Buenooo... Voy a continuar el fic, xDDD hoy estuve trabajando duro y me merezco un merecido reposo, y como supongo que muchos entraréis a clase el lunes, hoy habéis estado realmente tranquilos, me sentía sola en el grupo SIGH. Así que me voy a poner a seguir escribiendo la continuación del paso por el ejército de Hanji... espero que os guste, os lo dedico a vosotros del grupo de facebook /

.

.

.

No podía tener un aspecto más ridículo, pensaba la mujer mientras observaba al pequeño hombre. Ante sus ojos se encontraba un hombre con un corte de pelo recto y abierto hacia un lado, parte del peinado más corto que el resto, con la nuca rapada. Su cabeza se le antojaba algo similar a una seta. Y se incrementaba debido a su escasa estratura.

Luego estaba su vestimenta. En la milicia lo único que podías variar según tu comodidad era la prenda que llevabas bajo la chaqueta. Hanji vestía una camisa amarillenta y desgastada, el llevar algo bonito no le importaba demasiado, la comodidad era lo primordial para ella.

Su superior, Erwin, llevaba una camisa blanca de lino algo holgada ... Pero, aquel chico... vestía una camisa de un blanco tan notable que prácticamente deslumbraba y por si fuera poco de su cuello colgaba un pañuelo perfectamente anudado.

¿Pretendía dar una imagen aristocrática? Le parecía absurda su vestimenta dado su historial. Seguro que sería increíblemente gracioso ver a ese hombre, tan "elegante" partirle la cara a alguien con la rodilla.

Reprimió una risa y se fijo en su rostro. Tenía unos penetrantes ojos grises, prácticamente parecía no parpadear. Quizás fuera esa mirada lo que le había hecho tener tantos enemigos. Y por extraño que pareciera, más que miedo, sentía curiosidad por saber como alguien de su edad había llegado a alcanzar ese extraño gesto en su faz.

Su capitán le había presentado al muchacho, pero ella no podía ni abrir la boca, todo en ese hombre se le antojaba irreal, surrealista. Él tampoco decía nada, se limitaba a mirarla de arriba a abajo. Pasado un rato, Erwin hizo un ademán para que saliesen de allí. Ninguno de los dos necesitaba conocer nada más del otro.

Tras varias visitas al dispensario de ropa, donde recogiesen los útiles del chico, y aquellos bienes imprescindibles para su cohabitación; sábanas, edredones, ropa de abrigo, etc, se dirigieron al edificio de madera. Hasta ese día, el antiguo y olvidado, barracón de mujeres C.

Para no causar la furia del muchacho, le dijo que pensaba convertir ese barracón prácticamente vacío e inhabitado en una sede donde poder planear estrategias más libremente sin necesidad de molestar al resto de los soldados inferiores. Por lo que solo unos pocos podrían vivir allí. Aquellos de mayor rango, algunos capitanes y líderes de escuadrón; y ellos tres.

La sola idea de sentirse superior a sus compañeros sin apenas haberlos conocido parecía agradar al hombre. Una astuta idea. Cada día su admiración por aquel hombre crecía más y más.

Hanji sujetó la llave del barracón, dado que era la única que la tenía, y abrió la puerta. Una nube de polvo salió del lugar inundando sus fosas nasales.

-H-Hanji... pensaba que mantenías este lugar limpio como se te había indicado - acusó el capitán tapándose la boca para poder respirar.

-B-bueno, la verdad es que llevo ya varias semanas sin limpiar. He estado ocupada con unos nuevos estudios y la verdad es que no me he preocupado demasiado de ello – disimuló con una sonrisa fingida mirando al lado.

Ambos dirigieron su mirada al joven bajito para intentar excusarse por el desastre, pero mantenía su mirada fija sin atreverse a entrar. De repente, se agachó y se puso a buscar algo entre sus pertenencias, sacando una especie de pañuelo blanco y lo anudó en su cabeza protegiendo su pelo. Hanji le miraba sorprendida, ese chico podría ser aún más raro de lo que ya parecía.

- Me esperaba algo así – se agachó sobre su maleta buscando algo con lo que cubrir sus manos, tal vez unos guantes de goma - ¿A qué esperáis? Traed cepillos y mopas. No pienso dormir en un sitio tan mugriento.

-Ah, si... esto, Hanji, por favor, trae todo el material de limpieza que haya disponible - Hanji le miraba con ojos como platos, ¿de veras se iban a poner a limpiar justo en ese instante?

.

.

.

Para antes de que se diera cuenta, se había quitado la chaqueta, y llevaba las mangas arremangadas. Estaba agachada sobre el suelo limpiando las losas del baño común. Hacía mucho tiempo que no limpiaba tan frenéticamente. Pero Erwin había insistido en hacer caso al chico para que no ocurriesen problemas.

Era cierto que el barracón estaba polvoriento y deteriorado y que necesitaba una limpieza urgente, pero lo que estaban haciendo era excesivo. El muchacho no dejaba pasar ni una sola mota de suciedad.

Mientras ella limpiaba esa zona, el capitán y el muchacho ordenaban las habitaciones. El baño desde luego no era muy grande, pero el trabajo era igual de tedioso. Abrió una de las duchas para eliminar el jabón que había por el suelo para que llegase al desagüe y soltó el paño gastado que había utilizado sobre un estante cercano.

Mientras observaba el agua fluir, tuvo un extraño pensamiento. Ella: una mujer. Ellos: dos hombres. El resto de superiores que se incorporarían poco a poco a aquel sitio también serían hombres, probablemente. Una sola zona de duchas. Las cuales apenas podían ser llamadas de esa manera. Sobre un área de unos 20 metros cuadrados, se disponían una serie de grifos en línea recta. Bajo cada grifo el desagüe correspondiente.

Ni paredes ni puertas de separación. En el extremo opuesto de la zona, se encontraban unas banquetas con unos ganchos dispuestos sobre ellas. Cuando había habido mujeres en ese barracón (que habían sido pocas) solían turnarse entre ellas, bañándose de 3 en 3 para no avergonzarse al tener que estar todas desnudas juntas al mismo tiempo.

Ese tema nunca le había importado a Hanji, el mostrarse frente a sus compañeras nunca había sido un problema. Pero ahora su pudor lo veía desde un cariz diferente.

En primer lugar, el hombre que la había rescatado en su niñez y por el que había llegado a sentir un profundo y gran respeto. No quería ni imaginárselo desnudo. Y luego estaba el otro. Sin duda no quería que ese hombre tan insolente y desagradable la viese sin nada cubriendo su cuerpo. Probablemente se burlaría de sus heridas o sus cicatrices. O, dado su historial, probablemente aprovechase su fuerza para...

Prefirió alejar ese pensamiento de su mente. Por lo poco que había podido observar en él, no parecía el típico hombre que pudiese estar interesado en nadie más que en su propia seguridad. Tan solitario y confuso.

Además, su obsesión repulsiva por la limpieza le recordaba a aquel hospital pulcro e inmaculado donde vivió su propio tormento. Sin duda, sabía que no iba a soportar a ese hombre. Mucho menos pensaba compartir aquella área con él.

Aunque en cierta manera le recordaba a la vieja Hanji seria y malhumorada. ¿Qué le habría pasado a ese chico para terminar así? ¿Qué clase de traumas albergaba?

-¡Zoe! ¿Has terminado aquí?- le interrumpió su capitán apartándola de sus pensamientos.

-Ah, no, aún me queda un poco, pero termino enseguida.

-V-vale...es que - Hanji observó como su capitán desviaba la vista al suelo avergonzado, ¿habría llegado a la misma deducción que ella con respecto al baño? - Nosotros hemos terminado las habitaciones y Rivaille ha salido a frotar las ventanas por fuera. He conseguido disuadirlo, pero será mejor que vayas a tu habitación antes de que decida revisarlas todas. Yo terminaré aquí, ¡anda ve!

Salió corriendo despavorida, claro, ¡su habitación! Debido al trabajo, presentaba un aspecto completamente desordenado. No le importaba que nadie fuese a arreglarle y limpiar el sitio donde se alojaba, pero ni de broma quería que ninguno de los dos viese ninguna de sus pertenencias. Tenía demasiados secretos allí escondidos.

Abrió la puerta de un golpe y cerró apresuradamente sin preocuparse del ruido que pudiera generar.

Tal y como la había dejado aquella misma mañana, completamente desordenada. Su ropa interior estaba revuelta encima de un viejo cesto que utilizaba para llevarla a la lavandería en sus días libres.

Cientos de libros adornaban su escritorio abiertos y con anotaciones y papeles sobre ellos. Y, lo que más le avergonzaba que viera su capitán. Un viejo albúm de recortes de periódico donde se hablaba de todas las misiones en las que había participado con él.

Lo solía mirar cada noche, eso la animaba a seguir trabajando duro y a esforzarse más cada día. Abrazó el álbum con fuerza, mientras un leve enrojecimiento se apoderaba de sus mejillas. Sabía perfectamente que no debía tener esos sentimientos, y no quería confundir el respeto con el amor.

Pero le era inevitable, ese hombre se había convertido en un modelo a seguir para ella. No quería ningún tipo de muestra de afecto por su parte. Aunque, conforme había ido creciendo, se iba dando cuenta que el hombre establecía una distancia física con ella. Ahora, ya raramente la abrazaba, o le acariciaba la cabeza.

- Supongo, que ya no soy una niña a sus ojos – susurró.

.

.

.

Prácticamente se había quedado dormida recostada sobre el lecho de su cama. Se dio varias bofetadas en su cara para sacarse de aquel trance y se dispuso a ordenar la habitación. Abrió su armario y colocó la ropa en él.

Ordenó alfabéticamente los libros, y puso las anotaciones sobre ellos para poder acceder más rápidamente. Cuando terminó apenas había luz. El sol se estaba poniendo, encendió un viejo candil y fue al baño a buscar a su jefe. No tardó en encontrarlo hablando con el nuevo incorporado.

-Ah, Zoe, dentro de poco dará el toque de queda, y el comedor cerrará. No creo que nos de tiempo a ir a comer, así que me acercaré con Rivaille a pedir la cena para que podamos cenar aquí. De camino notifiaremos al resto de la tropa el cambio de barracón para que puedan trasladar a otros capitanes de grupos de avanzadilla. -Se acercó a Hanji disimuladamente, y le susurró en el oído - Aprovecha para ducharte si quieres. El edificio central está un poco lejos y creo que tardaremos bastante en volver.

Sus mejillas se encendieron al instante cuando se dio cuenta de ello.

Ambos hombre salieron por la puerta del barracón dejándola allí sola. Decidido, tenía que ser rápida. Abrió la puerta de su armario y eligió sus prendas de dormir. Por lo general, se solía quedar dormida solo con la camisa de su uniforme puesta, pero ahora que iba a haber hombres en el barracón sería mejor ser más discreta.

Se desnudó en su habitación y se contempló en el pequeño espejo como hacía siempre que se bañaba. Las viejas cicatrices no desaparecían. A la vieja colección de cicatrices originadas en aquel incendio se habían unido otras nuevas. Cortes, golpes, hematomas que se había hecho en su lucha cada día, y numerosas quemaduras. Su abdomen era plano y sobre la cresta ilíaca se observaba una leve línea rosa.

Aquella cicatriz se la había hecho en sus primeros años de entrenamiento. Al no colocarse bien el arnés una de las cuerdas de sujeción se soltó generándole un profundo corte. Durante años la cicatriz se podía observar perfectamente, pero en los dos últimos dos años había comenzado a desaparecer.

Sin embargo, sus viejas heridas de aquel fatídico día se negaban a desaparecer, como recordándole la razón por la que luchaba contra los titanes y contra el gobierno. Su objetivo principal al ingresar en el ejército siempre fue cambiar la manera de actuar desde dentro para que se lograse un verdadero avance en la humanidad.

Su cuerpo era la prueba viviente de que su lucha no amainaba.

Se envolvió en una toalla limpia y cogió su ropa de recambio y sus accesorios de baño. Por lo general, ella no solía preocuparse mucho de su físico, por lo que solo disponía de un viejo bote con champú que le daba Riko cada mes y de una vieja pastilla de jabón que estaba muy usada. Sin duda, tendría que ir a suministros a que le diesen una nueva.

Acomodó sus cosas sobre la banqueta y abrió una de las duchas. La ventaja de estar casi siempre sola en aquel barracón era que podía bañarse con agua caliente siempre que quisiera sin dejar a ninguna compañera fuera.

A Hanji le gustaba el agua especialmente caliente. Mientras veía el vapor a su alrededor podía sentir que la piel le ardía. De alguna manera le hacía rememorar el sufrimiento de sus heridas. Además, entre aquella humareda, no se le podía ver llorar por cada uno de sus compañeros muertos.

Por lo general había llegado a no involucrarse demasiado con sus aliados, pues la inmensa mayoría de ellos morían sin que recordase siquiera su nombre, y sin poder hacer nada para haber evitado su muerte. Solo era lo suficientemente fuerte como para protegerse a sí misma.

Solo a sí misma. Por eso intentaba no relacionarse demasiado con el resto de ellos. Cuanto menos recordase sus nombres menos doloroso sería verles caer. Apoyó la mano sobre la pared y bajo la cabeza mientras el agua hierviendo caía sobre ella. Comenzó a recordar cuantas caras pudiera. Sus viejos compañeros en el reclutamiento... La mayoría de ellos habían muerto en su primera expedición.

Muchos de ellos ante sus ojos. Las lágrimas caían de sus ojos sin parar. Detestaba aquel mundo donde vivía. Algunas noches, era incapaz de dormir intentando desvelar el misterio que se embargaba tras aquellas gigantescas figuras. Ojeras bajo sus ojos, pero nuevos conocimientos en su mente.

Pero a pesar de lo que pudiese descubrir se sentía inútil. En muchas ocasiones, culpaba al ejército de no proporcionarle el material suficiente ni los permisos necesarios para realizar sus investigaciones.

Pero no siempre podría culpar a otro. Debía aceptar su propia inutilidad. Por ello debía trabajar más y más duro. Durante más tiempo. Toda su vida si era necesario. Hasta que el cambio fuese real. Era su limitación como un simple soldado. Pero, si continuaba viva, si seguía luchando, ascendería, y esos permisos le serían concedidos. Así que no pensaba rendirse. No hasta alcanzar la verdad.

Mientras cavilaba en sus pensamientos, no oyó a la figura que se introdujo en el baño. La misteriosa figura comenzó a desnudarse detrás suya sin apenas emitir sonido alguno. Estaba demasiado ensimismada para notar la cercanía que se produjo momentos después.

Se acercó hacia ella, sin darse cuenta y movió el dial del agua caliente hacia la fría.

-Eh, tú, ¿estás loco? ¿Te crees que esto es una sauna? Por poco me estrello contra la pared con vapor - esa voz le era conocida, la acababa de conocer aquella misma tarde.

Instintivamente se giró hacia la figura del hombre viéndole completamente desnudo.

-¿R-Rivaille?

-¿U-una mujer? - sus ojos bajaron por su figura constatando lo que acababa de decir.

Debido a su aspecto, alto, delgado y con el pecho oprimido por su habitual malla, a veces era confundida con un hombre. Pero por lo general, tras un breve período, cualquiera se percataba de que era una mujer. Sus expresiones, su voz.

Avergonzada, intentó tapar su cuerpo con sus manos, mientras el agua seguía cayéndole. Se arrojó sobre su toalla y salió de allí corriendo sin mirar atrás. En el camino se cruzó con su capitán que portaba una bandeja con la que sería seguramente la comida. Aunque aquella noche no tendría hambre.

.

.

.

¿Cuánto tiempo había estado en aquella ducha para no haberse dado cuenta que ya habían regresado? Cerró de un portazo su habitación y se metió en la cama mojándola completamente con su cabello. Mierda, había olvidado sus gafas y su pijama en el baño.

Ahora estaba desnuda, empapada y con una extraña sensación en su estómago. ¿Era eso a lo que llamaban vergüenza? Por sus pensamientos solo pasaban versiones difusas de lo que pudo observar en el cuerpo de aquel chico. Cicatrices como las suyas, heridas antiguas. Si duda ella no era la única persona que había tenido una infancia díficil.

Aunque aún había algo que los diferenciaba, aquella extraña cosa que apenas discernió en los segundos que le tomó huir de allí. ¿Así era el cuerpo de un hombre? No sabía porqué, pero no pensó que fuese algo tan horrible como esperaba. En el pasillo frente a su puerta, se oía una fuerte discusión.

-¡Yo no sabía que era una mujer! Me metí en el baño tal como le indiqué que haría. ¡Debía haberme avisado!

-Agh, la culpa es mía, pensaba que habría terminado para cuando llegásemos, pero Hanji es una cabeza loca y a veces ni siquiera es consciente del paso del tiempo – mientras hablaba recordó las horas que podía pasar aquella mujer leyendo sin siquiera dormir o comer.

-Eh, ¡tú! - Rivaille aporreó la puerta con brusquedad - ¡Abre la puerta!Te dejaste esto.

Su ropa y sus gafas. Se levantó de la cama y se recolocó la toalla. Abrió poco a poco la puerta y se encontró aquella mirada penetrante mirándole de frente con lo que ella creía que era un leve rubor bajo sus ojos.

-Toma - le dio sus cosas y giró bruscamente alejándose de la puerta.

-Señor, yo... preferiría cenar esta noche en mi habitación.

-Ah, claro no te preocupes – como siempre, tan amable, intentando mantener la compostura ante aquella avergonzante situación - Hoy ha sido un día muy cansado, será mejor que nos separemos. Mañana me encargaré de hacer de guía para el cabo Rivaille y presentarle a su escuadrón. Por lo que puedes tomártelo libre si quieres.

- Gracias – se escondió tras el marco de la puerta intentando ocultar su vergüenza. Y dicho esto la cerró completamente.

Había sido un día horrible, pero esperaba que aquella situación no volviera a ocurrir. Mientras saboreaba la comida de su plato, se percató de cuán cómica había sido la situación. El primer hombre que había visto desnudo en su vida había sido aquel ceñudo amigo.

Y, debía reconocer, que su aspecto era completamente distinto al de cuando llevaba puesto aquel aristocrático pañ ó a reírse a carcajadas sin parar. Había iniciado el día pensando que nunca podría soportar aquel hombre, pero comenzaba a pensar que no llegaría a ser tan horrible.

.

.

.

Los meses pasaban sin ninguna novedad especial. Pudo estar presente en la primera salida al exterior del cabo. Sin duda, era una máquina de matar tan grande como decían. Siempre le sorprendía a la chica su arrojo en la batalla. Sin dudar. Justo en el punto exacto. Había nacido para ello.

A pesar de los pensamientos que albergaba la milicia en un principio, el capitán había conseguido domar a aquella bestia para sus intereses. No se atrevía a cuestionarle ninguna de sus estrategias.

La habitación de Hanji se encontraba diestramente separada de la de ellos dos, que eran contiguas. No obstante, todas las noches les oía. Salían a entrenar juntos, y habían llegado a forjar una nueva y extraña relación.

Tras meses de observar aquellas salidas, ella comenzó a unirse a sus entrenamientos, cuando no tenía trabajo de investigación que hacer. Manteniendo sus prioridades ante todo. Su presencia aquellas noches parecía sorprender a aquel chico. De reojo podía observar comentarios suyos refiriendose a ella como inútil, perezosa, negligente, débil.

Pero, cuando comenzaban a entrenar, todos aquellos apodos fueron disminuyendo más y más. Ya no era más una inútil a sus ojos. Ni débil. A pesar de que no expresase lo contrario, su silencio parecía indicar un nuevo y extraño respeto. ¿Cuánto tiempo hacía desde que había criticado su condición física? No llegaba a recordarlo.

Los tres llegaron a estar completamente compenetrados. Su amistad con el pequeño hombre se había establecido cada vez más confusa. Bajo un aparente y eterno enfado comenzaba a referirse hacia su persona por una serie de nombres ridículos. Ninguno de ellos la hería realmente, ni tan siquiera le importaba. Si él la insultaba, ella le respondería. En ocasiones le parecía que ni siquiera pretendía hacerle daño, sino como si le molestara.

¿Por qué no la aceptaba? Tal vez porque era incapaz de comprender la razón para que ella fuese la mano derecha de su superior. O tal vez por aquellas nuevas normas de baño que solo afectaban por su presencia femenina. Cada día parecía ser distinto al anterior, pero los motivos de él para mostrar su aparente indiferencia hacia su persona eran siempre los mismos. Y para el líder de ambos, a veces aquellos ejercicios nocturnos se hacían aún más tediosos por tener que intervenir entre ambos.

- Convendría que de vez en cuando observases mejor a tus compañeros. Puede que sean tus mejores aliados en un futuro – enunció mientras terminaba de colocar sus botas – No sería tan difícil que la tolerases más, Rivaille.

- No entré aquí para hacer amigos.

- Yo no te he pedido que seas su amigo, sino que la trates mejor.

- Tché.

- Deberías de observarla más de cerca. Es una chica astuta e inteligente. Te sorprendería lo que serías capaz de aprender solo por escucharla durante cinco minutos.

- Dudo que fuese capaz de aguantar siquiera uno.

.

.

.

Ya habían pasado 2 años desde que Rivaille se unió a aquel escuadrón. Dos años bajo el mismo techo. El mismo escuadrón. Las mismas órdenes. Las mismas misiones. Codo con codo, en equipo. Los insultos seguían sin disminuir, pero algo había cambiado en él.

Antes, cuando debían formar equipo era realmente incómodo. Pero parecía comenzar a acostumbrarse a su mirada vigilándo su espalda. Y él a la de ella observando desde su flanco. ¿Cuándo había comenzado todo a cambiar?

Sin embargo, no sería en ninguna de esas misiones en las que llegase a tener auténtica amistad con él. Sería más tarde. Cuando el horror volvería a azotar a aquellos famélicos ciudadanos.

Una extraña epidemia había surgido entre los muros. Azotaba a la población y amenazaba con extenderse. Apenas podían paliar los efectos de la enfermedad con las pocas medicinas de las que disponían. Para solventarlo, se había decidido enviar a un pequeño grupo de soldados en busca de suministros.

-Yo se donde se encuentran las plantas medicinales para esa enfermedad. He estudiado durante muchos años y se cómo reconocerlas. - replicó con fiereza la muchacha golpeando la mesa -¡Déjame ir!

- Esta misión es muy arriesgada, solo ira un grupo reducido, y no puedo permitir que te expongas a ese peligro - determinó el hombre rubio mirándola seriamente.

- Pero si no me dejas ir, esa misión será un completo fracaso, lo se. No sabrán donde buscar. Y es algo difícil de encontrar - su frustración no podía ser mayor.

- Bueno, si no va sola, no pasa nada, ¿no?- comentó de repente el pelinegro uniéndose a la conversación.

- Rivaille, ¿te estás ofreciendo voluntario para la misión? - sus ojos azules no cabían en sí del asombro, por lo general, siempre aceptaba las misiones a regañadientes.

- Me apetece matar unos cuantos titanes - dijo secamente y torciendo el gesto a un lado.

- Aún así... no puedo arriesgarme a perder a 2 de mis mejores soldados - pensó un momento - Está bien. Yo iré con vosotros.

Esta decisión no estuvo bien vista por ninguno de los miembros del consejo, pero se mantuvo firme en su propuesta. Por todos era conocido el gran equipo que formaban aquellos 3. La misión parecía que sería completamente exitosa. Y que todos volverían sanos y salvos. Pero, no podían estar más equivocados...

.

.

.

Bueno... escribí el segundo capítulo bastante rápido. Intenté que hubiese alguna situación cómica para que no se haga demasiado serio. Espero que os hayáis reído y os hayáis quedado con las ganas de 3º capítulo. No se cuando lo haré, estos dos primeros han sido bastante seguidos porque he estado inspirada. Pero necesito maquetar bien antes de escribir el 3º. Muchas gracias por leerlo y por los ánimos, ^^ Un saludo!