El preguntarse el porqué estábamos aquí era algo constante, eso puede afirmarse. Por más que analizara los hechos ya no había explicación plausible. Algo me metió en esto, tal vez el destino, y no seré yo quien decida cuando termine.
El Hacedor, o lo que quedaba de él, dejaba en evidencia la cantidad de tiempo que había pasado desde su muerte, probablemente años. Examinar sus restos con la sola mirada fue lo que hicimos un largo rato. No tenía explicación, simplemente no había otra cosa que mirar, o no parecía haberla.
La espada rota de su mano podría significar que no murió sin luchar, ¿pero contra quién? ¿no dijo acaso el barquero que siempre estuvo solo? Era mejor no pensar lo que pudiese haber pasado.
En la misma mano portaba un anillo, muy brillante por cierto, con una piedra preciosa en él, desconocida por mi.
La observación paso a un siguiente nivel cuando Leliel se acercó lentamente al esqueleto. Quitó el anillo de su dedo y lo observó detenidamente, seguramente le resultaba desconocido, o tal vez no tanto.
-Si no les molesta me tomaré este presente -dijo desde donde estaba-. Y si les molesta también.
Nadie agregó nada, tampoco el Teniente.
Era demasiado pronto para irnos, por lo que comenzamos a caminar entre los corredores; algo útil tenía que haber.
El lugar en si no era demasiado estrafalario; continuas habitaciones de similares dimensiones, a excepción de unas pocas que eran más grandes. Todos íbamos en fila, con Gin y Alexanderson siempre delante, como era costumbre. La continua caminata se detuvo cuando Gin extendió su brazo derecho hacia un costado, indicando que paremos. Todos nos detuvimos, pero el Teniente no decía nada.
-¿Sucede algo? -preguntó Alexanderson.
-Escucha -respondió el Teniente.
-No escucho nada -reprochó el caballero.
-Uriel -exclamó Gin.
-Si señor, puedo oírlo claramente -reportó el brujo.
El Teniente comenzó a caminar de espaldas, muy lentamente. Todos retrocedimos al mismo tiempo, paso a paso. Los sonidos que perturbaban a Gin pronto se hicieron más fuertes, ahora todos los oíamos, sin exceptuar los humanos.
Ya era tarde, los golems estaban en todas partes. Los había de todos los colores y formas; de hierro, de arcilla, de piedra, de carne y demás materiales. Eran verdaderos constructos asesinos.
Los motivos de la muerte del Hacedor estaban ahora claros, pero eso no era importante en este momento.
El ataque no se hizo esperar, se nos tiraron encima sin más preámbulo. Luchar en aquel corredor iba a ser sumamente difícil. Comenzamos a retroceder deteniendo sus golpes para lograr llegar a la sala de la entrada, sólo para encontrarnos con más golems.
No fue problema para los guerreros y la arquera Silvanas destruir a los golems de materiales frágiles. De los más robustos nos encargamos los magos, ya sea fundiendo sus extremidades o congelándonos.
La cantidad parecía interminable; cuando en un principio veías unos pocos, luego había el doble.
-¡Tienen que estar saliendo de algún lado! -gritó Alexanderson, sin dejar de pelear.
-¡Déjalos! -exclamó Leliel- ¡Esto es divertido!
Lo que Alexanderson decía tenía que ser cierto. La isla no era gigantesca como para tener tal colonia de golems. Entre la confusión, sumada a la arcilla y la tierra que volaba por los aires, logré llegar a los corredores nuevamente. Más golems venían desde allí directo a donde se desarrollaba la interminable pelea, pero su mala vista y la oscuridad me ayudó a seguir camino.
Cautelosamente seguí el sendero de golems, el cual nunca se había detenido, y entré en una de las habitaciones más grande que el resto, que habíamos visto en el anterior recorrido.
Lo allí presente no tenía una explicación demasiado concisa. Como describir a esa suerte de mecanismo, o máquina, si se le puede llamar así. Los golems salían de aquel artefacto como si de un portal se tratase, a una velocidad increíblemente alta. No quería pensar en el cansancio de mis compañeros.
Pensé en atacar a aquella máquina, pero solo delataría mi posición. Entre las sombras, me arrastré lentamente al aparador que estaba inmediatamente a la derecha del mecanismo creador de golems. Sobre el mismo, había un libro abierto y en él una cinta roja marcando la página. Lo tomé sin llamar la atención y me escondí bajo el mismo aparador. Intenté leer el manuscrito, estaba bastante desprolijo, como escrito de forma apurada y además el idioma me era completamente desconocido.
"Sith Thesti Laz Zand". No era lengua élfica, mucho menos humana. Podría ser antigua, o tal vez de alguna tribu desconocida por mí. Conocía muchos idiomas, pero había llegado a mi límite.
Uriel, Uriel tenía que saber lo que significaba. Era muy sabio, capaz de hablar hasta la más extraña lengua.
Me había sido fácil llegar, pero regresar sería otra cuestión. Salí lentamente, arrastrándome. Me deslizaba por la parte más oscura del corredor; los golems continuaban pasando a mi lado. Esta vez no corrí la misma suerte, uno de los golems logró verme y junto con el, todos los que venían detrás.
El hacha del golem de hierro se abalanzó sobre mi cabeza pero lo detuve con la espada. Nunca antes la había levantado con una sola mano, había conseguido la fuerza por la situación crítica.
Me lo quité de encima y comencé a correr hacia la sala principal, no podía enfrentarme con todos ellos. La situación se tornó peor; los golems que iban delante mio se sumaron a los que me perseguían por detrás.
Uno de los golems del frente sujetó su lanza doble con ambas manos, como imponiéndome una barrera. Tuve que detenerme y alzar mi espada para que no me hierese. Su fuerza era demasiada, lograba empujarme hacia atrás marcando mis pies en el piso. Los golems que venían detrás no tardaban en llegar.
-¡Muévete! -grité con todo mi odio.
El fuego nos rodeo y el golem se vio reducido a un charco de hierro fundido. Inmediatamente corrí hacia la sala principal, donde mis compañeros continuaban luchando, incansables. Solo Leliel sonreía.
-¡Sith Thesti Laz Zand! -grité, pero no hubo respuesta, más que miradas confusas.
-¡Encantaron a la Drow! -gritó Leliel riendo.
-¡Sith Thesti Laz Zand! -grité más fuerte.
-¡Cinco Cuatro Siete Nueve! -gritó Uriel- ¡Es la lengua de los Duergar!
Cinco, cuatro, siete, nueve. De que me servirían esos números. Aunque suene suicida, regresé al corredor, ya no escondiéndome, sino atacando a cuanto golem se me cruzara.
Me vi una vez más frente al artefacto que tantos problemas nos estaba causando. Tenía que haber algo, algo que no haya observado antes. Allí estaban, diez palancas en una hilera perfecta.
Las enumeré mentalmente y procedí. Cinco, cuatro, siete, nueve. Se escuchó un sonido semejante al de un engranaje oxidado. La puerta por donde salían los golems comenzó a descender.
Finalmente había encontrado la forma de terminar esta pesadilla. Mi ilusión terminó rápidamente; la puerta se atascó a mitad de camino y los golems continuaron saliendo, aunque más lentamente.
-¡Maldición! -grité, aunque no había nadie para escucharme.
Continuaba destrozando golems mientras observaba la atascada puerta. Algo parecía faltar en la polea superior, algo que completara el aparejo.
Decidí correr el riesgo. Una vez más me aventuré hacia la sala central. La cantidad de golems que salían de la máquina era menor, pero se habían acumulado demasiados al final del corredor, mis compañeros ya se estaban cansando, esta situación no podía seguir mucho tiempo más.
Leliel ya no sonreía, estaba empleando todas sus fuerzas en sacarse de encima a los golems.
-¡El anillo! -le grité.
-¿Que dices? -respondió. El alboroto era insoportable.
-¡Que me des el anillo del Hacedor! -grité más fuerte.
Leliel pareció entender, pero no reaccionaba. Tal vez no comprendía el porque de mi petición en un momento como este.
-¡Hazlo! -gritó Gin, sosteniendo el peso de tres golems que lo atacaban.
Leliel sacó el anillo de su bolsillo derecho y lo arrojó con fuerza hacia donde me encontraba. Por encima de los golems voló el diminuto objeto pero jamás lo perdí de vista. Una vez en mis manos no perdí tiempo y corrí hacia la habitación de la máquina, sin darle tiempo a los golems de identificarme.
Llegada a la habitación, clavé la espada en el primer golem que salió por el artefacto y me impulsé sobre él para alcanzar el mecanismo de la puerta. El anillo encajó perfecto, estancándose con su joya en la polea subsiguiente formando un armonioso aparejo.
La puerta terminó de descender y la habitación quedó en silencio. Regresé lentamente a la sala central. Mis compañeros permanecían sentados en el piso, exhaustos.
-Bien hecho, Leesa -dijo el Teniente, sin alzar la mirada. Su respiración estaba acelerada, más que la del resto.
-Vinimos para no llevarnos nada -reprochó Alexanderson, golpeando la pared con el puño.
-Esa máquina fue hecha para hacer golems -dijo Leliel-. ¡Hagamos golems!
-No me arriesgaría a volver a tocar esa máquina -opinó Uriel.
-Coincido -dijo Gin-, pero tiene que haber un Sanctasanctórum, el Hacedor debía tener uno.
El análisis era correcto. Hasta el más novato de los magos hacedores contaba con un lugar especial de trabajo, que en la mayoría de los casos nadie más que el propio dueño podía ver, llevándose el secreto de su ubicación a la tumba.
-¿Dónde podría estar? -pregunté.
-Creo saber dónde -respondió Gin y sin levantarse golpeó el piso de piedra con el puño cerrado.
Una enorme grieta comenzó a abrirse, pasando luego a ser una evidente abertura.
-¿Cómo lo supiste? -pregunté confundida.
-Por la vista desde el mar y tus idas y venidas por el corredor me percaté de la inclinación del terreno -respondió-. Esta es la parte más alta, la única apta para un subsuelo.
Sabias observaciones de un sabio mago. El Sanctasanctórum, el laboratorio secreto del Hacedor, estaba bajo nuestros pies.
Descendimos uno a uno, iluminados por Uriel. A lo largo y a lo ancho se extendían las mesas y demás herramientas comunes de un alquimista, sin contar la excesiva cantidad de planos y bosquejos de sus dementes constructos.
Uriel se acercó lentamente a la mesa más grande del lugar y abrió el libro que reposaba sobre ella. Sopló el polvo de las páginas y ojeó las lineas.
-Con esto puedo crear un ejercito de golems -confirmó sonriente-. No nos iremos sin nada después de todo.
Las expresiones de alegría se extendieron a lo largo de los integrantes del grupo. Finalmente el ejercito para enfrentar a la Valsharessa comenzaba a tomar forma.
En el rostro del Teniente Gin comenzaba a dibujarse una expresión que hace tiempo no veía. Aquella expresión de liderazgo, confianza y victoria. Sin perder esa mirada volteó hacia nosotros y exclamó:
-Que así sea.
