Capitulo 12. El asalto a la Carabela

Tras el disparo de culebrina, la tripulación de la carabela no había vuelto a dar indicios de vida. Los hombres que se hallaban de guardia, seguros de que aquel disparo había sido suficiente para hacer variar el rumbo de la galeota, debían de haberse acostado de nuevo en las lonas tendidas sobre cubierta, continuando su interrumpida conversación.

Ambas chalupas, distanciadas un par de brazas una de otra y prestas a atacar por los dos lados a los turcos, avanzaban siempre en silencio y remaban con extrema cautela. Puesto en pie sobre el banco de popa, Emmett contemplaba con toda atención las tinieblas.

-¡Es raro! –comentó–. ¡No observo los fanales de la carabela!

-En efecto. No distingo sino tinieblas en torno nuestro –respondió la duquesa.

- Señor teniente, tú que te encuentras a proa, ¿ves los fanales?

-No –repuso Seth.

-¡No obstante, por aquí no hay escolleras! – murmuró Emmett–. ¿Acaso esos endiablados turcos en lugar de dejarse coger desprevenidos pretenderán sorprendernos? Es más sencillo que nosotros veamos la carabela, a que se fijen en nosotros los hombres de guardia. ¡Comprobemos si Eleazar nos sigue!

Se volvió, forzando la vista en dirección a la nada. Una tenue línea oscura se observaba a un centenar de metros. Alrededor brillaban sutiles puntos luminosos, igual que si los remos removiesen agua llena de moluscos fosforescentes.

-¿Nos delatarán las noctilucas? –comentó, preocupado, Emmett–. ¡Incluso los moluscos del Mediterráneo se han aliado con Mahoma y sus devotos!

Y alzando algo la voz agregó:

-¡Siempre adelante, muchachos! ¡Cuando nos encontremos en la ensenada veremos si esos pajarracos nos están esperando o si han apagado los fanales para dormir con mayor tranquilidad!

La chalupa, que interrumpió su avance para que el contramaestre pudiera hacer su examen con precisión, continuó su marcha sigilosamente en dirección a la rada de Hussif.

-Emmett –preguntó Bella–, ¿no sería más aconsejable que procuráramos desembarcar sin ser vistos?

-Los turcos descubrirían enseguida la galeota y, siendo más numerosos, se apoderarían de ella. ¿Qué podrían hacer el par de griegos que la vigilan?

-Es verdad.

-Por otra parte, nosotros necesitamos siempre tener una nave. Si el golpe no saliese bien, nos sería imposible permanecer en las costas de Chipre ni una hora. Nos hallamos en peligro de ser empalados, y tal clase de muerte garantizo que no me parece atractiva. He visto a un pobre renegado soportarla, y aquellos dos días de horrible agonía me hicieron tan grande impresión que no la olvidaré nunca, a pesar de que viviese mil años, igual que las ballenas.

-Se asegura que es el más cruel de los tormentos turcos.

-¡Notar cómo el cuerpo es atravesado por un palo en punta, como un pájaro a quien clavan en el asador, no debe de ser cosa seductora, Bells! Agregale a eso que el torturado puede conservar la vida en esta situación hasta tres días y que esos perros turcos, para hacer más grandes los sufrimientos, les untan el cuerpo con miel con el objeto de que las moscas y las abejas los atormenten.

-¡Canallas!

-Son verdaderos miserables, dignos de Mahoma.

-Pero ése no era tan despiadado.

-¡No, pero era un perro sarnoso! – respondió el contramaestre–. ¡Alto, muchachos!

-¿Qué sucede Emmett? –inquirió Seth, yendo a popa.

-La carabela no se encuentra ni a dos codos de distancia.

-¿La abordamos?

-Aguardemos a Eleazar. Si el instante supremo nos falta su colaboración, podemos fracasar. No debe hallarse a mucha distancia.

Abandonó la barra del timón y, mirando en torno suyo, emitió un silbido flojo.

Al poco rato se oyó otro muy parecido.

-¡Aguardémosle! –dijo Emmett–. ¡Eleazar se ha dado cuenta de que precisamos su ayuda!

La chalupa del griego, que marchaba lentamente para que el rumor de los remos no fuera percibido por los turcos, se aproximó a la de Emmett al poco tiempo.

-¿Por qué se han detenido? –indagó Eleazar.

-¡Por cien mil tiburones! ¡Los turcos han apagado las luces y yo no poseo los ojos de un gato! –repuso Emmett.

-Ya lo he observado, y considero que así es mejor para nosotros –adujo el griego–. Los sorprenderemos con más facilidad. ¿Distingues la carabela?

-Sí, confusamente.

-Prosigamos entonces el avance hacia ella.

-Deseo averiguar primero por dónde piensas abordarla.

-Por la parte de popa.

-En tal caso nosotros lo haremos por la proa, siempre que la encuentre. ¡Las tinieblas y las noctilucas se han unido a favor de esos perros musulmanes!

-¡Ten los ojos un poco abiertos, Emmett!

-¡Por mil diablos! ¡Si los tengo más abiertos que ventanas!

-¡Abrelos algo más!

-¡Me tendrás que dar en tal caso dos ojos de mayor tamaño que la cúpula de santa Sofía!

-Bien: ¿nos ponemos en movimiento?

-¡Adelante!

-¡Directo a la proa, Emmett!

-¡Y tú a popa! ¡Pillaremos al turco entre dos fuegos!

-¡Ojo con la escollera!

-¡Intentaré evitarla! –contestó Emmett–. Debes saber que tengo muy buen oído y distingo el romper de la ola.

-¡Adiós y tengan listas las armas! –concluyó Eleazar.

La chalupa viró de bordo, y se desvaneció en las tinieblas.

-¡Ése es un griego con buena sangre en las venas! –comentó Emmett–. ¡Si en alguna ocasión me hacen almirante, le nombraré capitán de galera! ¡Adelante, muchachos!

La chalupa continuó su rumbo, siempre avanzando con cautela, en dirección a la oscura forma que se advertía en la ensenada.

Parecía como si tras el disparo de culebrina los turcos se hubiesen dormido, puesto que no se escuchaba ni una voz en cubierta. Únicamente el timón de la carabela, movida a impulsos de la resaca, rechinaba en sus goznes, llenos de moho por el agua del mar. Emmett, siempre alerta, prestaba atención al ruido de las olas al chocar contra las escolleras, tan agudas como lanzas.

Conducir la embarcación por entre aquellos obstáculos que casi no se divisaban no resultaba tarea sencilla. De improviso, una sorda exclamación brotó de los labios del contramaestre.

-¿Qué sucede, Emmett? –inquirió la duquesa.

-¿No distingues aquel punto luminoso que se mece sobre las aguas?

- ¿Es algún pez fosforescente?

- No, Bella.

- ¿Qué es, entonces?

- ¡Semeja una tablilla o un corcho, o algo parecido, con un trozo de vela encima!

- ¿Encendida por quién?

- ¡Por los turcos, sin la menor duda!

- ¿Y qué significa?

- ¡Que esos perros pretenden descubrirnos! ¡No seré yo tan necio que me aproxime a esa luz para lograr que vean la chalupa y nos reciban con una bala de culebrina! ¡Los bribones están vigilando y seguramente han imaginado que tratamos de dar algún golpe de mano! ¡Qué Mahoma los ayude! ¡Pero ni pensarlo! ¡Esos haraganes son incapaces de nada! ¡Muchachos, al ataque! ¡Rápido, al abordaje!

La duquesa, Jacob y Seth habían desenvainado las cimitarras. No distarían mucho más de diez pasos de la carabela y los turcos continuaban, al parecer, sin percibir nada.

Emmett hizo avanzar la chalupa con más rapidez y con un veloz cambio de ruta se precipitó contra el costado de estribor del barco turco. Aferrarse a la borda, salvarla de un salto y presentarse en cubierta fue cosa de un instante.

Un hombre que se hallaba apoyado en el palo mayor, viendo surgir de súbito a un desconocido, gritó alarmado:

- ¡A las armas!

El puño de hierro del contramaestre se abatió igual que una maza, con sordo ruido, sobre la cabeza del turco, quien se derrumbó como alcanzado por el rayo. Pero su exclamación había sido escuchada por sus compañeros.

- ¡Perro infiel! –gritó con frío acento el contramaestre, apuntándole al instante con una pistola, cuya mecha se hallaba ya encendida–. Te prevengo que, si ofreces resistencia, te mato igual que a un leproso. ¡Baja esa arma!

El turco, un joven de unos veinticinco años, que parecía asombrado ante aquella irrupción y semejante amenaza, permaneció silencioso. Mientras tanto el capitán Tormenta, Seth, Jacob y los griegos, abandonando los remos y empuñando los arcabuces, habían aprovechado aquel instante de estupefacción general para irrumpir en la carabela y amenazar a los tripulantes, que salían en aquel momento de los camarotes de proa. El capitán Tormenta se precipitó hacia el capitán con la cimitarra alzada, presto a asestar un golpe mortal.

- ¿Has oído las palabras de ese hombre? –exclamó.

- ¿Quién eres? –inquirió el turco.

En lugar de responder, el capitán Tormenta se volvió a Seth, ordenando:

- ¡Enfréntense a la tripulación y, si no rinden las armas, disparen!

Y contemplando al capitán de la carabela añadió, con un saludo burlón:

- Yo soy un capitán cristiano y los conmino a la rendición, si queréis poner a salvo vuestra vida y la de los tripulantes.

- ¡Cristianos! –barbotó el turco, procurando esquivar la pistola de Emmett y echándose hacia atrás de un salto. El contramaestre lo aferró por un brazo, mientras decía:

- ¡No, compañero; ni Mahoma puede escaparse teniéndole yo apresado! ¡Si vuelves a intentarlo, te obsequiaré con algo de mucha dureza que te enviará en busca de las huríes de tu paraíso, si eres capaz de encontrarlas!

- ¿Imaginas que un turco se entrega a un cristiano? – rugió el comandante–. ¡Suéltame, o haré que los azoten como a perros!

- ¿Por quién? –inquirió la duquesa.

- Por Alí-Bajá.

- ¡Se encuentra a mucha distancia!

- Mañana puede estar aquí.

- ¡Basta, charlatán! –exclamó Emmett–. ¡No hemos venido para discutir contigo, cabeza de leño! Tenemos otras cosas que llevar a cabo. ¿Te entregas? ¿Sí o no?

Con un súbito esfuerzo, el turco se zafó de la mano del contramaestre e intentó desenvainar la cimitarra. Pero fue a parar a las manos de Jacob, el cual lo apretó de tal manera que le hizo lanzar una exclamación de dolor.

- ¡Muy bien, árabe! –dijo Emmett con una sonrisa.

- ¡A mí, marineros! –gritó el turco–. ¡Exterminen a estos cristianos! ¡El Profeta lo ordena!

Los diez turcos que constituían la tripulación de la carabela se disponían a trabar con los griegos, a cuyo frente iba Seth, una lucha desesperada, cuando escucharon detrás de ellos una voz que alentaba:

- ¡Valor, amigo! ¡Aquí nos tienes a nosotros, listos para exterminar musulmanes!

Era Eleazar, que saltaba por el bauprés en compañía de sus cuatro hombres. Al ver frente a ellos a los griegos de Seth, que se disponían a disparar a boca de jarro, y detrás nuevos enemigos, los turcos se detuvieron.

- ¡Bajen las armas, miserables! – exclamó el griego, acercándose con la pistola en alto–.

¡Si dan un paso más, son hombres muertos! ¡Avancen ustedes y depónganse a atar a estos bandoleros!

Mientras tanto el comandante se encontraba en el suelo, aferrado por Jacob, quien le puso el yatagán sobre el pecho.

- Bella –preguntó–, ¿lo mato?

- ¡Los prisioneros pueden ser útiles en toda ocasión y valen más vivos que muertos! – adujo Emmett–. ¿No es verdad, Bella, que debemos conservarlos?

- ¡Estas en lo cierto! –afirmó la duquesa.

- ¿Entonces, te rindes? –preguntó el árabe al turco.

-¡Alí-Bajá me vengará debidamente! – repuso el capitán, abandonando la cimitarra.

-¡Si te damos ocasión de avisarle –opinó Emmett–, cosa que veo un poco difícil!

-¡Ya pagaras más tarde semejante atrevimiento!

-Te aguardamos en el Adriático o en la laguna veneciana. El canal Orfano está esperando precisamente turcos con una piedra atada al cuello.

-En resumen: ¿qué quieres hacer conmigo? –gritó el turco, con altivez.

-De momento, tenerte detenido –contestó la duquesa–. Si fuéramos mahometanos, ahora ya no estarías con vida. Agradece a tu protector que seamos cristianos y tú turco. ¡Jacob, amarra a ese hombre y condúcele a la cámara de proa, donde lo alojarás!

-¡Y tú, mi teniente –dijo Emmett–, atad a esos infieles con cien brazas de esparto!

Viéndose cogida entre dos fuegos, la tripulación turca había rendido las armas, dándose cuenta de que una lucha tan desigual resultaría un fracaso. Los griegos se habían precipitado sobre los prisioneros, y éstos tal vez no hubieran conservado las orejas de no haberse interpuesto la duquesa y Seth. Una vez atados, fueron llevados a la cámara de proa y dejaron a la puerta dos hombres provistos de arcabuces.

-Bella –dijo Eleazara la duquesa–, la ensenada ya está libre. Podemos desembarcar sin que nadie nos moleste. Si lo deseas, hacia el alba llegaremos ante el castillo de Hussif.

-¡Por Baco! –exclamó Emmett–. ¡No imaginaba yo que nuestro primer intento resultara tan sencillo! ¡Y sin efectuar un disparo! ¡La tentativa más difícil será la segunda!

-Tal vez menos de lo que supones – respondió la duquesa–. Aparentaremos ser emisarios de Muley-el-Kadel, con cualquier encargo para la sobrina del bajá. ¿Acaso no tenemos apariencia de turcos?

-Pero tú, señora, no sabes hablar su idioma.

-Simularé ser árabe. ¿No son muy numerosos los árabes en el ejército de Mustafá? Jacob me ha enseñado esta lengua.

-¡Esta es una magnífica idea, que jamás se me hubiera ocurrido! – Convino Emmett–. ¡Y un árabe muy bello! No he visto nunca uno parecido ni tan hermoso. ¡No sé qué decir, pero si no tuviese tanta edad, les aseguro que mi cabeza en este momento se encontraría algo trastornada!

Jacob lo miró con ferocidad, aunque sin producir el menor efecto en el viejo marino, en tanto que la duquesa sonreía ante la ocurrencia del lobo de mar.

-¡Embarquemos! –dijo Eleazar.

-¿Y esta nave? –preguntó la duquesa.

-Dos de nuestros hombres la guiarán hasta la galeota. Será suficiente una vela para unirse a sus compañeros, y de esta manera podrán vigilar mejor a los turcos. ¡Vamos, señora! ¡Tú también, Emmett!

-¿Quién nos conducirá hasta el castillo? – inquirió el contramaestre.

-Yo –respondió Eleazar–. El alba no tardará en despuntar.

Dio algunas órdenes a los griegos que se hallaban vigilando en el camarote de proa, y luego todos bajaron a la chalupa.

-¡Hacia la playa! –exclamó Eleazar–. Ya no hay nada que temer; aunque acudiera en su ayuda Alí-Bajá, sería demasiado tarde.

Ambas chalupas se apartaron de la carabela, que comenzaba a ponerse en movimiento, ya que los dos marineros de guardia acababan de izar una vela, y avanzaron en dirección a la costa. La embarcación de Emmett pasó en último lugar, sin chocar en ninguno de los numerosos escollos que la amagaban, y encalló en la arenosa tierra de la playa.

Al ruido ocasionado por los remos, que rozaban el fondo, una bandada de pájaros marinos alzó el vuelo y se desvaneció entre la oscuridad.

-¡Buen indicio! – comentó Emmett, mientras se frotaba las manos–. ¡Si por estos lugares hubiese turcos, estos pájaros no se habrían dormido sobre la arena!

-¡Desembarquen! –ordenó Eleazar, cuya chalupa había encallado también.

La duquesa, Seth, Jacob y los griegos saltaron a la playa, luego de haber cogido los arcabuces. Eleazar, que los había precedido, se había subido a una roca y contemplaba con todo detenimiento la llanura que se abría ante su vista y que semejaba ser muy quebrada. No se advertía la menor luz entre las tinieblas, ni en la llanura, ni sobre las colinas rocosas que se hallaban en el extremo de la ensenada. De vez en cuando se oía a lo lejos el ladrido de un perro.

-No hay ningún vigilante por esa parte – anunció el griego cuando se encontró otra vez en la playa.

-¿A qué hora podremos llegar ante el castillo? –inquirió la duquesa.

-De aquí a un par de horas –contestó Eleazar.

-¿Aguardaremos hasta el alba?

-No es necesario, Bella. Conozco el camino, que he recorrido en un millar de ocasiones llevando sobre mis espaldas quintales de maíz como esclavo, soportando los latigazos de los guardianes. ¡En aquel tiempo mi vida era espantosa!

-¿Nos ponemos en marcha?

-Sí; siempre que no estés cansada.

-¡En marcha y en silencio!

La expedición se puso en camino y, atravesando las dunas, se adentró en la llanura, precedida por el griego, cuyos ojos parecían ser de gato.

-¡Que demonio de hombre! –murmuraba el Emmett –. ¡Estos griegos son realmente extraordinarios, cuando se trata de vengarse de los turcos! ¡Y yo que los consideraba blandos como el merengue!

-Sí, son valientes –repuso el Jasper, que era cualquier cosa menos locuaz.

Mientras tanto, la duquesa y Seth conversaban en voz baja con Eleazar para trazar su plan y ponerse totalmente de acuerdo con el objeto de no incurrir en alguna imprudencia que con toda seguridad les hubiera costado la vida.

-Para todos ustedes yo soy Hamid hijo del gobernador de Medina, ya que conozco el árabe –terminó de explicar la duquesa–, gran amigo de Edward-el-Kadel. Nahuel, el esclavo del generoso joven, se encargará de demostrar que, en realidad, soy mahometano y valeroso capitán.

- ¿No pondrás en un compromiso al León de Damasco? –inquirió Eleazar.

- Me dijo que si hacía falta utilizara su nombre –respondió la duquesa–. ¡Permítanme que sea yo solamente la que hable con la sobrina del bajá!

- Sí, señora –dijeron a un tiempo Eleazar y Seth.

- Adviérteselos a nuestros hombres. ¡Hemos de impedir la menor imprudencia!

- ¡Anda de por medio el palo! – exclamó el griego–. La sobrina de Alí-Bajá es hermosa. Pero, tal como os he dicho, tiene fama de ser no menos despiadada que su tío en lo que se refiere a los cristianos.

- Intentaré amansar a ese tigre –dijo la duquesa la que parecía habérsele ocurrido una idea–. Confío absolutamente en el éxito de nuestro plan, precisamente por ser muy atrevido.

El griego se detuvo un instante para orientarse y prosiguieron la marcha por la llanura a través de un terreno quebrado y pedregoso. Emmett, más que nadie, maldecía sin cesar.

- ¡Aún hay necios que afirman que se camina bien sobre la corteza terrestre! – exclamaba–. ¡Bien se ve que no han estado jamás en la cubierta de una galera, ni han gozado las delicias del balanceo! ¡Pueden irse al diablo Chipre, los turcos y los sectarios de

Mahoma!

Sobre las cinco de la mañana comenzó a clarear.

- ¿Lo ves, Bella? –preguntó Eleazar, indicando un sólido edificio situado en la cumbre de una colina.

- ¿Se trata del castillo de Hussif?

- Sí.

- ¡Infortunado Le Hussière! ¡Se hallará en los subterráneos de alguna de esas lúgubres torres!

- ¡Y debidamente encadenado, además! ¡La sobrina de Alí no se muestra muy hospitalaria con sus cautivos!