Capitulo 6. Noche de Sangre.

Mientras el árabe se encaminaba a la carrera en dirección al fuerte de San Marcos, arrimándose a las casas para eludir las balas y las piedras, que caían sin interrupción, las hordas turcas, a pesar de su intenso tiroteo de los cristianos, habían conseguido atravesar la planicie y se lanzaban al ataque general.

Famagusta se hallaba rodeada por un cinturón de hierro y fuego, que a cada instante iba estrechándose más, lenta pero inexorablemente.

Los mayores esfuerzos se centraban sobre el fuerte de San Marcos. De todas formas, imponentes masa de atacantes rodeaban también los restantes fuertes y murallas, desafiando a la muerte. Los jenízaros, que habían sufrido grandes pérdidas y llenado la llanura con sus muertos, acababan de congregarse bajo el poderoso cuerpo a cuerpo, atacando con impetuoso denuedo a las compañías de mercenarios que lo defendían, mientras las fuerzas de albanos y guerreros del Asia Menor pretendían escalar las torres y apoderarse de ellas.

Trepaban los infieles con la furia de lobos hambrientos, asiéndose a los salientes y escombros con el yatagán entre los dientes y la cimitarra en la mano, resguardándose con los escudos, en los que se veían la cola de caballo y la media luna.

Los proyectiles, que les caían de lleno, casi a boca de jarro, diezmaban sus filas. Pero ellos pasaban impertérritos sobre sus muertos y moribundos, exclamando:

-¡Exterminen! ¡Maten! ¡Aniquilen a todos! ¡El Profeta lo ordena!-

Y los jenízaros, que eran todos veteranos y se habían enfrentado ya a las espadas venecianas en Chipre y Negropronto, y en las costas dálmatas, trepaban con la sonrisa en los labios sonrisa de fiera, anhelosos de sangre cristiana, imaginando distinguir, en su ciego fanatismo, entre los aceros de los enemigos los hermosos rostros de las huríes del Profeta. ¿Cómo temer a la muerte, si las doncellas del paraíso aguardaban con los brazos abiertos a los valerosos guerreros que sucumbían defendiendo la Media Luna? ¿Acaso Mahoma no lo había prometido así? Y proseguían con si furioso avance, blandiendo con rabia la cimitarra, mientras tras ellos la planicie se cubría de muertos y los cañones tronaban sin cesar, cubriendo a Famagusta de hierro y balas de piedra incandescente.

Los cristianos ofrecían la máxima resistencia al impetuoso ataque de aquella imponente horda. Estimulados por la presencia del gobernador, cuya voz retumbaba sin que consiguiera sofocarla el estruendo de la artillería, luchaban con gran coraje.

Reunidos en el fuerte, constituían una muralla de hierro que las cimitarras turcas no conseguían abatir. Golpeaban rabiosamente con sus mazas los escudos de los atacantes, destruyendo cimeras y cascos. Sus espadas, en continuo movimiento, unas veces segaban una cabeza mahometana, otras mutilaban un cuerpo, en tanto que las culebrinas esparcían la muerte con un torrente de metralla.

Era un combate grandioso, épico, que producía espanto tanto en los asaltantes como en los sitiados.

Entretanto, en los restantes fuertes y en torno a las torres se luchaba con desesperación y grandes pérdidas por ambas partes.

Los albanos y los del Asia Menor, encolerizados por la tenaz resistencia de los sitiados y por los graves estragos ocasionados en sus filas, pretendían, con ataques desesperados, rebasar las murallas, arrimando a ellas infinidad de escalas, que no tardaban en desplomarse con todos los que intentaban subir por ellas.

Tan sangriento resultaba el combate por aquella zona, que por las murallas corrían chorros de sangre, como si miles de bueyes hubieran sido sacrificados. Caían compañías completas de turcos, desgarrados por las picas, espadas y mosquetes; pero otros los reemplazaban y seguían la lucha con ciega tenacidad.

Se dirigían los ataques, sobre todo, hacia las torres, en cuyas plataformas las culebrinas venecianas disparaban sin tregua, ocasionándoles los mayores estragos. Aquellos vetustos y elevados edificios eran muy difíciles de tomar, ya que ofrecían una extraordinaria resistencia a las minas y arietes. El revestimiento caía, pero la parte interior no cedía con tanta facilidad, por la solidez de aquellas construcciones, realizadas por ingenieros venecianos.

En ocasiones, los cristianos, no confiando ya en sus fuerzas, pero dispuestos a morir con las armas en la mano antes que dejarse matar luego impunemente, derrumbaban con sus mazas las troneras, arrojando de esa manera sobre los atacantes un torrente de escombros que inmovilizaban a un gran número de ellos. Mientras en todos los lugares de la población tanto guerreros como habitantes competían en bravura, decididos a todo con tal de ocasionar al enemigo grandes estragos, entre aquel horrendo fragor de bronces y aullidos de moribundos y combatientes, entre choques de espadas y mazas rebotando en los escudos y armaduras, en medio del estallido de las minas, las campanas de las iglesias volteaban sin cesar en el aire, lleno de humo, y en las angostas callejuelas se escuchaban las oraciones de las mujeres, sollozantes, suplicando a San Marcos, protector de Venecia.

Cuando Jacob, milagrosamente ileso de las balas de piedra que abatían a la ciudad, dejando tras sí ráfagas de fuegos semejantes a bólidos, alcanzó el fuerte principal, que era contra el que combatían con mayor saña los jenízaros, la lucha había adquirido grandes proporciones.

La reducida tropa cristiana, arrinconada por los incesantes asaltos de los infieles, diezmada por los disparos de culebrina emplazadas en la planicie, y agotada por aquella desesperada batalla, que duraba tres horas, empezaba a retirarse.

Combatían entre montones de muertos que constituían una nueva trinchera, todo el fuerte se encontraba lleno de guerreros moribundos, a quienes el yatagán de los infieles se disponía a rematar; de escudos, yelmos, picas, alabardas, espadas y culebrinas inservibles.

El gobernador, muy pálido, con la cota de malla desgarrada por las armas turcas, rodeado por sus capitanes, ya muy escasos, pues la mayoría habían resultado muertos, intentaba reorganizar las compañías de marineros venecianos y de mercenarios para seguir manteniendo aquella desesperada resistencia.

En la parte de atrás del fuerte había una amplia plataforma circundada por una pequeña muralla, algo semejante a una rotonda, que se utilizaba para las maniobras de los guerreros, y que a los lados contaba con pequeños reductos.

Al observar el gobernador que el fuerte ya no podía resistir, había ordenado trasladar hasta aquel punto las culebrinas que todavía estaban en condiciones de ser utilizadas y contener el ataque de los otomanos, que ya salvaban la escarpa exterior.

- ¡Intentemos aguantar hasta mañana, muchachos! –Dijo el audaz gobernador–. ¡Siempre habrá ocasión para rendirse!

Los mercenarios y marineros, aunque ya muy exiguos en número a causa de la cruel batalla, habían conseguido, a pesar de la lluvia de balas, poner a salvo ocho o diez culebrinas, en tanto que los guerreros procuraban contener durante cierto tiempo a los infieles, batallando en las murallas y en los puntos todavía no derrumbados del fuerte.

En aquel instante llegó Jacob. Al ver al señor Seth, que reorganizaba la compañía del capitán Tormenta, reducida a menos de la mitad, se dirigió hacia él.

- Estamos perdidos, ¿no es verdad? – inquirió.

Viéndole solo, el veneciano había experimentado un sobresalto.

- ¿Y el capitán? –interrogó.

- ¡Está herido!

- Te he visto cómo le sacabas fuera de aquí.

- No te inquietes. Se encuentra a salvo y, aunque los turcos conquisten Famagusta, no lograrán encontrarle.

- ¿En qué lugar está?

- En el subterráneo de la torre de Bragola, que ya se halla derrumbada. Si no te dan muerte, ve allí en su busca.

- ¡No faltaré! ¡Ten cuidado, Jacob, no te arriesgues mucho! ¡Has de vivir para salvar al capitán!

Los guerreros venecianos y los mercenarios, extenuados a causa de la superioridad numérica del enemigo, se replegaban en desorden en dirección a la rotonda, intentando salvar, sino a todos, a la mayoría de sus heridos.

Afortunadamente, el gobernador de Famagusta tuvo el tiempo suficiente para reorganiza tropas, que eran algo más numerosas, ya que se habían sumado a ellas algunos habitantes de la población.

Los jenízaros franqueaban ya el parapeto, lleno de cadáveres, y exclamaban sin cesar:

-¡Muerte a los guiaurri* (*perro cristiano)! ¡Exterminen! ¡Maten!

Al resplandor de los disparos de la artillería se veían sus rostros contraídos por la furia que los dominaba y sus feroces ojos, que semejaban tener fosforescencia.

- ¡Disparen artilleros! –ordenó el gobernador con voz que logró imponerse al tronar de los cañones y al vocerío de los asaltantes.

Las culebrinas dispararon todas al mismo tiempo, haciendo retemblar el fuerte y cubriendo a los infieles con abrasadora metralla.

La primera fila de bárbaros guerreros se desplomó sobre el parapeto abatidos por aquel huracán de fuego. Pero otros hombres ocuparon los puestos de los muertos, lanzándose al ataque con desenfrenada furia, para no dar ocasión a los artilleros a que volviesen a cargar las culebrinas.

Los venecianos y mercenarios, que habían tenido un instante de descanso, volvieron a la carga.

Protegiéndose con los escudos, se precipitaron sobre los jenízaros y trabaron un nuevo combate. Los capitanes los animaban, incitándolos a resistir hasta el final.

Las cimitarras y las espadas caían sobre las corazas, rompiéndolas y atravesándolas.

Las pesadas mazas golpeaban en cascos y cimeras, destrozando cabezas, y las afiladas alabardas se hundían en las carnes, ocasionando horribles e incurables heridas.

Pero ya nada era capaz de contener a las hordas exterminadoras que el gran visir y los bajás habían lanzado al ataque contra Famagusta.

Los robustos guerreros venecianos, agotados por tantos meses de padecimientos y de asedio, se desplomaban por grupos en tierra, empapada ya en su sangre generosa, y morían pronunciando el nombre de san Marcos, mientras los turcos se daban prisa en hacerlos callar para siempre, atravesándoles las gargantas.

La agonía de Famagusta había empezado, iniciándose espantosas represalias, que habrían de levantar un clamor de indignación entre los países cristianos de Europa, que se hallaban pendientes de aquella batalla.

Oriente aniquilaba a Occidente. Asia retaba a la cristiandad, haciendo flotar triunfante ante su vista la verde enseña del Profeta.

Por todas partes vencían ya los infieles. Una a una eran tomadas las torres por lo bárbaros de Arabia y de las estepas de Asia y, derrotados, agonizantes o muertos, los cristianos eran arrojados a los fosos, desde los torreones ya conquistados.

El fuerte de San Marcos ofrecía muy escasa resistencia.

Los mercenarios y venecianos, desbaratados por los asaltos de los turcos, se retiraban en desorden.

Ya nadie acataba las órdenes de los capitanes ni del gobernador. Los muertos iban amontonándose de continuo. A las trincheras de tierra, ya derruidas, seguían ahora trincheras de carne humana y de hierro.

Una imponente nube, producida por el humo de la artillería, se cernía igual que un velo fúnebre sobre Famagusta, rodeándola por completo. Las campanas habían dejado de sonar y las oraciones de las mujeres, congregadas en la iglesia, eran ahogadas por el atronador vocerío de los infieles.

La marea crecía, crecía; marea humana, más peligrosa que la del océano, y que parecía ir acompañada de un lúgubre mugido.

Los guerreros asiáticos ya habían trepado por las murallas y se lanzaban por la ciudad igual que cuervos hambrientos.

Los venecianos, mercenarios y moradores de la ciudad que habían intervenido en la defensa, se daban a la fuga con rapidez y desesperación, cruzando las angostas calles de

Famagusta, intentando ocultarse entre los escombros y ruinas y haciendo cundir el pánico con gritos de:

- ¡Sálvese quien pueda! ¡Ahí vienen los turcos!

Los soldados que todavía luchaban en los muros y torreones, al escuchar aquellas voces, que notificaban la caída de la fortaleza, por temor a ser atacados por la retaguardia, abandonaban por su parte la defensa y corrían a refugiarse en la ciudad.

No obstante, aun tras las viviendas derribadas y en las esquinas de las calles, los venecianos pretendían defenderse para impedir que los otomanos alcanzaran la vieja iglesia, dedicada al protector de la República, y retardar la matanza de mujeres y niños, que se habían refugiado dentro de ella, aguardando con resignación que las cimitarras de los infieles llevaran a cabo su espantosos cometido.

Si bien agotados y heridos, la mayoría de los valerosos hijos de la reina del Adriático hacían que la victoria le saliese cara al poderoso enemigo.

Sabiéndose ya sentenciados a muerte, combatían con la furia de la desesperación, precipitándose sobre los frentes de las columnas y ocasionando gran mortandad entre los jenízaros, albanos, tropas irregulares y fuerzas árabes y cuantos con ellos se batían.

Pero por desdicha para los defensores de la ciudad, la caballería penetró en Famagusta, cruzando por las brechas del fuerte de

San Marcos, y se lanzó a todo galope entre ensordecedores alaridos, arrollándolo todo a su paso. Eran doce regimientos, que cargaban con furia y sin la menor compasión. No hubiera habido ningún cuerpo de ejército, por aguerrido que fuese, capaz de enfrentarse a aquellos hijos del desierto.

Sobre las cuatro de la madrugada, cuando la oscuridad empezaba a desvanecerse, los jenízaros, que con la colaboración de la caballería habían sofocado toda resistencia, registrando una por una, las casas no derruidas, y degollando a cuantos encontraban en su interior, llegaron ante la vieja iglesia de san

Marcos.

El valeroso gobernador de Famagusta se hallaba de pie en el último escalón, apoyado en su espada y con un puñado de bravos a su alrededor, únicos que lograron escapar de la matanza.

Estaba sin cimera y por su destrozada cota brotaba la sangre. Pero ni una simple arruga se advertía en la frente del condottiero y su mirada aparecía tranquila.

Los jenízaros, que se habían dado cuenta de quién era, se detuvieron e interrumpieron su salvaje griterío.

La sorprendente serenidad de aquel hombre, que durante tantos meses mantuvo a raya al más poderoso de los ejércitos formados por el sultán de Bizancio, y que con el valor de su brazo habían enviado más de veinte mil guerreros al paraíso del Profeta, parecía haber calmado de súbito a aquellos seres sedientos de sangre cristiana.

Un bajá, que adornaba la cimera con tres plumas verdes, y que llevaba una larga cimitarra, anheloso de acabar con aquel puñado de guiaurri, se había abierto camino entre los jenízaros, haciendo caracolear de una forma insolente a su corcel.

- ¡Presenten sus cabezas a las cimitarras de mis guerreros! ¡Están vencidos! –gritó.

Una despectiva sonrisa se dibujó en los labios del gobernador, en tanto que sus ojos despedían un destello de ira.

- ¡Puesto que tanto lo deseas, mata! – Repuso, arrojando su espada–, ¡Pero acuérdate de que el León de san Marcos no queda exterminado en Famagusta y que algún día su rugido retumbará bajo las murallas de la antigua Bizancio.

Y alargando su mano hacia la puerta de la iglesia, que se hallaba abierta, añadió:

-¡Allí se encuentran las mujeres y los niños! ¡Puedes asesinarlos! ¡No ofrecerán resistencia! ¡Deshonra la fama de los guerreros orientales! ¡La historia los juzgará!

El bajá permaneció silencioso. Las altivas palabras del jefe de los venecianos le habían ofendido y no era capaz de hallar una respuesta oportuna.

En aquel momento resonaron las trompas y redoblaron los timbales. Las apretadas filas de jenízaros se abrieron.

Era el gran visir, que llegaba con sus capitanes y la guardia albanesa.

Apareció en la plaza con la espada desenvainada, erguido sobre su caballo empenachado y con la celada alta. Pasó por entre las filas de jenízaros, sin dirigirles ni siquiera una mirada, a pesar de que gracias a ellos había podido conquistar Famagusta, e indicando con la cimitarra el puñado de guerreros vencidos, ordenó a su guardia:

-¡Arréstenlos a todos!

En tanto que llevaban a cabo su orden, sin que los vencidos ofrecieran la más mínima resistencia, el gran visir subió en su caballo los tres escalones y penetró en la iglesia, deteniéndose en el centro, con aspecto majestuoso y altivo.

Las mujeres, que estaban en torno al altar mayor, abrazadas a sus hijos, lanzaron exclamaciones de espanto, mientras un anciano sacerdote, tal vez el único que había sobrevivido a la tragedia, ponía una cruz en alto, como si con ella pretendiese impresionar al sanguinario representante del gran sultán de Bizancio.

Aquel momento era solemne, espantoso. Bastaría una señal para que los jenízaros, que ya habían entrado en la iglesia, se arrojaran sobre aquellas infortunadas y la mataran a golpes de yatagán y cimitarra.

El gran visir guardaba un absoluto mutismo, fijando la mirada en la cruz que el sacerdote sostenía en alto. Las mujeres gemían, los niños lloraban y los jenízaros murmuraban, deseosos de empezar el saqueo.

Todas a la vez, y como si un impulso divino las hubiese inspirado al unísono, aquellas madres alzaron en sus brazos a sus niños y los enseñaron al gran visir, mientras decían entre sollozos:

-¡Perdona a nuestros hijos, ellos son inocentes!

El general del ejército del Islam bajó su cimitarra, que acababa de levantar para ordenar la matanza, y volviéndose hacia sus guerreros gritó con voz atronadora:

-¡Todo lo que hay en este lugar pertenece al sultán! ¡Ay de quien lo toque!

Aquello significaba el perdón.