Holaaaaaaaaaaa a todas :D! Aqui les traigo un nuevo capitulo, esta vez desde la perspectiva de Tsumugu. Seran intercalados, por si las dudas! Bueno espero les guste!
Anhelo
La primera vez que logro entablar una conversación con la muchacha de ojos color mar y cabello lavanda, ella no fue más que un manejo de nervios y timidez. Miro al suelo, agradeciéndole por haber construido amablemente aquel pequeño estanque para ellos, mientras se encogía sobre si misma murmurando palabras que a sus oídos les tomo un tiempo captar.
No fue un gran acontecimiento cabía mencionar, pero era la primera vez que intercambiaban palabras sin el resto de los chicos pululando a su alrededor.
La segunda vez fue aquella en donde escucho a la jovencita que él creía tan dulce e inocente, rogar a su amigo que no contara a nadie la verdad sobre el incidente con la ojoshi-sama; pues no deseaba ver como Hikari terminaba siendo lastimado por los demás.
Quería mentir. Mentir para proteger a alguien más.
No estaba en su naturaleza ser mentiroso; odiaba las mentiras, y terminaba por alejarse de aquellos quienes la profesaban. Sus padres se habían marchado lejos del abuelo fingiendo otras razones y aquello termino por hacerlo detestar todo lo relacionado al tema. Pero algo ocurrió en él, en ese instante, pues lejos de alejarse termino por inmiscuirse entre ellos dando su opinión deliberadamente.
No era su problema, no debía escuchar su discusión, pero aun así termino metiéndose en el ojo del huracán. ¿Resultado? Ella termino recriminándole y huyendo molesta, mientras de alguna forma comenzaba a sentirse culpable por sus palabras.
¿Fue aquello tener poco tacto? Quizás.
¿Fueron muy directas sus palabras? Puede ser.
¿Existía entonces una diferencia descomunal en sus personalidades?
Era evidente.
Precisamente por esa desigualdad entre ambos siempre se daban este tipo de situaciones, en donde él decía lo que creía correcto y ella arremetía para protegerse.
Como olvidar aquella vez en donde el ena de la fémina comenzaba a necesitar de agua y termino llevándola a orillas del mar. Como siempre, sus palabras directas podían ser al mismo tiempo… hirientes. Siendo precisamente ese el efecto que causo en Chisaki. Nuevamente huía, y nuevamente el se sentía incomodo, inquieto por este hecho.
Así sus interacciones siempre pululaban entre el odio y la ¿… amistad? No podría definirlo bien.
Sin embargo algo si podría afirmar.
De algún modo u otro, sus ojos siempre terminaban siguiendo a la joven de maneras dulces y temperamento peligroso.
Sentía, por aquel entonces, el anhelo confuso, extraño de protegerla de todos y todo; pero por sobre todo, de protegerla de ella misma. De esa habilidad con la que se autodestruía, recriminando siempre, cada vez, a su personalidad débil y mediocre. Todo el tiempo se culpaba, lloraba, y se acongojaba.
De algún modo quería, deseaba que la muchacha de triste sonrisa, sonriera honestamente. Sincera. Dulce. Como era en su verdadera naturaleza.
"A mí no me desagrada como eras ahora."
Pero ella parecía no querer escuchar…
Cuando ocurrió la tragedia del mar, ella no soporto el dolor de perder a todos. Lloro como nunca había escuchado llorar a alguien, abrazándose a sí misma, buscando un consuelo que sabia nadie podría darle. Ni siquiera el mismo. La imagino tantas veces acurrucada entre sus piernas, con los ojos hinchados de tantas lágrimas y nombrándoles entre susurros mientras el pecho dolía de tanta tristeza.
Eso lo despedazo.
No estaba en su personalidad ser el que entraría en su habitación y la rodearía en un abrazo desesperado, ni tampoco saldrían de sus labios palabras dulces, alentadoras. No. No podía hacer más que ver como ella se hundía en sí misma.
Quería protegerla, pero no veía forma de lograrlo.
Es por eso que lejos de consolarla con dulces abrazos y palabras que no serian de él, decidió permanecer a su lado.
Silenciosamente seguía sus pasos, la protegía desde un rincón, le ayudaba cuando lo requería. Siempre junto a ella, acompañándola en esta etapa tan dolorosa. Muchas veces sentía que la paciencia se largaba dejándole una frustración de los mil demonios, pero se contenía. No era él si dejaba que las emociones lo dominaran.
Intento, por todos los medios, evitar que en esos años sus sentimientos tomasen mas fuerzas de las que ya tenían.
Sin poder lograrlo.
Pues mientras mas estaba a su lado, más evidente se hacía, lo que guardaba bajo mil llaves. Mientras más disfrutaba su compañía mas dolor le provocaba. Conforme transcurrían los días no dejaba de sorprenderlo, revelando uno de los mil matices que poseía.
Era increíble la facilidad con la que su ceño se fruncía cada vez que la picaba con cualquier detalle simple. O el cómo acariciaba su cabello cuando en su cabeza calibraba algún problema. Lo delicada y perfecta ama de casa que resulto ser. La manera en que sus ojos se desviaban cuando se sabía culpable de algo. O la forma en que sus mejillas se sonrojaban cada vez que el, en un descuido, rosaba su suave piel.
Tantos, tantos detalles que lentamente fue grabando en su memoria.
Si ha de sincerarse consigo mismo, debía admitir que francamente le encantaba todo de ella. Desde su pálido tono de piel, que de vez en cuando veía brillar por los rayos del sol; su cabello suave y sedoso, sus orbes tan azules y profundas como el mismo mar. Las curvas peligrosas. El aroma que desprendía de su cuerpo, su sonrisa y su voz, ambas igualmente dulces. Todo le fascinaba a un punto desquiciante.
Y eso a veces le perturbaba.
Anhelaba tenerla entre sus brazos. Tocarla. Besarla. Y cientos de cosas más que en su vida imagino querer de una mujer. La quería suya. Que sus sonrojos sean por él, que su cuerpo se estremezca cada vez que el la acariciase, y que no sea otro que el mismo, quien ocupe sus pensamientos. Aun cuando sabía que no sería nunca de esa forma.
Los celos, el dolor, la alegría, todo se mezclaba en su interior.
Era tanto lo que anhelaba de esa mujer que el mismo parecía aturdirse en aquel remolino de emociones
¿Esto significaba amar a alguien?
Un si escapo caprichosamente de su conciencia.
Muchas veces se vio a si mismo reflexionando acerca de sus sentimientos. Si sería correcto o no confesarlos, demostrarlos. En todo este proceso las emociones alcanzaron muchas veces su límite, desbordándolo y frustrándose al no poder hacer más que mirar desde un rincón. En más de una ocasión pensó que aquello definitivamente no lo llevaría a nada más que al sufrimiento, que quizás debía rendirse... pero bastaba que ella lo mirase, le hablara, o simplemente le dedicara uno de aquellas sonrisas y simplemente lo desarmaba.
No había más que hacer.
Estaba enamorado de la chica temperamental.
"Porque el amor es como el mar.
No es solo diversión y alegría. También debes aceptar el dolor, la tristeza y otras cosas..."
¿No habían sido esas sus propias palabras?
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Acomodo el bolso sobre su hombro, mientras ocultaba su mano izquierda dentro del bolsillo de su pantalón. Escuchando a lo lejos la voz robótica que anunciaba la estación en que haría su parada. Aun cuando el ya la sabia de memoria, fue reconfortante el saber cuál sería su último destino.
Afuera se veía los trozos de nieve cada vez más pequeños, y estos flotaban suavemente sobre el mar. El brillante astro se reflejaba sobre el mar dándole un aspecto impotente, pero sutil al mismo tiempo, y el agua se mecía calmada, tranquila. Ya casi parecían no quedar rastros de la segunda ceremonia hace ya 3 años.
Sonrió nostálgicamente al recordar aquellos tiempos. A pesar de todo, fue una experiencia increíble como científico y ser humano; se había pasado tantos años soñando con ver y sentir por si mismo lo que leía y escuchaba acerca del mar.
Cuando pequeño a veces dudo de haber tomado la decisión correcta al quedarse, pero ahora mismo sentía que definitivamente no pudo haber escogido mejor. Y quizás quebró las relaciones con sus padres; pero al mismo tiempo gano todas esas experiencias con los 4 shioshishio.
Y por sobre todo obtuvo algo mucho más importante...
En medio de sus divagaciones el tren se detuvo.
Sin darle mucho tiempo para reaccionar, las puertas se abrieron, y la voz del parlante comenzó a recordarles acerca de las precauciones correspondientes al bajar. Pero el no presto más atención. Sus pies demarcaron el camino hacia donde sabia, ella estaba esperando.
Ni muy rápido ni muy lento.
A su propio ritmo, como siempre había sido.
Rodo los ojos por el lugar, de manera disimulada recordándose que efectivamente habían quedado en que ella vendría a su encuentro. Continuo en su búsqueda, notando a una familia entera prepararse para abordar el tren. Les iba a seguir con la mirada, hasta que noto por primera vez a la figura tras ellos.
Agrando sus ojos suavemente, y estuvo tentando a sonreír.
La vio. De pie. Tímidamente sonrojada. Con el cabello largo y resplandeciente, la mirada dulce atenuada por la leve adultez, un vestido ceñido al cuerpo dándole aun mas ese aire de mujer que simplemente le encantaba. Allí se encontraba, entre la escasa cantidad de gente, estaba la mujer que le había esperado por tanto tiempo.
El pecho se le contrajo de alegría, y no pudo hacer más que rodearla en un fuerte abrazo. Sujetarla de la cintura y acariciar sus labios de la forma más anhelante posible.
-Tsu-tsumugu... -susurro ella con la cara ardiendo en vergüenza.
Cuando la escucho llamarle, se aparto suavemente para observarla. Bajo la vista hasta su rostro, deteniéndose justo ahí. La miro. Con la mirada baja, y un brillo precioso en ellos. Avergonzada pero agradecida por sus mimos. Tan linda que casi por inercia atrapo uno de sus mechones rebeldes entre sus dedos, acariciándolo distraídamente. Se mantuvo de esta forma por largo rato, deleitándose con el placer culpable de verla ofuscada y tímida.
Por él.
Comprendió lo mucho que anhelaba su compañía. Y que a pesar de haber pasado horas con la nariz entre un libro, o estudiando a su amado mar, nada lograba quitarle el anhelo de tener a esta mujer entre sus brazos
La muchacha pestañeo repetidas veces tratando de aguantar su mirada, sin lograrlo con mucho éxito. En uno de esos descuidos le sujeto de la barbilla para que le mirase directo a los ojos. Y finalmente sus labios se curvaron lentamente, dedicándole una de sus mas resplandecientes sonrisas que desde un principio le pertenecieron solo a ella.
-Tadaima, Chisaki.
Continuara...
Próxima Palabra: Temor.
