Avancé por los oscuros pasillos del interminable calabozo, claro, si hubiese podido ver que realmente eran pasillos. Por más que movía mis manos no podía toparme con alguna pared o columna. Tocaba suavemente el piso pero nada parecía indicar alguna compuerta, escalera o escalinata.

Me encontraba sola en la oscuridad. Incluso intenté volver, pero ya había perdido la cuerda por la que había bajado, nunca más podría encontrarla. Continué caminando, pero pronto el cansancio superó a mis piernas y tuve que sentarme un momento. Aún no perdía la calma, tal vez confiaba demasiado en mí. Si siquiera hubiese tenido mi báculo para concentrar las llamas, o al menos una antorcha. Pero había bajado sin nada, más que esta enorme espada que a penas podía cargar.

Cuando mis ojos comenzaban a cerrarse culpa del sueño y la interminable oscuridad, una voz alertó mis sentidos.

-La oscuridad es la soledad de una vida sin esperanzas -decía tranquilamente.

Conocía esa voz, ya la había escuchado antes y muchas veces, ¿pero dónde? En ese momento descubrí que un agudo oído sucumbe ante la ausencia de la vista.

-¿Quien eres? -grité- ¿Quién está ahí?

-La oscuridad envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia -dijo esa voz. Las cosas se me aclaraban, no podía ser otro más que él, el anciano sabio de nuestro escuadrón, aquel que todo lo vivió y aquel que todo lo vio.

-¡Uriel! -grité con cierto grado de alegría.

-Que sea la luz -dijo, ya lo sentía cerca mio.

En un instante, toda la sala se vio iluminada. Efectivamente, no me encontraba en ningún pasillo, era una enorme sala. Tan grande que no se veían sus paredes.

-¿Dónde estás? -grité. Aún no lo veía.

-Aquí -dijo, pero seguía sin verlo.

-¿Dónde? -grité más fuerte. Parecía que jugaba conmigo.

-Dónde el día se acaba para dar lugar a la bella noche -dijo.

Di media vuelta y allí estaba. Era increíble, podía escabullirse hasta en el lugar más abierto y aún así era difícil encontrarle.

La alegría se había apoderado de mí desde que reconocí su voz. Era al primero de mis colegas que veía desde que me fui de Ignis, hace ya varios días. Pero no podía alegrarme en un momento como este.

-¿Que haces aquí? -dije, borrando la sonrisa de mi rostro.

-Esa es mi linea pequeña Leesa, ¿que haces en un lugar tan desolado? -preguntó riendo.

-Es una larga historia -le dije, y empecé a caminar, observando a mi alrededor-. No puedo ponerme a hablar ahora, deberías volver.

-Déjame adivinar -dijo-, todas las habitaciones de la posada en donde te hospedabas fueron robadas por elfos oscuros. Luego, la posada recibe un ataque directo por seres de la misma raza y los humillados inquilinos se adentran en este eterno calabozo. Y tu, para no ser menos, cometes la misma idiotez que ellos e incluso vas por más: quieres saber si realmente existe la Infraoscuridad.

Era increíble, no podía creer lo que escuchaba. Pero no era momento para sorprenderme o ponerme a pensar como Uriel sabía todo eso.

-Voy a llegar al fondo de todo esto -le dije-. Encontraré a Halaster y a esos malditos ladrones y pondré fin a esto.

-¿Crees que tus acciones pasadas te ponen en el papel de "Heroína"? -dijo irónicamente.

Cuando estaba por responder, un ligero chillido nos puso alerta. Miré a Uriel fijamente y el me miró a mi. Inmediatamente, nos deslizamos suavemente hacía donde provenía el ruido.

-¡Halaster estar loco! -gritó una aguda voz- ¡Corran!

Un diminuto trasgo apareció desde el oeste de la enorme sala corriendo como loco. Cuando pasó cerca nuestro, logré tirarlo con un ligero empujón.

-¿Quién eres? -le pregunté, apuntando a su rostro con la enorme espada.

-¡Tu no matar! -gritaba- ¡Halaster! ¡Halaster está loco!

-¡Dime algo que no sepa, trago! -le grité.

-¡Los Drows no estar con el! -grito.

Ese dato si era importante, realmente pensaba que el mago loco y los ladrones tenían alguna relación.

-Ya no me sirves, trasgo -dije, aflojando lentamente la espada.

-¿Que crees que haces Leesa? -preguntó Uriel sin borrar su sonrisa- Estás del lado de los buenos ahora.

Tiré lejos la espada y sujeté a Uriel por sus vestiduras, no intentó detenerme.

-¿Y antes que éramos? -pregunté enojada-. ¿Que somos realmente los Elfos Oscuros?

Uriel no respondió, solo apartó su mirada. Lo solté lentamente con la mirada baja. El trasgo ya se había ido.

-Tenemos que encontrar a Halaster- dije, levantando la espada.

-¿Que esperas descubrir al encontrarlo? -preguntó Uriel.

-¿Conoces otra forma de salir de aquí? -le pregunté sin mirarlo.

Uriel no respondió. Comenzamos a caminar hacía el oeste, aquel trasgo tenía que haber venido de alguna parte.

-¿Puedo preguntarte por que estás en pijama? -dijo Uriel riendo a carcajadas. El ya conocía la respuesta.

-Pasé por Meleketi antes de venir -dijo-, por la casa de tus padres.

En ese momento me detuve, había evitado pensar en mis padres todo este tiempo.

-Traje algunas túnicas...-dijo, apoyando en el suelo el enorme saco que cargaba a sus espaldas.

Me acerqué al saco y observé ligeramente. El aroma al puerto de Meleketi podía sentirse en las vestiduras. Tomé la túnica que siempre usaba, con colores amarillos, la favorita de mi madre.

-Siento no haber traído báculos- dijo.

-Tendré que aprender a usar esto entonces -dije, recuperando mi sonrisa.

Caminamos por un largo rato, en completo silencio. Pasaron muchas horas, pero finalmente, vimos algo. Alguien yacía en el piso, sus ropas estaban desgarradas y no presentaba señales de vida. Cuando nos acercamos un poco más reconocí su rostro: era la elfa del tenedor.

Uriel tocó su cuello y confirmó que estaba viva, pero inconsciente. La levantó y apoyó su cabeza sobre el saco. Allí nos quedamos un tiempo hasta que despertó.

-¡Aléjense de mi, Drows! -gritó. Se la veía muy confundida.

-Te habrían comido las ratas si no fuera por nosotros -dijo Uriel, poco caballeroso.

-Tu eres la elfa oscura de la posada -dijo la elfa, finalmente me había reconocido.

-Leesa Lipkit a vuestro servicio -dije.

-Soy Sharwyn, elfa hechicera de la ciudad de Noyvern -respondió.

-¿Qué fue lo que sucedió? -le pregunté. Verdaderamente no sabía cuanto tiempo había pasado desde el descenso a Bajomontaña hasta ahora.

-Todos descendimos juntos -decía-, la antorcha de un enano iluminaba el camino. Seguimos el rastro de los Drows, pero desapareció en el medio de la enorme sala, no había lugar posible para esconderse. Decidimos volver, pero ya no sabíamos por donde habíamos entrado.

Efectivamente, entrar y salir de Bajomontaña era algo imposible.

-Estábamos desconcertados -continuó-. De un momento a otro la luz de apagó, un fuerte golpe en la cabeza y no recuerdo más nada.

Una verdadera enboscada, pensé, o tal vez un solo elfo oscuro pudo con todos.

-Entonces no sabes que fue de tus amigos -le pregunté.

-Realmente no, ni quiero pensar que pasó con ellos.

-¿Que harás ahora? -le pregunté- ¿Te crees capaz de encontrar la salida?

-No realmente -respondió-, pero puedo abrir un portal si descanso un poco. Nos vemos luego, Drow.

Esas fueron sus últimas palabras. La pálida elfa desapareció ante nosotros y nunca más volvimos a verla.

La caminata continuó por largo rato. De momentos nos parecía ver una pared, pero inmediatamente confirmábamos que no había tal cosa.

-Ya pasamos por aquí una vez -dijo Uriel, deteniéndose.

-Imposible -dije, mirando a mi alrededor- ¡nunca giramos!

-Espera, ¿que es eso? -preguntó, señalando al sur.

-¿Qué cosa? -pregunté, realmente no había nada.

-¡Ven! -gritó. Me tomo del brazo y me forzó a correr.

Realmente no me esperaba lo que vimos. Si durante horas habíamos caminado sin ver nada. Ahora, una pared de dimensiones monstruosas y una puerta de madera astillaba posaban delante de nosotros.

-¿Deberíamos pasar? -preguntó Uriel, inseguro.

-¿Qué más podemos hacer? -pregunté tomando el picaporte,

-¡Espera! -dijo, empujando mi mano- déjame ver primero.

Empujó suavemente la puerta procurando no hacer un solo ruido. Cuando la abertura fue suficiente para observar, asomó la cabeza y miró por un momento.

-Son Drows -dijo-, y son muchos, armados con ballestas. Aun así, están lejos, podemos pasar y nos verán tan facilmente.

Terminó de abrir la puerta y pasamos solo para encontrarnos con otra enorme sala. Claro, ahora podían verse los limites; la pared donde estábamos nosotros y la pared donde estaban ellos.

-Acerquémonos -le dije-, no tenemos otro camino más que llegar hasta la pared.

-Espera -dijo-, esto es un laberinto.

-¿Laberinto? -pregunté confundida- No es más que otra enorme sala.

-Observa las inscripciones en el piso -me dijo-, son trampas mágicas. Es un verdadero laberinto sin paredes.

-Yo iré -dije-, tengo las habilidades suficientes para esquivarlas.

-De acuerdo -aceptó-, apuesto que la forma de desactivar las trampas está del otro lado. Yo te ayudaré desde aquí.

Asentí con la cabeza y comenzó entonces el desafío. No era mucha la distancia que de aquel laberinto, pero lo suficiente para que los Drows no me vean hasta que llegue a la mitad del recorrido. En aquel momento, debería esquivar sus virotes hasta terminar el recorrido.

Comencé lentamente la travesía. El laberinto de trampas era por demás complicado, era necesario dar muchas vueltas para avanzar siquiera un poco. Uriel me observaba desde el extremo, siempre atento para atacar si los Drows me veían demasiado pronto.

A medida que avanzaba podía verlos más claramente, no eran demasiado pero tampoco eran pocos. Solo eran ballesteros, no se veían guerreros o peor aun: magos.

Cuando por fin alcancé la mitad del recorrido, sucedió lo inevitable: la lluvia de virotes comenzó. Las acrobacias no se hicieron esperar y allí me encontraba esquivando virotes evitando pisar alguna trampa. No tenía con que atacar, mas que la enorme espada, pero aún era capaz de convocar un espectro para que me ayudase; el no tenía que preocuparse por las trampas.

Allí fue el incorpóreo ser atemorizando y atacando a los insoportables seres. Finalmente, divisé una palanca justo en medio de las lineas de tiro. Era claro; eso desactivaría las trampas. Me apresuré a llegar y empujé la palanca como pude, sin dejar de moverme para no ser blanco fácil.

Las inscripciones en el piso desaparecieron. Uriel comenzó a correr como un loco preparando el mejor de sus sortilegios. Los drows ya no disparaban, estábamos demasiado apretados y era muy sencillo errar un tiro hasta para el arquero más experimentado. Cuando por fin pude levantar la espada, dispuesta al ataque, todos los Drows cayeron al piso; Uriel había eliminado a todos.

El cansancio me ganó una vez más y quede sentada en el piso, un poco más tranquila, ya todo había pasado, al menos por ahora.

-¿Se encuentra bien, soldado? -dijo Uriel, extendiéndome la mano. Pero yo me eché al piso, riendo y diciendo:

-Suficientes saltos por hoy.