(xxxHolic y sus personajes son propiedad de CLAMP)
"Ella será amada" Capítulo 14: Bruscamente
—¿Himawari…?
—Tú… lo sabías… ¿verdad? —reclamó sollozante Himawari.
Ambos habían acordado ir en la tarde del 1 de abril al café que tanto le gustaba a Watanuki. Estaban sentados en una mesa rústica, con los capuchinos aún fríos sobre ella; las manos de los amantes ni siquiera se rozaban la punta de los dedos. Tomaron caminos distintos por más que intentaron encontrarse. Reposaban en el regazo de su respectivo cuerpo. Watanuki había hecho preguntas tontas e infantiles para hacerle la plática a su novia, pero nunca obtenía respuesta, lo que le extrañaba, ya que Himawari a veces no callaba; pero hoy era diferente. Ella se contuvo de abofetearlo desde que se vieron en la salida de la escuela, viéndolo con ira y rabia simultáneamente y queriéndole decir tantos insultos que era imposible contarlos.
—Idiota… tú sabías lo de Domeki…
—Himawari, ¿de qué hablas? —impuso Watanuki.
—¡De que él se irá de la escuela, de que se va, de que se va! ¡De eso estoy hablando! —gritó hasta rasgarse la garganta su novia— Los rumores llegaron justo después de que se marcharan los dos. Primero fue entre unos pocos, ¡después se esparció como fuego! ¡Tú lo sabías, ¿cierto?
—No grites, Himawari; debes calmarte.
—¡No calmaré hasta que me contestes, Kimihiro Watanuki! —finalmente pausó un poco la acelerada muchacha. Sus coletas rizadas danzaban con el viento y tapaban su enfurecida cara— ¿Tú sabías los planes de Domeki de renunciar al instituto?
—No. No sabía nada hasta que lo seguí a la oficina del director y lo escuché. Luego él lo corroboró —dijo tranquilamente y sin subir un solo tono a su voz—. ¿Contenta?
Se quedó completamente paralizada al ver la calma y seguridad que tenía su acompañante. Se dio cuenta de que no le mentía, que de hecho, le había dado más información.
—¿Por qué…?
—El corazón actúa por razones que la razón jamás entenderá, eso me decías tú, ¿cierto?
—Sí… Lo siento —se arrepintió Himawari cabizbaja—. Yo he pasado cuatro años junto a ustedes, y me dolería que cualquiera de los dos… haga algo tan estúpido como eso… Maldita sea. Debí haberte arruinado tu cumpleaños, ¿no? Lo lamento.
—Está bien —mencionó tomando suavemente las manos de su amada, viéndola sonrojándose tan sencilla y rápidamente, con los ojos azules y verdes chocando como aguas contrarias. A pesar de tener distintas realidades, eran tan parecidos por dentro…—. Así que, mi regalo de seguro será muy costoso, y supongo que bastante lujoso…
—Calla, tonto.
Y sin decir más, le tomó ambas mejillas tiernamente y le estampó un beso justamente en los labios para callarlo de manera discreta; una pequeña y sencilla reconciliación luego de un frío silencio y un gritadero innecesario. Se amaban. Nada más que eso. A punto de cumplir los 3 años de novios nada podía separarlos.
¿O sí?
—Ah… Yuuko… —murmuró suavemente Watanuki en una respiración entrecortada.
Himawari se detuvo de besarlo inmediatamente desconcertada. ¿Acaso pensaba en OTRA? ¿En una persona distinta a ella mientras la besaba? ¿En serio, en otra persona?
—¿Qué dijiste? —preguntó celosamente Himawari, separándose abruptamente de él. Él sólo la miró, pensó no haber dicho nada y ni siquiera se percató de lo que sus labios pronunciaron con tal excitación y pasión. Se preguntaba qué era, además creyó que no era humano tener dos peleas seguidas—. Watanuki, ¿estás pensando en otra?
—Claro que no. ¿Qué escuchaste que dije? —preguntó algo desorbitado.
—No escuché claramente…
—¿Ves? Sólo estás un poco estresada y comenzaste a escuchar cosas raras de otro mundo —se burló su novio—. Bueno, llevémonos los capuchinos para ir a tu casa a despejar tu mente un poco, ¿sí?
—Pero si eres un experto en aclarar mis pensamientos —terminó de decir Himawari dándole otro beso en la boca.
Mientras los amantes salían de la cafetería, Domeki empezaba a cumplir su condena de 100 horas de estudio extras en la biblioteca, sacando libro tras libro y apuntando todo lo posible y que fuera importante; se apoyaba en una guía de exámenes que parecía no acabar de entrar en su mente, era demasiado para aprender de una sola vez, se iba a saturar de información que la final sería inútil; de todos modos, aún tenía una semana para acabar ese servicio impuesto y empezar con la ardua labor de cumplir con los exámenes. De pronto escuchó pasos en el pasillo iluminado por el Sol, que apenas se ocultaba detrás de las montañas. Las pisadas siguieron resonando por el corredor, con un ritmo constante y sumiso, hasta que llegaron a la puerta del salón donde se hallaba él. Ahora eran pasos detenidos. Sonaba unos segundos, se detenía, sonaba y se detenía; como Domeki estaba en un rincón escondido de la biblioteca, no podía ver de quien se trataba, así que se levantó de su asiento y prosiguió a buscar entre estante y estante, buscando a quien llevaba tan sonoro ritmo. En el otro extremo del aula, se encontró con la razón de su estar en la misma sala. Era la profesora Yuuko Ichihara. Ella le daba la espalda, y aún no se daba cuenta de la presencia de su enamorado secreto. Él solamente podía quedarse paralizado como idiota y verla, con una coleta que ondeaba a todos lados tan sutilmente, con una figura increíble… ¡Oh, que hermosura de la que había caído víctima! Una piel blanca y seductora, unos labios que eran irresistibles, unos ojos carmesíes encantadores, ¡que hermosa era! Además, su carisma, su personalidad, el misterio que llevaba con ella, la felicidad y seriedad que irradiaba por dentro y por fuera; ¿quién no se dejaría ir por alguien como ella?
"No… no me esconderé más. No esta vez, ni nunca más"
—Profesora Ichihara.
—¡Ah! Joven Domeki, no sabía que estaba aquí —dijo con una mirada que mezclaba inocencia con sorpresa, volteando su torso y su cabeza—. ¿Qué hace en este lugar ya tan tarde?
—¿No supo lo que pasó, maestra?
—Disculpe mi ignorancia, pero no. ¿Podría…?
—Adelantaré mis años de estudio y me iré a la Universidad el curso que viene —respondió interrumpiendo la pregunta de su amada—. Estoy decidido a hacerlo, maestra.
—Pero, ¿por qué tan de repente?
—Por usted —alegó rápidamente y sin pensarlo. La profesora se quedó pálida y callada: no sabía qué decir, pero él se le adelantó—. Antes de que especule o diga algo, quiero que sepa que es porque yo… yo… la… amo… Yo la amo.
La confesión que su alumno había hecho la dejó aún más atónita. No podía creerlo.
—Debe… debe ser un error…
—No. Absolutamente no —y con un veloz movimiento, la acorraló contra los libros y el estante donde ella estaba leyendo títulos con sus brazos. Su similar estatura le dejó verla directo a los ojos—. Le aseguro que mis sentimientos son los más sinceros que haya podido haber en este mundo, lo juro. Mi más profundo deseo es que usted pueda sentir lo mismo que yo. Deseo… que me ame tanto como yo a usted.
Se quedó en silencio analizando la situación en la que se hallaba. Su alumno, el mejor que ha tenido, le confiesa su amor cuando está a punto de sacrificar sus estudios por ella; sí. Es atractivo, fuerte, inteligente, pulcro y decidido, pero sigue siendo un joven que todavía no conoce el mundo como ella. No, no, no, ¡NO! Simplemente, no es correcto.
—Yo… yo… lo siento —dijo finalmente—. Usted es mi alumno y esto, todo esto que me ha dicho, va en contra de cualquier ética que yo tenga o siga.
—Espere, sienta lo que hay aquí —indicó mientras tomaba la mano izquierda de su maestra y la llevaba al lugar justo donde estaba su corazón acelerado por la adrenalina de su confesión—. Mi corazón palpita por usted. Desde el primer día que la vi, he vivido, respirado y actuado por usted. Yo sé que ve la verdad a partir mis ojos…
—Pero… es usted muy joven, ¡es mi alumno…!
—Entonces, —pronunció solemne, dejando caer la mano delicada de su profesora— esperaré el tiempo que sea necesario para que pueda corresponder a mi petición. Sólo deje que…
En ese momento, las manos de Domeki subieron a las sonrojadas mejillas de Yuuko y la acercó a él. Y luego… sólo… pasó… Pasó lo inesperado. Los labios de ambos se fusionaron para formar un beso que quemaba por dentro a la señorita Ichihara, pero ella no sabía qué hacer; simplemente se quedó allí, con los ojos abiertos. Odiaba que estuviese sucediendo, y sin embargo, la calidez le era familiar de otro lado… Una persona ya que había brindado un refugio con un fuego similar, o quizás mayor. ¿Su ex? No, claro que no. ¿Algún novio que hubiera tenido en su adolescencia? Tampoco. ¿Sus padres? No. ¿Quién fue? Ya fuera de ese pensamiento tan veloz, Domeki había dejado de besarla.
—Joven Domeki… —murmuró sollozante.
—La esperaré el tiempo que tenga que ser. La buscaré por todos lados hasta encontrar una respuesta, no importa cuál sea. Adiós, mi amada.
Dicho esto, quiso volver a besarla, pero ella lo rechazó. Lo respetó y se marchó por sus libros y salió de la sala, dejando a la profesora aún en shock. Cuando definitivamente no había nadie más que ella, se dejó caer al suelo; estaba totalmente débil, destruida y estupefacta. Y esto le era nuevo… todo… sucedió en un segundo que parecía irreal. ¿Cómo se atrevía a hacer algo así a una mujer como ella, siendo él su alumno? ¿Cuánto podía llevarle en edad? ¿5, 6 años? ¿Más? ¿Funcionaría si él se graduara antes, sería la equivocación de su vida o debería tener nuevas experiencias? Probablemente la trataría mejor que su ex pareja, bueno, eso sea por seguro. La tragedia de amor que vivió no sucedería otra vez y ella no permitiría que volviera a pasar; jamás. Sí… debería decirle que sí; pero, aún existía alguien más. Ella lo sabía. Tocó finamente con la yema de sus dedos índice y medio derechos los labios que acababan de ser víctimas de un ladrón de besos. Olvidó por completo lo que debía hacer y vio por la ventana de la biblioteca como Domeki salía tranquilo y apacible del Instituto, con los apuntes bajo el brazo y una postura que reflejaba confianza; en su rostro se dibujaba una sonrisa aunque su amada no lo veía. Gritaba de felicidad por dentro, pero se contuvo las ganas de decirle a todo el mundo lo que sentía; así fue caminando hasta llegar a su hogar. Cuando la sorpresa se había marchado de la señorita Ichihara, recobró el sentido de sus movimientos y palabras, por lo que lo primero que hizo fue recoger sus cosas esparcidas en el suelo de la biblioteca y sintió cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas y caían precipitadamente en sus manos temblorosas, se sentían como la lluvia ácida sobre la piel desnuda de una persona. Dolía. Dolía como nada más podía doler. En su pecho golpeaba su corazón acelerado por la adrenalina de pensar lo sucedido; sentía que explotaría en millones de pedazos y moriría al instante. No era mala idea, pero los latidos no eran lo suficientemente fuertes como para matarla. ¿Suicidio? Claro que no. A pesar de ser atrevida, era demasiado cobarde para cometer su propia muerte. Nunca se lo permitiría. Dejó de pensar en todo y sólo corrió sin rumbo; abrió la puerta, fue por el pasillo, bajó las escaleras desesperadamente. Ignoró los peligros de correr a tal velocidad por todos lados a ningún lugar; no estaba dispuesta a escuchar a nadie, ni siquiera a su propia voz; en menos de 5 minutos estaba lejos de la escuela, lo más que pudo, su suerte de no tener tacones en ese momento le cedió tanta fuerza en las piernas que no se cansaba tan fácil. Sus sollozos no podían ser oídos por nadie, ella quería ansiosamente huir de ese mundo. DEBÍA irse. Unas gotas de lluvia tocaron su blanca piel y la hicieron detenerse en medio de un parque para volver a caer de rodillas, pero esta vez, la tierra ensució su limpia ropa. Siguió llorando a gritos, pidiendo una respuesta a lo que le sucedía. Rompió el sello de sus labios finamente pintados de rojo y salió el chillido más desgarrador que haya podido soltar a los cuatro vientos.
—¡¿POR QUÉ?
Estaba dolida. Watanuki iba cruzando el mismo parque, a un costado de donde yacía intranquilamente su profesora.
—¡Profesora Yuuko! —exclamó al reconocer su voz.
Ella le lanzó una mirada fría y llena de tristeza al verlo acercándose corriendo para socorrerla de su dolor. Sus ojos estaban rojos e hinchados de tanto llorar; cuando el muchacho se arrodilló a su lado, ella estaba desvaneciéndose; desgastada y cansada tomó fuertemente la sudadera que llevaba su alumno para cubrirse de la precipitación de la tarde. Él le hizo un espacio entre sus brazos y la envolvió con la calidez de su cuerpo. No pronunciaron ni una palabra, y sin embargo, él se dio cuenta de su lamento sofocado en la garganta de su tutora. La abrazó con más fuerza aún.
—Por favor, Kimihiro, ayúdeme… —suplicó la mujer desesperada.
—La llevaré a mi casa, ¡está helada hasta los huesos!
Así, la sudadera pasó de ser suya a ser de la mujer que tenía en brazos. La ayudó a levantarla con delicadeza extrema, mientras ella recuperaba el equilibrio, levantó la bolsa que llevaba con ella que reposaba cerca del fango; se apresuraron un poco en su caminata, ya que llovía con cada vez más intensidad a cada minuto que pasaba. Cuando finalmente alcanzaron a llegar a la casa de Watanuki, inmediatamente sentó a su maestra en el sofá de la sala y marchó rápidamente a su cuarto a buscar una manta para la señorita. Después de colocarla al lado de un calefactor, darle una toalla para secarla y cubrirla con la manta más abrigadora que había en su hogar, fue directo a la cocina y se puso a hacer chocolate caliente para ambos. Mientras lo hacía, la poca luz que existía en la habitación le concedió la figura más perfecta que Watanuki hubiera visto de Yuuko. Con una mirada seria, ella miraba fijamente hacia la ventana, cómo las gotas tristes de lluvia resbalaban por el cristal enmarcado. Acabó de servir el chocolate en dos tazas cuando se le ocurrió la pregunta más estúpida que pudo hacer.
—¿Le gusta la lluvia, profesora?
—¿Qué…? —respondió sorprendida Yuuko—. Ah… diría que sí, la disfrutaba mucho cuando iba en secundaria; ¿a usted?
—A mí también, pero prefiero evitar estar en medio de ella… —dijo como broma pesada.
—Déjeme hacerla una pregunta —dijo curiosamente la profesora, volteando completamente su cuerpo para ver a su estudiante, sosteniendo su taza caliente con la mano derecha. El chico no tuvo de otra más que asentir—. ¿Qué quiere saber de mí, joven Kimihiro?
Él se quedó pensando unos pocos segundos, ciertamente desconcertado por la interrogante. Revoloteó por toda la habitación con los ojos de manera disimulada; posteriormente, le contestó con una palabra tan sencilla que ni él se hubiera creído lo que dijo.
—Todo.
