Hacía mucho frío. Los soldados de Alsius me estuvieron persiguiendo toda la noche y no veía la forma de salir de este Reino, maldecía el momento en el que me había adentrado. Entre los árboles me escondía y la oscuridad era mi mejor aliada, pero los oía venir.

Me metí en la primera cueva que encontré, seguramente una lobera, tenía dos posibles destinos. Si amanecía antes de salir de aquí, sería mi fin. Debía esperar a que se rindieran y se fueran; algo poco o nada probable.

No me percaté de algo peor: la cueva no tenía por que estar vacía. Los brillantes ojos del lobo me paralizaron, no pensó dos veces en abalanzarse hacía mi. Logré esquivarlo, aunque desgarró mi ropa. Salí corriendo de la cueva, acción demasiado arriesgada, pues los soldados aun rondaban alrededor. Me vieron y tras mio corrían nuevamente.

No podía ser peor, pero la situación se me tornaría más incómoda. Delante mio, un enorme abeto y sobre el, un elfo del bosque. Aferraba su arco de madera tallada y me miraba fijamente. Detrás mio, dos Uthgards con ansías de verme empalada en la puerta de sus casas.

Mis salvajes perseguidores no lo vieron, aunque tampoco dejó verse. Luego fue demasiado tarde. Allí yacían los corpulentos seres atravesados cada uno con una certera flecha. El asesino se quedó observándome.

-¿Quién eres? -grité entre lágrimas.

No me respondió, solo se fue. Me había salvado la vida. Permanecí en el suelo un largo rato, hasta que recuperé la fuerza para salir de ese maldito lugar.

Me desperté precipitadamente, gritando. Veía un techo oscuro, desconocido. Por más que buscaba la luz del sol, no la veía. Estaba desconcertada, intentando recordar. Era esto real o tan sólo era un sueño interminable.

Halaster, Halaster nos atacó. No, nosotros ganamos, vencimos a los Drows. ¿Qué fue lo que pasó?

Me puse de pie, apenas podía ver. Me encontraba en una habitación un tanto diminuta. Todo era de piedra. No había ventanas, sólo una insignificante apertura que podríamos considerar una puerta. No tenía muchas opciones.

Tuve que agacharme para pasar por esa puerta. Entré en un oscuro corredor, aunque mínimamente iluminado por algunos candelabros. Oía voces, movimiento; no estaba sola. No me esperaba aquella escena al terminar el corredor.

Una larga mesa de madera, oscura por los años, se extendía de extremo a extremo de la sala. Sentados alrededor de ella, todos mis compañeros, incluyendo al Teniente Gin. Me miraron, un tanto sorprendidos y sonrieron, al menos la mayoría de ellos.

-¿Viniste a dormir? -reprochó Leliel.

-¿Qué es todo esto? -exclamé- ¿Dónde estamos?

-No debe prometer andar en la oscuridad quien no ha visto el anochecer -dijo una voz detrás mio.

La sorpresa, o el susto, fue tal que me tropecé con mi propia pierna y caí al suelo. Cuando alcé la mirada, vi a la autora de aquella voz.

-Bienvenida a la Infraoscuridad, Leesa Lipkit -exclamó, mientras extendía su mano para ayudar a levantarme.

No podía entender la situación. ¿Cómo habíamos llegado aquí? ¿por dónde? ¿cuanto tiempo pasó?

-Debes tener muchas preguntas, Leesa -dijo, como leyendo mi mente-. Pero no tenemos mucho tiempo.

-¿Cómo llegamos aquí? ¿Qué me pasó? -pregunté, al menos quería esas respuestas.

-Halaster los envió aquí -respondió-, perdiste la conciencia en ese momento. Dormiste desde entonces, solo pasó un día.

-¿Y tú quien eres? -insistí con las preguntas -¿Eres quien manda aquí?

-Mis disculpas -respondió-, soy La Vidente. Los Elfos Oscuros habitantes de La Infraoscuridad no tenemos un jefe. Mi posición de máximo exponente sólo se debe a mi sabiduría.

Aún estaba algo mareada. Decidí sentarme, de a poco las cosas se aclaraban. Mis compañeros permanecían en silencio, seguramente ya habían escuchado la historia.

-¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? -pregunté, ya que sin duda, algo ocurría.

-Siempre vivimos en armonía -respondió La Vidente-. Pero un grupo de Drows rebeldes, liderados por la Valsharessa, planean salir a la superficie para sitiar la ciudad. Y eso sería solo el comienzo.

-Entonces Halaster estaba en lo correcto -dije.

-Los rebeldes le propusieron una alianza a Halaster -explicó-. Bajomontaña era el vinculo perfecto entre La Infraoscuridad y la superficie. Halaster aceptó, pero luego los traicionó. Escribió en las últimas páginas de un libro los planes de los Drows, y lo dejó en la posada, sabiendo que ibas a leerlo. Los rebeldes se enteraron de esto y lo apresaron, luego atacaron la posada, pretendiendo matar a todos los que pudiesen conocer sus planes.

-¿Por qué Halaster creó Bajomontaña? -pregunté, era lo único que carecía de sentido.

-Dolor -respondió-. Aquellos que se aventuraron a Bajomontaña, jamás regresaron, sin excepciones.

-Sólo el loco equipara dolor y éxito -dijo el Teniente Gin. Eran las primeras palabras que escuchaba de el luego de nuestro reencuentro.

-¿Qué ganaría Halaster con esto? -pregunté.

-Venganza -dijo La Vidente.

-Ayudaremos en todo lo que podamos, Vidente -dije, haciendo una reverencia.

-Su misión es doble, Leesa Lipkit -exclamó-. Los Drows Rebeldes han conseguido muchas alianzas con las criaturas que habitan La Infraoscuridad. Nuestro ejercito ha quedado obsoleto ante ellos. Deben disminuir sus fuerzas y aumentar las nuestras. Debemos enfrentarlos en su propio terreno. Si lograsen salir, la superficie se convertiría en un caos.

-¿Y cuales son los candidatos? -exclamó Leliel- ¿Hay alguien que sepa pelear en este maldito lugar?

-No subestimes las criaturas subterráneas -respondió la vidente-. Jamás las has visto, y no conozco mortal que quiera verlas.

-Pues tendremos que conocerlas -dije- ¿Hacia donde deberíamos ir?

-Desde el puerto podrán ir a las islas del Hacedor y a las Islas Shaorí -respondió-. Por el camino del este, pueden llegar al cueva de los Ilícidos, los aliados más fuertes de los rebeldes. Deben tener cuidado, los poderes psíquicos de los Ilícidos sobrepasan al Encantador más poderoso.

-Así se hará, Vidente -respondió Gin-. Señores, tenemos trabajo que hacer.

Todos se pusieron de pie, la presencia de Gin era la misma, no importaba donde nos encontrásemos. Aún no sabía como el Teniente había llegado hasta allí, tal vez ya lo habían discutido en mi ausencia, ahora no había tiempo para eso.

Las puertas de lo que podríamos llamar el palacio de La Vidente se abrieron para darnos paso. Realmente la diferencia entre el interior y el exterior no se notaba. Los habitantes de La Infraoscuridad no conocían el sol, mejor dicho, no conocían el cielo.

El clima era por demás templado, no existía el viento, no existía la lluvia. Era un eterno clima estable, ni calor, ni frío.

Todo lo demás podría considerase normal: tabernas, armerías, herrerías, sastres, templos y comerciantes. La luz era escasa, pero suficiente para los ojos de un elfo. Los humanos que me acompañaban apenas notaban por donde iban.

Todos estábamos detrás de Gin, esperando hacía donde iría.

-No quisiera arriesgarme con los Ilícidos -dijo-. Tengo malas experiencias con encantadores.

-Entonces vamos al puerto -exclamó Alexanderson.

Dicho y hecho. Caminamos lentamente al puerto, observando cada elemento de La Infraoscuridad. Los nativos no nos miraban mal, seguramente sabía que estábamos para ayudar, o más aún, que estábamos para salvarlos.

El puerto no era la gran cosa, solo un muelle, una barca y un barquero. El río era estático, parecía congelado. El agua era cristalina pero no se notaba, el oscuro fondo no contrastaba con el resto del escenario.

-Sean bienvenidos Ignitas -dijo el barquero-. Sepan que estoy a vuestro servicio.

El sujeto era extraño. De baja estatura y encorvado. Tapaba su cabeza con un manto, que hacía las veces de capa a lo largo de su espalda. Solo dejaba a la vista sus brillantes ojos rojos.

-¿Qué nos puede decir de las islas del Hacedor? -preguntó Uriel, cortésmente.

-El Hacedor se estableció en esas islas hace cuatrocientos años -explicaba-. Desde entonces nadie lo volvió a ver. Todos los que han intentado ir cayeron en manos de su creaciones, sus golems. Nadie pudo confirmar que el hacedor siga vivo. Se cree que sus golems lo mataron y ahora se construyen a ellos mismos.

La historia de por si daba miedo. Una isla llena de golems que se reconstruyen a ellos mismos. No los quería imaginar del lado de la Valsharessa.

-Los golems serían útiles para combatir a los psíquicos -agregó Gin-. Iremos allí primero.

-¡Si señor! -respondimos a coro.

-Entonces que así sea -dijo el barquero-. Suban por favor.

La barca no era necesariamente grande. Lo suficiente para cargar a unas diez personas como máximo, dentro de un peso promedio claro está. La madera parecía ser muy antigua, oscura como todo lo que vi desde que estamos aquí. Qué clase de árbol podría crecer en un lugar como este.

El viaje fue silencioso. Todos observaban el agua, pensando seguramente si realmente era agua. El barquero tampoco dijo nada, solo remaba, con mucha paciencia y seguridad. Era muy probable que hubiese hecho lo mismo por muchos, muchos años.

Pasados unos minutos divisamos las islas, menos los humanos, quienes seguían concentrados con el agua. No había muelle, por lo que tuvimos que saltar lo mas cerca posible de la orilla del mar. El agua estaba increíblemente fría, a pesar de que el resto del ambiente no lo estaba.

-Aquí estaré hasta su regreso -dijo el barquero-. Confío en que serán la excepción a la tradición de estas islas.

Gin asintió con la cabeza. Entonces partimos.

Las islas no eran demasiado extensas, podrían recorrerse a pie en un solo día. La mayor parte de la misma estaba ocupada por un edificio, seguramente el taller del Hacedor.

Gin y Alexanderson avanzaban primero, lentamente, observando a todos lados. El resto íbamos por detrás; Perttu y Silvanas siempre últimos.

El Teniente intentó abrir la puerta, pero estaba trabada del otro lado.

-¡A un lado! -gritó Leliel.

Golpeó la puerta con su hacha pero no logró hacer mucho. La vibración del golpe hizo vibrar su cuerpo.

-Uriel- dijo el Teniente.

-¡Si señor! -asintió el brujo. Lanzó una bola de fuego, suficiente para desquebrajar las puerta hecha de roca. Alexanderson la golpeó ligeramente con su espada y la puerta calló en pedazos. Una nube de polvo vino desde el interior, parecía que había pasado mucho tiempo desde su última apertura, si es que alguna vez hubo una primera.

Gin pasó primero. Observó a ambos lados y luego nos hizo un gesto con su mano, indicando que entremos. El lugar no era muy diferente a los anteriores, aunque había muchas divisiones, como pequeñas salas.

El silencio era extremo, realmente no parecía haber nada. Ni Hacedor, ni golems, ni nadie. Comenzaba a dudar de las palabras del barquero, pero lo que vi a continuación borró mis dudas.

En el suelo, un esqueleto, con sus ropas desgarradas, una espada rota en su mano y una expresión de temor, como nunca antes había visto. Habíamos encontrad a el, alguna vez, Hacedor.