Todo lo que podría ser

III

"Todo lo que podría ser"

Despertó helado, empapado en frío sudor, de golpe y tan súbitamente que por un momento temió haber estado de regreso en la mansión. En medio de la guerra, observando las cosas que aún conservaba grabadas a fuego en la retina desde que las había vislumbrado el año previo en el lugar que se suponía fuera su propio hogar. Las cosas que había visto... que había sido forzado a hacer por el Señor Tenebroso. Las cosas que jamás había tenido el valor de hacer. Que no había querido hacer, en primer lugar. Pero que jamás había podido rechazar tampoco. No si apreciaba su vida y la de su familia. No si apreciaba su sanidad mental.

"—Más, Rowle, ¿o prefieres que lo dejemos aquí y que te entregue a Nagini para que te devore? Lord Voldemort no está seguro de poder perdonarte esta vez. ¿Me has llamado sólo para esto, para decirme que Harry Potter ha vuelto a escapar? Draco, demuéstrale a Rowle lo contrariados que estamos. ¡Hazlo, o descargaré mi ira sobre ti!"

Y lo había hecho, debido hacerlo. Alzar su varita y usar el Cruciatus contra Dolohov. Contra uno de los que se suponía era uno de los suyos simplemente porque Voldemort no estaba complacido con el desempeño de éste y con el de su propio padre, Lucius, tampoco y él se había vuelto el nuevo juguete del Señor de las Tinieblas desde entonces. Algo que se aseguraba de dejar bien en claro cada vez que las circunstancias se lo permitían, preferiblemente frente a todos y sus padres también para que lo vieran. Para que los vieran y se burlaran de su situación. Para que vieran lo débil que era, pues había sido incapaz de cumplir su misión y matar a Dumbledore y Snape había debido intervenir por él y terminar el trabajo. Pero Draco no había podido hacerlo, simplemente no había podido hacerlo, sin importar cuánto lo hubiera intentado. Y Merlín que lo había intentado. Una y otra y otra vez. Hasta que casi había matado a Weasley y a la tal Katie Bell esa en el proceso, con sus intentos. Pero simplemente no había sido capaz de hacerlo. No realmente.

"—Draco... Draco... tú no eres ningún asesino."

"—¿Cómo lo sabe? Usted no sabe de qué soy capaz, ¡ni sabe lo que ya he hecho!"

Pero eso no había sido nada. Sus pobres intentos de envenenar el Hidromiel de ese viejo de Sluggy y de enviar a Dumbledore el collar de ópalos maldecido no habían sido nada con lo que había debido hacer después, con lo que había debido ver después. La tortura de esa Granger en su propia casa. El asesinato de Charity Burbage en su propio comedor, que era con el que había estado soñando minutos antes, previo a despertar completamente tieso y helado. Y de hecho, aún podía verla, de cabezas colgando encima de su larga mesa de madera, girando como si la sostuviera un hijo invisible e implorando una y otra y otra vez por su vida. Implorándole al profesor Snape que la ayudara, lastimeramente. Hasta que Lord Voldemort se había cansado de sus sollozos y lamentos y de humillarla por sus creencias y había acabado con su vida. La mujer había caído inerte contra la mesa, violentamente y de cabeza –tanto que Draco estaba seguro de haber oído el "crac" de su cuello al caerse- y había estado muerta inclusive antes de entrar en contacto con la lisa superficie que en el pasado ellos habían usado para comer. Solo que esa vez... Esa vez alguien más la había usado para alimentarse y ante el recuerdo de Nagini engullendo entero el cuerpo de la mujer y el sonido de sus huesos quebrándose al pasar por su largo cuerpo de reptil había debido levantarse abruptamente de la cama, correr, y vaciar el contenido de su estómago, toda su cena, en el baño. Jadeando, observó su rostro consumido y desencajado en el reflejo del espejo del baño. Sus dedos aferrando el borde del lavabo firmemente hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

Era un desastre, concluyó, uno patético y ni siquiera podía recurrir a nadie porque no había nadie a quién recurrir. Sus amigos, o lo que siempre había llamado amigos, aunque nunca lo habían sido realmente, ya no estaban. Crabbe estaba muerto –y ante el pensamiento lo invadió otra arcada, pero nada salió- y Goyle y Nott odiaban sus entrañas porque su padre había vendido a los de ellos y Draco no podría culparlos así lo deseara tampoco. Y sus padres, por otro lado, no eran una opción. Su madre aún estaba de duelo, lamentando la muerte de la única hermana que le quedaba porque a la otra la había dado por muerta demasiado atrás y ahora estaba completamente sola en lo que respectaba a su antigua familia. Su padre, en cambio, se había refugiado tras el juicio en su despacho en la mansión y a duras penas salía para comer algo cada noche, por lo que difícilmente lo veía o sabía de él. No que a aquellas alturas le importara demasiado. Su padre había huido del mundo mágico tras vender a sus antiguos camaradas mortífagos y dejado la carga de continuar dando el rostro a ellos dos.

Su madre decía que era algo que ambos habían decidido en conjunto, que era lo mejor, porque ella no había sido nunca un mortífago (no oficialmente, al menos) y él era solo un niño y todo sería más fácil de esa forma. Su padre volvería a levantarse, aseguraba Narcissa, solo necesitaba tiempo así como lo necesitaba la comunidad mágica para olvidar que ellos habían estado hasta las rodillas de fango en todo aquello también. Pero Draco no estaba tan seguro de creerlo. En primer lugar, porque dudaba seriamente que la comunidad mágica fuera a olvidar que ellos habían estado involucrados, menos aún perdonarlos por haber estado en el lado equivocado de la guerra (sin importar cuántos nombres su padre vendiera). Y definitivamente no era más fácil tampoco. No para él, y sabía que a veces se tornaba duro para su propia madre también, sin importar cuán fuerte e imperturbable luciera Narcissa Malfoy. Pero no era como si tuviera demasiada opinión al respecto tampoco. Sus padres continuaban siendo sus padres, mayor o no. Y él aún vivía con ellos.

Abriendo el grifo, se llenó las palmas de agua y se limpió el rostro. Una y otra vez, agradeciendo el agua fría contra su piel hasta que hubo recuperado parte de su color habitual. Luego, tras lavarse los dientes y sacarse el sabor a bilis de la boca, decidió bajar a la sala común. No había nadie, de todas formas, porque eran las dos de la madrugada y todos estarían en sus camas durmiendo. Zabini lo estaba, al menos. Y dudaba seriamente que algún otro estudiante de Slytherin fuera a estar despierto a aquellas altas horas, deambulando por la sala común. Además, no era como si fuera a poder conciliar el sueño pronto. No ahora, y no con el abrupto despertar que había tenido. La idea de volver a tener otra pesadilla lo persuadía completamente de siquiera volver intentarlo, de todas formas. Tomando su varita al pasar por su cama, se dirigió a la misma. Como había predicho, estaba desierta. Y solo unas pocas llamas crepitaban sobre las brazas prácticamente extinguidas. Dejándose caer delante del fuego, en uno de los sofás negros, movió la varita y reavivó las llamas una vez más. Sus ojos grises clavados en el curioso danzar, alzar y enroscarse de las mismas.

"—¡Yo no tengo opciones! ¡Tengo que liquidarlo! ¡Si no lo hago, él me matará! ¡Matará a mi familia!"

Tomándose con la mano derecha el dobladillo de la manga izquierda de su túnica, se la levantó, enroscándola hasta su codo, y clavó sus ojos en la marca tatuada con un maleficio en su antebrazo. La forma de una calavera con una serpiente larga e intrincada saliéndole de la boca y deslizándose hacia abajo, que ya no se veía tan negra como lo había estado el año previo y que ciertamente ya no ardía. Aún así, tras sueños como aquellos, Draco despertaba con la sensación horrible de que ésta le picaba. Quizá era una cuestión personal, porque simplemente no había forma de que Voldemort estuviera vivo, y solo lo estuviera imaginando. Aún así, odiaba la mugrosa marca cada vez que la veía. La odiaba con todas sus fuerzas, por todo lo que ésta significaba y todo lo que ésta le había acarreado y desearía hacerla desaparecer completamente. Desearía arrancársela, de ser necesario. Porque el tenerla aún consigo solo lo marcaba como alguien con quien el futuro mundo mágico –ese en el que Voldemort y los mortífagos ya no eran nadie- no querría saber nada. Lo desterraba, en cierta forma. Y lo marcaba como el paria que era (y odiaba ser). Además, le retorcía el estómago pensar que la había hecho el mismo Voldemort, con su propia varita y sus propios dedos largos y desagradables, sonriendo de complacencia.

"—¿No estás feliz, Draco? Ahora te has unido a mi, al gran Lord Voldemort. Es lo que querías, ¿verdad? Lo que tú y tu familia llevan diciendo querer hacer por años. ¿Acaso no presumían de serme leales?. Ven, dame el brazo."

Presionando la punta de su varita contra su piel, sobre la marca, musitó un simple conjuro de desvanecimiento. Dudaba que fuera a funcionar, como no lo había hecho ya muchas veces antes, pero simplemente no podía dejar de intentarlo tampoco. No cuando de vez en vez continuaba sintiendo un cosquilleo que le helaba la sangre y le erizaba los vellos de la nuca (aún a sabiendas de que Voldemort no estaba y jamás regresaría) y no cuando aquello lo marcaba para siempre, de por vida. No. Simplemente no podía dejar de intentarlo. Así que volvió a intentarlo, una vez más, ésta vez presionando con más fuerza. Hundiendo la punta un poquito más sobre los tendones tirantes de su antebrazo que deformaban ligeramente la marca al tensarse, pensando en un conjuro que pudiera hacer el trabajo. Desgraciadamente, todo lo que logró fue a hacerse un corte diagonal que atravesaba parte de la marca, pero que claramente no llegaba siquiera a deformarla. Empezando a sentir el ardor y la sangre escurrirle caliente de la incisión, siseó entre dientes. Mirando con fastidio la nueva herida. Maldita marca.

No obstante, el ardor fue reemplazado rápidamente por terror cuando sintió pasos que se acercaban a dónde se hallaba él, sentado. Tirando torpemente de la túnica, y no logrando bajar la manga a la primera debido a la prisa, se volteó a mirar bruscamente. Allí, junto al apoyabrazos del sofá de dos cuerpos, se hallaba de pie una pequeña figura. Delgada. Con cabello negro ondeado elegantemente cayéndole por la espalda y grandes ojos avellana mirándolo con curiosidad. Libro bajo el brazo. Al reconocerla, Draco se tensó, tironeando inconscientemente del dobladillo de la manga de la túnica hacia abajo y fulminándola con una mirada gélida y acusadora —¿Qué haces aquí?

La chica no pareció retroceder ante el tono gélido, como muchos habían hecho antes. En su lugar, simplemente deslizó su mirada por el brazo izquierdo de él y suspiró, dejando su libro y sentándose junto a él —Te sangra el brazo —su voz suave, casi un susurro.

Draco tironeó de la manga una vez más y quiso apartarlo de la vista de ella —No es asunto tuyo —pero Astoria únicamente siguió el movimiento con la mirada. Sus largas pestañas chocolate proyectando sombras en sus altos y pálidos pómulos. Sus labios rosados frunciéndose ligeramente.

—Deberías dejármelo ver.

Draco se puso de pie de pronto, casi tropezando con el sofá al intentar retroceder un paso, aún aferrándose la manga en su lugar —Estoy bien. Nadie pidió tu ayuda, Greengrass —siseó, con las facciones crispadas. No había forma, pensó, de que dejara que viera lo que había debajo de la túnica. Se rehusaba rotundamente a dejar que otros ojos que no fueran los suyos y los de las personas que ya sabían su existencia vislumbraran la marca que tanto odiaba. Si pudiera, él mismo no la vería. La arrancaría de su piel.

Pero la chica solo negó calmamente con la cabeza y se puso de pie, caminando hasta él. Draco retrocedió otro paso —Estás perdiendo bastante sangre...

El rubio bajó la mirada, alarmado, comprobando que en efecto lo estaba haciendo. La manga de su túnica comenzaba a adherírsele al corte. Lo cual, evidentemente, no podía ser bueno. Aún así, se rehusaba a levantarse la túnica. Desgraciadamente, la otra opción y la perspectiva de tener que ir a la enfermería para que lo atendieran, donde Madame Pomfrey vería la marca, no era mejor. Por un instante, vaciló. Y ese fue el instante que Astoria aprovechó para dar el paso restante y tomarlo firmemente de la mano. Draco se tensó e intentó soltarse de un tirón, pero ella lo mantuvo firme. Sus intensos y firmes ojos avellana clavados en los de él. Y quizá lo estaba imaginando, o quizá solo estaba cansado –oh tan terriblemente cansado- de lidiar con cosas que lo sobrepasaban por sí solo que quiso creer que había una especie de intento de confortarlo en la mirada. Quizá estaba creando cosas para convencerse, pero en ese preciso intento no logró obligarse a que le importara. Aflojando la resistencia, le permitió que lo guiara de regreso al sofá, donde ella se sentó junto a él, viéndolo, y con su mano entre las dos pequeñas de ella. Eran suaves, confirmó, como había creído desde un primer momento, a diferencia de las ásperas de Pansy, y su tacto era tan delicado que parecía etéreo.

Por otro instante, se tensó cuando Astoria extendió su mano para tomarle el dobladillo de la manga y antes de que pudiera evitarlo su propia mano se movió para detener por la muñeca a la de ella, evitando así que le subiera la manga y descubriera su antebrazo. Estaba actuando como un animal nervioso y herido, lo sabía, pero llevaba haciéndolo desde la guerra, intentando sobrevivir, y no pensaba avergonzarse del comportamiento ahora. Astoria pareció comprenderlo, porque aguardó otro segundo como dándole uno más a él para que se acostumbrara a la idea. Y entonces, cuando él empezaba a relajarse y a confiar, ella le deslizó la tela negra hacia arriba, no deteniéndose cuando Draco tensó súbitamente cada tensón de su brazo y antebrazo, como si quisiera apartarse con todas sus fuerzas de allí, pero sin realmente hacerlo.

Astoria frunció el entrecejo —¿Pretendías arrancarte la piel? —examinando la herida como si no hubiera una marca tenebrosa tatuada allí, o no le afectara o importara en lo más mínimo.

Draco apretó los dientes —Si no vas a arreglarla entonces... —intentando retraer el brazo por segunda vez en la noche, pero ella lo retuvo firmemente.

—No dije que no fuera a hacerlo —respondió, alzando sus ojos a los de él. Había en ellos una fuerza que Draco había visto en excesivamente pocas ocasiones. Su madre siendo casi una de las únicas excepciones. De forma que no pudo discutir. No porque no quisiera, o porque aquella persona de pequeña contextura lo intimidara, porque claramente no lo hacía. Él era un Malfoy, después de todo, y como tal no se dejaba intimidar por nadie. Menos aún por una chica dos años menor que él. Aún así, no discutió. Había algo en su mirada, en su manera, en su porte y en la forma en que se sostenía que lo detenía de tratarla vulgarmente como lo haría con Parkinson, menospreciándola o sacudiéndose su ayuda de encima. En su lugar, le sostuvo la mirada. Frío gris contra abrasador avellana. Y entonces ella volvió sus ojos a la herida, dejándolo a él con una agradable visión de sus largas pestañas aleteando contra sus mejillas—. Tienes suerte —añadió, en un tono calmo—, no es un corte profundo.

Suerte era algo en lo que Malfoy no creía, o con lo que no contaba. Porque de existir decididamente lo había abandonado el año previo. Inhalando hondo, la sintió repararle el corte con un ligero movimiento de varita. Y el dolor desapareció. Aún así, Astoria no lo soltó, sino que deslizó sus dedos cuidadosa y delicadamente por encima de la marca tenebrosa. Draco inhaló bruscamente, conteniendo el aliento —¿Qué...?

Pero ella solo continuó deslizando suavemente las yemas de sus dedos por la piel tatuada, trazando el dibujo distraídamente. Su respiración tan etérea como su toque. Su agarre en su muñeca aún tan firme y fuerte como antes. Tenía fuerza, notó. Demasiada para su pequeña contextura y sus delgados dedos blancos de pianista y su elegante figura. Y demasiada firmeza y solemnidad para alguien de su edad y aún así logró quitarle el aliento, en tan solo un segundo –ese exacto segundo-, como nunca nadie lo había logrado antes. Era hermosa, notó también, preguntándose cómo no lo había notado antes; con su elegante cabello chocolate cayéndole en ondas por la espalda y su expresión orgullosa y su pequeño mentón en alto. Y sumamente suave y delicada en su toque –casi afectuosa- para alguien cuya apariencia exterior daba la impresión de que podría caminar en medio del cielo cayéndose en pedazos y hacerlo con la gracia y entereza y sin siquiera saltearse un paso, mientras sorteaba los trozos caídos.

Y entonces comprendió que debía haber dicho algo, algo en voz alta, porque ella estaba mirándolo con una pequeña expresión de curiosidad y Draco comprendió que no podría importarle menos. Así que se inclinó, alzó la mano sana para sostenerla firme por el largo y blanco cuello como el marfil, y la besó firme y plana y llanamente en los rosados y tensos labios. La besó porque simplemente se le antojo y Draco Malfoy obtenía lo que deseaba. Pero, por encima de todo, la besó porque comprendió que Astoria Greengrass no era como Pansy Parkinson. Ni como Crabbe o Goyle o todas las personas que lo habían seguido por años, adulándolo como si no hubiera mañana, simplemente por su apellido que ahora no significaba nada. Para ella, como para todos los demás (muchos de los cuales habían desaparecido ya, después de la guerra), su nombre no significaba nada y aún así estaba allí. Tratándolo como un igual, y no como el niño malcriado que había sido por años, y denegándole todo lo que nunca le habían denegado en la vida. Diciéndole todos los NOs que nunca nadie había pronunciado hacia él, porque simplemente era más fácil darle las cosas que quería y mantenerlo a un lado. Razón por la cual siempre se había creído por encima de los demás, considerándolos indignos de permanecer a su lado porque simplemente lo eran, hasta ella.

Y no. Astoria no era como Pansy. No era como había sido él en el pasado, antes de la guerra, y por esa razón la había besado otra vez y otra vez más. Porque Draco ya no sabía quién era, ni quién podría o debería ser, no con su modelo a seguir caído en desgracia junto con todo lo que había creído desde su infancia y por esa razón le agradaba del todo un poco más. Porque ella no era su pasado, no estaba en éste y nunca lo estaría. Y él lo prefería de esa forma. Sin marcas tenebrosas ni pesadillas de Charity Burbage ni nada de todo lo que Draco preferiría olvidar porque no hacerlo era simplemente muy doloroso.

Y ella no lo había visto.

(Nada de ello)

Su peor y su mejor momento.

Y así estaba bien también.

Porque Astoria no era nada de lo que él había sido.

(nada, nada, nada)

Pero quizá -solo quizá-,

podía ser todo lo que sería.

Todo lo que podría llegar a ser.

Y eso estaba bien también.

Sí...

...eso estaba bien...

Él lo estaría.