Siempre que la victoria esté un paso mas cerca, no faltará oportunidad para perderla. En muchas ocasiones se la pierde para siempre. Pero en aquel momento, solo me impulsó a retomar su búsqueda.
A nuestro alrededor solo había nieve y montañas heladas. El ambiente se asemejaba mucho a Alsius, pero el frío era aún mas helado; congelaba mis huesos.
La incertidumbre era aún mas fría: había tenido frente a mi a la propia Valsharessa, a la victoria. Pero ahora estamos en este lugar por nadie conocido, los Yermos de Cania. Tenía en mente el nombre de este lugar, alguien me lo había dicho recientemente, pero no recordaba quien.
El sujeto que nos había recibido permaneció en silencio mientras aceptábamos la situación y nos reincorporábamos.
-¿Por qué estamos aquí? -le pregunté.
-Me fue ordenado traerlos aquí e impedir que vuelvan al reino de los mortales -respondió sin vacilar.
-¡Estamos muertos! -exclamó Perttu.
-No -anticipó el encapuchado-, son los primeros mortales que deambulan en una tierra de muertos.
Una expresión de alivio se vio en la cara de Perttu, o en la de todos nosotros, debería admitir.
-¿Quién eres realmente para cumplir ordenes? -exclamó Gin- ¿Una marioneta?
-Yo soy El Cegador y han descubierto mi nombre verdadero -respondió-, no puedo negar ninguna orden a quien sepa mi nombre verdadero.
-¿Nombre verdadero? -pregunté.
-En el mundo mortal tienes un nombre dado por tus padres, Leesa -me explicó Gin-, pero para los Dioses siempre tendrás un único nombre, tu nombre verdadero.
Nombre verdadero, un nombre conocido solo por los Dioses y que dará control total sobre ti para quien lo sepa, me preguntaba cual sería el mio.
-¡Entonces tenemos que descubrir su nombre! -exclamó Leliel, algo que ya todos habíamos entendido.
-Solo la Conocedora de Nombres lo sabe -dijo El Cegador.
-¿Y esa dónde está? -preguntó el bárbaro.
-Solo la Conocedora de Lugares lo sabe -respondió.
Leliel se enfureció por tanta indiferencia y quiso abalanzarse sobre El Cegador. Se detuvo a él mismo cuando supo que era inútil.
Estábamos peor que en el mismísimo principio. Vivos, pero en un Reino de Muertos. Bajo el libre albedrío de un ser inmortal autoproclamado El Cegador, cuyo Nombre Verdadero fue descubierto por alguien, quien le ordenó mantenernos en este lugar e impedirnos volver. No obstante algo no me quedaba claro.
-Si te ordenó mantenernos aquí, ¿por qué no te ordenó prohibirte decirnos la única manera de salir de aquí? -pregunté.
El Cegador levantó la mirada por primera vez. No tenía rostro, era solo un esqueleto.
-Mi amo sabe que jamás lograran conseguir mi nombre verdadero. Siguen siendo mortales y nada les impide morir aquí.
Jamás me había sentido más subestimada que en ese entonces. El Teniente Gin parecía sentirse peor, su mirada de odio ya quería acabar con esto.
-¿Quién es tu amo? -preguntó Gin con la mirada baja. El Cegador no decía nada.
-¡Responde! -gritó.
-La criatura que han liberado -respondió el Cegador-, es el propio Mephistopheles.
Esto no podía ser posible. Cómo una Drow, la Valsharessa, tenía capturado a la propia encarnación del mal. Al verlo asemejaba ser un simple Bálor, como los que hay en las montañas y volcanes de nuestro Reino, seres inofensivos mientras no se los moleste.
No, no podía ser, El Cegador tenía que estar mintiendo. La mirada de Gin y Uriel tampoco parecía conformarse con la respuesta. Si quería robarnos nuestro valor, necesitaría mas que eso.
Sin más que hacer en ese lugar, comenzamos a caminar. A nuestro al rededor podían verse criaturas de todas las posibles razas. Ninguna interactuaba la una con la otra, eran realmente autómatas, aquel lugar era realmente el infierno.
Estando allí no podíamos saber que fue de La Vidente, La Infraoscuridad y sus gentes; habíamos desaparecido en medio de una guerra. ¿Habría sido todo una emboscada del Bálor y la Valsharessa, o realmente estaban enfrentados?
Era en vano cuestionarse esos aspectos, todo había quedado atrás, en nuestro mundo. Nosotros aquí solo podíamos buscar a la Conocedora de Lugares. ¿En dónde? ¿A quién preguntarle?
De los seres que merodeaban este helado reino, uno me llamaba particularmente la atención. Su aspecto y vestiduras eran claramente élficas. No se notaba mucho deterioro en su cuerpo, salvo en su cuello que tenía una marca de un extremo al otro. Aquella criatura hablaba sola, observando el cielo:
-Podrá nublarse el sol eternamente; Podrá secarse en un instante el mar; Podrá romperse el eje de la tierra como un débil cristal.
¡Todo sucederá! Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón; pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor.
-¡Hey syrtense! -exclamó Leliel, interrumpiendo sus bellas palabras.
-¿Syrtense? Ya alegra la campiña la fresca primavera; el bosque y la pradera renuevan su verdor. Con silbo de las ramas los árboles vecinos acompañan los trinos del dulce ruiseñor. Este es el tiempo, ¡el tiempo del amor!
-¿Dónde está la conocedora de lugares? -reprochó Leliel sin atender a sus poesías.
-Perdón por mi exaltación mortales -respondió el elfo, dejando de lado sus poesías-, pero no pude evitar recordar los verdes bosques de Syrtis.
-¿Eras un syrtense? -pregunté.
-¡La boca se te haga a un lado elfa oscura! -exclamó- ¡Los valientes guerreros descansan ahora en el Valhalla! ¡Los cobardes como yo sufrirán eternamente en los Yermos de Cania!
-¿Eras un syrtense cobarde? -agregó Leliel riendo.
-¡El syrtense mas mediocre superaría mi valor! ¡Mi irresponsabilidad condenó a mi pueblo y por siempre llevaré la marca del verdugo en mi cuello! -gritó el elfo.
Sea lo que sea que haya hecho, parecía ser horripilante.
-¡Pero tu, amada, tu no merecías esto! ¡Por siempre vagaré hasta encontrarte! -gritaba mirando al cielo, nuevamente.
-Dinos donde encontrar a la Conocedora de Lugares y podremos ayudarte -le dije.
-¡No importa donde vallan! -gritó el elfo- ¡Siempre los llevará al mismo lugar!
-Este elfo está demente -exclamó Leliel- y todos comenzaron a caminar.
Yo observaba al elfo llorando, arrodillado en el piso. Realmente se lamentaba por sus acciones, fueran cuales fueren.
-Te lo haré saber si encuentro a tu amada -le dije cerca del oído-
-Y yo bendeciré tu alma, Leesa Lipkit -respondió. Luego se puso de pie y continuó recitando poesías al cielo, ignorando mi presencia.
Alcancé a los demás y continuamos el viaje.
-¿Hacía donde iremos, Teniente? -preguntó el brujo Uriel.
-Vamos a confiar en sus palabras -respondió Gin-, no importa donde vallamos, siempre nos llevará al mismo lugar.
-¿Cuál lugar? Preguntó Leliel. Pero nadie le respondió. Al fin y al cabo, nadie tenía la respuesta.
A pocos minutos de emprender la caminata, el Teniente Gin se detuvo.
-Vamos a separarnos -exclamó-, formaremos grupos e iremos por diferentes caminos.
-¿Y cómo nos volveremos a encontrar? -preguntó Leliel.
-Si las palabras del Elfo son correctas, nos reuniremos en un mismo lugar.
-¿Y si no? -preguntó Uriel.
-¿Desconfiarías de un Elfo, Uriel? -exclamó Gin, pero no le respondió.
-Tu Uriel iras con Leesa -indicaba el Teniente-, Leliel con el mago Roldier, Perttu con Silvanas Proudmood y yo con Alexanderson.
-Ir con una piedra sería más divertido -exclamó Perttu.
-Solo procura que la piedra no te aplaste -le respondió Gin. Perttu guardó silencio. ¿Alguien tiene otra queja? -preguntó. Nadie agregó nada.
Sin más, todas las parejas emprendieron su camino. El Teniente y Alexanderson caminaron al este, Leliel y Roldier al Oeste, Perttu y Silvanas al Sur, Uriel y yo al Norte.
La caminata fue silenciosa en su mayoría, y de por más aburrida. Lo único que alteraba el paisaje eran las diferentes alturas en la montañas; todo lo demás era un eterno blanco.
-Uriel, ¿Cuántos días pasaron desde que empezó todo esto? -pregunté.
-Solo cinco días Leesa -respondió.
En sólo cinco días habían ocurrido tantas cosas, era algo de no creer. Mi huida de Ignis hacia Aguas Profundas, el ataque de los Drows a la Posada, el descenso a Bajomontaña y el encuentro con Uriel, luego con Leliel, Perttu, Alexanderson y Silvanas, la aparición del Teniente Gin y el mago Halaster, la irrupción en La Infraoscuridad y la formación de un ejercito, la pelea contra el ejercito de la Valsharessa y el transporte a los Yermos de Cania.
Cosas como estás jamas habían pasado en mi vida. Y si sobrevivíamos a esto ¿que podría superar ésta experiencia?
-Debemos descansar -dijo Uriel. Creó una enorme llama con su báculo y lo clavó en el piso.
-No podrás descansar si tienes que mantener el fuego -dije.
-Tu descansa, a mi me sobra energía -respondió riendo mientras se sentaba.
Podría declararse como imposible dormir en un lugar tan helado, pero la llama mágica de Uriel tornaba en cálido el ambiente más frío y desolado.
Mientras mis ojos se cerraban, los pensamientos invadían mi mente.
Los suaves dedos del elfo se entrelazaban con los mios mientras me ponía de pie. Era la primera vez que un elfo del bosque me ayudaba; la primera vez que sentía la calidez de una persona.
De la mano me llevó por el bosque, sin decir nada. Tampoco me observaba, pero yo no podía quitarle la mirada de encima. Estaba caminando por Syrtis con el enemigo, pero no tenía miedo, me sentía feliz, dentro de todo aquel clima de tristeza. Debía apurarme, no quedaba mucho tiempo.
Me desperté de un sobresalto, el frío era realmente molesto para descansar.
-¿Es ese sueño otra vez? -preguntó Uriel, que permanecía despierto. No respondí, solo agaché la cabeza.
-Debemos continuar -dijo, estrechándome su mano.
Emprendimos nuevamente el interminable viaje hacia ninguna parte exactamente. Me preguntaba en que sería de los otros o cuando los volveríamos a ver. Desde aquel momento, todo nuestro futuro dependía de aquel elfo estrepitoso.
-Veo a alguien -exclamó Uriel.
-No veo nada más que nieve -le respondí.
Caminamos un poco más y entonces pude comprobarlo. Era una elfa, quien permanecía arrodillada en el piso como suplicando plegaría. Su armadura era de plata muy brillante, intacta y limpia.
Estando a unos pasos lo pude ver; frío y penetrante. El ojo del lobo ártico tatuado en su cuello. Ahora recordaba las palabras de Durnan, el dueño de la posada de Aguas Profundas; Fenthick musgo fue condenado por un acto de negligencia durante el ataque de la Muerte Aullante en la ciudad de Noyvern y su esposa en venganza dirigió el asedio contra su propia ciudad. Tras su muerte, Lady Aribeth de Tylmarande permaneció en los Yermos de Cania, suplicando misericordia.
