Luego de tanto tiempo rondando sin curso ni sentido en los Yermos de Cania, aquel ser que podría darnos el pase para salir de este inhóspito lugar, estaba ante mi.
-¿Vas a darme lo que quiero sin ningún precio? -pregunté.
-¿Por qué debería Drow? -respondió- ¿Qué te diferencia de todas las almas en estos Yermos?
No pude responder.
-Además -continuó-, abandonaste a tu compañero a su merced.
-¿Hablas de mi? -dijo una voz por su espalda.
Yo nunca había abandonado a Uriel, solo lo dejé hacer su trabajo.
-Tengo lo que necesitamos, Leesa -dijo el brujo-. Este lugar no está en nuestra Tierra, es otro plano. De hecho, no tiene comienzo o final. Los que están dentro no se mueven, sino que el territorio se mueve. Si nos topamos con algo, es porque el Creador así lo dispuso.
Una tarea impecable de un brujo superior y capaz. Los más importantes secretos de los Yermos de Cania habían sido revelados ante su supuesto omnipotente creador, ahora silencioso y atónito.
-¿Entonces puedes sacarnos de aquí? -pregunté.
-Negativo -respondió- pero me creo capaz de transportarnos dentro del plano. Mejor dicho, hacer que este se mueva.
-¿Alguna noticia del resto? -continué interrogando.
-Están bien -confirmó Uriel-, siguen caminando en el mismo sitio. Pero pienso que Gin ya se percató de como funciona este sitio y simplemente nos está esperando.
Las dudas se habían resuelto. Solo restaba obtener lo que queríamos y largarnos de aquel sitio para siempre.
-¿Ahora vas a darnos lo que queremos? -pregunté.
-Me sorprenden, Drows -respondió-. Los elfos son realmente inteligentes como suelen decir. Lástima que algunos se vuelven salvajes y no saben aprovecharlo. Parece que no todos los Drows son iguales. Voy a aceptar la derrota, pero solo te daré un Nombre Verdadero, y tiene que ser de alguien que haya pasado por aquí.
-De acuerdo -afirmé-, dime tu Nombre Verdadero.
Uriel me miró sorprendido. No es la decisión que esperaba, pero comprendió mis planes inmediatamente.
-Mi nombre es Merenwen Linwëlin -respondió, sin ninguna otra opción.
-Merenwen Linwëlin, quiero que me digas el Nombre Verdadero del Cegador, nos lleves a mi y a mis compañeros hasta donde él está y que una vez que salgamos, destruyas los Yermos de Cania para siempre, así las almas que aquí habiten sean juzgadas y puedan descansar en paz.
-El Cegador se llama Derthag Dugorogk -informó-, pronto estarán con él y jamás volverán a verme.
Así fue. En un parpadeo nos encontrábamos junto al Cegador, donde habíamos comenzado la travesía en busca de La Conocedora de Lugares. Junto a mi, todos mis compañeros.
-Teniente -dijo Uriel-, un placer volver a veros.
-La nieve comenzaba a aburrirme -se quejó Perttu.
-¡Hora de aplastar demonios! -gritó Leliel.
Me invadió la alegría. Todos estaban bien, como la última vez que los había visto. No se los veía cansados o débiles; todo lo contrario, con ánimo a seguir.
-¡Derthag Dugorogk! -grité-, llévanos a Aguas Profundas.
-No puedo hacerlo -respondió-. Solo puedo devolverlos al lugar de donde vinieron.
-Entonces no es problema -dijo Uriel-, desde La Infraoscuridad puedo llevarnos a la superficie.
-No será necesario -le dije-, La Vidente nos debe un favor.
-Entonces, Derthag Dugorogk, llévanos a La Infraoscuridad -ordené.
En un instante, todo se tornó oscuro y me sentía muy acalorada. Habíamos estado mucho tiempo bajo el intenso frío de la nieve y su brillante resplandor.
-Me alegro de volver a verlos -exclamó La Vidente-. Le han hecho un favor muy grande a este pueblo, la rebelión ha cesado.
-Fue un placer haber servido Vidente -respondí-, pero temo que debemos volver, no todo ha terminado.
-Lo sé, Leesa Lipkit -asintió-. Aquella criatura se aventuró en los laberintos de Bajomontaña para llegar a la superficie.
-¿Entonces es Mephistopheles o no? -preguntó Perttu, aunque seguramente en nombre de todos.
-No, Perttu -respondí-. Parece confuso pero la situación es sencilla: La Valsharessa, una simple Drow habitante de La Infraoscuridad, cegada por su avaricia, fue engañada por un Bálor, quien le hizo creer que tenía el poder suficiente para revelarse a La Infraoscuridad y su gente.
-Y es probable que así fuese Leesa Lipkit -agregó La Vidente.
-Sí -afirmé-, pero no le alcanzaría para sus vanidosos planes. Seguramente poca parte de su ejercito lograse atravesar los laberintos de Halaster, y una vez en la superficie, el Reino más débil podría aniquilarlos.
-¿Entonces nuestro enemigo es un debilucho? -preguntó Leliel.
-Es un Bálor -respondí-, no son algo insignificante, pero no es nada que no hayas visto antes.
-"Y serán los Drows, quienes dirigirán un ejercito de dichas criaturas hacia las calles de Aguas Profundas, sitiando la ciudad desde lo profundo, en una campaña de sangre y terror." Halaster no estaba equivocado después de todo, tal vez si la Valsharessa reunía la suficiente fuerza, el futuro hubiese sido otro.
-Pero no fue así -dijo el Teniente Gin-. Ahora terminemos con esto. Vidente, llévenos a Aguas Profundas, vamos a llegar antes de él.
-Así se hará Ignitas -accedió-. Estarán siempre en nuestra memoria.
-¡Esperen! -gritó alguien.
Era Nairow y los elfos alados.
-Quiero agradecerles en nombre de mi gente lo que han hecho por nosotros -dijo-. Estarán también en nuestra memoria para siempre y sepan que pueden contar con nosotros cuando quieran.
-El sentimiento es mutuo Nairow -respondí-, gracias a ti y a tu pueblo por su colaboración.
Hizo una reverencia y se fueron volando a su isla. Esperaba volver a verlos pronto.
-¿Podemos ir a aplastar cabezas ahora? -reprochó Leliel.
-Vidente -dije-, adelante.
Por tercera vez en una estrecha fracción de tiempo, habíamos recorrido una gran distancia en un parpadeo. El sueño de todos los exploradores de Bajomontaña; salir de manera fácil y, por sobretodo, vivos.
Todo alrededor parecía tranquilo y calmo; nada había pasado todavía. Nadie allí sabía lo que estaba por ocurrir.
Estábamos en la plaza central de Aguas Profundas, frente a la entrada de la posada de Durnan. Nadie decía nada, todos esperaban. No sabían para donde mirar, aunque lo más probable es que lo veríamos llegar a nuestros pies.
-Tendríamos que haberlo emboscado allá abajo -replicó Leliel.
-No pienso volver ahí en lo que me quede de vida -dijo Alexanderson.
-Yo menos -agregó Perttu.
Roldier y Leliel se reían. Luego se miraron a los ojos y se les borró la sonrisa.
No pasó mucho tiempo hasta que el suelo comenzó a temblar. Él había llegado.
La dura y antigua piedra de la plaza comenzó a quebrarse y pudimos ver sus rojas escamas asomarse, reflejando la luz del sol; el sol que hace mucho no veíamos.
Una vez de pié, fije mi mirada en él.
-Cometiste un error -le dije.
-¡Cometí el error de dejarlos vivir! -gritó. Quiso atacarnos con su enorme brazo pero todos lo esquivamos y nos preparamos para el combate.
Los habitantes de Aguas Profundas salían de sus casas a causa de los temblores y no podían creer lo que ocurría. Durante años éste había sido un sitio pacífico, y eso había comenzado a arruinarse.
Leliel se abalanzó hacía él con su hacha, pero no pudo atravesar la primer capa de escamas. De un ligero golpe el Bálor lo mando a volar.
-No vamos a poder hacer mucho, Leliel -dijo Alexanderson, quien decidió dar unos pasos hacia atrás y pensar qué hacer.
El Teniente Gin no se movía, seguramente preparaba uno de sus conjuros. Debíamos distraer al Bálor para que no lo notara.
Miré rápidamente a Uriel y a Roldier, solo ellos podían soportarlo por un tiempo.
Sus manos se llenaron de llamas y dos enormes bolas de fuego golpearon al Bálor. Se cubrió con las manos pero aun así lograron tirarlo, haciendo temblar todo el terreno. Era ahora o nunca.
-¡Teniente! -grité.
Gin alzó sus manos y desde el suelo creció un segundo Bálor, a imagen y semejanza del primero, salvo que el nuevo era completamente negro, como si fuese su sombra. Era una ilusión.
-¿Servirá contra el Bálor? -preguntó Uriel.
-Los Bálors son idiotas -respondió el Teniente, observando.
La nueva creación levantó del suelo al Bálor y le acertó unos fuertes golpes, estrellándolo contra una casa.
Faltaba un golpe de gracia, un broche de oro y creía conocer al indicado para ello. Miré a la persona cuya presencia nadie notaba.
-¡Silvanas! -grité.
No hicieron falta más palabras, sabía que hacer. Encendió una de sus flechas y acertó el golpe, justo en el blanco. El proyectil atravesó a la inexistente ilusión y se clavó justo en el ojo del Bálor, libre de escamas y protección, atravesándolo por completo y dejándolo clavado en la pared.
Todos bajaron los brazos y respiraron aliviados. El teniente se arrodilló levemente, exhausto por contener la ilusión tanto tiempo.
Dí unos pasos hacia atrás y me senté en el suelo. Los habitantes de Aguas Profundas aplaudían y acercaban vasos de cerveza local a mis compañeros; Leliel y Roldier aceptaban las ofertas gustosamente.
-Gracias por liberar a Lady Aribeth y todas las almas atrapadas en los Yermos de Cania, Leesa Lipkit -dijo alguien detrás mio. Eché mi cabeza hacía atrás para ver quien era.
-Tu fuiste el héroe de Noyvern, ¿verdad Durnan? -interrogué. Se sentó junto a mi.
-Superaste mis expectativas elfa -dijo sonriendo-, acabaste con un dolor que me atormentaba hace tiempo. No pude perdonarme la muerte de Lady Aribeth.
-No tenías otra opción -afirmé-, pero estoy segura de que te lo agradecerá por siempre.
En ese momento, sentí una extraña presencia a lo lejos.
-En estos tiempos tan difíciles, los señores de Aguas Profundas han pedido que acuda un héroe, alguien que enfrente a los Elfos Oscuros y a sus aliados en su propio terreno, alguien capaz de derrotar a las Hordas de la Infraoscuridad -dijo una conocida voz. Era Halaster.
-¿Es lo único que sabes decir maldita sea? -gritó Leliel con toda su furia, cortando con su hacha la cabeza de Halaster.
Un palo de madera cortado en dos calló al suelo. No era Halaster, era una marioneta.
-Yo nunca pierdo -decía su voz riendo- ¡Nunca pierdo!
Leliel se enfureció aún más.
-No se preocupen por él, no causará problemas -dijo Durnan-. Bajomontaña seguirá siendo un reto para los exploradores y busca tesoros, tal vez por muchos años más.
Un ruido comenzó a sentirse desde abajo, desde el pozo que daba acceso a Bajomontaña. Me puse de pie rápidamente, pero no era lo que esperaba.
-¡Lo logré! -gritó- ¡Soy el primero en salir vivo! -. Pero quedó impactado cuando nos vio a todos nosotros, vivos y alegres.
-¿Que diablos hacen aquí? -gritó. Era Tomi Carnedehorca, el enano.
-Despreocúpate enano -le dije-. La victoria es tuya, nosotros no cruzamos Bajomontaña.
-¡Claro que no! -gritó- ¡Magos cobardes!
-No te pases... -le dijo Roldier.
-Terminó mi trabajo aquí -dijo Tomi, cargando al hombro unas bolsas con oro-. Diganlé al loco de Halaster que invente otra cosa. Y a todo el que quiera entrar diganle que no quedó nada. Señores, señora, me largo.
Y así Tomi Carnedehorca cumplió el reto que muchos otros no pudieron, retornando vivo de Bajomontaña y llevándose todos sus tesoros.
-¿Y ahora que hacemos? -preguntó Perttu.
Alcé la mirada alegre y mire hacía el norte:
-Volvamos a casa.
