(xxxHolic y sus personajes son propiedad de CLAMP)
"Ella será amada" Capítulo 9: El río de la vida
-¡Himawari! ¿Cómo está mi princesa?
-Watanuki, ya te encuentras mejor, ¿cierto? –afirmó ingenuamente su novia.
-Por supuesto, querida mía –le dijo con una sonrisa pintada de oreja a oreja y pegándole un beso en sus labios- ¡El día es hermoso, es hermosísimo! Aunque no más que tú; claro está.
-Vaya, que me has dado tres piropos en menos de 5 minutos.
-¿Y por qué no?
-Bueno, anda ya, que se nos hace tarde para el instituto.
Y ambos marcharon tomados de la mano dulcemente por toda la vereda matutina que los llevaba a su destino. Platicando de tantas tonterías, el tiempo se les acortaba y amenizaba la longitud del camino, haciéndolo aún mejor; teniéndose el uno al otro, ¿qué habría de pasar si tanto se amaban? Tanto como cada día, tanto como los siguientes días que pasaron las peleas se hicieron menos bruscas y frecuentes. Pasó una semana y todo normal. Casi todo…
"Quizá sólo fueron suposiciones mías. ¡Pero claro que nada puede suceder entre Domeki y yo!"
Está claro que es un quizá. Un punto muerto e intermedio entre el sí y el no. Pero en su caso, tendría que decidir por uno de ambos y no la salida fácil del "tal vez"; era o no era, sucedió o no sucedió, creía en ello o no creía. Las cosas siempre van mal cuando uno no decide ni siquiera el camino que quiere seguir o prefiere no creer y dejarse llevar por el río de la vida. Himawari y Watanuki se adentraron en el aula que les correspondía, donde los aguardaba su amigo Domeki, como todos los días que llevaban juntos en el mismo instituto, en el mismo salón.
-Idiota.
-¿Qué acabas de decir, Domeki? –preguntó histéricamente Watanuki.
-Que eres un idiota.
-¿Y qué me convierte de repente en un idiota, tarado?
-El hecho de que te sentaste sobre tu propio almuerzo. Idiota.
El intrigado chico revisó y, efectivamente, se había sentado sobre la bolsa de papel que había contenido en su momento el almuerzo del mismo. Empezó a gritar como un loco y a lamentar la estupidez que había cometido por un simple descuido.
-Tú… maldito bastardo…
-¡Watanuki! ¡Por favor! Él no tuvo la culpa de lo que te pasó –replicó Himawari.
-Creo que tienes razón.
Sin embargo, la chica estaba sorprendida en silencio. Nunca había reaccionado en una de las peleas que eran sólo de Watanuki y Domeki; en ninguna había intervención suya, y Watanuki no se percató de esta anomalía que apenas había tomado lugar. Domeki la miró por el rabillo del ojo y se preguntó qué habría causado tan repentina y extraña reacción. No era normal para él, pero la inocencia de su amigo no lo había dejado pensar bien en cómo sería la realidad de esas discusiones, en las que ellos pelearían y argumentarían continuamente y ella lo creyera un simple juego entre amigos. Durante todo el día, Himawari seguía sin comprender el por qué defender a Domeki, cuando lo que hacían él y Watanuki era de todos los días y ella simplemente "les seguía el juego". La ingenuidad de Watanuki lo había llevado a estar tranquilo todo el día y no tener ni la más mínima pizca de sospecha en su mente; mientras se distraía con la figura perfecta de la profesora con la que anhelaba estar a cada momento del día. Y Domeki. Él estaba en un punto intermedio: podía focalizar su atención en ambas partes, ya que su corazón le indicaba que debía concentrarse en la dueña de sus sentimientos, y su mente no dejaba de recrear esas palabras una y otra vez, como si fuese un disco rayado o un reproductor de música dañado que repetía esa parte como si no hubiera otra cosa más. Era raro. Cada quien por su lado. Cada quien con sus respectivos pensamientos. La tarde y su mezcla de colores tan hermosa iluminaron el cielo de un tono ocre y cobrizo que los envolvía a todos por igual; las despedidas en el instituto eran cortas y efímeras. Watanuki y Himawari se vieron en la puerta.
-Y bien, Himawari –insinuó Watanuki.
-Y bien… ¿qué?
-¿Te acompaño a casa una vez más, amada mía?
-Pues… pues, realmente… - tartamudeó temerosamente la chica. Los nervios la comían viva. Hoy no deseaba su compañía y quería buscar una excusa para irse sola- Mis padres me esperan y no creo que hoy les haga gracia que vayas tú. En especial a mi papá, así que creo que hoy me voy sola, ¿bien?
-Creo que estará bien. Nos vemos mañana.
Se inclinó para darle un beso a su novia, pero ella se apartó de él colocando sus manos en su pecho y empujando su propio cuerpo hacia atrás en un paso ligero, sutil y elegante. A él le extraño, ya que a veces, era ella quien rogaba por un beso.
-Bien… nos vemos mañana, Watanuki.
Ella quitó su mano del medio de su cuerpo y del muchacho, dio media vuelta y se marchó a su hogar. Parecía que algo no cuadraba en ese día. Nada como eso había sucedido. Watanuki se quedó paralizado parado en medio del camino con los ojos abiertos más que lo habitual, con el viento recorriendo su espalda suavemente, mirando como un loco desquiciado el horizonte donde ya no había nadie; ni siquiera una hoja que pasara volando, empujada por el aire.
"Esto sí es raro… ¿por qué sólo se fue?"
Giró su cuerpo para marcharse en sentido contrario al de la vereda que tomó Himawari y se fue cabizbajo con las palabras que le había dicho de último, como una despedida que había sido para siempre. Ya en casa, tomó un baño, se puso el pijama, hizo sus deberes y se fue a acostar; a pesar de no tener ni el más mínimo rastro de sueño en sus ojos o cansancio siquiera. En su propio cuarto, Himawari abrazaba una almohada con un camisón de color rosa y con el pelo suelto. Todo enmarañado y sin pruebas de haber pasado un peine o cepillo por él. Acabada de bañar, sus pensamientos no habían cesado aún: ¿Por qué irse sola, aún si alguien se había ofrecido a acortar el trayecto con sus palabras y su presencia? ¿Por qué no estampar un beso final en sus labios de manera recíproca con la persona que más quería? ¿Por qué la necesidad de acobardarse de tal manera que terminara así? ¿A quién llamar, a quién recurrir? ¿Qué hacer? ¿Qué son estos sentimientos que traspasan la barrera de emociones que tenía antes de todo esto?
Y todo eso, preguntándoselo en toda la noche, sin deseos de dormir o cerrar los ojos para encontrar ese paraíso de ilusiones e imágenes que son tanto buenas como malas. En esos momentos, su desahogo era abrazar una almohada de plumas sobre su cama hasta estrujarla y hacerla pedazos, si era necesario, por la menos hasta tener a quien le entregara la respuesta a cada una de sus preguntas.
