Capitulo 11. En la galeota

La embarcación puesta a disposición de laduquesa de Éboli por el generoso turco erauna soberbia galeota, nave empleada enaquella época por los navegantes del archipiélagogriego, posiblemente apresada por losturcos, que se dedicaban a una auténtica pirateríaen los mares de levante.

Como ya hemos indicado, su desplazamiento no era superior a las cien toneladas.

Sin embargo debía de ser muy ligera, por lo que se podía deducir de la amplitud de sus velas y de su esbelto casco. Iba armada fuertemente, teniendo en cuenta su tamaño, ya que llevaba dos culebrinas en cubierta y cuatro más en los costados de babor y estribor.

Todos los navíos de aquel tiempo tenían armamento a causa de que el Mediterráneo se encontraba lleno de piratas turcos, cuyas bases, desde donde se lanzaban a sus correrías, eran los puertos del Asia Menor, Egipto, Trípoli, Túnez y Marruecos.

En cuanto hubo puesto el pie en cubierta, Emmett examinó detenidamente la arboladura y a los tripulantes de la nave, quedando complacido.

- ¡Cofas a prueba de culebrinas: soberbio velamen; marineros del archipiélago, en cuyo corazón todavía no debe de haber penetrado la luz del bandido de Mahoma; armamento magnífico! ¡Podemos enfrentarnos incluso con las galeras de Alí-Bajá! ¿No opinas lo mismo, Jasper?

- ¡Estupendo velero! –dijo simplemente el joven marinero–. ¡Haremos correr con él a Alí!

Edward-el-Kade se había dirigido a la tripulación.

- ¿Quién es el jefe aquí?

- Yo, señor –repuso un marino de cabello negro y rostro de rasgos enérgicos–. El patrón me ha confiado a mí el mando de la nave.

- Entregarás el mando a este hombre – notificó el turco, indicando a Emmett–, y tendrás como recompensa cincuenta cequíes.

- Me hallo a su órdenes, señor. El patrón me ha mandado ponerme al servicio de quien se llama León de Damasco.

- Soy yo.

El griego hizo una profunda reverencia.

- Estas personas son cristianas –prosiguió el turco–. Has de obedecerlas igual que si mi boca fuese la que diera las órdenes. Respondo de cuanto pueda suceder, tratándose de una expedición que puede resultar arriesgada.

- De acuerdo, señor.

- Además, te advierto que responderás de tu lealtad con la cabeza, y si pretendieses hacer algún daño a los viajeros, sabré encontrar la forma de dar contigo y castigarte.

- Soy cristiano...

- Por esta razón te elegí, bien, como turco, no confío lo más mínimo en tu conversión.

¿Cuál es tu nombre?

- Eliazar Stradiato.

- ¡Me acordaré!

- ¡Cuerpo de mil ballenas! –musitó Emmett, que había oído la conversación–. ¡Si yo fuese Mustafá, haría nombrar a este turco almirante de la flota mahometana! ¡Manda igual que un capitán y se expresa como un libro! ¡Siendo turco, resulta sorprendente! ¡Por lo menos, éste no tiene el cerebro de corcho!

Edward-el-Kade se volvió hacia la duquesa y, tomándola por una mano, la condujo hasta la parte de proa, diciéndole:

- Ha terminado mi cometido, Bella, y aquí te abandono. Yo soy otra vez el enemigo de los cristianos y tú el de los turcos.

- ¡No hables así, Edward-el-Kade! – interrumpió la joven–. ¡Si tú te acordaste de que me debías la vida yo no olvidaré jamás tu generosidad!

- Cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo.

- No. Mustafá no habría olvidado ser, primero que todo, musulmán.

- ¡El visir es un tigre, pero yo soy el León de Damasco! –respondió con altivez el turco.

Y cambiando de tono continúo:

- No sé cómo acabará vuestra aventura, ni de qué forma tú, una mujer, podras poner en libertad al vizconde Le Hussière. Temo que te vayas a enfrentar con muchos peligros, sola ante mis compatriotas, que siempre desconfían de los extranjeros, suponiéndolos cristianos. A tú lado queda mi esclavo Nahuel, hombre fiel y tan valeroso como Jacob. Si en alguna ocasión estas en peligro, mandad que venga en mi busca. ¡Por el Corán te juro que haré cuanto me sea posible para ayudarte!

- Hace un momento me aseguraste, Edward, que tornabas a ser enemigo de los cristianos.

- ¡No quieres saber lo que pienso, Bella! – repuso el joven, en tanto que sus mejillas se encendían vivamente–. ¡No olvidaré con facilidad al capitán Tormenta!

- ¿O a la duquesa de Éboli? –inquirió con cierta picardía la joven.

El hijo del bajá no respondió. Semejaba estar absorto en profundos pensamientos, hasta que, extendiendo de improviso la mano hacia la duquesa, exclamó:

- ¡Adiós, Bella, mas no para siempre! Confío en que algún día, antes que dejes la isla para regresar a tú país, nos veremos otra vez.

Sin volver la cabeza cogió con rapidez la mano de la duquesa y, mientras suspiraba, añadió:

- ¡Así lo quiera Alá!

Y sin pronunciar más palabras, se aferró a la escala de cuerda y descendió a la chalupa que aguardaba a estribor de la galeota.

La duquesa se quedó inmóvil y pensativa. Al volverse, la chalupa alcazaba ya la costa. Se encaminó a popa, donde Emmett y Eliazar Stradiato esperaban sus instrucciones, y se encontró con Jacob que la contemplaba con tristeza.

- ¿Qué quieres, Jacob? –le preguntó.

- ¿Hemos de levar anclas? –inquirió el árabe con la voz temblorosa.

- Sí, vamos a zarpar al momento.

- ¡Mejor es así!

- ¿Qué pretendes dar a entender?

- ¡Que los turcos son más peligrosos que los cristianos y que debemos alejarnos de ellos! ¡Y especialmente los más peligrosos resultan... los "leones" turcos!

- ¡Tal vez estés en lo cierto! –convino la duquesa, inclinando la cabeza.

Y volviéndose al Emmett, que conversaba con el griego, ordenó:

-¡Levan anclas y desplieguen las velas! ¡Es aconsejable que cuando despunte el alba nos encontremos a bastante distancia de aquí!

-¡Rápido, a la maniobra! – ordenó Emmett con fuerte voz–. ¡Prepárense, hijos del archipiélago!

Los marineros desplegaron las velas, largaron las escotas y, asidos al cabrestante, levaron anclas.

La maniobra se llevó a efecto en breves minutos. La galeota, cuyos foques empezaban a tomar el viento, giró poco a poco sobre sí misma y, algo inclinada de babor, avanzó hacia la salida de la bahía, eludiendo los escollos cortados a pico.

Al cruzar frente al faro, la duquesa alzó la mirada y distinguió, inmóvil en la cima, un hombre a caballo. La luz del farol se reflejaba en su cota, haciendo centellear el metal.

-¡Edward-el-Kade! –murmuró con un estremecimiento. Como si intuyese que la duquesa había advertido su presencia, el León de Damasco hizo con la mano un ademán de despedida.

Precisamente en aquel momento se oyó gritar al Emmett:

-¿Qué vas a hacer, árabe?

-¡Matar al turco! –repuso una voz que la duquesa reconoció al instante.

-¡Jacob! –exclamó ella–. ¿Qué locura piensas hacer?

-¡Lo mato, puesto que tú, Bella, ya no le debes ningún agradecimiento!

El árabe tenía en la mano una pistola de largo cañón y apuntaba al León de Damasco que continuaba inmóvil al pie del faro. El abismo se hallaba debajo de él, y, si una bala le alcanzase, nadie hubiera podido salvarle.

-¡Apaga la mecha de la pistola! –exclamó Bella.

El árabe tuvo un momento de incertidumbre. Una horrible expresión de odio y de fiereza demudaba su semblante.

-¡Permite que le mate, Bella! –dijo–. ¡Es un enemigo de la cruz!

-¡Deja esa arma! ¡Obedece!

Jacob bajó la cabeza y, arrojando al mar la pistola, musitó:

-¡Obedezco, señora!

Y se dirigió lentamente hacia proa, sentándose sobre un rollo de cuerdas y escondiendo el rostro entre los pliegues del manto.

-¡Ese salvaje está demente! – comentó Emmett–. ¡Matar a ese magnífico hombre! ¿Ya ha olvidado ese trozo de pan moreno que sin la ayuda del turco nos encontraríamos ahora en la punta de un palo? ¡Qué escasamente agradecidos son esos bandoleros árabes!

-¡No digas bobadas, Emmett! –dijo la duquesa–. Jacob siempre ha sido… algo extraño. Coge el timón y ten bien abiertos los ojos. Acaso fuera del puerto haya alguna galera

de Alí-Bajá.

-Con este velero no debemos inquietarnos por esas pesadas naves, Bella. Respondo de ello.

Y volviéndose hacia los griegos, ordenó:

- ¡Eh! ¡Largad las escotas! ¡Venga, rápido! ¡Quiero que ésta sea una noche tranquila!

La duquesa había vuelto su mirada hacia el faro, que se encontraba ya a unos doscientos o trescientos pasos, a cuya luz se observaba, aún inmóvil, la figura de Edward-el-Kadel. En aquel instante la galeota, cuya rapidez aumentaba gracias a la corriente, dio la vuelta a la última escollera, y la figura del León de Damasco se perdió de vista. El mar era azotado por una fresca brisa de levante, que rizaba la superficie de las aguas.

Emmett y Jasper conducían la ligera nave, en tanto que Seth revisaba las culebrinas. Acodada en la borda, la duquesa seguía mirando hacia el faro, cuya luz relucía como un punto luminoso en la oscuridad.

La galeota se comportaba como un buen velero y acrecía la velocidad a tenor que se iba alejando de la costa. Se apartó un par de millas de tierra para no chocar con las escolleras que rodean la isla de Chipre y puso rumbo en dirección al castillo de Hussif, queya no debía de encontrarse a mucha distancia.

- Señor –preguntó Eliazar dirigiéndose en tono respetuoso a la duquesa–, ¿eres únicamente tú quien ha de darme las órdenes?

- Sí –contestó la joven.

- ¿Quieres llegar al castillo durante la noche o por el día?

- ¿Cuándo llegaremos?

- El viento es favorable. De aquí a diez horas anclaremos en la ensenada de Hussif.

- ¿Estas enterados de sí hay allí cautivos cristianos?

- Eso aseguran.

- ¿Y que entre ellos hay un caballero francés?

- Es posible, señor.

- Llámame Bella, ya que soy mujer.

El griego no hizo el menor gesto de asombro. Sin duda lo sabía ya, bien por Emmett, bien por los esclavos de Edward-el-Kadel que fletaron el velero.

- Como te plazca, Bella –contestó.

- ¿Conoces el castillo?

- Sí, ya que estuve cautivo en ese lugar.

- ¿Quién manda allí?

- La sobrina de Alí-Bajá.

- ¿Sobrina del almirante turco?

- Sí, señora.

- ¿Cómo es esa mujer?

- Hermosísima, muy enérgica y despiadada con los presos cristianos. Me castigó a no comer durante seis días por contestarle de mala manera y me hizo dar una paliza de la que todavía conservo las señales, aunque han pasado siete meses.

- ¡Infortunado Le Hussière! –murmuró la duquesa–. ¿Cómo habrá podido doblegarse, tan orgulloso y tan intolerante?

Y tras un breve silencio, preguntó:

- ¿Podremos penetrar en el castillo simulando ser emisarios de Edward-el-Kade?

- Tendrás que afrontar un gran riesgo –repuso el griego–. No obstante, me parece que no hay otra forma de entrar en él.

- ¿Podremos llegar sin tener molestos encuentros?

- Es dudoso. Es posible que en la ensenada hay alguna galera del bajá y que su comandante nos detenga para averiguar quiénes somos, de dónde llegamos, qué pretendemos y muchas cosas más.

- ¿Está muy distante del mar, el castillo?

- Unas pocas millas, señora.

- Si tropezásemos con la nave que temes, la atacaremos y la hundiremos –contestó con firme determinación la duquesa–. Estamos dispuestos a lo que sea, y me parece que tú no desaprovecharías la oportunidad de vengar los sufrimientos que te han hecho padecer los turcos –añadió la joven.

- Cuenta con nosotros – repuso el griego–. Al renegado se le mira peor que al esclavo, ya que los turcos le desprecian y es objeto de escarnio para los cristianos. ¡Personalmente prefiero la muerte a continuar en esta miserable vida! Desde el momento que para salvarme del palo y de los despiadados tratos de los turcos renegué de la cruz, nadie me ha proporcionado la menor ayuda, y eso que me porté con valor en Negroponto y en Candía.

Se advertía en la voz del griego tal tono de dolor que la duquesa, conmovida, le alargó la diestra, diciendo:

- ¡Estrecha la mano que te ofrece el capitán Tormenta!

El renegado hizo un gesto de asombro.

- ¡El capitán Tormenta! –exclamó–. ¡Tú eres el héroe que derrotó al León de Damasco! ¡Una mujer!

El griego le había tomado la mano y se la besaba.

- ¡Otra vez soy cristiano y hombre libre! – dijo–. ¡Bella, mi vida está a tú disposición!

- Haré lo posible porque no la pierdas, Eliazar –respondió la duquesa–. Ya son demasiados los cristianos muertos en esta infortunada guerra para que se sacrifiquen todavía otros más.

En aquel instante se aproximó Emmett, moviéndose de la misma manera que un oso.

- ¡Algún entrometido se pasea por el mar! –informó.

- ¿Qué pretendes decir? –inquirió la duquesa.

- Hace un rato descubrí un par de puntos luminosos en el horizonte.

- Ya nos encontramos en aguas de Hussif – dijo el griego–. ¿Habrá tal vez en la bahía alguna galera del bajá?

Y mirando hacia el horizonte añadió, luego de un rato de silencio:

- Sí. Es una nave que vigila la bahía. ¿Habrán advertido a la sobrina del bajá de nuestras intenciones?

- Solamente Edward-el-Kade está informado de ellas y me parece que no es hombre capaz de traicionarnos luego de haber dado muestras de tan gran generosidad –contestó la duquesa.

- Por la altura de las luces, ¿qué sacas en claro? –inquirió el griego, dirigiéndose a Emmett.

- Todavía nos encontramos a mucha distancia para poder opinar acertadamente – repuso el Emmett–. No obstante, considero que no se debe tratar de una galera.

- ¿Qué hemos de hacer? –interrogó la duquesa.

- Seguir nuestro rumbo. Nuestra galeota es un buen velero y no se dejará dar alcance.

Si observamos cualquier peligro, viraremos de bordo y nos alejaremos de la costa.

- Por si acaso ordenaré cargar las culebrinas –intervino Seth, que se había acercado al grupo–. ¿Hay en la nave algún artillero que pueda ayudarme?

- Todos son soldados –repuso el griego– y conocen lo mismo el manejo del arcabuz que el del cañón, ya que han combatido todos en Rodas y Candía con los venecianos.

- Acompañadme al puente: desde allí veremos mejor.

- Yo entretanto haré que Jacob prepare las armas –dijo la duquesa–. ¡Tenemos que estar preparados!

La galeota, diestramente pilotada por Eliazar, que se hallaba otra vez ante la barra del timón, prosiguió su rumbo en dirección a la rada, formada por una península, semicircular, que avanzaba hacia el mar. En el horizonte se distinguían confusamente elevadas montañas.

Emmett continuaba contemplando los dos puntos luminosos, que permanecían inmóviles, como si la nave, luego de corto crucero por el mar, hubiera anclado en las proximidades de la costa.

-Se encuentran muy bajas –dijo por último–. No puede tratarse de una galera. ¡Sería capaz de apostar un cequí contra una cabeza turca! ¡Eliazar, que apaguen nuestros fuegos!

-Están tapándolos con un trozo de lona.

-¿Nos introduciremos en la rada?

-Observemos antes con quién habremos de combatir, Bella –repuso el griego.

-¡Aproximémonos con lentitud, Emmett!

Se disponía el contramaestre a mandar que recogieran las velas cuando un relámpago brotó desde la rada y a continuación se escuchó un gran estampido.

Emmett, Seth y Eliazar escucharon atentamente, pero no percibieron el típico silbido del proyectil.

-¡Nos recomiendan que nos marchemos! – observó el Emmett–. ¡Ya nos han descubierto!

-¡Y yo he distinguido qué tipo de nave es la que nos advierte! –informó el griego.

-¿Una galera?

-No. Es una carabela, que no contará con una tripulación de más de doce turcos.

-¡Buena oportunidad para entrar! – exclamó el Emmett–. ¿Supones, Eliazar, que esos hombres nos permitirán desembarcar?

-¡Hum! ¡Tengo mis dudas! Desearán averiguar quiénes somos y nos interrogarán larga y peligrosamente.

-Así, ¿qué podemos hacer? –inquirió la duquesa.

-Lanzarnos al abordaje con nuestra chalupa y apresarlos –contestó con acento decidido el griego.

-¿Seremos lo bastante numerosos?

-Vamos a dejar aquí sólo dos hombres, Bella. Son suficientes para vigilar la galeota. Simularemos obedecer y salir a alta mar.

La nave viró velozmente, en tanto que los marineros ponían al descubierto por un momento los fanales, y avanzó en dirección al promontorio para dar a entender a los turcos de la carabela que no deseaban exponerse a los disparos de sus cañones. Sin embargo, en cuanto se puso fuera del alcance de ellos, echó anclas y se lanzaron dos chalupas al mar. Todos se hallaban ya preparados. Iban armados con arcabuces, pistolas y armas blancas.

- Emmett, conducirás la primera; conmigo, Seth, Jacob y seis hombres – dijo la duquesa–. Y tú Eliazar, dirigirás la segunda con cuatro hombres. ¡Abordaremos de improviso y no dispararan hasta que lleguemos al costado de la carabela!

Descendieron a las chalupas y se alejaron sigilosamente en dirección a la ensenada, decididos a hacerse con la nave enemiga.