Capitulo 7. Jacob.
Un instante más tarde, el teniente del Capitán Tormenta penetraba en el subterráneo, colocándose ante la luz de la antorcha. El infortunado joven se hallaba en un estado lamentable. Tenía la cabeza vendada con un trapo cubierto por completo de sangre y polvo. La cota de malla, desgarrada por todas partes, le colgaba por doquier. Llevaba las botas destrozadas y ceñía por espada un trozo de acero que únicamente llegaría a tres pulgadas, lleno de sangre hasta la misma empuñadura.
-¿Eres tú, Seth?- exclamó el árabe- ¡En qué situación te vuelvo a ver!-
-¿Y el capitán?- inquirió con acento atemorizado el teniente.
-Duerme tranquilo. ¡No lo despertemos, Seth! ¡Necesita mucho descanso!-
Se disponía el teniente a dirigirse hacia la duquesa, cuando ésta, despertada por el ruido, abrió los ojos.
-¡Seth!- Exclamo en tono alegre -¿Cómo has podido escapar de los turcos?
-¡Por verdadero milagro, capitán! De haberme no me habrían vuelto a ver, ya que a cuanto han hallado escondidos o entre las ruinas los han matado. ¡Ese malvado de Mustafá no ha perdonado a nadie!
-¡A nadie!- dijo con angustia la duquesa -¿Ni siquiera a los capitanes?
-¡Ni a ellos tan siquiera! ¡El malvado visir ha cortado con su propia mano la oreja derecha y un brazo al heroico Bragadino y le ha hecho y le ha hecho asesinar delante de los jenízaros!- la duquesa lanzó un grito de espanto.
-Luego ha hecho decapitar a Martinengo y a Astrorre Baglione, despedazar a Tiépolo y Spilotto y su carne ha sido lanzada a los perros.
-¡Dios mío!- Exclamo espantada al duquesa, tapándose la cara.
-¿Y todos los demás, Seth?- inquirió Jacob.
-¡Todos muertos! Mustafá solo ha perdonado a las mujeres y niños para enviarlos como esclavos a Constantinopla.
-¿Entonces todo ha terminado para el León de San Marcos?- pregunto la duquesa.
-¡La bandera de la República del Adriático ha dejado de ondear para siempre en Chipre!
-¿Y no habrá quien intente vengar tan horrorosa derrota?
-Los navíos de la República darán cualquier día a estos animales la lección que se tienen merecida. La Serenísima limpiará la ofensa y Selim II será quien pague las crueldades de sus hombres.
-¡Pero Famagusta es un cementerio!
-¡Un espantoso cementerio, capitán Tormenta!- contestó con acento conmovido el teniente – Las calles rebosan de cadáveres y los derrumbados muros de las casas están coronados por las cabezas de sus defensores.
-¿Y cómo has podido tu escapar de las cimitarras turcas?
-Ya lo dije, por un autentico milagro. Cuando ya no había salvación para nadie y los jenízaros treparon por los fuertes, ya sin defender, acompañe en su huida a los supervivientes de la rotonda de San Marcos. Corría al azar, sin saber dónde hallar cobijo, notando que estaba perdido, cuando de improviso una voz salió de entre las ruinas de una casa medio derruida, derrumbada. "Ven aquí, muchacho", me gritaron. Pasé una cancela obturada por cascotes y escombros y distinguí a dos hombres que me hacían desesperadas señas. ¡Aquello significaba la salvación! Entre ambos me condujeron a una especie de cantina muy oscura pues ya, a causa de las heridas y la debilidad, no podía sostenerme derecho.
-¿Quiénes eran esos hombres tan generosos?- inquirió la duquesa de Éboli.
-Un par de marineros venecianos, de las tropas de refuerzo del capitán Martinengo: un contramaestre y un gaviero.
-¿Dónde se encuentran en este momento?
-Ocultos en la cantina, cuya entrada han tapado con escombros con objeto de que los turcos no los descubran.
-¿Por qué no has venidos con ellos?
-No me atrevía capitán, por temor a encontrar este escondrijo abarrotado de sectarios de Mahoma.
-¿Está muy distante esa cantina?
-Escasamente a trescientos pasos.
-Esos hombres pueden ayudarnos, señor Seth.
-Eso opino, duquesa- replico el veneciano, designándola por primera vez por su título nobiliario femenino.
La joven guardo silencio por un momento, y , volviéndose hacia el árabe, interrogó:
-¿Estás todavía resuelto?-
-Sí, Bella- Respondió – Solamente ese hombre puede salvarte.
-¿Y si estuvieses equivocado?
-El León de Damasco no llegaría a este lugar, señora. Tengo una pistola y un yatagán y sabré como utilizarlos con más habilidad que un jenízaro de Mustafá.
La duquesa contempló a Seth, que no llegaba a entender cómo eran capaces de confiar en un turco que había sido derrotado.
-¿Supone, Señor Seth, que sea posible la huida sin que los turcos nos descubran?- inquirió.
-no lo creo, Bella.- respondió el teniente – La ciudad está abarrotada de jenízaros y cercada por más de cincuenta mil turcos, que vigilan para que nadie abandone la ciudad.
-¡Márchate Jacob!- Ordenó Bella -¡nuestra última esperanza depende del León de Damasco!-
El árabe se aseguro de que sus pistolas y el yatagán estaban bien colocados en la faja, y cubriéndose con su capa, dijo:
-¡parto a cumplir tus órdenes, señora!- se encamino a la entrada, y, ya cerca de ella, volvió hacia la duquesa y dijo con inmensa tristeza:
-¡Si no regresase y mi cabeza cayese en poder de los turcos, deseo Bella, que halles enseguida al vizconde Le Hussiére, y que con él recuperes la felicidad perdida!
La duquesa que se había incorporado, tomó entre sus manos la diestra de Jacob. El salvaje hijo del desierto puso su rodilla en tierra y beso con ardor la blanca mano de la duquesa, lo que le produjo sobre la piel el efecto de un hierro candente.
-¡Vete mi leal Jacob!- Dijo con un suspiro Bella.
El árabe se levanto.
-¡o el León de Damasco te pone a salvo, Bella, o lo mato!- exclamó con firme acento. Y salió apresuradamente, en tanto que la duquesa murmuraba:
-¡Pobre Jacob! ¡Qué fidelidad y que sufrimiento lleva en su corazón!-
En cuento se encontró en el exterior, el árabe de deslizo sobre la enorme masa de cascotes que cubría la base de la torre y se encaminó hacia las luces que indicaban el campamento turco, improvisado en el centro de la ciudad. No conocía el lugar donde había acampado el León de Damasco, pero como era hijo de un bajá y uno de los más valerosos guerreros de las huestes otomanas, tenía la certeza de averiguarlo enseguida.
Las calles de Famagusta se hallaban invadidas por la oscuridad. Sus ojos, empero, advertían sin dificultad numerosos cadáveres amontonados y todavía sin sepultar, que manadas de perros hambrientos despedazaban ferozmente para recuperarse del prolongado ayuno padecido en el transcurso del asedio.
Luego de haber eludido las acometidas de los perros, asestando golpes con el yatagán, Jacob alcanzo en poco tiempo la amplia plaza colindante con la iglesia de San Marcos, que reproducía, si bien con más sencillez, la célebre de Venecia.
Centinelas jenízaros extraordinariamente bien armados vigilaban las esquinas de la plaza, mientras sus camaradas conversaban y fumaban en torno al fuego. Un albano, que se hallaba sentado en las escaleras de la iglesia, al ver al árabe, le apunto con su mosquete, mientras preguntaba:
-¿Quién eres y adónde te encaminas?
-¡Ves de sobra que soy árabe y no cristiano!- Respondió Jacob- ¡Soy un guerrero del bajá Hossein!
-¿Qué es lo que vienes a hacer a este lugar?
-He de notificar una orden que apremia al León de Damasco. ¿Sabes en qué sitio se halla alojado?
-¿Quién te manda?
-Mi bajá.
-No sé si Edward-el-Kadel estará ya dormido.
-Apenas son las nueve.
-Es que todavía está débil. No obstante, acompáñame. Se hospeda en una de estas casas.
Se puso su arma sobre el hombro y se encaminó hacia una vivienda de mísera apariencia, a cuya puerta se hallaban de guardias dos robustos y gigantescos negros y un par de perros árabes.
-Despierten a su señor su ya se halla en cama- dijo el albano –este es un mensajero del bajá Hossein.
-El señor todavía está despierto- contesto uno de los negros, contemplando con desconfianza al árabe.
-Ve entonces a darle el recado- dijo el albanés- Hossein es un bajá que tiene amistad con el gran visir.
El negro se adentro a la casa, salió al poco rato y anuncio al árabe:
-Acompáñame: mi señor te aguarda.
Jacob ocultó debajo de su amplio manto el yatagán y penetró decidido a todo, incluso a matar al hijo del poderoso bajá en caso de que surgiera algún peligro.
El turco lo aguarda en un cuarto en un cuarto de la planta baja, amueblado pobremente y alumbrado con una sencilla antorcha.
Aun estaba pálido como resultado de la herida, que no se había cicatrizado y aunque invalido, lucia magnifica cota de acero, cruzada por una banda de seda azul, y estaba armado con un esplendido yatagán con empuñadura de oro y turquesas.
-¿Quién eres tú?- interrogo al árabe, luego de haber hecho un ademán al negro para que se marchara.
-Mi nombre no te es conocido- replico el árabe – Me llamo Jacob.
-Creo haberte visto antes de hoy.
-Es posible.
-¿Te envía el bajá Hossein?
-¡No! ¡eso ha sido una mentira que he dicho!
Edward-el-Kadel se echo dos pasos hacia atrás, llevando la mano hacia el yatagán. Jacob lo interrumpió, haciendo un ademan de protesta.
-¡No pienses que he venido a matarte!
-En tal caso, ¿Por qué razón has mentido?
-Porque de otra manera no me hubieras recibido.
-¿Qué causa te ha obligado a utilizar el nombre de Hossein? ¿Quién te manda?
-Una mujer a la que le debes la vida.- respondió con seriedad Jacob.
-¡Una mujer!- exclamo sorprendido el turco.
-Sí. Una mujer cristiana que pertenece a la más encumbrada nobleza italiana.
-¿Y a la cual debo la vida?
-Sí Edward-el-Kadel.
-¡Tú estás loco! Nunca he conocido a ninguna mujer noble italiana, ni existe mujer alguna que me haya salvado la vida. ¡El León de Damasco es capaz de salvarse sin precisar ayuda!
-Estás equivocado, Edward- dijo con reposado acento el árabe- sin la generosidad de esa mujer, no hubieras estado presente en la toma de Famagusta. Tu herida no ha cicatrizado todavía.
-Pero, ¿a quién te refieres? ¿A ese joven capitán que me derrotó?
-Sí; hablo del capitán Tormenta.
-No te entiendo.
-Esa es la mujer que te dejo la vida, pudiendo haberte matado.
-¿Qué es lo que dices?- exclamo el turco tornándose pálido - ¿Aquel capitán que combatía igual que el dios de la guerra era una mujer? ¡No! ¡no es posible! ¡no hubiera podido derrotarme!
-Se trata de la Duquesa Isabella de Éboli, conocida entre los guerreros como el capitán Tormenta. – anuncio Jacob.
El asombro de Edward-el-Kadel fue tran extraordinario que durante un rato no pudo pronunciar ni una palabra.
-¡Una mujer!- exclamo, por último, en tono dolorido - ¡El León de Damasco está ahora deshonrado y lo único que me queda por hacer es romper mi cimitarra!-
-¡No! ¡Un valiente como tú no debe partir la más formidable espada del ejército turco!- dijo el árabe- La mujer que te ha vencido es la hija del mejor espadachín de Nápoles.
-¡Pero no es él quien me ha derrotado!- contesto el turco casi entre sollozos- ¡Yo, arrojado del caballo por una mujer! ¡El honor del León se ha disipado para siempre!
-Quien te hirió es de noble cuna, Edward-el-Kadel
-¡Mucho desprecio habrá sentido por mí!
-No, ya que es ella quien ahora recurre a tu generosidad.- los ojos de Edward relampaguearon.
-¿Mi enemiga precisa que la ayude? ¿No ha muerto el capitán Tormenta?
-Está con vida, todavía aunque herida por una bala de piedra.
-¿Dónde se encuentra? ¡Quiero verla!- exclamo Edward.
-¿Para decretar su muerte? Mi señora es cristiana.
-¿Tú quien eres?
-Su fiel esclavo.
-¿Y es la duquesa quien te manda en busca mía?
-Sí.
-¿Para solicitar de mí que la ayude a escapar de Famagusta?
-Y tal vez para alguna otra cosa más.
-¿No se hallara en peligro durante tu ausencia?
-Creo que no. Su escondrijo es seguro y además no está sola.
-¿Quién cuida de ella?
-Su teniente.
Edward-el-Kadel recogió su manto, que estaba encima de una silla, junto con un par de pistolas, y dijo al árabe:
-¡Llévame hasta donde se encuentre tu señora!
Jacob lo miro con recelo.
-¿Quién me dice, Edward-el-Kadel, que no la piensas traicionar?- las mejillas del turco enrojecieron vivamente.
-¿No confías en mí?- inquirió con acento encolerizado el turco. Y añadió tras un breve silencio- ¡Estás en lo cierto! ¡Ella es cristiana y yo turco, un enemigo de su raza! Pero yo he reprochado la ferocidad del visir, que ha hecho perder el honor para siempre a las armas otomanas. No conozco si tú, como árabe, eres cristiano o crees en el Profeta. Pero sabrás algo del Corán y no desconocerás que un turco no jura en vano sobre ese libro sagrado. Hallaremos en manos de algún muezzín* (*sacerdote musulmán) este libro, y sobre él y ante ti juraré solemnemente poner a salvo a tu señora, a la que debo la vida. ¿Te parece bien?
-No, señor –Contestó el árabe- Creo en ti sin que lo jures. ¡Estaba seguro de que el León de Damasco sería generoso con mi señora!
-¿Dónde se encuentra?
-Oculta en un subterráneo.
-¿Herida de gravedad?
-No.
-¿Tienen alguna comida allí?
-vino de Chipre y aceitunas.
Edward-el-Kadel dio una palmada y en la habitación entraron dos esclavos negros.
Hablo con ellos en una lengua no conocida para Jacob y anuncio en voz alta:
-¡Acompáñame! ¡Estos hombres vendrán detrás de nosotros!
Abandonaron la casa, cruzaron la plaza sin que nadie se atreviera a interponerse en su camino, y se encaminaron a la torre, como si fuesen dos guerreros con la misión de efectuar la ronda por los muros de circunvalación. Se hallarían a unos doscientos pasos de la ciudad cuando fueron alcanzados por los dos negros, que transportaban enormes cestas y llevaban sujetos por cadenas un par de perros árabes.
Un pelotón de jenízaros que merodeaban por las ruinas les cerró el paso.
-¡Sigue tu camino o hago que te azoten igual que a perros!- barbotó Edward-el-Kadel - ¡Abran paso al León de Damasco! ¿No están ya hartos de sangre?
Ninguno tuvo el valor de replicar al hijo del bajá y se marcharon, dejándoles el paso libre.
Edward-el-Kadel se cercioró de que ya no había nadie por las cercanías y siguió al árabe por entre los escombros, siempre acompañado de ambos esclavos y perros.
En cuanto se halló en interior del subterráneo, que la antorcha seguía iluminando, se quito su manto y, tras cambiar un cortés saludo con Seth, se aproximo al momento al colchón donde yacía la duquesa de Éboli, que se encontraba despierta.
-¡La mujer que me ha derrotado!- exclamó -¡Te admira, señora!
Y doblando la rodilla, como un cortesano europeo, agregó:
-¡Señora, en frente no tienes a un enemigo! Es un amigo que ha podido contemplar tu sorprendente valor y que no te odio por haber sido vencido! ¡Manda lo que te plazca! El León de Damasco está dispuesto a salvarte y a saldar su deuda!.
