(xxxHolic y sus personajes son propiedad de CLAMP)

"Ella será amada" Capítulo 19: Una última oportunidad

Dime… ¿tú la amas?

El otro calló y se quedó reflexionando. Finalmente se abre su boca.

Sí. La amo.

¿Más de lo que hago yo? Responde esto: ¿qué has sacrificado por ella?

El interrogado vuelve a cerrar sus labios y se queda pensando.

He sacrificado mucho por ella. He ido en contra de muchas cosas sólo para estar con ella.

¿Cuáles?

Las relaciones más importantes que he tenido en mi vida. Una gran amistad y una de las personas más importantes que han estado en mi vida; a ambos los tuve que dejar a un lado, conociendo sus sentimientos y sus mentalidades.

Los dos se quedan viendo un rato a los ojos, sin moverse y casi sin respirar. Él aceptaba los afectos de su compañero, dando una señal de aceptación ante estos; sin decir nada, se dio media vuelta y se quedó paralizado.

¿Sabes algo? Ya quiero a otra persona.

¿A ella? Es buena chica. Cuídala mucho, por favor, te la encargo.

Entonces dejo en tus manos lo que sigue en tu camino con ella.

El otro se da vuelta y comienzan a caminar en direcciones opuestas con una sonrisa en el rostro, confiando en que el futuro es totalmente incierto e inesperado. A su alrededor, una niebla comienza a hacerse presente y con ella, varias voces al unísono. El volumen de los murmullos sube y sube hasta hacerse insoportable…


—¡Ah! —espetó Watanuki al despertarse abruptamente en la mañana del lunes—. Un sueño…

¿Estás bien, Kimihiro? —preguntó Kohane con aires de inocencia, acostada a su lado.

—Sí, está bien. Perdón por preocuparte.

El pobre chico tomó sus lentes y se volteó a ver la hora en su reloj de pared. Eran apenas las 5 de la madrugada. Frotó sus ojos con las yemas de sus dedos y se sentó sobre el futón con las muñecas soportando el peso de su cabeza, pensando en lo que pronto vendría en unas horas, viendo las posibilidades y las consecuencias que podrían venir después de la decisión que tomó de perseguir a quien más amaba; le era suficiente saber que ella lo quería del mismo modo que él hacía y, si se iba, que prometiera regresar alguna vez. Con esa imagen en la mente, se quitó los anteojos e intentó volverse a dormir, se acostó en el futón, dio vueltas por media hora hasta que concilió el sueño de nuevo; ese día no planeaba ni pasarse en frente del Instituto, sólo tenía en mente ir y convencer a Yuuko con las mejores palabras que saldrían de su corazón, y con suerte ella volvería con él. Kohane, mirándolo desde abajo, se preguntaba lo que también le esperaría. Acurrucada sobre su frío brazo, daba andadas en su cabeza imaginándose cómo sería sentir de nuevo el calor; ya lo había olvidado, pues llevaba muerta demasiado tiempo, y le emocionaba pensar cómo sería el cielo y todo lo demás. Bueno, eso lo sabría con una condición: que Watanuki fuera totalmente feliz desde que su alma se rompiera en dos con la muerte de sus padres. En el mismo segundo que se le cruzó ese pensamiento, se arrodilló ante lo que quedaba de luz de Luna y comenzó a rezar.

Por favor, esto ya no es para mí. Ya no más. Esto es por la persona a la que más he querido hasta ahora —susurró la pequeña niña—; quiero que sus deseos se hagan realidad, para que alcance la felicidad más plena en su vida.

¿No has pensado en alguna ocasión convertirte en su felicidad? —preguntó Zashiki Warashi, llegando por detrás de Kohane— ¿Lo has pensado?

Créeme que lo he hecho muchas veces, pero no me permito tener esa consideración. Y tú sabes por qué ni tú ni yo lo dijimos antes —respondió sollozante.

Sí… De hecho, yo nada más quería advertirte de lo que pasaría si lo deseabas así.

Si lo hago, sé que puedo quedarme con él aquí, consumar mi deuda y él sería feliz; sin embargo, tendría un alto precio a pagar —dijo aún con la voz quebrada—: nunca sería capaz de compartir su felicidad y mucho menos su calor, que es lo que más extraño en la vida. He estado fría mucho tiempo, así que decidí seguir mis sueños.

Kohane, ¿duele? —preguntó inocentemente la Zashiki Warashi, buscando la mirada de su compañera. Ella asintió, dejando correr unas lágrimas por sus mejillas; luego de verla enternecedoramente, la abrazó—. Te quiero mucho, Kohane, es por eso que hoy te diré dos cosas muy importantes. Uno, has madurado mucho y con eso es más que suficiente para entrar al Cielo; y dos… bueno, tengo prohibido decirlo, pero por ti, lo revelaré.

¿Revelar qué?

El destino que le sigue a esta triste historia de amor.

Zashiki Warashi… tú…

Y fue cuando Kohane puso atención a cada detalle que relataba Zashiki Warashi sobre los escenarios, las palabras, las expresiones corporales, los sonidos. Incluso salieron a relucir las razones, los pensamientos, las ideas, los pasados y los futuros. De repente, para la niña de ojos verdeazulados, todo tenía sentido. Estaba tan sorprendida que no habló en ninguna parte del relato y se quedó muda cada vez que avanzaba el tiempo; en su mente, las cosas que había experimentado y vivido se destruían y reconstruían a cada palabra que decía Zashiki Warashi; aún así ella deseaba saber más, y aunque la confusión quisiera hacerla gritar y mandar a callar a su amiga, no lo hizo.

La brisa de la mañana refrescó a cada ser que la sentía. Un aroma de humedad empezó a inundar al aire de las calles, lo que provocó optimismo en el joven Kimihiro, que iba saliendo para encontrarse con su amada. La energía brumaba su cuerpo y parecía que nada podría contenerlo o detenerlo en su camino. Fue corriendo gustoso a la casa de la señorita Ichihara con una alegría y entusiasmo enormes, además de que su sonrisa reflejaba todo lo que sentía; sin embargo, tomó un camino que era evidente que no conocía pero que él sabía que no estaba antes allí. Él siguió caminando a pesar de ser un lugar desconocido; fue adentrándose y adentrándose todavía más en un bosque que no parecía tener fin. Pronto, el confundido muchacho divisó una luz filtrándose entre las sombras de los árboles en el horizonte y se decidió a correr hacia ella para ver a donde lo llevaba.

—¡Ey! ¿Hay alguien ahí? —gritó al salir de los frondosos y verdes arbustos— ¿Dónde…?

Y de la nada, una figura familiar lo dejó peor que callado, pensó que el aire se le había ido de los pulmones de un solo golpe y que la lengua le había sido cortada; viendo de frente a un árbol de cerezo, con la mirada totalmente perdida y fija en las flores que brotaban de las ramas, se encontraba Kohane. No obstante, había algo en ella que se veía distinta. Toda su silueta había cambiado de una u otra manera, pero había "algo" que la difería en cualquier sentido. Su cabello estaba desatado, sí; también llevaba puestas otras ropas, y aún no era lo que Watanuki buscaba para diferenciarla de la persona a la que él había conocido antes con el mismo nombre. Esa niña, con pétalos de cerezo enredados en el cabello, volteó a verlo con lentitud y la misma mirada que le dirigía al frondoso árbol; ¡ya con eso, ya con eso! Era definitivo e indudable que esa niña era Kohane Tsuyuri, en vivo y en…

"E-espera, Watanuki, ¡es eso! ¡Kohane está…!"

—Kimihiro… —susurró la niña para el viento.

—¡KOHANE! —exclamó el muchacho emocionado, corriendo a tomarla en sus brazos. Cuando la tuvo apretada contra su pecho, supo que era de verdad…— ¡Estás viva!

La pequeña estuvo por soltar unas lágrimas y se contuvo para no alarmar a Watanuki; lo único para lo que no se contuvo fue para estrecharlo por igual, ya que para ella lo más importante era aprovechar el tiempo que tenía junto a él y poder sentir esa calidez tan tranquilizadora que siempre había deseado tener cerca de ella.

—Podría decirse que sí, sin embargo, esto es un sueño; y no cualquier sueño. Es el tuyo.

—¿Un sueño mío? —preguntó desconcertado el muchacho.

—Sí. No reconocías este lugar porque necesitaba hablar contigo; es como un "sueño compartido", pues el parque que ves ahora… —dijo en tono suave la niña—. Esta parte del sueño es mía, porque son mis recuerdos de cuando estaba viva; supongo que te alarmaste cuando no la reconociste, ¿verdad?

—Pues… debiste haberlo dicho antes, ¿no crees? —respondió sonriente el joven chico—. Me gustaría verte así todos los días; al principio pensé que eras otra persona.

—Es una ilusión creada por tus sueños y los míos; cuando despiertes seré la misma niña fantasma que conociste en un principio. Esto lo hice para poder hablar contigo; sólo con ese propósito lo hice —explicó seria, mirando fijo a los ojos azules de su compañero—. Quiero que comprendas cómo me siento en realidad, y quise que fuera en privado. Totalmente.

—Escucho.

Entonces, ambos callaron y dejaron que una corta ventisca los sacudiera un poco; no dejaban de verse directamente a los ojos, examinando cada cambio de facción; ¿eran nervios? ¿A qué tipo de preguntas y respuestas se estaban preparando? ¿Qué diría el otro? Un millón de preguntas similares cruzaron la mente de los dos en un solo segundo; hasta que Kohane fue la primera en hablar.

—Te dije que vengo de una familia en la que muchos fueron criminales y que tengo que pagar la deuda que todos ellos dejaron para que pueda entrar al Cielo. ¿No vas a preguntar nada sobre eso? —el chico negó con la cabeza—. Bien. Quisiera poder decir que ya cumplí mi parte, por eso te pregunto: ¿eres completamente feliz?

—He aprendido a conseguir mi felicidad, y si preguntas si soy feliz en este momento, lo soy. Más que nunca.

—¿Es verdad? ¿O te intentas convencer de eso? Una pregunta más —espetó sin darle tiempo de responder al confundido chico—. Watanuki Kimihiro: ¿me ves aquí?

—¿Pero de qué diablos me hablas? ¡Claro que te veo! Esa es la razón de que te abrazara: porque estás viva, al menos en este lugar —respondió sin balbucear una vez.

—¡Ese es el problema! ¡Eres capaz de verme! Mi deuda se cancela y mi alma es liberada cuando el humano al que elegí es plena y realmente feliz; yo todavía no estoy en el Cielo, eso quiere decir que sigues sin ser feliz —afirmó con algo de rudeza en el tono de voz la pequeña, en tanto el muchacho se quedó pasmado con la explicación que le acababan de dar—. Dime, ¿cuál es tu obstáculo para hallar la verdadera felicidad?

El muchacho se quedó con los ojos bien abiertos, analizando lo que le había preguntado tan repentinamente la pequeña niña; no se había detenido a pensarlo hasta ese momento: su felicidad estaba siendo impedida por algo, no podía sentirse lleno ni satisfecho aún porque se negaba a aceptar que hubiera una interferencia con su mayor alegría.

—Ella… se… —tartamudeó Watanuki mientras la realidad lo golpeaba en la cara—. Ella se va…

—Eso lo sé, Kimihiro. Por eso te traje aquí. Mira hacia allá —dijo suavemente Kohane, señalando hacia una casa.

El edificio era pertenencia de la señorita Yuuko Ichihara, donde él se sentaba todos los días para esperar una respuesta de su enamorada, fuera lo que fuera a decir su ex profesora; de repente se puso a pensar en todo lo que había sucedido desde la llegada de la misteriosa mujer a su escuela. Comenzó a preguntarse si había hecho bien o mal al elegirla a ella sobre todas las cosas que lo rodeaban, sacrificando otras más en el camino; aquello que conocía había cambiado o se reveló como algo nuevo, como una evolución de lo que ya era; Watanuki fue caminando a través del jardín de ese hogar al que sólo una vez se había atrevido a profanar en contra de la voluntad de Yuuko, Kohane le siguió el paso a cierta distancia, viendo y admirando la determinación de su persona más especial. El joven de cabello negro continuó su caminata hasta llegar al pórtico y colocó su mano en el pomo de la puerta, preparándose para lo que vendría; tomó un último respiro antes de entrar, giró la perilla un poco y fue empujando para abrirse paso en la casa. Se encontró con una sala de adornos sencillos y colores familiares, con muebles que estaban cubiertos por finas mantas blancas; entonces, mientras estudiaba los detalles, sus pies le ordenaron dar los suficientes pasos para husmear más en la vida de su amada mujer; unas escaleras de madera alfombrada lo mandaron al segundo piso. Kohane le jaló un poco la ropa cuando dio el primer paso para subir.

—¿Estás seguro de ir? Es bastante alta la probabilidad de que encuentres algo que no te guste.

—Sí, completamente seguro —le respondió con amabilidad y sin balbucear un segundo, dio media vuelta con la mitad de su cuerpo y tomó la mano de Kohane entre las suyas—; si encuentro algo que me desagrade, estoy listo para afrontar las consecuencias de lo que venga. Lo prometo.

Y con eso, agarró con una mano la cabeza de la niña y la acercó a él para estamparle un beso en la frente, queriendo apaciguar sus pensamientos e inquietudes. Dejó ir su mano amablemente y la pequeña se quedó al final de las escaleras, viendo cómo se dirigía a la planta alta; él se aferraba a cada paso al fino barandal, queriendo creer que había una mínima esperanza de hacer volver a Yuuko a su vida, aunque fuera la más diminuta posibilidad de convencerla de quedarse con él. El corazón empezó a latirle a un pulso sobrehumano y su respiración se agitó a tal punto que el aire se le iba seguido y debía tomar grandes suspiros, también comenzaba a sentir molestias en el estómago, manifestando su estado de ansiedad y nervios; ya estando en la planta alta el corazón fue bajando a su ritmo normal, pero aún estaba un tanto alterado por tener varias emociones de una sola vez; siguió caminando poco a poco hacia una puerta al final de una pequeña habitación. Cuando la vio de cerca, supo que estaba entreabierta y que solamente tenía que empujarla un poco. Tuvo que armarse de valor para poner su mano en la madera y todavía más trabajo le costó hacer un poco de presión en ella; no podía pensar en nada, todo le era muy confuso y complicado en ese punto; una luz blanca lo cegó un poco y lo obligó a cerrar los ojos por el gran impacto que causaba. Un esfuerzo más hizo que la puerta se abriera a su paso y una ráfaga veloz y ligera lo sacudió; al separar sus párpados pudo ver una habitación bien iluminada; una ventana abierta, inmensa que abarcaba casi todo un muro fue la que provocó aquella brisa de unos segundos atrás; el cuarto estaba escaso de muebles, que daba la impresión de estar vacía en su totalidad, a excepción de dos personas que estaban ahí. Ambos estaban sentados en unas sillas elegantes que se hallaban volteadas y mirando a la ventana, ninguno parecía notar la presencia de Watanuki, así que él se fue acercando en silencio a ellos. Al irse aproximando a esas dos personas, fue distinguiendo un poco sus características y supo en seguida que se trataba de un hombre y una mujer; pero se fijó en más detalles, pues le intrigaba saber quiénes eran, hasta que estuvo lo suficientemente cerca para observarlos mejor…

—M… mamá… y… papá… —farfulló sorprendido el chico al reconocerlos mientras esas dos personas volteaban la cabeza para confirmar lo que el joven había pensado—. ¿E-en serio son ustedes…?

—Kimihiro, realmente no nos has olvidado a pesar de estos años, ¿cierto? —respondió su madre sonriéndole.

Entonces, vio que su padre también lo veía gentilmente y le sonrió un poco, pues nunca había sido tan expresivo como su mujer; la madre de Watanuki se levantó de inmediato y lo abrazó con todo y esa calidez única en una mamá, provocando que su padre dejara su asiento y tomara en sus brazos a su familia de nuevo. El atónito e incrédulo muchacho tenía la mente en blanco y se quedó totalmente mudo al sentir de nuevo las caricias de su madre, que le desenmarañaba el cabello con suavidad y tranquilidad, con su respiración sobre toda su cabeza causándole una sensación de calma; además de recordar la torpeza que su padre al tener entre sus brazos a su hijo, siempre apretando de más o en una posición incómoda para el chico. Al poder sentir de nuevo la abrumadora ola de sentimientos de nostalgia de sus padres y sus afectos, los ojos se le pusieron como cristales y empezaron a brotar de ellos lágrimas que liberaban una presión que sentía el muchacho en su pecho; alzó sus manos un poco y se aferró a las ropas de su mamá con mucha fuerza, apretándola contra su cuerpo, haciendo que ambos padres lo estrujaran aún más entre sus brazos; a esto, empezaron una sensación de seguridad dentro de él acompañado de un sollozo un tanto más fuerte que el inicial. Su madre también sintió la tristeza de su hijo y soltó un par de lágrimas que cayeron sobre su primogénito; que fue finalmente capaz de articular palabra.

—¿Es… esto un sueño… todavía…? —logró decir entre llanto y llanto el muchacho.

—Sí, esto sigue siendo tu sueño —respondió su madre.

—Gracias. Han venido a ayudarme, ¿cierto?

—Watanuki Kimihiro, tu madre y yo siempre hemos estado allí, vigilándote —respondió su padre; así lo recordaba su hijo: callado, pero sus palabras eran las adecuadas cuando hablaba—. Últimamente has estado persiguiendo a esa mujer porque la amas, ¿o no?

—P-pues… sí… —admitió algo sonrojado y apenado el chico ante tal pregunta.

—Hijo, ¿qué deseas saber? ¿Qué deseas de ella? —preguntó su madre, separándose totalmente de Watanuki.

—Yo… yo quiero saber qué siente por mí. Esa es la verdad. Me da igual si se va o no; mientras sepa qué siente por mí, puedo dejarla ir si es necesario.

Sus padres, atónitos, lo miraron con los ojos muy abiertos; ellos esperaban una respuesta diferente: una como que no quería dejarla ir, que era la única persona a la que jamás iba a querer o algo por el estilo. No habían tenido en cuenta que el corazón de su hijo no tenía tales pensamientos ni deseos de retener a una persona para sí mismo si la persona que él amara no lo deseaba así o si ya tenía a alguien más a quien querer; él tenía la fuerza de voluntad suficiente como para vivir sin necesidad de reservarse personas o cosas materiales para él y solamente para él. Si Yuuko ya no lo amara, tendría que convencerlo de ello. La vería partir de Japón sin ningún remordimiento ni arrepentimiento de haberle confesado sus verdaderos sentimientos, porque a él le bastaba que ella supiera y estuviera consciente de lo que su eterno enamorado sentía.

—Entonces —empezó a hablar su madre, en un tono como susurrándole al oído—, ¿te gustaría que nosotros te lo mostráramos?

—¿Qué…? ¿Ustedes pueden mostrarme lo que ella…?

—Sí. Podemos hacerlo —respondió su padre, levantando su brazo para señalar con su índice la puerta por donde Watanuki había entrado—. Si abres esa puerta, verás todo lo que necesitas saber de ella.

Un silencio se hizo presente en la habitación. Watanuki no se lo creía. Su cerebro no procesaba lo que sus padres le habían dicho recientemente; le era imposible pensar que quizá ellos sabían lo que le seguiría para él y Yuuko.

—Perdón, pero no puedo aceptarlo —ante la resolución de Watanuki, sus padres se quedaron mudos y sólo lo vieron pasmados, sin creer lo que había dicho—. Esto es algo que yo quiero descubrir por mí mismo y también deseo que ella me lo diga; gracias, pero no lo haré así.

—Está bien —le dijo amablemente su madre, acariciando la mejilla de su hijo con el dorso de su mano—. Sólo que tienes que asegurarte de estar preparado para lo que pueda venir más adelante, ¿sí?

—Lo haré; es una promesa de un hijo a su madre. Gracias, papá, mamá.

—Bueno, ya es hora de que te vayas, hijo. Esperamos que te vaya muy bien; recuerda que siempre estaremos a tu lado, vigilándote —afirmó su padre—. De ahora en adelante, al igual que la pequeña que está allí abajo, podrás vernos cada vez que quieras.

—¿En mis sueños? —preguntó desesperado el chico, viendo a los ojos a su progenitor.

—No. Tú posees el don de ver a los espíritus —respondió gentil su madre—. Así que no te preocupes, ahí estaremos para ti, Kimihiro. Ahora ve con la niña y cumple lo que quieres lograr.

—¡Sí! Los veré luego.

Emocionado y eufórico, el joven tomó la perilla de la puerta; pero, se quedó paralizado, lo que desconcertó a sus padres.

—¿Kimihiro…?

—Sólo una pregunta más —dijo aún sin voltear la cabeza para ver a sus papás, que asintieron de acuerdo a responder—. La que me dio el don de ver a los espíritus, ¿fue Kohane?

—Es… es complicado. En teoría sí fue ella, pero fue más que nada por la Ouija —confesó su madre.

—Bien —dijo el muchacho, volteando su cabeza para ver a sus padres, sonriéndoles—. Me aseguraré de agradecerle por eso.

Y dicho esto último, giró el pomo y corrió por el pasillo para llegar a las escaleras y encontrarse con la niña de ojos verdeazulados, que lo esperaba paciente en un sillón de la sala. Cuando lo vio acercarse a ella, se levantó y recorrió unos pasos hasta él.

—¿Estás bien, Kimihiro?

—Perfectamente bien, Kohane. Ahora, vámonos de aquí. Tengo algo que hacer —dijo.

Una bruma grisácea los rodeó, cegándolos por unos segundos hasta que regresaron en la habitación de Watanuki; tanto él como ella estaban recostados en el piso, con los párpados sellados. La luz ya había salido y un sonido familiar llegó a los oídos del muchacho; era el timbre de su celular, así que lo tomó inmediatamente.

¿Hola? ¿Watanuki?

—¿Himawari? —respondió algo adormilado todavía.

Estaba preocupada porque no viniste a la escuela, ¿dónde estás?

—Eh… hoy no… hoy no planeo ir a la escuela, así que no te preocupes, ¿sí?

Vaya… así de simple me contestas después de haberme preocupado —mencionó divertida—. Bueno, siempre has sido así; cansado incluso después de haber dormido hasta las 8.

—Espera, ¿qué? —preguntó exaltado, buscando torpemente con las manos sus anteojos—. ¿Qué hora dices que es?

Ni siquiera eso sabes, dormilón. Faltan veinte minutos para las 9.

—Diablos, ya se me hizo tarde… Perdón, Himawari, me tengo que ir —dijo después de haberse puesto las gafas y confirmado la hora en su reloj.

Watanuki… —murmuró por el teléfono, haciendo que el chico se paralizara unos momentos. Ella sonrió para ella misma—. Mucha suerte.

La chica de cabello rizado colgó inmediatamente después de haber terminado su oración, sin darle tiempo a su amigo ni siquiera de reaccionar ante tales palabras, no hizo ni un sonido luego de aquella contestación. Él se quedó pensando a qué se referiría con esas palabras. ¿Ella sabía sobre lo que había sucedido? ¿O es que sólo lo sospechaba? Y, si se había dado cuenta de lo que existía entre la profesora y él, ¿desde cuándo lo descubrió o quién le dijo? Aunque pensó arduamente sobre ello, supo que para hacerse preguntas o hacérselas a Himawari, había mucho tiempo; pero para lo que tenía que hacer en ese instante, sólo había una oportunidad antes de las nueve. Decidido, se vistió, comió lo primero que se encontró y se volvió a su cuarto.

—Kohane, ya me voy.

¿Al aeropuerto?

—Por supuesto; estoy seguro que la recuperaré —afirmó con determinación.

Te deseo mucha suerte, Kimihiro. Cuídate mucho, ¿sí? —advirtió, sosteniendo su mano con gentileza.

—Gracias, cuídate también. Y bien, ¡adiós!

El muchacho salió corriendo sin más que decir, dejando a Kohane con una sonrisa en los labios, una que jamás había demostrado en su vida entera.

Creo que este es el fin del camino para mí. De ahora en adelante, todo depende de ti —farfulló la niña.

¿Está bien, Kohane? ¿Sin decirle nada? —le dijeron casi al unísono Ame Warashi y Zashiki Warashi, tomándola de los hombros.

Sí, está bien. Este era nuestro destino. Y, gracias a las dos, por haberme ayudado tanto; lamento los riesgos en los que se pusieron por mí. Siempre las recordaré.

Kohane, en cuanto se proclamen su verdadero amor, tú desaparecerás; ¿estás segura que no importa el no haberle dicho nada? —le preguntó necia Ame Warashi.

Segura, esto es como todo debía ser.

Te queremos mucho, Kohane, sé feliz en el Cielo —dijo suavemente Zashiki Warashi, abrazándola, ambas con lágrimas en los ojos.

Gracias, gracias; las quiero mucho —respondió dándoles un abrazo a las dos chicas.

Para ese entonces, la profesora Yuuko esperaba paciente en el sillón de su sala al taxi que la conduciría al aeropuerto; sólo llevaba una maleta con ella, pues era todo lo que ella necesitaría para quedarse en Inglaterra el tiempo que ella quisiera sin tener que volver a Japón. Se puso a pensar en las muchas locuras que había experimentado en el último año desde la demanda de divorcio que puso a su esposo en cuanto tuvo el valor de decirle lo que sentía por él en realidad; años de maltrato y silencio habían quedado en el pasado para ella finalmente, pero empezaba a preguntarse si con ello no habría traído para ella misma un nuevo tipo de sufrimiento: un amor real y completamente imposible, ¡y con uno de sus alumnos! Claro, nunca había hecho algo como eso en toda su vida. Sin embargo, ella pensaba que apartando el dolor que había sufrido con Watanuki por su propia culpa en sus acciones, era lo mejor que le había sucedido en la vida; aquellas caricias nadie las iba a igualar, esos besos eran únicos en su especie. Era amor, el mejor amor que pudo haber probado en toda su vida; porque, por primera vez, era correspondida a sus sentimientos sinceramente. El sonido repetido de un claxon la devolvió a la realidad: era ya momento de irse; así que tomó su equipaje y simplemente se fue de su hogar sin mirar atrás. Con la mano en la ventana del pasajero, fue viendo cómo los edificios pasaban ante sus ojos dejando pasar un poco de luz de Sol. En su mente aún pasaban las imágenes más felices de los momentos que había pasado con su primer verdadero amor, su primer cruce de miradas, su primer abrazo, su primera caricia, su primer beso; queriendo volver a la época donde lo había conocido, entonces hubiese dicho todo lo que tenía por decirle, quizás así sería diferente ese presente. Una lágrima no se contuvo en el borde de sus ojos y rodó por su mejilla lentamente, pero la secó con el dorso de su muñeca e intentó reírse de ello; no obstante, su historia de amor había acabado en un final trágico y con lo que había dicho, el daño probablemente no sería reparado fácilmente; por eso, debía apartarse todo lo que pudiera para recapacitar de sus acciones y darle un tiempo al corazón de Watanuki para sanar de sus heridas. Seguro ella no volvería antes o se detendría en ese momento. Ella no se lo permitiría ni aunque tenga remordimientos el resto de su vida. Finalmente había llegado a su último destino; el ruido delataba la presencia de aviones, ya era hora de irse de una vez por todas. Entró a la inmensa terminal, buscando la pizarra de despegues; el suyo seguía sin cambios: Vuelo 608 hacia Inglaterra a las 9 a.m. en la puerta 3, empezando a ser abordado.

—Bien, Ichihara, ve —se dijo para sus adentros.

Después de haber sido revisada en el detector de metales, la mujer inició una caminata a la tercera puerta, llevando en mano su maleta, sin prestarle atención a las demás personas; se preguntaba a dónde iría al salir del avión, en dónde podría rentar un apartamento, qué tipo de sitios visitar… en fin, pensaba en varias cosas a la vez para distraerse y no tomar en cuenta sus verdaderas preocupaciones aunque éstas siguieran en su mente, rondando cada espacio que pudiese quedar. Aún no tenía nada seguro para su futuro. Lo que ella quería era enmendar los errores que había cometido en un principio, y la única manera que había resuelto por el bien de ambos, era irse por un tiempo; pero tampoco deseaba estar ausente durante mucho, regresar y encontrarse con la sorpresa que Watanuki ya amara a alguien más, que sería el peor escenario de todos. Por eso estaba decidida a formar una nueva vida en otro lugar y esperar. Era todo lo que podía hacer estando en Europa, con Watanuki convencido de que su amor se había desvanecido, a pesar de que era la más grande mentira que ella jamás pudo haber dicho.

"En verdad espero que un día puedas perdonarme todo lo que te hice, Watanuki"

—Señorita —dijo una recepcionista, precisamente, la de la puerta 3—, ¿le toca el vuelo 608?

—Ah, sí, éste es… éste es mi vuelo —respondió algo exaltada.

—Su pasaporte y su boleto, por favor.

Obedientemente, Yuuko entregó los papeles y mientras la moza los revisaba, ella se volteó de momento y vio todo el mar de gente que estaba ahí. Ella era uno en un millón. Aun si su loco y estúpido amante quisiera buscarla, tardaría años en encontrarla, pues rápidamente se confundiría entre tantas personas; sería un milagro que se reunieran o si acaso se vieran. Un olor semi amargo llegó hasta ella, interrumpiéndola de sus pensamientos.

—Disculpe —dijo la profesora cuando le fue entregado su boleto—, ¿aquí hay café?

—Sí, si desea ir por él, está bien; el avión sale en 10 minutos —respondió amable la azafata.

—Gracias.

Yuuko fue rápidamente por un vaso de café instantáneo para calmar sus ansias y su sed, pues por repasar lo que debía llevarse y poner en su equipaje lo que le faltaba, a duras penas le había dado tiempo de comerse unas galletas para el desayuno; no tomó ni una sola gota de agua por la presión de tener que llamar a un taxi, de estar arreglada y de estar segura de llevar todo lo necesario; por todo ello, tuvo que aguantarse todo el camino de ida con la boca seca y sólo pudiendo tragar saliva como suplemento por el agua que no había bebido. Probablemente sí eran los nervios lo que la había distraído tanto de sus labores y responsabilidades. Ahora lo pensaría dos veces antes de tener que ir de viaje; a partir de ese momento, antes de hacer algún plan o compromiso, siempre haría una planificación previa, con horarios y todo lo que se necesitara. Mientras pensaba todo eso con humor, se le vino a la mente la voz de Watanuki Kimihiro diciéndole repetidas órdenes de no irse; se imaginó su rostro en ese momento, lloroso y destrozado por ella. Una canción familiar resonó en las bocinas del aeropuerto, era una canción que contaba bien lo que podría decirle en ese momento el joven enamorado a su única amada; Barcelona siempre supo qué decirle a Yuuko en cualquier situación. El piano comenzaba a sonar y parecía que era tocado para la maestra y sólo para ella, relatando su historia a través de las letras, para que todos lo supieran…

All those arrows you threw, you threw them away

You kept falling in love, then one day

When you fell, you fell towards me

When you crashed in the clouds, you found me

Esa voz tan lastimera en medio de un eterno llanto…

Oh, please don't go

¿Hasta cuándo llevaría el remordimiento y la culpa cargados en el corazón?

I want you so

—¡YUUKO! ¡YUUKO! —se oyó a lo lejos— ¡YUUKO!

I can't let go

Una mano fría la tomó por la muñeca, obligándola a girar su cuerpo, tirando el café al suelo.

For I lose control

Sus ojos se abrieron al descubrir que quien ahora la retenía era la última persona con la que ella esperaba encontrarse.

—Watanuki… —susurró con debilidad—. ¿Cómo pudiste…?

—¡No te vayas!

—¿Pero qué…?

Fue interrumpida abruptamente la oración de la señorita Ichihara que un pequeño jadeo se hizo presente en su voz. La causa de su nuevo silencio fue un repentino abrazo que le dio el joven muchacho; ella intentó forcejear en frecuentadas ocasiones, queriendo apartar sus cuerpos, pero él no la dejaba irse de su lado bajo ningún tipo de intento de distanciamiento. Al final, al ver que sus esfuerzos por quitarse de encima al chico eran en vano, cedió sin corresponder al abrazo aún.

Get these left handed lovers out of your way

They look hopeful but you, you should not stay

If you want me to break down and give you the keys

I can do that but I can't let you leave

—No te vayas… Por favor… —murmuró en el oído de la mujer.

—Perdón, pero tengo que irme.

—¿Por qué…? ¿Por qué tienes que irte?

—Lo nuestro es imposible; somos muy diferentes, venimos de realidades distintas. Mira: ¡realmente me tengo que ir! —hizo un último fallido esfuerzo por zafarse de los brazos del chico.

—Si… Si te irás sin importar lo que diga o haga, al menos respóndeme tres cosas: ¿volverás?

—¡No…! No… —sin embargo, la dulce mirada de su amado chico la hizo responder con sinceridad—. No lo sé en realidad…

—¿Cuál es tu propósito de irte?

—Yo… Quiero que sanen nuestras heridas, porque no me perdonaré fácilmente el hecho de haberme convertido en una amante. Destruí una relación… la tuya… —dijo con su voz a punto de desvanecerse.

—¿Hasta cuándo entenderás? —interrogó sarcásticamente el chico, abrazándola con más fuerza, provocando una sensación cálida dentro de la ex profesora—. No hiciste nada malo, en absoluto; el hecho de que termináramos iba a pasar tarde o temprano, era inevitable. Tú hiciste darme cuenta de lo que pasaba en verdad; gracias a ti, soy feliz, realmente feliz. Una última cosa: ¿me amaste alguna vez?

La misteriosa mujer se deshizo ante esa pregunta. La respuesta le era obvia, pero quería responder con otras palabras; no obstante, su boca le ganó antes que la mente pudiese reaccionar.

—Lo hago. Incluso hoy. Porque… yo siempre, siempre te he amado. Perdona que lo diga hasta ahora, pero desde el primer día en que te vi me enamoré de ti —afirmó con una suave voz, aferrándose a su acompañante—. Me subiré a ese avión, eso no cambiará; lo que quiero cambiar es el hecho de que quiero que sepas que te amo locamente, y que volveré. Definitivamente volveré algún día, no sé cuándo, pero primero deja que pueda perdonarme a mí misma de los pecados que cometí; solamente lo lograré si me alejo de ti por un tiempo, para no recordar el mal rato que te hice pasar.

—Entiendo —dijo suavemente—. Esperaré.

—En el tiempo en que esté fuera, quiero que tú también organices tu vida y me perdones por todas las mentiras que te dije para llegar a esto —pronunció con lágrimas brotando de sus ojos—. Perdón…

—Yuuko…

Oh, please don't go

I want you so

Un abrazo cálido, uno que perdurará para el tiempo de separación de ambos amantes o la eternidad misma, uno que jamás se borrará de sus memorias; uno que nunca estará de más, uno que siempre faltará en las noches de frío y será recordado en los días más calurosos. Uno que sellará su juramento de amor por siempre. Uno que seguirá vivo con la promesa del mañana.

I can't let you go

For I lose control

Última llamada para quienes vayan a abordar el avión 608 con destino a Inglaterra en la puerta 3 —resonó la voz de una trabajadora del aeropuerto—. Última llamada para quienes vayan a abordar el avión 608 con destino a Inglaterra en la puerta 3.

—Supongo que es hora de que te deje ir, ¿no? —mencionó Watanuki después de escuchar la advertencia.

—Sí, eso creo.

—¡Oh! Casi lo olvido por completo —dijo extrayendo un objeto del bolsillo de su pantalón. Una caja se hacía visible en la palma de sus manos; Yuuko no pudo hacer más que quedarse inmóvil y sorprendida mientras la caja que tenía Watanuki se abría antes sus ojos, develando un anillo—. Quiero que tengas esto.

—Watanuki, ¿no entendiste? Quiero distanciarme de los recuerdos que tengo de ti para perdonarme.

—Ah… ya veo… —desanimado, el chico fue cerrando la caja.

—Pero, ¿te parece si hacemos un trato? —propuso la mujer con aires de felicidad, mirando con melancolía a su amante—. El día que vuelva, podrás darme ese anillo; pero a cambio, me gustaría que…

Los labios de la profesora se movieron en lo que un avión aterrizaba en la pista que estaba al lado de ellos, dándole a entender nada más a Watanuki lo que deseaba por ese anillo que le quiso entregar. El chico sonrió y asintió con la cabeza, abrazándola una vez más antes de que se fuera por la puerta que la conduciría a su destino en Europa.

—Te amo —repitió por última ocasión el muchacho—. Cuídate mucho.

—Yo también te amo; prometo volver.

Y se dieron un beso final, lleno de pasión y cariño previamente a la partida de ella. Él la vio todavía, con una sonrisa en el rostro, irse con toda la alegría que siempre la perseguiría. Ahora lo sabía; lo único que deseaba saber y lo único que quería que le asegurara la persona que él ama, aquella persona que estaba subiendo a un avión para viajar y calmar sus pensamientos hasta estar segura de lo que haría; aún sentía la mano de esa mujer entrelazada con la suya, su boca en la suya, su cintura en sus brazos y los brazos de ella en su cuello, todo formando parte de un abrazo perfecto. Lo tranquilizaba pensar que un día regresaría para poder cumplir su promesa por el anillo, sólo así tendría la energía suficiente para vivir por años y quizá siglos, varios siglos más. La azafata recepcionista dejó el puesto en que estaba y se metió al túnel hacia el avión, cerrando la puerta de acceso tras ella, indicando que el avión despegaría dentro de poco; cuando el chico vio eso, le dieron ganas de correr y detener el despegue para quedarse con Yuuko, pero mantuvo la cordura y se recordó a sí mismo que sus sentimientos la alcanzarían poco a poco y con paciencia, esa era la única forma en la que ella regresaría a Japón. Simplemente: con paciencia y fe. El chico dio media vuelta y empezó a caminar de vuelta a casa, dejando atrás a la gente que se encontraba en las salas de espera, a las que recibían personas en las puertas de los vuelos, a las que compraban cosas para matar el tiempo. En la pizarra que marcaba el vuelo, su destino, horario y estatus, algo había cambiado. El vuelo 608 hacia Inglaterra programado para salir a las 9 de la mañana, ya no estaba abordando, se encontraba en pleno despegue; al ver esto, Watanuki reaccionó casi por instinto y corrió hacia la puerta de entrada y cruzó la calle donde se estacionaban automóviles, taxis y autobuses; buscó un lugar donde se viera cómo se iban los aviones. Entonces vio el avión impreso con el número 608 en un ala irse poco a poco, elevándose cada vez más en los aires; fue ahí que Watanuki, por alguna extraña y misteriosa sensación que ni él se explicaba, comenzó a sonreír al verlo partir; de algún modo se sentía bien. El joven muchacho emprendió de nuevo una caminata para marcharse a su hogar, renovado de esperanzas y con nuevos ideales en mente. La mujer se recargó en una ventana y acarició con la yema de sus dedos el marco de ésta, recordándose que en ese lugar había creado malos y buenos recuerdos, las peores decisiones las había tomado allí, las mejores acciones las había hecho allí; pero lo más importante para ella era saber, que a pesar de todo lo que había sucedido, nada borraría las memorias más dulces que jamás pudo haber pedido. Estando con Watanuki había sentido el amor por primera vez. El verdadero amor no la dejaría nunca más. Así fue que llegó al punto de ver pasar sus recuerdos con él en su cabeza, desde la primera vez que se vieron; así siguió sonriendo mientras pensaba en todo lo que él había hecho con y por ella, hasta llegar a ese día. Escuchó esa voz que le calmó en días agitados, diciéndole que la esperaría y que deseaba que se quedara con una pieza de joyería que tenía; fue que puso una mayor sonrisa en su rostro. Ella volvería por seguro, sin saber cuándo ni por qué, pero llegaría el día en que regresaría para estar al lado de la persona que más amaba en el mundo entero; él esperaría por aquel día pacientemente, viendo siempre al horizonte, esperando sentir una vez más entre sus brazos a aquella persona que le devolvió las ganas de vivir.

Sus últimas palabras: "Volver a cambio de una promesa eterna".


Notas de la autora:

¡Chicos! ¿Cómo están? Ojalá estén muy bien, y sólo paso por aquí para avisar que éste es el último capítulo oficial de "Ella será amada"; ¡sin embargo...! Como está muy inconcluso el final y todavía quedan muchos cabos por atar y aún más preguntas sin responder, haré un capítulo 'extra' por decirlo así. Pero he de advertirles que probablemente lo saque entre mediados de agosto y principios de septiembre, pues empezaré primero de preparatoria, y pues, tengo que estar en constante estudio.

Sobre la canción que aparece en el Fic; se llama Please don't go y (como se menciona antes), la canta Barcelona.

Ya que estoy aquí y antes de que se me olvide, quiero darle las gracias:

× A todos los seguidores de esta historia: son los primeros, pues ustedes me dieron todo para que pudiese seguir con esta historia, dándome esperanza e inspiración.

× A mis papás: me dieron muchos permisos para quedarme en la madrugada para escribir los capítulos y respetaron mi ley de no leerlos, ¡los amo!

× A mi hermana: que me compartió sus muchas historias de amor y me dieron la base para muchas ideas del FanFic.

× A mi querida amiga Triki: me ayudó en muchas partes y me destrabó cuando estuve estancada dentro del vacío de mi mente, además de muchos otros problemas.

× A Vv-saya-vV: tus palabras me sacaron una sonrisa del rostro y agradezco que fueses tan fiel al seguimiento de mi historia; eres como mi amuleto de la suerte, ¡gracias!

× A Sergio: tu fuiste el que más inspiración me dio con el tiempo que pasamos juntos; gracias por proveerme de ideas, ¡espero que te vaya bien en le prepa!

En fin; ¡nos leeremos la próxima vez! ¡No se lo pierdan!