(xxxHolic y sus personajes son propiedad de CLAMP)
"Ella será amada" Capítulo 18: Parecido a la tristeza
Miércoles
Una promesa de un amante tan loco y tan decidido como Watanuki sería lo último que Yuuko se hubiese imaginado que podría pasar en su vida. Era verdad lo que él le había prometido, le había cumplido.
A la mañana siguiente, Watanuki pasó enfrente de la casa de la señorita Ichihara y observó detenidamente cada detalle de la fachada de la casa; pero notó algo más: su amada abrió un pequeño espacio en la cortina de la ventana para verlo a él. Las manos aún le temblaban cuando lo veía y necesitaba aferrarse a algo con todas sus fuerzas para ocultar su nerviosismo. En poco tiempo se dio cuenta de que él la estaba viendo, o al menos, la minúscula parte de ella que podía divisarse; él le sonrió ligera y amablemente, ella no pudo hacer más que ruborizarse de la pena y cerrar esa parte que la dejaba descubierta y libre para ver. Su corazón se aceleró y sintió que la respiración se le agitaba como cuando la besaba o cuando intercambiaban miradas mientras estaba dando clases en el salón titular; siempre la observaba así, con ese efecto tranquilizador en los ojos que la dejaba como sedada, era como una droga para ella. Se había vuelto adicta a él y a su manera tan serena de dirigirle la mirada azulada que poseía. Con un matiz rojizo, sus ojos le correspondían en cada vista con tranquilidad, suavidad y un roce ciertamente sutil; le era difícil pensar en él sin que los ojos le lloraran un poco. Y, ¡rayos! ¿Le estaba sonriendo a ella?
"¡Actúa rápido, Ichihara, actúa rápido!"
—¡¿Qué demonios haces aquí? ¡Te dije que te quería fuera de mi vida y que no volvieras a mí! —gritó a todo pulmón, mientras abría la ventana de manera abrupta tras de la mitad de su cuerpo, sobresaliente de la misma.
—Calma, calma; sólo vine a saludar antes de irme. No queremos causar un escándalo, ¿o sí?
Yuuko empezó a colorarse en cuanto el chico "rompía el hielo" con una broma, ella simplemente no podía evitarlo con tal encanto inexplicable que tanto le había gustado de él.
—Sólo vete…
Dicho esto, se metió en su casa y cerró la ventana con un golpe fuerte, indicando que estaba por explotar del rubor acumulado en sus pómulos. Watanuki sólo siguió sonriendo y se dijo algo para sus adentros.
—Esto es tan típico en ti, Yuuko.
Y se fue a la escuela con una motivación increíble, que parecía que había muerto y renacido en muy poco tiempo para llevar un mensaje; su risa cuando estaba con Himawari volvía a ser la misma de antes: sincera. Ya no tenía que forzarse para delinear los bordes de su boca de ese modo. Su voz ya no sonaba arrastrada ni desganada, su atención en clase era de lo mejor, se notaba el entusiasmo que cargaba sobre él, su caminar ya no denotaba tristeza ni nada por el estilo; era casi milagroso ante los ojos de sus compañeros verlo en ese humor tan sólo días después de haber terminado su relación con Himawari cuando muchos hacían un examen de conciencia y se deban cuenta que ellos tardaban al menos varias semanas, con un golpe de suerte. Quienquiera que fuera la persona con la que él estaba, era un mago. Al final del día, Watanuki se dirigió a su casa sólo para cambiarse y comer un poco, además de saludar a sus espectros; después de cumplir con todo eso, salió de su hogar de nuevo al mismo lugar de la mañana. La señorita Ichihara estaba empacando todas sus cosas de una vez y empezó a cubrir ciertos muebles que se quedarían en Japón en su ausencia, y se preguntó cuándo sería que volvería y supuso que lo haría el día que superara y olvidara las heridas que le causó por accidente su mejor postor; pero entonces, se volvía a preguntar lo mismo: ¿sería ella capaz de perdonarse lo que hizo, y llegaría ella a ser perdonada alguna vez si Himawari se enterara? Algo que era definitivo y sabía que debía afrontar era el hecho que en su corazón siempre habría un estigma que, por más que lo intentara, no se borraría. Se subió al único sillón que tenía descubierto y se hizo un ovillo, recordando la escena de la mañana. Las lágrimas que caían en sus rodillas, directo de su barbilla, no le sabían a amargura; de hecho, por primera vez en un larguísimo tiempo, su llanto no tenía sabor a nada. No era una presión en su pecho que le quitara el aliento, tampoco era euforia, no era alegría ni tristeza… pero era algo cercano a ella.
—Te amo, Watanuki —susurró con una sonrisa—. Me pregunto si alguna vez llegaré a contarte la verdad de todo esto.
Mientras ella pensaba todo eso, Watanuki se hizo presente en el portón de su jardín y se sentó con la espalda recargada en la cerca, extendiendo su pie izquierdo para mayor comodidad; solamente esperó allí un rato, divagando en su mente y recordando cómo fue la primera vez que había visto a la maestra entrar a su salón con la figura tan eufórica y misteriosa que emanaba de ella. En cierta manera le era placentero pensar en todos los problemas en que tuvo que meterse por ella, incluso los celos que lo consumieron cuando se enteró que Domeki la amaba por igual y que tomó la decisión de irse de la escuela antes de tiempo. ¿Qué habrá sido de él desde el incidente de Himawari? Lo más seguro es que se encontrara estudiando en casa para poder entrar a la Universidad de Tokio.
Pero lo que no se imaginaba era que estaba en una gran equivocación al suponer eso.
Himawari le había pedido el día anterior por teléfono que si podrían verse unas horas para que él le enseñara un poco de trigonometría, ya que ella apestaba en ese tema porque no entendía nada. Los triángulos y sus funciones le pasaban por alto en su cabeza, y como él había tenido examen de eso, él era la mejor opción, ya que sus amigas de la clase estaban tan perdidas como ella; sin embargo, la visita rápida se convirtió en una especie de cita.
—¡Vaya, Domeki! ¡Eres asombroso! Contigo pude entenderlo todo, hasta nos dio tiempo de salir un momento —dijo alegremente la chica, sosteniendo un helado entre las manos.
Como Himawari entendió rápidamente el tema al enseñárselo Domeki, él aceptó a dejarla en casa, sin antes aceptar también dar un paseo por el parque; caminaban sobre las hojas ya secas, haciéndolas crujir bajo sus pies, hasta que decidieron sentarse para disfrutar el helado que le correspondía a cada quien.
—No. La verdad es que es fácil si piensas detenidamente en las fórmulas, no es la gran cosa —respondió serio.
—¡Ah, vamos! Pudiste aprenderlo de memoria junto con muchas otras cosas para el examen final para…
La chica calló al recordar la razón de que se adelantara su examen final: Domeki quería salirse de la escuela. Pero eso le llevó ciertos sentimientos a ella; nunca lo había notado antes, pero realmente lo extrañaba, su presencia le era necesaria en determinados momentos del día. Antes podía reír con Watanuki y Domeki juntos, pero ahora quedándole sólo la mitad del dúo, nada más era capaz de sonreír. No más.
—¿Graduarme de la preparatoria? —adivinó mirándola fijamente. Ella le respondió dejando la cabeza con la mirada hacia el suelo—. Vamos, no es tan grave.
—Bueno… al menos aún te puedo ver, ¿verdad?
—Emm… —balbuceó un poco nervioso Domeki—, claro, Kunogi. Puedes contar conmigo.
A esto, ella le sonrió dulcemente mientras deshacía su nudo en la garganta, lo miró fijo a los ojos y sintieron ambos un revuelco al corazón que les hizo estremecerse en silencio; pero sólo se quedaron comiendo el helado que tenían y decidieron no comentar nada al respecto, intercambiaban miradas de manera constante y discreta. Ni Domeki ni Himawari se habían dado cuenta, pero ambos se hacían falta el uno al otro. La calma que Himawari le transmitía a Domeki todos los días había desaparecido, y ahora sentía cómo se completaba el ciclo de serenidad y tranquilidad dentro de su mente y su alma; la torpeza de hablar ante otros de Domeki también le era extrañamente necesaria a su amiga, ya que parecía ser forzoso para ella el corregir a alguien en alguna forma de ser o reprimírselo con bromas, como lo hacía con él en el Instituto. Los silencios fueron alargándose a medida que avanzaba la tarde, mientras seguían y seguían hablando hasta percatarse del tiempo transcurrido entre las pláticas.
—¡Oh, rayos! ¡Ya se me hizo tarde! Tengo que volver a mi casa; adiós, Domeki —dijo apresurada Himawari mientras se levantaba y se tambaleaba para correr.
—¡Kunogi…! —exclamó alterado Domeki, tomándola por la muñeca— Yo… te acompañaré a casa.
—Domeki… Claro, gracias —respondió algo sonrojada y realmente feliz en su interior.
De regreso a casa de Himawari, ella revivió los momentos tan felices que había compartido con Watanuki de ese mismo modo: en una bellísima tarde a punto de terminar, caminando hacia el hogar de ella, compartiendo una charla agradable; a ella le daba mucho gusto ver que su acompañante le sonreía constantemente y de vez en cuando reía con ella, eso la hacía aún más feliz. Y recordó también la promesa hecha a Watanuki de hacerlo a él su primer gran decepción y su primer gran amor. No había pasado una semana, pero ya se sentía un poco mejor al pensar en él.
—¿Sabes, Domeki? Aún no puedo evitar ver al pasado con Watanuki y sentirme triste; sin embargo, ya no quiero estar con él otra vez como su novia, sin tomarlo a mal —continuó Himawari al llegar al porche de su casa, a punto de entrar por la puerta principal—. Es decir, ya no lo amo como antes lo hacía, para mí él es ahora sólo un muy buen amigo; no obstante, al verlo todavía siento cómo se acelera mi corazón poco a poco y se me dificulta ocultar la porción de odio que le tengo en contra, aunque sea mi amigo.
¿Rencor? ¿Amor? ¿Odio? ¿Cariño? ¿Qué debía pensar Himawari de Watanuki ahora que ya no estaba junto a ella del mismo modo de antes? Habían quedado en buenos términos, pero era notorio en los adentros de la jovencita que aún sentía algo por él con mucha fuerza. Lo malo era no saber qué era exactamente.
—Tal vez —respondió Domeki levantándole la cara dulcemente con la yema de sus dedos en su barbilla—, necesitas más tiempo para estar segura de lo que realmente pasa en tu mente. Nadie supera una ruptura tan rápido. Toma tiempo, y eventualmente todo estará bien.
Los ojos verdes de Himawari lo vieron con admiración e incredulidad. ¿Qué podías saber él si nunca tuvo novia?
—Pero… ¿cómo supiste lo que…?
—Sé que es increíble: yo también estoy enamorado de alguien; ella es casi inalcanzable para mí, pero si me es posible, quiero demostrarle lo que puedo llegar a ser por ella.
—Ella es muy, muy afortunada de ser la persona que amas, Domeki —dijo ella con alegría e ingenuidad.
—Si tú lo dices… Lo malo —prosiguió—, es que en realidad, su corazón no es mío. No aún. Por eso, quiero ser mejor para ella, y por ella acabé la preparatoria antes, y por ella aprobaré el examen del viernes.
—¿Examen?
—El de admisión a la Universidad de Tokio; es éste viernes.
—¿En serio? Entonces, te deseo lo mejor para que ella se dé cuenta de lo que sientes y valore todos tus sacrificios —mencionó animosamente Himawari—. Bueno, ya me tengo que ir. Nos vemos, Domeki, ¡suerte!
—Adiós, Kunogi. Gracias.
Himawari lentamente se acercó a Domeki y le estampó un dulce y corto beso en la mejilla a su amigo, provocando una reciprocidad por parte del muchacho; se sentía de algún modo aliviado por hablar con alguien, además de Watanuki, sobre sus asuntos personales. Yuuko estaba pensando aún en lo que sucedió en el frente de su casa con su amado, sintiéndose halagada porque alguien fuese tan leal con ella por primera vez en su vida; mientras que Watanuki seguía esperando afuera hasta que se dio cuenta de que debía volver a su departamento. A paso lento, tanto Domeki como Watanuki volvieron a sus hogares con la puesta del Sol y la salida de la Luna. Los sueños de esa noche fueron de los más dulces que los cuatro habían tenido.
Viernes
La mañana de viernes no difirió mucho de otras mañanas que pasaran antes, pero la fresca brisa que pasó en los primeros minutos del alba daba una sensación de bienestar al respirarlo. La misma rutina absorbió a Watanuki y a Himawari de camino al Instituto; él se detuvo para pasar a ver a la ex profesora, y ella fue directa a la escuela. Yuuko siguió empacando cosas y ordenando muchas otras. Domeki continuó estudiando para poder pasar el examen y probarle a todos que podía hacerlo bien y sin errores… O por lo menos con el puntaje suficiente para ingresar sin problemas. En un abrir y cerrar de ojos acabó la mañana. Luego llegó el mediodía y significó el gran movimiento de las mañas matutinas; Watanuki fue de inmediato a la casa Ichihara a esperar afuera del patio mientras ella intentaba distraerse y evitar el impulso de salir y abrazarlo, y Himawari fue a estudiar lo que Domeki le había enseñado el día anterior para después pensar en la charla del día anterior con su gran amigo. De vuelta en casa de Watanuki, los tres entes continuaban discutiendo el destino de los cuatro.
—Yo todavía creo que él puede ser feliz con ella, ¡todavía puedo sentir un amor en su punto más alto! Ella lo ama… —expresó Kohane abruptamente.
—¿Te encariñaste con él, verdad? —afirmó Ame Warashi con un tono duro de voz.
La pequeña no supo qué responder ante tal rostro firme y decidido, solamente se le quedó viendo al piso y pensó en las palabras que Watanuki le había dirigido con amabilidad en el poco tiempo que se conocían. La hicieron sentirse mejor. Pero deseaba estar con él en cuerpo y no sólo en alma; le era difícil no poder sentir su calidez y le desesperaba que él no pudiese sentir el suyo.
—Bueno… sí —dijo sintiendo la amenazante y desaprobatoria mirada de Ame Warashi sobre ella—. Pero bien sé que nada más podré estar con él con la forma de espíritu; pues, una persona que ha muerto no puede volver a la vida, aunque sea un deseo ansiado.
—Kohane… ¿en serio ni siquiera le dirás? —musitó Zashiki Warashi entrelazando sus propias manos.
—No tengo derecho a destruir su felicidad con una mujer que está viva, ¿o no? Yo lo quiero mucho, y es por eso que tengo que dejarlo ir con toda la dignidad que me queda —dijo, tomándose un pequeño respiro—. De todos modos, cuando ambos acaben juntos, yo me deberé ir; esa era mi única misión y por eso colocamos en sus manos la Ouija, aunque afectara también a los otros dos.
—Eso es verdad. Arriesgaste mucho con esa movida, Kohane, estuvieron a punto de morir; ¿y qué ibas a hacer si se moría la persona a la que debías ayudar para pagar tu deuda? —espetó Ame Warashi—. Recuerda que para que tu alma pueda descansar debes consumar tu deuda, ¡esto es lo que tú elegiste hacer!
—Entiendo, no hay excusas para lo que hice, pero no vi de qué otra forma pude haberlo hecho.
A estas palabras, Ame Warashi le dio la razón con un pequeño silencio, pensando en que no era fácil para un espíritu meterse en la vida de un humano. Le era complicado hasta para la mismísima "Niña de la Lluvia". Pensando y considerando esto, Kohane vio que su única opción era el método más arriesgado de un individuo; sin embargo, se dio cuenta que no sería tan difícil con tres chicos curiosos de preparatoria, y por eso, cayera en quien cayera su alma, iba a pagar su adeudo haciendo posible la mayor felicidad de una persona.
—Bien, dejando eso a un lado: ¿qué planeas hacer ahora? —preguntó Ame Warashi.
—Por ahora acabaré lo que debo hacer para descansar en paz y después… —pausó Kohane reflexionando sobre lo que vendría luego de que su alma pudiese descansar—. Vendrá lo que tendrá que venir.
Entonces, su charla había terminado entre ellas. Cuando Watanuki llegó a casa, Kohane lo recibió con una sonrisa enorme en la cara y platicó un poco con él.
—Oye, ¿y qué planeas hacer ahora?
—Hacer… pues supongo que seguiré yendo a casa de Yuuko hasta que me acepte como el amor de su vida —dijo entre risas el muchacho—, ¿por qué? ¿Te preocupa?
—No es eso exactamente, pero —le respondió con una mirada algo nostálgica la pequeña niña—, te ves muy determinado a hacer que te acepte. ¿Qué tal si algo sale mal? ¿Qué tal si de verdad te llega a odiar?
—Si ese fuera el caso, entonces sólo tendría una razón más para perseguirla el resto de mi vida: yo sé que ella me ama porque yo la amo. Puedo sentir su calidez todavía junto a mí —prosiguió—. Así es con todas las personas; claro que la calidez es diferente, el caso es que puedo percibir que una persona piensa en mí o sigue conmigo. Mis padres, mis abuelos, Himawari, hasta el idiota de Domeki; por eso, sé que aún me quiere tanto como lo hacía en un principio.
—Kimihiro…
Domingo
Después de una exhaustiva semana, el fin de semana había llegado. Tanto como los otros el sábado, la rutina de Watanuki no había cambiado en absoluto; sin embargo, el sábado pasó todo el día desde la mañana hasta la noche sin parar, y planeaba hacer lo mismo. Y estaba consciente de lo que seguiría. El lunes era su condena de muerte, pues ese era el día en que Yuuko se iría de Japón, y si para la mañana del día siguiente no la convencía de quedarse, no habría mucho qué hacer luego; lo peor es que ni siquiera tenía un plan. ¿Seguiría su vida como si nada hubiera sucedido? ¿Volvería a sumirse en la depresión? ¿Intentaría reconquistar a Himawari? ¿Tomaría un avión hacia Inglaterra para perseverar en sus tentativas de enamoramiento a su ex profesora? O una pregunta aún mejor, ¿qué tal si lo que Kohane le dijo anoche era verdad? Nunca pensó en la posibilidad de llegar a hostigar a su amada, mucho menos en qué hacer si lo odiaba; entonces probablemente no podría volver a verla jamás. Su instinto le había ganado y tal vez eso le hubiera costado el amor de su vida; un riesgo bastante desagradable, pero que decidió correr a ciegas y en terreno desconocido.
"Esta es la última oportunidad que tengo. Debo dar todo de mí mismo si la quiero de vuelta"
—¿Ya te vas? —le interrogó Kohane.
—Bueno, ¿qué puedo decir? Mañana se va a Inglaterra, por lo que debo persuadirla hoy de no irse.
—Ya veo. Te deseo la mejor de las suertes para que la tengas otra vez en tus brazos.
—Gracias, Kohane —le dijo suavemente y con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces se dirigió a la puerta para retirarse—. Bien, ya me…
—Kimihiro… ¿puedo… puedo ir contigo?
—¿Estará bien para ti, Kohane? —preguntó un tanto sorprendido por aquella petición.
—Está bien. Quiero hacerte compañía aunque sea un rato.
—Muy bien, pues, nos vamos ya.
Y la puerta se cerró detrás de ellos, en lo que Ame Warashi y Zashiki Warashi los miraban irse.
—Zashiki Warashi, ¿planea decirle?
—Emm… no… no lo sé, Ame Warashi… —tartamudeó la pobrecilla Zashiki Warashi.
—Jamás has sido buena para mentirme, ¿lo sabes? —explicó Ame Warashi sonriéndole un poco a su querida amiga—. Pero siempre has sabido guardar un secreto, por eso te niegas a decirme lo que te dijo Kohane, ¿cierto?
—B-bueno… ¿qué puedo decir? —respondió correspondiendo a la sonrisa de Ame Warashi.
—Vaya, que leal eres; no obstante y para ser honesta, no creo que sea fácil para ella decirle lo que realmente sucede y mucho menos para él tragar tanta información de una sola vez —expresó de una manera seria Ame Warashi—. Y de cierta manera, deseo que sean felices.
—Es que es inevitable; como ellos te quisieron tanto, se apegaron a ti, y creció un sentimiento en ti que te hizo desearles lo que ellos también te desearon —presumió Zashiki Warashi, tomando la mano de su compañera entre las suyas—. La gente lo llama "cariño", y a veces llega al punto que se convierte en "amor"; es por eso que existen esas sensaciones de estar con otras personas, queriendo que estén bien y que nada pueda dañarlos.
En todo el camino, Kohane fue hablando de cosas insignificantes con Watanuki para poder decir siquiera una cosa sobre su pasado. Ambos fueron sonriendo como idiotas. Pronto ella supo la mayoría del pasado de él, y él seguía ignorando el verdadero motivo de que ella lo acompañara; Kohane continuó acobardándose en cada oportunidad que se le presentaba. Cada vez le era más difícil poner en palabras lo que pensaba decirle.
—Aquí es, Kohane.
—Vaya, pero qué casa… —mencionó sin mucha sorpresa, casi con fastidio.
—Entonces, ¿puedo preguntarte algo, Kohane? —le pidió amablemente, sentándose en el suelo.
—Sí, ¿qué es?
—Me has visto salir de casa para venir a este lugar solitario en casi una semana entera y el último día que vengo, me pides acompañarme —dijo Watanuki mirándola directo a los ojos—. ¿Por qué?
Ella se quedó muda. El viento sopló una vez más, revoloteando el cabello negro de Watanuki.
—Sobre eso… hay algo que quisiera decirte. El por qué estoy aquí.
—Oh, la Ouija… No me arrepiento de haberla encontrado ni haberla jugado.
—No, es que… yo casi los mato. A ti y a tus amigos. Todo por consumir la deuda que tengo que pagar con mi alma —dijo interrumpiendo al muchacho.
—¿Matar…? ¿Deuda…? —murmuró confundido.
—Perdón, pero tenía que hacerlo… —aclaró sollozante—. No puedo entrar al cielo porque mis antepasados eran varios criminales y para salvarse de caer en el infierno fueron acumulando un "pago": la siguiente generación tendría que hacer posible la alegría de un ser humano para poder entrar al cielo. Pero todos los que han fallecido de mi familia han pospuesto esa deuda; entre todo eso, tuve un descuido y terminé muerta. Ahora yo estoy intentando cumplir tu deseo, pero para eso tuve que hacer cosas terribles de las que me lamentaré toda la eternidad, ¡per…!
Ella calló cuando Watanuki la abrazó gentilmente y comenzó a reír. Su reacción no era lo que Kohane esperaba, y por ello comenzó a llorar.
—No tienes de qué preocuparte; todo pasa por una razón y gracias a lo que hiciste, descubrí mis verdaderos sentimientos y aprendí a ser feliz a mi manera —le dijo—. Muchas gracias, Kohane.
—¿Eso significa que…? Entonces, ¿por qué…? ¡Ah! —silenció al sentir un dolor de cabeza tremendo—. Perdóname, Kimihiro, yo… ¡yo me tengo que ir! ¡Adiós!
—¡Espera, Kohane!
Pero en un abrir y cerrar de ojos, la pequeña ya no estaba, se había desvanecido. El muchacho, confundido y desesperado, se levantó de su lugar y se halló con la sorpresa de que Domeki estaba cerca de la casa Ichihara; nunca se lo hubiese imaginado: su enemigo en el amor merodeaba en el territorio donde vivía su Manzana de la Discordia, en el peor de los escenarios, para reclamarla como suya. Los celos fueron apoderándose de su cuerpo lentamente, pero supo controlarlos hasta el punto de casi no pensar en ellos. Poco a poco fue acercándose a él, y fue inevitable que al divisar a su amigo, Domeki alzó la mano para saludarlo; Watanuki no tuvo de otra más que devolverle el gesto e ir con él.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó Watanuki al estar frente a frente con su amigo.
—No mucho desde que me gradué. ¿Y tú? ¿Sigues apestando en Literatura o ya superaste tu problema?
—¡¿Cuál problema, idiota? Estoy perfectamente bien desde que te fuiste.
—Así que, ¿eso quiere decir que gracias a que me fui te dejé el camino libre? —dijo sarcásticamente Domeki.
—¡Absolutamente no, grandísimo pedazo de tonto! —respondió a gritos Watanuki, para tomarse un pequeño respiro después—. Y bien, ¿qué… qué tal la Universidad?
—Entraré a clases en agosto, pude pasar el examen de admisión.
—B-bueno… felicidades… supongo —murmuró—. ¿Le dirás? ¿Le dirás a la profesora Ichihara? Me refiero a tus sentimientos.
—Nunca te dije, ¿cierto? Ya lo había hecho en mi última semana de clases en el Instituto —al escuchar tal confesión, Watanuki sintió que el corazón se le detuvo momentáneamente. Domeki no le hizo caso a las facciones de su amigo y siguió hablando—. Sin embargo, ahora que entro a la Universidad, pienso que quizás me adelanté a lo que en realidad debía suceder; no arrepiento de nada, aunque cambiaron algunas cosas o me gustaría cambiarlas.
—Entiendo… entonces, eso quiere decir… —se forzó a preguntar— que… ¿la sigues amando?
—Sí. Pero será mejor que la deje ir —pausó—. Me enteré.
—¿De qué? —dijo, para hacerse el inocente.
—De que se irá a Inglaterra mañana; dicen que su vuelo sale temprano, a eso de las 9 en la mañana. ¿No lo sabías? —Watanuki mintió, negando con la cabeza tal información—. Bueno, era de esperarse de un idiota que sólo sabe hacerme gastar mi tiempo. Ya me voy.
Y dicho esto, caminó en línea recta sin mirar atrás y sin siquiera esperar una despedida formal por parte de Watanuki, solamente se marchó y no se detuvo; fue cuando el paso del tiempo le pegó en la cara al chico de ojos azules y le hizo dar cuenta de que sentado en la entrada de la casa de Yuuko no lograría nada más que ser un bulto en el espacio. Así que decidió tomar verdadera acción en su última oportunidad de alcanzar a su amor. Se metió en los jardines y cruzó ansioso el camino formado hasta la puerta de la señorita Ichihara, tocando varias veces la madera contra sus nudillos. La adrenalina y la rabia se habían apoderado de él y lo cegaron por completo, lo que causó que al momento cuando ella abrió la puerta, el desesperado muchacho se inclinó hacia sus labios y la besó una vez más; ella puso resistencia en un principio, pero al percibir de nuevo la tibieza que siempre sentía al besarlo, aligeró su cuerpo y esperó a que terminara el beso. En los primeros segundos después de besarla, Watanuki se separó lentamente de ella y tomó aire un par de veces antes de hablar; su mano derecha subió hasta tocar el rostro de su amada y la acarició con el pulgar, sintiéndola como suya nuevamente. Los ojos carmesíes de Yuuko se quedaron fijos en el suelo mientras intentaba mantenerlos allí, incluso cuando él la estaba observando con gentileza.
—Perdón por hacer esto, pero para mí era necesario hacerlo. Lo dije una vez y lo volveré a decir tantas veces sea necesario —dijo finalmente el enamorado chico con la vista puesta en el cabello negro de la enamorada profesora—. La amo porque me hace sentir vivo, la amo como nada ni nadie en el mundo.
Ella seguía recuperándose del shock del repentino beso. Watanuki rió un poco antes de alejarse un poco de su acompañante para dejarla pensar; dio un paso atrás y fue castigo suficiente para darse cuenta que no quería apartarse del cuerpo tan cálido de su ex alumno. Le era necesario en su vida. Ya lo sabía, pero nunca supo qué tan cierto era.
—Eres un gran idiota… Ya te lo había dicho, ¿no? —respondió algo tosca—. Me iré mañana; no insistas en esto, es imposible.
—Si… ese es el caso, tengo algo que preguntarte: ¿me amaste?
"¿Cómo puedes ponerlo en duda? Claro que lo hice. Siempre…"
—Te lo pondré así: ¿alguna vez nos viste un futuro? Yo siendo maestra, tú como estudiante; nuestro pasado juntos no fue más que un simple error por un capricho, ¡y yo…!
—Aún no me respondes —interrumpió el muchacho—. ¿Me amaste?
Yuuko se quedó muda, viendo los ojos del joven chico, hasta que aparecieron palabras en su boca.
—Yo… no sé… —tartamudeó para que él la escuchara—. Quizás lo hice… Pero, por favor, sólo vete. No quiero hacerme más daño del que ya me causé por mí misma. Vete.
La voz quebrada de la señorita la delataba como una mentirosa de primer grado y no le importó a Watanuki, es más, le alegró saber que lo que decía era mentira. Satisfecho con esa respuesta y esa breve plática, pudo irse en paz cuando el ocaso llegó, no sin antes estamparle un beso en la frente.
—Te amo —le dijo en voz baja.
El mañana que llegaría en unas horas sería decisivo para el destino de las cuatro personas que, por fortunas y azares del destino, fueron conociéndose profundamente a su propia manera. El amor que tanto había dolido, el odio que tanto había arrasado, las brisas que tanto habían estado presentes, las tormentas que tanto habían arrastrado, los pasados que todos conocían y también los que se desconocían, los presentes que estaban sucediendo, los futuros que eran ciertos e inciertos a la vez. Todo se resumiría a unas pocas palabras. A unas pocas acciones. A unos pocos roces. Lo que pasaría, pasaría; lo que no estaba destinado a ser, no sería; lo que se diría, se diría; lo que se callaría, se callaría. Permaneciendo en silencio, Watanuki miró a su ventana por la noche, acostado en su futón. Himawari cepillaba cuidadosamente su cabello, pensando en todas las cosas que habían sucedido. Domeki leía un libro sin prestar atención a las palabras y reflexionando de sus decisiones. Yuuko abrazaba el recuerdo de su amado y el eterno beso que le había dado; mañana se iría. ¿Qué sucedería si se iba… y regresaba a Japón demasiado tarde…?
