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"Ella será amada" Capítulo 3: La misma luna

-¡Vaya Kimihiro! ¡Es un gran cocinero!

-No es para tanto, simplemente es la práctica -respondió el joven con la cara un poco roja.

La felicidad de la maestra se había transmitido a su alumno. En esa tarde, en el apartamento del chico, la alegría se dispersaba como si fuera una especie de enfermedad. Lo que ambos ignoraban era que el celular del muchacho sonaba, sonaba y sonaba como si no hubiera un mañana. En la pantalla decía: "Tres llamadas perdidas: Himawari Kunogi".

-Domeki, Watanuki no responde mis llamadas, ¿sabes que está haciendo?

-Si tú no sabes menos yo.

-Entonces… creo que sería mejor que vaya a su casa a verlo, para asegurarme que está bien.

-Tienes razón -le dice firmemente– Si quieres te acompaño.

-¿En serio? ¡Gracias!

Así pues, fueron partieron de la casa de ella al apartamento de Watanuki; quien se la estaba pasando muy bien con la maestra Yuuko. Riendo, hablando y comiendo, el tiempo se les iba de las manos como corre el agua por su caudal hasta precipitarse en la boca del mar. Finalmente Himawari y Domeki llegaron a la puerta del apartamento de Watanuki; la fueron abriendo poco a poco…

-¿Watanuki?

-¡Himawari! ¿Qué haces aquí?

-Vine con Domeki a ver cómo estabas -le explica algo desconcertada– Te llamé 3 veces al celular y no me contestaste… estaba preocupada…

El chico caminó hacia ella y tomó su barbilla con sus dedos pulgar e índice y se acercó para besarla.

-Gracias por preocuparte, cariño, pero estoy bien.

-Me alegra. Cuando no contestaste pensé que algo malo te había pasado.

La pareja estaba montando una escena de telenovela; Domeki entró y miró a todos lados, esperando hallar la razón por la cual Watanuki estaba "ocupado". No encontró nada. Aparentemente, no había nada ni nadie que lo distrajera del sonido de su celular.

-Oye, ¿qué te mantenía distraído?

-¡¿Y eso a ti qué te importa, cabeza dura?

-Es cierto -le dice Himawari con curiosidad- ¿Por qué no me contestabas?

Watanuki volteó a ver a su novia, con una cara de asombro.

"¿Ahora qué hago? No puedo decirles que estaba con la profesora Yuuko; simplemente no puedo…"

-Dormía un poco. Regresé algo cansado de la escuela.

"Razones me sobran para mentirle así a Himawari. Si le digo ahora la verdad, no sé cómo la vaya a interpretar. Está mejor así, aunque ahora siento que me quemo por dentro"

-Ya veo… estabas cansado…

-¡Sí! ¡Eso no te incumbe! -exclamó Watanuki furioso.

-Se ven tan lindos cuando bromean así -dijo la chica entre risa y risa.

Y así empezó su cuento de nunca acabar: Domeki hace algo que a Watanuki no le agrada y Himawari ríe, creyendo que todo es parte de una broma. Mientras, la misteriosa y enigmática profesora estaba en su hogar ya. Las imágenes del gentil muchacho que la ayudó en el inicio de la mañana no se marchaban de su cabeza, y la dulce voz que provenía de él no se borraba de su mente.

-¿Por qué… no puedo quitármelo de la cabeza? -se martirizaba con el rostro de ese chico– Es mi estudiante, mi alumno… eso lo entiendo, pero…

Tomó su cabeza con las manos, como si intentara exprimírsela y así, remover el pensamiento que la asechaba sobre Watanuki. Sin embargo todo era inútil. No importaba lo que hiciera, persistía la lucha entre su deseo de exterminarlo de su mente y el deseo de quedarse con la imagen del joven.

-Tan sólo quisiera no pensar en él; pero, parece inevitable. ¡No puedo dejar de pensar en él!

La noche llegó lentamente. En su cama, no importaba tampoco lo que hiciera, le era imposible conciliar el sueño. Necesitaba algo más… sin embargo, lo que le faltaba, estaba fuera de su alcance y a la vez, estaba muy cerca. Para terminar su día, el juez que manejaba su divorcio la llamó. El acuerdo llegó a que su ex marido le entregaría la casa y él buscaría otro lugar para sustentarse. Ella no tendría que mudarse, y como no habían tenido hijos, no existía fallo de custodia. Oficialmente podía hacerse llamar Yuuko Ichihara; sin usar su apellido de casada. Nunca volver a vivir las situaciones de sus años de matrimonio.

-Finalmente. Soltera otra vez. No se volverá a repetir el mismo error.

Miró a través de la ventana la luna que resplandecía en su cénit, las estrellas llenaban el cielo de luz y resplandor nocturno que era propiedad de la noche; y sólo de ella. El paisaje era complementado por nubes que surcaban el frente de la cara luna tan hermosa y blanca de esa velada que parecía salida de un sueño.

Watanuki y Domeki admiraban en sus propias casas la misma luna, que para el primero representaba lo mejor de la vida: la belleza de la naturaleza. En esa figura tan hermosa veía el rostro de aquella mujer que había llegado a su vida a cambiar la supuesta soledad que quedaba en su corazón. A pesar de estar con la chica que siempre había soñado, nunca dejó de sentir un vacío en su corazón y alma que aparentemente nada ni nadie llenaba de alguna manera. Se sentía solo de un modo inesperado e inexplicable, pero la gentileza de Yuuko lo alegraba mucho…