El numeroso ejército de golems fue dispuesto armónicamente en las estribaciones al oeste de La Infraoscuridad, si es que ese era el verdadero nombre de este lugar. Así lo dispuso La Vidente, pues era el lugar más probable para un ataque repentino. El puerto era otro posible punto, pero afirmó que era difícil o imposible que alguien pasara con vida por las Islas Shaorí, y me temía que pronto conoceríamos el porqué.
Quedando todo entonces en el mejor orden, el barquero se puso en marcha y nos vimos nuevamente en ese oscuro río. Durante el largo viaje, más que el anterior cabe aclarar, Uriel se dio la libertad de hacer algunas preguntas al barquero.
-¿Qué puede decirnos sobre estas Islas Shaorí? -preguntó.
-Antes que nada les advierto que las impresiones no los engañen, Ignitas -respondió el barquero-. Las Islas Shaorí son el lugar más bello, si así puede llamarse, de La Infraoscuridad.
-¿Entonces de que hay que preocuparse? -le pregunté.
-Recuerda donde estás, Leesa Lipkit -me dijo-, en este lugar nada concuerda con la Belleza que en la superficie pregonan.
Luego de esa frase nadie más dijo nada, incluso Uriel no realizó otra pregunta. Tal vez se había acabado su curiosidad en ese punto, o lo más probable; ya sabía lo que necesitaba saber.
El viaje siguió, y siguió. A nuestro alrededor; nada. El oscuro vacío, la representación física de la soledad, la oscuridad y el miedo. Las estrellas que en las noches de Ignis podían disfrutarse, estaban perdidas ahora. Cuántos días habían pasado desde entonces, cuántos días sin poder ver la luna o el sol. Allí en nuestro hogar, nuestra gente lucha por un ideal. Y nosotros aquí, luchamos por un destino.
Las horas pasaban, no podíamos saber si era de día o de noche, pero el cansancio era inminente. ¿Por qué? ¿Por qué a mi? ¡Ya dejen de perseguirme! Nunca llegaría un día en el que llegase a mi querido pueblo sin haber enfrentado cara a cara a la muerte. Los soldados de los helados picos no podían verme con vida. Sus atalayas eran increíblemente altas y nos era imposible confundirnos entre la nieve. Primero uno, luego todo un grupo. Coordinación impecable, pero destreza más que despreciable. Nunca iban a superarnos, los elfos vivimos y viviremos por siempre, pero supieron aprovecharse de nuestros conflictos internos. Podía ver a los elfos del bosque escondidos por todas partes, siempre estaban ahí, pero no se entrometían, preferían vernos morir.
El helado río me serviría de rápido escape, por lo que no lo pensé dos veces. El agua enfriaba mi sangre, más de como había estado toda mi vida. De todas formas no me perdieron de vista, me seguían por el borde de la colina. Las lanzas no se hicieron esperar y comenzaron a llover sobre mí.
Nadé y nadé, había perdido la noción de donde me encontraba, debía encaminarme al océano ignita para que la guardia costera se encargue del resto, pero en la desesperación no me había fijado en que sentido me movía. De manera impensada, lo más grotesco salvaría mi vida. El cadáver de uno de mis atacantes cayó en el agua y se hundió en lo profundo pasando junto a mi rostro. Otra vez esa flecha asesina, una vez más aquel símbolo; el escudo de Sirtys.
Cuando las cansadas cabezas comenzaban a levantarse nuevamente, todos se sorprendieron al ver que el barquero ya no remaba, pero aún así esta barca sin velas continuaba moviéndose.
-¿Hay algún problema? -preguntó el Teniente Gin.
-Pronto llegaremos -respondió el barquero.
-¿A dónde? -exclamó Leliel- ¡Aquí no hay nada!
-Es realmente grande -dijo Uriel. Efectivamente, la Isla estaba ante nuestros ojos, pero pasaba desapercibida ante los distraídos ojos humanos que estuvieron en una completa oscuridad por tantas horas. Descubrieron que allí estaba la Isla cuando la barca se topó con la costa. Entonces, todos bajamos.
-Nuevamente les deseo suerte -dijo el barquero-, aquí estaré a vuestro regreso.
Sólo dimos unos pasos, y la barca ya no se veía.
-¿Y esto es lo más bello? -exclamó Perttu se forma burlona- ¡Es igual de oscuro que el resto!
-Espera y verás -respondió Uriel riendo.
Como lo había dicho, Uriel ya sabía algo. Era increíble su conocimiento, a pesar de que nadie de nosotros sabía que existía La Infraoscuridad, o al menos eso pensaba inicialmente.
La vegetación era abundante, incluso se oían algunos animales e insectos. Sonidos que me hacían recordar a nuestro querido Reino.
El sendero era bien notorio, como una ruta de mercantes con sus marcas de carretas. Tuve que dejar de contemplar la prolijidad del lugar cuando unos sonidos molestos se escuchaban entre las copas de los árboles. El Teniente también pareció sentirlos.
-Muéstrate -exclamó Gin.
El ser bajó rápidamente y logró golpear a Leliel, arrojándolo al piso. Muy mala jugada, no hagas enojar a un bárbaro lejos de su Tierra. El atacante hábilmente dio un par de vueltas y quedó frente a todos nosotros, descubriendo su rostro; era una Drow.
Leliel se levantó a los golpes y arremetió con todo su pesó sobre la Drow, pero ésta no se movió. De hecho, Leliel tampoco; todos estábamos inmóviles. Nada pudimos hacer mientras la atacante escapaba entre los árboles, pudimos movernos cuando ya estaba lo suficientemente lejos. Si eso era alguna clase de sortilegio, era la primera vez que lo veía.
Sin más, continuamos avanzando. No estoy segura si todos se habían percatado, pero a medida que avanzábamos el lugar se iluminaba y la visión se aclaraba. Al punto que a los elfos oscuros nos comenzaba a sofocar.
Pronto, el lugar se envolvió en risas y canciones, acompañadas de blancas sonrisas y alegres vestimentas.
-Bienvenidos a las Islas Shaorí -gritó alguien desde lo alto-. Soy Nairow, líder de los elfos alados.
Elfos alados, que demonios hacían en La Infraoscuridad. Habían desaparecido de los Tres Reinos hace muchos años.
Con sus bellas y blancas alas, descendieron hacía donde nosotros. La cortesía de Leliel no podía faltar en estos cálidos encuentros.
-¿Qué hacen en este lugar tan desolado? -preguntó alzando su hacha- ¿No deberían estar conviviendo con la mugre de los elfos del bosque?
-Los elfos del bosque no pueden convivir con su propio orgullo -exclamó riendo delicadamente, pero tan fuerte que se encorvaba su espalda.
-¿Y que hay de ustedes? -replicó Leliel, siguiéndole el juego.
Nairow acercó sus brillantes labios al oído de Leliel, pero se escuchó muy bien lo que dijo:
-¿Quieres apostar?
Leliel se enfureció de sobremanera e intentó atacarlo, pero Nairow voló por sobre su cabeza y le golpeó el hombro a sus espaldas, paralizándole el brazo.
-¿Es por esto que nadie puede pasar con vida por estas Islas? -preguntó Gin.
-Créeme que no, Drow -respondió el ser alado-, nosotros somos gente pacífica que no queremos problemas con la Valsharessa.
-Pero no dudarían en atacar si alguien perturba su paz -exclamó Uriel.
-Un aserto muy sabio querido hermano -asintió Nairow.
Algo no quedaba claro. La abominable definición de La Vidente no encajaba con lo que mis ojos veían. Un grupo de apacible gente inmersa en sus alegres tonadas. El verde césped y las coloridas flores, la hermosa sonrisa de los elfos alados que solo inspira tranquilidad. Luego Perttu realizó la pregunta que todos querían hacer:
-¿Que es lo abominable de este lugar, señor de cabello largo?
Nairow continuaba con esa suave risa, y se arrodilló cerca de Perttu para poder mirarlo a los ojos al hablar.
-Bébilith -le dijo. Más allá de que era una palabra desconocida, logró asustar a Perttu.
-Así que aquí se escondían -dijo Uriel, mirando hacía la colina que se encontraba delante nuestro.
Los Bébiliths han vivido en estas Islas desde mucho antes de que llegáramos. Aún así no teníamos lugar a donde ir.
-¿Y que se supone que son? -pregunté.
-Realmente no querrías conocerlos, pero tendrán que hacerlo -dijo Nairow, quien ya no reía.
-¿Qué nos obliga? -exclamó Gin.
-Vinieron aquí por ayuda ¿verdad? -respondió Nairow mirando fijamente al Teniente-. No les conviene tenernos en su contra y les sería una gran ventaja contar con nosotros en su ejercito.
En primera instancia, no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar aquí. Pero sus palabras eran correctas.
-Entonces quieres que limpiemos la basura por ustedes, elfos cobardes -expresó Leliel. Efectivamente, eso parecía. Pero favor por favor no era un mal acuerdo.
-Tómalo como un desafío, Bárbaro -le respondió Nairow-. Además, te ganarás mi respeto.
Sin más divagar, Gin y Uriel comenzaron a caminar hacía la Colina, donde seguramente estaban aquellos seres. Era extraño, pero sentía más curiosidad que miedo por ver a los Bébiliths. No obstante, si algo asustaba a los elfos alados, entonces era mejor ser precavido.
Cuando llegamos al comienzo de la Colina, Uriel se detuvo.
-¿Algo anda mal, Uriel? -pregunté.
-Ya llegamos -respondió, señalando una abertura en las rocas.
Al fin y al cabo, las terribles criaturas no estaban sobre la colina, sino dentro. Si algo no quería ver, era una cueva.
De la sofocante luz pasamos una vez más a la infinita oscuridad; la apertura por la que habíamos entrado ya no se veía, pero una tenue luz iluminaba el corredor.
-Uriel, ilumina este lugar -ordenó Gin.
-Lo intento Señor, pero no puedo -respondió Uriel.
Debía ser por el cansancio. Uriel había hecho mucho por nosotros hasta entonces, sin olvidar que fue el primero en acudir. La luz era suficiente para continuar, pero algo me detenía.
-¿Y ahora qué? -replicó Leliel.
-No puedo levantar la espada -respondí.
-¡Usa la magia! -exclamó- ¿Ahora yo debo instruir a los clérigos?
-¡Eso hago! -grité.
Sin duda el cansancio no solo afectaría a Uriel. Había estado cargando esa espada por mucho tiempo.
-Permíteme -dijo Alexanderson tomando la espada. Había estado muy callado últimamente.
Era extraño, continuamos caminando pero yo no me sentía cansada, tal vez la curiosidad me impulsaba a seguir.
Algo pegajoso se enroscaba en mis cabellos. Eran telarañas, tal vez los Bébiliths tenían algún parentesco con los arácnidos. Siendo así no sería mayor problema, había muchos de ellos en Ignis.
Para completar mi teoría, algunos chillidos típicos del roce de sus patas comenzaron a sonar, y los primeros comenzaron a bajar, trepándose en sus hilos.
Todos se pusieron en guardia. Eran algo hinchados, ni mencionar que eran horribles, no encajaban con la estética de estas Islas. Tal vez éste era el porqué los elfos alados no querían entrometerse con ellos.
Uriel juntó sus manos, pero nada pasó. Uno de los Bébiliths logró golpearlo con una de sus extremidades.
-¡Uriel! -gritó Gin corriendo hacía el. Intentó cubrirlo, pero nada pasó.
La criatura logró capturar a Uriel y lo dejó colgando en un capullo. Era realmente horrible.
Otro de los seres supo aprovecharse de mi distracción y arremetió con sus pegajosas patas hacía mi. Intente desplegar mi escudo, pero nada pasaba.
Afortunadamente Alexanderson alzó la espada de Lady Aribeth y cortó las patas delanteras del Bébilith.
-¡Qué pesado es esto! -gritó- ¡Corre!
Me quité del medio mientras Leliel ayudaba a sujetar a la inmensa criatura.
Ahora estaba en la posición perfecta para lanzar un sortilegio, pero nada ocurrió. Esto ya era desconcertante, pero bastante claro.
-¡Esta maldita cueva está muerta! -gritó Gin mientras se ponía de pie.
La magia estaba completamente neutralizada. Ahora todo cobraba sentido; los elfos alados morirían en pocos segundos aquí dentro. Afortunadamente, los guerreros más fuertes de Ignis, estaban con nosotros.
Tenía que haber una forma de eliminar esa barrera, no podía ser algo natural.
-¡Resistan por favor! -grité a los guerreros.
Comencé a correr. A pesar de la oscuridad, era capaz de ver los nidos de aquellas criaturas. Simplemente corría, si me detenía, sería el fin. Uriel continuaba atrapado, así que debía apurarme.
Para mi sorpresa, no era demasiado complejo. Un obelisco iluminado, algunas marcas en el piso, y la misma cantidad de rocas repartidas por la sala. ¿Quién no habría podido con un acertijo tan simple?
Me dispuse a levantar la primera roca, y entonces descubrí la dificultad del asunto; era imposible para cualquier mago sobre la Tierra levantar una roca sin usar la magia. La poca esperanza que tenía comenzaba a apagarse, pero aún quedaba una oportunidad.
Corrí sobre mis pasos pero ahora ya no estaba sola, algunos Bébiliths me perseguían, pero no los dejé alcanzarme. Cuando llegué a donde estaban mis compañeros, vi a nuestra última oportunidad.
-¡Leliel! -grité- ¡Ven conmigo!
-¡Ahora estoy ocupado! -gritó, mientras destrozaba a los arácnidos con su hacha.
El Teniente Gin me miró a los ojos mientras corría de forma zigzagueante para esquivar los ataques. Con una mirada encontró su respuesta.
-¡Muévete! -gritó.
Leliel nos miró de manera desconcertada, pero cumplió y corrió a mi lado.
-Espero sea importante -dijo mientras corríamos a donde estaba el obelisco.
Al llegar, le expliqué la situación de la manera más rápida posible.
-Levanta esas piedras y ponlas en las marcas.
No cuestionó lo que dije. De todas formas, no había mucho más que pensar. Nadie sabía cuantos de esos seres había aquí dentro.
Fue por la primera, pero incluso para él, eran sumamente pesadas. Su expresión de dolor, esfuerzo y cansancio se notaba en su rostro, pero la sangre bárbara lo obligaba a no rendirse.
Cuatro rocas habían sido colocadas y la misma cantidad de llamas se encendían en el obelisco; sin duda el acertijo era correcto. Solo restaba una, pero algo estábamos olvidando. Un Bébilith saltó desde el techo hacía Leliel, no me dio tiempo a gritar.
Solo cerré los ojos, pero no escuché ningún grito. Al volver a abrirlos, la criatura estaba clavada a la pared con una flecha y a mis espaldas, Silvanas Proudmood con su arco en alto. Leliel siquiera se había percatado de lo sucedido, y finalmente colocó la quinta piedra. La última llama del obelisco se encendió y éste estalló en pedazos.
Me sentí liberada, más liviana y con mucha fuerza. Varios Bébiliths venían detrás mio, pero todos ardieron en llamas sin que voltease a mirarlos.
-Ahora es tu turno -dijo Leliel, sentado en el piso completamente exhausto.
Comenzó entonces la sinfonía. Me movía con la prolijidad que siempre caracterizaron a movimientos, al tiempo que derribaba a esos horribles seres y a sus capullos, de manera que nunca más tuviésemos que verlos.
Quedando ese lugar en silencio, regresamos hacía la entrada. El lugar estaba completamente limpio. Uriel ya estaba en el piso, y todo estaba cubierto de humo y cadáveres de los Bébiliths; no había quedado absolutamente nada.
-Bien hecho soldados -dijo Alexanderson.
-¡Voy a matar a ese elfo! -gritó Leliel.
Al salir de la cueva, Nairow junto a miles de elfos alados nos estaban esperando. Un grupo de elfas tocaba melodías con sus armas, mientras que los más pequeños nos acercaban bandejas con comida y el buen vino élfico. Leliel se olvido de todo su odio con esta cálida bienvenida.
-En nombre de los elfos alados -decía Nairow-, le doy las gracias por su esfuerzo y valentía.
-¿Cumplirán su parte del trato? -preguntó Leliel.
Nairow acerco sus labios al oído de Leliel una vez más, diciendo:
-Será un placer.
