitán Tormenta, luego de haber advertido al gobernador de la plaza del reto pendiente con el árabe entre el polaco y él, examinaba los estragos causados por los proyectiles turcos en el fuerte, lleno de ruinas.
A poca distancia, el polaco, auxiliado por su escudero, se colocaba la coraza, maldiciendo de continuo, ya que jamás le parecía bien puesta. Se encontraba algo pálido y podría decirse que un poco intranquilo, si bien – hay que decirlo en su honor- no era aquella la primera ocasión que luchaba contra los infieles.
El señor Seth, con ayuda de un mercenario, vigilaba dos magníficos caballos de raza cruzada italiana y árabe, y contemplaba con gran atención las cinchas susurrando para sí:
-¡En algunas ocasiones una cincha mal amarrada puede poner en peligro la vida de un hombre!-
El bombardeo había sido interrumpido por ambos bandos. En el campo otomano se escuchaban las palabras del muezzin (sacerdote mahometano), que concluían siempre con una intimidación a terminar con los guiaurri (perros cristianos). En Famagusta estos efectuaban su almuerzo con aceitunas y algún trozo de pan casi incomible, ya que las provisiones escaseaban de tal manera que, para no perecer de hambre, los habitantes se veían obligados a comer hierba cocida y cuero. Una vez que hubo acabado la plegaria del muezzin, pudo verse a un guerrero turco galopar en dirección a Famagusta, acompañado de otro que llevaba un estandarte con la media luna y la cola de caballo sobre un trapo blanco.
Era un apuesto joven de veinticuatro a veinticinco años, de blanca piel, bronces cabellos, mirada vivaz y abrasadora y que iba ataviado con ricas ropas.
En torno al casco llevaba una banda de seda roja puesta como un turbante, y en la cima, una gran pluma de avestruz. Se cubría el pecho con una reluciente armadura recamada en plata, en las muñecas tenía brazaletes de acero y tapaba sus hombros con un manto blanco, con cenefa azul en su extremidad. Las calzas, de auténtica seda, eran al estilo turco, y en los pies llevaba babuchas marroquíes recubiertas de acero bruñido. Empuñaba una cimitarra y en su faja se distinguía un yatagán de hoja un poco curvada.
Cuando se encontró a trescientos pasos del fuerte, hizo una indicación a su escudero para que plantara en tierra el estandarte, como para dar a entender a los sitiados que se presentaba protegido por la bandera blanca y, tras haber galopado unos minutos con extraordinaria habilidad sobre su blanco corcel árabe, exclamó con poderosa voz:
-¡Edward-el-Kadel, hijo del bajá de Damasco, desafía por tercera vez a los capitanes cristianos con armas blancas! ¡Si no admiten el reto, los trataré de viles canallas, no merecedores de luchar con los grandes guerreros de la Media Luna! ¡Que vengan, por tanto, a enfrentarse conmigo de uno en uno si tienen en las venas sangre de hombres! ¡Edward-el-Kadel los está aguardando!-
El capitán Aro, que finalmente había podido colocarse la coraza, se encaminó al parapeto del fuerte y con voz que semejaba el mugido de un toro, y volteando al mismo tiempo en forma terrible su imponente espada respondió:
-¡Edward-el-Kadel no retará de nuevo a los capitanes cristianos, ya que de aquí a cinco minutos le mataré sobre el caballo igual que a una pulga! ¡Somos dos los que hemos jurado arrancarle el pellejo, perro infiel!
El polaco, dirigiéndose al capitán Tormenta, le preguntó no sin cierta ironía, que no pasó inadvertida a la joven duquesa:
-¿De verdad le mataremos?
-¡Sí! –repuso con frío acento la capitana.
-¡Vamos a ver a cuál le corresponde combatir primero con ese bandido!
-¡Cómo le plazca, capitán!
-Todavía tengo un cequí. ¿Cara o cruz?
-Escoge tú
-Prefiero cara. Será un magnífico augurio para mí y desastroso para el turco. A quien le corresponda la cruz será el que se enfrente a ese perro.
-Tira al aire el cequí.
El polaco lo hizo así y lanzó una exclamación.
-¡Cruz! –dijo–. ¡Ahora tíralo tú!
El capitán Tormenta tiró, por su parte, la moneda.
-¡Cara! –dijo con fría entonación–. Le corresponde a usted, capitán, ir al combate el primero contra el hijo del bajá de Damasco.
-¡Le pasaré de parte a parte! –repuso el polaco–. Si caigo, confío en que me vengara por el honor de los capitanes de Famagusta y de la cristiandad, aunque tengo bastantes dudas respecto al valor y la fuerza de tu brazo.
-¿De verdad? –inquirió el capitán Tormenta con acento de burla.
-¡No confío más que en mi espada!
-Y yo en la mía. ¡Vamos!
El polaco subió a su caballo; el puente levadizo del fuerte descendió a una orden del comandante y los dos valientes avanzaron al galope por la llanura. Todos los moradores y defensores de Famagusta, conocedores de que ambos capitanes cristianos habían aceptado el desafío del turco, habíanse congregado en los muros, anhelosos de presenciar aquel trágico duelo.
Las mujeres oraban en voz baja, pidiendo a la Virgen el triunfo de los dos campeones cristianos, en tanto que los guerreros venecianos y los mercenarios colocaban sus cascos y cimeras en las puntas de las espadas y alabardas, exclamando a grandes voces:
-¡Denle una lección!
-¡Enseñen al infiel la bravura de los capitanes venecianos!
-¡Viva el capitán Tormenta!
-¡Viva el capitán Aro!
-¡Vengan con la cabeza del infiel! ¡Viva Venecia!
-¡Vivan los hijos de la República!
La joven duquesa y el polaco marchaban al galope, uno al lado del otro, en dirección al hijo del bajá, que los aguardaba contemplando su cimitarra.
La primera mantenía una serenidad y sangre fría completas. El capitán aventurero, en cambio, parecía más nervioso que nunca y maldecía de su caballo, al que suponía mal enjaezado –aunque el señor Seth lo había examinado con todo detalle–, y poco preparado para semejante lucha.
- ¡Tengo la certeza de que este necio animal me jugará alguna mala pasada en el instante de herir al turco! ¿Qué le parece, capitán Tormenta?
- Creo que su corcel se comporta como un caballo de batalla –replicó la joven.
- ¡no sabes absolutamente nada de caballos! ¡No eres polaco!
- Es posible –respondió la duquesa–; yo sé más de golpes de espada.
- ¡Hum! ¡Si yo no os librase de esa cabeza de leño, no sé de qué forma os las arreglaríais! Pero pienso hacer cuanto me sea posible por enviarle al otro mundo, para salvar, de paso que la suya, mi piel, ya que tengo mucho interés en conservarla cuanto me sea posible.
- ¡Ah! –contestó simplemente la duquesa.
- Aunque sí solamente me hiriese...
- ¿En tal caso...?
- Me convertiré en musulmán y seré capitán turco. Para esos necios es suficiente renegar de la cruz, y yo, por mi parte, renegaría incluso de mi patria, con tal de tener mando y cequíes.
- ¡Magnífico capitán cristiano! –comentó el capitán Tormenta, examinándole despectivamente.
- Soy un aventurero, y me es indiferente combatir por la cruz o por Mahoma. Mi conciencia no padecerá por este motivo – contestó con cinismo el polaco–. No piensas de la misma forma, ¿no es cierto, señora?
- ¿Cómo dices? –inquirió el capitán Tormenta, deteniendo su caballo, mientras fruncía el ceño.
- ¡Señora! –insistió el polaco–. ¡Voto a sanes!
Yo no soy un estúpido, igual que los otros, para no haber advertido que ese célebre capitán Tormenta es un supuesto capitán. Si lo deseas, al instante libro un duelo contigo para abrir, de un simple golpe y sin heriros, vuestra coraza, y demostrar a todos lo que en realidad eres, señora mía. ¡En tal caso sí que reiré de verdad!
- ¡O lloraras! –repuso con sorda voz la duquesa–. Yo sé tal vez matar hombres mejor
que tú!
- ¡Una mujer!
- De acuerdo; puesto que has adivinado mi secreto, capitán Aro, si no sucumbes a manos del turco, luego del desafío, ofreceremos a los moradores de Famagusta otro espectáculo.
- ¿Qué espectáculo?
- El de unos capitanes cristianos luchando entre ellos como mortales enemigos – respondió con frío acento la duquesa.
- Conforme. Pero prometo que, ya que eres mujer, le haré el mínimo daño posible.
¡Me conformaré con rajar vuestra armadura!
- Pues yo haré cuanto pueda por atravesarte la garganta con el objeto de que no te sea posible propalar un secreto que a mí atañe.
- Ya iniciaremos de nuevo la conversación más tarde, señora, puesto que el turco empieza a inquietarse.
Y tras una pausa, agregó, lanzando un suspiro:
- ¡No obstante, me sentiría feliz dando mi nombre a una mujer tan valerosa!
La duquesa ni siquiera contestó y prosiguió en silencio.
Ya se encontraba solamente a diez pasos del hijo del bajá de Damasco, que contemplaba a los dos capitanes como ponderando su fuerza.
- ¿Quién va a ser el primero en enfrentarse con el león de Damasco? –inquirió.
- El oso de los bosques de Polonia –replicó Aro - Si tienes largas y fuertes garras como las fieras que habitan los desiertos de tu tierra, yo tengo la imponente fuerza de los plantígrados de mi país. ¡Te dividiré en dos partes con un sencillo golpe de mi espada!
Al turco debió de agradarle la arenga, pues, estallando en una carcajada y blandiendo su cimitarra exclamó:
-¡Mis armas te aguardan! ¡Vamos a ver si el viejo oso de Polonia derrota al joven león de Damasco!
Más de cien mil ojos se hallaban clavados en ambos combatientes, ya que los dos ejércitos adversarios se habían reunido en sus correspondientes campamentos, deseosos de asistir al fin de tan caballeroso duelo.
El polaco asió con la mano izquierda las bridas de su montura, en tanto que el turco las aferraba entre los dientes, a causa de que tenía las manos ocupadas, permaneciendo después fijos los dos, como intentando hipnotizarse con la mirada.
-¡Puesto que el león no embiste, lo hará el oso! –exclamó el capitán Aro, efectuando un molinete con la espada–. ¡No me agrada aguardar!
Espoleó con viveza al corcel y se precipitó sobre el turco que le esperaba cubriéndose el pecho con la cimitarra y el yatagán.
En cuanto vio a su lado al aventurero, con una ligera presión de las rodillas hizo que su caballo diera un súbito salto de costado, y asestó al polaco un tremendo golpe de cimitarra. Éste, que no aguardaba semejante sorpresa, detuvo, sin embargo, el tajo con extraordinaria celeridad y contestó al instante, sucediéndose sin descanso las estocadas.
Ambos caballeros combatían con igual denuedo, cubriendo al mismo tiempo las cabezas de sus cabalgaduras para no quedar desmontados inopinadamente.
El capitán aventurero atacaba con ardor, con saña, maldiciendo de todo, por no perder la costumbre, bien fuera para amedrentar o para insultar al turco, y afirmaba que le partiría en dos mitades igual que si de un sapo se tratase.
Su espada chocaba con furia contra la cimitarra, intentando partirla, y en algunas ocasiones rebotaba sobre la coraza. Por su parte, Edward-el-Kadel buscaba sin cesar el pecho de su enemigo con el yatagán, haciendo saltar chispas de la armadura del polaco. Los espectadores lanzaban de vez en cuando grandes gritos para estimular a los combatientes.
-¡Ánimo, capitán Aro! –exclamaban los guerreros venecianos al ver al turco perder los estribos ante las tremendas estocadas del aventurero.
-¡Extermina al guiaurro! –exclamaba la tropa infiel cuando Edward embestía haciendo dar a su corcel saltos de gacela.
El capitán Tormenta continuaba mudo e inmóvil en su caballo. Examinaba con atención la forma de luchar de cada adversario, en especial la del león de Damasco, para poder sorprenderle en el supuesto de tener que batirse con él.
Como discípula de su padre que era, el cual tenía fama de ser una de las mejores espadas de Nápoles, ciudad que contaba en aquella época con los más hábiles espadachines, y cuya escuela era muy apreciada, se consideraba los suficientemente fuerte para enfrentarse al turco y derrotarle sin arriesgarse en exceso.
Mientras tanto, el duelo prosiguió entre ambos campeones con mayor denuedo. El polaco, que tenía más confianza en su fortaleza que en su destreza, se dio cuenta de que el turco poseía músculos de acero, de extraordinaria resistencia, y procuró emplear una de tantas estocadas secretas que entonces se enseñaban.
Aquello fue su ruina. El turco, que quizá no la desconocía, paró el golpe con suma rapidez y replicó con otro de su cimitarra con una celeridad tal, que el aventurero fue incapaz de detenerlo. El acero le alcanzó por encima de la armadura, tocándole en la parte derecha del cuello y ocasionándole una gran herida.
-El león ha derrotado al oso! –exclamó, en tanto que cien mil voces acogían la súbita victoria con un atronador vocerío desde las murallas.
El polaco había dejado caer la espada de su mano. Permaneció un instante sobre su caballo, con las manos en la herida, como si intentara contener la sangre que brotaba a borbotones y, por último, cayó pesadamente a tierra con gran fragor de hierro, quedando inmóvil al lado del corcel, que no se había movido.
El capitán Tormenta no parpadeó ni tan siquiera.
Alzó la espada y, avanzando hacia el vencedor, dijo:
-¡Ahora nos toca a nosotros dos, señor!
El turco contempló a la joven duquesa, entre admirado y condescendiente.
- ¡Tú! –exclamó–. ¡Si eres un muchacho!...
- ¡Que te dará trabajo! ¿Quieres descansar un momento?
- ¡No es necesario! ¡Terminaré enseguida contigo! ¡Eres en exceso flojo para combatir contra el León de Damasco!
- ¡No por ello pesará menos mi espada! ¡En guardia!
- ¿Tal vez eres un pequeño león más temible que el oso de Polonia?
- ¡Es posible!
- Dime, por lo menos, antes cuál es tu nombre.
- Me conocen por el capitán Tormenta.
- No es ésta la primera ocasión que oigo mencionar ese nombre –repuso Edward-el-
Kadel.
- Ni yo tampoco el suyo.
- Ya sé que eres un héroe.
- ¡No lo imaginas! ¡En guardia, que ataco!
- Ya estoy en guardia, si bien me desagrada matar a un joven tan leal y tan valeroso como tú.
- ¡Vuelvo a repetirte que tengas cuidado con la punta de mi espada! ¡Por san Marcos!
- ¡Por el profeta!
La duquesa, que además de ser una expertísima esgrimista era también muy buena amazona, espoleó su montura, pasando con la velocidad de una flecha y con la espada en la línea, junto al turco. En el instante en que éste se disponía a cubrirse con la cimitarra, le lanzó una estocada hacia la gola donde la coraza no llegaba.
Edward-el-Kadel, que ya se hallaba prevenido, detuvo el golpe con rapidez. Aunque no por completo, y la espada, al ser rechazada hacia arriba, tocó la cimera, arrancándosela y enviándola a considerable distancia.
- ¡Estupenda estocada! –exclamó el León de Damasco, sorprendido–. ¡Es mejor este muchacho que el oso de Polonia!
El capitán Tormenta prosiguió su carrera durante una veintena de metros y, obligando a su corcel a dar una veloz vuelta, se dirigió de nuevo hacia el turco con la espada siempre en línea, presta a herir. Pasó por la izquierda, deteniendo un golpe de cimitarra, y empezó a girar en torno al turco, espoleando con energía al caballo de continuo. Edward-el-Kadel, sorprendido por semejante maniobra, no era capaz de afrontar a un adversario tan ágil.
Su caballo árabe, totalmente agotado por el cansancio, daba vueltas sobre sus patas traseras sin poder seguir al del joven capitán, que parecía estar endemoniado.
Tantos turcos como cristianos lanzaban grandes gritos, animando a los combatientes.
- ¡Valor, capitán Tormenta!
- ¡Viva el defensor de la cruz!
- ¡Muera el guiaurro!
- ¡Por Alá! ¡Por Alá!
La duquesa, que continuaba conservando toda su serenidad, se iba aproximando cada vez más al turco. Sus ojos relampagueaban, su cutis había adquirido un color rosado y sus rojos labios temblaban. El círculo que iba encerrando al turco se estrechaba más a cada momento y el caballo de éste empezaba a perder fuerza y agilidad.
- ¡Ten cuidado, Edward-el-Kadel! –exclamó al cabo de unos segundos la duquesa.
Casi no había terminado la frase, cuando su espada alcanzó al turco debajo de la axila izquierda, en un punto no protegido por el peto.
Edward-el-Kadel lanzó una exclamación de cólera y dolor, al mismo tiempo que en las huestes bárbaras se elevaba un clamor semejante al de la marea en una noche de huracán. En los muros de Famagusta los guerreros agitaban sus picas y alabardas, gritando con voces desaforadas:
- ¡Viva nuestro joven capitán! ¡Aro ha sido vengado!
En lugar de precipitarse sobre el herido y asestarle el golpe definitivo, como era su derecho, la duquesa hizo parar al caballo y examinó entre compasiva y orgullosa al joven León de Damasco, que hacía extraordinarios esfuerzos para sostenerse en la silla.
- ¿te declaras derrotado? –inquirió, haciendo avanzar su caballo.
Edward-el-Kadel intentó levantar la cimitarra para continuar el combate, pero le fallaron las fuerzas. Se tambaleó, se agarró a las crines del caballo y se desplomó en tierra, igual que el polaco, entre un gran fragor de hierro.
- ¡Mátale! –Gritaban los guerreros de Famagusta–. ¡No compadezcas de ese perro infiel, capitán Tormenta!
La duquesa bajó del corcel con la espada cubierta de sangre en la mano y se aproximó al turco, que había logrado ponerse de rodillas.
- ¡te he derrotado! –le dijo.
- ¡Mátame! –contestó Edward-el-Kadel–. ¡Estás en tu derecho!
-¡El capitán Tormenta no mata al que no puede defenderse! ¡Eres un hombre valeroso y te perdono la vida!
-¡No supuse que fuera tanta la generosidad de los cristianos! –reconoció Edward con voz débil–. ¡Gracias! ¡No olvidaré jamás la generosidad del capitán Tormenta!
-¡Adiós y cúrate pronto!
La duquesa se encaminaba a su caballo, cuando los turcos, enfurecidos, la rodearon.
-¡Muerte al guiaurro! –exclamaban. Ocho o diez jinetes se aproximaban enarbolando las cimitarras, decididos a vengar la derrota del León de Damasco.
Un griterío enfurecido se alzó entre los cristianos de Famagusta.
-¡Viles traidores!
Realizando un supremo esfuerzo, Edward-el- Kadel se había incorporado, pálido, pero con los ojos llameando a consecuencia de la ira que le invadía.
-¡Canallas! –gritó, dirigiéndose a sus compatriotas–. ¿Qué hacen? ¡Retírense todos o haré que los empalen como indignos de estar entre los valerosos y nobles guerreros!
Los jinetes habían interrumpido su avance, confundidos y atemorizados.
En aquel instante, dos disparos de culebrina surgieron del fuerte de san Marcos, seguidos de una lluvia de proyectiles que hizo rodar por tierra a siete de los infieles. Los demás hicieron volver grupas a sus caballos huyendo a todo galope hacia el campamento turco, entre las risotadas y burlas de sus camaradas, que no habían estado de acuerdo con aquella inoportuna intervención.
-¡Ésa es la lección que se tenían ganada! –exclamó el León de Damasco, en tanto que su escudero acudía en su ayuda.
La artillería turca no había respondido a los disparos de los cristianos.
El capitán Tormenta, que todavía llevaba el espada en la mano, decidido a vender cara su vida, hizo un ademán despidiéndose de Edward-el-Kadel con la mano izquierda, subió sobre su caballo, y se alejó en dirección a Famagusta, en tanto que la tropa cristiana lo acogía con un verdadero huracán de aplausos y hurras.
En el instante en que se marchaba, el polaco, que no había muerto, alzó con lentitud la cabeza y le siguió con la mirada mientras murmuraba:
-¡Confió en que nos volveremos a ver jovencita!
A Edward-el-Kadel no le pasó inadvertido el movimiento del capitán Aro.
-¡Ése no está muerto! –advirtió a su escudero–. ¿El oso de Polonia tendrá el alma atornillada?
-¿Debo matarle? –indagó el escudero.
-¡Llévame junto a él!
Apoyándose en el guerrero y conteniendo con la mano la sangre que manaba en abundancia, se aproximó al capitán.
-¿Pretendes rematarme? –inquirió éste con voz lastimera–. Desde este momento soy correligionario vuestro..., ya que he renegado de mi religión. ¿Matarias a un mahometano?
-¡Haré que te curen! –respondió el León de Damasco.
¡Eso es lo que deseo!, díjose para sus adentros el aventurero. Ah, capitán Tormenta: ¡me las pagarás! .
Hola aquí un nuevo capi! He decidido cambiarle el habla a los personajes de español de España a Español latino! xD que tal les parece esta historia? Comenten por favor recuerden que son comentarios me inspiran! Recuerden también darse una vueltesita por mi otro Fic "Historia de Colegio". Los quiero!
Besos y cariños
Mile.
