El ambiente dantesco de La Infraoscuridad comenzaba a quedar cubierto. Las plumas de los elfos alados volaban por todas partes. A los mercantes Drows parecía molestarle mucho, pero en ellos y en todos nuestros aliados estaba la salvación.

Nunca dejaron de tocar sus melodías y nunca perdieron sus sonrisas. A pesar de que estábamos por enfrentarnos a la guerra más grande que hubiese sufrido este lugar, ellos no perdían la confianza. Nosotros tampoco, o al menos eso quiero creer.

Las, para nada normales, Islas eran ahora parte del pasado. Al mismo tiempo que desenterramos sus mitos, conseguimos a los más fuertes aliados, a mi parecer.

Era ahora cuando recordábamos las palabras de nuestro Teniente Gin y sus malas experiencias con encantadores. El único lugar al que restaba ir era al este, la cueva de los Ilícidos.

No sabía lo que eran, y creo que la mayoría tampoco, pero si el Teniente Gin temió en un principio, era motivo suficiente para estar preocupados.

El ritmo al caminar era ahora más tranquilo. Todo el futuro campo de batalla estaba cubierto de golems, elfos y los no menos importantes soldados Drows, no había por que temer.

Cuando llegamos al camino del este se notó una clara diferencia. Todo era más rocoso y desértico, se asemejaba mucho al Desierto Central de Ignis. Me preguntaba como habría una cueva en este lugar, pero allí estaba Uriel, para indicar la ubicación.

-Es aquí -dijo.

-No hay nada -reprochó Leliel, una vez más.

-Abajo -agregó Uriel.

Sobre lo que estábamos parados era una suerte de arenas movedizas, que terminó desmoronándose para darnos paso a la cueva de los Ilícidos. Aunque esta definición no era la más acertada; era más bien como un Reino distinto.

Al ponerme de pie, luego del golpe, nos recibe una agradable sonrisa enana.

-Veo que trae muchos esclavos -dijo el enano. Pero no me hablaba a mi, sino a Perttu.

-¿Yo? -preguntó Perttu confundido.

-Vamos apúrese que no hay tiempo -exclamó el enano- Lo esperan en el coliseo.

Luego el enano corrió y lo perdimos de vista. Perttu quedó desconcertado. Mejor dicho, nadie entendía que quiso decir el diminuto ser, aunque las expresiones de Uriel y el Teniente no eran muy buenas.

-¿Alguien va a explicarme que pasó? -preguntó Perttu, cortando el silencio.

-Muchos enanos trabajan para los ilícidos -respondió Uriel-, y esclavizan elfos y humanos.

-Deberemos entrar simulando ser tus esclavos -agregó Gin-, sino podría ser nuestra última visita.

-¿Por qué el enano dijo que nos esperaban en el coliseo? -pregunté.

-Los enanos hacen apuestas en las peleas de sus esclavos -respondió Uriel con una sonrisa un tanto macabra.

-No fue una mala idea venir aquí de todas formas -agregó Leliel riendo.

No era para reírse. De un instante a otro nos habíamos convertido en esclavos de nuestro propio compañero y terminaríamos enfrentándonos en un coliseo contra inocentes esclavos. En ese instante olvidé el conflicto de La Infraoscuridad y la Valsharessa; solo quería acabar con esto de una vez y para siempre.

-Cuidado con lo que piensan -dijo Uriel-, los ilícidos pueden leer la mente. Mantengan sus pensamientos en blanco.

Mente en blanco. Sería sencillo para los magos, pero qué haría el resto, Leliel no podía ocultar su deseo de aniquilar a todos; esclavos o no.

-¿Y cuales son los ilícidos? -preguntó Perttu.

-Como los calamares de Ignis -respondió Alexanderson-, pero de pie.

Mejor no imaginarlo, aunque tarde o temprano deberíamos verlos. De esa manera marchamos, con Perttu al frente. Aunque temeroso, supo llevar la situación.

A medida que nos adentrábamos en este lugar, se veía a muchos enanos con sus esclavos, quienes excavaban y extraían oro; increíblemente había metales preciosos aquí también. De todo esto no me quedaba claro la relación entre los enanos y los ilícidos, pero algún beneficio debían obtener; los enanos no son esclavos de nadie.

Los horrendos seres nos observaban, no nos quitaban sus ojos de encima. Intentaba no pensar en nada, pero mi odio era demasiado. Muchas miradas se fijaron en Leliel, quien murmuraba entre dientes.

Finalmente, el enorme coliseo se hizo presente. Una verdadera maravilla de la arquitectura enana, una obra de arte en todos sus aspectos, su belleza solo se vería sofocada por los horribles actos de crueldad y frialdad. No importa cuantos miles de años haya tenido esa fortaleza subterránea; los ilícidos jamás habían visto a un ignita en el coliseo.

-¡Pasar, pasar! -gritó el mismo enano que nos había recibido- Ya se han realizado muchas apuestas a vuestro nombre.

Era la primera vez que nos veían y ya estaban apostando en nuestro nombre. Jamás hubiese imaginado a seres tan inteligentes como los enanos realizando esta clase de acciones. Aunque no olvidemos que antes de inteligentes, son avaros y codiciosos.

En el centro del coliseo ya se encontraba un elfo. Era de tez clara, probablemente un elfo del valle, y estaba rodeado por unas rudimentarias armaduras y algunas oxidadas cadenas como armas; una vergüenza de soldado.

-¿Qué esclavo enviará primero? -le preguntó el enano a Perttu.

Perttu se mostró nervioso e indeciso. No era algo simple; estaba por enviar a uno de sus propios compañeros al coliseo.

-Déjame hacerlo -le dijo Leliel en voz baja.

-Pero... -dudaba Perttu.

-¡Hazlo! -exclamó Leliel. El enano miró de forma extraña, tal vez dudando de la autoridad de Perttu.

-¡Será este bárbaro! -gritó Perttu, continuando muy bien con su actuación.

Leliel bajó a la arena de combate y miraba fijamente al elfo, pero este no levantaba la mirada. Se lo veía abatido y agobiado, lastimado de tantos combates. Realmente no tenía alguna clase de esperanza.

Sobre un trono, en el extremo norte del coliseo, estaba un ilícido, que al parecer era alguna clase de líder o dirigente de los combates.

El enano dio la orden de comenzar el combate y el elfo corrió a toda prisa hacia Leliel, antes de que éste siquiera sacara su espada de las ataduras a su espalda. El elfo cayó al toparse contra el abdomen del bárbaro, parecía como que no lo hubiese visto. Luego de eso, no se levantó.

Un par de enanos retiraron al debilitado elfo. La expresión de Leliel era desconcertante; el no se había movido.

-¿Vamos a ver elfos desnutridos todo el día? -preguntó Alexanderson.

-Puedo ocultarme e ir a investigar -respondió Uriel-, mientras tanto continúen simulando por favor.

Uriel logro pasar desapercibido entre todo el público expectante. Increíble como podían divertirse al ver combates tan insignificantes.

-¡Que pase el que sigue! -gritó Leliel.

El público lo abucheó, parecían no soportar la arrogancia. El deseo de Leliel se cumplió, un nuevo contrincante entró a la arena. Éste era muy distinto al anterior. Mirada en alto, firme e impactante. Una ligera pero brillante túnica cubría su cuerpo y en su mano izquierda un báculo tallado en madera. Estábamos ante un mago, sin lugar a dudas.

La expresión de Leliel no cambió, no sería el primer mago en sus manos. Cuando el enano dio la orden, fue el bárbaro quien se aventuró contra el mago, quien permaneció inmóvil. El hacha de Leliel cayó sobre el, pero no lo tocó. No se rindió en el primer intento y continuó intentándolo, pero no pudo penetrar su escudo.

Uno tras otro cayeron los golpes, hasta que Leliel quedó exhausto. En ese momento, todo el público se puso de pie. Un fuerte temblor hizo sacudir los cimientos, y junto con éste los enanos gritaban más y más, todo se sumaba en una estruendosa percusión. Finalmente el mago hizo su movimiento. No utilizó la magia, sino su propios puños. Todos nosotros pudimos sentir el dolor de esos golpes. Aquel mago era realmente terrible, no parecía conocer la piedad o la misericordia. El enano detuvo el combate y arrastraron al inconsciente Leliel hacia nosotros. Ahora los ilícidos debían rogar que no despertara, o conocerían la furia bárbara.

-¿Cuál será tu próxima carta? -le preguntó el enano a Perttu.

Dí un paso al frente, para indicarle que me ofrecía al combate.

-La clériga -indicó Perttu.

No voy a decir que no tuve miedo, pero debíamos continuar con este circo hasta recibir noticias de Uriel. Mientras tanto, no podía permitir que un mago nos subestime.

Cuando comenzó el combate, no ataqué, me mantuve a la defensiva. El mago tampoco se movió, solo desplegó su escudo y me miraba fijamente. Cuando desvié la mirada hacía mis compañeros, se encontraban conversando con Uriel, quien no parecía traer buenas noticias.

Tenía que terminar con esto, sean cuales sean las noticias, ya no había motivos para continuar aquí. Invoqué a mi fiel aliado Lich y junto con él avancé sobre mi oponente. Otra vez comenzó ese temblor, pero no me detuvo.

No pude alcanzarlo con ninguno de mis ataques, parecía estar sumergido en un mar impenetrable e inalcanzable. Ya no podía continuar, no tenía sentido, simplemente era imposible. Cuando comenzó a moverse, ya no pude detenerlo. Sus manos... estaban muy frías.

El profundo y verde bosque estaba muy desolado, ya no quedaban muchos sobrevivientes. Maldecía el momento en que me ofrecí a esta misión, pero era necesario, por el futuro de todos.

¿Por qué los elfos del bosque eran tan poco propicios a las negociaciones? Me estaba cansando de ser su blanco preferido; si yo moría, a ellos les esperaría el mismo destino. Sus sortilegios e ilusiones llegaban por todas partes, pero no podían alcanzarme. Saltaba de árbol en árbol, pero no lograba perderlos, sus aves no me quitaban la vista de encima.

Una vez más un giro del destino cambiaría mi suerte. Ambos magos habían sido atravesados por la misma flecha y colgaban del roble más alto como trofeos de guerra. Ese mismo rostro, esa misma mirada, ahora pronunciaba suavemente mi nombre... Leesa... Leesa...

-¡Leesa, despierta! -gritó alguien muy cerca de mi oído.

-¡Nairow! -grité. Me encontraba volando por los cielos en brazos del elfo alado.

-Al fin despiertas Drow -dijo sonriendo-. Fue un fuerte golpe.

-¿Que diablos pasó aquí? -pregunté mirando hacía abajo.

-El brujo Uriel descubrió que los ilícidos están aliados a la Valsharessa -respondió-, volé rápidamente hacía aquí cuando los vi acercarse por el camino del este.

-¡Entonces debemos regresar rápido! -grité, forzando a Nairow para que me bajara.

-Leliel despertó -dijo riendo-, no va a irse hasta que ruede la última cabeza.

A medida que descendíamos podía ver el verdadero desastre. La hermosa construcción estaba ahora en llamas. Los cadáveres y restos de ilícidos se encontraban por todas partes. Enanos corrían despavoridos mientras sus propios esclavos les atacaban.

El Teniente Gin y Uriel no dejaban edificio en pie. Realmente querían borrar todo su paso por este lugar. La mirada de Leliel lo decía todo. El control mental de los ilícidos no tenía utilidad en un ser que había perdido por completo la calma. Quien se ponía en su camino, era historia.

Cuando por fin reinó el silencio, la respiración agitada de Leliel era el único sonido que se atrevía a interrumpirlo.

Allí, frente a nosotros, estaba el mago que nos había vencido sin mayores problemas. Leliel se acercó muy lentamente.

-Roldier -dijo. Todos nos sorprendimos ¿Cómo conocía a alguien de este lugar?

El bárbaro lo tomó del cuello enfurecido.

-¡Pudiste haberme matado! -gritó.

-No, realmente no hubiese podido -le respondió.

Esas alegóricas, aunque mentirosas palabras, eran suficientes para calmar a un bárbaro.

-¿Desde cuando eres un esclavo? -preguntó Leliel riendo, recuperando la calma.

-Ningún enano me dice lo que tengo que hacer -respondió el mago.

-¿Y que haces en La Infraoscuridad? -le pregunté.

-Luego habrá tiempo para historias -interrumpió Nairow-, hay que largarnos de aquí.

Tenía toda la razón, mientras perdíamos el tiempo hablando, el ejército de los ilícidos se dirigía hacía donde estaba La Vidente. Debíamos llegar antes que ellos a toda costa.

-Todos los esclavos se sumarán al combate -dijo aquel mago, Roldier.

-Por el camino del oeste llegaremos más rápido -dijo Nairow.

Comenzamos a correr mientras él volaba sobre nosotros, indicando el camino. Miles de esclavos nos siguieron, aunque cansados y lastimados, tenían la furia suficiente para su dulce venganza.

La gran batalla estaba cerca. En poco tiempo, nos veríamos envueltos en un terrible combate. No sabíamos con que íbamos a enfrentarnos, en este corto tiempo sólo pudimos conocer a uno de los aliados de la Valsharessa. Pero no importaba cuantos, o cuan fuertes serían, allí estaríamos para llevarnos la victoria.