Capitulo 13. El castillo de Hussif
El castillo de Hussif era una de las fortalezas más imponentes de la reina Catalina Cornaro a fin de guarecer una considerable zona de la costa occidental de Chipre, para rechazar las continuas incursiones de los corsarios egipcios y turcos, que dominaban en todo el
Mediterráneo oriental. Había sido edificado sobre una colina que dominaba el mar, en un lugar de la roca cortado a pico, y en sus torres se emplazaron numerosas bocas de fuego. Aquella fortaleza ofreció una obstinada resistencia a los turcos de Mustafá, y no se puede saber lo que hubiera aguantado todavía, a no ser por el auxilio prestado a aquél por Alí-Bajá y sus cien galeras. Atacada desde el mar por el ininterrumpido bombardeo de ochocientas culebrinas, terminó siendo tomada por los cincuenta mil guerreros, que pasaron cuchillo a toda su guarnición.
Una vez que fueron restaurados lo mejor posible los deterioros ocasionados por los proyectiles, se puso al mando de ella a la sobrina del bajá, mujer joven y hermosísima, atrevida y valerosa, pero, en especial, acérrima enemiga de los cristianos, al igual que el gran sultán Selim II.
Al distinguir el castillo a las primeras luces de la mañana, la duquesa se sintió asaltada por la angustia. ¿Hallaría al caballero Le Hussière todavía con vida, o la cruel turca lo habría matado?
Jacob, que parecía haber adivinado la idea que atormentaba a su señora, se aproximó a ella, que se había detenido para contemplar el castillo.
-Piensas en el vizconde, ¿no es verdad? – preguntó.
-¡Sí, Jacob! –repuso la duquesa, con triste acento.
-¿Temes que la sobrina del bajá le haya mandado dar muerte?
-¿Qué haces para adivinar todo lo que pienso?
-El esclavo se habitúa a prever lo que su señora desea –contestó el árabe, con cierta amargura.
-¿Supones que aún está vivo?
-No lo habrían perdonado después de la conquista de Nicosia. Si le han traído aquí, significa que los turcos se han dado cuenta de que el vizconde representa un buen rescate. ¡En marcha, Bella; pronto nos divisarán desde el castillo!
Se habían adentrado por una angosta senda, practicada en la misma roca, que bordeaba el mar, tan estrecho que unos pocos hombres valientes y resueltos hubieran podido enfrentarse allí a todo un ejército.
A sus pies se hallaba el abismo, en cuyo fondo bramaban con inmenso fragor las aguas del Mediterráneo.
Eleazar avanzó con decisión, luego de haber suplicado a la duquesa que se aferrara a la muralla y no fijara la mirada en el mar, para eludir la sensación de vértigo. Un turco que se hallaba de guardia en una de las torres, al observar aquel grupo armado, gritó:
-¡A las armas!
Una compañía de jenízaros, a cuyo frente iba un capitán de la marina otomana, avanzó por el puente tendido sobre los amplios fosos que circundaban el castillo.
-Somos amigos –advirtió Eleazar, que hablaba a la perfección el turco y el árabe, haciendo ademanes a los jenízaros para que les dejaran de apuntar con los arcabuces.
-¿De dónde llegan? –inquirió el capitán sin volver la cimitarra a su vaina.
-De Famagusta.
-¿Qué quieren?
-Tenemos la misión de escoltar al capitán Hamid, hijo del bajá de Medina.
-¿Dónde se encuentra?
-Aquí –dijo la duquesa en lengua árabe.
El turco la contempló con asombro y, haciéndole un saludo con la cimitarra, dijo:
-¡El Profeta conceda mil años de vida a ti y a tu padre! Leah, la sobrina de Alí-Bajá, estará muy satisfecha de poderte ofrecer hospitalidad. Acompáñame, señor.
Y, señalando con un gesto a los acompañantes de la duquesa, inquirió:
-¿Todos son turcos?
- Sí.
Hizo un ademán a los jenízaros para que se marcharan y siguió a los recién llegados hasta el patio de honor del castillo, de estilo árabe, con enormes pilares de piedra, no demasiado deteriorados por los proyectiles turcos. El turco hizo sentarse a la duquesa en una lujosa alfombra que ocupaba todo un ángulo indicando a la escolta que se diseminara a la sombra de grandes palmeras más allá de la columnata.
Cuatro esclavos negros le sirvieron en tazas de plata un magnífico y humeante moka, helado y dulces. La duquesa, que había aprendido las costumbres orientales, bebió una taza de café, tomó medio dulce, y, cumplido aquel requisito, se sentó en un cojín y preguntó al turco, que aguardaba con respetuoso aspecto:
-¿Dónde se encuentra la sobrina del bajá? ¿Todavía está durmiendo?
- Leah tiene por norma levantarse antes que sus guerreros.
- ¿Por qué no ordenas que la llamen, puesto que sabes quién soy?
- No está aquí ahora –repuso el capitán, que también hablaba el árabe–. Hará una hora que salió para vigilar a los cristianos que utiliza en la pesca de sanguijuelas. Los numerosos enfermos de Famagusta las necesitan con gran apremio y la sangre cristiana parece agradar en gran manera a esos bichos.
- ¿Cómo dices? –inquirió la duquesa, al tiempo que palidecía–. ¿Leah emplea a los cristianos en la pesca de sanguijuelas?
- No hay otros moradores en esta zona. ¿Iba a hacer que sus guerreros se fueran desangrando lentamente? ¿Quién protegería en tal caso el castillo si los venecianos mandaran una escuadra? Es más razonable que mueran los cristianos, que, al fin y al cabo, son un impedimento y no llegarán jamás a pagar del todo sus pecados.
- ¡Hacen que mueran poco a poco! – exclamó la duquesa, que realizaba un gran esfuerzo de voluntad para reprimir su cólera.
- ¡Naturalmente que acabarán por dejar la piel! –replicó el turco en tono indiferente–. Leah no les deja ocasión para recuperar la sangre chupada por las sanguijuelas.
- A mí –agregó la duquesa–, si bien soy implacable enemigo de los cristianos, me parece eso una crueldad insólita que no honra en nada a una mujer.
- ¡Que se le va a hacer, señor! La sobrina del bajá así lo ordena, y como sus palabras son leyes, nadie es capaz de objetar nada, y yo menos que ninguno.
- ¿Cuántos cautivos tienen?
- Unos veinte.
- ¿Todos de Nicosia?
- Sí, e incluso creo que todos son nobles.
- ¿Los conoces por sus nombres?
- A algunos, ciertamente.
- ¿Se encuentra entre ellos un capitán llamado Le Hussière? –inquirió con tembloroso acento la duquesa.
- Le Hussière... –murmuró el turco–. ¡Ah, sí! ¿No es un caballero francés que estaba al servicio de la República de Venecia? Sí; está dedicándose a la pesca de sanguijuelas.
La duquesa se mordió los labios para reprimir la exclamación que iba a lanzar. Tras un breve silencio, que le fue preciso para recuperar su serenidad de costumbre, y secándose algunas gotas de frío sudor que bañaban su cara, añadió:
- Por ese gentil hombre he venido hasta aquí.
- ¿Desean darle la libertad?
- Tengo la misión de conducirlo a Famagusta.
- ¿Quién te lo ha ordenado?
- Edward-el-Kadel.
- ¡El León de Damasco! –exclamó el capitán con un gesto de extrañeza–. ¿Por qué ese héroe entre los héroes puede interesarse por Le Hussière?
- No lo sé.
- No sé si la sobrina del bajá deseará entregar al prisionero. Me parece que está interesada por el detenido y, por otra parte, Edward- el-Kadel deberá pagar un importante rescate.
- El León de Damasco es lo bastante rico como para pagar la libertad de un cautivo.
- Tengo entendido que su padre es uno de los más notables personajes del Imperio, cuñado del sultán y dueño de incalculables riquezas.
- ¿Cuándo regresará la sobrina de Alí? No me es posible permanecer aquí demasiado tiempo, ya que tengo mucho que hacer en Famagusta, y otro encargo que cumplir en nombre de Mustafá.
Luego de una breve pausa preguntó el turco:
- ¿Deseas que te lleve hasta los estanques? Allí podrás ver a Leah y a los prisioneros.
- ¿Están muy lejos?
- A una media hora de distancia, a caballo. Disponemos de buenos corceles árabes, que están a tu disposición y a la de tu comitiva.
- De acuerdo –repuso la duquesa.
- Voy a escoger los mejores y haré que los ensillen –dijo el turco–. En unos minutos estarán preparados.
En cuanto hubo marchado para dar las pertinentes órdenes, Eleazar y Seth se acercaron a la duquesa.
- ¿Está el vizconde? –indagó el veneciano.
- Sí –respondió la joven–. Pero, ¿quién sabe en qué condiciones lo encontraremos?
- ¿Por qué causa, señora?
- Ha ido con los demás cautivos a la pesca de sanguijuelas en los estanques.
- ¡Miserables! –exclamó el griego, con acento amenazador.
- ¿Es muy difícil esta pesca? –preguntó Seth.
- ¡Decid espantosa, señor! Yo conozco algo de eso, ya que estuve unos pocos días en los estanques. Transcurrido un mes, los hombres se encuentran totalmente extenuados, febriles, sin poder ni mantenerse de pie. Todo su cuerpo es una completa llaga.
- ¿Cómo es posible que la sobrina del bajá haya enviado a un caballero como el vizconde a morir entre las sanguijuelas? –exclamó, espantado, Seth.
- El capitán turco me lo ha asegurado –dijo con un sollozo la duquesa.
- ¡Nosotros lo sacaremos de esta terrible vida! –exclamó el veneciano–. ¡Estamos decididos a recurrir a todos los medios, incluso a tomar la fortaleza! ¿No es así, Eleazar?
El griego respondió con un movimiento de cabeza.
-Los turcos deben de ser aquí muy numerosos. No debemos de emplear la fuerza o ninguno de nosotros regresará con vida a la ensenada de Hussif.
-Yo sé lo que he de hacer –medió la duquesa, que había recuperado todo su valor–. Pelearé con la sobrina del bajá y veremos quién triunfa: la mujer turca o la italiana.
-El León de Damasco nos ayuda, no hay que olvidarlo y cumplirá lo prometido.
Impacientes relinchos y el entrechocar de hierros interrumpieron sus palabras.
El capitán turco se acercaba, seguido de numerosos esclavos, que llevaban cogidos de la brida soberbios caballos de cabeza pequeña, crines muy largas y remos esbeltos, pero vigorosos.
-Estoy a tu disposición, señor –dijo el turco a la duquesa–. Hacia mediodía, en el momento de la plegaria, podemos hallarnos de vuelta para la comida. He mandado un mensajero a Leah para advertirle tu visita de parte de Edward-el-Kadel y se te recibirá con los honores que corresponden a tu gran posición. Leah acogerá con agrado a un emisario del
León de Damasco.
-¿Lo conoce?
Una extraña sonrisa pasó momentáneamente por los labios del turco.
-¡Que si lo conoce! –comentó a media voz–. ¡Me parece que por su causa no duerme!
-¿Tal vez lo ama?
-Eso se dice.
-¿Y él?
-Al parecer no presta atención a la sobrina del bajá.
-¡Ah! –exclamó la duquesa.
-¡A caballo, señor! Hallaremos a los cristianos en plena labor y será un espectáculo muy hermoso contemplar cómo saltan esos miserables en el agua por efecto de las mordeduras de las sanguijuelas. Leah tuvo una excelente idea, que seguro que a mí no se me habría ocurrido.
-¡A mí se me está ocurriendo otra más buena –gruñó en voz baja Emmett , que entendía bastante la lengua turca–: y es oprimirte el pescuezo hasta hacer que te salgan cinco palmos de lengua, bestia de carga!
Un instante más tarde los emisarios abandonaban el castillo precedidos por el turco, y se adentraban por el interior de la isla.
Hola! Este es el final del primer libro! Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo! n.n próximamente publicare la continuación que llevara por nombre: El Capitán Tormenta: El Castillo de Hussif. Es importante destacar que esta novela es una trilogía de libros la última parte le pondré por nombre El Capitán Tormenta: La venganza de Leah. Asi que disfruten! Espero sus comentarios!
Besos y cariños.
Mile.
