El segundo nivel de Bajomontaña, como lo había llamado el ogro, era, sin duda, mejor que el primero. Claro, si pudiese afirmarse que había algún punto positivo en este conjunto de túneles.

A pesar de que habíamos entrado por la fuerza, el pasillo se mostraba limpio y ordenado; realmente parecía que ya no estábamos en el calabozo, incluso, podía pensarse que habíamos ascendido y no descendido, pues la iluminación era perfecta.

Todos los allí presentes continuaban en silencio, parecía que nos movíamos por mero reflejo, como atraídos por algo.

Bastante tiempo pasó, pero aquel pasillo no parecía tener un fin. Afortunadamente, alguien rompió el silencio.

-¿Cuánto más estaremos caminando? -reprochó Leliel.

Todos miraron sorprendidos, no tanto por su pregunta, sino porque eran las primeras palabras después de tanto silencio.

-No estamos paseando en el bosque -respondió Alexanderson, sin alejar su vista del frente.

-Ya tenemos lo que buscábamos -respondió Leliel-. Larguémonos de aquí.

-No nos iremos de aquí sin el Teniente Gin -agregó el caballero, con cierto tono de enojo-. Además, ya no podemos salir por donde entramos.

-No seré el bárbaro más inteligente del Reino -dijo Leliel-, pero sé que para salir de un calabozo se necesita subir, no bajar.

Nadie dijo nada, salvo Perttu quien exclamó una ligera pero no menospreciable risa. Pues era otro bárbaro, y solo esos seres eran capaces de reírse de tales obviedades.

La caminata duró un poco más, pero no mucho más; entramos en una enorme galería y al primer vistazo, puedo afirmar, todos hubiesen querido quedarse en el pasillo.

No era siquiera parecido a los lugares anteriores, éste tenía todas sus paredes cubiertas de espejos y, cada cierta distancia, había tronos dorados, aunque algo empolvados, decorados en sus contornos con amatistas, esmeraldas y diamantes. Pero esqueletos, o restos de ellos, cegaban la estética de estas obras de arte dignas de Reyes.

A pesar de que la mayoría de nosotros continuaba deslumbrando las piedras preciosas, el brujo Uriel centraba su vista en otra cosa.

-Hay alguien tirado más adelante -dijo.

-¡Si! -gritó Leliel- ¡Un esqueleto!

Los humanos no podían verlo; estaba demasiado lejos y la luz era tenue.

-Es uno de los semiorcos de la posada -Le dije a Uriel.

Corrimos hacia el lugar y entonces confirmé lo que había visto. No estaba muerto, es más; sonreía. Uriel lo despertó con una ligera sacudida. No puedo describir la mirada de horror de aquel ser.

-¡Un Drow! -gritó, apuntando con su lanza hacia el rostro de Uriel. Claro, sin darse cuenta que la espada de Alexanderson ya estaba a centímetros de su cuello.

-Vas a tener que pensarlo dos veces -le dijo Alexanderson.

-¡Un humano! -dijo sorprendido. Luego se tomó un tiempo para observar minuciosamente y notar que no éramos pocos. Bajó su lanza lentamente. Alexanderson se tomó un poco más de tiempo para alejar su espada.

-Soy Daelan -dijo-, conocido como El Tigre Rojo. Semiorco bárbaro de la tribu Uthgard, al este de Noyvern.

Noyvern, comenzaba a escuchar el nombre de esa ciudad en todas partes; la ciudad donde vivió Lady Aribeth de Tylmarande.

-Luego del incidente en la posada, todos descendieron a Bajomontaña -le dije-. Encontramos a la clériga Sharwyn en el nivel anterior, ¿sabes que fue de los otros?

-Me separé del grupo en la primer emboscada -respondió- ¡Ni siquiera sabía que esto era otro nivel!

-¿Y qué fue lo que te sucedió? -Pregunto Uriel.

-Lo último que recuerdo es que me detuve a robar algunas joyas y algo me atacó por la espalda -respondió el semiorco.

Perttu estalló en risas de nuevo, pero, esta vez, si era gracioso lo ocurrido.

-Sería mejor que regreses -le dije al semiorco, aunque no conociéramos la forma de salir.

-¿Irme? -rió la bestia-, con tantos Drows rondando por ahí -¡La cacería recién comienza!

-Si vuelvo a cruzarte seré yo quien te mate -exclamó Uriel, sin ningún tono de gracia.

El semiorco no respondió, solo comenzó a correr hacía el pasillo por el que habíamos llegado, pero Uriel lo hizo tropezar con uno de sus sortilegios. El humillado ser tomó la sabía decisión de ponerse de pie y continuar corriendo; poco sabio hubiese sido enfrentar a un Uriel enfadado. Nunca más volvimos a ver a Daelan, El Tigre Rojo.

Por un tiempo nos quedamos mirando el pasillo, por la cabeza de todos debe haber pasado la pregunta "¿hacia dónde ahora?.

Algo nos llevó a seguir caminando. Las paredes laterales estaban completamente cubiertas de espejos, a ambos lados, pero ya no había tronos.

-Y entonces... -dijo Leliel, rompiendo el silencio nuevamente- ¿Quién hizo todo esto?

-Sólo sabemos que es un tal Halaster -le respondí-. Un mago demente según los locales.

-¿Y para qué? -volvió a interrogar.

-Los locos no se preguntan esas cosas -le dijo Alexanderson con tono burlesco.

Leliel no dijo más nada, siguió caminando con cada vez menos ánimo. Luego insistió:

-Voy a cortarle la cabeza.

Muchas veces había dicho esa frase; hecha realidad en la mayoría de los casos.

Luego de tanto ver espejos a un lado y al otro, los tronos volvieron a hacerse presentes. Tan agobiados estábamos todos que no lo notamos, pero Leliel se detuvo.

Todos nos detuvimos y lo observamos, pero no decía nada. Dio dos pasos hacia atrás y luego uno adelante. Finalmente retrocedió cuatro pasos hacía atrás. No comprendíamos que hacía. Tomó la gran hacha que llevaba en su espalda y la sujeto por la mitad del mango. Golpeó el espejo que tenía a su derecha con el mango del hacha y este se rompió en miles de pedazos.

-Este era el único espejo hueco -dijo-, y es el mismo que teníamos al lado cuando comenzamos a caminar... ¡en círculos!

Realmente fue astuto, o tal vez el deseo de matar a Halaster e irse lo llevó a tal descubrimiento. No recibió más gratitud que otra ligera risa de Perttu.

Uno a uno pasamos por el estrecho hueco donde alguna vez estuvo el espejo. Este nuevo sitio no tenía grandes diferencias con el anterior, salvo que ya no había espejos, pero si había altares y más tesoros que antes.

-Otro caído -dijo Uriel. Pero esta vez, yo tampoco lo vi.

Se acercó lentamente. El individuo estaba bajo una pila de monedas de oro, como si se le hubiesen caído encima, era una escena de no verse todos los días. Sus facciones dejaban en claro que era un enano; uno de los enanos de la posada.

El diminuto joven reaccionó, pero no se asustó.

-Al fin llegaste, Leesa Lipkit -dijo, sin pararse.

-¿Cómo sabes mi nombre? -le pregunté.

-Sé muchas cosas -dijo mientras se ponía de pie-. Ese es mi trabajo. Soy Tomi Carnedehorca, el espía más condecorado de Noyvern.

-Si fueses condecorado no serías un espía -dijo Uriel.

-Bueno, tuve mis altibajos -aclaró el enano-. Vine a Aguas Profundas buscando tesoros, ¡y valla que los he encontrado aquí abajo! Aquel semiorco quiso ponerle las manos encima, pero no me vio llegar.

Perttu volvió a reír.

-¿Entonces tu fuiste quien lo golpeó? -le pregunté.

-¡Claro! -exclamó- No iba a quedarme viendo como robaba mis tesoros.

-¿Y como llegaste hasta aquí enano? -preguntó Leliel.

-Fácil -respondió-, corrí el único espejo hueco, el cual podía ser encontrado por el sonido al pisar. Luego lo puse en su lugar, no era conveniente romperlo.

-¿Porque era más grande que tú? -exclamó Leliel enfadado, pues habían revelado su ingenioso descubrimiento.

-No -respondió el enano-. Dejaría el camino demasiado fácil para otros que quisieran los tesoros. Pero ustedes no buscan eso, buscan a Halaster.

-¿Qué sabes de el? -le pregunté.

-No mucho más que ustedes -respondió-. O tal vez algo más, lo vi corretear escaleras abajo antes de ser aplastado por la montaña de monedas. Gracias al cielo que no me vio.

Perttu volvió a reír, le gustaba el infortunio ajeno.

-Entonces allí es donde iremos -dije.

-Son libres de hacerlo -agregó el enano-. Pero no estarán solos; vi pasar a varios Drows en la misma dirección.

-¿Crees que realmente estén aliados a Halaster? -le pregunté.

-No lo sé -dijo, negando con la cabeza-. Pero no quiero creerlo, Halaster no es una persona con quien pueda razonarse.

-¿Podemos ir a matarlo ya? -exclamó Leliel.

-Gracias por la información Tomi -dije. Nos volveremos a ver si tenemos éxito.

-Que así sea, ignitas -dijo, y se perdió entre las sombras.

La escalera que el enano había mencionado estaba ante nuestros ojos. Varias pisadas se veían en ella; era evidente que muchos habían pasado por allí hace poco tiempo. Sin más, comenzamos a descender escalones abajo. Tal vez con un poco de valor, tal vez con un poco de miedo. Nadie sabía que era Halaster realmente.

La luz era muy pobre, no se podía ver nada pero se oían unos ligeros movimientos. Inesperadamente, la sala se iluminó; no había sido Uriel, no había sido ninguno de nosotros. Las antorchas que rodeaban la enorme sala circular se encendieron una a una, dejando a nuestra vista una de las peores escenas en nuestro viaje.

En el centro, un anciano, quien vestía una túnica y cubría su cabeza con un puntiagudo sombrero. Evidentemente, era Halaster. Pero no era solo eso. Alrededor de el, muchos, cientos, de Elfos Oscuros. Un pequeño grupo rodeaba a Halaster, apuntándolo con lanzas. El resto formaba filas mirando, justamente, hacía la escalera por donde llegamos sin ninguna clase de sigilo o cautela.

La primera fila de Drows, todos encapuchados y cubiertos de una oscura capa, se acercó a nosotros. El individuo del centro iba un poco más adelantado, y se apoyaba empleando un báculo mágico, bastante llamativo por cierto.

Tanto Alexanderson como Leliel prepararon sus armas, Uriel y Silvanas se hicieron a un lado para preparar un ataque a distancia, como era de costumbre, y el desconcertado de Perttu no sabía que hacer. Yo tampoco me moví, había algo que me inquietaba.

Cuando la larga fila de Drows comenzó a desenvainar sus armas, aquel del llamativo báculo dejo caer su larga y oscura capa y derribó a los Drows que tenía a cada lado con un certero golpe a mano cerrada. Su largo cabello blanco se deslizó sobre sus hombros y su túnica, roja como la sangre, iluminó la sala. En su pecho; el Escudo de Armas de Ignis. Era Gin, nuestro Teniente, siempre atento y siempre perspicaz, el solo supo burlar a todos esos Drows hasta nuestra llegada.

La sonrisa de Alexanderson y Leliel fue sorprendente, y un tanto malévola, pero no era este el tiempo para reencuentros, la acción de Gin era el equivalente a las claras palabras: "¡Ataquen!".

Y así fue, se desató entonces una verdadera batalla campal, como en los viejos tiempos. Miles de Elfos Oscuros, nosotros, y el pobre anciano Halaster amarrado en el centro.

Los ataques de Leliel y Alexanderson se sincronizaban en un perfecto unísono, cuanto se ponía delante de ellos, caía cortado en dos o más partes. Uriel no necesitaba moverse demasiado; creó verdaderos Elfos Llameantes solo con su mirada. Por primera vez ví a Silvanas en acción; su rostro continuaba estático, pero sus flechas nunca fallaban, y me refiero a que siempre se clavaban en medio de los ojos.

Perttu miraba a un lado y al otro, realmente no sabía por donde empezar o no querría acercarse a sus, ahora enloquecidos, compañeros.

Yo no tenía mucho que hacer. Realmente, solo bastaba con los dos guerreros y el Teniente para acabar con esto, pero no perdí oportunidad para usar la enorme espada.

Cuando la cantidad de Drows comenzó a reducirse, Perttu entró en acción. Su pequeña espada encontraba sitio en la espalda de los desprevenidos o desconcertados enemigos.

El combate llegó a su fin en poco tiempo. La sala quedó en silencio, solo se oía la respiración de los agotados guerreros. El anciano fijó la mirada en mi.

-¿Te gusto mi libro, Leesa Lipkit? -dijo.

-Estás demente, sabías -le dije.

-Sólo el loco equipara dolor y éxito -respondió. Las cadenas que lo sujetaban se rompieron. Se puso de pie, y caminó hacia nosotros.

-Todo salió como lo planeaba -dijo riendo como el desquiciado que era.

Halaster dibujó un extraño símbolo en el piso usando su dedo índice. Luego recitó:

-"Y serán los Drows, quienes dirigirán un ejercito de dichas criaturas hacia las calles de Aguas Profundas, sitiando la ciudad desde lo profundo, en una campaña de sangre y terror.

En estos tiempos tan difíciles, los señores de Aguas Profundas han pedido que acuda un héroe, alguien que enfrente a los Elfos Oscuros y a sus aliados en su propio terreno, alguien capaz de derrotar a las Hordas de la Infraoscuridad".