Capitulo 10. El oso de los bosques polacos.
Al día siguiente, por la noche, pasadas las diez, Edward-el-Kadel, tal como prometió con toda solemnidad, penetraba en el subterráneo con las máximas precauciones, seguido de cuatro esclavos armados hasta los dientes y cubiertos con pesadas cotas de malla, llevando cada uno de ellos un enorme fardo.
Jacob, que estaba esperando a la entrada, dejó paso a la expedición.
-¡Aquí estoy, Bella! –empezó Muley–. He cumplido el juramento que hice por el Corán. Traigo ropas turcas, armas, valiosos informes y seis caballos escogidos entre los de mejor raza del ejército albano.
-No tenía la menor duda de que Muley-el-Kadel sería leal y generoso –respondió la joven–. ¡El corazón de una mujer muy rara vez se engaña!
Emmett, que se afanaba en vaciar con su camarada una botella de vino de Chipre, consideró conveniente añadir por parte suya:
-¡No lo hubiera imaginado jamás, pero debo admitir que entre los turcos también hay caballeros! Es un auténtico milagro. Es algo así como si el viento de proa cambiase de improviso, soplando de popa.
-Edward-el-Kadel –continuó la duquesa, sin preocuparse de las palabras del Emmett–, ¿no has notado como si los siguiese alguien?
-¿Por qué me haces esa pregunta, Bella? –inquirió el turco, con acento inquieto.
-¿No has hallado a nadie en el camino?
-Sí, a un capitán de jenízaros que al parecer estaba embriagado.
-¡Él! –exclamó Seth.
-¿Quién es él? –indagó el turco, examinándolo detenidamente.
-¡"El oso de los bosques polacos"! – aclaró la duquesa.
-¿El capitán a quien vencí y luego renegó de su fe?
-Sí –confirmó el veneciano.
-¿Ese hombre se ha atrevido a espiarnos? – exclamó, arrugando el ceño, Edward-el-Kadel.
-Y tal vez nos delate y nos entregue a Mustafá antes que podamos escapar –dijo Seth.
El turco sonrió despectivamente.
-¡Edward-el-Kadel vale más que un despreciable renegado! –comentó–. ¡Que pruebe, si es capaz, a interponerse en mi camino!
Cambiando de tono y volviéndose a la duquesa, agregó:
-Querías conocer en qué lugar mis compatriotas han encerrado a Le Hussière, ¿no es verdad?
-Sí –exclamó la duquesa incorporándose, con el rostro encendido por la emoción.
-Sé dónde se encuentra.
-¿Fuera de Chipre?
-No. En el castillo de Hussif, donde permanecerá encerrado hasta que termine la guerra.
-¿Has dicho...? –inquirió la duquesa.
-En el castillo de Hussif.
-¿Dónde se encuentra ese castillo?
-En la bahía de Luda.
-¿Vigilado?
-Tal vez. No puedo decirlo con precisión.
-¿De qué forma podré llegar hasta allí?
-Por mar, Bella.
-¿Nos será posible hallar alguna galeota*? – preguntó la joven.
-Ya he pensado en eso. Sé a quiénes pueden dirigirse –informó Edward-el-Kadel.
-¿A turcos?
-Sí. Pondrán a tu disposición un pequeño navío siempre que tengas el cuidado de hacerse pasar por musulmanes. En Luda hallaras con facilidad renegados que no poseerán en su corazón ninguna de nuestras creencias –dijo el turco con una sonrisa de lado– y que con gusto desearán ayudarlos. Bella, ¿estás en condiciones de montar a caballo?
-Me parece que sí –repuso la duquesa–. Mi herida no es tan grave como aparentaba ser.
-Mi consejo es que se pongan en marcha esta misma noche. Los jenízaros o el polaco podrían descubrir vuestro escondite y toda mi influencia no bastaría para salvarlos.
-¿Y de qué manera atravesaremos la línea turca que cerca a Famagusta?
-Yo iré con ustedes hasta las líneas turcas de retaguardia –dijo Edward–, nadie se atreverá a cerrarles el paso. Bastará mi nombre para que nos dejen pasar tranquilamente.
- Vámonos enseguida, Bells –aconsejó Jacob–; ese maldito polaco me produce temor.
-Ven Jake, ayúdame! –dijo la duquesa. Tras un instante de vacilación, el árabe cogió suavemente entre sus brazos a la joven y la levantó igual que si se tratase de un niño.
-¡Podré sostenerme en la silla! –dijo ella con una encantadora sonrisa–. ¿Acaso no soy el capitán Tormenta?
El turco guardó silencio. La contemplaba con una especie de muda veneración.
-¿Dónde se encuentran los caballos? – preguntó la joven.
-Al pie de la torre, vigilados por un esclavo. Vístanse con los trajes turcos que les traje. Con esta indumentaria no es fácil que sean reconocidos –dijo Edward-el-Kadel. Y desatando uno de los fardos, le mostró un elegante traje albanés recamado en oro.
-Es para ti, Bella –agregó–. El capitán Tormenta se convertirá en un capitán albano por el que todas las mujeres del harén de Mustafá se volverían locas.
-¡Gracias, Edward-el-Kadel! –contestó la duquesa, poniéndose la ropa con ayuda de Jacob.
Entretanto, los esclavos habían sacado otras ropas egipcias y árabes para los marineros y Seth; soberbias pistolas y kadjars y yataganes, cuyo filo debía de ser semejante al de navajas de afeitar y que tenían adornos en oro y perlas.
-¡Por Baco! –exclamó el incorregible de Emmett, que se había ataviado con ropas de mameluco egipcio–. ¡Debo de tener una arrogante estampa y parecer un jeque egipcio! ¡Es una desgracia que no tenga bajo mis órdenes una tribu y que no posea cien mil camellos!...
-¡Y cien mil doblones! –añadió Seth que lucía un suntuoso traje árabe.
-¡No, señor! ¡Un cajón abarrotado de cequíes como los tienen esos afortunados ricachones en el rincón más oscuro de su tienda! ¡Tienen más valor que los doblones!
-¡Eres difícil de contentar, Emmett! –comentó la duquesa, que acababa de vestirse.
-¡Que vamos a hacerle, Bells! ¡Viéndome vestido con tan bellas ropas, yo que en toda mi vida no he llevado sino el capote de marinero, me siento ambicioso! ¡Algo tarde es, pero todavía no estoy muerto!
-En la silla de tu caballo tal vez no halles una capa de marinero, pero algunos cequíes acaso los encuentres –dijo Edward-el-Kadel, mientras sonreía.
-¡Oh, señor, en lugar de León de Damasco, con vuestro permiso deberé llamarte León de
Oro!
-¡Cómo prefieras! Pero vámonos ya. Hacia medianoche cambiarán los centinelas del fuerte Erizzo y no desearía dar una explicación a su comandante.
Se colocaron las armas en los cintos y, precedidos por los esclavos, abandonaron el subterráneo. Jacob y Seth ayudaban a la duquesa, que aún no había recuperado por completo las fuerzas.
Al pie de la torre aguardaba un esclavo negro que vigilaba diez soberbios caballos árabes enjaezados al estilo turco, con anchos y cortos estribos, ricas gualdrapas de color rojo y sillas ligeras y cómodas. Edward-el-Kadel se dirigió hacia el de más bella traza y, ayudando a subir a él a la duquesa, dijo:
-Correrá igual que el viento y nadie será capaz de detenerlo. Respondo de él. En la cartera encontraras un par de pistolas y bastantes cequíes.
-¿Y de qué forma podré pagar tanta gentileza? –repuso la duquesa.
-¡No debes pensar en eso, Bella! – replicó el turco–. Mi padre es el bajá más opulento de Asia Menor, y se sentirá satisfecho al saber que he sido generoso con la persona que me perdonó la vida. Mi muerte hubiera representado la suya, y con riqueza alguna la habría podido pagar. ¡A los caballos! ¡No hay tiempo que perder! –exclamó, volviéndose hacia los otros.
Todos montaron a caballo dispuestos a cumplir la orden, hasta el mismo Emmett, que consideró aconsejable decir:
-¡Montemos y mantengámonos derechos! ¡Estos endiablados animales nos harán rodar como cuando sopla el viento del sudeste! ¡Acorta los foques, Jasper, si no quieres dar con la cabeza en cubierta!
-¡Aparta! –exclamó Edward-el-Kadel. El negro que retenía los caballos se apartó y los diez jinetes se lanzaron a galope tendido. Los cuatro esclavos que llevaran las ropas iban delante y los dos marineros los seguían.
Seth y el León de Damasco cabalgaban a ambos lados de la duquesa, prestos a auxiliarla en cuanto lo precisara. En breves instantes cruzaron la zona meridional de la ciudad y llegaron delante del fuerte Erizzo, que se hallaba vigilado por una compañía de jenízaros.
Un capitán se adelantó de súbito, gritando:
-¡Alto o mando abrir fuego!
Seth y la duquesa sintieron un escalofrío al escuchar aquella voz. Jacob, con ademán colérico, desenvainó el yatagán con un sordo gruñido.
-¡Aro! –exclamaron los tres a un tiempo.
Edward-el-Kadel hizo a la duquesa y a los demás acompañantes una indicación para que se detuvieran y se dirigió hacia el capitán.
Tres pasos detrás de éste se encontraban doce jenízaros que tenían las mechas de los arcabuces preparadas.
-¿Quién eres tú, que tienes el atrevimiento de interponerte en mi camino? –inquirió Edward.
-El comandante del fuerte, por lo menos durante esta noche –contestó con acento de burla Aro, ya que de él se trataba.
-¿Conoces quién soy?
-¡Por Baco! –exclamó el aventurero en un turco infame–. ¡Para conocerlo sería suficiente la cicatriz que adorna mi cuello, señor Edward-el-Kadel, hijo del bajá de Damasco!
-¿Qué pretendes dar a entender?
-¿Tal vez te has olvidado del "Oso de los bosques polacos"?
-¡Ah! ¡El renegado! –repuso, con cierto desdén, el León de Damasco.
-¡Ahora más mahometano y mejor creyente que tú! –contestó con insolencia Aro.
-¿Qué deseas, puesto que ya sabes quién soy yo? Y explícate deprisa, pues me urge el tiempo.
-Impedir que sigas el camino hasta el amanecer, señor Edward-el-Kadel. Se me ha ordenado no dejar que abandone nadie Famagusta, y no por tus hermosos ojos me arriesgaré a ejecutar la última danza en la punta de un palo.
-¡Abre paso al León de Damasco! –gritó con acento amenazador Muley–. ¡La orden que te han dado no cuenta para el hijo del bajá de Damasco, cuñado de Selim, el gran sultán!
-¡Aunque fueses el mismísimo Mahoma, insisto en que sin una carta firmada por Mustafá no seguiras adelante!
Y volviéndose a los jenízaros ordenó con atronadora voz:
-¡Estrechen la fila y esten listos para abrir fuego!
Los ojos de Edward-el-Kadel relampaguearon a causa de la cólera que le invadía.
-¿Dispararan sobre el León de Damasco? – exclamó con el puño dirigido hacia los jenízaros.
Y volviéndose a sus compañeros, ordenó con voz tan enérgica como antes:
-¡Desenvainen las cimitarras y lancémonos a la carga! ¡Yo respondo de todo!
Espoleando su caballo le hizo dar tan imponente salto, que empujando al polaco, lo arrojó al suelo antes que tuviera ocasión de esquivar la acometida.
- ¡Bribón! – gritó el capitán, rodando por tierra–. ¡Disparen, jenízaros!
- ¡A galope! –exclamó Edward-el-Kadel.
Los diez jinetes se lanzaron a la carrera, con las cimitarras en alto. Pero no tuvieron oportunidad de utilizarlas, ya que los jenízaros, en lugar de abrir fuego, se apartaron con premura presentando armas y gritando todos a la vez:
- ¡Larga vida al León de Damasco!
La comitiva cruzó el puente levadizo como un torbellino y se adentró a la carrera por el campo, en tanto que el Emmett, que se asía firmemente al cuello de su montura, murmuraba, con satisfacción:
-¡Parece mentira! ¡Ese turco me parece un magnífico muchacho! ¡No imaginé que se pudiera encontrar ni uno bueno entre esos miserables!
Edward-el-Kadel continuaba galopando al frente del grupo, señalando el camino. A lo lejos se veían los fuegos del campamento turco y de vez en cuando se oía el sonido de alguna trompa. Después, la oscuridad fue total.
El turco evolucionó de forma que se iba distanciando del campamento para no resultar de nuevo detenidos, lo que les hubiera ocasionado pérdida de tiempo, y avanzó decididamente en dirección a levante, hacia donde se observaba una lucecita que hubiera podido confundirse con una estrella.
- ¿Ése es el faro de Luda? –inquirió Seth.
- Sí –contestó Edward-el-Kadel.
- ¿Cuándo alcanzaremos la orilla del mar?
- Con estos corceles no tardaremos más de hora y media. Es preciso que embarquéis antes que amanezca, para evitar tener que dar explicaciones a las autoridades turcas.
- ¿Nos será posible encontrar enseguida una nave?
- He pensado en todo, Bella –repuso Edward–. Desde ayer se encuentran en Luda un par de hombres para buscar una galeota. En cuanto lleguemos, todo se hallará dispuesto y podrán hacerse a la mar.
- ¡Cuántas gentilezas con nosotros!
- Pago la deuda que tengo contraída contigo, Bella, y nadie podrá sentirse más alegre que yo por haber salvado a la más hermosa y audaz mujer que he conocido.
Y tras un breve silencio, añadió, contemplando a la duquesa con cierta melancolía:
- ¡Me hubiera agradado unirme a ti para ayudarte en tu empresa! ¡Pero entre nosotros está el Profeta! ¡Yo soy turco y tu cristiana!
- Mucho has hecho por mí, Edward, y jamás podré olvidar la generosidad del León de Damasco.
- ¡Ni yo a ti! –respondió con débil voz el turco.
- A… A tu regreso, ¿tendrás alguna dificultad con Mustafá? –inquirió la duquesa, que no sabía cómo proseguir la conversación.
- Mustafá no sería capaz de alzar un simple dedo contra el hijo del bajá de Damasco. ¡No te inquietes por mí, Bella!
Espoleó su corcel, lo mismo hicieron sus acompañantes, y todos se lanzaron a la carrera, por entre aquella desolada campiña, antaño tan fértil en dulces vinos y en aquel momento transformada en campos incultos, en eriales.
Sobre la una de la madrugada, la expedición, que no había hecho ni siquiera una parada, llegaba a un mísero y pequeño pueblo, formado por dos o tres docenas de casuchas agrupadas, en una oquedad entre dos montañas, y debajo del cual bramaba sordamente el Mediterráneo.
En el extremo de un minúsculo promontorio había un pequeño faro, en cuya cúspide brillaba un farol de luz fija. Dos negros, que al parecer aguardaban a la comitiva, salieron de una casa medio derruida, exclamando:
- ¡Alto!
- ¡Soy yo! –contestó Edward, deteniendo a su caballo–. ¿Está dispuesta la galeota?
- Sí, señor –informó uno de los negros.
- ¿Quiénes son sus tripulantes?
- Doce renegados griegos.
- ¿Están ya enterados de que quienes van a embarcar en la galeota son varios cristianos?
- Se lo he notificado a todos.
- ¿Están conformes?
- Se ofrecen a acatar sus órdenes con gusto, señor.
- ¡Condúcenos!
Ambos negros atravesaron el pueblo, que se hallaba en tinieblas, guiando a la expedición hasta el faro. Muy cerca se mecía una nave de unas cien toneladas, con dos palos que llevaban enormes velas latinas.
Una chalupa, que tripulaba seis hombres, esperaba varada en la playa.
- ¡El amo! –anunció uno de los negros, indicando a Edward-el-Kadel, que había descabalgado y ayudaba a la duquesa a bajar del caballo.
Los seis hombres saludaron cortésmente, haciendo una reverencia y quitándose el fez.
- Conducidnos a bordo –dijo Edward-el- Kadel–. Yo soy el que ha fletado el navío.
*Galeota: Galera de poco tonelaje que contaba con dieciséis a veinte remos por banda. La galera, en general, fue una embarcación que durante muchos siglos decidió la marcha de la historia en el mar Mediterráneo, pues era la principal nave de guerra.
