Capitulo 6. En el interior del subterráneo
Cuando, a raíz de la huida de los mercenarios y la desbandada de los venecianos, Jacob adivinó que Famagusta había caído y que cualquier resistencia era inútil, se dirigió a la carrera en dirección al subterráneo de la torre de Bragola, donde él consideraba más seguro que ningún lugar.
Los turcos habían atravesado también por aquel punto las murallas. Pero antes de que los albaneses que la asaltaban penetrasen en la ciudad, como lo habían hecho ya los jenízaros, Jacob, tan ágil como los antílopes de los desiertos de su tierra, se adentro en el angosto pasadizo y lo tapó luego con montones de piedras, para impedir que la luz de la antorcha, que aun ardía, los delatara.
Lo primero que hizo fue mirar a la duquesa. La joven, tumbada en un colchón, se hallaba dominada por un fuerte delirio. Movía los brazos como para rechazar al enemigo, suponiendo tener todavía la espada en la mano y combatir contra los turcos y, de vez en cuando, pronunciaba frases incoherentes.
- ¡Ahí…, el "tigre de Arabia"!... ¡Recuerdo lo de Nicosia! ¡Cuánta sangre hubo!... ¡Ése es Mustafa!... ¡Disparen sobre él!... ¡Le Hussiére… conmigo en la laguna…, la luna sobre nosotros… Tranquila, bellísima… la noche contigo en Venecia…, la góndola… negra…, noche serenísima… ¡la cúpula de San Marcos!... ¿Qué suena en mi cerebro? ¡Ah! ¡Ya lo distingo! ¡Es el León de Damasco! Lo conducen… y ¡lo matan!...
Bella emitió un grito de espanto y de angustia, en tanto sus facciones demudaban una congoja inexplicable. Sentada sobre el colchón con las manos juntas y los ojos abiertos de par en par, con expresión aterrorizada, miraba en torno suyo. Luego calló de nuevo y se sintió dominada por el agotamiento, como resultado de la excitación pasada.
Parecía estar sumida en un sueño profundo. Sus labios sonreían y su semblante había recuperado de nuevo si aspecto sereno.
Sentado encima de un cajón, al lado de la antorcha que iluminaba de una forma lúgubre el subterráneo, Jacob la contemplaba con la cabeza entre las manos. De vez en cuando un suspiro sacudía su pecho y su mirada, apartándose de la duquesa, erraba por el vacio, como intentado encontrar alguna visión. Un extraño fulgor brillaban en sus ojos y dos lágrimas resbalaban por sus mejillas.
-Los años han pasado y con ellos se me han olvidado los amplios horizontes, las dunas de arena, la tienda de la tribu nómada que siendo un niño me raptó de la casa de mi madre; las palmeras de gran altura, los galopantes meharis del desierto; pero jamás olvide y hasta la recuerdo en mi esclavitud, a mi amada Laglán- Musitaba Jacob - ¿en qué parte de la nefanda Arabia estarás en este momento? Tenias los ojos como mi señora, tan bellos como ella los labios y el rostro. Yo dormía dichoso cuando tú te quedabas conmigo y olvidaba los crueles castigos de mi antiguo señor. Me acuerdo que llevabas a este desgraciado esclavo, moribundo por los azotes de aquel canalla, agua para mitigar su ardorosa sed. ¡Nos separamos! Y tal vez hayas muerto en las orillas del Mar Rojo, que arrullaba con el susurro de sus interminables ondas nuestro amor y la esperanza en nuestro futuro juntos… pero hoy mi corazón ha sido dominado por otra mujer, más fatal para mí que tú. Pero ella posee la piel blanca, en tanto que yo la tengo oscura, y no es una esclava igual que tú. Sin embargo, ¿Es qué no soy también hombre? ¿No naci libre? ¿No era mi padre un famoso guerrero?-
Se había incorporado y dejado caer el manto; pero se sentó otra vez, o más bien se dejo caer como si sus fuerzas lo hubiesen abandonado de improviso.
-¡Soy un esclavo!- Exclamó con voz ronca -¡un perro fiel de mi señora Bella, y únicamente la muerte me hará libre! ¡Mejor hubiera sido que una bala o una cimitarra de mis antiguos correligionarios me hubieran destrozado en corazón! ¡Mis sufrimientos habrían acabado!-
Y encaminándose hacia la entrada del subterráneo, agrego en tono casi fiero:
-¡Sí! ¡Iré en busca de Mustafá y le notificaré que, aunque de piel morena y árabe, soy un creyente de la cruz, que he traicionado en mil ocasiones a los turcos y así me hará decapitar! ¡De aquí a una hora dormiré el sueño eterno y todo habrá acabado dichosamente para mí!-
Un gemido que broto de los labios de la duquesa lo hizo detenerse. Se dirigió a ella, pasándose la mano por la frente. La antorcha despedía sus últimos resplandores, y las tiniebla invadían el subterráneo. Aquella oscuridad produjo en el árabe una amedrentadora impresión.
-¿Qué locura pensaba cometer yendo en busca de la muerte? ¿Y Bella? ¡Soy un imbécil! ¡Yo soy su esclavo, su leal Jacob! ¡Estoy loco! ¡Jamás la abandonare!-
Se había aproximado a la duquesa, que todavía se hallaba dormida, con los cabellos sueltos en torno al rostro y los brazos extendidos, como si sostuviera aún la poderosa espada del Capitán Tormenta. Su respiración era pausada, pero alguna pesadilla atormentaba su cerebro, ya que de vez en cuando el semblante se le contraía de improviso. Un nombre surgió, por último de sus labios.
-¡Jacob! ¡Mi fiel amigo, ayúdame!- Un destello de profunda alegría relampagueo en los ojos del hijo del desierto.
-¡Sueña conmigo!- susurró con un sollozo -¡Me pide que la salve! ¡y yo que pensaba dejarla y permitir que muriera! ¡Ah, mi señora! ¡Tu esclavo morirá, pero primero juro que te voy a salvar de todos los peligros que te rodean!-
Aquella explosión de alegría fue muy brevemente ya que otro nombre broto de los labios de la duquesa.
-Le Hussiére!... ¿Dónde te encuentras? ¿Cuándo te volveré a ver?- otro sollozo agitó el pecho de Jacob.
-¡Sueña con él!- Dijo sin que en su voz indicara el menor odio - ¡lo ama!... ¡a él, que no es un esclavo!... ¡Estoy loco!-
Puso de nuevo en su sitio las piedras, encendió otra antorcha y volvió a sentarse al lado de Bella, con la frente en las manos. Semejaba no oír ya nada, ni el fragor de los últimos cañonazos, ni el clamor furioso de los turcos al atacar los fuertes. ¿Qué le importaba a él que Famagusta hubiese sido conquistada y la carnicería comenzara, si su señora no se hallaba en peligro?
Clavaba la vista con fijeza delante de sí, siguiendo con ella tal vez una visión. Acaso su pensamiento recorría los años de su primera juventud , cuando siendo un niños galopaba por los abrazadores desiertos de Arabia en los veloces meharis, todavía en libertas; quizás pensara en la terrible noche en que una tribu enemiga había asaltado la tienda de su padre y, luego de haber matado a los guerreros que la vigilaban, lo habían raptado en un rápido corcel para convertirlo a él, el hijo de un jefe poderoso, en un mísero esclavo martirizado por un despiadado amo.
O tal vez pensaba en la pequeña Laglán, su compañera de fatigas y martirios, que por primera vez hiciera latir su corazón y a quien su ardiente imaginación comparaba, exceptuando el color de la piel, con la duquesa Isabella de Éboli, su señora.
Las horas transcurrían y Jacob seguía sin moverse. La joven, desvanecido ya su delirio, se hallaba sumida en un profundo sueño. De esta manera pasaron algunas horas. Ya no se escuchaba el tronar del cañón, ni el vocerío de los turcos. Solamente de vez en cuando sonaba algún disparo de arcabuz, acompañado de voces que se iban extinguiendo paulatinamente.
Un débil gemido hizo que Jacob abandonara sus pensamientos. Se incorporó y fue hacia la joven, que acaba de abrir los ojos e intentaba levantarse.
-¿Jacob eres tú?- inquirió, pretendiendo esbozar una sonrisa.
-¡Estoy velando por ti, Bella!- contesto el árabe - ¡no te levantes! ¡No es necesario, y por el momento no te hallas en peligro! ¿Cómo te sientes?-
-un poco débil- repuso la duquesa con un suspiro -¡Quién sabe cuándo podre usar la espada!-
-En este instante no resultaría de utilidad.-
-Así que… ¿Todo se acabó?- pregunto la joven, con el semblante demudado por el dolor.
-¡Todo!-
-¿y los habitantes de la ciudad?
-¡Han sido exterminados, al igual que los de Nicosia! ¡Mustafá no perdona los meses que lo mantuvieron a raya! ¡Ese hombre no es un guerrero; es un tigre!
-¿y qué ha pasado con los capitanes?- inquirió la joven.
-No lo sé Bella.
-¿Los habrán matado también?-
El árabe bajo la cabeza, sin responder.
-¡Dímelo, Jake!- insistió Bella - ¿Ha tomado venganza Mustafá en contra de Baglione, Bragadino, Spilotto y los restantes valerosos capitanes?
-Me parece que no debe haberlos perdonado, Bella.
-¿No podrías averiguarlo de alguna manera? El color de tu piel y tu ropa te darán fácil acceso a Famagusta.
-No me atrevo a salir de este lugar en pleno día, por miedo a exponerme a una muerte cierta. Acaso me vieran remover las piedras que obstruyen la entrada y supongan que oculto un algún tesoro y obligarme a descubrirlo. Aguardemos a la noche, Bella. La prudencia nunca sobra, en especial con los turcos.
-¿y viste si mi teniente Seth caía muerto?
-al alejarme del fuerte de San Marcos, todavía estaba con vida y le notifique donde te encontrabas escondida.
- En tal caso, confío en que pueda venir a buscarnos.
-Si se ha salvado de las cimitarras turcas, vendrá- Replicó Jacob -¿Me dejas que examine tu herida? En mi tierra sabemos curar mejor que en otros países.
-¡No hace falta Jake!- Repuso la duquesa –Deja que se cicatrice sola, no es tan grave como imaginas. Solo me encuentro debilitada por la pérdida de sangre. ¡Dame de beber; no puedo aguantar la sed!
-No te puedo proporcionar ni una gota de agua, Bella. Aquí no hay más que aceite y vino de Chipre.
-¡no importa; dame vino de Chipre!
El árabe alzó la tapa de piedra que cubría una gran corambre* (*Conjunto de cueros de animales) llena de aquel dulce vino y, luego de llenar un vaso de cuero, lo entrego a la joven que lo bebió de un solo trago.
-Esto calmará tu fiebre- dijo el árabe – Vale más que el agua corrompida de la población.
La duquesa se tumbo de nuevo y apoyo la cabeza en la mano, en tanto que el árabe clavaba la antorcha en una esquina, con el objeto de que sus rayos no se proyectaran hacia el exterior y, tras un breve silencio, la duquesa pregunto:
-¿Qué nos va a pasar mi fiel amigo? ¿Crees que conseguiremos abandonar Famagusta para ir en busca de Le Hussiére?- el árabe se estremeció y repuso con voz lenta:
-¡Olvida de momento al Vizconde y pensemos en ponernos a salvo!-
-¿Crees que lo lograremos?
-Tal vez con el auxilio de un hombre, el único que, entre tantos millares de turcos, posee un corazón noble y generoso.
-¿Y quién puede ser?- inquirió la duquesa, examinándolo con fijeza.
-El León de Damasco.
-¿Edward-el-Kadel?
-Exacto, Bella.
-¿El hombre a quien derrote?
-pero al que perdonaste la vida, pudiéndosela arrebatar noblemente sin que los mismos turcos protestaran. Sólo este hombre reprochara al gran visir su ansia de sangre.
-si se enterase de que fue una mujer la que lo hirió…
-mayor motivo para admirarte, Bella.
-¿y qué has decidido hacer?
-ir en busca del León de Damasco y explicarle lo que nos ocurre. Tengo la certeza de que tan bravo guerrero no te traicionara. Por otra parte, puede darte alguna información sobre el vizconde.
-¿puedes imaginar tanta generosidad de un turco?
-Sí, Bella- contesto con acento seguro el árabe.
-¿conoces a Edward-el-Kadel?
-pude hablarle cierta noche que acompañaba a un capitán turco, con idea de sacarle algún informe sobre la suerte del caballero Le Hussiére.
-¿pero crees que te atienda?
-No me cabe la menor duda. En caso preciso, emplearía una estratagema.
-¿qué estratagema?
-permíteme que, de momento, no te la diga Bella.
-¿y si te matase por traidor, Jake?- el árabe hizo un ademán de incierto y se pensó para sí: "El desdichado esclavo dejara de padecer". Y agrego en voz alta:
-¡Descasa, Bells! ¡Queda tiempo hasta la noche!-
La duquesa siguió el consejo del árabe. Pero transcurrieron varias horas antes de que pudiera dormirse.
Jacob se había tendido en los escombros y prestaba atención a los ruidos de afuera. A lo lejos se oía, de vez en cuando, sonidos de trompas y clamores. Los turcos acampados alrededor de las murallas, debían de estar celebrando su victoria, que aseguraba a partir de entonces al sultán el dominio absoluto de Chipre.
En el interior de la ciudad continuaban los arcabuzazos. ¿Estarían fusilando a los supervivientes o acoso se dedicaban a sus pasatiempos guerreros? Jacob no sabía que pensar. Cuando se incorporó ya era de noche, y la duquesa, muy debilitada por la pérdida de sangre, seguía durmiendo. El árabe se aproximó a la rústica cama de la joven y mirándola exclamó con voz desconsolada:
-¡Qué hermosa es!-
Se pasó una mano por la frente, avivó la antorcha, revisó sus pistolas y se dirigió a la entrada, mientras murmuraba:
-¡Vamos a buscar al León de Damasco!-
Sin embargo, se detuvo, conteniendo la respiración. Le había parecido escuchar un ruido cercano procedente del exterior.
"¿Habrán descubierto nuestro escondite?", se dijo. Preparo sus pistolas y se acercó a la entrada del subterráneo, ocultando a su espalda el arma para que no se vieran las chispas. Percibió el rodar de las piedras y un ligero ruido semejante a pisadas.
"¿Quién será? Si se trata de un turco, no lo dejaré entrar. ¡Un balazo en la cabeza terminará con su vida!"
El rumor seguía oyéndose. El que intentaba penetrar en el subterráneo lo hacía con mucho cuidado. ¿Pretendería coger desprevenido a los refugiados o, tal vez en lugar de ser un turco era un infortunado cristiano que tenía noticias también sobre el subterráneo? Aquella sospecha se apoderó del árabe.
-Esperaré antes de abrir fuego- musitó – Podría matar a un amigo en lugar de un enemigo.-
Quienquiera que fuera, continuaba su avance. Al cabo de poco tiempo alcanzó la entrada del subterráneo, siempre entre infinitas precauciones. Finalmente apareció una cabeza. Jacob apuntó al instante, exclamando:
-¿Quién eres? ¡Contesta o disparo!-
-¡Alto, Jacob: Soy Seth!-
