Disclaimer: El Potterverso pertenece a J. K. Rowking.

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Segundo capítulo, espero les haya gustado el anterior y les guste este también. Cualquier comentario, opinión y/o corrección será bienvenido y usado para mejorar =). Gracias a todos los lectores y a aquellos/as que se tomaron la molestia de hacerme saber lo que pensaban, espero sigan haciéndolo. ¡Nos vemos y besitos!


Todo lo que podría ser


II

"Abismalmente opuesta"


Como había previsto, su estadía en Hogwarts estaba resultando tan desagradable como había pensado que sería. La gente no dejaba de observarlo con aversión y asco y cuchichear por lo bajo y a sus espaldas cada vez que se cruzaban con él por el corredor y aunque Malfoy se contenía para no sacar su varita y hechizarlos a todos de regreso al olvido, en ocasiones temía no poder contenerse a tiempo. Aún así, podía jactarse de haberlo logrado bastante bien hasta el momento. El banquete había resultado también considerablemente menos animado que en los años previos y algunos alumnos ni siquiera habían asistido a este (que por primera vez en mucho tiempo no había sido obligatorio) dado que aún no podían tolerar la vista del Gran Salón, no al menos sin recordar que allí era a dónde se habían depositado los cuerpos de los caídos durante la guerra en el año previo. Así que el lugar había estado bastante más vacío y desolado que de costumbre, con varios huecos de gente en las mesas aquí y allá. La mesa de Slytherin, por su parte, había estado desanimada y silenciosa también, considerando lo mal posicionados que habían quedado con el resto del colegio tras la guerra. Eso sin mencionar que muchos de los alumnos faltantes habían sido familiares de mortífagos y, en el caso de él, un mortífago en sí mismo. Además, Crabbe estaba muerto...

Su regreso a la habitación en las mazmorras no había sido mejor tampoco. Muchos lo evitaban, como era esperable porque no querían ser relacionados con los Malfoy, y los demás simplemente no estaban. Su habitación, la que siempre había compartido desde primer año con Crabbe, Goyle, Nott y Zabini, estaba únicamente ocupada ahora por él y Zabini. Y Zabini tampoco parecía muy entusiasmado de ser relacionado con él. Después de todo, su familia había sido lo suficientemente sabia para no involucrarse activamente con la causa del Señor Tenebroso de forma que no había habido ni había forma alguna de relacionarlos con Voldemort o los sucesos y/o crímenes que este y sus seguidores habían cometido. Así que básicamente ni siquiera le hablaba. No que le importara. Zabini siempre le había parecido un reverendo idiota con aires de superioridad y ahora se lo parecía más que nunca. Así que no, decidió, no le importaba que Zabini se creyera mejor que él porque había resultado bien parado en la guerra. Y estaba mejor solo, de todas formas. En realidad, no veía la hora de que terminara el año para poder marcharse de allí para siempre. Desgraciadamente, pensó con pesar, el año recién comenzaba así como la extendida tortura que éste significaría para su persona.

Afortunadamente, ya estaban en Diciembre. Solo unos cuantos meses más y podría largarse de allí.

Bufando, observó desde la mesa de Slytherin –donde permanecía desayunando solo- con curiosidad a Daphne Greengrass discutir acaloradamente con su hermana menor, la cual continuaba escuchando la perorata de su hermana sin manifestar la menor afectación por sus palabras. De hecho, permanecía meramente calma y asentía aquí y allá, casi condescendientemente, pero Draco podía ver que claramente la estaba ignorando. Ante esto, sonrió arrogantemente, entretenido. Notando que, por un instante, un pequeño instante, Astoria pareció percibir su mirada gris sobre ella y lo miró de reojo. No obstante, inmediatamente volvió sus ojos a su hermana, que continuaba rezongando cruzada de brazos. Si imaginó el leve tirón de comisuras en sus labios a un atisbo de casi sonrisa que nunca llegó realmente a ser o no, Draco no pudo estar seguro.

—Es una malcriada, se cree gran cosa, ¿sabes? Daphne le está diciendo eso. Que debe aprender a comportarse, especialmente con sus mayores. Más aún cuando son premios anuales —dijo Pansy, sacando el pecho para dejar que se viera la insignia, sentándose junto a él y depositando su mano calmamente sobre el antebrazo izquierdo de él. Reaccionando instintivamente, Malfoy retiró su antebrazo del alcance de ella, prácticamente de un tirón, e ignoró la expresión herida de Parkinson.

—Lo siento... —susurró, comprendiendo. Pero él no quería sus disculpas. ¿Por qué se estaba disculpando, de todas formas? Si había algo de lo que estaba cansado –harto, oh tan harto-, era de gente mirándolo con asco o pena, como si fuera la peor escoria del mundo o un pobre mártir. Especialmente porque no tenían idea, ni la más mínima, de lo que estaba pasando él en aquellos momentos y no esperaba que lo hicieran tampoco.

—¿Leíste que Potter entró en el programa para convertirse en Auror con ese Weasley...? Por eso no volvió este año a Hogwarts. Por Merlín, a qué ha llegado el mundo mágico, ¿verdad? Y mírala, ahí esta esa Granger... Camina como si la escuela fuera suya...

Pero, una vez más, y por primera vez en su vida, Draco Malfoy no dijo nada. Nada al respecto del llamado por el Profeta -y prácticamente todos los medios de comunicación mágicos- "El trío Dorado" y nada de Potter en particular o Granger en singular. Nada. Querría haberlo hecho, decir algo, porque entonces significaría que la guerra no había pasado y él seguía estando donde siempre había estado. Por encima de Weazelby, San Potter y la sangre impura esa de Granger; pero no lo estaba. No estaba donde estaba y no estaba muerto tampoco y la única razón para esto último era porque el odioso de Potter lo había salvado, dos veces. Y lo odiaba y aborrecía cada segundo en que debía su vida a Potter, deuda que acarrearía hasta la muerte seguramente también, y deuda con la que desearía no tener que cargar sobre sus hombros. Pero la tenía, siempre allí, en cada respiración que podía hacer porque estaba vivo, y por ende no diría que San Potter era patético y un perdedor, aún cuando deseara poder hacerlo. Porque además, en realidad, ya no lo pensaba. No tanto, al menos. No realmente.

Después de todo, él y su familia habían pasado años correteando alrededor de las líneas, salvándose a sí mismos una y otra vez de una forma tan poco elegante, grácil y digna que solo ahora empezaba a vislumbrarlo. A vislumbrar el cobarde comportamiento de su familia que ahora salía a relucir en cada número del Profeta que Rita Skeeter quería escribir sobre ellos -y parecía encantada de hacerlo en cada condenada ocasión-. Habían estado viviendo sobre tiempo prestado, decían todos, sobre logros que difícilmente lo eran y ahora era el momento para devolverlo todo. Para devolver a la comunidad mágica lo que ellos habían creído suyo por años y quitarse las máscaras y Draco no estaba muy seguro de gustarle lo que había debajo.

Lo había descubierto en la guerra, que lejos de ser el glorioso y glamoroso acontecimiento que lo posicionaría en un buen lugar a los ojos de su preciado padre y la persona a la que su padre más había querido impresionar –Lord Voldemort- lo había arrastrado por el barro y hundido hasta lo más bajo de lo bajo, hasta que no había habido vuelta atrás. Y ahora no quedaba nada. Seguro, les quedaba la fortuna y la libertad. Pero habían perdido la dignidad y el estatus social y habían caído en la mayor decadencia que una familia de magos podía caer. En aquellos momentos, la familia Malfoy estaba por debajo de los magos nacidos de muggles. Por debajo de los mestizos y traidores a la sangre y la sola idea debería molestarle. Lo hacía, pero no podía evitar pensar que quizá –solo quizá- no había sido Potter quien había elegido el lado equivocado de la guerra, sino él. Aunque hablar de elección sería usar un término generoso. Después de todo, él no había elegido. Su padre había elegido por él.

Poniéndose de pie, y sacudiéndose a Parkinson de encima, se dispuso a abandonar el Gran Salón —Draco, ¿a dónde vas? —solo desacelerando el paso un instante al pasar junto a ambas Greengrass. Haciendo, una vez más, que la menor de las hermanas desviara la mirada a él por un segundo, para luego volver a mirar a Daphne, que continuaba hablándole en tono impaciente.

—¡Toria! ¡¿Me estás escuchando?! —exclamó, irritada. Y Pansy, que había mirado ceñuda el breve intercambio de miradas, se apresuró a unirse a Daphne en su perorata. Draco abandonó el Gran Salón, completamente desinteresado en asuntos de mujeres que nada tenían que ver con él. Especialmente si Pansy estaba involucrada.

Desgraciadamente, le tomó solo un par de segundos en percatarse de que no tenía a dónde ir, ni nadie con quién hacerlo, ni nadie esperándolo en ningún lado. Podría ir a la pajarera, pensó, y enviarle una carta a su madre para ver cómo estaban las cosas en su casa pero, para ser sincero, la idea no le entusiasmaba demasiado. La única ventaja de estar en Hogwarts, después de todo, era la de haberse alejado de la silenciosa casa que había dejado de ser un hogar en el preciso instante en que Voldemort había puesto un pie en esta y había manchado cada buen recuerdo para reemplazarlo con otro de la clase que lo acosaba en sus peores pesadillas. Y la idea de escribir una carta en aquellos momentos tampoco le entusiasmaba demasiado. Podría estudiar, consideró también, dado que debería rendir los EXTASIS ese mismo año pero la alternativa tampoco aplacaba su inquieta mente.

Y se sintió, una vez más, como en sexto año. Un paria. Uno que patéticamente había sabido recurrir al consuelo de un fantasma porque simplemente no había tenido nadie más con quien hacerlo, y ahora era exactamente lo mismo. Con el tiempo, Draco había aprendido a compartimentar sus emociones y pensamientos e ignorar cuando éstos se volvían inconvenientes. Su tía le había enseñado Oclumancia y había resultado ser condenadamente bueno por su capacidad de compartimentar. Y ahora haría lo mismo, decidió. Porque dejar entrever que la situación lo estaba afectando nunca era una opción. No lo había sido entonces, cuando Voldemort le había dado la imposible misión de tomar la vida de Albus Dumbledore, ni lo había sido en casa cuando todo parecía derrumbarse y sus padres a duras penas se dedicaban una que otra mirada y no lo sería ahora. Los Malfoys simplemente no se derrumbaban –nunca, nunca, nunca- y decididamente no donde ojos ajenos pudieran verlo. Las apariencias lo eran todo, especialmente ahora, cuando mantener las apariencias era todo lo que les quedaba.

—¿Qué haces aquí, Malfoy? ¿Con qué cara regresaste a Hogwarts?

Draco, deteniéndose, observó con desdén al chico que había salido a cruzarle el paso. Era rubio, alto y flaco. Lo reconoció al instante como ese idiota rematado llamado Zacharías Smith, de Hufflepuff —Quítate de en medio, Smith, si sabes lo que te conviene.

Pero el rubio solo enarcó ambas cejas y un grupito detrás de él rompió en risas —¿Qué harás, llamar a tu cobarde padre mortífago y pedirle que te salve?

Draco apretó los dientes, sacando la varita —No insultes a mi padre. Y es curioso que tú hables de cobardía, Smith, viendo que corriste primero que todos durante la guerra en vez de quedarte a pelear —vio con satisfacción cómo las mejillas del rubio se tornaban de un tono sonrosado, especialmente cuando el resto del grupito que lo acompañaba –la mayoría de años inferiores- lo miró inquisidoramente.

Sacando la varita, molesto, Zacharías lo apuntó y dijo —Expelliarmus —antes de que Draco pudiera siquiera reaccionar. Cuando finalmente pudo hacerlo, ya estaba cayendo hacia atrás. Su espalda colisionó contra el suelo. El grupito rió.

—Cómo te atreves... —gruñó el rubio, sentándose. Varita en mano.

—Me atrevo, mortífago. Vuelve a Azkaban —le espetó Zacharías.

—Basta los dos —interrumpió alguien, parándose en medio de ambos y dedicando una mirada severa a Smith. Malfoy vio la familiar tupida melena castaña de esa... Granger—. Está prohibido usar hechizos en los corredores, especialmente para atacar alumnos.

—¡Pero es un mortífago! ¡En Hogwarts! Debería estar en Azkaban, con el resto de ellos —se quejó Zacharías. Y el grupo de curiosos alrededor se fue ampliando, de modo que había prácticamente estudiantes de todas las casas mirando el altercado.

Hermione soltó un bufido —Si el ministerio no lo cree, entonces no tienes por qué creerlo tú. Kingsley Shacklebolt es un gran ministro y estoy segura de que sabe perfectamente lo que hace. Y si él cree que Malfoy no tiene que estar en Azkaban, entonces no tiene que estarlo y punto.

Zacharías chasqueó la lengua, dio media vuelta y comenzó a marcharse, junto con el pequeño grupito que había estado con él desde el inicio. El resto de los curiosos, en cambio, se dispersaban con mayor lentitud. Granger, por su parte, se volvió a él y le extendió la mano. Malfoy observó el gesto por un segundo, y su mente se vio invadida por la imagen de la persona delante suyo retorciéndose de dolor con los brazos y piernas en ángulos extraños por culpa de la maldición Cruciatus. Y a su tía sosteniendo la varita que realizaba el encantamiento. Palideciendo, le apartó la mano de un manotazo y se puso de pie —No necesito de tu ayuda, san... —se cortó a tiempo y en su lugar siseó— Granger. Métete en tus propios asuntos.

Rápidamente se puso de pie, se acomodó el cuello de la túnica con ambas manos y de un tirón, dio media vuelta y se marchó de allí. Rehusándose, todo el tiempo, a mirarla a los ojos porque simplemente no podía hacerlo sin recordarla con éstos desorbitados y chillando de dolor en el suelo de su casa, retorciéndose, y entonces le volvían los enormes deseos de vomitar que había tenido entonces. Granger siempre le había desagradado, así como lo había hecho su estatus sanguíneo como hija de Muggles, sin embargo, cuando la había visto retorcerse de aquella forma, torcerse y doblarse como si fuera a quebrarse en dos pero sin realmente hacerlo, había pensado que ninguna persona merecía aquello, sin importar su estatus sanguíneo. Y había deseado, una y otra vez, que parara. Que parara de gritar de esa forma porque cada grito le retorcía las entrañas como si tuviera serpientes en su interior enroscándose y no pudiera contenerse demasiado más antes de vomitar. Eventualmente lo había hecho en el baño, vomitar, eso era, lejos de los ojos curiosos de su tía Bellatrix porque simplemente no lo había tolerado más. No toleraba más nada de aquello. Y quería que únicamente terminara. Que parara. Que Voldemort y toda esa demás gente que estaba allí se fuera de su casa. Especialmente ese... Greyback, que le erizaba los vellos de la nuca cada vez que lo veía.

No deteniéndose, caminó a grandes zancadas hasta la sala común de Slytherin, ubicada en las mazmorras, y se sentó en uno de los sofás de cuero negro, cubriéndose el rostro con una mano. Afortunadamente, la sala estaba completamente vacía. O eso había creído.

—No la llamaste sangre sucia —al oír la suave voz, Draco alzó la cabeza bruscamente, tanteando por la varita listo para hechizar a quien osara molestarlo por segunda vez en el día. Su familia podía haber caído en ruina, pero él no permitiría que nadie insultara ni a su padre ni a su madre. No obstante, se sorprendió de ver a Astoria Greengrass mirándolo desde la entrada, con un libro bajo el brazo, y sin expresión alguna de que estuviera mofándose o acusándolo de algo.

Draco se pasó la mano por el cabello rubio platinado y se enderezó, clavando sus ojos en la chica —No recuerdo que fuera asunto tuyo, Greengrass.

Pero Astoria no se encogió ante el tono duro y frío de él, ni retrocedió o lució ofendida por la respuesta. Por el contrario, lució erguida con el mentón en alto como siempre. Su porte aristocrático y delicado intachable —No lo es —concedió con calma—, simplemente era una observación.

Draco apretó los dientes. ¿Acaso había imaginado el tono de aprobación bajo su observación? De todas formas, dijo —Tu hermana y tú discuten mucho —no queriendo hablar más del tema de Granger.

Negó suavemente con la cabeza y una pequeña sonrisa agració sus delicados labios —No, no realmente. Al menos no en casa. Pero a Parkinson no le agrado —diciendo esto último como si no le importara o afectara. No lo hacía, en realidad.

El rubio sonrió arrogantemente —A Pansy no le agradan muchas personas.

Astoria se encogió de hombros delicadamente. Y Draco notó que hasta ese movimiento tan displicente, que tantas veces había visto hacer a Daphne también y de forma casi idéntica, lucía inclusive más agraciado y elegante en ella —Parkinson cree que me gustas.

Draco enarcó ambas cejas rubias ante esto, interesado —¿Y lo hago? —con la misma sonrisa altiva en los labios.

La respuesta de ella, no obstante, se la borró de la boca —No —su respuesta calma y sucinta, aunque había otra vez una pequeña sonrisa sutil en sus rosados labios. Sus finas cejas chocolate enarcadas en una expresión entretenida. Y luego, sin más, dijo—. Me voy a dormir. Buenas noches.

Para desaparecer por el camino que llevaba a la habitación de las chicas y dejarlo allí en silencio y completamente solo. Y aún así, la siguió con la mirada. Notando su grácil andar y su postura elegante y su largo y blanco cuello ocasionalmente expuesto cuando su cabello chocolate se mecía de aquí y allá y entonces no tuvo duda alguna de por qué Pansy la odiaba.

Pansy era muchas cosas, maliciosa y rápida y filosa con la lengua para contestar y divertida en ocasiones, pero elegante y esbelta no era una de esas. No. Pansy siempre había sido de belleza más bien tosca y todo lo que Draco mismo había sido hasta la guerra y que ahora empezaba a irritarle progresivamente. Astoria, en cambio, era astuta y rápida y filosa con la lengua pero en una forma sutil que Pansy jamás lo había sido y podría serlo tampoco.

No.

Astoria era abismalmente opuesta a Pansy.

Y, por segunda vez en aquel año,

Draco pensó que había algo en ella que le agradaba.

Algo que le agradaba considerablemente.