Capitulo 8. La generosidad del León de Damasco
Al ver el turco entraba y se acercaba a ella, la duquesa de Éboli se había incorporado, con la ayuda de Seth, y lo saludó con una encantadora sonrisa.
-¡Has venido Edward-el-Kadel!- exclamo
-No podías imaginar que un mahometano como yo acudiera a ayudarte, ¿no es verdad, valerosa señora?-inquirió Edward-el-Kadel
-Bella, llámame Bella, y si es cierto, ya estaba dispuesta a resignarme y no volver a ver a mi leal Jacob.
-El hijo del bajá de Damasco no es tan feroz como Mustafá y sus jenízaros. No soy un salvaje como ellos. He visitado otras tierras. Tu país, Italia, no me es desconocido, Bella.
-¿Has estado en mi país?- pregunto extrañada la duquesa.
-Sí, he admirado Venecia y Nápoles- respondió el turco – y me he podido dar cuenta de la cortesía y la cultura de tus compatriotas, a los que aprecio en gran manera.
-¡Ya me parecía que eras un musulmán diferente a los otros!
-¿Por qué motivo, señora?
-Por las amenazas dirigidas contra aquellos siete u ocho jenízaros que acudían deslealmente a vengarte luego de que te derrotara.
La frente del turco se ensombreció a causa de la tristeza y sus labios ahogaron un suspiro.
-¡Me ha vencido una mujer! –exclamó en tono de amargura.
-No, Edward-el-Kadel; fue el capitán Tormenta, que por los cristianos estaba considerado como la más diestra espada de Famagusta. El León de Damasco no ha perdido nada de su valor. Por el contrario, ha dado una muestra de él derrotando al oso de Polonia, tan temible por la fortaleza de su brazo.
La frente del turco volvió a adquirir su aspecto sereno y comentó con una amplia sonrisa:
-¡Mejor es ser derrotado por una mujer que por un hombre, siempre que mis camaradas no se enteren jamás de quién era el capitán Tormenta!
-te aseguro que nadie lo sabrá, Edward. Solamente tres o cuatro personas de todos los cristianos de Famagusta conocían que yo era una mujer y ya habrán sido exterminados, puesto que Mustafá no ha perdonado a los vencidos.
-¡Es un ser feroz, que ha deshonrado las armas turcas –exclamó el joven–, y a quien Selim, noble y generoso, reprenderá por semejante acción! Los vencidos eran dignos de ser admirados por los hijos del Islam. Señora, estás necesitada de alimento. Mis esclavos han traído provisiones y vinos que me permito ofrecerte. Después me indicarás qué puedo hacer por ti. Estoy a tus órdenes, y, aunque debiera luego afrontar la cólera de Mustafá, te salvaré.
A una indicación suya, ambos esclavos se aproximaron al lecho, y luego de abrir las cestas sacaron polvorientas botellas, carne fría, bizcochos, un recipiente con café que todavía conservaba algo de calor y tazas.
-Esto es todo lo que de momento puedo ofrecerte –dijo Edward-el-Kadel–. No se encontrará mucho mejor surtida la mesa de Mustafá, puesto que las provisiones escasean.
-No esperaba tanto –contestó con una sonrisa la duquesa–, y por favor llámame Bella. Estoy agradecida porque hayas tenido tan gentil idea. Mis compañeros deben con toda seguridad encontrarse más hambrientos que yo.
Tomó una taza de café que Edward-el-Kadel le ofrecía mojando en él unos bizcochos, en tanto que el teniente y el árabe se abalanzaban sobre la carne fría, dando pruebas de voraz apetito, ya que hacía veinticuatro horas que se encontraban en ayunas.
-Señora –preguntó Edward-el-Kadel–, es decir, Bella, ¿qué puedo hacer por ti?
-Llevarme fuera de Famagusta.
-¿Quieres regresar a Italia?
-No.
De nuevo quedó asombrado Edward-el-Kadel.
-¿Deseas continuar en Chipre? –inquirió con rara entonación.
-Hasta que encuentre al hombre al cual amo y que es prisionero de los turcos.
La frente del turco se ensombreció por un momento.
-¿Quién es? –indagó.
-El vizconde Gastón Le Hussière.
-¡Le Hussière! –murmuró Edward-el-Kadel–. Aguardad un instante... ¡Sí, él era el alma de la resistencia en Nicosia! Fue apresado por Mustafá.
-Desearía saber a qué lugar lo han llevado y dónde lo tienen detenido.
-Será fácil. Alguien podrá informarme sobre ello.
-¿No lo han conducido a Constantinopla?
-Me parece que no –respondió el León de Damasco–. Creo haber oído que Mustafá tenía sobre este preso planes muy particulares. ¿Quieres ponerle a salvo antes de abandonar
Chipre?
-Únicamente vine para librarle del poder de tus compatriotas.
-Imaginé que habías tomado las armas por odio hacia los mahometanos.
-Pues no Edward, sólo lo hice para salvarlo a él.
-Y me alegro de ello –contestó el turco–. Hoy no me es posible informarte respecto al lugar en que se encuentra el vizconde. Pero mañana prometo dar alguna noticia. ¿Cuántos son? He de conseguirles ropas turcas, si desean abandonar Famagusta sin exponerse a ningún riesgo. ¿Solamente tres?
-Cinco –intervino Seth–. Hay otro par de desdichados marineros que se han salvado de los turcos y que se hallan refugiados en una lóbrega habitación en ruinas. Los salvaras de una muerte cierta si los proteges igual que a nosotros.
-Yo lucho contra los cristianos porque soy turco, pero no siento odio hacia ellos –dijo
Edward-el-Kadel–. Procura que se encuentren en este lugar mañana.
-¡Gracias, señor! ¡Era verdad que el León de Damasco es tan generoso como valiente!
El turco hizo una inclinación a la vez que sonreía, besó la mano de la duquesa y se encaminó a la salida, exclamando:
-¡Juro por el Corán que cumpliré mi promesa y te sacare sana y salva de aquí, Bella! ¡Hasta mañana!
-¡Gracias, Edward-el-Kadel! –Repuso emocionada la joven–. ¡Cuando regrese a mi tierra, diré siempre que entre los musulmanes encontré un caballero!
-Será un honor para el ejército turco – contestó el hijo del bajá–. Adiós, Bella. O mejor, hasta la vista.
Jacob apartó las piedras de la entrada para que el turco, los esclavos y los perros pudieran salir, y luego las puso de nuevo en su sitio.
-A ti, Jacob, es a quien debemos agradecer nuestra salvación –dijo la duquesa– y a quién deberé mi felicidad.
-Bella –dijo Seth–, ¿estás completamente segura de la generosidad del León de Damasco?
-Completamente, teniente –respondió la duquesa–. ¿Dudas algo?
-Dudo de todos los turcos.
-De los demás, sí. De Edward-el-Kadel, no. ¿Qué opinas, Jacob?
-Ha jurado por el Corán –repuso concisamente el árabe.
-De todas formas, es la única esperanza de salvación que tenemos. Voy ahora mismo en busca de los dos marineros –dijo el teniente–. Mañana tal vez fuera demasiado tarde. Los turcos registrarán sin cesar entre las ruinas para cerciorarse de que no hay ningún cristiano con vida.
-¿Hay centinelas por las calles? –interrogó al árabe la duquesa.
-Los turcos están durmiendo, señora – replicó Jacob–. ¡Los miserables se encuentran agotados de tanto asesinar cristianos!
-Déjame tu yatagán y tu pistola, Jacob –solicitó el teniente–. Mi espada ya no sirvepara nada.
El árabe le alargó las armas y tapó sus hombros con el faub, que le hacía parecer un
hijo del desierto.
-¡Adiós, Bella! –añadió Seth–. ¡Si no regreso es que los infieles me han asesinado!
Avanzó por entre los escombros y en un minuto escaso alcanzó el campo. La noche era oscura y únicamente se escuchaban los aullidos de los perros, ahítos de carne humana.
El teniente se disponía a cruzar una de las calles medio obstruidas por las ruinas, cuando un hombre que vestía el pintoresco traje de capitán de jenízaros le cerró el paso.
-¡Eh, eh! –exclamó una voz irónica–. ¿Adónde se marcha Jacob? ¡La noche es oscura! ¡Sin embargo, mis ojos ven en la oscuridad!
Estas palabras fueron dichas en muy mal veneciano y con acento extranjero.
-¿Quién eres? –insistió el teniente, echándose hacia atrás y empuñando el yatagán.
-¿Jacob amenaza de esta manera a sus amigos? –preguntó el capitán en tono de burla–.
¿Continuará siendo siempre tan salvaje?
-Te equivocas –respondió el teniente– yo no soy Jacob. Soy egipcio.
-¿Así, pues, que has renegado de la fe por salvar el pellejo, señor Seth? ¡Mejor! ¡De esta forma podremos seguir nuestras partidas de dados!
El teniente lanzó una exclamación.
-¡El capitán Aro!
-No –repuso el polaco, ya que era él–. El capitán Aro ya está muerto. Ahora mi nombre es Yussif Hammada.
-¡Aro o Hammada, eres un renegado! –barbotó con acento despectivo el teniente.
Una exclamación de cólera brotó de los labios del polaco; pero volviendo a recuperar su tono suave, continuó:
-Es muy lastimoso perder la piel, mi estimado teniente, y, de no haber renegado de la cruz, mi cabeza hoy no se encontraría encima de mis hombros. Pero ¿qué es lo que haces ocupando el puesto de Jacob? ¡Te doy mi palabra de honor de que antes de escuchar tu voz te tomé por el árabe del capitán Tormenta!
-¿Qué es lo que hago? –dijo el veneciano, no sabiendo qué responder–. Pues nada: paseando por las ruinas de Famagusta.
-¿Hablas en broma?
-¡Tal vez!
-¿Estas paseando a las once de la noche por una ciudad abarrotada de turcos, que estarían muy satisfechos si pudiesen arrancarte el pellejo? ¡Vamos, teniente: no teng s desconfianza de mí! Mi corazón no es por completo mahometano todavía. Para mí, el
Profeta es la quinta esencia de la confusión, y no creo ni en sus milagros ni en su Corán.
-¡Baja la voz, capitán! ¡Te pueden oír!
-Nos encontramos a solas. Los turcos descansan. Dime qué le ha pasado al capitán Tormenta.
-No lo sé. Me imagino que se habrá dejado matar como un héroe en el fuerte.
-¿No luchaba a tu lado?
-No –contestó cautamente Seth.
-En tal caso, ¿por qué ha venido hasta aquí el León de Damasco? Sé que Jacob le conducía –afirmó el polaco–. ¿Ves cómo desconfías de mí?
-Insisto en que no sé nada de Jacob ni del capitán Tormenta.
-¡La "capitana" Tormenta! –rectificó el polaco.
-¿Cómo dices?
-¡Vamos! ¿Imaginas que yo no me había dado cuenta de que era una mujer y no un hombre? ¡Cuerpo de cien lobos! ¡Vaya una seguridad y una bravura las de esa moza!
¡Sangre de Mahoma! ¡Me gustaría manejar a mí la espada como lo hace ella! ¿Quién la habrá enseñado?
-Me parece, capitán, que has pillado una descomunal borrachera.
-De acuerdo, ya que no crees lo que te aseguro. ¿te puedo servir en algo?
-Nadie perturbará mi paso.
-Debes pensar que los turcos están acampados en Famagusta. Si te apresaran, no dudes que te empalarían.
-Tendré cuidado de ellos, capitán.
-En el supuesto, en extremo probable, de que te ocurriera algún infortunio, recuerda que me llamo Yussif Hammada.
-No olvidaré ese nombre.
-¡Suerte, teniente!
Alargó la mano derecha, pero el veneciano simuló no ver aquel gesto y, tapándose con
su manto, se alejó con el yatagán a medio desenvainar.
Aro se había marchado también refunfuñando. Seth, que no dejó de observarle ni un instante, en cuanto llegó a la esquina de una torre que servía como de apoyo a una humilde casucha, se ocultó detrás de una puerta.
-¡Deseo comprobar si me sigue! – murmuró–. Un hombre que reniega de sus creencias no merece el menor aprecio. Y, por otra parte, odiaba a la duquesa. ¡Es mejor no confiar en él!
Casi no había pasado un par de minutos cuando vio aparecer de nuevo al capitán. Continuaba refunfuñando y caminaba de puntillas, con el objeto de que el veneciano, que él imaginaba había proseguido se camino, no lo oyera. Pasó delante de la puerta sin detenerse y desapareció en la oscuridad.
-¡Búscame por ahí, miserable! –masculló el teniente.
Dio la vuelta rápidamente hacia la izquierda. Poco después se detenía ante una casa derrumbada y, apoyando el rostro en una puerta, exclamó varias veces:
-¡Emmentt, Emmentt!
Al principio nadie le respondió. Pero luego se oyó en el fondo del cuartucho una voz ronca, casi cavernosa.
-¿Eres tú, teniente? ¡Ya te imaginaba degollado y empalado! ¡Ya era hora de que vinieras!
-¡Alza la barra! Y Jasper, ¿vive todavía?
-A medias, teniente. Está muriéndose poco a poco de hambre y de terror.
-Salgan enseguida. De aquí a poco estarás en lugar más seguro y podran comer.
-¡He aquí un par de palabras que hacen circular la sangre! –masculló la voz ronca–. ¡Encenderé una veintena de cirios a san Marcos y cuatro a san Nicolás! ¡Tú, Jasper, desentumece las piernas si quieres catar algún bizcocho!
Tras haber sido levantada la barra, dos hombres, salieron con dificultad.
-¡Acompañadme, Emmentt! –dijo el teniente–. ¡Nadie nos amenaza!
-¡Por todos las barbas de mi tía Petunia, mi teniente! ¡Mis piernas están muy débiles, y creo que Jasper no se encuentra mucho más fuerte!
-Con tanto tiempo de ayuno...- añadió su compañero.
-¡Buen marino! –exclamó el Emmett sonriendo.
-¡Vamos; síganme antes que nos vean alguna ronda! –ordenó Seth.
-Con los turcos, lo mejor es huir, mi teniente. ¡No me agradaría en exceso probar las exquisiteces del palo!
-En tal caso, estira cuanto puedas las piernas, Emmentt.
Abandonaron la casucha y casi a la carrera se encaminaron hacia la torre, que se distinguía entre las sombras. Treparon rápidamente por entre los escombros y Seth apartó las piedras, dejando paso a los dos marinos.
-¡Somos nosotros, Jacob! –anunció.
El árabe había tomado la antorcha y contemplaba a los que acababan de entrar. Emmentt, era un dálmata, era un magnífico tipo a pesar de verse mayor que los demás, ya cuarentón, de rostro surcado por leves arrugas y muy pálido, orlado por
un largo pelo negro con destellos de canas. Sus ojos grises poseían aún gran vivacidad y animación; su cuello semejaba el de un toro y su espalda era de atleta. A pesar de la edad, estaba bien conservado, con sus músculos que debían todavía de ser capaces de abatir a un par de turcos si cayesen en sus callosas manos.
El otro, un muchacho de unos veinticinco años, de alta estatura, cabellos muy rubios, ojos negros y una sombra de bigote, parecía más agotado que el contramaestre, cuya fortaleza debía de haber opuesto firme resistencia al hambre y a la incesante zozobra de una muerte próxima y espantosa.
Luego de haber aguantado impasible el examen del árabe, distinguiendo a la duquesa, Emmett se quitó la gorra y exclamó:
-¡Es el capitán Tormenta! ¡Un bravo que ha hecho muy bien en evitar las cimitarras turcas!
-¡Cállate, Emmentt, y preparate a devorar estas viandas! –aconsejó el teniente, arrimándoles las cestas dejadas por los esclavosde Edward-el-Kadel.
-Coman con absoluta libertad y beban cuanto quieran –dijo la duquesa–. Los turcos renovarán las provisiones.
-¡Comida turca! –exclamó el pertinaz charlatán–. ¡La comeremos con placer, señor capitán! ¡Es una desdicha que no vea asada la cabeza de Mustafá! ¡Palabra de Emmentt que la comería en un par de bocados, a pesar de que con ella se me introdujera en el cuerpo el alma malvada de ese pícaro de Mahoma y de sus cuatro mujeres! ¿No es cierto, Jasper, que tú me hubieras ayudado?
El muchacho no podía perder tiempo en contestar. Comía vorazmente, como si en su vida hubiese probado bocado, combinando el alimento con razonables tragos de vino de Chipre, que iban a parar a su estómago como en un pozo sin fondo.
-¡Dios Jasper! ¡Si sigues por ese camino, ni las migas vas a dejar para tu contramaestre, marinero! –comentó el viejo–. ¡Resérvame mi parte!
La duquesa y el teniente los contemplaban sonriendo. Únicamente el árabe continuaba inmóvil, igual que una estatua de bronce.
-Señor capitán –empezó el contramaestre, una vez que hubo terminado de comer–, no hallaré jamás palabras para darte las gracias por su generosidad y...
Calló de improviso, fijando la mirada de sus pequeños ojos grises en la duquesa.
-¿Se habrá quedado ciego el Emmentt o el humo de las culebrinas le impiden la visión? – dijo.
-¿Qué pretendes decir, amigo? –inquirió la joven.
-Si bien es cierto que conozco mejor los barcos que las mujeres, yo afirmaría por todos los peces del Adriático que eres...
-¡Duérmete, Emmentt! –Intervino Seth–. Deja reposar a la duquesa de Éboli, o si te parece mejor, al capitán Tormenta.
El viejo lobo de mar hizo una cómica inclinación ante la duquesa y se fue al lado del joven marinero, mientras susurraba:
-¡La contraseña es dormir, y yo he de obedecer al vencedor o, para ser más exacto, a la valerosa vencedora de la mejor espada turca!
Luego que se hubo cerciorado de que dormían, Seth se aproximó a la duquesa, advirtiendo:
-Señora, nos vigilan.
-¿Quiénes? ¿Los jenízaros? –indagó la joven, con acento de desconfianza.
-No, el capitán Aro.
La duquesa lanzó un grito.
-¡Qué! –exclamó–. ¿Aún está vivo ese hombre? ¿No estás equivocado, Seth?
-No, señora. Se ha convertido en musulmán para conservar la vida.
-¿Quién te ha informado?
-Él mismo.
-¡Él!
-Lo he visto hace poco merodeando por las cercanías, ya que había distinguido a Edward- el-Kadel en compañía de Jacob.
-Tal vez quiera descubrir nuestro escondite para entregarnos a Mustafá.
-De ese aventurero que ha renegado de sus creencias podemos aguardar cualquier cosa. Si en lugar de yatagán hubiese conservado mi espada, le aseguro que no habría tenido la menor duda en atacarle. Me ha seguido sigilosamente.
-¿Hasta aquí?
-¡Oh, no! He conseguido despistarle y desconoce nuestro refugio...
-¿Por qué me odiará ese hombre que era un cristiano y que ha peleado valerosamente por el León de san Marcos?
-Porque tú, a pesar de ser una mujer, eres más apreciada y más valiente que él y porque has derrotado al León de Damasco,
El árabe, que continuaba erguido junto al lecho sin pronunciar una palabra, intervino en aquel instante.
-Señor Seth –inquirió con fría y resuelta entonación–, ¿supones que el capitán se encontrará todavía por estos alrededores?
-Es posible –repuso el veneciano.
-¡Está bien! ¡Voy a terminar con él! ¡Así habrá un enemigo y un turco menos!
-¡Jacob! –exclamó la duquesa–. ¿Deseas comprometernos a todos?
-¡Cuándo yo disparo, no fallo jamás, señora! ¡Y encender una mecha es muy sencillo! – contestó el salvaje hijo de Arabia.
-Y el estampido podría atraer la atención de alguna ronda de jenízaros, que te apresarían.
-¿Qué importancia tiene mi vida, si puedo conseguir la tranquilidad de mi señora? ¿Acaso no soy tu esclavo?
-Quizá descubrieran nuestro escondite.
-Lo atacaré con el yatagán y partiré su espada –replicó Jacob–. ¿Tal vez no valgo yo lo mismo que un cristiano renegado? Mi padre era un gran guerrero árabe y no seré menos que él. Soy su hijo. Murió valerosamente, con las armas en la mano, por defender su tribu. ¿Por qué razón no he de morir yo en defensa de mi señora, la hija del hombre que me libró de la esclavitud?
El árabe se había cubierto con el manto que antes se puso Seth, y a la roja luz de la antorcha adquiría descomunales proporciones. Su mano nerviosa oprimía la empuñadura del yatagán, cuya hoja despedía siniestros destellos.
-¡Lo mataré! –insistió con vehemencia–. ¡Es un rival... del señor Le Hussière!
-¡No abandonarás este lugar! –dijo la duquesa, con acento enérgico–. ¡Debes cuidar de mí!
Al escuchar aquellas palabras, la fiera expresión que demudaba el semblante del árabe se disipó como por arte de magia.
-¡Sí, Bella; estaba loco! –respondió, sentándose sobre una piedra–. ¡Soy un insensato!
En el rincón más oscuro se oyó en aquel instante la voz del Emmentt, que mascullaba:
-¡Cuerpo de ballena! ¿No se va a poder dormir en ningún lugar de Famagusta?... ¡Esos perros turcos hacen un endemoniado estrépito con sus yataganes!
