El recorrido se hacía interminable. Solo expresiones de odio y desesperación podían apreciarse; nunca había visto seres tan enfurecidos.
Esta escena me recordaba a viejas batallas en los Tres Reinos. Soldados corriendo, el sonido de las armas al chocar con sus vainas, el rechinar de las maderas de los antiguos escudos, la respiración forzada de criaturas furiosas. Tal vez era algo necesario, tal vez no. Los hechos ocurridos en la Infraoscuridad sin duda quedarían en nuestra memoria, no importaba cuantos cientos de años pasaran.
En el momento que abandoné Ignis, jamas me habría imaginado en una situación así. Muchas cosas habían pasado; momentos de dolor y desesperación, momentos de alegría y esperanza.
-Pasó mucho tiempo, Leesa Lipkit -dijo Roldier en voz baja, acercándose a mi sin dejar de correr.
-¿Disculpa? -le dije, sin saber porqué, no había prestado mucha atención a lo que dijo.
-Eres una noble de Medenet y yo un simple pueblerino de Allahed, no tenías porqué conocerme -dijo riendo.
-No te confundas conmigo -respondí, sin dejar de mirar al frente-. No vas a lograr que olvide lo que hiciste.
-Los elfos no olvidan -exclamó.
-Como puede ser que luches de esa manera -dije sintiendo vergüenza- ¡Eres un mago!
-Pero no siempre lo fue -agregó Leliel, quien escuchaba la conversación a mi izquierda. No había notado su presencia.
Roldier soltó una ligera risa y se alejó mientras corría.
Estaba comenzando a cansarme, pero no teníamos otro medio de transporte más rápido. Era la única que mostraba alguna clase de agotamiento, el resto se mantenía intacto, a pesar de sus diabólicas miradas. Nairow permanecía serio, cada vez más alto, observando a lo lejos para lograr divisar a los Ilícidos.
-Están cerca -gritó-. Los soldados Drow van a interceptarlos.
Finalmente, ellos llegarían primero, pero no tendrían una cálida bienvenida. Golems, elfos alados y Drows estaban allí para recibirlos. No era esta toda la fuerza de la Valsharessa, esto recíen comenzaba.
Ya habíamos tenido la desgracia de conocer a los ilícidos, pero estos soldados eran realmente más espantosos. Sus repugnantes cuerpos se arrastraban mientras corrían, con sus tentáculos sacudiéndose de un lado a otro y sus rostros poco expresivos no hacían sino empeorar el ambiente.
La distancia se acortaba cada vez más. En la muralla ya los habían divisado y una larga fila de Golems esperaban inertes su llegada. La posibilidad de atacar primero lejos de La Vidente se había perdido, o al menos eso creía.
Silvanas Proudmood, nuestra única arquera, se detuvo precipitadamente y antes de que podamos voltear a mirar, ya había lanzado una de sus flechas. El proyectil se elevo en el aire formando un arco. Antes de poder decir algo, la flecha se clavo en el centro de la cabeza del líder del ejército ilícido.
La jugada había sido increíble. Los ilícidos habían perdido a su único líder y antes de poder llegar a nuestra primera linea de defensa. Ahora ya no estaban a tiempo de nada. A su frente, una interminable fila de golems inmunes a sus controles mentales y los elfos alados de las Islas Shaorí. A sus espaldas, una horda de esclavos enfurecidos deseando venganza y un grupo de ignitas que no se iría con las manos vacías.
El combate fue inminente. Leliel y Alexanderson fueron los primeros en acelerar sus pasos para arremeter contra los horribles seres. Gin permaneció detrás de ellos; su deber como clérigo era mantenerlos vivos, más aún tratándose de seres con fuertes poderes psíquicos.
Uriel y Silvanas se mantuvieron detrás, nadie mejor que ellos como centinelas a una distancia prudente.
-¿Te vas a perder la diversión? -exclamó Roldier riendo, mientras corría hacía el lugar del combate- ¡Atacad! ¡Es tiempo de la venganza! -gritó.
Ante mis ojos se libraba la batalla que tanto habíamos esperado, por así decirlo; Perttu y yo permanecíamos inmóviles.
-Creo que es tiempo, Señora mía- dijo el enano alzando su pequeña espada.
Aquí se acababan los juegos. Comencé a correr con la espada de Lady Aribeth de Tylmarande en alto. Unas ligeras llamas iluminaban la filosa espada y los espectros escoltaban mis pasos. El brujo Uriel me observaba sonriendo con una expresión de total confianza.
Los ilícidos formaban una ronda casi perfecta rodeando al bárbaro y al caballero, mientras Perttu, Roldier y los esclavos arrinconaban a otro pequeño grupo, de modo que los golems los aplastasen con un ligero movimiento. Gin no se movía, pero algo tenía entre manos.
Los Drows aliados armaban unas balistas en las murallas mientras otro permanecía en el castillo de la Vidente, junto con Nairow y los elfos alados que rodeaban el puerto.
Mis débiles ataques no eran de mucha utilidad. El cuerpo de los ilícidos era duro y la espada demasiado pesada para que yo la controlase, pero mis espectros eran imparables.
Para mi desgracia, un grupo de ilícidos no soportó la molestia y volteó hacía mi. Sin pensarlo dos veces escudé mi cuerpo, pero era demasiado tarde.
-¡Leesa no! -gritó Uriel.
Su rostro era hermoso, una completa beldad. Mirada penetrante de ojos claros y su cabello corto de risos dorados. Sus vestiduras eran brillantes, como recién lavadas en un río dorado, y el escudo de Sirtys decoraba su voluptuoso pecho y su arco de la Corte Élfica.
Allí frente mi, más no muerto, sino vivo y estrechándome su cálida mano. Toda la cordialidad y respeto de un elfo representada en uno solo de ellos; todo ese odio y contrariedad esfumado en un solo instante, el instante en el que tome su mano.
"Eres fuerte", me dijo. Palabras de admiración, o tal vez lástima. No importaba eso ahora; yo le debía la vida y él no quería llevársela.
La suave brisa del bosque hacían bailar nuestros cabellos, mientras nos mirábamos fijamente bajo el árbol más alto del bosque syrtense. Toda la paz y tranquilidad que jamas había conocido se había reunido en un solo instante, que quisiera durase por siempre... "Debes ponerte de pie, Leesa Lipkit".
Me liberé de su control mental y comencé a gritar fuertemente. Ya fuese por dolor, furia o miedo; solo gritaba.
Incendiaba a los ilícidos que se atreviesen a tocarme, mientras invocaba más y más espectros; pronto el lugar más tranquilo de la Infraoscuridad se había convertido en el más siniestro.
-¡Los Drows rebeldes están entrando por el puerto! -gritó Nairow.
-¿No qué nadie pasaba por tu maldita isla? -gritó Leliel, mientras se sacaba a los ilícidos de encima.
-¡No sin Bébilith! -respondió el elfo.
No importa quienes o cuantos viniesen, podíamos con ellos.
-¡Uriel! ¡Roldier! -grité.
Los brujos se miraron fijamente a la distancia y entendieron el mensaje instantáneamente. El silencio se hizo presente, pero no por mucho tiempo. Alzando sus manos y sus miradas gritaron:
-¡Sultaaaaaaaaaaaaaar!
El temblor derribó nuestra muralla y desmoronó a algunos golems. Una vez en el piso, los ilícidos pasaron a ser parte de nuestro peor pasado.
Los elfos alados ya se encontraban combatiendo a los Drows, no parecía haber alguna clase de líder entre ellos; mucho menos la famosa Valsharessa.
-Voy a necesitar más tiempo con esto -dijo el Teniente-. Leesa, cúbreme.
-Si señor -respondí. Más allá de no estar en Ignis, el respeto no podía perderse.
Todos excepto Gin corrimos hacía el puerto, donde los elfos alados retenían a los rebeldes.
El combate fue más fácil, pero era una cantidad interminable y seguían llegando más y más barcas desde las oscuras aguas.
Los elfos alados parecían danzar al pelear; sus movimientos eran harmónicos y sincronizados, golpes dóciles pero certeros.
-¿Esto es todo lo que tienen? -gritaba Leliel sin dejar de atacar.
Cubrir al Teniente en el papel de clérigo era difícil, pero debía demostrar que realmente podían llamarme de tal forma. Hasta aquel momento, había ignorado el porqué Gin permanecía atrás e inmóvil; el momento en el que un demonio alado de dimensiones incalculables se alzó en La Infraoscuridad.
-Nuestro Teniente es ahora un verdadero Nigromante -expresó Uriel con alegría.
-¿Pero que demonios es eso? -gritó Leliel tartamudeando.
Realmente era motivo suficiente para sorprenderse. Aquel demoníaco ser superaba al temible dragón Tenax de nuestro Reino; no solo en tamaño, también en poder. Pequeñas llamas salían de su boca en cada exhalación y cada uno de sus pasos marcaba el suelo rocoso.
Tanto ellos como nosotros quedamos expectantes un momento, pero los Drow rebeldes no huyeron. En el momento que habían llegado sabían que solo existían dos posibles finales; la victoria o la muerte.
La enorme criatura junto a su todopoderoso creador se acercaban lentamente al foco del combate. Sin avisarnos, el enorme ser levantó una roca más grande que su propio cuerpo y la lanzó sobre nosotros. Uriel empujó a Perttu para que no acabase aplastado.
El Teniente Gin mostraba una sonrisa de victoria; luego de tantos años de entrenamiento y por primera vez en su vida, había realizado su más poderoso sortilegio. Tal vez fue este oscuro ambiente, el agotamiento de tantos días de combate o la ira retenida; no importaba el motivo, teníamos a la carta más poderosa.
Los Drow rebeldes se abalanzaban sobre el demonio pero este los calcinaba sin problemas. La victoria estaba frente a nosotros, podíamos verla y correr hacía ella. Al menos eso creí, antes que mis ojos se apagaran.
Cuando abrí los ojos todo había cambiado; ya no estaba en el mismo lugar.
-¿Por qué traicionas a tu raza, Leesa Lipkit? -dijo quien se encontraba delante mio.
Pude ponerme de pie pero no avanzar, un escudo mágico me impedía acercarme a mi atacante. La mirada de esa Drow era inconfundible; finalmente la Valsharessa se había mostrado.
-Te maldigo a ti y a tu Reino -exclamó- ¡Maldigo el día de tu llegada!
-¿Qué es lo que quieres? -dije.
-¡Venganza! -gritó- ¡Voy a matar a esos malditos elfos!
En aquel momento la Valsharessa liberó el campo mágico y me atacó con su látigo, sujetando mi brazo derecho. Sin embargo logré saltar y liberarme antes de que me atravesara con una daga.
-¡Quien está en mi contra, es enemigo de los Drow! -gritó, mientras continuaba atacándome con su látigo- ¡Los ignitas merecen morir junto con todos los elfos!
Me negaba a atacarla, solo esquivaba sus imprecisos ataques mientras giraba en círculos por aquella pequeña sala.
-¡Tu ejercito está derrotado! -grité- ¡Ríndete y serás juzgada por los Dioses!
Por mi descuido tropecé con una de las bifurcaciones del piso y me golpee la cabeza. Cuando alcé la mirada, vi algo que desde un principio había pasado por alto; un Bálor de un solo ojo se encontraba sujeto a la pared con cadenas. Se veía debilitado e inofensivo; algo poco probable en estos seres.
-¡Libérame Drow! -me gritó- ¡Ustedes diminutos seres no deberían jugar con fuego!
Un Bálor pidiendo ayuda era algo imposible de imaginar. Eran seres solitarios y poderosos; no eran ofensivos mientras no se invadiera sus Tierras. Quien posee a un Bálor, posee sus poderes, no podía permitir esto.
Alcé la enorme espada y rompí sus ataduras, soportando el dolor del látigo en mi espalda.
-¡Imbécil! -gritó La Valsharessa -¡Va a matarnos a todos!
-¡Sé libre! -grité- ¡Regresa a vuestra Tierra!
-Así se hará -exclamó la criatura.
Nuevamente mi vista se nublo y el paisaje cambió completamente. Todo alrededor estaba cubierto de nieve y lagos congelados. El frío penetraba mis huesos y hacía temblar mis párpados.
Detrás mio a una corta distancia estaban todos mis compañeros y el mago Roldier. A mi frente, una persona encapuchada y de mediana altura. No podía ver su rostro, ni sus manos o sus piernas.
Antes de que uno de nosotros exclamará una sola palabra, el encapuchado aclaró nuestras dudas:
-Bienvenidos a los helados Yermos de Cania.
